La Enseñanza Más Eficaz
EN LA enseñanza de Cristo mediante
parábolas, se nota el mismo principio que el que lo impulsó
en su misión al mundo. A fin de que llegáramos a conocer su
divino carácter y su vida, Cristo tomó nuestra naturaleza y
vivió entre nosotros. La Divinidad se reveló en la
humanidad; la gloria invisible en la visible forma humana.
Los hombres podían aprender de lo desconocido mediante lo
conocido; las cosas celestiales eran reveladas por medio de
las terrenales; Dios se manifestó en la semejanza de los
hombres. Tal ocurría en las enseñanzas de Cristo: lo
desconocido era ilustrado por lo conocido; las verdades
divinas, por las cosas terrenas con las cuales la gente se
hallaba más familiarizada.
La Escritura dice: "Todo esto habló Jesús
por parábolas; ... para que se cumpliese lo que fue dicho
por el profeta, que dijo: Abriré en parábolas mi boca;
rebosaré cosas escondidas desde la fundación del mundo." (S.
Mateo 13: 34-35). Las cosas naturales eran el vehículo de
las espirituales; las cosas de la naturaleza y la
experiencia de la vida de sus oyentes eran relacionadas con
las verdades de la Palabra escrita. Guiando así del reino
natural al espiritual, las parábolas de Cristo son eslabones
en la cadena de la verdad que une al hombre con Dios, la
tierra con el cielo.
En su enseñanza basada en la naturaleza,
Cristo hablaba de las cosas que sus propias manos habían
creado y que tenían cualidades y poderes que él mismo les
había impartido. En su perfección original, todas las cosas
creadas eran una expresión del pensamiento de Dios. Para
Adán y Eva en su hogar edénico, la naturaleza estaba llena
del conocimiento de Dios, repleta de instrucción divina. La
sabiduría hablaba a los ojos, y era recibida en el corazón;
pues ellos se ponían en comunión con Dios por medio de sus
obras creadas. Tan pronto como la santa pareja transgredió
la ley del Altísimo, el fulgor del rostro divino se apartó
de la faz de la naturaleza. La tierra se halla actualmente
desfigurada y profanada por el pecado. Sin embargo, aun en
su estado de marchitez, permanece mucho de lo que es
hermoso. Las lecciones objetivas de Dios no se han borrado;
correctamente entendida, la naturaleza habla de su Creador.
En los días de Cristo se habían perdido de
vista estas lecciones. Los hombres casi habían dejado de
discernir a Dios en sus obras. La pecaminosidad de la
humanidad había echado una mortaja sobre la radiante faz de
la creación; y en vez de manifestar a Dios, sus obras
llegaron a ser un obstáculo que lo ocultaba. Los hombres
honraron y sirvieron "a las criaturas antes que al Creador".
Así los paganos "se desvanecieron en sus discursos, y el
necio corazón de ellos fue entenebrecido." ( Romanos 1:25,
21). De esta suerte, en Israel, las enseñanzas de los
hombres habían sido colocadas en lugar de las de Dios. No
solamente las cosas de la naturaleza, sino el ritual de los
sacrificios y las mismas Escrituras -todos dados para
revelar a Dios-, fueron tan pervertidos que llegaron a ser
los medios de ocultarlo.
Cristo trató de quitar aquello que oscurecía
la verdad. Vino a descorrer el velo que el pecado había
echado sobre la faz de la naturaleza, a fin de que reflejase
la gloria espiritual, y todas las cosas habían sido creadas
para mostrar esa gloria. Sus palabras presentaban a través
de un nuevo prisma las enseñanzas de la naturaleza, así como
las de la Biblia, y las convertían en una nueva revelación.
Jesús arrancó un hermoso lirio y lo colocó
en manos de los niños y los jóvenes; y al observar ellos el
propio rostro juvenil del Salvador, radiante con la luz del
sol de la faz de su Padre, expresó la lección: "Reparad los
lirios del campo, cómo crecen [con la simplicidad de la
belleza natural ]; no trabajan ni hilan; mas os digo, que ni
aun Salomón con toda su gloria fue vestido así como uno de
ellos". Entonces siguió la dulce seguridad y la importante
lección: "Y si la hierba del campo que hoy es, y mañana es
echada en el horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más a
vosotros, hombres de poca fe?" (S. Mateo 6: 28-30).
En el Sermón de la Montaña estas palabras
fueron habladas a otros, además de los niños y los jóvenes.
Fueron dirigidas a la multitud, en la cual se hallaban
hombres y mujeres llenos de congojas y perplejidades,
apenados por las desilusiones y el dolor. Jesús continuó:
"No os congojéis, pues, diciendo: ¿Qué comeremos, o qué
beberemos, o con qué nos cubriremos? Porque los gentiles
buscan todas estas cosas: que vuestro Padre celestial sabe
que de todas estas cosas habéis menester". Entonces,
extendiendo sus manos hacia la multitud que lo rodeaba,
dijo: "Mas buscad primeramente el reino de Dios y su
justicia, y todas estas cosas os serán añadidas". ( S. Mateo
6:31-33).
Así interpretó Cristo el mensaje que él
mismo había puesto en los lirios y la hierba del campo. El
desea que lo leamos en cada lirio y en cada brizna de
hierba. Sus palabras se hallan llenas de seguridad, y
tienden a afianzar la confianza en Dios.
Tan amplia era la visión que Cristo tenía de
la verdad, tan vasta su enseñanza, que cada aspecto de la
naturaleza era empleado en ilustrar la verdad. Las escenas
sobre las cuales la vista reposaba diariamente, se hallaban
relacionadas con alguna verdad espiritual, de manera que la
naturaleza se halla vestida con las parábolas del Maestro.
En la primera parte de su ministerio, Cristo
había hablado a la gente en palabras tan claras, que todos
sus oyentes podían haber entendido las verdades que los
hubieran hecho sabios para la salvación. Pero en muchos
corazones la verdad no había echado raíces y había sido
prestamente arrancada. "Por eso les hablo en parábolas -dijo
él-, porque viendo no ven, y oyendo no oyen, ni entienden. .
. Porque el corazón de este pueblo está engrosado, y de los
oídos oyen pesadamente, y de sus ojos guiñan".( S. Mateo 13:
13-15).
Jesús quiso incitar el espíritu de
investigación. Trató de despertar a los descuidados, e
imprimir la verdad en el corazón. La enseñanza en parábolas
era popular, y suscitaba el respeto y la atención, no
solamente de los judíos, sino de la gente de otras
nacionalidades. No podía él haber empleado un método de
instrucción más eficaz. Si sus oyentes hubieran anhelado un
conocimiento de las cosas divinas habrían podido entender
sus palabras; porque él siempre estaba dispuesto a
explicarlas a los investigadores sinceros.
Otra vez Cristo tenía verdades para
presentar, que la gente no estaba preparada para aceptar, ni
aun para entender. Por esta razón también él les enseñó en
parábolas. Relacionando sus enseñanzas con las escenas de la
vida, la experiencia o la naturaleza, cautivaba su atención
e impresionaba sus corazones. Más tarde, cuando ellos
miraban los objetos que ilustraban sus lecciones, recordaban
las palabras del divino Maestro. Para las mentes abiertas al
Espíritu Santo, el significado de la enseñanza del Salvador
se desarrollaba más y más. Los misterios se aclaraban, y
aquello que había sido difícil de entender se tornaba
evidente.
Jesús buscaba un camino hacia cada corazón.
Usando una variedad de ilustraciones, no solamente
presentaba la verdad en sus diferentes fases, sino que
hablaba al corazón de los distintos oidores. Suscitaba su
atención mediante figuras sacadas de las cosas que los
rodeaban en la vida diaria. Nadie que escuchara al Salvador
podía sentirse descuidado u olvidado. El más humilde, el más
pecador, oía en sus enseñanzas una voz que le hablaba con
simpatía y ternura.
Además tenía él otra razón para enseñar en
parábolas. Entre las multitudes que se reunían a su
alrededor había sacerdotes y rabinos, escribas y ancianos,
herodianos y príncipes, hombres amantes del mundo,
fanáticos, ambiciosos, que deseaban, sobre todas las cosas,
encontrar alguna acusación contra él. Sus espías seguían sus
pasos día tras día, para hallar alguna palabra de sus labios
que pudiera causar su condena y acallar para siempre a Aquel
que parecía arrastrar el mundo tras sí. El Salvador entendía
el carácter de esos hombres, y presentaba la verdad de tal
manera que ellos no pudieran hallar nada en virtud de lo
cual presentar su caso ante el Sanedrín. En parábolas
reprochaba la hipocresía y las obras malvadas de aquellos
que ocupaban altas posiciones, y revestía de lenguaje
figurado verdades tan cortantes que, si se las hubiera
presentado en forma de denuncia directa, ellos no habrían
escuchado sus palabras y bien pronto hubieran puesto fin a
su ministerio. Pero mientras eludía a los espías, hacía la
verdad tan clara que el error era puesto de manifiesto, y
los hombres de corazón sincero aprovechaban sus lecciones.
La sabiduría divina, la gracia infinita, eran aclaradas por
los objetos de la creación de Dios. Por medio de la
naturaleza y los incidentes de la vida, los hombres eran
enseñados acerca de Dios. "Las cosas invisibles de él, su
eterna potencia y divinidad, se echan de ver desde la
creación del mundo, siendo entendidas por las cosas que son
hechas".( Romanos 1: 20).
En la enseñanza en parábolas usada por el
Salvador se halla una indicación de lo que constituye la
verdadera "educación superior". Cristo podría haber abierto
ante los hombres las más profundas verdades de la ciencia.
Podría haber descubierto misterios cuya penetración habría
requerido muchos siglos de fatiga y estudio. Podría haber
hecho insinuaciones en los ramos científicos que habrían
proporcionado alimento para el pensamiento y estímulo para
la inventiva hasta el fin de los tiempos. Pero no lo hizo.
No dijo nada para satisfacer la curiosidad o para gratificar
las ambiciones de los hombres abriéndoles las puertas a las
grandezas mundanas. En toda su enseñanza, Cristo puso la
mente del hombre en contacto con la Mente infinita. No
indujo a sus oyentes a estudiar las teorías de los hombres
acerca de Dios, su Palabra o sus obras. Les enseñó a
contemplarlo tal como se manifestaba en sus obras, en su
Palabra y por sus providencias.
Cristo no trató de teorías abstractas, sino
de aquello que es esencial para el desarrollo del carácter,
aquello que aumenta la capacidad del hombre para conocer a
Dios y amplía su eficiencia para lo bueno. Habló a los
hombres de aquellas verdades que tienen que ver con la
conducta de la vida y que abarcan la eternidad.
Fue Cristo el que dirigió la educación de
Israel. Con respecto a los mandamientos y ordenanzas del
Señor él dijo: "Las repetirás a tus hijos, y hablarás de
ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al
acostarte, y cuando te levantes: y has de atarlas por señal
en tu mano, y estarán por frontales entre tus ojos: y las
escribirás en los postes de tu casa, y en tus portadas". (
Deuteronomio 6: 7-9). En su propia enseñanza, Jesús mostró
cómo había de cumplirse este mandamiento, cómo pueden
presentarse las leyes y principios del reino de Dios para
revelar su belleza y preciosura. Cuando el Señor estaba
preparando a los hijos de Israel para que fueran sus
representantes especiales, les dio hogares situados entre
las colinas y los valles. En su vida en el hogar y en su
servicio religioso se ponían constantemente en contacto con
la naturaleza y con la Palabra de Dios. Así también Cristo
enseñaba a sus discípulos junto al lago, sobre la ladera de
la montaña, en los campos y arboledas, donde pudieran mirar
las cosas de la naturaleza con las cuales ilustraba sus
enseñanzas. Y mientras aprendían de Cristo, usaban sus
conocimientos cooperando con él en su obra.
De esta suerte, mediante la creación hemos
de familiarizarnos 14 con el Creador. El libro de la
naturaleza es un gran libro de texto, que debemos usar
conjuntamente con las Escrituras para enseñar a los demás
acerca del carácter de Dios y para guiar a las ovejas
perdidas de vuelta al aprisco del Señor. Mientras se
estudian las obras de Dios, el Espíritu Santo imparte
convicción a la mente. No se trata de la convicción que
producen los razonamientos lógicos; y a menos que la mente
haya llegado a estar demasiado oscurecida para conocer a
Dios, la vista demasiado anublada para verlo, el oído
demasiado embotado para oír su voz, se percibe un
significado más profundo, y las sublimes verdades
espirituales de la Palabra escrita quedan impresas en el
corazón.
En estas lecciones que se obtienen
directamente de la naturaleza hay una sencillez y una pureza
que las hace del más elevado valor. Todos necesitan las
enseñanzas que se han de sacar de esta fuente. Por sí misma,
la hermosura de la naturaleza lleva al alma lejos del pecado
y de las atracciones mundanas y la guía hacia la pureza, la
paz y Dios. Demasiado a menudo las mentes de los estudiantes
están ocupadas por las teorías y especulaciones humanas,
falsamente llamadas ciencia y filosofía. Necesitan ponerse
en íntimo contacto con la naturaleza. Aprendan ellos que la
creación y el cristianismo tienen un solo Dios. Sean
enseñados a ver la armonía de lo natural con lo espiritual.
Conviértase todo lo que ven sus ojos y tocan sus manos en
una lección para la edificación del carácter. Así las
facultades mentales serán fortalecidas, desarrollado el
carácter, y ennoblecida la vida toda.
El propósito que Cristo tenía al enseñar por
parábolas corría parejas con su propósito en lo referente al
sábado. Dios dio a los hombres el recordativo de su poder
creador, a fin de que lo vieran en las obras de sus manos.
El sábado nos invita a contemplar la gloria del Creador en
sus obras creadas. Y a causa de que Jesús quería que lo
hiciéramos, 15 relacionó sus preciosas lecciones con la
hermosura de las cosas naturales. En el santo día de
descanso, más especialmente que en todos los demás días,
debemos estudiar los mensajes que Dios nos ha escrito en la
naturaleza. Debemos estudiar las parábolas del Salvador allí
donde las pronunciara, en los prados y arboledas, bajo el
cielo abierto, entre la hierba y las flores. Cuando nos
acercamos íntimamente al corazón de la naturaleza, Cristo
hace que su presencia sea real para nosotros, y habla a
nuestros corazones de su paz y amor.
Y Cristo ha vinculado su enseñanza, no sólo
con el día de descanso, sino con la semana de trabajo. Tiene
sabiduría para que dirige el arado y siembra la simiente. En
la arada y en la siembra, el cultivo y la cosecha, nos
enseña a ver una ilustración de su obra de gracia en el
corazón. Así, en cada ramo de trabajo útil y en toda
asociación de la vida, él desea que encontremos una lección
de verdad divina. Entonces nuestro trabajo diario no
absorberá más nuestra atención ni nos inducirá a olvidar a
Dios; nos recordara continuamente a nuestro Creador y
Redentor. El pensamiento de Dios correrá cual un hilo de oro
a través de todas nuestras preocupaciones del hogar y
nuestras labores. Para nosotros la gloria de su rostro
descansará nuevamente sobre la faz de la naturaleza.
Estaremos aprendiendo de continuo nuestras lecciones de
verdades celestiales, y creciendo a la imagen de su pureza.
Así seremos "enseñados de Jehová"; y cualquiera sea la
suerte que nos toque permaneceremos con Dios. (Isaís 54:13 y
1 Corintios 7:24)
La Siembra de la Verdad
(Este tema esta basado en S. Mateo 13:1-9, 18.23, S.
Marcos 4:1-20; S. Lucas 8:14-15)
POR medio de la parábola del sembrador,
Cristo ilustra las cosas del reino de los cielos, y la obra
que el gran Labrador hace por su pueblo. A semejanza de uno
que siembra en el campo, él vino a esparcir los granos
celestiales de la verdad. Y su misma enseñanza en parábolas
era la simiente con la cual fueron sembradas las más
preciosas verdades de su gracia. A causa de su simplicidad,
la parábola del sembrador no ha sido valorada como debiera
haber sido. De la semilla natural echada en el terreno,
Cristo desea guiar nuestras mentes a la semilla del
Evangelio, cuya siembra produce el retorno de los hombres a
su lealtad a Dios. Aquel que dio la parábola de la semillita
es el Soberano del cielo, y las mismas leyes que gobiernan
la siembra de la semilla terrenal, rigen la siembra de la
simiente de verdad.
Junto al mar de Galilea se había reunido una
multitud para ver y oír a Jesús, una muchedumbre ávida y
expectante. Allí estaban los enfermos sobre sus esteras,
esperando presentar su caso ante él. Era el derecho de
Cristo conferido por Dios, curar los dolores de una raza
pecadora, y ahora reprendía la enfermedad y difundía a su
alrededor vida, salud y paz.
Como la multitud seguía aumentando, la gente
estrechó a Jesús hasta que no había más lugar para
recibirlos. Entonces, hablando una palabra a los hombres que
estaban en sus barcos de pesca, subió a bordo de la
embarcación que lo estaba esperando para conducirlo a través
del lago, y pidiendo a sus discípulos que alejaran el barco
un poco de la tierra, habló a la multitud que se hallaba en
la orilla.
Junto al lago se divisaba la hermosa llanura
de Genesaret, más allá se levantaban las colinas, y sobre
las laderas y la llanura, tanto los sembradores como los
segadores se hallaban ocupados, unos echando la semilla y
otros recogiendo los primeros granos. Mirando la escena,
Cristo dijo:
"He aquí, el sembrador salió a sembrar. Y
aconteció sembrando, que una parte cayó junto al camino; y
vinieron las aves del cielo, y la tragaron. Y otra parte
cayó en pedregales, donde no tenía mucha tierra; y luego
salió, porque no tenía la tierra profunda: mas, salido el
sol, se quemó, y por cuanto no tenía raíz, se secó. Y otra
parte cayó en espinas; y subieron las espinas, y la
ahogaron, y no dio fruto. Y otra parte cayó en buena tierra,
y dio fruto, que subió y creció: y llevó uno a treinta, y
otro a sesenta, y otro a ciento".
La misión de Cristo no fue entendida por la
gente de su tiempo. La forma de su venida no era la que
ellos esperaban. El Señor Jesús era el fundamento de todo el
sistema judaico. Su imponente ritual era divinamente
ordenado. El propósito de él era enseñar a la gente que al
tiempo prefijado vendría Aquel a quien señalaban esas
ceremonias. Pero los judíos habían exaltado las formas y las
ceremonias, y habían perdido de vista su objeto. Las
tradiciones, las máximas y los estatutos de los hombres
ocultaron de su vista las lecciones que Dios se proponía
transmitirles. Esas máximas y tradiciones llegaron a ser un
obstáculo para la comprensión y práctica de la religión
verdadera. Y cuando vino la Realidad, en la persona de
Cristo, no reconocieron en él el cumplimiento de todos sus
símbolos, las sustancia de todas sus sombras. Rechazaron a
Cristo, el ser a quien representaban sus ceremonias, y se
aferraron a sus, mismos símbolos e inútiles ceremonias. El
hijo de Dios había venido, pero ellos continuaban pidiendo
una señal. Al mensaje: "Arrepentíos, que el reino de los
cielos se ha acercado"( S. Mateo 3:2), contestaron exigiendo
un milagro. El Evangelio de Cristo era un tropezadero para
ellos porque demandaban señales en vez de un Salvador.
Esperaban que el Mesías probase sus aseveraciones por
poderosos actos de conquista, para establecer su imperio
sobre las ruinas de los imperios terrenales. Cristo contestó
a esta expectativa con la parábola del sembrador. No por la
fuerza de las armas, no por violentas interposiciones había
de prevalecer el reino de Dios, sino por la implantación de
un nuevo principio en el corazón de los hombres.
"El que siembra la buena simiente es el Hijo
del hombre".(S. Mateo 13:37). Cristo había venido, no como
rey, sino como sembrador; no para derrocar imperios, sino
para esparcir semillas; no para señalar a sus seguidores
triunfos terrenales y grandeza nacional, sino una cosecha
que debe ser recogida después de pacientes trabajos y en
medio de pérdidas y desengaños.
Los fariseos percibieron el significado de
la parábola de Cristo; pero para ellos su lección era
ingrata. Aparentaron no entenderla. Esto hizo que, a ojos de
la multitud, un misterio todavía mayor envolviera el
propósito del nuevo maestro, cuyas palabras habían conmovido
tan extrañamente su corazón y chasqueado tan amargamente sus
ambiciones. Los mismos discípulos no habían entendido la
parábola, pero su interés se despertó. Vinieron a Jesús en
privado y le pidieron una explicación.
Este era el deseo que Cristo quería
despertar, a fin de poder darles instrucción más definida.
Les explicó la parábola, como aclarará su Palabra a todo
aquel que lo busque con sinceridad de corazón. Aquellos que
estudian la Palabra de Dios con corazones abiertos a la
iluminación del Espíritu Santo, no permanecerán en las
tinieblas en cuanto a su significado. "El que quisiere hacer
su voluntad [la de Dios] -dijo Cristo-, conocerá de la
doctrina, si viene de Dios, o si yo hablo de mí mismo", (S.
Juan 7: 17). Todos los que acuden a Cristo en busca de un
conocimiento más claro de la verdad, lo recibirán. El
desplegará ante ellos los misterios del reino de los cielos,
y estos misterios serán entendidos por el corazón que anhela
conocer la verdad. Una luz celestial brillará en el templo
del alma, la cual se revelará a los demás cual brillante
fulgor de una lámpara en un camino oscuro.
"El sembrador salió a sembrar".( S.Marcos
4:3). En el Oriente, el estado de las cosas era tan
inseguro, y había tan grande peligro de violencia, que la
gente vivía principalmente en ciudades amuralladas, y los
labradores salían diariamente a desempeñar sus tareas fuera
de los muros. Así Cristo, el Sembrador celestial, salió a
sembrar. Dejó su hogar de seguridad y paz, dejó la gloria
que él tenía con el Padre antes que el mundo fuese, dejó su
puesto en el trono del universo. Salió como uno que sufre,
como hombre tentado; salió solo, para sembrar con lágrimas,
para verter su sangre, la simiente de vida para el mundo
perdido.
Sus servidores deben salir a sembrar de la
misma manera. Cuando Abrahán recibió el llamamiento a ser un
sembrador de la simiente de verdad, se le ordenó: "Vete de
tu tierra y de tu parentela, y de la casa de tu padre, a la
tierra que te mostraré". "Y salió sin saber dónde iba"(Genesis
12:1, Hechos11:8). Así el apóstol Pablo, orando en el templo
de Jerusalén, recibió el mensaje de Dios: "Ve, porque yo te
tengo que enviar lejos a los gentiles"( Hechos 22:21). Así
los que son llamados a unirse con Cristo deben dejarlo todo
para seguirle a él. Las antiguas relaciones deben ser rotas,
deben abandonarse los planes de la vida, debe renunciarse a
las esperanzas terrenales. La semilla debe sembrarse con
trabajo y lágrimas, en la soledad y mediante el sacrificio.
"El sembrador siembra la palabra"(S. Marcos
4:14). Cristo vino a sembrar el mundo de verdad. Desde la
caída del hombre, Satanás a estado sembrando las semillas
del error. Fue por medio de un engaño como obtuvo el dominio
sobre el hombre al principio, y así trabaja todavía para
derrocar el reino de Dios en la tierra y colocar a los
hombres bajo su poder. Un sembrador proveniente de un mundo
más alto, Cristo, vino a sembrar las semillas de verdad.
Aquel que había estado en los concilios de Dios, Aquel que
había morado en el lugar santísimo del Eterno, podía traer a
los hombres los puros principios de la verdad. Desde la
caída del hombre, Cristo había sido el Revelador de la
verdad al mundo. Por medio de él, la incorruptible simiente,
"la palabra de Dios, que vive y permanece para siempre"(1 S.
Pedro 1:23), es comunicada a los hombres. En aquella primera
promesa pronunciada a nuestra raza caída, en el Edén, Cristo
estaba sembrando la simiente del Evangelio. Pero la parábola
se aplica especialmente a su ministerio personal entre la
gente y a la obra que de esa manera estableció.
La palabra de Dios es la simiente. Cada
semilla tiene en sí un poder germinador. En ella está
encerrada la vida de la planta. Así hay vida en la palabra
de Dios. Cristo dice: "Las palabras que yo os he hablado,
son espíritu, y son vida". "El que oye mi palabra, y cree al
que me ha enviado, tiene vida eterna" (S.Juan 6:63; 5:24).
En cada mandamiento y en cada promesa de la Palabra de Dios
se halla el poder, la vida misma de Dios, por medio de los
cuales pueden cumplirse el mandamiento y la promesa. Aquel
que por la fe recibe la palabra, está recibiendo la misma
vida y carácter de Dios.
Cada semilla lleva fruto según su especie.
Sembrad la semilla en las debidas condiciones, y
desarrollará su propia vida en la planta. Recibid en el alma
por la fe la incorruptible simiente de la Palabra, y
producirá un carácter y una vida a la semejanza del carácter
y la vida de Dios.
Los maestros de Israel no estaban sembrando
la simiente de la Palabra de Dios. La obra de Cristo como
Maestro de la verdad se hallaba en marcado contraste con la
de los rabinos de su tiempo. Ellos se espaciaban en las
tradiciones, en las teorías y especulaciones humanas. A
menudo colocaban lo que el hombre había enseñado o escrito
acerca de la Palabra en lugar de la Palabra misma. Su
enseñanza no tenía poder para vivificar el alma. El tema de
la enseñanza y la predicación de Cristo era la Palabra de
Dios. El hacía frente a los inquiridores con un sencillo:
"Escrito está". "¿Qué dice la Escritura?" "¿Cómo lees?" En
toda oportunidad, cuando se despertaba algún interés, fuera
por obra de un amigo o un enemigo, él sembraba la simiente
de la palabra. Aquel que es el Camino, la Verdad y la Vida,
siendo él mismo la Palabra viviente, señala las Escrituras,
diciendo: "Ellas son las que dan testimonio de mí". "Y
comenzando desde Moisés, y de todos los profetas,
declarábales en todas las Escrituras lo que de él decían"(S.Juan
5:39, S.Lucas 24:27).
Los siervos de Cristo han de hacer la misma
obra. En nuestros tiempos, así como antaño, las verdades
vitales de la Palabra de Dios son puestas a un lado para dar
lugar a las teorías y especulaciones humanas. Muchos
profesos ministros del Evangelio no aceptan toda la Biblia
como palabra inspirada. Un hombre sabio rechaza una porción;
otro objeta otra parte. Valoran su juicio como superior a la
Palabra, y los pasajes de la Escritura que ellos enseñan se
basan en su propia autoridad. La divina autenticidad de la
Biblia es destruida. Así se difunden semillas de
incredulidad, pues la gente se confunde y no sabe qué creer.
Hay muchas creencias que la mente no tiene derecho a
albergar. En los días de Cristo los rabinos interpretaban en
forma forzada y mística muchas porciones de la Escritura. A
causa de que la sencilla enseñanza de la Palabra de Dios
condenaba sus prácticas, trataban de destruir su fuerza. Lo
mismo se hace hoy en día. Se hace aparecer a la Palabra de
Dios como misteriosa y oscura para excusar la violación de
la ley divina. Cristo reprendió estas prácticas en su
tiempo. El enseñó que la Palabra de Dios había de ser
entendida por todos. Señaló las Escrituras como algo de
incuestionable autoridad, y nosotros debemos hacer lo mismo.
La Biblia ha de ser presentada como la Palabra del Dios
infinito, como el fin de toda controversia y el fundamento
de toda fe.
Se ha despojado a la Biblia de su poder, y
los resultados se ven en una disminución del tono de la vida
espiritual. En los sermones de muchos púlpitos de nuestros
días no se nota esa divina manifestación que despierta la
conciencia y vivifica el alma. Los oyentes no pueden decir:
"¿No ardía nuestro corazón en nosotros, mientras nos hablaba
en el camino, y cuando nos abría las Escrituras?" (S.Lucas
24:32). Hay muchas personas que están clamando por el Dios
viviente, y anhelan la presencia divina. Las teorías
filosóficas o los ensayos literarios, por brillantes que
sean, no pueden satisfacer el corazón. Los asertos e
invenciones de los hombres no tienen ningún valor. Que la
Palabra de Dios hable a la gente. Que los que han escuchado
sólo tradiciones, teorías y máximas humanas, oigan la voz de
Aquel cuya palabra puede renovar el alma para vida eterna.
El tema favorito de Cristo era la ternura
paternal y la abundante gracia de Dios; se espaciaba mucho
en la santidad de su carácter y de su ley; se presentaba a
sí mismo a la gente como el Camino, la Verdad, y la Vida.
Sean éstos los temas de los ministros de Cristo. Presentad
la verdad tal cual es en Jesús. Aclarad los requisitos de la
ley y del Evangelio. Hablad a la gente de la vida de
sacrificio y abnegación que llevó Cristo; de su humillación
y muerte; de su resurrección y ascensión; de su intercesión
por ellos en las cortes de Dios; de su promesa: "Vendré otra
vez, y os tomaré a mí mismo"(S. Juan 14:3).
En vez de discutir teorías erróneas, o de
tratar de combatir a los opositores del Evangelio, seguid el
ejemplo de Cristo. Resplandezcan en forma vivificante las
frescas verdades del tesoro divino. "Que prediques la
palabra". Siembra "sobre las aguas". "Que instes a tiempo y
fuera de tiempo". "Predique mi palabra con toda verdad aquel
que recibe mi palabra. . . ¿Qué tiene que ver la paja con el
trigo, dice el Señor?" "Toda palabra de Dios es limpia; ...
no añadas a sus palabras, porque no te reprenda, y seas
hallado mentiroso".(2 Timoteo 4:2; Isaís 32:20;
Jeremias23:28; Proverbios 30:5, 6)
"El sembrador siembra la palabra". Aquí se
presenta el gran principio que debe gobernar toda obra
educativa. "La simiente es la palabra de Dios". Pero en
demasiadas escuelas de nuestro tiempo la Palabra de Dios se
descarta. Otros temas ocupan lamente. El estudio de los
autores incrédulos ocupa mucho lugar en el sistema de
educación. Los sentimientos escépticos se entretejen en el
texto de los libros de estudio. Las investigaciones
científicas desvían, porque sus descubrimientos se
interpretan mal y se pervierten. Se compara la Palabra de
Dios con las supuestas enseñanzas de la ciencia, y se la
hace aparecer como errónea e indigna de confianza. Así se
siembran en las mentes juveniles semillas de dudas, que
brotan en el tiempo de la tentación. Cuando se pierde la fe
en la Palabra de Dios, el alma no tiene ninguna guía,
ninguna seguridad. La juventud es arrastrada a senderos que
alejan de Dios y de la vida eterna.
A esta causa debe atribuirse, en sumo grado,
la iniquidad generalizada en el mundo moderno. Cuando se
descarta la Palabra de Dios, se rechaza su poder de refrenar
las pasiones perversas del corazón natural. Los hombres
siembran para la carne, y de la carne siegan corrupción.
Además, en esto estriba la gran causa de la
debilidad y deficiencia mentales. Al apartarse de la Palabra
de Dios para alimentarse de los escritos de los hombres no
inspirados, la mente llega a empequeñecerse y degradarse. No
se pone en contacto con los profundos y amplios principios
de la verdad eterna. La inteligencia se adapta a la
comprensión de las cosas con las cuales se familiariza, y al
dedicarse a las cosas finitas se debilita, su poder decrece,
y después de un tiempo llega a ser incapaz de ampliarse.
Todo esto es falsa educación. La obra de
todo maestro debe tender a afirmar la mente de la juventud
en las grandes verdades de la Palabra inspirada. Esta es la
educación esencial para esta vida y para la vida venidera.
Y no se crea que esto impedirá el estudio de
las ciencias, o dará como resultado una norma más baja en la
educación. El conocimiento de Dios es tan alto como los
cielos y tan amplio como el universo. No hay nada tan
ennoblecedor y vigorizador como el estudio de los grandes
temas que conciernen a nuestra vida eterna. Traten los
jóvenes de comprender estas verdades divinas, y sus mentes
se ampliarán y vigorizarán con el esfuerzo. Esto colocará a
todo estudiante que sea un hacedor de la palabra, en un
campo de pensamiento más amplio, y le asegurará una
imperecedera riqueza de conocimiento.
La educación que puede obtenerse por el
escudriñamiento de las Escrituras, es un conocimiento
experimental del plan de la salvación. Tal educación
restaurará la imagen de Dios en el alma. Fortalecerá y
vigorizará la mente contra la tentación, y habilitará al
estudiante para ser un colaborador de Cristo en su misión de
misericordia al mundo. Lo convertirá en un miembro de la
familia celestial, y lo preparará para compartir la herencia
de los santos en luz. Pero el que enseña verdades sagradas
puede impartir únicamente aquello que él mismo conoce por
experiencia. "El sembrador salió a sembrar su semilla".(S.
Lucas 8:5). Cristo enseñó la verdad porque él era la verdad.
Su propio pensamiento, su carácter, la experiencia de su
vida, estaban encarnados en su enseñanza. Tal debe ocurrir
con sus siervos: aquellos que quieren enseñar la Palabra han
de hacer de ella algo propio mediante una experiencia
personal. Deben saber qué significa tener a Cristo hecho
para ellos sabiduría y justificación y santificación y
redención. Al presentar a los demás la Palabra de Dios, no
han de hacerla aparecer como algo supuesto o un "tal vez".
Deben declarar con el apóstol Pedro: "No os hemos dado a
conocer... fábulas por arte compuestas; sino como habiendo
con nuestros propios ojos visto su majestad"(2 S. Pedro
1:16). Todo ministro de Cristo y todo maestro deben poder
decir con el amado Juan: "Porque la vida fue manifestada, y
vimos, y testificamos, y os anunciamos aquella vida eterna,
la cual estaba con el Padre, y nos ha aparecido".( 1 S. Juan
1:2).
El terreno. Junto al
camino
Aquello a lo cual se refiere principalmente
la parábola del sembrador es el efecto producido en el
crecimiento de la semilla por el suelo en el cual se echa.
Mediante esta parábola Cristo decía prácticamente a sus
oyentes: No es seguro para vosotros detenemos y criticar mis
obras o albergar desengaño, porque ellas no satisfacen
vuestras ideas. El asunto de mayor importancia para vosotros
es: ¿cómo trataréis mi mensaje? Dé vuestra aceptación o
rechazamiento de él, depende vuestro destino eterno.
Explicando lo referente a la semilla que
cayó a la vera del camino, dijo: "Oyendo cualquiera la
palabra del reino, y no entendiéndola, viene el malo, y
arrebata lo que fue sembrado en su corazón: éste es el que
fue sembrado junto al camino".
La semilla sembrada a la vera del camino
representa la palabra de Dios cuando cae en el corazón de un
oyente desatento. Semejante al camino muy trillado,
pisoteado por los pies de los hombres y las bestias, es el
corazón que llega a transformarse en un camino para el
tránsito del mundo, sus placeres y pecados. Absorta en
propósitos egoístas y pecaminosas complacencias, el alma
está endurecida "con engaño de pecado"( Hebreos 3:13). Las
facultades espirituales se paralizan. Los hombres oyen la
palabra, pero no la entienden. No disciernen que se aplica a
ellos mismos. No se dan cuenta de sus necesidades y
peligros. No perciben el amor de Cristo, y pasan por alto el
mensaje de su gracia como si fuera algo que no les
concerniese.
Como los pájaros están listos para sacar la
semilla de junto al camino, Satanás está listo para quitar
del alma las semillas de verdad divina. El teme que la
Palabra de Dios despierte al descuidado y produzca efecto en
el corazón endurecido. Satanás y sus ángeles se encuentran
en las reuniones donde se predica el Evangelio. Mientras los
ángeles del cielo tratan de impresionar los corazones con la
Palabra de Dios, el enemigo está alerta para hacer que no
surta efecto. Con un fervor solamente igualable a su
malicia, trata de desbaratar la obra del Espíritu de Dios.
Mientras Cristo está atrayendo al alma por su amor, Satanás
trata de desviar la atención del que es inducido a buscar al
Salvador. Ocupa la mente con planes mundanos. Excita la
crítica, o insinúa la duda y la incredulidad. La forma en
que el orador escoge su lenguaje o sus maneras pueden no
agradar a los oyentes, y se espacian en estos defectos. Así
la verdad que ellos necesitan y que Dios les ha enviado
misericordiosamente, no produce ninguna impresión duradera.
Satanás tiene muchos ayudantes. Muchos que
profesan ser cristianos están ayudando al tentador a
arrebatar las semillas de verdad del corazón de los demás.
Muchos que escuchan la predicación de la Palabra de Dios
hacen de ella el objeto de sus críticas en el hogar. Se
sientan para juzgar el sermón como juzgarían las palabras de
un conferenciante mundano o un orador político. Se espacian
en comentarios triviales o sarcásticos sobre el mensaje que
debe ser considerado como la palabra del Señor dirigida a
ellos. Se discuten libremente el carácter, los motivos y las
acciones del pastor, así como la conducta de los demás
miembros de la iglesia. Se pronuncian juicios severos, se
repiten chismes y calumnias, y esto a oídos de los
inconversos. A menudo los padres conversan de estas cosas a
oídos de sus propios hijos. Así se destruye el respeto por
los mensajeros de Dios y la reverencia debida a su mensaje.
Y muchos son inducidos a considerar livianamente la misma
Palabra de Dios.
Así, en los hogares de los profesos
cristianos se inculca a muchos jóvenes la incredulidad. Y
los padres se preguntan por qué sus hijos tienen tan poco
interés en el Evangelio, y se hallan tan listos para dudar
de las verdades bíblicas. Se admiran de que sea tan difícil
alcanzarlos con las influencias morales y religiosas. No ven
que su propio ejemplo ha endurecido el corazón de sus hijos.
La buena semilla no encuentra lugar para arraigarse, y
Satanás la arrebata.
En pedregales
"Y el que fue sembrado en pedregales, éste
es el que oye la palabra, y luego la recibe con gozo. Mas no
tiene raíz en sí, antes es temporal que venida la aflicción
o la persecución por la palabra, luego se ofende".
La semilla sembrada en lugares pedregosos
encuentra poca profundidad de tierra. La planta brota
rápidamente, pero la raíz no puede penetrar en la roca para
encontrar el alimento que sostenga su crecimiento, y pronto
muere. Muchos que profesan ser religiosos son oidores
pedregosos. Así como la roca yace bajo la capa de tierra, el
egoísmo del corazón natural yace debajo del terreno de sus
buenos deseos y aspiraciones. No subyugan el amor propio. No
han visto la excesiva pecaminosidad del pecado, y su corazón
no se ha humillado por el sentimiento de su culpa. Esta
clase puede ser fácilmente convencida, y parecen ser
conversos inteligentes, pero tienen sólo una religión
superficial.
No se retractan porque hayan recibido la
palabra inmediatamente ni porque se regocijen en ella. Tan
pronto como San Mateo oyó el llamamiento del Salvador, se
levantó de inmediato, dejó todo y lo siguió. Tan pronto como
la palabra divina viene a nuestros corazones, Dios desea que
la recibamos, y es lo correcto aceptarla con gozo. Hay "gozo
en el cielo por un pecador que se arrepiente"( S. Lucas
15:7). Y hay gozo en el alma que cree en Cristo. Pero
aquellos de los cuales la parábola dice que reciben la
palabra inmediatamente, no calculan el costo. No consideran
lo que la palabra de Dios requiere de ellos. No examinan
todos sus hábitos de vida a la luz de la palabra, ni se
entregan por completo a su dominio.
Las raíces de la planta penetran
profundamente en el suelo, y ocultas de la vista nutren la
vida del vegetal. Tal debe ocurrir con el cristiano: es por
la unión invisible del alma con Cristo, mediante la fe, como
la vida espiritual se alimenta. Pero los oyentes pedregosos
dependen de sí mismos y no de Cristo. Confían en sus buenas
obras y buenos impulsos, y se sienten fuertes en su propia
justicia. No son fuertes en el Señor y en la potencia de su
fortaleza, Tal persona "no tiene raíz en sí", porque no está
relacionada con Cristo.
El cálido sol estival, que fortalece y
madura el robusto grano, destruye aquello que no tiene raíz
profunda. Así "el que no tiene raíz en sí" "es temporal", es
decir, dura sólo un tiempo; y una vez "venida la aflicción o
la persecución por la palabra, luego se ofende". Muchos
reciben el Evangelio como una manera de escapar del
sufrimiento, más bien que como una liberación del pecado. Se
regocijan por un tiempo, porque piensan que la religión los
libertará de las dificultades y las pruebas. Mientras todo
marcha suavemente y viento en popa, parecen ser cristianos
consecuentes. Pero desmayan en medio de la prueba fiera de
la tentación. No pueden soportar el oprobio por la causa de
Cristo. Cuando la Palabra de Dios señala algún pecado
acariciado o pide algún sacrificio, ellos se ofenden. Les
costaría demasiado esfuerzo hacer un cambio radical en su
vida. Miran los actuales inconvenientes y pruebas, y olvidan
las realidades eternas. A semejanza de los discípulos que
dejaron 29 a Jesús, están listos para decir: "Dura es esta
palabra: ¿quién la puede oír?"( S. Juan 6:60).
Hay muchos que pretenden servir a Dios, pero
que no lo conocen por experiencia. Su deseo de hacer la
voluntad divina se basa en su propia inclinación, y no en la
profunda convicción impartida por el Espíritu Santo. Su
conducta no armoniza con la ley de Dios. Profesan aceptar a
Cristo como su Salvador, pero no creen que él quiere darles
poder para vencer sus pecados. No tienen una relación
personal con un Salvador viviente, y su carácter revela
defectos así heredados como cultivados.
Una cosa es manifestar un asentimiento
general a la intervención del Espíritu Santo, y otra cosa
aceptar su obra como reprendedor que nos llama al
arrepentimiento. Muchos sienten su apartamiento de Dios,
comprenden que están esclavizados por el yo y el pecado;
hacen esfuerzos por reformarse; pero no crucifican el yo. No
se entregan enteramente en las manos de Cristo, buscando el
poder divino que los habilite para hacer su voluntad. No
están dispuestos a ser modelados a la semejanza divina. En
forma general reconocen sus imperfecciones, pero no
abandonan sus pecados particulares. Con cada acto erróneo se
fortalece la vieja naturaleza egoísta.
La única esperanza para estas almas consiste
en que se realice en ellas la verdad de las palabras de
Cristo dirigidas a Nicodemo: "Os es necesario nacer otra
vez". "El que no naciera otra vez, no puede ver el reino de
Dios"( S. Juan 3:7, 3).
La verdadera santidad es integridad en el
servicio de Dios. Esta es la condición de la verdadera vida
cristiana. Cristo pide una consagración sin reserva, un
servicio indiviso. Pide el corazón, la mente, el alma, las
fuerzas. No debe agradarse al yo. El que vive para sí no es
cristiano.
El amor debe ser el principio que impulse a
obrar. El amor es el principio fundamental del gobierno de
Dios en los cielos y en la tierra, y debe ser el fundamento
del carácter del cristiano. Sólo este elemento puede hacer
estable al cristiano. Sólo esto puede habilitarlo para
resistir la prueba y la tentación.
Y el amor se revelará en el sacrificio. El
plan de redención fue fundado en el sacrificio, un
sacrificio tan amplio y tan profundo y tan alto que es
inconmensurable. Cristo lo dio todo por nosotros, y aquellos
que reciben a Cristo deben estar listos a sacrificarlo todo
por la causa de su Redentor. El pensamiento de su honor y de
su gloria vendrá antes de ninguna otra cosa. Si amamos a
Jesús, amaremos vivir para él, presentar nuestras ofrendas
de gratitud a él, trabajar por él. El mismo trabajo será
liviano. Por su causa anhelaremos el dolor, las penalidades
y el sacrificio. Simpatizaremos con su vehemente deseo de
salvar a los hombres. Sentiremos por las almas el mismo
tierno afán que él sintió.
Esta es la religión de Cristo. Cualquier
cosa que sea menos que esto es un engaño. Ningún alma se
salvará por una mera teoría de la verdad o por una profesión
de discipulado. No pertenecemos a Cristo a menos que seamos
totalmente suyos. La tibieza en la vida cristiana es lo que
hace a los hombres débiles en su propósito y volubles en sus
deseos. El esfuerzo por servir al yo y a Cristo a la vez lo
hace a uno oidor pedregoso, y no prevalecerá cuando la
prueba le sobrevengas.
Entre las espinas
"Y el que fue sembrado en espinas, éste es
el que oye la palabra; pero el afán de este siglo y el
engaño de las riquezas, ahogan la palabra, y hácese
infructuosa".
La semilla del Evangelio a menudo cae entre
las espinas y las malas hierbas; y si no hay una
transformación moral en el corazón humano, si los viejos
hábitos y prácticas y la vida pecaminosa anterior no se
dejan atrás, si los atributos de Satanás no son extirpados
del alma, la cosecha de trigo se ahoga. Las espinas llegarán
a ser la cosecha, y exterminarán el trigo.
La gracia puede prosperar únicamente en el
corazón que constantemente está preparándose para recibir
las preciosas semillas de verdad. Las espinas del pecado
crecen en cualquier terreno; no necesitan cultivo; pero la
gracia debe ser cuidadosamente cultivada. Las espinas y las
zarzas siempre están listas para surgir, y de continuo debe
avanzar la obra de purificación. Si el corazón no está bajo
el dominio de Dios, si el Espíritu Santo no obra
incesantemente para refinar y ennoblecer el carácter, los
viejos hábitos se revelarán en la vida. Los hombres pueden
profesar creer el Evangelio; pero a menos que sean
santificados por el Evangelio, su profesión no tiene valor.
Si no ganan la victoria sobre el pecado, el pecado la
obtendrá sobre ellos. Las espinas que han sido cortadas pero
no desarraigadas crecen con presteza, hasta que el alma
queda ahogada por ellas.
Cristo especificó las cosas que son dañinas
para el alma. Según San Marcos, él mencionó los cuidados de
este siglo, el engaño de las riquezas, y la codicia de otras
cosas. Lucas especifica los cuidados, las riquezas y los
pasatiempos de la vida. Esto es lo que ahoga la palabra, el
crecimiento de la semilla espiritual. El alma deja de
obtener su nutrición de Cristo, y la espiritualidad se
desvanece del corazón.
"Los cuidados de este siglo". Ninguna clase
de personas está libre de la tentación de los cuidados del
mundo. El trabajo penoso, la privación y el temor de la
necesidad le acarrean al pobre perplejidades y cargas. Al
rico le sobreviene el temor de la pérdida y una multitud de
congojas. Muchos de los que siguen a Cristo olvidan la
lección que él nos ha invitado a aprender de las flores del
campo. No confían en su cuidado constante. Cristo no puede
llevar sus cargas porque ellos no las echan sobre él. Por lo
tanto, los cuidados de la vida, que deberían inducirles a ir
al Salvador para obtener ayuda y alivio, los separan de él.
Muchos que podrían ser fructíferos en el
servicio de Dios se dedican a adquirir riquezas. La
totalidad de su energía es absorbida en las empresas
comerciales, y se sienten obligados a descuidar las cosas de
naturaleza espiritual. Así se separan de Dios. En las
Escrituras se nos ordena que no seamos perezosos en los
quehaceres(Romanos 12:11). Hemos de trabajar para poder dar
al que necesita. Los cristianos deben trabajar, deben
ocuparse en los negocios, y pueden hacerlo sin pecar. Pero
muchos llegan a estar tan absortos en los negocios, que no
tienen tiempo para orar, para estudiar la Biblia, para
buscar y servir a Dios. A veces su alma anhela la santidad y
el cielo; pero no tienen tiempo para apartarse del ruido del
mundo a fin de escuchar el lenguaje del Espíritu de Dios,
que habla con majestad y con autoridad. Las cosas de la
eternidad se convierten en secundarias y las cosas del mundo
en supremas. Es imposible que la simiente de la palabra
produzca fruto; pues la vida del alma se emplea en alimentar
las espinas de la mundanalidad.
Y muchos que obran con un propósito muy
diferente caen en un error similar. Están trabajando para el
bien de otros; sus deberes apremian, sus responsabilidades
son muchas, y permiten que su trabajo ocupe hasta el tiempo
que deben a la devoción. Descuidan la comunión que debieran
sostener con Dios por medio de la oración y el estudio de su
Palabra. Olvidan que Cristo dijo: "Sin mí nada podéis
hacer"(S. Juan 15:5). Andan lejos de Cristo; su vida no está
saturada de su gracia y se revelan las características del
yo. Su servicio se echa a perder por el deseo de la
supremacía y por los rasgos ásperos y carentes de bondad del
corazón insubordinado. He aquí uno de los principales
secretos del fracaso en la obra cristiana. Esta es la razón
por la cual sus resultados son a menudo tan pobres.
"El engaño de las riquezas". El amor a las
riquezas tiene el poder de infatuar y engañar. Demasiado a
menudo aquellos que poseen tesoros mundanales se olvidan de
que es Dios el que les ha dado el poder de adquirir
riquezas. Dicen: "Mi poder y la fortaleza de mi mano me han
traído esta riqueza" (Deuteronomio 8:17). Su riqueza, en vez
de despertar la gratitud hacia Dios, los induce a la
exaltación propia. Pierden el sentido de su dependencia de
Dios y su obligación con respecto a sus semejantes. En vez
de considerar las riquezas como un talento que ha de ser
empleado para la gloria de Dios y la elevación de la
humanidad, las miran como un medio de servirse a sí mismos.
En vez de desarrollar en el hombre los atributos de Dios,
las riquezas así usadas desarrollan en él los atributos de
Satanás. La simiente de la palabra es ahogada por las
espinas.
"Y los pasatiempos de la vida". Hay peligro
en las diversiones que persiguen únicamente la complacencia
propia. Todos los hábitos de complacencia que debilitan las
facultades físicas, que anublan la mente o entorpecen las
percepciones espirituales, son "deseos carnales que batallan
contra el alma" (1 S. Pedro 2:11).
"Y las codicias que hay en las otras cosas".
Estas no son necesariamente cosas pecaminosas en sí mismas,
sino algo a lo cual se le concede el primer lugar en vez del
reino de Dios. Todo lo que desvía la mente de Dios, todo lo
que aparta los afectos de Cristo, es un enemigo del alma.
Cuando la mente es juvenil, vigorosa y
susceptible de rápido desarrollo, existe la gran tentación
de la ambición egoísta, de servir al yo. Si los planes
mundanos tienen éxito, se manifiesta una inclinación a
continuar en un camino que amortece la conciencia e impide
una estimación correcta de lo que constituye la verdadera
excelencia del carácter. Cuando las circunstancias
favorezcan este desarrollo, el crecimiento se manifestará en
una dirección prohibida por la Palabra de Dios.
En este período de formación de la vida de
sus hijos, la responsabilidad de los padres es muy grande.
Debe constituir su tema de estudio cómo rodear a la juventud
de las debidas influencias, influencias que les den
opiniones correctas acerca de la vida y su verdadero éxito.
En vez de esto, ¡cuántos padres convierten en el primer
objeto de su vida el conseguir para sus hijos la prosperidad
mundanal! Eligen todas sus relaciones con este fin. Muchos
padres fijan su hogar en alguna gran ciudad, y presentan sus
hijos a la sociedad elegante y a la moda. Los rodean de
influencias que estimulan la mundanalidad y el orgullo. En
esa atmósfera la mente y el alma se empequeñecen. Los
blancos nobles y elevados de la vida se pierden de vista. El
privilegio de ser hijos de Dios, herederos de la eternidad,
se cambia por el beneficio mundanal.
Muchos padres tratan de crear la felicidad
de sus hijos satisfaciendo su amor a las diversiones. Les
permiten ocuparse en los deportes y asistir a fiestas
sociales, y los proveen de dinero para usar libremente en la
ostentación y la complacencia propia. Cuanto más se trata de
satisfacer el deseo placer, tanto más se fortalece. El
interés de estos jóvenes queda cada vez más absorbido por
las diversiones, hasta que llegan a considerarlas como el
gran objeto de su vida. Forman hábitos de ociosidad y
complacencia propia que hace imposible que alguna vez
lleguen a ser cristianos estables.
Aun a la iglesia, que debe ser el pilar y el
fundamento de la verdad, se la halla estimulando el amor
egoísta del placer. Cuando debe obtenerse dinero para fines
religiosos, ¿a qué medios recurren muchas iglesias? A los
bazares, las cenas, las exposiciones de artículos de
fantasía, aun a las rifas y a recursos similares. A menudo
el lugar apartado para el culto divino es profanado
banqueteando y bebiendo, comprando, vendiendo y
divirtiéndose. El respeto por la casa de Dios y la
reverencia por su culto disminuyen en la mente de los
jóvenes. Los baluartes del dominio propio se debilitan. El
egoísmo, el apetito, el amor a la ostentación son usados
como móviles, y se fortalecen a medida que se complacen.
La persecución de los placeres y las
diversiones se centraliza en las ciudades. Muchos padres que
se establecen en la ciudad con sus hijos, pensando darles
mayores ventajas, se desilusionan, y demasiado tarde se
arrepienten de su terrible error. Las ciudades de nuestros
días se están volviendo rápidamente como Sodoma y Gomorra.
Los muchos días feriados estimulan la holgazanería. Los
deportes excitantes -el asistir a los teatros, las carreras
de caballos, los juegos de azar, el beber licores y las
jaranas- estimulan todas las pasiones a una actividad
intensa. La juventud es arrastrada por la corriente popular.
Aquellos que aprenden a amar las diversiones por las
diversiones mismas, abren la puerta a un alud de
tentaciones. Se entregan a las bromas y algazaras sociales y
a la jovialidad irreflexiva, y su trato con los amantes de
los placeres tiene un efecto intoxicante sobre la mente. Son
guiados de una forma de disipación a otra, hasta que pierden
tanto el deseo como la capacidad de vivir una vida útil. Sus
aspiraciones religiosas se enfrían; su vida espiritual se
oscurece. Todas las más nobles facultades del alma, todo lo
que une al hombre con el mundo espiritual, es envilecido.
Es cierto que algunos podrán ver su
insensatez y arrepentirse. Dios puede perdonarlos. Pero han
herido sus propias almas, y han traído sobre ellos un
peligro que durará toda su vida. El poder de discernir, que
siempre debe ser mantenido aguzado y sensible para
distinguir entre lo correcto y lo erróneo, en gran parte se
destruye. No son rápidos para reconocer la voz guiadora del
Espíritu Santo o para discernir los engaños de Satanás.
Demasiado a menudo, en tiempo de peligro, caen en la
tentación, y son alejados de Dios. El final de su vida
amante de los placeres 36 es la ruina para este mundo y para
el mundo venidero.
Los cuidados, las riquezas, los placeres,
todos son usados por Satanás en el juego de la vida para
conquistar el alma humana. Se nos da la amonestación: "No
améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si
alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Porque
todo lo que hay en el mundo, la concupiscencia de la carne,
y la concupiscencia de los ojos, y la soberbia de la vida,
no es del Padre, mas es del mundo"(1 S.Juan 2:15,16). Aquel
que lee el corazón de los hombres como un libro abierto
dice: "Mirad por vosotros, que vuestros corazones no sean
cargados de glotonería y embriaguez, y de los cuidados de
esta vida"( S. Lucas 21:34). Y el apóstol Pablo, inspirado
por el Espíritu Santo, escribe: "Los que quieren
enriquecerse, caen en tentación y lazo, y en muchas codicias
locas y dañosas, que hunden a los hombres en perdición y
muerte. Porque el amor del dinero es la raíz de todos los
males: el cual codiciando algunos, se descaminaron de la fe,
y fueron traspasados de muchos dolores"( 1 Timoteo 6:9, 10).
La preparación del
terreno
A través de la parábola del sembrador,
Cristo presenta el hecho de que los diferentes resultados
dependen del terreno. En todos los casos, el sembrador y la
semilla son los mismos. Así él enseña que si la palabra de
Dios deja de cumplir su obra en nuestro corazón y en nuestra
vida, la razón estriba en nosotros mismos. Pero el resultado
no se halla fuera de nuestro dominio. En verdad, nosotros no
podemos cambiarnos a nosotros mismos; pero tenemos la
facultad de elegir y de determinar qué llegaremos a ser. Los
oyentes representados por la vera del camino, el terreno
pedregoso y el de espinas, no necesitan permanecer en esa
condición. El Espíritu de Dios está siempre tratando de
romper el hechizo de la infatuación que mantiene a los
hombres absortos en las cosas mundanas, y de despertar el
deseo de poseer el tesoro imperecedero. Es resistiendo al
Espíritu como los hombres llegan a desatender y descuidar la
palabra de Dios. Ellos mismos son responsables de la dureza
de corazón que impide que la buena simiente eche raíces, y
de los malos crecimientos que detienen su desarrollo.
Debe cultivarse el jardín del corazón. Debe
abrirse el terreno por medio de un profundo arrepentimiento
del pecado. Deben desarraigarse las satánicas plantas
venenosas. Una vez que el terreno ha estado cubierto por las
espinas, sólo se lo puede utilizar después de un trabajo
diligente. Así también, sólo se pueden vencer las malas
tendencias del corazón humano por medio de esfuerzos
fervientes en el nombre de Jesús y con su poder. El Señor
nos ordena por medio de su profeta: "Haced barbecho para
vosotros, y no sembréis sobre espinas". "Sembrad para
vosotros en justicia, segad para vosotros en misericordia"(
Jeremias 4:3; Oseas 10:12). Dios desea hacer en favor
nuestro esta obra, y nos pide que cooperemos con él.
Los sembradores de la semilla tienen una
obra que hacer en cuanto a preparar los corazones para que
reciban el Evangelio. Se presenta la palabra con demasiado
sermoneo y con muy poca obra de corazón a corazón. Se
necesita un trabajo personal en favor de las almas de los
perdidos. Debemos acercarnos a los hombres individualmente;
y con la simpatía de Cristo hemos de tratar de despertar su
interés en los grandes asuntos de la vida eterna. Quizá su
corazón parezca tan duro como el camino transitado, y tal
vez sea aparentemente un esfuerzo inútil presentarles al
Salvador; pero aun cuando la lógica pueda no conmover, y los
argumentos puedan resultar inútiles para convencer, el amor
de Cristo, revelado en el ministerio personal, puede
ablandar un corazón pétreo, de manera que la semilla de la
verdad pueda arraigarse.
De modo que los sembradores tienen algo que
hacer para que la semilla no sea ahogada por las espinas o
perezca debido a la poca profundidad del terreno. En el
mismo comienzo de la vida cristiana deben enseñarse a 38
cada creyente los principios fundamentales. Debe enseñársele
que no ha de ser meramente salvado por el sacrificio de
Cristo, sino que ha de hacer que la vida de Cristo sea su
vida, y el carácter de Cristo su carácter. Enséñese a todos
que han de llevar cargas y deben sacrificar sus
inclinaciones naturales. Aprendan la bendición de trabajar
para Cristo, imitándolo en la abnegación, y soportando
penurias como buenos soldados. Aprendan a confiar en el amor
de Cristo y a descargar en él sus congojas. Prueben el gozo
de ganar almas para él. En su amor e interés por los
perdidos, perderán de vista el yo; los placeres del mundo
perderán su poder de atracción y sus cargas no los
descorazonarán. La reja del arado de la verdad hará su obra.
Romperá el terreno inculto, y no solamente cortará los
tallos de las espinas, sino que las arrancará de raíz.
En buena tierra
No siempre ha de chasquearse el sembrador.
El Salvador dice de la semilla que cayó en buen terreno:
"Este es el que oye y entiende la palabra, y el que lleva
fruto: y lleva uno a ciento, y otro a sesenta, y otro a
treinta". "La que cayó en buena tierra, éstos son los que
con corazón bueno y recto retienen la palabra oída, y llevan
fruto en paciencia".
El "corazón bueno y recto" mencionado en la
parábola, no es un corazón sin pecado; pues se predica el
Evangelio a los perdidos. Cristo dijo: "No he venido a
llamar a los justos, sino a los pecadores" ( S. Marcos
2:17). Tiene corazón recto el que se rinde a la convicción
del Espíritu Santo. Confiesa su pecado, y siente su
necesidad de la misericordia y el amor de Dios. Tiene el
deseo sincero de conocer la verdad para obedecerla. El
"corazón bueno" es el que cree y tiene fe en la palabra de
Dios. Sin fe es imposible recibir la palabra. "El que a Dios
se allega, crea que le hay, y que es galardonador de los que
le buscan" ( Hebreos 11:6).
"Este es el que oye, y entiende la palabra".
Los fariseos de los días de Cristo cerraron los ojos para no
ver y los oídos para no oír, y en esa forma, la verdad no
les pudo llegar al corazón. Habían de sufrir el castigo por
su ignorancia voluntaria y la ceguera que se imponían a sí
mismos. Pero Cristo enseñó a sus discípulos que ellos habían
de abrir su mente a la instrucción y habían de estar listos
para creer. Pronunció una bendición sobre ellos porque
vieron y oyeron con ojos y oídos creyentes.
El oyente que se asemeja al buen terreno,
recibe la palabra, "no como palabra de hombres, sino según
lo es verdaderamente, la palabra de Dios" ( 1 Tesalonicenses
2:13). Sólo es un verdadero estudiante el que recibe las
Escrituras como la voz de Dios que le habla. Tiembla ante la
Palabra; porque para él es una viviente realidad. Abre su
entendimiento y corazón para recibirla. Oyentes tales eran
Cornelio y sus amigos, que dijeron al apóstol Pedro: "Ahora
pues, todos nosotros estamos aquí en la presencia de Dios,
para oír todo lo que Dios te ha mandado" ( Hechos 10:33).
El conocimiento de la verdad depende no
tanto de la fuerza intelectual como de la pureza de
propósito, la sencillez de una fe ferviente y confiada. Los
ángeles de Dios se acercan a los que con humildad de corazón
buscan la dirección divina. Se les da el Espíritu Santo para
abrirles los ricos tesoros de la verdad.
Los oyentes que son comparables a un buen
terreno, habiendo oído la palabra, la guardan. Satanás con
todos sus agentes del mal no puede arrebatársela.
No es suficiente sólo oír o leer la Palabra;
el que desea sacar provecho de las Escrituras, debe meditar
acerca de la verdad que le ha sido presentada. Por medio de
ferviente atención y del pensar impregnado de oración debe
aprender el significado de las palabras de verdad, y debe
beber profundamente del espíritu de los oráculos santos.
Dios manda que llenemos la mente con
pensamientos grandes y puros. Desea que meditemos en su amor
y misericordia, que estudiemos su obra maravillosa en el
gran plan de la redención. Entonces podremos comprender la
verdad con claridad cada vez mayor, nuestro deseo de pureza
de corazón y claridad de pensamiento será más elevado y más
santo. El alma que mora en la atmósfera pura de los
pensamientos santos, será transformada por la comunión con
Dios por medio del estudio de la Escrituras.
"Y llevan fruto". Los que habiendo recibido
la palabra la guardan, darán frutos de obediencia. La
palabra de Dios, recibida en el alma, se manifestará en
buenas obras. Sus resultados se verán en una vida y un
carácter semejantes a los de Cristo. Jesús dijo de sí mismo:
"El hacer tu voluntad, Dios mío, hame agradado; y tu ley
está en medio de mis entrañas". "No busco mi voluntad, mas
la voluntad del que me envió, del Padre". Y la Escritura
dice: "El que dice que está en él, debe andar como él
anduvo" ( Salmo 40:8; S. Juan5:30; 1 S.Juan 2:6).
La palabra de Dios choca a menudo con rasgos
de carácter hereditarios y cultivados del hombre y con sus
hábitos de vida, pero el oidor que se asemeja al buen
terreno, al recibir la palabra, acepta todas sus condiciones
y requisitos. Sus hábitos, costumbres y prácticas se someten
a la palabra de Dios. Ante su vista los mandamientos del
hombre finito y falible, se hacen insignificantes al lado de
la palabra del Dios infinito. De todo corazón y con un solo
propósito busca la vida eterna, y obedecerá la verdad a
costa de pérdidas, persecuciones y la muerte misma.
Y da fruto "en paciencia". Nadie que reciba
la palabra de Dios quedará libre de dificultades y pruebas;
pero cuando se presenta la aflicción, el verdadero cristiano
no se inquieta, no pierde la confianza ni se desalienta.
Aunque no podamos ver los resultados finales, ni podamos
discernir el propósito de las providencias de Dios, no hemos
de desechar nuestra confianza. Recordando las tiernas
misericordias del Señor, debemos descargar en él nuestra
inquietud y esperar con paciencia su salvación.
La vida espiritual se fortalece con el
conflicto. Las pruebas, cuando se las sobrelleva bien,
desarrollan la firmeza de carácter y las preciosas gracias
espirituales. El fruto perfecto de la fe, la mansedumbre y
el amor, a menudo maduran mejor entre las nubes tormentosas
y la oscuridad.
"El labrador espera el precioso fruto de la
tierra, aguardando con paciencia, hasta que reciba la lluvia
temprana y tardía" ( Santiago 5: 7). Así también el
cristiano debe esperar en su vida los frutos de la palabra
de Dios. Muchas veces, cuando pedimos en oración las gracias
del Espíritu, para contestar nuestras oraciones, Dios nos
coloca en circunstancias que nos permiten desarrollar esos
frutos; pero no entendemos su propósito, nos asombramos y
desanimamos. Sin embargo, nadie puede desarrollar esas
gracias a no ser por medio del proceso del crecimiento y la
producción de frutos. Nuestra parte consiste en recibir la
palabra de Dios, aferrarnos de ella, y rendirnos plenamente
a su dominio; así se cumplirá en nosotros su propósito.
"El que me ama -dijo Cristo-, mi palabra
guardará; y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos
con él morada" ( S. Juan 14:23). En nosotros se manifestará
la influencia dominante de una mente más fuerte y perfecta;
porque tenemos una relación viviente con la fuente de una
fortaleza que lo soporta todo. En nuestra vida divina
seremos llevados a Jesucristo en cautividad. No viviremos
por más tiempo la vida común de egoísmo, sino que Cristo
vivirá en nosotros. Su carácter se reproducirá en nuestra
naturaleza. Así llevaremos los frutos del Espíritu Santo:
"Uno a treinta, otro a sesenta, y otro a ciento".
El Desarrollo de la
VidaEste Tema esta basado en S. Marcos 4:
26-29
LA PARÁBOLA del sembrador suscitó muchas
preguntas. Por ella algunos de los oyentes llegaron a la
conclusión de que Cristo no iba a establecer un reino
terrenal, y muchos se quedaron curiosos y perplejos.
Viendo su perplejidad, Cristo usó otras ilustraciones, con
las que trató todavía de llevar sus pensamientos de la
esperanza de un reino terrenal a la obra de gracia de Dios
en el alma.
"Decía más: Así es el reino de Dios, como
si un hombre echa simiente en la tierra; y duerme, y se
levanta de noche y de día, y la simiente brota y crece
como él no sabe. Porque de suyo fructifica la tierra,
primero hierba, luego espiga, después grano lleno en la
espiga. Y cuando el fruto fuere producido, luego se mete
la hoz, porque la siega es llegada".
El agricultor que "mete la hoz, porque la
siega es llegada", no puede ser otro que Cristo. El es
quien en el gran día final recogerá la cosecha de la
tierra. Pero el sembrador de la semilla representa a los
que trabajan en lugar de Cristo. Se dice que "la simiente
brota y crece como él no sabe", y esto no es verdad en el
caso del Hijo de Dios. Cristo no se duerme sobre su
cometido, sino que vela sobre él día y noche. El no ignora
cómo crece la simiente.
La parábola de la semilla revela que Dios
obra en la naturaleza. La semilla tiene en sí un principio
germinativo, un principio que Dios mismo ha implantado; y,
sin embargo, si se abandonara la semilla a sí misma, no
tendría poder para brotar. El hombre tiene una parte que
realizar para promover el crecimiento del grano. Debe
preparar y abonar el terreno y arrojar en él la simiente.
Debe arar el campo. Pero hay un punto más allá del cual
nada puede hacer. No hay fuerza ni sabiduría humana que
pueda hacer brotar de la semilla la planta viva. Después
de emplear sus esfuerzos hasta el límite máximo, el hombre
debe depender aún de Aquel que ha unido la siembra a la
cosecha con eslabones maravillosos de su propio poder
omnipotente.
Hay vida en la semilla, hay poder en el
terreno; pero a menos que se ejerza día y noche el poder
infinito, la semilla no dará frutos. Deben caer las
lluvias para dar humedad a los campos sedientos, el sol
debe impartir calor, debe comunicarse electricidad a la
semilla enterrada. El Creador es el único que puede hacer
surgir la vida que él ha implantado. Cada semilla crece,
cada planta se desarrolla por el poder de Dios.
"Como la tierra produce su renuevo, y como
el huerto hace brotar su simiente, así el Señor Jehová
hará brotar justicia y alabanza" ( Isaís 61: 11). Como en
la siembra natural, así también ocurre en la espiritual;
el maestro de la verdad debe tratar de preparar el terreno
del corazón; debe sembrar la semilla; pero únicamente el
poder de Dios puede producir la vida. Hay un punto más
allá del cual son vanos los esfuerzos humanos. Si bien es
cierto que hemos de predicar la palabra, no podemos
impartir el poder que vivificará el alma y hará que broten
la justicia y la alabanza. En la predicación de la Palabra
debe obrar un agente que esté más allá del poder humano.
Sólo mediante el Espíritu divino será viviente y poderosa
la palabra para renovar el alma para vida eterna. Esto es
lo que Cristo se esforzó por inculcar a sus discípulos.
Les enseñó que ninguna cosa de las que poseían en sí
mismos les daría éxito en su obra, sino que el poder
milagroso de Dios es el que da eficiencia a su propia
palabra.
La obra del sembrador es una obra de fe.
El no puede entender el misterio de la germinación y el
crecimiento de la semilla, pero tiene confianza en los
medios por los cuales Dios hace florecer la vegetación. Al
arrojar su semilla en el terreno, aparentemente está
tirando el precioso grano que podría proporcionar pan para
su familia, pero no hace sino renunciar a un bien presente
para recibir una cantidad mayor. Tira la semilla,
esperando recogerla multiplicada muchas veces en una
abundante cosecha. Así han de trabajar los siervos de
Cristo, esperando una cosecha de la semilla que siembran.
Quizá durante algún tiempo la buena
semilla permanezca inadvertida en un corazón frío, egoísta
y mundano, sin dar evidencia de que se ha arraigado en él;
pero después, cuando el Espíritu de Dios da su aliento al
alma, brota la semilla oculta, y al fin da fruto para la
gloria de Dios. En la obra de nuestra vida no sabemos qué
prosperará, si esto o aquello. No es una cuestión que nos
toque decidir. Hemos de hacer nuestro trabajo y dejar a
Dios los resultados. "Por la mañana siembra tu simiente, y
a la tarde no dejes reposar tu mano" ( Eclesiastés 11:6 ).
El gran pacto de Dios declara que "todos los tiempos de la
tierra; la sementera y la siega... no cesarán" ( Génesis
8: 22) . Confiando en esta promesa, ara y siembra el
agricultor. No menos confiadamente hemos de trabajar
nosotros en la siembra espiritual, confiando en su
promesa: "Así será mi palabra que sale de mi boca: no
volverá a mí vacía, antes hará lo que yo quiero, y será
prosperada en aquello para que la envié". "Irá andando y
llorando el que lleva la preciosa simiente; mas volverá a
venir con regocijo, trayendo sus gavillas" ( Isaís 55: 11;
Salmo 126: 6 ).
La germinación de la semilla representa el
comienzo de la vida espiritual, y el desarrollo de la
planta es una bella figura del crecimiento cristiano. Como
en la naturaleza, así también en la gracia no puede haber
vida sin crecimiento. La planta debe crecer o morir. Así
como su crecimiento es silencioso e imperceptible, pero
continuo, así es el desarrollo de la vida cristiana. En
cada grado de desarrollo, nuestra vida puede ser perfecta;
pero, si se cumple el propósito de Dios para con nosotros,
habrá un avance continuo. La santificación es la obra de
toda la vida. Con la multiplicación de nuestras
oportunidades, aumentará nuestra experiencia y se
acrecentará nuestro conocimiento. Llegaremos a ser fuertes
para llevar responsabilidades, y nuestra madurez estará en
relación con nuestros privilegios.
La planta crece al recibir lo que Dios ha
provisto para sustentar su vida. Hace penetrar sus raíces
en la tierra. Absorbe la luz del sol, el rocío y la
lluvia. Recibe las propiedades vitalizadoras del aire. Así
el cristiano ha de crecer cooperando con los agentes
divinos. Sintiendo nuestra impotencia, hemos de aprovechar
todas las oportunidades que se nos dan para adquirir una
experiencia más amplia. Así como la planta se arraiga en
el suelo, así hemos de arraigarnos profundamente en
Cristo. Así como la planta recibe la luz del sol, el rocío
y la lluvia, hemos de abrir nuestro corazón al Espíritu
Santo. Ha de hacerse la obra, "no con ejército, ni con
fuerza, sino con mi espíritu, ha dicho Jehová de los
ejércitos" ( Zacarias 4: 6 ). Si conservamos nuestra mente
fija en Cristo, él vendrá a nosotros "como la lluvia, como
la lluvia tardía y temprana a la tierra". Como el Sol de
justicia, se levantará sobre nosotros, "y en sus alas
traerá salud". Floreceremos "como lirio". Seremos
"vivificados como trigo", y floreceremos "como la vid" (
Oseas 6: 3; Malaquias 4: 2; Oseas 14: 5, 7 ). Al depender
constantemente de Cristo como nuestro Salvador personal,
creceremos en él en todas las cosas, en Aquel que es la
cabeza.
El trigo desarrolla "primero hierba, luego
espiga, después grano lleno en la espiga". El objeto del
agricultor al sembrar la semilla y cultivar la planta
creciente es la producción de grano. Desea pan para el
hambriento y semilla para las cosechas futuras. Así
también el Agricultor divino espera una cosecha como
premio de su labor y sacrificio. Cristo está tratando de
reproducirse a sí mismo en el corazón de los hombres; y
esto lo hace mediante los que creen en él. El objeto de la
vida cristiana es llevar fruto, la reproducción del
carácter de Cristo en el creyente, para que ese mismo
carácter pueda reproducirse en otros.
La planta no germina, crece o da fruto
para sí misma, sino que "da simiente al que siembra, y pan
al que come" ( Isaís 55: 10 ). Así ningún hombre ha de
vivir para sí mismo. El cristiano está en el mundo como
representante de Cristo, para la salvación de otras almas.
No puede haber crecimiento o
fructificación en la vida que se centraliza en el yo. Si
habéis aceptado a Cristo como a vuestro Salvador personal,
habéis de olvidar vuestro yo, y tratar de ayudar a otros.
Hablad del amor de Cristo, de su bondad. Cumplid con todo
deber que se presente. Llevad la carga de las almas sobre
vuestro corazón, y por todos los medios que estén a
vuestro alcance tratad de salvar a los perdidos. A medida
que recibáis el Espíritu de Cristo -el espíritu de amor
desinteresado y de trabajo por otros-, iréis creciendo y
dando frutos. Las gracias del Espíritu madurarán en
vuestro carácter. Se aumentará vuestra fe, vuestras
convicciones se profundizarán, vuestro amor se
perfeccionará. Reflejaréis más y más la semejanza de
Cristo en todo lo que es puro, noble y bello.
"El fruto del Espíritu es: caridad, gozo,
paz, tolerancia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre,
templanza" ( Galatas 5: 22, 23 ). Este fruto nunca puede
perecer, sino que producirá una cosecha, según su género,
para vida eterna.
"Cuando el fruto fuere producido, luego se
mete la hoz, porque la siega es llegada". Cristo espera
con un deseo anhelante la manifestación de sí mismo en su
iglesia. Cuando el carácter de Cristo sea perfectamente
reproducido en su pueblo, entonces vendrá él para
reclamarlos como suyos.
Todo cristiano tiene la oportunidad no
sólo de esperar sino de apresurar la venida de nuestro
Señor Jesucristo ( 2 S. Pedro 3: 12 ). Si todos los que
profesan el nombre de Cristo llevaran fruto para su
gloria, cuán prontamente se sembraría en todo el mundo la
semilla del Evangelio. Rápidamente maduraría la gran
cosecha final, y Cristo vendría para recoger el precioso
grano.
Por Qué Existe el Mal
Este Tema esta basado en S. Mateo13.
24-30; 37-43
"OTRA parábola les propuso, diciendo: El
reino de los cielos es semejante al hombre que siembre
buena simiente en su campo: mas durmiendo los hombres,
vino su enemigo, y sembró cizaña entre el trigo, y se fue.
Y como la hierba salió e hizo fruto, entonces apareció
también la cizaña".
"El campo -dijo Jesús- es el mundo". Pero
debemos entender que esto significa la iglesia de Cristo
en el mundo. La parábola es una descripción de lo que
pertenece al reino de Dios, su obra por la salvación de
los hombres; y esta obra se realiza por medio de la
iglesia. En verdad, el Espíritu Santo ha salido a todo el
mundo; por todas partes obra en los corazones de los
hombres; pero es en la iglesia donde hemos de crecer y
madurar para el alfolí de Dios.
"El que siembra la buena simiente es el
Hijo del hombre... La buena simiente son los hijos del
reino, y la cizaña son los hijos del malo". La buena
simiente representa a aquellos que son nacidos de la
palabra de Dios, de la verdad. La cizaña representa a una
clase que constituye los frutos o la personificación del
error o los falsos principios. "Y el enemigo que la
sembró, es el diablo". Ni Dios ni sus ángeles han sembrado
jamás una simiente que produjese cizaña. La cizaña es
sembrada siempre por Satanás, el enemigo de Dios y del
hombre.
En el Oriente, los hombres se vengaban a
veces de un enemigo esparciendo en sus campos recién
sembrados semillas de alguna hierba nociva que, mientras
crecía, se parecía mucho al trigo. Brotando conjuntamente
con el trigo, dañaba la cosecha e imponía dificultades y
pérdidas al dueño del campo. Así, a causa de la enemistad
hacia Cristo, Satanás esparce sus malas semillas entre el
buen grano del reino. Y atribuye el fruto de esta siembra
al Hijo de Dios. Trayendo al seno de la iglesia a aquellos
que llevan el nombre de Cristo pero cuyo carácter lo
niega, el maligno hace que Dios sea deshonrado, que la
obra de la salvación quede falseada y que las almas
peligren.
Los siervos de Cristo se entristecen al
ver a los verdaderos y los falsos creyentes mezclados en
la iglesia. Anhelan hacer algo para limpiar la iglesia.
Como los siervos del padre de familia, están listos para
desarraigar la cizaña. Pero Cristo les dice: "No; porque
cogiendo la cizaña, no arranquéis también con ella el
trigo. Dejad crecer juntamente lo uno y lo otro hasta la
siega".
Cristo ha enseñado claramente que aquellos
que persisten en pecados manifiestos deben ser separados
de la iglesia; pero no nos ha encomendado la tarea de
juzgar el carácter y los motivos. El conoce demasiado bien
nuestra naturaleza para confiarnos esta obra a nosotros.
Si tratásemos de extirpar de la iglesia a aquellos que
suponemos cristianos falsos, cometeríamos seguramente
errores. A menudo consideramos sin esperanza a los mismos
a quienes Cristo está atrayendo hacia sí. Si tuviéramos
nosotros que tratar con estas almas de acuerdo con nuestro
juicio imperfecto tal vez ello extinguiría su última
esperanza. Muchos que se creen cristianos serán hallados
faltos al fin. En el cielo habrá muchos de quienes sus
prójimos suponían que nunca entrarían allí. El hombre
juzga por la apariencia, pero Dios juzga el corazón. La
cizaña y el trigo han de crecer juntamente hasta la
cosecha; y la cosecha es el fin del tiempo de gracia.
Existe otra lección en las palabras del
Salvador, una lección de maravillosa clemencia y tierno
amor. Así como la cizaña tiene sus raíces estrechamente
entrelazadas con las del buen grano, los falsos cristianos
en la iglesia pueden estar estrechamente unidos con los
verdaderos discípulos. El verdadero carácter de estos
fingidos creyentes no es plenamente manifiesto. Si se los
separase de la iglesia, se haría tropezar a otros que, de
no mediar esto, habrían permanecido firmes.
La enseñanza de esta parábola queda
ilustrada en el propio trato de Dios con los hombres y los
ángeles. Satanás es un engañador. Cuando él pecó en el
cielo, aun los ángeles leales no discernieron plenamente
su carácter. Esta es la razón por la cual Dios no destruyó
en el acto a Satanás. Si lo hubiese hecho, los santos
ángeles no hubieran percibido la justicia y el amor de
Dios. Una duda acerca de la bondad de Dios habría sido una
mala semilla productora de amargos frutos de pecado y
dolor. Por lo tanto, el autor del mal fue dejado con vida
hasta que desarrollase plenamente su carácter. A través de
las largas edades, Dios ha soportado la angustia de
contemplar la obra del mal, y otorgó el infinito Don del
Calvario antes de permitir que alguien fuese engañado por
las falsas interpretaciones del maligno; pues la cizaña no
podía ser extirpada sin peligro de desarraigar también el
grano precioso. ¿Y no seremos nosotros tan tolerantes para
con nuestros semejantes como el Señor del cielo y de la
tierra lo es con Satanás?
El mundo no tiene derecho a dudar de la
verdad del cristianismo porque en la iglesia haya miembros
indignos, ni debieran los cristianos descorazonarse a
causa de esos falsos hermanos. ¿Qué ocurrió en la iglesia
primitiva? Ananías y Safira se unieron con los discípulos.
Simón el mago fue bautizado. Demas, que desamparó a Pablo,
había sido contado como creyente. Judas Iscariote figuró
entre los apóstoles. El Redentor no quiere perder un alma;
su trato con Judas fue registrado para mostrar su larga
paciencia con la perversa naturaleza humana; y nos ordena
que seamos indulgentes como él lo fue. El dijo que los
falsos hermanos se hallarán en la iglesia hasta el fin del
tiempo.
A pesar de la amonestación de Cristo, los
hombres han tratado de extirpar la cizaña. Para castigar a
aquellos que se suponía eran obradores de maldad, la
iglesia ha recurrido al poder civil. Aquellos que diferían
en sus opiniones de las doctrinas establecidas han sido
encarcelados, torturados y muertos, a instigación de
hombres que aseveraban estar obrando bajo la sanción de
Cristo. Pero es el espíritu de Satanás y no el de Cristo
el que inspira tales actos. Es el mismo método que usa
Satanás para conquistar el mundo. Dios ha sido falsamente
representado por la iglesia a causa de la forma de tratar
con aquellos que se suponía eran herejes.
La parábola de Cristo nos enseña a ser
humildes y a desconfiar de nosotros mismos, y a no juzgar
ni condenar a los demás. No todo lo que se siembra en los
campos es buena simiente. El hecho de que los hombres se
hallen en el seno de la iglesia no prueba que sean
cristianos.
La cizaña era muy parecida al trigo
mientras estaba verde; pero cuando el campo se ponía
blanco para la siega, las hierbas sin valor no tenían
ninguna semejanza con el trigo que se doblaba bajo el peso
de sus llenas y maduras espigas. Los pecadores que hacen
alarde de piedad se mezclan por un tiempo con los
verdaderos seguidores de Cristo, y su apariencia de
cristianismo tiene por fin engañar a muchos; pero en la
cosecha del mundo no habrá ninguna semejanza entre lo
bueno y lo malo. Entonces aquellos que se han unido a la
iglesia, pero que no se han unido a Cristo, serán
manifestados.
Se permite que la cizaña crezca entre el
trigo, que tenga todas las ventajas del sol y de la
lluvia, pero en el tiempo de la siega, vosotros "os
tornaréis, y echaréis de ver la diferencia entre el justo
y el malo, entre el que sirve a Dios y el que no le sirve"
( Malaquías 3: 18 ). Cristo mismo decidirá quiénes son
dignos de vivir con la familia del cielo. El juzgará a
cada hombre de acuerdo con sus palabras y sus obras. El
hacer profesión de piedad no pesa nada en la balanza. Es
el carácter lo que decide el destino.
El Salvador no nos señala un tiempo en que
toda la cizaña se convertirá en trigo. El trigo y la
cizaña crecen juntamente hasta el tiempo de la cosecha, el
fin del mundo. Entonces la cizaña se ata en manojos para
ser quemada, y el trigo se junta en el granero de Dios.
"Entonces los justos resplandecerán como el sol en el
reino de su Padre". Entonces "enviará el Hijo de Dios sus
ángeles y cogerán de su reino todos los escándalos, y los
que hacen iniquidad, y los echarán en el horno de fuego:
allí será el lloro y el crujir de dientes".
Pequeños Comienzos,
Grandes Resultados
Este tema esta basado en S. Mateo 13. 31, 32; S. Marcos
4: 30-32; S. Lucas 13: 18, 19
ENTRE la multitud que escuchaba las
enseñanzas de Cristo había muchos fariseos. Estos notaron
desdeñosamente cuán pocos de sus oyentes lo reconocían
como el Mesías. Y discutían entre sí cómo este modesto
maestro podría exaltar a Israel al dominio universal. Sin
riquezas, poder u honor, ¿cómo había de establecer el
nuevo reino? Cristo leyó sus pensamientos y les contestó:
¿A qué haremos semejante el reino de Dios?
¿O con qué parábola le compararemos?" Entre los gobiernos
terrenales no había nada que pudiera servir para
establecer una semejanza. Ninguna sociedad civil podía
proporcionarle un símbolo. "Es como el grano de mostaza
-dijo él-, que cuando se siembra en tierra, es la más
pequeña de todas las simientes que hay en la tierra; mas
después de sembrado, sube y se hace la mayor de todas las
legumbres, y echa grandes ramas, de tal manera que las
aves del cielo pueden morar bajo su sombra".
El germen que se halla en la semilla crece
en virtud del desarrollo del principio de vida que Dios ha
implantado en él. Su desarrollo no depende del poder
humano. Tal ocurre con el reino de Cristo. Es una nueva
creación. Sus principios de desarrollo son opuestos a los
que rigen los reinos de este mundo. Los gobiernos
terrenales prevalecen por la fuerza física; mantienen su
dominio por la guerra; pero el Fundador del nuevo reino es
el Príncipe de Paz. El Espíritu Santo representa a los
reinos del mundo bajo el símbolo de bestias fieras de
rapiña; pero Cristo es el "Cordero de Dios, que quita el
pecado del mundo" ( 1 Juan 1: 29 ). En su plan de gobierno
no hay empleo de fuerza bruta para forzar la conciencia.
Los judíos esperaban que el reino de Dios se estableciese
de la misma forma que los reinos del mundo. Para promover
la justicia ellos recurrieron a las medidas externas.
Trazaron métodos y planes. Pero Cristo implanta un
principio. Inculcando la verdad y la justicia,
contrarresta el error y el pecado.
Mientras Jesús presentaba esta parábola,
podían verse plantas de mostaza lejos y cerca, elevándose
por sobre la hierba y los cereales, meciendo suavemente
sus ramas en el aire. Los pájaros revoloteaban de rama en
rama, y cantaban en medio de su frondoso follaje. Sin
embargo la semilla que dio origen a estas plantas gigantes
era una de las más pequeñas. Al principio proyectó un
tierno brote; pero era de una potente vitalidad, y creció
y floreció hasta que alcanzó el gran tamaño que entonces
tenía. Así el reino de Cristo al principio parecía humilde
e insignificante. Comparado con los reinos de la tierra
parecía el menor de todos. La aseveración de Cristo de que
era rey fue ridiculizada por los gobernantes de este
mundo. Sin embargo, en las grandes verdades encomendadas a
los seguidores de Cristo, el reino del Evangelio poseía
una vida divina. ¡Y cuán rápido fue su crecimiento, cuán
amplia su influencia! Cuando Cristo pronunció esta
parábola, había solamente unos pocos campesinos galileos
que representaban el nuevo reino. Su pobreza, lo escaso de
su número, era presentado repetidas veces como razón por
la cual los hombres no debían unirse con estos sencillos
pescadores que seguían a Jesús. Pero la semilla de mostaza
había de crecer y extender sus ramas a través del mundo.
Cuando pereciesen los gobiernos terrenales, cuya gloria
llenaba entonces los corazones humanos, el reino de Cristo
seguiría siendo una fuerza poderosa y de vasto alcance.
De esta manera, la obra de la gracia en el
corazón es pequeña en su comienzo. Se habla una palabra,
un rayo de luz brilla en el alma, se ejerce una influencia
que es el comienzo de una nueva vida; ¿y quién puede medir
sus resultados?
En la parábola de la simiente de mostaza
no sólo se ilustra el crecimiento del reino de Cristo,
sino que en cada etapa de su crecimiento la experiencia
representada en la parábola se repite. Dios tiene una
verdad especial y una obra especial para su iglesia en
cada generación. La verdad, oculta a los hombres sabios y
prudentes del mundo, es revelada a los humildes y a los
que son como niños. Exige sacrificios. Tiene batallas que
luchar y victorias que ganar. Al principio son pocos los
que la defienden. Ellos son contrarrestados y desdeñados
por los grandes hombres del mundo y la iglesia que se
conforma al mundo. Ved a Juan el Bautista, el precursor de
Cristo, solo, reprendiendo el orgullo y el formalismo de
la nación judía. Ved a los primeros portadores del
Evangelio a Europa. Cuán oscura, cuán desesperada parecía
la misión de Pablo y Silas, los dos tejedores de tiendas,
cuando, junto con sus compañeros, tomaron el barco en
Troas para Filipo. Ved a "Pablo el anciano", encadenado,
predicando a Cristo en la fortaleza de los Césares. Ved
las pequeñas comunidades de esclavos y labriegos en
conflicto con el paganismo de la Roma imperial. Ved a
Martín Lutero oponiéndose a la poderosa iglesia que es la
obra maestra de la sabiduría del mundo. Vedle aferrándose
a la Palabra de Dios frente al emperador y al papa,
declarando: "Aquí hago mi decisión; no puedo hacer de otra
manera. Que Dios me ayude". Ved a Juan Wesley predicando a
Cristo y su justicia en medio del formalismo, el
sensualismo y la incredulidad. Ved a un hombre agobiado
por los clamores del mundo pagano, suplicando el
privilegio de llevarles el mensaje de amor de Cristo.
Escuchad la respuesta del clericalismo: "Siéntese, joven;
cuando Dios quiera convertir a los paganos lo hará sin su
ayuda ni la mía".
Los grandes dirigentes del pensamiento
religioso de esta generación hicieron sonar las alabanzas
y edificaron los monumentos de aquellos que plantaron hace
siglos la semilla de la verdad. ¿No se vuelven muchos de
esta obra para pisotear el crecimiento que brota de la
misma semilla hoy en día? Se repite el antiguo clamor:
"Nosotros sabemos que a Moisés habló Dios, mas éste
[Cristo en la persona