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Amor Supremo
LA NATURALEZA y la revelación a una dan
testimonio del amor de Dios. Nuestro Padre celestial es la
fuente de vida, de sabiduría y de gozo. Mirad las maravillas y
bellezas de la naturaleza. Pensad en su prodigiosa adaptación
a las necesidades y a la felicidad, no solamente del hombre,
sino de todas las criaturas vivientes. El sol y la lluvia que
alegran y refrescan la tierra; los montes, los mares y los
valles, todos nos hablan del amor del Creador. Dios es el que
suple las necesidades diarias de todas sus criaturas. Ya el
salmista lo dijo en las bellas palabras siguientes:
"Los ojos de todos miran a ti, Y tú les das
su alimento a su tiempo. Abres tu mano, Y satisfaces el deseo
de todo ser viviente". (Salmo 145: 15, 16.)
Dios hizo al hombre perfectamente santo y
feliz; y la hermosa tierra no tenía, al salir de la mano del
Creador, mancha de decadencia, ni sombra de maldición. La
transgresión de la ley de Dios, de la ley de amor, es lo que
ha traído consigo dolor y muerte. Sin embargo, en medio del
sufrimiento que resulta del pecado se manifiesta el amor de
Dios. Está escrito que Dios maldijo la tierra por causa del
hombre. (Génesis 3: 17) Los cardos y espinas - las
dificultades y pruebas que hacen de su vida una vida de afán y
cuidado - le fueron asignados para su bien, como parte de la
preparación necesaria, según el plan de Dios, para su
elevación de la ruina y degradación que el pecado había
causado. El mundo, aunque caído, no es todo tristeza y
miseria. En la naturaleza misma hay mensajes de esperanza y
consuelo. Hay flores en los cardos y las espinas están
cubiertas de rosas.
"Dios es amor", está escrito en cada capullo
de flor que se abre, en cada tallo de la naciente hierba. Los
hermosos pájaros que llenan el aire de melodías con sus
preciosos cantos, las flores exquisitamente matizadas que en
su perfección perfuman el aire, los elevados árboles del
bosque con su rico follaje de viviente verdor, todos dan
testimonio del tierno y paternal cuidado de nuestro Dios y de
su deseo de hacer felices a sus hijos.
La Palabra de Dios revela su carácter. El
mismo ha declarado su infinito amor y piedad. Cuando Moisés
dijo: "Ruégote me permitas ver tu gloria", Jehová respondió:
"Yo haré que pase toda mi benignidad ante tu vista". (Éxodo
33: 18, 19) Tal es su gloria. Jehová pasó delante de Moisés y
clamó: "Jehová, Jehová, Dios compasivo y clemente lento en
iras y grande en misericordia y en Fidelidad; que usa de
misericordia hasta la milésima generación; que perdona la
iniquidad, la transgresión y el pecado". (Éxodo 34: 6, 7)
"Lento en iras y grande en misericordia" (Jonás 4: 2) "Porque
se deleita en la misericordia". (Miqueas 7: 18)
Dios ha unido nuestros corazones a él con
pruebas innumerables en los cielos y en la tierra. Mediante
las cosas de la naturaleza y los más profundos y tiernos lazos
que el corazón humano pueda conocer en la tierra, ha procurado
revelársenos. Con todo, estas cosas sólo representan
imperfectamente su amor. Aunque se habían dado todas estas
pruebas evidentes, el enemigo del bien cegó el entendimiento
de los hombres, para que éstos mirasen a Dios con temor, para
que lo considerasen severo e implacable. Satanás indujo a los
hombres a concebir a Dios como un ser cuyo principal atributo
es una justicia inexorable, como un juez severo, un duro,
estricto acreedor. Pintó al Creador como un ser que está
velando con ojo celoso por discernir los errores y faltas de
los hombres, para visitarlos con juicios. Por esto vino Jesús
a vivir entre los hombres, para disipar esa densa sombra,
revelando al mundo el amor infinito de Dios.
El Hijo de Dios descendió del cielo para
manifestar al Padre. "A Dios nadie jamás le ha visto: el Hijo
unigénito, que está en el seno del Padre, él le ha dado a
conocer". (S. Juan 1: 18) "Ni al Padre conoce nadie, sino el
Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quisiere revelar". (S. Mateo
11: 27) Cuando uno de sus discípulos le dijo: "Muéstranos al
Padre", Jesús respondió: "Tanto tiempo hace que estoy con
vosotros, ¿y todavía no me conoces, Felipe? El que me ha visto
a mí, ha visto al Padre: ¿Cómo pues dices tú: Muéstranos al
Padre? " (S. Juan 14: 8, 9).
Jesús dijo, describiendo su misión terrenal:
Jehová "me ha ungido para anunciar buenas nuevas a los pobres;
me a enviado para proclamar a los cautivos, y a los ciegos
recobro la vista para poner en libertad a los oprimidos". (s.
Lucas 4: 18.), esta era su obra. Pasó haciendo bien y sanando
a todos los oprimidos de Satanás.
Había aldeas enteras donde no se oía un
gemido de dolor en casa alguna, porque él había pasado por
ellas y sanado a todos sus enfermos. Su obra demostraba su
divina unción. En cada acto de su vida revelaba amor,
misericordia y compasión; su corazón rebosaba de tierna
simpatía por los hijos de los hombres. Tomó la naturaleza del
hombre para poder simpatizar con sus necesidades. Los más
pobres y humildes no tenían temor de allegársele. Aun los
niñitos se sentían atraídos hacia él. Les gustaba subir a sus
rodillas y contemplar ese rostro pensativo, que irradiaba
benignidad y amor, Jesús no suprimió una palabra de verdad,
sino que profirió siempre la verdad con amor. Hablaba con el
mayor tacto, cuidado y misericordiosa atención, en su trato
con las gentes. Nunca fue áspero, nunca habló una palabra
severa innecesariamente, nunca dio a un alma sensible una pena
innecesaria. No censuraba la debilidad humana. Hablaba la
verdad, pero siempre con amor. Denunciaba la hipocresía, la
incredulidad y la iniquidad; pero las lágrimas velaban su voz
cuando profería sus fuertes reprensiones. Lloró sobre
Jerusalén, la ciudad amada que rehusó recibirlo, a él, el
Camino, la Verdad y la Vida. Habían rechazado al Salvador, mas
él los consideraba con piadosa ternura. La suya fue una vida
de abnegación y verdadera solicitud por los demás. Toda alma
era preciosa a sus ojos. A la vez que siempre llevaba consigo
la dignidad divina, se inclinaba con la más tierna
consideración hacia cada uno de los miembros de la familia de
Dios. En todos los hombres veía almas caídas a quienes era su
misión salvar.
Tal es el carácter de Cristo como se revela
en su vida. Este es el carácter de Dios. Del corazón del Padre
es de donde manan los ríos de compasión divina, manifestada en
Cristo para todos los hijos de los hombres. Jesús el tierno y
piadoso Salvador, era Dios "manifestado en la carne" (1
Timoteo 3: 16) .
Jesús vivió, sufrió y murió para redimirnos.
El se hizo "Varón de dolores" para que nosotros fuésemos
hechos participantes del gozo eterno. Dios permitió que su
Hijo amado, lleno de gracia y de verdad, viniese de un mundo
de indescriptible gloria, a un mundo corrompido y manchado por
el pecado, oscurecido con la sombra de la muerte y la
maldición. Permitió que dejase el seno de su amor, la
adoración de los ángeles, para sufrir vergüenza, insulto,
humillación, odio y muerte. "El castigo de nuestra paz cayó
sobre él, y por sus llagas nosotros sanamos" (Isaías 53: 5).
¡Miradlo en el desierto, en el Getsemaní, sobre la cruz! El
Hijo inmaculado de Dios tomó sobre sí la carga del pecado. El
que había sido uno con Dios, sintió en su alma la terrible
separación que hace el pecado entre Dios y el hombre. Esto
arrancó de sus labios el angustioso clamor: "¡Dios mío! ¡Dios
mío! ¿por qué me has desamparado?" (S. Mateo 27: 46). La carga
del pecado, el conocimiento de su terrible enormidad y de la
separación que causa entre el alma y Dios, quebrantó el
corazón del Hijo de Dios.
Pero este gran sacrificio no fue hecho a fin
de crear amor en el corazón del Padre para con el hombre, ni
para moverlo a salvar. ¡No, no! "Porque de tal manera amó Dios
al mundo, que dio a su Hijo unigénito" (S. Juan 3: 16). No es
que el Padre nos ame por causa de la gran propiciación, sino
que proveyó la propiciación porque nos ama. Cristo fue el
medio por el cual él pudo derramar su amor infinito sobre un
mundo caído. "Dios estaba en Cristo, reconciliando consigo
mismo al mundo" (2 Corintios 5: 19). Dios sufrió con su Hijo.
En la agonía del Getsemaní, en la muerte del Calvario, el
corazón del Amor Infinito pagó el precio de nuestra redención.
Jesús decía: "Por esto el Padre me ama, por
cuanto yo pongo mi vida para volverla a tomar" (S. Juan 10:
17). Es decir: "De tal manera os amaba mi Padre, que aún me
ama más porque he dado mi vida para redimiros. Por haberme
hecho vuestro Sustituto y Fianza, por haber entregado mi vida
y tomado vuestras responsabilidades, vuestras transgresiones,
soy más caro a mi Padre; por mi sacrificio, Dios puede ser
justo y, sin embargo, el justificador del que cree en Jesús".´
Nadie sino el Hijo de Dios podía efectuar
nuestra redención; porque sólo él, que estaba en el seno del
Padre podía darlo a conocer. Sólo él, que conocía la altura y
la profundidad del amor de Dios, podía manifestarlo. Nada
menos que el infinito sacrificio hecho por Cristo en favor del
hombre caído podía expresar el amor del Padre hacia la perdida
humanidad.
"Porque de tal manera amó Dios al mundo, que
dio a su Hijo unigénito". Lo dio no solamente para que viviese
entre los hombres, no sólo para que llevase los pecados de
ellos y muriese como su sacrificio; lo dio a la raza caída.
Cristo debía identificarse con los intereses y necesidades de
la humanidad. El que era uno con Dios se ha unido con los
hijos de los hombres con lazos que jamás serán quebrantados.
Jesús "no se avergüenza de llamarlos hermanos" (Hebreos 2:
11). Es nuestro Sacrificio, nuestro Abogado, nuestro Hermano,
lleva nuestra forma humana delante del trono del Padre, y por
las edades eternas será uno con la raza que ha redimido: es el
Hijo del hombre. Y todo esto para que el hombre fuese
levantado de la ruina y degradación del pecado, para que
reflejase el amor de Dios y participase del gozo de la
santidad.
El precio pagado por nuestra redención, el
sacrificio infinito que hizo nuestro Padre celestial al
entregar a su Hijo para que muriese por nosotros, debe darnos
un concepto elevado de lo que podemos ser hechos por Cristo.
Al considerar el inspirado apóstol Juan "la altura", "la
profundidad" y "la anchura" del amor del Padre hacia la raza
que perecía, se llena de alabanzas y reverencia, y no pudiendo
14 encontrar lenguaje conveniente en que expresar la grandeza
y ternura de este amor, exhorta al mundo a contemplarlo.
"¡Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, que seamos llamados
hijos de Dios!" (1 S. Juan 3: 1) ¡Qué valioso hace esto al
hombre! Por la transgresión, los hijos del hombre se hacen
súbditos de Satanás. Por la fe en el sacrificio reconciliador
de Cristo, los hijos de Adán pueden ser hechos hijos de Dios.
Al revestirse de la naturaleza humana, Cristo eleva a la
humanidad. Los hombres caídos son colocados donde pueden, por
la relación con Cristo, llegar a ser en verdad dignos del
nombre de "hijos de Dios".
Tal amor es incomparable. ¡Hijos del Rey
celestial! ¡Promesa preciosa! ¡Tema para la más profunda
meditación! ¡El incomparable amor de Dios para con un mundo
que no lo amaba! Este pensamiento tiene un poder subyugador y
cautiva el entendimiento a la voluntad de Dios. Cuanto más
estudiamos el carácter divino a la luz de la cruz, más vemos
la misericordia, la ternura y el perdón unidos a la equidad y
la justicia, y más claramente discernimos pruebas innumerables
de un amor infinito y de una tierna piedad que sobrepuja la
ardiente simpatía y los anhelosos sentimientos de la madre
para con su hijo extraviado.
"Romperse puede todo lazo humano, Separarse
el hermano del hermano, Olvidarse la madre de sus hijos,
Variar los astros sus senderos fijos; Mas ciertamente nunca
cambiará El amor providente de Jehová".
La Más Urgente Necesidad del Hombre
EL HOMBRE estaba dotado
originalmente de facultades nobles y de un entendimiento
bien equilibrado. Era perfecto y estaba en armonía con Dios.
Sus pensamientos eran puros, sus designios santos. Pero por
la desobediencia, sus facultades se pervirtieron y el
egoísmo sustituyó al amor. Su naturaleza se hizo tan débil
por la transgresión, que le fue imposible, por su propia
fuerza, resistir el poder del mal. Fue hecho cautivo por
Satanás, y hubiera permanecido así para siempre si Dios no
hubiese intervenido de una manera especial. El propósito del
tentador era contrariar el plan que Dios había tenido al
crear al hombre y llenar la tierra de miseria y desolación.
Quería señalar todo este mal como el resultado de la obra de
Dios al crear al hombre.
El hombre, en su estado de
inocencia, gozaba de completa comunión con Aquel "en quien
están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la
ciencia" (Colosenses 2: 3.) Mas después de su caída, no pudo
encontrar gozo en la santidad y procuró ocultarse de la
presencia de Dios. Y tal es aún la condición del corazón no
renovado. No está en armonía con Dios, ni encuentra gozo en
la comunión con él. El pecador no podría ser feliz en la
presencia de Dios; le desagradaría la compañía de los seres
santos. Y si se le pudiese permitir entrar en el cielo, no
hallaría alegría en aquel lugar. El espíritu de amor puro
que reina allí donde responde cada corazón al corazón del
Amor Infinito, no haría vibrar en su alma cuerda alguna de
simpatía. Sus pensamientos, sus intereses, sus móviles,
serían distintos de los que mueven a los moradores
celestiales. Sería una nota discordante en la melodía del
cielo. El cielo sería para él un lugar de tortura. Ansiaría
ocultarse de la presencia de Aquel que es su luz y el centro
de su gozo. No es un decreto arbitrario de parte de Dios el
que excluye del cielo a los malvados: ellos mismos se han
cerrado las puertas por su propia ineptitud para aquella
compañía. La gloria de Dios sería para ellos un fuego
consumidor. Desearían ser destruidos para esconderse del
rostro de Aquel que murió por salvarlos.
Es imposible que escapemos
por nosotros mismos del abismo del pecado en que estamos
sumidos. Nuestro corazón es malo y no lo podemos cambiar.
"¿Quién podrá sacar cosa limpia de inmunda? Ninguno" (Job
14: 4 )"Por cuanto el ánimo carnal es enemistad contra Dios;
pues no está sujeto a la ley de Dios, ni a la verdad lo
puede estar" (Romanos 8: 7). La educación, la cultura, el
ejercicio de la voluntad, el esfuerzo humano todos tienen su
propia esfera, pero para esto no tienen ningún poder. Pueden
producir una corrección externa de la conducta, pero no
pueden cambiar el corazón; no pueden purificar las fuentes
de la vida. Debe haber un poder que obre en el interior, una
vida nueva de lo alto, antes de que el hombre pueda
convertirse del pecado a la santidad. Ese poder es Cristo.
Solamente su gracia puede vivificar las facultades muertas
del alma y atraerlas a Dios, a la santidad. El Salvador
dijo: "A menos que el hombre naciere de nuevo", a menos que
reciba un corazón nuevo, nuevos deseos, designios y móviles
que lo guíen a una nueva vida, "no puede ver el reino de
Dios" (S. Juan 3: 3). La idea de que solamente es necesario
desarrollar lo bueno que existe en el hombre por naturaleza,
es un engaño fatal. "El hombre natural no recibe las cosas
del Espíritu de Dios; porque le son insensatez; ni las puede
conocer, por cuanto se disciernen espiritualmente" (1
Corintios 2: 14). "No te maravilles de que te dije: os es
necesario nacer de nuevo" (S. Juan 3: 7.) De Cristo está
escrito: "En él estaba la vida; y la vida era la luz de los
hombres" (S. Juan 1: 4), el único "nombre debajo del cielo
dado a los hombres, en el cual podamos ser salvos" (Hechos
4: 12).
No basta comprender la bondad
amorosa de Dios, ni percibir la benevolencia y ternura
paternal de su carácter. No basta discernir la sabiduría y
justicia de su ley, ver que está fundada sobre el eterno
principio del amor. El apóstol Pablo veía todo esto cuando
exclamó: "Consiento en que la ley es buena", "la ley es
santa, y el mandamiento, santo y justo y bueno". Mas él
añadió en la amargura de su alma agonizante y desesperada:
"Soy carnal, vendido bajo el poder del pecado" (Romanos 7:
12, 14). Ansiaba la pureza, la justicia que no podía
alcanzar por sí mismo, y dijo: "¡Oh hombre infeliz que soy!
¿quién me libertará de este cuerpo de muerte?" (Romanos 7:
24). La misma exclamación ha subido en todas partes y en
todo tiempo, de corazones sobrecargados. No hay más que una
contestación para todos: "'¡He aquí el Cordero de Dios, que
quita el pecado del mundo!" (S. Juan 1: 29).
Muchas son las figuras por
las cuales el Espíritu de Dios ha procurado ilustrar esta
verdad y hacerla clara a las almas que desean verse libres
de la carga del pecado. Cuando Jacob pecó, engañando a Esaú,
y huyó de la casa de su padre, estaba abrumado por el
conocimiento de su culpa. Solo y abandonado como estaba,
separado de todo lo que le hacía preciosa la vida, el único
pensamiento que sobre todos los otros oprimía su alma, era
el temor de que su pecado lo hubiese apartado de Dios, que
fuese abandonado del cielo. En medio de su tristeza, se
recostó para descansar sobre la tierra desnuda. Rodeábanlo
solamente las solitarias montañas, y cubríalo la bóveda
celeste con su manto de estrellas. Habiéndose dormido, una
luz extraordinaria se le apareció en su sueño; y he aquí, de
la llanura donde estaba recostado, una inmensa escalera
simbólica parecía conducir a lo alto, hasta las mismas
puertas del cielo, y los ángeles de Dios subían y descendían
por ella; al paso que de la gloria de las alturas se oyó la
voz divina que pronunciaba un mensaje de consuelo y
esperanza. Así hizo Dios conocer a Jacob aquello que
satisfacía la necesidad y el ansia de su alma: un Salvador.
Con gozo y gratitud vio revelado un camino por el cual él,
como pecador, podía ser restaurado a la comunión con Dios.
La mística escalera de su sueño representaba a Jesús, el
único medio de comunicación entre Dios y el hombre.
Esta es la misma figura a la
cual Cristo se refirió en su conversación con Natanael,
cuando dijo: "Veréis abierto el cielo, y a los ángeles de
Dios subiendo y bajando sobre el Hijo del hombre" (S. Juan
1: 51). Al caer, el hombre se apartó de Dios: la tierra fue
cortada del cielo. A través del abismo existente entre ambos
no podía haber ninguna comunión. Mas mediante Cristo, el
mundo está unido otra vez con el cielo. Con sus propios
méritos, Cristo ha salvado el abismo que el pecado había
hecho, de tal manera que los hombres pueden tener comunión
con los ángeles ministradores. Cristo une al hombre caído,
débil y miserable, con la Fuente del poder Infinito.
Mas vanos son los sueños de
progreso de los hombres, vanos todos sus esfuerzos por
elevar a la humanidad, si menosprecian la única fuente de
esperanza y amparo para la raza caída. "Toda dádiva buena y
todo don perfecto" (Santiago 1: 17) es de Dios. No hay
verdadera excelencia de carácter fuera de él. Y el único
camino para ir a Dios es Cristo, quien dice: "Yo soy el
Camino, y la Verdad, y la Vida; nadie viene al Padre sino
por mí". (S. Juan 14: 6)
El corazón de Dios suspira
por sus hijos terrenales con un amor más fuerte que la
muerte. Al dar a su Hijo nos ha vertido todo el cielo en un
don. La vida, la muerte y la intercesión del Salvador, el
ministerio de los ángeles, la imploración del Espíritu
Santo, el Padre que obra sobre todo y por todo, el interés
incesante de los seres celestiales: todos están empeñados en
la redención del hombre.
¡Oh, contemplemos el
sacrificio asombroso que ha sido hecho por nosotros!
Procuremos apreciar el trabajo y la energía que el cielo
está empleando para rescatar al perdido y traerlo de nuevo a
la casa de su Padre. Jamás podrían haberse puesto en acción
motivos más fuertes y energías más poderosas: los grandiosos
galardones por el bien hacer, el goce del cielo, la compañía
de los ángeles, la comunión y el amor de Dios y de su Hijo,
la elevación y el acrecentamiento de todas nuestras
facultades por las edades eternas, ¿no son éstos incentivos
y estímulos poderosos que nos instan a dedicar a nuestro
Creador y Salvador el amante servicio de nuestro corazón?
Y por otra parte, los juicios
de Dios pronunciados contra el pecado, la retribución
inevitable, la degradación de nuestro carácter y la
destrucción final, se presentan en la Palabra de Dios para
amonestarnos contra el servicio de Satanás.
¿No apreciaremos la
misericordia de Dios? ¿Qué más podía hacer? Pongámonos en
perfecta relación con Aquel que nos ha amado con estupendo
amor. Aprovechemos los medios que nos han sido provistos
para que seamos transformados conforme a su semejanza y
restituidos a la comunión de los ángeles ministradores, a la
armonía y comunión del Padre y el Hijo.
Un Poder Misterioso que Convence
¿COMO se justificará el
hombre con Dios? ¿Cómo se hará justo el pecador? Solamente
por intermedio de Cristo podemos ponernos en armonía con
Dios y la santidad; pero, ¿cómo debemos ir a Cristo? Muchos
formulan la misma pregunta que hicieron las multitudes el
día de Pentecostés, cuando, convencidas de su pecado,
exclamaron: "¿Qué haremos?" La primera palabra de
contestación de Pedro fue: "Arrepentíos". Poco después, en
otra ocasión, dijo: "Arrepentíos pues, y volveos a Dios;
para que sean borrados vuestros pecados" (Hechos 2: 38; 3:
19).
El arrepentimiento comprende
tristeza por el pecado y abandono del mismo. No
renunciaremos al pecado a menos que veamos su pecaminosidad;
mientras no lo repudiemos de corazón, no habrá cambio real
en la vida.
Hay muchos que no entienden
la naturaleza verdadera del arrepentimiento. Gran número de
personas se entristecen por haber pecado y aun se reforman
exteriormente, porque temen que su mala vida les acarree
sufrimientos. Pero esto no es arrepentimiento en el sentido
bíblico. Lamentan la pena más bien que el pecado. Tal fue el
dolor de Esaú cuando vio que había perdido su primogenitura
para siempre. Balaam, aterrorizado por el ángel que estaba
en su camino con la espada desnuda, reconoció su culpa 22
por temor de perder la vida; mas no experimentó un
arrepentimiento sincero del pecado, ni un cambio de
propósito, ni aborrecimiento del mal. Judas Iscariote,
después de traicionar a su Señor, exclamó: "¡He pecado,
entregando la sangre inocente!" (S. Mateo 27: 4).
Esta confesión fue arrancada
a la fuerza de su alma culpable por un tremendo sentido de
condenación y una pavorosa expectación de juicio. Las
consecuencias que habían de resultarle lo llenaban de
terror, pero no experimentó profundo quebrantamiento de
corazón, ni dolor de alma por haber traicionado al Hijo
inmaculado de Dios y negado al santo de Israel. Cuando
Faraón sufría los juicios de Dios, reconoció su pecado a fin
de escapar del castigo, pero volvió a desafiar al cielo tan
pronto como cesaron las plagas. Todos éstos lamentaban los
resultados del pecado, pero no sentían tristeza por el
pecado mismo.
Mas cuando el corazón cede a
la influencia del Espíritu de Dios, la conciencia se
vivifica y el pecador discierne algo de la profundidad y
santidad de la sagrada ley de Dios, fundamento de su
gobierno en los cielos y en la tierra. "La Luz verdadera,
que alumbra a todo hombre que viene a este mundo" (S. Juan
1: 9), ilumina las cámaras secretas del alma y se
manifiestan las cosas ocultas. La convicción se posesiona de
la mente y del corazón. El pecador tiene entonces conciencia
de la justicia de Jehová y siente terror de aparecer en su
iniquidad e impureza delante del que escudriña los
corazones. Ve el amor de Dios, la belleza de la santidad y
el gozo de la pureza. Ansía ser purificado y restituido a la
comunión del cielo.
La oración de David después
de su caída es una ilustración de la naturaleza del
verdadero dolor por el pecado. Su arrepentimiento era
sincero y profundo. No hizo ningún esfuerzo por atenuar su
crimen; ningún deseo de escapar del juicio que lo amenazaba
inspiró su oración. David veía la enormidad de su
transgresión; veía las manchas de su alma; aborrecía su
pecado. No imploraba solamente el perdón, sino también la
pureza del corazón. Deseaba tener el gozo de la santidad
-ser restituido a la armonía y comunión con Dios. Este era
el lenguaje de su alma:
"¡Bienaventurado aquel cuya
transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado!
¡Bienaventurado el hombre a
quien Jehová no atribuye la iniquidad, cuyo espíritu no hay
engaño! (Salmo 32: 1, 2)
¡Apiádate de mí, oh Dios,
conforme a tu misericordia; conforme a la muchedumbre de tus
piedades, borra mis transgresiones !
. . . Porque yo reconozco mis
transgresiones, y mi pecado está siempre delante de mí....
¡Purifícame con hisopo, y
seré limpio; lávame, y quedaré más blanco que la nieve! .
¡Crea en mí, oh Dios, un
corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí!
¡No me eches de tu presencia,
y no me quites tu Santo Espíritu!
¡Restitúyeme el gozo de tu
salvación, y el Espíritu de gracia me sustente!...
¡Líbrame del delito de
sangre, oh Dios, el Dios de mi salvación!
¡cante mi lengua tu
justicia!" (Salmo 51: 1, 14)
Efectuar un arrepentimiento
como éste, está más allá del alcance de nuestro propio
poder; se obtiene solamente de Cristo, quien ascendió a lo
alto y ha dado dones a los hombres.
Precisamente éste es un punto
sobre el cual muchos yerran, y por esto dejan de recibir la
ayuda que Cristo quiere darles. Piensan que no pueden ir a
Cristo a menos que se arrepientan primero, y que el
arrepentimiento los prepara para el perdón de sus pecados.
Es verdad que el arrepentimiento precede al perdón de los
pecados, porque solamente el corazón quebrantado y contrito
es el que siente la necesidad de un Salvador. Pero, ¿debe el
pecador esperar hasta que se haya arrepentido, para poder ir
a Jesús? ¿Ha de ser el arrepentimiento un obstáculo entre el
pecador y el Salvador?
La Biblia no enseña que el
pecador deba arrepentirse antes de poder aceptar la
invitación de Cristo: "¡Venid a mí todos los que estáis
cansados y agobiados, y yo os daré descanso!" (S. Mateo 11:
28). La virtud que viene de Cristo es la que guía a un
arrepentimiento genuino. San Pedro habla del asunto de una
manera muy clara en su exposición a los israelitas, cuando
dice: "A éste, Dios le ensalzó con su diestra para ser
Príncipe y Salvador, a fin de dar arrepentimiento a Israel,
y remisión de pecados". (Hechos 5: 31) No podemos
arrepentirnos sin que el Espíritu de Cristo despierte la
conciencia, más de lo que podemos ser perdonados sin Cristo.
Cristo es la fuente de todo
buen impulso. El es el único que puede implantar en el
corazón enemistad contra el pecado. Todo deseo de verdad y
de pureza, toda convicción de nuestra propia pecaminosidad,
es una prueba de que su Espíritu está obrando en nuestro
corazón.
Jesús dijo: "Yo, si fuere
levantado en alto de sobre la tierra, a todos los atraeré a
mí mismo" (S. Juan 12: 32). Cristo debe ser revelado al
pecador como el Salvador que muere por los pecados del
mundo; y cuando consideramos al Cordero de Dios sobre la
cruz del Calvario, el misterio de la redención comienza a
abrirse a nuestra mente y la bondad de Dios nos guía al
arrepentimiento. Al morir Cristo por los pecadores,
manifestó un amor incomprensible; y este amor, a medida que
el pecador lo contempla, enternece el corazón, impresiona la
mente e inspira contricción en el alma.
Es verdad que algunas veces
los hombres se avergüenzan de sus caminos pecaminosos y
abandonan algunos de sus malos hábitos antes de darse cuenta
de que son atraídos a Cristo. Pero cuando hacen un esfuerzo
por reformarse, con un sincero deseo de hacer el bien, es el
poder de Cristo el que los está atrayendo. Una influencia de
la cual no se dan cuenta, obra sobre el alma, la conciencia
se vivifica y la vida externa se enmienda. Y a medida que
Cristo los induce a mirar su cruz y contemplar a quien han
traspasado sus pecados, el mandamiento despierta la
conciencia. La maldad de su vida, el pecado profundamente
arraigado en su alma se les revela. Comienzan a entender
algo de la justicia de Cristo y exclaman "¿Qué es el pecado,
para que exigiera tal sacrificio por la redención de su
víctima? ¿Fueron necesarios todo este amor, todo este
sufrimiento, toda esta humillación, para que no
pereciéramos, sino que tuviéramos vida eterna?" .
El pecador puede resistir a
este amor, puede rehusar ser atraído a Cristo; pero si no se
resiste será atraído a Jesús; un conocimiento del plan de la
salvación lo guiará al pie de la cruz, arrepentido de sus
pecados, que han causado los sufrimientos del amado Hijo de
Dios.
La misma inteligencia divina
que obra en la naturaleza, habla al corazón de los hombres y
crea un deseo indecible de algo que no tienen. Las cosas del
mundo no pueden satisfacer su ansiedad. El Espíritu de Dios
está suplicándoles que busquen las cosas que sólo pueden dar
paz y descanso: la gracia de Cristo y el gozo de la
santidad. Por medio de influencias visibles e invisibles,
nuestro Salvador está constantemente obrando para atraer el
corazón de los hombres de los vanos placeres del pecado a
las bendiciones infinitas que pueden disfrutar en él. A
todas estas almas que están procurando vanamente beber en
las cisternas rotas de este mundo, se dirige el mensaje
divino: "El que tiene sed, ¡venga! ¡y el que quiera, tome
del agua de la vida, de balde!" (Apocalipsis 22: 17)
Los que en vuestro corazón
anheláis algo mejor que lo que este mundo puede dar,
reconoced este deseo como la voz de Dios que habla a
vuestras almas. Pedidle que os dé arrepentimiento, que os
revele a Cristo en su amor infinito y en su pureza perfecta.
En la vida del Salvador quedaron perfectamente
ejemplificados los principios de la ley de Dios y el amor a
Dios y al hombre. La benevolencia y el amor desinteresado
fueron la vida de su alma. Contemplándolo, nos inunda la luz
de nuestro Salvador y podemos ver la pecaminosidad de
nuestro corazón.
Podemos lisonjearnos como
Nicodemo de que nuestra vida ha sido muy buena, de que
nuestro carácter es perfecto y pensar que no necesitamos
humillar nuestro corazón delante de Dios como el pecador
común, pero cuando la luz de Cristo resplandece en nuestras
almas, vemos cuán impuros somos; discernimos el egoísmo de
nuestros motivos y la enemistad contra Dios, que ha manchado
todos los actos de nuestra vida. Entonces conocemos que
nuestra propia justicia es en verdad como andrajos inmundos
y que solamente la sangre de Cristo puede limpiarnos de las
manchas del pecado y renovar nuestro corazón a su semejanza.
Un rayo de luz de la gloria
de Dios, un destello de la pureza de Cristo que penetre en
el alma, hace dolorosamente visible toda mancha de pecado y
descubre la deformidad y los defectos del carácter humano.
Hace patentes los deseos impuros, la infidelidad del corazón
y la impureza de los labios. Los actos de deslealtad del
pecador que anulan la ley de Dios, quedan expuestos a su
vista y su espíritu se aflige y se oprime bajo la influencia
escudriñadora del Espíritu de Dios. Se aborrece a si mismo
viendo el carácter puro y sin mancha de Cristo.
Cuando el profeta Daniel vio
la gloria que rodeaba al mensajero celestial que le había
sido enviado, se sintió abrumado por su propia debilidad e
imperfección. Describiendo el efecto de la maravillosa
escena, dice: "No quedó en mi esfuerzo, y mi lozanía se me
demudó en palidez de muerte, y no retuve fuerza alguna"
(Daniel 10: 8). Cuando el alma se conmueve de esta manera,
odia el egoísmo, aborrece el amor propio y busca, mediante
la justicia de Cristo, la pureza de corazón que está en
armonía con la ley de Dios y con el carácter de Cristo.
San Pablo dice que "en cuanto
a justicia que haya en la ley", es decir, en cuanto se
refiere a las obras externas, era "irreprensible"
(Filipenses 3: 6), pero cuando comprendió el carácter
espiritual de la ley, se vio a sí mismo pecador. Juzgado por
la letra de la ley como los hombres la aplican a la vida
externa, se había abstenido de pecado; pero cuando miró en
la profundidad de sus santos preceptos y se vio como Dios lo
veía, se humilló profundamente y confesó su maldad. Dice: "Y
yo aparte de la ley vivía en un tiempo: mas cuando vino el
mandamiento, revivió el pecado, y yo morí' (Romanos 7: 9).
Cuando vio la naturaleza espiritual de la ley, mostrósele el
pecado en su verdadera deformidad y su estimación propia se
desvaneció.
No todos los pecados son
delante de Dios de igual magnitud; hay diferencia de pecados
a su juicio, como la hay a juicio de los hombres; sin
embargo, aunque éste o aquel acto malo pueda parecer frívolo
a los ojos de los hombres, ningún pecado es pequeño a la
vista de Dios. El juicio de los hombres es parcial e
imperfecto; mas Dios ve todas las cosas como son realmente.
El borracho es detestado y se dice que su pecado lo excluirá
del cielo, mientras que el orgullo, el egoísmo y la codicia
muchísimas veces pasan sin condenarse.
Sin embargo, éstos son
pecados que ofenden especialmente a Dios; porque son
contrarios a la benevolencia de su carácter, a ese amor
desinteresado que es la misma atmósfera del universo que no
ha caído. El que cae en alguno de los pecados grandes puede
avergonzarse y sentir su pobreza y necesidad de la gracia de
Cristo; pero el orgullo no siente ninguna necesidad y así
cierra el corazón a Cristo y a las infinitas bendiciones que
él vino a derramar.
El pobre publicano que oraba
diciendo: "¡Dios, ten misericordia de mí, pecador!" (S.
Lucas 18: 13) se consideraba a sí mismo como un hombre muy
malvado y así lo consideraban los demás, pero él sentía su
necesidad, y con su carga de pecado y vergüenza vino delante
de Dios implorando su misericordia., Su corazón estaba
abierto para que el Espíritu de Dios hiciese en él su obra
de gracia y lo libertase del poder del pecado. La oración
jactanciosa y presuntuosa del fariseo mostró que su corazón
estaba cerrado a la influencia del Espíritu Santo. Por estar
lejos de Dios, no tenía idea de su propia corrupción, que
contrastaba con la perfección de la santidad divina. No
sentía necesidad alguna y no recibió nada.
Si percibís vuestra condición
pecaminosa, no esperéis a haceros mejores vosotros mismos
¡Cuántos hay que piensan que no son bastante buenos para ir
a Cristo! ¿Esperáis haceros mejores por vuestros propios
esfuerzos? "¿Puede acaso el etíope mudar su piel, o el
leopardo sus manchas? entonces podréis vosotros también
obrar bien, que estáis habituados a obrar mal". (Jeremías
13: 23 ) Hay ayuda para nosotros solamente en Dios. No
debemos permanecer en espera de persuasiones más fuertes, de
mejores oportunidades o de caracteres más santos. Nada
podemos hacer por nosotros mismos. Debemos ir a Cristo tales
como somos.
Pero nadie se engañe a sí
mismo con el pensamiento de que Dios, en su grande amor y
misericordia, salvará aun a aquellos que rechazan su gracia.
La excesiva corrupción del pecado puede conocerse solamente
a la luz de la cruz. Cuando los hombres insisten en que Dios
es demasiado bueno para desechar a los pecadores, miren al
Calvario. Fue porque no había otra manera en que el hombre
pudiese ser salvo, porque sin este sacrificio era imposible
que la raza humana escapara del poder contaminador del
pecado y se pusiera en comunión con los seres santos,
imposible que los hombres llegaran a ser partícipes de la
vida espiritual; fue por esta causa por lo que Cristo tomó
sobre sí la culpabilidad del desobediente y sufrió en lugar
del pecador. El amor, los sufrimientos y la muerte del Hijo
de Dios, todo da testimonio de la terrible enormidad del
pecado y prueba que no hay modo de escapar de su poder, ni
esperanza de una vida más elevada, sino mediante la sumisión
del alma a Cristo.
Algunas veces los
impenitentes se excusan diciendo de los que profesan ser
cristianos: "Soy tan bueno como ellos. No son más abnegados,
sobrios, ni circunspectos en su conducta que yo. Les gustan
los placeres y la complacencia propia tanto como a mí". Así
hacen de las faltas de otros una excusa por su propio
descuido del deber. Pero los pecados y faltas de otros no
justifican los nuestros. Porque el Señor no nos ha dado un
imperfecto modelo humano. Se nos ha dado como modelo al
inmaculado Hijo de Dios, y los que se quejan de la mala vida
de los que profesan ser creyentes, son los que deberían
presentar una vida y un ejemplo más nobles. Si tienen un
concepto tan alto de lo que un cristiano debe ser, ¿no es su
pecado tanto mayor? Saben lo que es bueno y, sin embargo
rehúsan hacerlo.
Cuidaos de las dilaciones. No
posterguéis la obra de abandonar vuestros pecados y buscar
la pureza del corazón por medio de Jesús. Aquí es donde
miles y miles han errado, para su perdición eterna. No
insistiré sobre la brevedad e incertidumbre de la vida; pero
hay un terrible peligro, un peligro que no se entiende
suficientemente, en retardarse en ceder a la invitación del
Espíritu Santo de Dios, en preferir vivir en el pecado,
porque tal demora consiste realmente en eso. El pecado, por
pequeño que se suponga, no puede consentirse sino a riesgo
de una pérdida infinita. Lo que no venzamos nos vencerá y
determinará nuestra destrucción.
Adán y Eva se persuadieron de
que por una cosa de tan poca importancia, como comer la
fruta prohibida, no podrían resultar tan terribles
consecuencias como Dios les había declarado. Pero esta cosa
tan pequeña era la transgresión de la santa e inmutable ley
de Dios; separaba de Dios al hombre y abría las compuertas
de la muerte y de miserias sin número sobre nuestro mundo.
Siglo tras siglo ha subido de nuestra tierra un continuo
lamento de aflicción, y la creación a una gime bajo la
fatiga terrible del dolor, como consecuencia de la
desobediencia del hombre. El cielo mismo ha sentido los
efectos de la rebelión del hombre contra Dios. El Calvario
está delante de nosotros como un recuerdo del sacrificio
asombroso que se requirió para expiar la transgresión de la
ley divina. No consideremos el pecado como cosa trivial.
Toda transgresión, todo
descuido o rechazo de la gracia de Cristo, obra
indirectamente sobre vosotros; endurece el corazón, deprava
la voluntad, entorpece el entendimiento y, no solamente os
hace menos inclinados a ceder, sino también menos capaces de
ceder a la tierna invitación del Espíritu de Dios.
Muchos están apaciguando su
conciencia inquieta con el pensamiento de que pueden cambiar
su mala conducta cuando quieran; de que pueden tratar con
ligereza las invitaciones de la misericordia y, sin embargo,
seguir siendo llamados. Piensan que después de menospreciar
al Espíritu de gracia, después de echar su influencia del
lado de Satanás, en un momento de terrible necesidad pueden
cambiar de conducta. Pero esto no se hace tan fácilmente. La
experiencia y la educación de una vida entera han amoldado
de tal manera el carácter, que pocos desean después recibir
la imagen de Jesús.
Un solo rasgo malo de
carácter, un solo deseo pecaminoso, acariciado
persistentemente, neutralizan a veces todo el poder del
Evangelio. Toda indulgencia pecaminosa fortalece la aversión
del alma hacia Dios. El hombre que manifiesta un descreído
atrevimiento o una impasible indiferencia hacia la verdad,
no está sino segando la cosecha de su propia siembra. En
toda la Biblia no hay amonestación más terrible contra el
hábito de jugar con el mal que las palabras del hombre
sabio, cuando dice: "Prenderán al impío sus propias
iniquidades' (Proverbios 5: 22).
Cristo está pronto para
libertarnos del pecado, pero no fuerza la voluntad; y si por
la persistencia en el pecado la voluntad misma se inclina
enteramente al mal y no deseamos ser libres, si no queremos
aceptar su gracia, ¿qué más puede hacer? Hemos obrado
nuestra propia destrucción por nuestro deliberado rechazo de
su amor. "¡He aquí ahora es el tiempo acepto! ¡he aquí ahora
es el día de salvación!" (2 Corintios 6: 2). "¡Hoy, si
oyereis su voz, no endurezcáis vuestros corazones!" (Hebreos
3: 7, 8).
"El hombre ve lo que aparece,
mas el Señor ve el corazón" (1 Samuel 16: 7), el corazón
humano con sus encontradas emociones de gozo y de tristeza,
el extraviado y caprichoso corazón, morada de tanta impureza
y engaño. El sabe sus motivos, sus mismos intentos y miras.
Id a él con vuestra alma manchada como está. Como el
salmista, abrid sus cámaras al ojo que todo lo ve,
exclamando "¡Escudríñame, oh Dios, y conoce mi corazón:
ensáyame, y conoce mis pensamientos; y ve si hay en mí algún
camino malo, y guíame en el camino eterno!" (Salmo 139: 23,
24).
Muchos aceptan una religión
intelectual, una forma de santidad, sin que el corazón esté
limpio. Sea vuestra oración: "¡Crea en mí, oh Dios, un
corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí!"
(Salmo 51: 10). Sed leales con vuestra propia alma. Sed tan
diligentes, tan persistentes, como lo seríais si vuestra
vida mortal estuviera en peligro. Este es un asunto que debe
arreglarse entre Dios y vuestra alma; arreglarse para la
eternidad. Una esperanza supuesta, y nada más, llegará a ser
vuestra ruina.
Estudiad la Palabra de Dios
con oración. Esa Palabra os presenta, en la ley de Dios y en
la vida de Cristo, los grandes principios de la santidad,
sin la cual "nadie verá al Señor'. (Hebreos 12: 14) Convence
de pecado; revela plenamente el camino de la salvación.
Prestadle atención como a la voz de Dios que os habla.
Cuando veáis la enormidad del
pecado, cuando os veáis como sois en realidad, no os
entreguéis a la desesperación. Pues a los pecadores es a
quienes Cristo vino a salvar. No tenemos que reconciliar a
Dios con nosotros, sino ¡oh maravilloso amor! "Dios estaba
en Cristo, reconciliando consigo mismo al mundo" (2
Corintios 5: 19 ). El está solicitando por su tierno amor
los corazones de sus hijos errados. Ningún padre según la
carne podría ser tan paciente con las faltas y yerros de sus
hijos, como lo es Dios con aquellos a quienes trata de
salvar. Nadie podría argüir más tiernamente con el pecador.
Jamás labios humanos han dirigido invitaciones más tiernas
que él al extraviado. Todas sus promesas, sus
amonestaciones, no son sino la expresión de su indecible
amor.
Cuando Satanás viene a
decirte que eres un gran pecador, mira a tu Redentor y habla
de sus méritos. Lo que te ayudará será el mirar su luz.
Reconoce tu pecado, pero di al enemigo que "Cristo Jesús
vino al mundo para salvar a los pecadores" (1 Timoteo 1: 15)
y que puedes ser salvo por su incomparable amor. Jesús hizo
una pregunta a Simón con respecto a dos deudores. El primero
debía a su señor una suma pequeña y el segundo una muy
grande; pero él perdonó a ambos, y Cristo preguntó a Simón
cuál deudor amaría más a su señor. Simón contestó: "Aquel a
quien más perdonó" (S. Lucas 7: 43). Hemos sido grandes
deudores, pero Cristo murió para que fuésemos perdonados.
Los méritos de su sacrificio son suficientes para
presentarlos al Padre en nuestro favor. Aquellos a quienes
ha perdonado más, lo amarán más, y estarán más cerca de su
trono alabándolo por su grande amor e infinito sacrificio.
Cuanto más plenamente comprendemos el amor de Dios, más nos
percatamos de la pecaminosidad del pecado. Cuando vemos cuán
larga es la cadena que se nos ha arrojado para rescatarnos,
cuando entendemos algo del sacrificio infinito que Cristo ha
hecho en nuestro favor, el corazón se derrite de ternura y
contrición.
El Secreto del Crecimiento
EN LA Biblia se llama
nacimiento al cambio de corazón por el cual somos hechos
hijos de Dios. También se lo compara con la germinación de
la buena semilla sembrada por el labrador. De igual modo los
que están recién convertidos a Cristo, son como "niños
recién nacidos", "creciendo" (1 S. Pedro 2: 2; Efesios 4:
15). a la estatura de hombres en Cristo Jesús. Como la buena
simiente en el campo, tienen que crecer y dar fruto. Isaías
dice que serán "llamados árboles de justicia, plantados por
Jehová mismo, para que él sea glorificado" (Isaías 61: 3).
Del mundo natural se sacan así ilustraciones para ayudarnos
a entender mejor las verdades misteriosas de la vida
espiritual.
Toda la sabiduría e
inteligencia de los hombres no puede dar vida al objeto más
pequeño de la naturaleza. Solamente por la vida que Dios
mismo les ha dado pueden vivir las plantas y los animales.
Asimismo es solamente mediante la vida de Dios como se
engendra la vida espiritual en el corazón de los hombres. Si
el hombre no "naciere de nuevo" (S. Juan 3: 3) no puede ser
hecho participante de la vida que Cristo vino a dar.
Lo que sucede con la vida,
sucede con el crecimiento. Dios es el que hace florecer el
capullo y fructificar las flores. Su poder es el que hace a
la simiente desarrollar "primero hierba, luego espiga, luego
grano lleno en la espiga" (S. Marcos 4: 28). El profeta
Oseas dice que Israel "echará flores como el lirio". "Serán
revivificados como el trigo, y florecerán como la vid" (Oseas
14: 5, 7). Y Jesús nos dice: "¡Considerad los lirios, cómo
crecen!" (S. Lucas 12: 27). Las plantas y las flores crecen
no por su propio cuidado o solicitud o esfuerzo, sino porque
reciben lo que Dios ha proporcionado para que les dé vida.
El niño no puede por su solicitud o poder propio añadir algo
a su estatura. Ni vosotros podréis por vuestra solicitud o
esfuerzo conseguir el crecimiento espiritual. La planta y el
niño crecen al recibir de la atmósfera que los rodea aquello
que les da vida: el aire, el sol y el alimento. Lo que estos
dones de la naturaleza son para los animales y las plantas,
es Cristo para los que confían en él. El es su "luz eterna",
"escudo y sol" (Isaías 60: 19; Salmo 84: 11). Será como el
"rocío a Israel". "Descenderá como la lluvia sobre el césped
cortado" (Oseas 14: 5; Salmo 72: 6) El es el agua viva, "el
pan de Dios . . . que descendió del cielo, y da vida al
mundo" (S. Juan 6: 33).
En el don incomparable de su
Hijo, ha rodeado Dios al mundo entero en una atmósfera de
gracia tan real como el aire que circula en derredor del
globo. Todos los que quisieren respirar esta atmósfera
vivificante vivirán y crecerán hasta la estatura de hombres
y mujeres en Cristo Jesús. Como la flor se torna hacia el
sol, a fin de que los brillantes rayos la ayuden a
perfeccionar su belleza y simetría, así debemos tornarnos
hacia el Sol de Justicia, a fin de que la luz celestial
brille sobre nosotros, para que nuestro carácter se
transforme a la imagen de Cristo.
Jesús enseña la misma cosa
cuando dice: "¡Permaneced en mí, y yo en vosotros! Como no
puede el sarmiento llevar fruto de sí mismo, si no
permaneciera en la vid, así tampoco vosotros, si no
permaneciereis en mí.... Porque separados de mí nada podéis
hacer' (S. Juan 15: 4, 5). Así también vosotros necesitáis
del auxilio de Cristo, para poder vivir una vida santa, como
la rama depende del tronco principal para su crecimiento y
fructificación. Fuera de él no tenéis vida. No hay poder en
vosotros para resistir la tentación o para crecer en la
gracia o en la santidad. Morando en él podéis florecer.
Recibiendo vuestra vida de él, no os marchitaréis ni seréis
estériles. Seréis como el árbol plantado junto a arroyos de
aguas.
Muchos tienen la idea de que
deben hacer alguna parte de la obra solos. Ya han confiado
en Cristo para el perdón de sus pecados, pero ahora procuran
vivir rectamente por sus propios esfuerzos. Mas tales
esfuerzos se desvanecerán. Jesús dice: "Porque separados de
mí nada podéis hacer". Nuestro crecimiento en la gracia,
nuestro gozo, nuestra utilidad, todo depende de nuestra
unión con Cristo. solamente estando en comunión con él
diariamente, a cada hora permaneciendo en él, es como hemos
de crecer en la gracia. El no es solamente el autor sino
también el consumador de nuestra fe. Cristo es el principio,
el fin, la totalidad. Estará con nosotros no solamente al
principio y al fin de nuestra carrera, sino en cada paso del
camino. David dice: "A Jehová he puesto siempre delante de
mí; porque estando él a mi diestra, no resbalaré" (Salmo 16:
8).
Preguntaréis, tal vez: "¿Cómo
permaneceremos en Cristo? " Del mismo modo en que lo
recibisteis al principio. "De la manera, pues que
recibisteis a Cristo Jesús el Señor, así andad en él". "El
justo... vivirá por la fe' (Colosenses 2: 6; Hebreos 10:
38). Habéis profesado daros a Dios, con el fin de ser
enteramente suyos, para servirle y obedecerle, y habéis
aceptado a Cristo como vuestro Salvador. No podéis por
vosotros mismos expiar vuestros pecados o cambiar vuestro
corazón; mas habiéndoos entregado a Dios, creísteis que por
causa de Cristo él hizo todo esto por vosotros. Por la fe
llegasteis a ser de Cristo, y por la fe tenéis que crecer en
él dando y tomando a la vez. Tenéis que darle todo: el
corazón, la voluntad, la vida, daros a él para obedecer
todos sus requerimientos; y debéis tomar todo: a Cristo, la
plenitud de toda bendición, para que habite en vuestro
corazón y para que sea vuestra fuerza, vuestra justicia,
vuestra eterna ayuda, a fin de que os dé poder para
obedecerle.
Conságrate a Dios todas las
mañanas; haz de esto tu primer trabajo. Sea tu oración:
"Tómame ¡oh Señor! como enteramente tuyo. Pongo todos mis
planes a tus pies. Úsame hoy en tu servicio. Mora conmigo y
sea toda mi obra hecha en ti". Este es un asunto diario.
Cada mañana conságrate a Dios por ese día. Somete todos tus
planes a él, para ponerlos en práctica o abandonarlos según
te lo indicare su providencia. Sea puesta así tu vida en las
manos de Dios y será cada vez mas semejante a la de Cristo.
La vida en Cristo es una vida
de reposo. Puede no haber éxtasis de la sensibilidad, pero
debe haber una confianza continua y apacible. Vuestra
esperanza no está en vosotros; está en Cristo. Vuestra
debilidad está unida a su fuerza, vuestra ignorancia a su
sabiduría, vuestra fragilidad a su eterno poder. Así que no
debéis miraros a vosotros, ni depender de vosotros, mas
mirad a Cristo. Pensad en su amor, en su belleza y en la
perfección de su carácter. Cristo en su abnegación, Cristo
en su humillación, Cristo en su pureza y santidad, Cristo en
su incomparable amor: esto es lo que debe contemplar el
alma. Amándole, imitándole, dependiendo enteramente de él,
es como seréis transformados a su semejanza.
Jesús dice: "Permaneced en
mí" Estas palabras dan idea de descanso, estabilidad,
confianza. También nos invita: "¡Venid a mí ... y os daré
descanso!" (S. Mateo 11: 28). Las palabras del salmista
expresan el mismo pensamiento: "Confía calladamente en
Jehová, y espérale con paciencia". E Isaías asegura que "en
quietud y confianza será vuestra fortaleza" (Salmo 37: 7;
Isaías 30: 15). Este descanso no se funda en la inactividad:
porque en la invitación del Salvador la promesa de descanso
está unida con el llamamiento al trabajo: "Tomad mi yugo
sobre vosotros, y . . hallaréis descanso". (S. Mateo 11 :
29) El corazón que más plenamente descansa en Cristo es el
mas ardiente y activo en el trabajo para él.
Cuando el hombre dedica
muchos pensamientos a sí mismo, se aleja de Cristo:
manantial de fortaleza y vida. Por esto Satanás se esfuerza
constantemente por mantener la atención apartada del
Salvador e impedir así la unión y comunión del alma con
Cristo. Los placeres del mundo, los cuidados de la vida Y
sus perplejidades y tristezas, las faltas de otros o
vuestras propias faltas e imperfecciones: hacia alguna de
estas cosas, o hacia todas ellas, procura desviar la mente.
No seáis engañados por sus maquinaciones. A muchos que son
realmente concienzudos y que desean vivir para Dios, los
hace también detenerse a menudo en sus faltas y debilidades,
y al separarlos así de Cristo, espera obtener la victoria.
No debemos hacer de nuestro yo el centro de nuestros
pensamientos, ni alimentar ansiedad ni temor acerca de si
seremos salvos o no. Todo esto es lo que desvía el alma de
la Fuente de nuestra fortaleza. Encomendad vuestra alma al
cuidado de Dios y confiad en él. Hablad de Jesús y pensad en
él. Piérdase en él vuestra personalidad. Desterrad toda
duda; disipad vuestros temores. Decid con el apóstol Pablo:
"Vivo; mas no ya yo, sino que Cristo vive en mí: y aquella
vida que ahora vivo en la carne, la vivo por la fe en el
Hijo de Dios, el cual me amó, y se dio a sí mismo por mí' (Gálatas
2: 20). Reposad en Dios. El puede guardar lo que le habéis
confiado. Si os ponéis en sus manos, él os hará más que
vencedores por Aquel que nos amó.
Cuando Cristo se humanó, se
unió a sí mismo a la humanidad con un lazo de amor que jamás
romperá poder alguno, salvo la elección del hombre mismo.
Satanás constantemente nos presenta engaños para inducirnos
a romper este lazo: elegir separarnos de Cristo. Sobre esto
necesitamos velar, luchar, orar, para que ninguna cosa pueda
inducirnos a elegir otro maestro; pues estamos siempre
libres para hacer esto. Mas tengamos los ojos fijos en
Cristo, y él nos preservará. Confiando en Jesús estamos
seguros. Nada puede arrebatarnos de su mano. Mirándolo
constantemente, "somos transformados en la misma semejanza,
de gloria en gloria, así como por el Espíritu del Señor' (2
Corintios 3: 18.)
Así fue como los primeros
discípulos se hicieron semejantes a nuestro Salvador. Cuando
ellos oyeron las palabras de Jesús, sintieron su necesidad
de él. Lo buscaron, lo encontraron, lo siguieron. Estaban
con él en la casa, a la mesa, en su retiro, en el campo.
Estaban con él como discípulos con un maestro, recibiendo
diariamente de sus labios lecciones de santa verdad. Lo
miraban como los siervos a su señor, para aprender sus
deberes. Aquellos discípulos eran hombres sujetos "a las
mismas debilidades que nosotros" (Santiago 5: 17). Tenían la
misma batalla con el pecado. Necesitaban la misma gracia, a
fin de poder vivir una vida santa.
Aun Juan, el discípulo amado,
el que más plenamente llegó a reflejar la imagen del
salvador, no poseía naturalmente esa belleza de carácter. No
solamente hacía valer sus derechos y ambicionaba honores,
sino que era impetuoso y se resentía bajo las injurias. Mas
cuando se le manifestó el carácter de Cristo, vio sus
defectos y el conocimiento de ellos lo humilló. La fortaleza
y la paciencia, el poder y la ternura, la majestad y la
mansedumbre que él vio en la vida diaria del Hijo de Dios,
llenaron su alma de admiración y amor. De día en día era su
corazón atraído hacia Cristo, hasta que se olvidó de sí
mismo por amor a su Maestro. Su genio, resentido y
ambicioso, cedió al poder transformador de Cristo. La
influencia regeneradora del Espíritu Santo renovó su
corazón. El poder del amor de Cristo transformó su carácter.
Este es el resultado seguro de la unión con Jesús. Cuando
Cristo habita en el corazón, la naturaleza entera se
transforma. El Espíritu de Cristo y su amor, ablandan el
corazón, someten el alma y elevan los pensamientos y deseos
a Dios y al cielo.
Cuando Cristo ascendió a los
cielos, la sensación de su presencia permaneció aún con los
que le seguían. Era una presencia personal, llena de amor y
luz. Jesús, el Salvador, que había andado y conversado y
orado con ellos, que había hablado a sus corazones palabras
de esperanza y consuelo, fue arrebatado de ellos al cielo
mientras les comunicaba aún un mensaje de paz, y los acentos
de su voz: "He aquí yo estoy con vosotros todos los días
hasta el fin del mundo" (S. Mateo 28: 20), llegaban todavía
a ellos, cuando una nube de ángeles lo recibió. Había
ascendido al cielo en forma humana. Sabían que estaba
delante del trono de Dios, como Amigo y Salvador suyo
todavía; que sus simpatías no habían cambiado; que estaba
aún identificado con la doliente humanidad. Estaba
presentando delante de Dios los méritos de su propia sangre,
estaba mostrándole sus manos y sus pies traspasados, como
memoria del precio que había pagado por sus redimidos.
Sabían que él había ascendido al cielo para prepararles
lugar y que vendría otra vez para llevarlos consigo.
Al congregarse después de su
ascensión, estaban ansiosos de presentar sus peticiones al
Padre en el nombre de Jesús. Con solemne temor se postraron
en oración, repitiendo la promesa: "Todo cuanto pidiereis al
Padre en mi nombre, él os lo dará. Hasta ahora no habéis
pedido nada en mi nombre: pedid y recibiréis, para que
vuestro gozo sea completo" (S. Juan 16: 23, 24). Extendieron
más y más la mano de la fe presentando aquel poderoso
argumento: "¡Cristo Jesús es el que murió; más aún, el que
fue levantado de entre los muertos; el que está a la diestra
de Dios; el que también intercede por nosotros!" (Romanos 8:
34) Y en el día de Pentecostés vino a ellos la presencia del
Consolador, del cual Cristo había dicho: "Estará en
vosotros". Y les había dicho más: "Os conviene que yo vaya;
porque si no me fuere, el Consolador no vendrá a vosotros;
mas si me fuere, os le enviaré" (S. Juan 14: 17 ; 16: 7). Y
desde aquel día Cristo había de morar continuamente por el
Espíritu en el corazón de sus hijos. Su unión con ellos era
más estrecha que cuando él estaba personalmente con ellos.
La luz, el amor y el poder de la presencia de Cristo
resplandecían en ellos, de tal manera que los hombres,
mirándolos, "se maravillaban; y al fin los reconocían, que
eran de los que habían estado con Jesús" (Hechos 4: 13).
Todo lo que Cristo fue para
sus primeros discípulos, desea serlo para sus hijos hoy;
porque en su última oración, realizada con el pequeño grupo
de discípulos que reunió a su alrededor, dijo: "No ruego
solamente por éstos, sino por aquellos también que han de
creer en mí por medio de la palabra de ellos" (S. Juan 17:
20).
Jesús oró por nosotros y
pidió que fuésemos uno con él, así como él es uno con el
Padre. ¡Qué unión tan preciosa! El Salvador había dicho de
sí mismo: "No puede el Hijo hacer nada de sí mismo", "el
Padre, morando en mí, hace sus obras" (S. Juan 5: 19; 14:
10). De modo que si Cristo está en nuestro corazón, obrará
en nosotros "así el querer como el obrar a causa de su buena
voluntad" (Filipenses 2:13). Trabajaremos como trabajó él;
manifestaremos el mismo espíritu. Y amándole y morando en él
así, creceremos "en todos respectos en el que es la Cabeza,
es decir, en Cristo" (Efesios 4: 15).
¿Podemos Comunicarnos con Dios?
DIOS nos habla por la
naturaleza y por la revelación, por su providencia y por la
influencia de su Espíritu. Pero esto no es suficiente,
necesitamos abrirle nuestro corazón. Para tener vida y
energía espirituales debemos tener verdadero intercambio con
nuestro Padre celestial. Puede ser nuestra mente atraída
hacia él; podemos meditar en sus obras, sus misericordias,
sus bendiciones; pero esto no es, en el sentido pleno de la
palabra, estar en comunión con él. Para ponernos en comunión
con Dios, debemos tener algo que decirle tocante a nuestra
vida real.
Orar es el acto de abrir
nuestro corazón a Dios como a un amigo. No es que se
necesite esto para que Dios sepa lo que somos, sino a fin de
capacitarnos para recibirlo. La oración no baja a Dios hasta
nosotros, antes bien nos eleva a él.
Cuando Jesús estuvo sobre la
tierra, enseñó a sus discípulos a orar. Les enseñó a
presentar Dios sus necesidades diarias y a echar toda su
solicitud sobre él. Y la seguridad que les dio de que sus
oraciones serían oídas, nos es dada también a nosotros.
Jesús mismo, cuando habitó
entre los hombres, oraba frecuentemente. Nuestro Salvador se
identificó con nuestras necesidades y flaquezas
convirtiéndose en un suplicante que imploraba de su Padre
nueva provisión de fuerza, para avanzar fortalecido para el
deber y la prueba. El es nuestro ejemplo en todas las cosas.
Es un hermano en nuestras debilidades, "tentado en todo así
como nosotros", pero como ser inmaculado, rehuyó el mal;
sufrió las luchas y torturas de alma de un mundo de pecado.
Como humano, la oración fue para él una necesidad y un
privilegio. Encontraba consuelo y gozo en estar en comunión
con su Padre. Y si el Salvador de los hombres, el Hijo de
Dios, sintió la necesidad de orar, ¡cuánto más nosotros,
débiles mortales, manchados por el pecado, no debemos sentir
la necesidad de orar con fervor y constancia!
Nuestro Padre celestial está
esperando para derramar sobre nosotros la plenitud de sus
bendiciones. Es privilegio nuestro beber abundantemente en
la fuente de amor infinito. ¡Qué extraño que oremos tan
poco! Dios está pronto y dispuesto a oír la oración sincera
del más humilde de sus hijos y, sin embargo, hay de nuestra
parte mucha cavilación para presentar nuestras necesidades
delante de Dios. ¿Qué pueden pensar los ángeles del cielo de
los pobres y desvalidos seres humanos, que están sujetos a
la tentación, cuando el gran Dios lleno de infinito amor se
compadece de ellos y está pronto para darles más de lo que
pueden pedir o pensar y que, sin embargo, oran tan poco y
tienen tan poca fe? Los ángeles se deleitan en postrarse
delante de Dios, se deleitan en estar cerca de él. Es su
mayor delicia estar en comunión con Dios; y con todo, los
hijos de los hombres, que tanto necesitan la ayuda que Dios
solamente puede dar, parecen satisfechos andando sin la luz
del Espíritu ni la compañía de su presencia.
Las tinieblas del malo cercan
a aquellos que descuidan la oración. Las tentaciones
secretas del enemigo los incitan al pecado; y todo porque no
se valen del privilegio que Dios les ha concedido de la
bendita oración. ¿Por qué han de ser los hijos e hijas de
Dios tan remisos para orar, cuando la oración es la llave en
la mano de la fe para abrir el almacén del cielo, en donde
están atesorados los recursos infinitos de la Omnipotencia?
Sin oración incesante y vigilancia diligente, corremos el
riesgo de volvernos indiferentes y de desviarnos del sendero
recto. Nuestro adversario procura constantemente obstruir el
camino al propiciatorio, para que, no obtengamos mediante
ardiente súplica y fe, gracia y poder para resistir a la
tentación.
Hay ciertas condiciones según
las cuales Podemos esperar que Dios oiga y conteste nuestras
oraciones. Una de las primeras es que sintamos necesidad de
su ayuda. El nos ha hecho esta promesa: "Porque derramaré
aguas sobre la tierra sedienta, y corrientes sobre el
sequedal' (Isaías 44: 3). Los que tienen hambre y sed de
justicia, los que suspiran por Dios, pueden estar seguros de
que serán hartos. El corazón debe estar abierto a la
influencia del Espíritu; de otra manera no puede recibir las
bendiciones de Dios.
Nuestra gran necesidad es en
sí misma un argumento y habla elocuentemente en nuestro
favor. Pero se necesita buscar al Señor para que haga estas
cosas por nosotros. Pues dice: "Pedid, y se os dará" (S.
Mateo 7: 7 ). Y "el que ni aún a su propio Hijo perdonó,
sino que le entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos ha de
dar también de pura gracia, todas las cosas juntamente con
él?" (Romanos 8: 32).
Si toleramos la iniquidad en
nuestro corazón, si estamos apegados a algún pecado
conocido, el Señor no nos oirá; mas la oración del alma
arrepentida y contrita será siempre aceptada. Cuando hayamos
confesado con corazón contrito todos nuestros pecados
conocidos, podremos esperar que Dios conteste nuestras
peticiones. Nuestros propios méritos nunca nos recomendarán
a la gracia de Dios. Es el mérito de Jesús lo que nos salva
y su sangre lo que nos limpia; sin embargo, nosotros tenemos
una obra que hacer para cumplir las condiciones de la
aceptación. La oración eficaz tiene otro elemento: la fe.
"Porque es preciso que el que viene a Dios, crea que existe,
y que se ha constituido remunerador de los que le buscan"
(Hebreos 11: 6 ). Jesús dijo a sus discípulos: "Todo cuanto
pidiereis en la oración, creed que lo recibisteis ya; y lo
tendréis". (S. Marcos 11: 24). ¿Creemos al pie de la letra
todo lo que nos dice?
La seguridad es amplia e
ilimitada, y fiel es el que ha prometido. Cuando no
recibimos precisamente las cosas que pedimos y al instante,
debemos creer aún que el Señor oye y que contestará nuestras
oraciones. Somos tan cortos 96 de vista y propensos a errar,
que algunas veces pedimos cosas que no serían una bendición
para nosotros, y nuestro Padre celestial contesta con amor
nuestras oraciones dándonos aquello que es para nuestro más
alto bien, aquello que nosotros mismos desearíamos si,
alumbrados de celestial saber, pudiéramos ver todas las
cosas como realmente son. Cuando nos parezca que nuestras
oraciones no son contestadas, debemos aferrarnos a la
promesa; porque el tiempo de recibir contestación
seguramente vendrá y recibiremos las bendiciones que más
necesitamos. Por supuesto, pretender que nuestras oraciones
sean siempre contestadas en la misma forma y según la cosa
particular que pidamos, es presunción. Dios es demasiado
sabio para equivocarse y demasiado bueno para negar un bien
a los que andan en integridad. Así que no temáis confiar en
él, aunque no veáis la inmediata respuesta de vuestras
oraciones. Confiad en la seguridad de su promesa: "Pedid, y
se os dará".
Si consultamos nuestras dudas
y temores, o procuramos resolver cada cosa que no veamos
claramente, antes de tener fe, solamente se acrecentarán y
profundizarán las perplejidades. Mas si venimos a Dios
sintiéndonos desamparados y necesitados, como realmente
somos, si venimos con humildad y con la verdadera
certidumbre de la fe le presentamos nuestras necesidades a
Aquel cuyo conocimiento es infinito, a quien nada se le
oculta y quien gobierna todas las cosas por su voluntad y
palabra, él puede y quiere atender nuestro clamor y hacer
resplandecer su luz en nuestro corazón. Por la oración
sincera nos ponemos en comunicación con la mente del
Infinito. Quizás no tengamos al instante ninguna prueba
notable de que el rostro de nuestro Redentor está inclinado
hacia nosotros con compasión y amor; sin embargo es así. No
podemos sentir su toque manifiesto, mas su mano nos sustenta
con amor y piadosa ternura.
Cuando imploramos
misericordia y bendición de Dios, debemos tener un espíritu
de amor y perdón en nuestro propio corazón. ¿Cómo podemos
orar: "Perdónanos nuestras deudas, como también nosotros
perdonamos a nuestros deudores" (S. Mateo 6:12) y abrigar,
sin embargo, un espíritu que no perdona? Si esperamos que
nuestras oraciones sean oídas, debemos perdonar a otros como
esperamos ser perdonados nosotros.
La perseverancia en la
oración ha sido constituida en condición para recibir.
Debemos orar siempre si queremos crecer en fe y en
experiencia. Debemos ser "perseverantes en la oración"
(Romanos 12: 12). "Perseverad en la oración, velando en
ella, con acciones de gracia". (Colosenses 4: 2). El apóstol
Pedro exhorta a los cristianos a que sean "sobrios, y
vigilantes en las oraciones" (1 S. Pedro 4: 7). San Pablo
ordena: "En todas las circunstancias, por medio de la
oración y la plegaria, con acciones de gracias, dense a
conocer vuestras peticiones a Dios" (Filipenses 4: 6).
"Vosotros empero, hermanos,... - dice Judas - orando en el
Espíritu Santo, guardaos en el amor de Dios" (S. Judas 20,
21). Orar sin cesar es mantener una unión no interrumpida
del alma con Dios, de modo que la vida de Dios fluya a la
nuestra; y de nuestra vida la pureza y la santidad refluyan
a Dios.
Es necesario ser diligentes
en la oración; ninguna cosa os lo impida. Haced cuanto
podáis para que haya una comunión continua entre Jesús y
vuestra alma. Aprovechad toda oportunidad de ir donde se
suela orar. Los que están realmente procurando estar en
comunión con Dios, asistirán a los cultos de oración, fieles
en cumplir su deber, ávidos y ansiosos de cosechar todos los
beneficios que puedan alcanzar. Aprovecharán toda
oportunidad de colocarse donde puedan recibir rayos de luz
celestial.
Debemos también orar en el
círculo de nuestra familia; y sobre todo no descuidar la
oración privada, porque ésta es la vida del alma. Es
imposible que el alma florezca cuando se descuida la
oración. La sola oración pública o con la familia no es
suficiente. En medio de la soledad abrid vuestra alma al ojo
penetrante de Dios. La oración secreta sólo debe ser oída
del que escudriña los corazones: Dios. Ningún oído curioso
debe recibir el peso de tales peticiones. En la oración
privada el alma esta libre de las influencias del ambiente,
libre de excitación. Tranquila pero fervientemente se
extenderá la oración hacia Dios. Dulce y permanente será la
influencia que dimana de Aquel que ve en lo secreto, cuyo
oído está abierto a la oración que sale de lo profundo del
alma. Por una fe sencilla y tranquila el alma se mantiene en
comunión con Dios y recoge los rayos de la luz divina para
fortalecerse y sostenerse en la lucha contra Satanás. Dios
es el castillo de nuestra fortaleza.
Orad en vuestro gabinete; y
al ir a vuestro trabajo cotidiano, levantad a menudo vuestro
corazón a Dios. De este modo anduvo Enoc con Dios. Esas
oraciones silenciosas llegan como precioso incienso al trono
de la gracia. Satanás no puede vencer a aquel cuyo corazón
esta así apoyado en Dios. No hay tiempo o lugar en que sea
impropio orar a Dios. No hay nada que pueda impedirnos
elevar nuestro corazón en ferviente oración. En medio de las
multitudes y del afán de nuestros negocios, podemos ofrecer
a Dios nuestras peticiones e implorar la divina dirección,
como lo hizo Nehemías cuando hizo la petición delante del
rey Artajerjes. En dondequiera que estemos podemos estar en
comunión con él. Debemos tener abierta continuamente la
puerta del corazón, e invitar siempre a Jesús a venir y
morar en el alma como huésped celestial.
Aunque estemos rodeados de
una atmósfera corrompida y manchada, no necesitamos respirar
sus miasmas, antes bien podemos vivir en la atmósfera limpia
del cielo. Podemos cerrar la entrada a toda imaginación
impura y a todo pensamiento perverso, elevando el alma a
Dios mediante la oración sincera. Aquellos cuyo corazón esté
abierto para recibir el apoyo y la bendición de Dios,
andarán en una atmósfera más santa que la del mundo y
tendrán constante comunión con el cielo.
Necesitamos tener ideas más
claras de Jesús y una comprensión más completa de las
realidades eternas. La hermosura de la santidad ha de
consolar el corazón de los hijos de Dios: y para que esto se
lleve a cabo, debemos buscar las revelaciones divinas de las
cosas celestiales.
Extiéndase y elévese el alma
para que Dios pueda concedernos respirar la atmósfera
celestial. Podemos mantenernos tan cerca de Dios que en
cualquier prueba inesperada nuestros pensamientos se vuelvan
a él tan naturalmente como la flor se vuelve al sol.
Presentad a Dios vuestras
necesidades, gozos, tristezas, cuidados y temores. No podéis
agobiarlo ni cansarlo. El que tiene contados los cabellos de
vuestra cabeza, no es indiferente a las necesidades de sus
hijos. "Porque el Señor es muy misericordioso y compasivo'
(Santiago 5: 11). Su amoroso corazón se conmueve por
nuestras tristezas y aún por nuestra presentación de ellas.
Llevadle todo lo que confunda vuestra mente. Ninguna cosa es
demasiado grande para que él no la pueda soportar; él
sostiene los mundos y gobierna todos los asuntos del
universo. Ninguna cosa que de alguna manera afecte nuestra
paz es tan pequeña que él no la note. No hay en nuestra
experiencia ningún pasaje tan oscuro que él no pueda leer,
ni perplejidad tan grande que él no pueda desenredar.
Ninguna calamidad puede acaecer al más pequeño de sus hijos,
ninguna ansiedad puede asaltar el alma, ningún gozo alegrar,
ninguna oración sincera escaparse de los labios, sin que el
Padre celestial esté al tanto de ello, sin que tome en ello
un interés inmediato. El "sana a los quebrantados de
corazón, y venda sus heridas" (Salmo 147: 3). Las relaciones
entre Dios y cada una de las almas son tan claras y plenas
como si no hubiese otra alma por la cual hubiera dado a su
Hijo amado.
Jesús decía: "Pediréis en mi
nombre; y no os digo que yo rogaré al Padre por vosotros;
porque el Padre mismo os ama' (S. Juan 16: 26, 27 ) "Yo os
elegí a vosotros... para que cuanto pidiereis al Padre en mi
nombre, él os lo dé" (S. Juan 15: 16). Orar en nombre de
Jesús es más que una mera mención de su nombre al principio
y al fin de la oración. Es orar con los sentimientos y el
espíritu de Jesús, creyendo en sus promesas, confiando en su
gracia y haciendo sus obras.
Dios no pretende que algunos
de nosotros nos hagamos ermitaños o monjes, ni que nos
retiremos del mundo a fin de consagrarnos a los actos de
adoración. Nuestra vida debe ser como la vida de Cristo, que
estaba repartida entre la montaña y la multitud. El que no
hace nada más que orar, pronto dejará de hacerlo o sus
oraciones llegarán a ser una rutina formal. Cuando los
hombres se alejan de la vida social, de la esfera del deber
cristiano y de la obligación de llevar su cruz; cuando dejan
de trabajar ardientemente por el Maestro que trabajaba con
ardor por ellos, pierden lo esencial de la oración y no
tienen ya estímulo para la devoción. Sus oraciones llegan a
ser personales y egoístas. No pueden orar por las
necesidades de la humanidad o la extensión del reino de
Cristo, ni pedir fuerza con que trabajar.
Sufrimos una pérdida cuando
descuidamos la oportunidad de asociarnos para fortalecernos
y edificarnos mutuamente en el servicio de Dios. Las
verdades de su Palabra pierden en nuestras almas su
vivacidad e importancia. Nuestros corazones dejan de ser
alumbrados y vivificados por la influencia santificadora y
declinamos en espiritualidad. En nuestra asociación como
cristianos perdemos mucho por falta de simpatías mutuas. El
que se encierra completamente dentro de sí mismo no esta
ocupando la posición que Dios le señaló. El cultivo
apropiado de los elementos sociales de nuestra naturaleza
nos hace simpatizar con otros y es para nosotros un medio de
desarrollarnos y fortalecernos en el servicio de Dios.
Si todos los cristianos se
asociaran, hablando entre ellos del amor de Dios y de las
preciosas verdades de la redención, su corazón se
robustecería y se edificarían mutuamente. Aprendamos
diariamente más de nuestro Padre celestial, obteniendo una
nueva experiencia de su gracia, y entonces desearemos hablar
de su amor; así nuestro propio corazón se encenderá y
reanimará. Si pensáramos y habláramos más de Jesús y menos
de nosotros mismos, tendríamos mucho más de su presencia.
Si tan sólo pensáramos en él
tantas veces como tenemos pruebas de su cuidado por
nosotros, lo tendríamos siempre presente en nuestros
pensamientos y nos deleitaríamos en hablar de él y en
alabarle. Hablamos de las cosas temporales porque tenemos
interés en ellas. Hablamos de nuestros amigos porque los
amamos; nuestras tristezas y alegrías están ligadas con
ellos. Sin embargo, tenemos razones infinitamente mayores
para amar a Dios que para amar 103 a nuestros amigos
terrenales, y debería ser la cosa más natural del mundo
tenerlo como el primero en todos nuestros pensamientos,
hablar de su bondad y alabar su poder. Los ricos dones que
ha derramado sobre nosotros no estaban destinados a absorber
nuestros pensamientos y amor de tal manera que nada
tuviéramos que dar a Dios; antes bien, debieran hacernos
acordar constantemente de él y unirnos por medio de los
vínculos del amor y gratitud a nuestro celestial Benefactor.
Vivimos demasiado apegados a lo terreno. Levantemos nuestros
ojos hacia la puerta abierta del santuario celestial, donde
la luz de la gloria de Dios resplandece en el rostro de
Cristo, quien "también puede salvar hasta lo sumo a los que
se acercan a Dios por medio de él" (Hebreos 7: 25).
Debemos alabar más a Dios por
su misericordia "y sus maravillas para con los hijos de
Adán' (Salmo 107: 8). Nuestros ejercicios de devoción no
deben consistir enteramente en pedir y recibir. No estemos
pensando siempre en nuestras necesidades y nunca en las
bendiciones que recibimos. No oramos nunca demasiado, pero
somos muy parcos en dar gracias. Somos diariamente los
recipientes de las misericordias de Dios y, sin embargo,
¡cuán poca gratitud expresamos, cuán poco lo alabamos por lo
que ha hecho por nosotros!
Antiguamente el Señor ordenó
esto a Israel, para cuando se congregara para su servicio:
"Y los comeréis allí delante de Jehová vuestro Dios; y os
regocijaréis vosotros y vuestras familias en toda empresa de
vuestra mano, en que os habrá bendecido Jehová vuestro Dios"
(Deuteronomio 12: 7). Aquello que se hace para la gloria de
Dios debe hacerse con alegría, con cánticos de alabanza y
acción de gracias, no con tristeza y semblante adusto.
Nuestro Dios es un Padre
tierno y misericordioso. Su servicio no debe mirarse como
una cosa que entristece, como un ejercicio que desagrada.
Debe ser un placer adorar al Señor y participar en su obra.
Dios no quiere que sus hijos, a los cuales proporcionó una
salvación tan grande, trabajen como si él fuera un amo duro
y exigente. El es nuestro mejor amigo, y cuando lo adoramos,
quiere estar con nosotros para bendecirnos y confortarnos,
llenando nuestro corazón de alegría y amor. El Señor quiere
que sus hijos se consuelen en su servicio y hallen más
placer que penalidad en el trabajo. El quiere que los que lo
adoran saquen pensamientos preciosos de su cuidado y amor,
para que estén siempre contentos y tengan gracia para
conducirse honesta y fielmente en todas las cosas.
Es preciso juntarnos en torno
de la cruz. Cristo, y Cristo crucificado, debe ser el tema
de nuestra meditación, conversación y más gozosa emoción.
Debemos tener presentes todas las bendiciones que recibimos
de Dios, y al darnos cuenta de su gran amor, debiéramos
estar prontos a confiar todas las cosas a la mano que fue
clavada en la cruz por nosotros.
El alma puede elevarse hasta
el cielo en las alas de la alabanza. Dios es adorado con
cánticos y música en las mansiones celestiales, y al
expresarle nuestra gratitud, nos aproximamos al culto de los
habitantes del cielo. "El que ofrece sacrificio de alabanza
me glorificará' (Salmo 50: 23). Presentémonos, pues, con
gozo reverente delante de nuestro Creador con "acciones de
gracias y voz de melodía" (Isaías 51: 3).
Los Dos Lenguajes de la Providencia
SON muchas las formas en que
Dios está procurando dársenos a conocer y ponernos en
comunión con él. La naturaleza habla sin cesar a nuestros
sentidos. El corazón que está preparado quedará impresionado
por el amor y la gloria de Dios tal como se revelan en las
obras de sus manos. El oído atento puede escuchar y entender
las comunicaciones de Dios por las cosas de la naturaleza.
Los verdes campos, los elevados árboles, los botones y las
flores, la nubecilla que pasa, la lluvia que cae, el arroyo
que murmura, las glorias de los cielos, hablan a nuestro
corazón y nos invitan a conocer a Aquel que lo hizo todo.
Nuestro Salvador entrelazó
sus preciosas lecciones con las cosas de la naturaleza. Los
árboles, los pájaros, las flores, los valles, las colinas,
los lagos y los hermosos cielos, así como los incidentes y
las circunstancias de la vida diaria, fueron todos ligados a
las palabras de verdad, a fin de que sus lecciones fuesen
así traídas a menudo a la memoria, aún en medio de los
cuidados de la vida de trabajo del hombre.
Dios quiere que sus hijos
aprecien sus obras y se deleiten en la sencilla y tranquila
hermosura con que él ha adornado nuestra morada terrenal. El
es amante de lo bello y, sobre todo, ama la belleza del
carácter, que es más atractiva que todo lo externo; y quiere
que cultivemos la pureza y la sencillez, las gracias
características de las flores.
Si tan sólo queremos
escuchar, las obras que Dios ha hecho nos enseñarán
lecciones preciosas de obediencia y confianza. Desde las
estrellas que en su carrera por el espacio sin huellas
siguen de siglo en siglo sus sendas asignadas, hasta el
átomo más pequeño, las cosas de la naturaleza obedecen a la
voluntad del Creador. Y Dios cuida y sostiene todas las
cosas que ha creado. El que sustenta los innumerables mundos
diseminados por la inmensidad, también tiene cuidado del
gorrioncillo que entona sin temor su humilde canto. Cuando
los hombres van a su trabajo o están orando; cuando
descansan o se levantan por la mañana; cuando el rico se
sacia en el palacio, o cuando el pobre reúne a sus hijos
alrededor de su escasa mesa, el Padre celestial vigila
tiernamente a todos. No se derraman lágrimas sin que él lo
note. No hay sonrisa que para él pase inadvertida.
Si creyéramos plenamente
esto, toda ansiedad indebida desaparecería. Nuestras vidas
no estarían tan llenas de desengaños como ahora; porque cada
cosa, grande o pequeña, debe dejarse en las manos de Dios,
quien no se confunde por la multiplicidad de los cuidados,
ni se abruma por su peso. Gozaríamos entonces del reposo del
alma al cual muchos han sido por largo tiempo extraños.
Cuando vuestros sentidos se
deleiten en la amena belleza de la tierra, pensad en el
mundo venidero que nunca conocerá mancha de pecado ni de
muerte; donde la faz de la naturaleza no llevará más la
sombra de la maldición. Que vuestra imaginación represente
la morada de los justos y entonces recordad que será más
gloriosa que cuanto pueda figurarse la más brillante
imaginación. En los variados dones de Dios en la naturaleza
no vemos sino el reflejo más pálido de su gloria. Está
escrito: "¡Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, y que jamás
entraron en pensamiento humano - las cosas grandes que ha
preparado Dios para los que le aman!" (1 Corintios 2: 9).
El poeta y el naturalista
tienen muchas cosas que decir acerca de la naturaleza, pero
es el cristiano el que más goza de la belleza de la tierra,
porque reconoce la obra de la mano de su Padre y percibe su
amor en la flor, el arbusto y el árbol. Nadie que no los
mire como una expresión del amor de Dios al hombre puede
apreciar plenamente la significación de la colina ni del
valle, del río ni del mar.
Dios nos habla mediante sus
obras providenciales y por la influencia de su Espíritu
Santo en el corazón. En nuestras circunstancias y ambiente,
en los cambios que suceden diariamente en torno nuestro,
podemos encontrar preciosas lecciones, si tan sólo nuestros
corazones están abiertos para recibirlas. El salmista,
trazando la obra de la Providencia divina, dice: "La tierra
está llena de la misericordia de Jehová" (Salmo 33 : 5).
"¡Quien sea sabio, observe estas cosas; y consideren todos
la misericordia de Jehová!" (Salmo 107:43).
Dios nos habla también en su
Palabra. En ella tenemos en líneas más claras la revelación
de su carácter, de su trato con los hombres y de la gran
obra de la redención. En ella se nos presenta la historia de
los patriarcas y profetas y de otros hombres santos de la
antigüedad. Ellos eran hombres sujetos "a las mismas
debilidades que nosotros" (Santiago 5: 17). Vemos cómo
lucharon entre descorazonamientos como los nuestros, cómo
cayeron bajo tentaciones como hemos caído nosotros y, sin
embargo, cobraron nuevo valor y vencieron por la gracia de
Dios; y recordándolos, nos animamos en nuestra lucha por la
justicia. Al leer el relato de los preciosos sucesos que se
les permitió experimentar, la luz, el amor y la bendición
que les tocó gozar y la obra que hicieron por la gracia a
ellos dada, el espíritu que los inspiró enciende en nosotros
un fuego de santo celo y un deseo de ser como ellos en
carácter y de andar con Dios como ellos.
Jesús dijo de las Escrituras
del Antiguo Testamento - y ¡cuánto más cierto es esto acerca
del Nuevo! - : "Ellas son las que dan testimonio de mí" (S.
Juan 5: 39), el Redentor, Aquel en quien vuestras esperanzas
de vida eterna se concentran. Sí, la Biblia entera nos habla
de Cristo. Desde el primer relato de la creación, de la cual
se dice: "Sin él nada de lo que es hecho, fue hecho" (S.
Juan 1:3), hasta la última promesa: "¡He aquí, yo vengo
presto!" (Apocalipsis 22: 12) leemos acerca de sus obras y
escuchamos su voz. Si deseáis conocer al Salvador, estudiad
las Santas Escrituras.
Llenad vuestro corazón de las
palabras de Dios. Son el agua viva que apaga vuestra sed.
Son el pan vivo que descendió del cielo. Jesús declara: "A
menos que comáis la carne del Hijo del hombre, y bebáis su
sangre, no tendréis vida en vosotros" Y al explicarse, dice:
"Las palabras que yo os he hablado espíritu y vida son" (S.
Juan 6: 53, 63). Nuestros cuerpos viven de lo que comemos y
bebemos; y lo que sucede en la vida natural sucede en la
espiritual: lo que meditamos es lo que da tono y vigor a
nuestra naturaleza espiritual.
El tema de la redención es un
tema que los ángeles desean escudriñar; será la ciencia y el
canto de los redimidos durante las interminables edades de
la eternidad. ¿No es un pensamiento digno de atención y
estudio ahora? La Infinita misericordia y el amor de Jesús,
el sacrificio hecho en nuestro favor, demandan de nosotros
la más seria y solemne reflexión. Debemos espaciarnos en el
carácter de nuestro querido Redentor e Intercesor. Debemos
meditar sobre la misión de Aquel que vino a salvar a su
pueblo de sus pecados. Cuando contemplemos así los asuntos
celestiales, nuestra fe y amor serán más fuertes y nuestras
oraciones más aceptables a Dios, porque se elevarán siempre
con más fe y amor. Serán inteligentes y fervientes. Habrá
una confianza constante en Jesús y una experiencia viva y
diaria en su poder de salvar completamente a todos los que
van a Dios por medio de él.
A medida que meditemos en la
perfección del Salvador, desearemos ser enteramente
transformados y renovados conforme a la imagen de su pureza.
Nuestra alma tendrá hambre y sed de ser hecha como Aquel a
quien adoramos. Mientras más concentremos nuestros
pensamientos en Cristo, más hablaremos de él a otros y lo
representaremos ante el mundo.
La Biblia no fue escrita
solamente para el hombre erudito; al contrario, fue
destinada a la gente común. Las grandes verdades necesarias
para la salvación están presentadas con tanta claridad como
la luz del mediodía; y nadie equivocará o perderá el camino,
salvo los que sigan su juicio privado en vez de la voluntad
divina tan claramente revelada.
No debemos conformarnos con
el testimonio de ningún hombre en cuanto a lo que enseñan
las Santas Escrituras, sino que debemos estudiar las
palabras de Dios por nosotros mismos. Si dejamos que otros
piensen por nosotros, nuestra energía quedará mutilada y
limitadas nuestras aptitudes. Las nobles facultades del alma
pueden perder tanto por no ejercitarse en temas dignos de su
concentración, que lleguen a ser incapaces de penetrar la
profunda significación de la Palabra de Dios. La
inteligencia se desarrollará si se emplea en investigar la
relación de los asuntos de la Biblia, comparando texto con
texto y lo espiritual con lo espiritual.
No hay ninguna cosa mejor
para fortalecer la inteligencia que el estudio de las Santas
Escrituras. Ningún libro es tan potente para elevar los
pensamientos, para dar vigor a las facultades, como las
grandes y ennoblecedoras verdades de la Biblia. Si se
estudiara la Palabra de Dios como se debe, los hombres
tendrían una grandeza de espíritu, una nobleza de carácter y
una firmeza de propósito, que raramente pueden verse en
estos tiempos.
No se saca sino un beneficio
muy pequeño de una lectura precipitada de las Sagradas
Escrituras. Uno puede leer toda la Biblia y quedarse, sin
embargo, sin ver su belleza o comprender su sentido profundo
y oculto. Un pasaje estudiado hasta que su significado nos
parezca claro y evidentes sus relaciones con el plan de la
salvación, es de mucho más valor que la lectura de muchos
capítulos sin un propósito determinado y sin obtener ninguna
instrucción positiva. Tened vuestra Biblia a mano, para que
cuando tengáis oportunidad la leáis; retened los textos en
vuestra memoria. Aún al ir por la calle, podéis leer un
pasaje y meditar en él hasta que se grabe en la mente.
No podemos obtener sabiduría
sin una atención verdadera y un estudio con oración. Algunas
porciones de la Santa Escritura son en verdad demasiado
claras para que se puedan entender mal; pero hay otras cuyo
significado no es superficial, para que se vea a primera
vista. Se debe comparar pasaje con pasaje. De haber un
escudriñamiento cuidadoso y una reflexión acompañada de
oración. Y tal estudio será abundantemente recompensado.
Como el minero descubre vetas de precioso metal ocultas
debajo de la superficie de la tierra, así también el que
perseverantemente escudriña la Palabra de Dios buscando sus
tesoros ocultos, encontrará verdades del mayor valor, que se
ocultan de la vista del investigador descuidado. Las
palabras de la inspiración, examinadas en el alma, serán
como ríos de agua que manan de la fuente de la vida.
Nunca se debe estudiar la
Biblia sin oración. Antes de abrir sus páginas debemos pedir
la iluminación del Espíritu Santo, y ésta nos será dada.
Cuando Natanael vino a Jesús, el Salvador exclamó: "He aquí
verdaderamente un israelita, en quien no hay engaño. Dícele
Natanael: ¿De dónde me conoces? Jesús respondió y dijo:
Antes que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la
higuera, te vi" (S. Juan 1: 47, 48). Así también nos verá
Jesús en los lugares secretos de oración, si lo buscamos
para que nos dé luz para saber lo que es la verdad. Los
ángeles del mundo de luz estarán con los que busquen con
humildad de corazón la dirección divina.
El Espíritu Santo exalta y
glorifica al Salvador. Es su oficio presentar a Cristo, la
pureza de su justicia y la gran salvación que tenemos por
él. Jesús dice: El "tomará de lo mío, y os lo anunciará' (S.
Juan 16: 14). El Espíritu de verdad es el único maestro
eficaz de la verdad divina. ¡Cuánto no estimará Dios a la
raza humana, siendo que dio a su Hijo para que muriese por
ella y manda su Espíritu para que sea el maestro y continuo
guía del hombre!.
¿Qué Debe Hacerse con la Duda?
MUCHOS, especialmente los que
son nuevos en la vida cristiana, se sienten a veces turbados
con las sugestiones del escepticismo. Hay muchas cosas en la
Biblia que no pueden explicar y ni siquiera entender, y
Satanás las emplea para hacer vacilar su fe en las Santas
Escrituras como revelación de Dios. Preguntan: "¿Cómo sabré
cuál es el buen camino? Si la Biblia es en verdad la Palabra
de Dios, ¿cómo puedo librarme de estas dudas y
perplejidades?
Dios nunca nos exige que
creamos sin darnos suficiente evidencia sobre la cual fundar
nuestra fe. Su existencia, su carácter, la veracidad de su
Palabra, todas estas cosas están establecidas por abundantes
testimonios que excitan nuestra razón. Sin embargo, Dios no
ha quitado nunca toda posibilidad de duda. Nuestra fe de |