Tres autores, por Omar Tricarico


Patricia Carranza
Daniel Horacio Grad
Silvia Mazar


 


Patricia Carranza


Variaciones para una balada


Hay una razón para decir las cosas
en el momento preciso
una obligación
de enaltecer las circunstancias
ocupando el lugar exacto

Sin embargo
todo es perfectible
tan poco y tan
relativo mi amor
o el suelo que brilla en Occidente

Y el Otro dónde está

Quizás no pudo encontrar su palabra
en el terreno turbio y baldío de su ignorancia
entre los jirones de sus vestidos
de sus pasos no caminados
del cielo anónimo que compartirá

Soy como una caja que se quiebra
en una noche eterna
podrías aspirar la intención de su madera
sentir el profundo dolor de la cuerda
que ata mi voz
al papel en que escribo tu balada


 



Las dos muertes

I

Me aferré al timón
del barco equivocado
como una artimaña
para impedir que llegue el otro barco
el que iba a producir en mí una catástrofe

Había dominado temporales
aliándome al viento
sin embargo
el naufragio llegaría como la primavera
y como el invierno eclipsaría todos mis soles

Me arrojaría desnuda
en la majestuosidad de la noche
y formaría el charco en que habría de ahogarme

 



II

Llegaste como una llovizna de octubre
deslizándote sobre mis huesos

Oí transpirar tu sombra
en la noche larga
y el pensamiento fue horadado por la pasión

Pasaron lentos capítulos desde esa verdad

Tus pasos me acompañaron
hasta el abismo

Luego no hubo más que una noche insondable
poblada de relojes



 



Daniel Horacio Grad (de "Renacer sin Morir" – Cartas. Ed del Acompañante)


CARTAS - CDII.


               Tengo un cuerpo. No sé por qué, pero lo tengo. Llevo su lengua, su ritual, su mágica entrepierna a todas partes. Lo llevo atravesado y va de lentes oscuros anunciando el mundo (un mundo hecho en su íntegro tacto de hombres y de hembras). Lo siento golpeándome las venas, lo siento rozar esa piel de la madera, o siento huyendo por cada calle que atraviesa el más largo territorio. Trae un jadeo, la agitación del trigo, del trineo, de los tigres (que eran tres). Vino de pétalos y almíbar a posarse en el centro del ombligo o a buscar la torre de placer replegada desde la mañana con aquella caricia del suicidio, desde los siglos del sexo creyente.
              Hoy tengo un cuerpo (y todavía no sé si voy a abrir).




CARTAS - CDIV.


                                    Ella tiene
                                    abismos ojos.

            Marco líneas, un límite profundo, ese campo con textura de liquen en los pliegues del diluvio. Huelo el hemisferio más profundo de vendimia, el hambre en medio del sexo medular (dentro de la emergencia que profana de los felinos todo su sosiego).
            Relato relativo, canción regresando a la madeja.
            Ella juega en colores vendaval (de a ratos tirita, de a ratos improvisa 
                                                                                                                   [ la  ciudad).
            Esta noche guarda las ropas del durazno (mientras ella cultiva en
                                                                                                     [ su boca cabelleras).




CARTAS - CDX.


                   Hoy el cangrejo se fue de la matriz. Aparece muerto cuando le hincan un ojo en su silueta de mar. Hay en la playa pescadores y sirenas, guijarros con alas y ese sol que refracta calor en las botellas náufragas. Es triste toda caparazón de barco hundido, triste la marea atropellando al pescador. Alguien habla de la guerra (del campo en que los peces fueron prisioneros). Es triste el paisaje, triste el regreso.




CARTAS - CDXII.


                   Decir la ciudad es decir esa ventana donde los pisos se columpian. Atrás quedaron las vertientes virginales y el salitre, atrás la roca afantasmada y los espectros. Desde la cima del mármol de unos reyes untados con rush vemos esa chimenea que exhala alcantarillas (atrás el polen, atrás un gladiador). La ventana aparece terrible (como ojo maniatado a una leyenda).
                  Irrumpir en los altares del que implora no es la siembra.

 

 

 


Silvia Mazar


Baila mujer con el sombrero puesto
baila como si alrededor de ti
hubiese un círculo de palmas batiéndose
baila, deja que la música se meta por tu vientre
y pon las manos lisas hacia el cielo

Baila sin el reloj, quítate los zapatos
no pienses en la noche ni en el grito
que vendrá de algún sitio
baila cruzando el patio
quítate los aros, quítate las penas
y baila con la risa y baila floreciendo




***



Ahora mirará el cielo
en la ventana de la noche,
sus ojos como arroyos despertados
recordarán el verano pegajoso
el gusto de su boca
maldecirá la fruta

La boca tremenda del pasado
tragó el vestido de florcitas
los volados y todo

El susto le desvía los recuerdos:
es la pequeña huérfana del mundo
que se olvidó de todas las palabras
ahora sabe callar el ruido del agua
contra las piedras, los momentos
y aquellas manzanas de la vida




***

 


Soy yo sin yo
el pájaro en la piedra
el yo del río
manso si se acaricia
cielo sin venas como este yo dormido

La nube, el puente
un surco espeso de hormigas
y las hojas
que caen, se amontonan, se encariñan

Soy yo sin yo en el paisaje leve
las montañas bien puestas
el brillo arenoso de esta playa
donde me siento a mirar el mundo






 

 

 

 

 

 

 

 

 


1