
Poesía
La segunda inocencia
"Sólo atentos
no hay que estar preparados."
Héctor Murena
Enseñando el arte de tiro con arco el maestro zen dice a su discípulo: “El arte genuino no conoce fin ni intención! Cuanto más obstinadamente se empeñe usted en aprender a disparar la flecha para acertar en el blanco, tanto menos conseguirá lo primero y tanto más se alejará de lo segundo. Lo que le obstruye el camino es su voluntad demasiado activa. Usted cree que lo que no se haga, no se hará.”[1]
Ahora bien, que las palabras no son inocentes no cabe duda. Y que la significación, como el agua, se acomoda al recipiente, tampoco. Esto, dicho a la luz de lo que antecede. Veamos entonces de qué soy culpable.
Hablar de arte o de hecho poético puede significar acertar a dos blancos con la misma flecha simultáneamente, si vemos en lo primero una manifestación de lo segundo. Hablemos, entonces, del hecho poético. Hablemos de un acto que consiste en la construcción de una mirada, una mirada vertical sobre el fondo de las cosas que establece un vínculo indisoluble entre el poeta y el mundo. ¿De qué índole es este vínculo? Me gusta pensar que lo poético es equiparable a una operación alquímica donde el poeta es objeto de esa operación y de la que difícilmente pueda salir de la misma manera a como entró. Porque es allí, precisamente, donde la cualidad transformadora de lo que llamamos arte se pone en juego. No es tanto al objeto lo que el arte transforma sino, ante todo, al sujeto, en la medida en que éste se tome a sí mismo como material de trabajo.
Claro que también hay poesía en la música, en la plástica o en cualquier otra manifestación artística. No obstante el vehículo que ella utiliza para manifestarse es siempre la palabra o el número: palabra en tanto signo, número en tanto cifra. La palabras, en este sentido, sólo sirven de borde a esa dimensión de lo innombrable a la que pertenece el hecho poético, ofreciéndosele como cauce donde discurrir , a la manera de las orillas de un río.
El número en tanto cifra muestra el rostro misterioso de la poesía como álgebra, operación de trabajar con incógnitas e intentar despejarlas.
El producto final es siempre una revelación que sorprende, en primer lugar, a este instrumento de la poesía que es el poeta. Y lo sorprende porque el poeta es el más desposeído de los hombres. El poeta vaciado de sí, con su mirada construida desde una segunda inocencia, se busca en aquello que escribe y esa búsqueda se hace sin la existencia previa de un mapeo que indique el rumbo a seguir. Lo que encuentre lo extrañará a él antes que a ninguno. De no mediar esta sensación de extrañeza habrá que sospechar de la cualidad de ese acto que exige la escritura poética. Un acto de sinceridad y esencialmente humano o, para ser más preciso, propio de una conciencia agujereada.
Como siempre, cuando se intenta abordar el misterio no hay modo de concluir sino por medio de preguntas. Y, atentos a lo que enseña el maestro zen, podríamos preguntarnos:
¿quién es el autor dentro de cada escritor?
¿Será la poesía lo que nos excede?
¿Seremos en verdad humildes?
¿Y verdaderamente pobres?