De “Según el fuego” (Nostromo editores, 2004)



De la serie “La llama que nace”


I

el silencio que anuncia
la voz que palpita
el cincel
el lienzo virgen

el tensar de las cuerdas
el latir del asombro
la infinitud
el salto fugaz

el vacío que nutre
la bruma que cede
la llama que nace

 


V

abro los ojos
penetro falsías y honduras
opongo a los objetos
la dimisión de sus formas

ensayo el orden de las traiciones

intuyo cuánto de luz
se nutre en los velos
 



VII

pececitos de humo
ciñen el curso del asombro
con el que aguardo


 


De la serie “Vísperas de ceniza”



VIII

en el fuego que declina
de ese otro sol
a espaldas del regreso

en la voz que anuncia
bajo la piel
lo que nunca olvidó
de la espera

no dejo de buscarme

no presiento ya lejano
en lo que resta de las cosas
el fulgor primero

 


IX

caer adentro de las formas
alcanzar el trazo inmóvil
de esa mirada que no despega

oír la palabra que acepta
la imposibilidad de la fuga

saberse
entonces
un leño
un tizón que ríe y se despoja
con su risa
de todos sus afueras

 


X

se presume vísperas de ceniza
piensa el leño
y se deja arder

fuego

es de su trazo
el eco que perdura
en los pliegues de su morada



 


Inéditos




El viejo y la arena


en el bar quedamos pocos
cerca de mí
un viejo inclinado sobre la mesa
tiene los ojos demasiado lejos
adivino en su mirada
una pala que se clava en el tiempo
socavando su base

tomo un sorbo de café
mientras miro ese cuerpo inerme
igual que una piedra sin memoria

las arrugas de sus manos
son como esos dibujos que la bajamar
deja sobre la arena


una mosca se posa en su mesa
y recorre en zigzag uno de sus bordes

la mosca tiene
parece tener
la edad de la arena

el viejo no revela ningún cambio
a juzgar por los resabios de la bajamar
en su piel delgada


ahora mira la mosca
posada en su mano
la mira como a un niño
tal vez ése que pudo ser
cuando era apenas un viejo de seis años
y sus ojos dos moscas
hurgando en el desierto

ese viejo ha capturado mi mirada

detecto entonces una caricia
en esa luz que arrulla en su barba
mientras la noche avanza sobre la arena
y alcanza el estado de mosca
 

 


Balas perdidas

“Con las palabras que no he dicho he desarmado mis armas”.
Antonio Porchia.



en el campo de batalla
no es prudente
portar luz delatora

cómo evitarlo

exponerse
es condición necesaria
cuando se busca salvar
lo más preciado

hueso sobre hueso
se pergeñan ardides
condenados al fracaso

el ruido de las armas
ofrece su engaño
al mejor postor

 


Salto de página


Animal doble en su coto de caza
rugidos que la nueva mañana
sabrá disimular

quedarán resabios
               aunque mínimos
               claros
en la piel





PD: aquí sigue lloviendo


y llueve
como si sólo se tratara de dejarse caer
así porque sí
como si no valiera la pena
como si no fuera posible
izar la risa

hay lluvia en el ánimo
y en las bocas
y en cualquier ventana
orientada hacia el espanto

llueve y sin embargo
hay secuela de risa
en la sed




Sobremesa

enciendo un cigarrillo
se deja
dócil
conducir por mi mano

sobre la mesa restos de comida

mis ojos sobrevuelan
los cuerpos de las sombras
y se detienen en el brillo
guarecido en el borde de la copa

parece esperar
él también
un guiño de la noche

ahora el humo me distrae
y mis ojos espejan
el fondo del silencio

detrás de los recuerdos asoma lo sagrado

un pliegue tras otro
el tiempo sucede
a mis espaldas




Pausa

la tarde corrige un sauce
a orillas del río
y el viento trae fragancias
de flores que maduran en el cielo

la roca
es el punto de apoyo de la siesta


               crece entre las sombras
               cierto desdén a toda urgencia


sosiego en la sangre
tránsito libre
hacia un claro desasirse


crepita en el leño
un recuerdo del sol





Uno

uno es carente de sí
             vago soplo de sal en la herida
             aire exhausto que enturbia la sed

uno abre la boca
como si fuera música pordiosera
buscando el caracol hogar
donde refugiar el canto

y de todo viene uno
a formar un ovillo
deshace y vuelve a ovillar
pone en las manos
ese rito lúdico
hasta que una mano saluda a la otra
y ambas desaparecen

uno es esquivo testimonio
de su consabida muerte

no sale nunca uno del asombro
pero a todo quiere ponerle nombre

uno siempre se equivoca

 



Retrato

esa mano
que se arruga sobre la mesa
es también
una historia de la alegría
que ya nadie lee


 


Chica con cama


“Menos tu vientre
todo es oscuro,
menos tu vientre
claro y profundo.”
         Miguel Hernández.




tenías la infancia rota
apenas remendada
por vaya uno a saber qué silencios
qué recuerdos zurcidos
con el delicado hilo de tu tristeza

lejos de tus orígenes
mecías la cuna de tu futuro
como quien deshoja una palabra
cuando falla su disparo la boca

la hora de la siesta era tu hora
tu cenit tu copa tu fiesta privada
un brindis sin onomatopeya
ni alegría espumante
apenas ese sol de cotillón
con el que entibiabas tu nostalgia

tenias en tu voz
la humedad de una sepultura

todo lo cubría
tu mirada en harapos
todo
menos tu vientre

 



Haikus



danza rupestre
el corazón en cierne
sobre los astros

***



noche encendida
muda su piel la espera
todo florece

***



rueda la piedra
hacia lago profundo
vana conciencia

***



cuenco inclinado
bebe del sol el agua
a sus espaldas

***



vuelo rasante
en la piel de la noche
voraz insecto

***



calles pobladas
piernas sedientas trazan
el mismo albur

***



cincela el ave
lo que resta del día
con su trinar

***



la luz abriga
la barba del anciano
cresta de espuma

***



en la mirada
el sol lágrima rueda
nostalgia abajo

***



en el camino
el aire echa raíces
lágrimas secas

***



piedra con piedra
los cadáveres salvan
toda memoria

***



una hoja muerta
en el camino medio
llena la tarde

***



ojos abiertos
llovizna la mirada
sobre los campos

***



eterna voz
en la cresta de ola
la vacuidad

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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