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El 'creyente' no se pertenece a sí mismo, sólo puede ser un instrumento; tiene que ser utilizado; necesita a alguien que le utilice. FRIEDRICH NIETZSCHE |
CAPÍTULO 18: LA DIFAMACIÓN DE LA MUJER
1. LAS INJURIAS DE LOS TEÓLOGOS
Al principio, estimada como sacerdotisa
Después, condenada por los sacerdotes
El menosprecio de la mujer por parte de los monjes y los primeros padres de la Iglesia
Tomás de Aquino: «(...) un hombrecillo defectuoso»
Disparatadas injurias en el barroco
En la actualidad, tampoco hay «equiparación» de ninguna clase
Valoraciones positivas y negativas de la mujer entre los herejes
2. LA GLORIFICACIÓN DE MARÍA: EXPRESIÓN DE LA DEMONIZACIÓN DE LA MUJER
La María bíblica y el fetiche de la Iglesia
La blancura de las mujeres o la «desfeminización» de nuestra señora
3. LA DISCRIMINACIÓN DE LA MUJER EN LA VIDA RELIGIOSA.
«El negro ya ha hecho su trabajo»
Las menstruantes y las embarazadas son impuras
El Vaticano Segundo y la mujer
CAPÍTULO 19: LA OPRESIÓN DE LA MUJER
La situación entre los romanos y los germanos
Sin derecho a heredar ni patrimonio
«Ella vivirá de acuerdo a la voluntad de él»
Azotar a la esposa: con respaldo canónico hasta 1918
¿«(...) Medio de educación extremo» o respeto por el folclore?
En Inglaterra, más baratas que un caballo
Bertha Von Suttner y el «gran Berta»
«(...) Como las cabezas de ganado o las propiedades»
En el primer capitalismo, con las manos y con los pies al mismo tiempo
5. LOS COMIENZOS DE LA LIBERACIÓN FEMENINA
En la actualidad se mantienen las desventajas
CAPÍTULO 20: EL MATRIMONIO
«Nada destacable en favor del estado matrimonial»
De San Justino a Orígenes: ¿es mejor ser eunuco que casado?
El matrimonio civil, reconocido hasta el siglo XVI.
Cuanto más lejos esté el peligro
3. LA RIGUROSA RESTRICCIÓN DE LAS RELACIONES SEXUALES
«(...) De hecho, no quedaba mucho tiempo libre»
El «matrimonio de José» o ¿cuatro veces en una noche?
4. POR QUÉ SE HA TOLERADO EL MATRIMONIO
«Citoyennes, donnez des enfants a la patrie!»
La salvación de la familia o «el ideal del filisteo de hoy en día»
«Catecumenado doméstico» o «se le cortará la lengua»
¡Menos multiplicación y más placer!
5. LA PROSCRIPCIÓN DEL PLACER EN EL MATRIMONIO
Casi todos los contactos sexuales son considerados pecaminosos
El reformador y «el placer nefando»
Amores matrimoniales «anómalos»: tan malos como el asesinato
Sobre el estancamiento de las leyes
... Y del progreso de la moral
La «oscura compulsión de lo sexual»
Coitus catholicus: «noble y casto»
Debilidad mental en lugar de sexo
Los caballeros del hábito negro
Sobre el coste de la vida sensual
Una capacidad orgasmica casi ilimitada
Y una frigidez bastante sospechosa
¿Copular... por amor a Cristo?
Pena de muerte, según el derecho secular
«(...) El adulterio de la mujer es más grave»
Una «praxis más dúctil» en la «doctrina pastoral concreta»
Repudiar a la esposa con la bendición eclesiástica
A propósito de algunas falsificaciones sobre la indisolubilidad del matrimonio
El divorcio entre los luteranos y los ortodoxos
8. LOS HIJOS NACIDOS FUERA DEL MATRIMONIO.
Privados de derechos y desheredados
Todavía siguen discriminados en la actualidad
CAPÍTULO 21: LA PROHIBICIÓN DE LOS MEDIOS ANTICONCEPTIVOS
Pigmeos, bosquimanos y católicos
El azote de Dios y la «capucha inglesa»
Los «infames artículos» de 1913
Sobre el decoro y el derecho cristianos
Sobre el «atentado de los esposos»
Cuando la mujer deja de ser mujer
La «beatificación» de Knaus-Ogino
Sobre la inhumanidad de la «vida humana»
... Y sobre la carga del Espíritu Santo
«(...) Completamente esclerotizado»
Sólo según las «reglas de la Naturaleza» o «como hermano y hermana»
«Sacrificios permanentes» o «la gracia del estado matrimonial» de los católicos
... O que empleen a sus hijos en las fábricas
¿Puede sobrevivir la humanidad?
«Una mirada a las estrellas eternas de la ley moral cristiana»
La ambigua posición de las Iglesias protestantes
CAPÍTULO 22:LA PROHIBICIÓN DEL ABORTO
«¡Las mujeres también deben defender Europa!»
«A ti grito desde la más profunda desesperación (...)» o «la comodidad del agua»
Castigo: «Más suave que si un cazador furtivo mata a una liebro:
Los auténticos criminales de guerra
El «nuevo programa de eutanasia»
«La cultura de la Iglesia» o «que la madre muera en estado de gracia»
La «modesta propuesta» de Jonathan Swift
Los paraísos para niños de la actualidad
El mayor tributo de sangre lo pagan las pobres
Legalización del aborto y considerable disminución de la mortalidad
CAPITULO 23: EL PECADO ORIGINAL
El comienzo de la obsesión cristiana por el pecado
La doctrina del pecado original no aparece ni en Jesús ni en San Pablo
San Agustín y «la dinámica de la vida moral»
La controversia pelagiana (411-431)
CAPÍTULO 24: ONANISMO, HOMOSEXUALIDAD, RELACIONES CON ANIMALES Y CON PARIENTES
1. PALOS Y AGUA BENDITA CONTRA EL ONANISMO
Sistema de alarma para erecciones
¿Cuándo está permitido el deseo?
2. HOGUERA O CASTRACIÓN PARA LOS HOMOSEXUALES
Pena de muerte según el derecho secular
3. MUERTE PARA LOS SODOMITAS Y LOS ANIMALES LUJURIOSOS
El tabú eclesiástico del incesto ha seguido vigente hasta hoy
La argumentación «científica» también es irrelevante
CAPITULO 25: ALGUNOS DETALLES DE MORAL TEOLÓGICA O «...ESTE ESCABROSO TEMA»
1. LA DELECTATIO MOROSA EN EL PASADO
Sobre «la aplicación práctica de las normas eclesiásticas»
El libro alemán de penitencias eclesiásticas o copular con un taco de madera
Alfonso de Ligorio o la «sabia moderación»
La lujuria desde el cementerio hasta el campanario
Las partes honestas del cuerpo, las menos honestas y las deshonestas
«Cosquillear» a los niños o la polución en los estudios de medicina
La necesidad de la censura y la suciedad de los clásicos
Sobre el carácter diabólico del cine y el teatro
Mirar «desnudos» y otras perversidades
Cómo (no) se peca con modelos y animales
2. ¿ESTÁ EVOLUCIONANDO LA TEOLOGÍA MORAL?
Casi siempre el mismo engañabobos
El instinto sexual rebaja a la persona por debajo del nivel de los animales
El cardenal Garrone habla del «hedor narcotizante del sexo»
CAPÍTULO 26: ORIENTACIÓN SEXUAL CRISTIANA O IGNOTI NULLA CUPIDO
Aprender de los perros vagabundos
Teología al estilo Courths-MahIer
«¡Si no tuviera amor (...)!» ¿Y si no tuviera el infierno?
«Pedagogía sexual (...) sin decir una sola palabra sobre sexualidad»
Nada de camas de plumas... y un alma de ideales perfectos
«Cuando manan todas las fuentes» o el «señor prefecto» se mete en el agua
Por qué se quiere dejar la educación sexual a los padres
De cintura para abajo: «cochinadas» y «caca»
La inolvidable charla matrimonial del obispo Yon Streng
CAPÍTULO 27: SOBRE LA DESVERGÜENZA DE LA MODA, EL BAILE Y EL BAÑO (SIN ROPA)
«Un sereno examen de conciencia» entre dos guerras mundiales
Monos maquillados y serpientes pérfidas
«(...) Que los jóvenes y los muchachos tomen baños (...) acarrea muy malas consecuencias»
CAPITULO 28: SOBRE LA PRAXIS DE LA MORAL SEXUAL
Orgías en las iglesias de la antigüedad
«Al hombre le cuelga algo extraño entre las piernas (...)»
«La coronación de sus fatigas (...)»
«Noches de prueba» y «vicios aristocráticos»
Libertinismo en la Baja Edad Media
«(...) Madre e hija, criada y perra, quedaron encintas»
2. LAS PUTAS O PEREGRINARI PRO CHRISTO
Las primeras prostitutas itinerantes de Europa
Una legión de rameras en todas las cruzadas y todos los sínodos
La prostitución florece en los concilios y en las ciudades papales
Los burdeles estaban al lado de las iglesias
Promovían la Inmaculada Concepción y construían burdeles
Pastores de almas en el burdel y sífilis
Necesitaban a las prostitutas... y por ello se vengaban de ellas
CAPITULO 29: EL SACRAMENTO DE LA PENITENCIA
De la absolución única a la confesión
Doble rasero para laicos y sacerdotes
Las penitencias eclesiásticas en la antigüedad y la Edad Media
Dios no se volvió indulgente hasta la Edad Moderna
Arrepentimiento sin arrepentimiento
El hijo preferido de los teólogos
CAPITULO 30: DEL ASESINATO DEL PLACER AL PLACER DEL ASESINATO
1. CONSECUENCIAS DE LA REPRESIÓN
Los pueblos con una sexualidad tolerante son más pacíficos
Sobre la castidad de los cazadores de cabezas y testículos
Satisfacción, una palabra «carente de belleza»
Un cristiano nunca es él mismo
Por qué les gusta tanto la tortura sexual
Sobre la crueldad de los ascetas
De San Pablo al «ejército de salvación»
«(...) La verdadera dinámica mariana de la historia»
A propósito del buen tiro en la nuca y del placer maligno
¡Y todavía hay quien se toma esta religión en serio!
Sobre el espíritu de la guerra en Vietnam
...Y del desastre de una revista
En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo
«La LA RELACIÓN DE LA IGLESIA CATÓLICA CON LA SEXUALIDAD A TRAVÉS DEL TIEMPO
DEL VATICANO II A JUAN PABLO II.
Las transacciones de los Obispos desde Europa hasta Australia después de humanae vitae
A propósito del firme episcopado polaco
Juan Pablo II, propagandista de la «castidad» y enemigo del «placer carnal»
Juan Pablo II, defensor del matrimonio posmoderno: cuanto más casto y fértil, mejor
Juan Pablo II o el aborto como primer episodio de la guerra nuclear
«Herminia de los magreos (...)»
«(...) Mientras su trono se mantenga firme, mi cama no se tambaleará»
La nueva hipocresía o «los cambios de nuestros vecinos»
CAPITULO 18. LA DIFAMACIÓN DE LA MUJER
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Ninguna religión o visión del mundo ha apreciado y honrado tanto a la mujer como el cristianismo. - HAERING, teólogo católico (1) Pues así como la Iglesia está sujeta a Cristo, las mujeres deben estarlo también a sus maridos en todo. - Ef., 5, 24 Enséñale a mantenerse en los límites de la obediencia. 1 Clem 1, 3 Tus anhelos se dirigirán hacia tu marido, y el será tu señor (...) Rebájate hasta la sumisión (...) Sé una de las subordinadas. - JUAN CRISÓSTOMO (2) Si las personas pudiéramos ver lo que se esconde bajo la piel (..,), mirar a una mujer sólo nos provocaría vómitos (...) Si ni siquiera podemos tocar la mucosidad y el fiemo con la punta del dedo: ¿por qué ansiamos con tanto celo abrazar el propio recipiente de la suciedad? SAN ODÓN (878-942), abad de Cluny y organizador de la reforma cluniacense La mujer se relaciona con el hombre como lo imperfecto y defectuoso (imperfectum, deficiens) con lo perfecto (perfectum). - TOMÁS DE AQUINO (4) Si ves a una mujer, piensa que es el Diablo, una especie de infierno. - ENEAS SILVIO (PIÓ II, 1458-1464) (5) Toda maldad es pequeña frente a la maldad de la mujer. La impiedad del hombre es mejor que una mujer buena.- Sínodo de Turnau, 1611 (presidido por el cardenal FORGATS y en presencia del nuncio papal) Que una mujer hermosa y arreglada es un templo edificado sobre un sumidero (super cloacam) (...) ¿Quién querrá venerar al fiemo como dios? - ABRAHAM DE SANCTA CLARA (1644-1709) (6) La mujer cristiana le debe a la Iglesia católica su auténtica dignidad. Por ello, es justo y correcto que la mujer también se muestre agradecida a la Iglesia. - RÍES, teólogo (7) |
Las culturas matriarcales apenas conocieron la misoginia. Antes al contrario, la mujer fue considerada como la portadora de la energía vital y de la fertilidad; y su mayor sensibilidad y capacidad de sugestión la hacían más apropiada para el culto que el hombre. De modo que se convirtió en sanadora y hechicera; estuvo relacionada, sobre todo, con la música y los oráculos y, a veces, incluso ascendió a las principales dignidades religiosas.
En la antigua China, las chamanes desempeñaron un papel importante. El sacerdocio femenino estuvo bastante extendido en el sintoísmo japonés y, temporalmente, también en la religión védica. Los egipcios denominaban a las sacerdotisas encargadas de los sacrificios «cantantes del dios» y los sumerios, «damas del dios» o «mujeres del dios». Las druidas eran muy respetadas por los celtas y lo mismo ocurría con las videntes entre los germanos, con la veleda de los brúcteros y con la gamma de los semnones, cuya fama llegó hasta Roma. En Grecia había multitud de sacerdotisas (supra), puesto que toda la mántica estaba dirigida por ellas: la Pitia, Casandra, la Sibila...
El odio a la mujer apareció, seguramente, con el derrumbamiento de las sociedades matriarcales, quizás a partir de la mala conciencia del hombre, de sus complejos de inferioridad, de su miedo a una venganza de la mujer, de sus temores ante sus funciones generativas. Hay que señalar que, en casi todas las lenguas indogermánicas, las palabras «hombre» y «humano» proceden de la misma raíz, pero no la palabra «mujer».
Desde muy pronto, las mujeres se atrajeron la enemistad, ante todo, de los sacerdotes, lo que está relacionado con esas energías parapsicológicas o mágico-numinosas llamadas «mana» en melanesio, «orenda» en la lengua de los indios iroqueses y hurones, «wakanda» en la de los sioux, «manitu» en la de los algonquinos o «hasina» en la de los malgaches, que corresponden a las viejas palabras nórdicas «hamingja» (suerte), «megin» (fuerza) y «mattr» (poder) y a la expresión germánica «heill» y que, siendo más propias de la mujer que del hombre, la convirtieron a menudo en remediadora y sanadora, en conocedora y sabia, en portadora de lo «sagrado» o «divino», por tanto en precursora y competidora del curandero, del chamáno del sacerdote, quienes, por eso mismo, la desacreditaron, tratándola de hechicera, condenándola como bruja o negociando su erradicación.
Muchas veces fueron precisamente las grandes religiones las que convirtieron la función sexual de la mujer en sospechosa y le arrebataron su función como servidora de la divinidad: en el mazdeísmo persa, en el brahmanismo, en la religión hebrea, en el Islam y, por supuesto, en el cristianismo, que perfeccionó el antifeminismo hasta el más pérfido de los extremos, intensificándolo hasta casi lo insoportable, más que cualquier otra religión misógina, cosa que los teólogos protestantes admiten pero que los católicos han negado y siguen negando en la actualidad.
Las tres divinidades del cristianismo pasan por ser masculinas y su simbolismo teológico está dominado por la idea de lo masculino. El Espíritu Santo fue la única persona a la que algunas sectas le atribuyeron una naturaleza femenina. Para la Iglesia, la mujer fue una criatura prisionera de la Tierra, el ser telúrico por excelencia, devorador y vampirizador, en el que, de una forma especialmente malévola, tomaban cuerpo la seducción terrenal y las tentaciones del pecado. También se pensaba que el Infierno estaba situado en el interior de la Tierra: caliente, fangoso y siniestro. A él se oponía radicalmente el Cielo: allá arriba, por encima de las nubes, higiénico y aséptico, completamente asexuado, eterno, encantadoramente casto y resonante de aleluyas, ese jardín del paraíso al que daban sombra las cejas del Dios Padre, tapizado de césped alpino y hojas de parra y que, como todos los Padres de la Iglesia repiten, fue arrebatado al ser humano por la malvada Eva. Por ello, el amado Padre del Cielo la amenazó: «muchas serán tus fatigas»... Una de las pocas profecías bíblicas que se cumplieron.
Sin duda alguna, el antifeminismo de muchos teólogos es el resultado de una forma encubierta de miedo hacia la mujer, de una serie de complejos ante toda clase de ideas-tabú, de una actitud defensiva frente a un supuesto peligro; es el eco de lo que, en cierta ocasión, Friedrich Heer denominó una «ideología de solteros» o, en palabras pronunciadas por el patriarca Máximo en la sala del Concilio Vaticano II, una «psicosis de celibatarios».
El primer menosprecio de la mujer en el cristianismo procede de San Pablo (supra), que nunca pudo hacer referencia a Jesús para respaldarlo. Luego ha sido a Pablo a quien se ha invocado, desarrollando su misoginia por medio falsificaciones. En consecuencia, también se ha querido convertir ulteriormente a los discípulos de Jesús en propagandistas de la virginidad y del odio a la mujer. De Pedro, primer papa y padre de familia, se afirmó más tarde que huía de cualquier lugar donde hubiera mujeres, y se le hizo declarar incluso que «las mujeres no merecen vivir»
La mujer fue especialmente difamada, evitada... y temida por los monjes, quienes se disolvían en su presencia como la sal en el agua, por emplear un antiguo símil. (Según una errata realmente diabólica que se deslizó en una nota de prensa del Congreso Católico Alemán de 1968 convirtiendo «manche» ¿algunos? en «Monche» ¿monjes?: «sólo con ver a una mujer, los monjes se ponen a gruñir como auténticos cerdos»)
Algunos monjes no vieron a una mujer durante cuarenta años o más Otros —aparentemente influidos por deseos incestuosos reprimidos— rechazaron a sus parientes más próximas, consolándose a veces con que las volverían a ver muy pronto en el Paraíso. Un monje egipcio que debe transpor tar a su vieja madre a la otra orilla de un río se enfunda las manos en unos trapos. Simeón el Estilita, por razones ascéticas, no miró a su madre en 1o que le quedaba de vida. Y Teodoro, primero alumno predilecto y después seguidor de Pacomio, declaró que, si Dios lo ordenara, mataría incluso a su propia madre. Quien pueda despreciar el dolor de su propia madn soportará con facilidad todo lo demás que se le imponga, se dice en la Vida de San Fulgencio. Y, en el siglo XX, cierto prior todavía adoctrina a un padre que espera la visita de su madre, diciéndole que también tiene que ser reservado con ella porque ¡«todas las mujeres son peligrosas»!
En la Iglesia católica, en especial, la mujer aparece desde el prime momento como un obstáculo a la perfección, como un sujeto carnal e inferior que seduce al hombre; como Eva, la pecadora por antonomasia Una y otra vez, los teólogos convierten a la mujer en la criada del hombre, en el ser que engendra el pecado y la muerte (cf. supra), y lo hacen invocando la Biblia, la vieja historieta de la Creación y el Pecado Origina en la que la mujer es formada a partir del hombre, a quien seduce.
Tertuliano, uno de los Padres de la Iglesia, a quien algunos católico elogian como «heraldo de un nuevo ideal femenino» y de «una faceta más elevada de la unión matrimonial», degrada a la mujer hasta presentarla como «puerta de entrada para el Diablo» y le culpa de la muerte de Jesús.
Acusando a la mujer en general, dice: «tú eres quien ha facilitado la entrad al Diablo, tú has roto el sello del árbol, has sido la primera en dar 1a espalda a la ley de Dios y también has arrastrado a aquel a quien el Diablo no había podido acercarse. Sencillamente, has arrojado por tierra al fiel retrato de Dios. Por tu culpa, es decir, en razón de la muerte, la Hijo de Dios tuvo que morir, ¿y aún se te ocurre poner adornos en tu falda de pieles?». Según Tertuliano, las mujeres sólo pueden llevar trajes de luto y deben cubrirse «su peligrosísimo rostro» cuanto dejan de ser niñas, a riesgo de renunciar a la vida eterna.
San Agustín, lumen ecciesiae, declara a la mujer como un ser inferior que no fue hecho por Dios a Su imagen y semejanza («mulier non est facta ad imaginem Dei»): una difamación muy grave, que se repite hasta los siglos centrales de la Edad Media, en las compilaciones jurídicas de Ivo de Chartres y Graciano y en una serie de importantes teólogos. Todos ellos certifican que sólo el hombre está hecho a imagen de Dios; adjudicar esa cualidad a la mujer es un «absurdo». Según San Agustín, corresponde tanto a «la Justicia» como «al Orden Natural de la Humanidad que las mujeres sirvan a los hombres». «El orden justo se da sólo cuando el hombre manda y la mujer obedece».
San Juan Crisóstomo considera que las mujeres están hechas «esencialmente» para satisfacer la lujuria de los hombres. Y San Jerónimo —Doctor de la Iglesia como el anterior y que, al parecer, «hizo tanto por las mujeres»— decreta: «Si la mujer no se somete al hombre, que es su cabeza, se hace culpable del mismo pecado que un hombre que no se somete a la que es su cabeza (Cristo)». Esta idea llegó a ser introducida en el derecho canónico por medio de Graciano.
Es tristemente famosa la anécdota del sínodo de Macón (585) cuando, en pleno debate sobre la cuestión de si, en el momento de la resurrección de la carne, las mujeres que hubiesen hecho méritos suficientes deberían convertirse en hombres antes de poder entrar en el Paraíso, un obispo declaró que las mujeres no eran seres humanos («mulierem hominem vocitari non posse») (9).
En la Edad Media, cuando el hombre y la mujer rezaban por la noche: «he sido engendrado en el pecado, y en el pecado me concibió mi madre», la mujer era difamada por la Iglesia, que la calificaba como mala y diabólica, y como origen de todos los males. El hombre devoto tenía que huir de ella y no podía visitar las casas habitadas por mujeres, ni comer con ellas ni hablarles. Las mujeres eran «culebras y escorpiones», «receptáculos del pecado», «el sexo maldito» cuya «infame tarea» consistía en corromper a la humanidad. «A partir de la Edad Media, tener un cuerpo significó para las mujeres una especie de deshonra» escribe Simone de Beauvoir. Y Eduard von Hartmann resume: «En toda la Edad Media cristiana la mujer aparece como la quintaesencia de todos los vicios, de todas las maldades y de todos los pecados, como la maldición y la corrupción del hombre, como una emboscada diabólica en la senda de la virtud y la santidad».
El antifeminismo teológico afecta entonces a todas las capas sociales. De acuerdo con la tipología de San Ambrosio (Adán es igual a alma, Eva igual a cuerpo) y con la antigua divisa occidental «tota mulier sexus», la mujer fue considerada como un ser sexualmente insaciable, y se defendió con la máxima decisión la doctrina judeocristiana de la inferioridad femenina, que llegó a ser desarrollada en el plano teórico por la escolástica.
Según Honorio de Autun, ninguna mujer es grata a Dios. Según San Francisco de Asís, quien tiene trato con mujeres está «tan expuesto a que su espíritu se ensucie como lo está quien atraviesa el fuego a que las suelas de sus sandalias se chamusquen». Y según San Alberto Magno sólo deberían nacer seres humanos perfectos, es decir, hombres. Más claro: «la mujer ha sido conformada para que la obra de la Naturaleza no se frustre por completo» pero incluso esto se atribuye al hombre, ya que puede ser el resultado de una «corruptio instrumenti», de una defectuosa formación de su pene (10).
¿Y cuál es el veredicto sobre la materia de la máxima autoridad católica? Tomás de Aquino (muerto en 1274), príncipe de la escolástica, doctor communis, doctor angelicus, elevado por León XIII en 1879-80 a la categoría de primer doctor de la Iglesia y patrón de todas las facultades y escuelas católicas, cree que el valor esencial de la mujer está en su capacidad reproductora y en su utilidad en las tareas domésticas. Una vez más, la encontramos, si vale la expresión, delimitada por el círculo trazado en Ex., 20, 17: ¡mujer, siervo, buey, asno...!
Según Santo Tomás, la mujer debe estar subordinada al hombre, puesto que él es su cabeza («vir est capus mulieris») y más perfecto que ella en cuerpo y en espíritu; lo era ya antes del pecado original. La subordinación de la mujer procede del derecho divino y del derecho natural, o lo que es lo mismo, de la misma naturaleza de la mujer, por lo que Tomás le exige obediencia tanto en la vida pública como en la privada. «La mujer se relaciona con el hombre como lo imperfecto y defectuoso (imperfectum, deficiens) con lo perfecto (perfectum)». La mujer es espiritual y corporalmente inferior, y la inferioridad intelectual es el resultado de la corporal. más precisamente de su «exceso de humedad» y de su «falta de temperatura». La mujer es un verdadero error de la naturaleza, una especie de «hombrecillo defectuoso» «errado» «mutilado» («femina est mas occasionatus»): un improperio que se remonta a Aristóteles, repetido a menudo por Santo Tomás y recogido después por sus discípulos.
Para Santo Tomás, como para su maestro Alberto, un hombre sólo debería engendrar hombres, «porque el hombre es la perfecta realización de la especie humana». Si, pese a todo, nacen mujeres —Dios nos asista— ello se debe, según el patrono de las universidades católicas, lux theolo'gorum, bien a un defecto en el esperma (la «corruptio instrumenti» de San Alberto), bien a la sangre del útero o a los «vientos húmedos del sur» (venti australes) que, debido a las precipitaciones que provocan, son la causa de hijos con alto contenido acuoso, es decir, de niñas.
La mujer, según Santo Tomás, sólo es necesaria para la reproducción. Aparte de ello, atrapa el alma del hombre y la hace descender de la sublime eminencia en que se encuentra, sometiendo a su cuerpo a «una esclavitud que es más amarga que cualquier otra»,
La propia Revista de Teología Católica elogia a posteriori que el Aquinateo valore al hombre en toda su integridad, por una parte, y por la otra certifica una triple infravaloración de la mujer: «infravaloración en el desarrollo (biogenética), en el ser (cualitativa) y en la práctica (funcional)» (11).
La devastadora misoginia de los teólogos condujo, a partir de innumerables sermones en parroquias, catedrales y capillas nobiliares, a una extensa literatura misógina. En ella, la mujer aparece como la muerte del cuerpo y el alma, como una arpía o un lazo diabólico, un señuelo o una ponzoña inoculada; en una palabra, como una ramera. En un poema del obispo francés Marbodio de Rennes (1035-1123), el prelado subsume bajo el concepto de «ramera» a todo el sexo femenino.
La historia de la cultura le debe a un dominico italiano el desdichado alfabeto femenino: avidissimum animal, bestiale baratrum, concupiscentia camis, duellum damnosum, etcétera; en él, la mujer es representada como la Peste, el naufragio de la vida, la Bestia y símiles parecidos.
Finalmente, esta demonización continuada de la mujer la llevó a la hoguera, convertida en bruja. En el año 1484, Inocencio VIII, el gran progresista, había hablado en su bula Summis desiderantes affectibus de «muchísimas personas de ambos sexos» (quamplures utriusque sexus personae) que «tienen trato carnal con espíritus nocturnos galantes». Pero lo que podemos considerar como el comentario de la bula, el Martillo de brujas de los dos legados papales, los dominicos Kramer y Sprenger, que apareció en 1489 y alcanzó las treinta ediciones, se dirigió casi exclusivamente contra la mujer. «Para los entendidos» como declaran estos «dilectos hijos» del Santo Padre, está muy claro que «se encuentran infectados de la herejía de los brujos más mujeres que hombres. De ahí que, lógicamente, no se pueda hablar de herejía de brujos, sino de brujas, si queremos darle el nombre a potiori; y loado sea el Altísimo que ha preservado hasta hoy al sexo masculino de semejante abominación». Ambos cazadores de brujas sólo amenazan al hombre como de pasada y, ante todo, a los maridos, hijos y abogados que apoyan a las acusadas.
El odio patológico a la mujer que contiene este libro —que invoca sin vacilaciones a los Padres de la Iglesia, desde San Agustín a San Buenaventura y Tomás de Aquino— lleva a sus autores a afirmar, entre otras cosas, que la mujer no sólo tiene un entendimiento más débil y carnal que el hombre, sino que, además, su fe es menos sólida. Como prueba: la etimología de la palabra «femina» (mujer) está compuesta de «fe» y «minus» luego femina = quien tiene menos fe. En efecto, la mujer es «sólo un animal imperfecto».
Durante siglos fueron sobre todo mujeres quienes sufrieron acusaciones y torturas y a quienes fueron enviadas a la hoguera, incluso en los países protestantes, pues Lutero estaba de acuerdo con los papas en lo referente a incinerar a las «rameras del Diablo» (12).
En el siglo XVII —en el momento en que Johannes Berchmanns S.J. (supra) enseña que «hay que huir de la mirada de las mujeres como de la mirada de los basiliscos»—, los sermones cristianos están atestados de calumnias contra la mujer. El chambelán bávaro Egidio Albertínus la llama «instrumento particularísimo del Diablo», el eremita agustino Ignatius Ertí se pregunta: «¿quién tiene la cabeza más estúpida y el corazón más débil que una mujer?» y el muniqués Georg Stengel, tutor del príncipe y uno de los jesuítas más relevantes de su tiempo, niega a las mujeres tanto la religiosidad como el entendimiento, «puesto que tienen tanto cerebro como un espantapájaros» y escribe que «la mujer tiene ventaja sobre todos los demás seres en la mentira y el engaño», siguiendo a un Padre y Doctor de la Iglesia, San Juan Crisóstomo, a la hora de tachar a la mujer de «mal sobre mal», «una serpiente contra cuyo veneno no hay antídoto», «una tortura y un martirio» o repitiendo las injurias de San Ambrosio, que pensaba que la mujer es «la puerta a través de la cual el Diablo llega hasta nosotros». Es la diabólica desfachatez, la baba, el veneno, la bilis de siempre del celibatario, el resentimiento de quienes niegan a los demás lo mismo que se les niega a ellos.
En los umbrales del siglo XVIII, Abraham de Sancta Clara, un predicador de rotunda oratoria, recurría a la literatura mundial desde Salomón hasta Petrarca a la hora de maldecir a la mujer. Y a comienzos del siglo XIX todavía aparecían escritos referidos a la infame disputa escolástica «Habeat mulier animam?» (¿tiene alma la mujer?)
En 1919, Benedicto XV —del que corrió un rumor (y no propagado por malvados, sino por cardenales) que le acusaba de haber envenenado a un competidor— se pronunció en favor del voto femenino, pero sólo porque creía, con razón, que las mujeres eran conservadoras y clericales. En lo demás, el clero se siguió mostrando contrario a su emancipación, siguió exigiéndoles sumisión y la necesaria «desigualdad y jerarquía»: «Las Sagradas Escrituras ponen especial cuidado en advertirnos de dos de las peores ocasiones de pecado: 'el vino y las mujeres'».
Y aún hoy, cuando el papel de la mujer parece haber cambiado más que en los pasados cinco mil años (lo que el mismo Pablo VI considera «notable»), la Iglesia del aggiomamento y de la seudoadaptación oportunista deja ver el viejo antifeminismo e insiste en defenderlo como principio. De modo que se sigue enseñando que el deber «fundamental» de la esposa es «ocuparse de la casa, sometiéndose al hombre», sin admitir en lo fundamental ninguna clase de igualdad de derechos.
La mujer no es más competente en ninguna esfera en particular; al hombre le corresponde «la última palabra en todas las cuestiones económicas y domésticas»; ella tiene que estar «dispuesta a obedecer en todo aquello que sea lícito». «Su sitio es, ante todo, la casa». Se dice expresamente que «hay que rechazar las aspiraciones de esas feministas (en su mayor parte, de inspiración socialista) cuyas pretensiones van encaminadas a un creciente equilibrio entre hombre y mujer». Para ello se remite, en letras cursivas, a la vieja tradición de Efesios 5, 23; «el hombre es cabeza de la familia». Y el Osservatore Romano todavía anunciaba en 1965 —sin que conozcamos réplica— que la «primacía del hombre» ha sido querida por Dios.
No obstante, al mismo tiempo, los católicos (con la desvergüenza que les caracteriza desde siempre) celebran a la Iglesia como liberadora de la mujer y se consideran por encima de «todas las mezquindades y las vulgaridades que ha dicho el paganismo antiguo y moderno sobre la naturaleza y posición de la mujer».
Y es que mientras, por una parte, se quejan del triste, opresivo e indigno destino de la mujer entre los pueblos no cristianos (tanto los anteriores como los posteriores a Cristo), mientras escriben que «la mujer se encuentra en ellos en una situación de menosprecio y oprobio que no puede ser más profunda», mientras afirman «que los historiadores de la mujer, desde Marx y Bebel hasta Johannes Scherr, son, en su mayoría, hasta las mismas puertas del siglo XX, unos diletantes», pretenden, por otra parte, que surgió una nueva época para el «alma femenina» desde que el Espíritu Santo actuó en el seno de María («la fuerza del Altísimo hizo su obra maestra en el taller del virginal útero de María») y mienten cuando escriben que «la Iglesia, con todo su poder, ha intentado mejorar el destino opresivo de la mujer», la ha «liberado de las cadenas de la esclavitud», le ha proporcionado «una dignidad completamente nueva» y ha hecho que su «estimación» creciera «enormemente», argumentando que la «valoración positiva de la virginidad» ha traído consigo una «equiparación de la mujer» cuando, en realidad, las campañas sobre la virginidad han sido desde siempre el correlato negativo de la difamación de las mujeres. Es más: a todo aquel que llama por su nombre al antifeminismo clerical se le acusa de incultura histórica y se imputa a los «heréticos» la praxis subyugadora que la Iglesia ha mantenido durante todos estos siglos (13).
Sin embargo, la antigua gnosis y el maniqueísmo ya reservaban a la mujer una posición destacada. Las montanistas podía ser sacerdotes y obispos. En el catarismo, la perfecta podía partir el pan, oír confesiones y perdonar los pecados. Entre los bogomilitas búlgaros y los valdenses, la mujer tenía acceso al círculo más estrecho de los perfectos. En estos casos, el rechazo del matrimonio carnal no significaba ningún menosprecio para la mujer, que estaba casi al mismo nivel que el hombre. De la misma manera, en los círculos heréticos italianos de costumbres más libertinas, además de desaparecer las diferencias jerárquicas entre señora y criada, la mujer tuvo una posición igualitaria respecto al hombre.
En cambio, el protestantismo mantuvo la discriminación católica de la mujer. Como cualquier Padre de la Iglesia, Lutero interpretó la historia del Pecado Original en beneficio del hombre, al que corresponde el «mando», mientras que la mujer debe «humillarse». El hombre es «mayor y mejor», es el «custodio del niño»; la mujer es un «medio niño», un «animal salvaje»; «la mayor honra que le cabe es que todos nosotros nacemos gracias a ellas».
En 1591, una serie de teólogos luteranos discutieron en Wittenberg sobre si las mujeres eran seres humanos. En 1672, apareció en la misma ciudad el escrito “Foemina non est homo”. Era la misma década en que en Wittenberg se disputaba sobre la posibilidad de que un camello pasara por el ojo de una aguja y en que aparecía un Tratado de ciencia natural sobre las pócimas de las brujas (14).
Desde el siglo XII hasta el XX, el movimiento mariano está estrechamente conectado con la condena de la mujer, de la carne pecaminosa, del mundo de las malas mujeres. - FRIEDRICH HEER |
«No ha habido ninguna religión que haya valorado y honrado a la mujer como el cristianismo» afirma un eminente defensor del mismo. «En la Iglesia católica, esto tiene una expresión especialmente intensa en la mariología y en la veneración efectiva de María, a la que el mismo Hijo de Dios debió honrar como madre. Dios no habría podido conceder mayóla honor a la mujer y a la madre». Pero en realidad, no hay en esta religión ninguna figura en la que converja el absurdo como en la de Nuestra Señora, la Virgen que finalmente ascendió al Cielo en cuerpo y alma: un producto de la mitología arcaica muy retocado por medio de leyendas devotas y grandes mentiras. El fetiche tardío no tiene nada que ver con la imagen original de la Biblia, y menos aun con los más antiguos estratos de la tradición.
El arte clerical edificante quiso hacer olvidar que María apenas desempeñó un papel en el Nuevo Testamento; que el Libro de los Libros habló de ella escasísimas veces y sin mostrar ninguna veneración especial; que San Pablo, el primer autor cristiano, la nombra pocas veces, lo mismo que el evangelio más antiguo; que también la ignoran el Evangelio de San Juan, la Carta a los Hebreos y los Hechos de los Apóstoles; que los escritos que la mencionan están plagados de contradicciones; que el mismo Jesús guarda un completo silencio sobre su concepción por el Espíritu Santo y sobre la maternidad de la Virgen y, es más, nunca llama madre a María ni habla de amor maternal, y hasta la increpa duramente cuando ella le toma por loco; que antes del siglo III ningún Padre de la Iglesia toma en consideración la virginidad permanente de María y hasta el siglo VI nadie sabe nada de su ascensión a los cielos en cuerpo y alma; que la fe en su Inmaculada Concepción, luego convertida en dogma, fue combatida como supersticiosa por las mayores lumbreras de la Iglesia: sus doctores Bernardo, Buenaventura, Alberto Magno y Tomás de Aquino, todos los cuales invocaron a San Agustín; y que lo mismo ocurrió, en mucho mayor grado, con otras tantos rasgos marianos (15).
Lo único importante es que, a través de todas estas burdas omisiones y de invenciones aun más burdas, se tuvo finalmente una criatura asexuada hasta el extremo, que pudo ser presentada al mundo como ideal y en la que tomó cuerpo, no la idea esencial, sino la caricatura de toda mujer.
Con asombrosa coherencia, también fueron erradicados los más ligeros síntomas de auro seminalis. Ya antes de su nacimiento, justo cuando el semen de su padre penetraba en su madre Ana, María quedó libre del pecado hereditario, del más terrible de los pecados que todos los seres humanos padecen, más blanca que la blancura, por así decirlo: en todo caso, el dogma de la Inmaculada Concepción de María no se propuso al mundo hasta casi diecinueve siglos después, el 10 de diciembre de 1854.
Nada más lógico que una criatura que fue engendrada de modo tan maravilloso llevara una vida no menos maravillosa. Y en efecto, cuando María concibió y parió un hijo siguió siendo virgen, ningún placer la ensució; no la mancharon ni el pene ni el vulgar esperma; Dios llevó todo este asunto con la mayor discreción y no lesionó la vagina de la madre. El hijo del carpintero de la Biblia no es, ciertamente, hijo del carpintero, y sus hermanos y hermanas, de los que la Biblia da testimonio, no son, por supuesto, sus hermanos y hermanas. Antes al contrario, todo es maravilloso... como ya había ocurrido antes, en realidad, con una docena de hijos de dioses que también nacieron de madres vírgenes.
Así que únicamente María, pura, sin mancha, virgen ante partum, in partu y post partum, se convirtió al final en la gloriosa antagonista —en todo— de Eva, de la pecadora, de la culpable, de la compañera de la serpiente —es decir, del falo—, de la mujer. Y cuanto más se ensalzaba a la Virgen, tanto más se degradaba a todas las mujeres (naturales y vivas). Por una parte, una incomparable hiperdulía; por la otra, una difamación casi infinita. Ambas cosas mantenían una inconmovible reciprocidad.
Según una antigua tradición, los clérigos galos y germanos del siglo VII oponían drásticamente a Eva, imagen primigenia de la mujer, frente a María, «la virgen que había dado a luz a Dios». En medio de la misa, un obispo decía: «Su vida no se originó en la concupiscencia; el poder de;á naturaleza no descompuso su cadáver (...) Los merecimientos de esta tieni doncella son exaltados en todo su valor (!) si se los compara con 1« hechos de la primera Eva: pues si María ha traído la vida al mundo aquélla ha engendrado la ley de la muerte; y si la una nos ha corrompid por su pecado, las otra nos ha liberado por su maternidad. Aquélla no dañó en la misma raíz por medio de la manzana del árbol (...) Parió coya dolores la maldición (...) La infidelidad de aquélla cedió ante la serpiente engañó al hombre y corrompió al hijo; la obediencia de María desagravia al Padre, la hizo merecedora del Hijo y redimió a las generaciones postea riores. Aquélla halló amargura en el jugo de la manzana; ésta obtuvo de la| frente del Hijo unas gotas de dulzura». Etcétera.
El envilecimiento se convirtió en una constante. En la Edad Media, al mismo tiempo que florecía el culto exaltador de Nuestra Señora y que se multiplicaban los himnos, las advocaciones, las ermitas y las hermandades marianas, la mujer era injuriada, humillada y oprimida (supra). De esta manera, María (pese a todo, como producto de una ideología patriarcal |«esclava del Señor» y «sierva de Dios» es decir, del sacerdote) podía convertirse en «puerta de entrada del Cielo» mientras que cualquier otra mujer —sobre todo si no se trataba de una monja, de un instrumento directo del clero— era «una puerta al Infierno permanentemente abierta».
Es muy lógico que la postergación de la figura de María entre ciertas Jsectas heréticas no llevara aparejada ninguna clase de postergación de la jmujer, sino que, al contrario, estuviera ligada con la igualdad eclesiástica i de ambos sexos. La dignidad femenina no quedó rebajada ni siquiera en los cultos adamitas Las relaciones sexuales libres que, en algunos casos» mantenían perfecti y perfectae, hijos e hijas de Dios, entre los cataros y los valdenses, no suponían ningún género de discriminación para la pareja femenina, lo que, por lo demás, es perfectamente comprensible. En cambio, la tendencia posterior de estos círculos hacia la interpretación católica de María tuvo como significativa consecuencia un nuevo rebajamiento de la condición femenina (16).
En el primer cristianismo, las mujeres, a las que Jesús había puesto al mismo nivel que los hombres, podían convertirse en misioneras e impartir doctrina. Las profetas cristianas tal vez aparecieran antes que los profetas. Hubo mujeres que fundaron comunidades o se colocaron al frente de las mismas. En la época de los apóstoles se conocían las dignidades de «viuda de la comunidad» y «diaconisa», que en parte equivalían a la de sacerdote. En una palabra, las mujeres tenían funciones proféticas, catequizadoras, caritativas y litúrgicas, pronto fueron mayoritarias en la nueva religión, se convirtieron a menudo en sus «dirigentes» y formaron el grupo de conversos menos problemático. Celso llama al cristianismo «la religión de las mujeres» y Porfirio llega a afirmar que la Iglesia está dominada por las mujeres. Y fueron precisamente ellas quienes convencieron a los hombres cultos y, finalmente, también a los emperadores.
No obstante, en períodos más recientes se ha tendido a relegar cada vez más a la mujer, inhabilitándola para asumir oficios eclesiásticos y para recibir dignidades, una lucha estrechamente relacionada con la que emprendió el clero contra los laicos. Y después de dejarla definitivamente excluida de la jerarquía, siguieron poniéndola en entredicho.
De modo que, en la Edad Media, las mujeres no podían llevar la cabeza descubierta, ni sentarse entre religiosos en los banquetes, ni entrar en el coro, ni acercarse al altar, ni tomar la eucaristía con la mano, aduciéndose a veces, expresamente, la debilidad y la impureza femeninas, «el ensuciamiento de los divinos sacramentos por mano de mujer». Y si el hombre podía bautizar en caso de necesidad, a la mujer le estaba prohibido.
En los penitenciales medievales, la mujer siempre está por debajo del hombre.
A comienzos del siglo X, las Instrucciones de visitación parroquial de Regino de Príim —una de las colecciones de fuentes del derecho canónico anterior al Decreto de Graciano más significativas— prohiben a todas las mujeres que canten en las iglesias. Así que durante siglos se hizo castrar a algunos muchachos con el único fin de sustituir a las voces femeninas en los coros de las catedrales.
Otra muestra muy significativa del combate emprendido contra la mujer como ser sexual la constituye el hecho de que, dentro de las iglesias, las menstruantes y las embarazadas fueran consideradas impuras. Las funciones específicamente femeninas (regla, embarazo, parto) que en el pasado habilitaban a la mujer para el servicio religioso, fueron justamente las que la descalificaron en el cristianismo. Así, San Jerónimo predicaba que «nada hay más impuro que una mujer con el período; todo lo que toca lo convierte en impuro». De ahí que en la Iglesia primitiva se castigara a las menstruantes que besaban la mano de un sacerdote. Hasta comienzos de la edad moderna también se les negaba la entrada a la casa del Señor y la comunión. Quienes infringían este precepto eran castigados con una pena de siete años. Y en muchos lugares, los sacerdotes que les daban la eucaristía eran removidos de sus empleos.
En Occidente no podían acceder a la iglesia ni tomar la comunión ni siquiera las monjas menstruantes. Algunos teólogos de comienzos del siglo XV defendieron dicha costumbre —con éxito— y en los siglos XVI y XVII la cosa derivó en humillaciones públicas. Un protocolo eclesiástico de la región de la Selva Negra informa en 1684: «las mulleres menstrua parientes se colocan ante la puerta de la iglesia y no llegan a entrar, quedándose, por así decirlo, en la picota» (17).
Además de a las menstruantes y a las embarazadas, la Iglesia también consideró impuras a las parturientas y a veces incluso a quienes ayudaban en el parto. La comadrona, cuya posición en la Antigüedad «pagana» era muy elevada, fue uno de los oficios más indignos y despreciados en casi todo el Occidente cristiano.
Una importante ordenación eclesiástica del siglo III prohibía participar «en los misterios» a todos aquellos que hubieran asistido a un parto; por cierto —y esto es una nueva expresión del menosprecio clerical de la mujer—, la prohibición se hacía extensiva a veinte días si el recién nacido era niño, y a cuarenta si era niña. El período de purificación para la madre duraba veinte días tras el nacimiento de un hijo y ochenta tras el de una hija. A finales del siglo V algunos sacerdotes se negaban a bautizar a las parturientas moribundas si no había transcurrido el plazo de purificación. Y en el siglo XI todavía se castigaba a cualquier mujer que pisara una iglesia durante ese tiempo.
Fue a mediados del siglo XII cuando el clero permitió el acceso a la iglesia, al menos teóricamente, a las mujeres que acababan de dar a luz. No obstante, en la práctica estas mujeres no abandonaban la casa hasta treinta o cuarenta días después del parto, no sin antes hacerse «bendecir» a fin de obtener el perdón por el placer que habían disfrutado («¡mi madre me concibió en el pecado!»)... y no sin pagar antes las «entregas», unos óbolos por los que a menudo disputaban párrocos y frailes, que solían ser mayores en los partos extramatrimoniales y que en algunos lugares eran graduados según el pecado cometido.
Sin embargo, en el siglo XX el arzobispo Gróber («con la recomendación de todo el episcopado alemán») le da al hecho —puesto que hoy en día se sigue «bendiciendo»— otro significado: «la bendición de la madre cristiana después del parto es una acción de gracias y no una ceremonia de purificación o una petición de perdón».
Si es cierto que el Vaticano Segundo no ignoró del todo la situación de la mujer en la Iglesia y la sociedad, también es verdad que trató el tema con notable concisión; y en la forma de esas pobres seudolamentaciones de las llamadas encíclicas sociales, con las que, de tiempo en tiempo, los papas exhortan a los ricos a tener compasión hacia los pobres.
¿Pues qué puede importar que el Concilio se pronuncie, con insípidas palabras, a favor del «derecho a la libre elección del cónyuge y de la forma de vida», o por la «participación de la mujer en la vida cultural»? Y es que las indecisiones son mucho mayores. Y las formulaciones, casi insuperables por su tibieza, son tanto menos comprometidas cuanto que la forma extema actual de la Iglesia católica sigue probando la estentórea marginación de la mujer.
La santa asamblea, en sí misma, fue poco más que un conciliábulo puramente masculino. Dos mil quinientos dignatarios eclesiásticos se reunieron con, como mucho, cincuenta mujeres, «oyentes laicas» (infra), en su mayoría monjas que, además, nunca intervenían, sino que más bien demostraban el paulino «mulier taceat in ecciesia»; estas mujeres tuvieron que limitarse a escuchar y sólo al final, a partir del tercer período de sesiones, se les permitió sentarse en unos bancos sin respaldo. (¡Y aún puede uno emocionarse ante tanta magnanimidad o suerte!) Por lo demás, también el Codex Juris Canonici, el código vigente de la Iglesia católica, rebosa de discriminaciones sexuales directas e indirectas.
Y eso que hay al menos tantas católicas como católicos; y alrededor de 370.000 frailes y seglares frente a 1.250.000 monjas (18).
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La ideología cristiana ha contribuido no poco a la opresión de la mujer, - SIMONE DE BEAUVOIR (1) La premisa de que la mujer es la portadora del pecado, que es para el cristianismo un artículo de fe inamovible, tuvo que influir muy negativamente, como era inevitable, en su posición social y legal. - J. MARCUSE (2) La crueldad de las leyes civiles contra las mujeres se ha unido en todos los usos sociales a la crueldad de la Naturaleza. Así, han sido tratadas como seres que no eran dueños de su entendimiento.- DENIS DIDEROT (3) A lo largo de la historia, la mayoría de las mujeres han vivido casi al nivel de los animales..- KATE MILLETT (4) |
La historia de la mujer fue hecha por hombres —por tanto, contra ellas— desde los primeros tiempos del patriarcado.
De todas formas, desde la perspectiva de la época imperial, los días en que un romano podía tratar a su esposa como si fuera un pedazo de carne, venderla o matarla quedaban muy lejos. Por el contrario, la ley del Imperio favorecía la emancipación femenina y permitía a la mujer una notable autosuficiencia personal y social. Doscientos años antes de San Agustín, la madre poseía los mismos derechos que el padre, la hija tenía el mismo derecho a heredar que el hijo y la separación estaba al alcance de ambos cónyuges, para lo que bastaba una simple petición formal. La virginidad y la fidelidad matrimonial tampoco tenían ningún significado relevante. Propercio, Horacio y Ovidio (cuyo Ars Amandi fue el único poema de la Antigüedad incluido en el índice) ensalzaron el amor libre.
Entre los germanos, el hombre era, ciertamente, el dominador. Podía pegar y vender a su esposa y, si ésta cometía adulterio, podía matarla impunemente. Pero esta dominación era al mismo tiempo un protectorado, pues la mujer germana nunca fue el infame «recipiente del pecado» sino, como dice Tácito, «sanctum aliquid et providum» un ser que reclamaba no sólo cuidados, sino también respeto.
Este gran respeto por la mujer germana se ve traducido en el derecho penal que, en la mayoría de los pueblos, reconoce mayores indemnizaciones para la mujer que para el hombre. (Las respectivas cantidades que se tenían que pagar como compensación por herida o muerte en un crimen entre clanes indican, hasta la Edad Media, la jerarquía social y jurídica de una persona). En el derecho del pueblo alamán y en el derecho bávaro el rescate de sangre de la mujer dobla al del hombre; entre los francos, si la atacada estaba en edad fértil, la cantidad se triplicaba; ¡pero en la Edad Media cristiana se redujo a la mitad de la indemnización masculina! «El clero, inclinado, según una extraña idea, a observar a la mujer como si fuera un ser impuro e inferior, lo que seguramente tuvo que ver sobre todo con el pecado original de Eva, no pudo aceptar la valoración positiva de los germanos y, con el tiempo, consiguió que la mujer perdiera su estimación legal».
Por el contrario, el respeto de los germanos por la mujer era consecuencia de su religión. Por ello no debió de ser tan fácil convertir a las mujeres germanas. Pues aunque el «factor personalista» del cristianismo no era nuevo para ellas, sí eran extrañas y difíciles de entender ideas como la de la creación secundaria de la mujer, su función como compañera del Diablo en el pecado original y su difamación por parte de los Padres de la Iglesia como fons et caput mali, ideas que sirvieron de base para la subordinación de la mujer en todas las esferas de la vida. La doctrina de la virginidad como forma más sublime de existencia también debió de parecerles nueva y extraña, y lo mismo se puede decir de la imposibilidad de acceder a las dignidades religiosas o al matrimonio sacerdotal, o del derecho canónico, que pretería los intereses de la esposa y la hija en las herencias. Un escritor católico admite, en nuestros días, que «la estimación de la que disfrutaba la mujer entre los pueblos paganos al norte de los Alpes contrastaba abruptamente con el menosprecio que los Padres de la Iglesia expresaban sin el menor rodeo» (5).
Habida cuenta del poder y la enorme influencia de los sacerdotes cristianos, el hecho de que denigraran constantemente a la mujer no podía dejar de tener consecuencias jurídicas, económicas, sociales y educativas.
Tengamos presente que, en la Edad Media, muchas veces los príncipes seculares contaban poco frente a los espirituales y sobre todo frente al Representante de Dios sobre la Tierra; que el derecho canónico, como derecho de la mayor comunidad de Occidente y como su ordenamiento jurídico más importante, desbordaba con mucho el ámbito meramente interno de la Iglesia; que los principios cristianos determinaban también la política, la educación y la ciencia. Queda así claro de inmediato que la misoginia empedernida de la Iglesia católica debió de reforzar fatalmente el patriarcalismo tradicional.
No fue Italia el único lugar en el que la mujer descendió por debajo del nivel alcanzado en el Imperio, viendo reducidos en la Edad Media sus derechos de herencia y perdiendo —como persona carente de capacidad jurídica— el Muntwait («monovaldo»: una relación de protección y representación, del alemán antiguo «munt» latinizado «mundium»). En Alemania, las cosas también le fueron mucho peor que a la mujer romana de antaño en cuanto a sus derechos pecuniarios. Una legislación estricta le impedía tener un patrimonio digno de tal nombre y prácticamente no le dejaron más elección que la del matrimonio o el convento. Y si se casaba, todos sus bienes muebles e inmuebles pasaban a pertenecer al marido. Éste los administraba, ostentaba la titularidad legal y era el único usufructuario,
Si la mujer era repudiada (aunque fuera inocente) generalmente tenía que renunciar a cualquier pretensión de restitución de la dote. «Si se ha perdido (...)» se dice en el código de Suabia, tendrá que prescindir de ello». Si, por el contrario, ella misma enajenaba una parte de la dote, su marido podía anular el trato. Tampoco podía dictar disposiciones testamentarias sin permiso, con la única excepción, vigente en algunos códigos locales, de lo referido «a sus vestidos viejos y a las joyas de su ajuar».
Los homenajes de los trovadores tampoco influyeron en la situación legal y económica de la mujer, ni siquiera en la época del amor cortés. Ella recibía ilusión, pero el hombre seguía poseyendo el derecho. Él es su alcaide y su superior y, como decreta una antigua fuente, «ella vivirá de acuerdo a la voluntad de él y será sumisa y obediente, pues por sí misma, sin su marido, nada puede hacer y nada puede ordenar». Otros códigos garantizan la supremacía masculina con expresiones similares y en Frisia las cosas llegaban a tal punto que se podía declarar Jpaypr de edad a un huerfanq^de siete años a fin de convertirlo en tutor de su propia madre. Un dicho femenmcTde la baja Edad Media dice: «lo propio de una mujer es una vida temerosa de Dios, casta y retirada». Y en 1883, un Libro edificante para católicos educados aprobado por el obispo de tumo todavía les encarecía a las mujeres católicas que «la religiosidad aumenta los encantos más que ninguna otra cosa (...) Que no se lamente de lo que el marido le depare (...)»
Los sentimientos decidían los enlaces matrimoniales en muy pocas ocasiones. El matrimonio era una cuestión familiar y patrimonial, no sentimental, y la propia mujer era algo así como un objeto del hombre. Ella debía amar a aquel con quien se casaba y sólo excepcionalmente podía casarse con quien amaba. El pariente masculino más cercano era quien concedía su mano. Y como esposa era casi una esclava e incluso podía ser regalada o vendida, por placer o por necesidad; esta costumbre se prolongó en Alemania hasta bien entrado el siglo XIII y, en otras partes, hasta mucho más tarde.
La doble moral no se detuvo ante nada. El marido podía ir al burdel, podía hacer y ordenar lo que quisiera, mientras que la mujer sólo podía amar cuando el marido quería, le gustara o no. Ella tenía que guardarle una fidelidad sin contrapartidas. De ahí que, por lo general, fuesen las mujeres quienes tuvieran que sufrir la barbaridad de los «juicios de Dios», de las pruebas del agua y el fuego: y a menudo por razones insignificantes.
El poeta italiano Matteo Bandello escribe en el siglo XVI: «Éste mató a su mujer porque sospechaba (!) de su infidelidad; ése estranguló a su hija porque se había casado en secreto; aquél, en fin, hizo matar a su hermana ¡porque no se quería casar de acuerdo con su criterio! Es una gran crueldad que todos queramos hacer lo que se nos ocurre y a las pobres mujeres no les esté permitido lo mismo. Si ellas hacen algo que nos disgusta, ahí estamos nosotros de inmediato, con la soga, el puñal o el veneno en la mano». O con el cinturón de castidad, ese ingenioso instrumento que los cristianos colocaron a sus mujeres desde el siglo XIII para ayudarlas a respetar la fidelidad conyugal y que, aunque permitía orinar y defecar, impedía, en cambio, —o pretendía impedir— el acceso a las «puertas demoníacas». Sólo lo pretendía, porque mientras los hombres estaban de viaje o luchaban en lejanas cruzadas —con la ayuda de muchas prostitutas (infra)—, las llaves de entrada al «harén de los cristianos» circulaban de mano en mano. En Occidente, el artilugio se generalizó en los siglos XV y XVI; su perfección técnica fue cada vez mayor y a veces los aficionados al arte los adornaron con preciosas piezas de orfebrería. En la católica España, las mujeres los llevaron hasta principios del siglo XIX (6).
Además, el hombre tuvo derecho a azotar a su esposa durante toda la Edad Media. Era su juez y podía recurrir a los castigos más extremos;
como ilustra la literatura de la época, podía pegarla, azotarla y aplicarle garfios «hasta que la sangre» brotara «de cien heridas» o hasta que se derrumbara «como muerta». Ella, en cambio, debía temerle, honrarle y amarle tiernamente.
Incluso durante la era de la courtoisie, del amor cortés —que, si no mejoró la situación jurídica de la mujer noble, al menos hizo más llevadera su suerte—, el caballero podía zurrar a su esposa casi siempre que quería, con tal de que no le rompiera ningún miembro. Un estatuto de la ciudad de Villefranche, en el siglo XIII, no tiene reparos en permitir las palizas, «siempre que ella no muera». Y en Baviera, donde la mujer siguió estando sometida al «derecho punitivo menor» hasta 1900, el código de derecho municipal de Ruprecht de Freising (1328) pretendía que sólo se castigara al marido que hubiese matado a golpes a su costilla «inmerecidamente».
La justicia profana intervenía normalmente de mala gana. Un código de Passau, de la baja Edad Media, establece que «lo que un hombre tiene que tratar con su esposa no es de la incumbencia de ningún tribunal secular y sólo comporta penas espirituales». Y en Bresiau, un marido que fue demandado por crueldad en el siglo XIV tuvo que prometer que «en lo sucesivo sólo pegaría y castigaría ¿a su pareja? con vara, lo que es suficiente y corresponde a un hombre de bien, según la lealtad y la fe»... ¡según la fe, sobre todo!
Pues aparte de que la teología moral ha sostenido la communis opinio —también en la edad moderna— de que, en la familia, el «mando» sólo le corresponde a una persona, esto es, al padre, los azotes a la mujer también fueron respaldados canónicamente, y este derecho del hombre se vio favorecido en toda su extensión. Según Tomás de Aquino (cf. supra), el hombre sólo debía acudir a los tribunales en caso de repudio o de homicidio. El Corpus Juris Canonici, el código vigente en la Iglesia Católica hasta 1918, obligaba a la mujer a seguir a su marido a todas partes; este último podía declarar nulas las promesas de su mujer; también podía golpearla, encerrarla, atarla y obligarla a ayunar (7).
Incluso hoy en día, cierto moralista romano —que, por principio, prohibe al hombre pegar a su mujer— entendería el castigo si se tratara de «rudas costumbres populares en las que le fuera reconocido tal 'derecho' al hombre y éste lo usara como medio de educación extremo». Al contrario: el confesor no se dejará enredar por las quejas, «en especial de la mujer», sino que deber exhortar, «en especial a la mujer», a «hacer antes todo lo posible para que el hombre encuentre la casa bonita y agradable».
O sea, que se sigue dando licencia para algún palo que otro... aunque sea, por decirlo así, como concesión al folclore. Nada sorprendente, por cierto, en una institución que permitió durante siglos que se apaleara a las mujeres hasta dejarlas lisiadas; que las hizo quemar, ahogar, empalar y enterrar en vida; que las ató a los caballos para que las descuartizaran. (Únicamente se las libró de la horca: por decoro). Casi todas las barbaridades y vejaciones estaban bien vistas. Y en cambio ¿qué es lo que le parece al abogado moral de hoy en día la «peor degradación de la mujer»? ¡Qué otra cosa podría ser!: una relación sexual «anómala».
Así que ¿a quién le puede extrañar que Lutero también se pronunciara en favor del castigo corporal a las mujeres? ¿O que las excluyera de la ordenación sacerdotal y las mandara para sus casas? «Saca a las mujeres de sus tareas domésticas y no sirven para nada».
El poder del padre fue tan grande a lo largo de toda la Edad Media que el derecho secular y la teología moral le permitían vender a sus hijos en caso de necesidad. «Un hombre vende a su hijo con derecho si se ve obligado a ello por la necesidad» admite el código suabo, compuesto a finales del siglo XIII sobre la base del código alemán. El derecho medieval alemán no recoge en ningún momento el mundium materno. Incluso en caso de muerte del padre, el tutor de los hijos debía seguir siendo un hombre, puesto que la madre, que permanecía durante toda su vida bajo tutela, no podía representarlos ante la sociedad. La recepción del derecho romano, profundamente misógino, y del concepto de patria potestas, cerró el paso a una mayor influencia femenina, incipiente en el derecho alemán tardío, y acabó con cualquier restricción del poder del padre sobre la familia. «En él se dibujaba el perfil de Dios (...)».
Las hijas solteras o acababan en el convento o permanecían hasta su muerte en casa del padre, sometidas por completo a él. Al contrario de lo que ocurría con los hijos, no podían emanciparse y durante toda su vida carecían del derecho de disponer de patrimonio.
A comienzos de la edad moderna, los derechos de la mujer seguían siendo en muchos países completamente inexistentes. Ni siquiera la Revolución de 1789 mejoró la situación. Ellas se rebelan, sobre todo en Francia, pero inútilmente. Olympe des Gouges muere en el patíbulo. Otras, como la condesa de Salm, Flora Tristan o George Sand, continúan la lucha, apoyadas por los sansimonistas, cuyos elementos más extremistas se declaran devotos de la Gran Madre; la sociedad se burla de ellas, las persigue, las difama: la liberación femenina fracasa.
En Francia —donde el estadista e historiador Guillaume Guizot declara que «la Providencia ha destinado a la mujer al hogar (la Providencia fueron San Pablo y Lutero)—, todos los clubes femeninos son prohibidos en 1848, el «Año de la Mujer». Y el Code Napoleón, código civil vigente desde 1804, impide su emancipación durante el resto del siglo. La mujer carece de derechos políticos y subsiste el mundium matrimonial (X). Las francesas no consiguieron el derecho de voto activo y pasivo hasta 1945.
La situación en Inglaterra era, si cabe, aún peor. Unas pocas líneas de William Blackstone (muerto en 1780) a propósito de la Common Law esclarecen sus miserias. «Por medio del matrimonio», escribe este jurista considerado, todavía hoy, como una autoridad en cuestiones de derecho inglés, «hombre y mujer se convierten en una sola persona (!) ante la ley: es decir que, mientras dura el matrimonio, la existencia legal de la mujer queda suprimida (!) o, al menos, incorporada en la existencia del hombre y consolidada en ella (...) Ella está por debajo y obra según el impulso de él».
Por supuesto, ella también obraba a veces por cuenta propia, lo que no parece haber aumentado su cotización. A comienzos del siglo XIX, un arrendatario anunció en un diario londinense la pérdida de su caballo y. al día siguiente, la (fuga) de su mujer; ofreció cinco guineas por el hallazgo del animal y... cuatro chelines por la recuperación de su media naranja. La venta de mujeres, por medio de la cual la mujer se convertía en legítima esposa del comprador, fue legal en Inglaterra hasta 1884.
Como ya ha señalado anteriormente Kate Millett, según la Common Law vigente en el siglo XIX, la mujer anglosajona se sometía a una «muerte civil» cuando se casaba, pues renunciaba «en la practica a todos los derechos humanos, como el criminal cuando lo encierran"; ante la ley estaba tan «muerta como los locos o los idiotas». Y Kit Moual escribe que. en aquel momento, la inglesa estaba al nivel «de los criminales, los enlermos mentales y los insolventes:". No podía participar en las elecciones ni ejercer una prolesión liberal; no podía firmar papeles ni atestiguar ante un tribunal; no podía controlar sus ingresos ni adminisliar sus bienes. Todo lo que ganaba durante el matrimonio pasaba a ser propiedad del hombre, al que la ley autorizaba expresamente a emplear la «fuerza física» o el «poder» contra ella. Hasta 1923, la esposa no tenía ninguna posibilidad de denunciar la infidelidad del marido, y hasta 1925. el derecho de tutela del padre prevalecía sobre el de la madre. Hasta entonces, la independencia legal de la mujer inglesa estuvo peor garantizada que la de la mujer babilonia en el Código de Hammurabi, aproximadamente del 1700 a.C.
En todo el siglo XIX. las posibilidades sociales y económicas de la mujer dependieron sobre lodo de la posición del marido, el padre o el hermano. Y, con la excepción de unas pocas gobernantes, el poder político se mantuvo exclusivamente en manos de hombres. En Baviera, por ejemplo, las mujeres sólo fueron autorizadas a participar en asambleas sobre asuntos públicos en1898.
Sin embargo, esta permanente subyugación de la mujer y el triunfo del «sexo fuerte», después de 1848 tuvieron una devastadora influencia en el destino de la sociedad y, en especial, como subraya Friedrich Heer, en el creciente grado de neurosis del ambiente político. Las ideologías de los hombres, «su nacionalismo, su imperialismo, sus miedos y su odio son. hasta 1950, factores determinantes del expansionismo de Europa, de sus guerras internas y exteriores». Al igual que había ocurrido, por el lado francés, con George Sand, en el mundo germánico Bertha von Suttner, ganadora del premio Nobel de la Paz en 1905. fue objeto de burlas y libelos que la convirtieron en «pazberta» la «bruja de la paz» o la «furia de la paz». «Los hombres alemanes no pudieron oponer a esta mujer nada más que el Gran Berta, el gran cañón que apuntaba a París en 1914» (9).
No hace falta decir que el Occidente cristiano resultó aun más catastrófico para las mujeres de las clases inferiores.
Durante toda la Edad Media, los siervos fueron vendidos, cambiados y regalados por sus señores a voluntad. Los azotes eran una cosa cotidiana. Según la Lex Sálica, anotada por los monjes en el siglo VI, los golpes que podía recibir una ancilla oscilaban entre ciento veinte y doscientos cuarenta. En los serrallos de los conventos, las muchachas tenían que realizar toda clase de trabajos, desde esquilar ovejas y segar el lino hasta limpiar los establos, fregar, moler el grano o cultivar el campo. «Eran el capital de su señor, como las cabezas de ganado o las propiedades, y su trabajo representaba parte de la renta de la que el señor vivía».
En la edad moderna, muchas veces lo único que recibieron estas mujeres como compensación fue una alimentación paupérrima. Y, en adelante, su retribución siempre estuvo muy por debajo de la del hombre, que ya de por sí estaba bastante mal pagado. En la Prusia oriental de 1420, un criado recibía tres marcos de salario anual, y una doncella, uno. En una finca de Franconia de finales de la Edad Media, se pagaba entre cinco y ocho florines a los sirvientes y tres a las sirvientas. En la parroquia de Nuestra Señora de Ingolstadt, a comienzos del siglo XVI, los jornaleros cobraban de diez a catorce peniques al día. los picapedreros entre dieciséis y veinticuatro y las trabajadoras entre ocho y diez (un cerdo magro costaba entonces una libra ' ocho chelines ' doscientos cuarenta peniques).
A menudo, estas mujeres también eran siervas desde un punto de vista sexual, literalmente. En las cortes cristianas de los primeros siglos de la Edad Media, su libertad estaba casi tan limitada como en un harén musulmán. De igual manera, el serrallo de las grandes cortes señoriales servía al mismo tiempo como burdel para el señor, sus camaradas y sus invitados. Posteriormente, muchas sirvientas abandonaron los latifundios, formando el grupo social de las mujeres ambulantes, las putas proscritas de la Edad Media. Y, por supuesto, fueron estos serrallos los que dieron lugar a las mancebías estables, la mayoría de las cuales fueron conocidas por ese nombre: «serrallos».
Finalmente, las mujeres no libres sufrieron la vejación del jus primae noctis, que, a cambio del permiso matrimonial, concedía al señor el derecho al primer coito con la novia. Muchos burgueses de la edad moderna siguieron motejando a sus sirvientas como los «orinales del amo» porque estaban a su disposición durante toda la noche, como el orinal. Por la misma razón, muchas francesas llamaban a sus doncellas «les pissepots de nos maris».
En la ciudad, las jóvenes de las clases bajas sólo tenían, fundamentalmente, tres posibilidades de sobrevivir: el servicio doméstico, la prostitución y el convento. Pero ninguna de estas tres posibilidades ofrecía una vida soportable. Como tampoco lo hacía una cuarta eventualidad: el trabajo en el taller, que, por lo demás, entraba muy pocas veces en consideración y no estaba bien visto, sobre todo por la Iglesia (10).
Después de la Reforma, las mujeres fueron expulsadas de los oficios urbanos, pero en el primer capitalismo volvieron a ser explotadas con especial dureza. Su trabajo se contabilizó como aportación «adicional» a los ingresos familiares, lo que pudo justificarse en todo momento con la vieja idea cristiana de que la mujer pertenece al hogar.
En el siglo XIX, hubo muchos industriales que incluso prefirieron emplear energías femeninas. La explicación cínica: «Son más celosas en su trabajo y cobran menos sueldo». De ahí que murieran más jóvenes. La mitad de las trabajadoras de la seda enfermaban de tisis ¡antes de acabar la etapa de aprendizaje! En 1831, estas mujeres bregaban durante diecisiete horas al día. En los talleres de pasamanería de Lyon, algunas trabajaban «con las manos y con los pies al mismo tiempo, prácticamente colgadas de las correas».
El resultado de esta servidumbre fue la caída de los salarios masculinos. Con frecuencia, las mujeres expulsaban a los hombres del trabajo, de modo que ellos se quedaban en casa sentados mientras que ellas se dirigían a la fábrica para hacer lo mismo por menos dinero.
En Inglaterra, muchas veces las mujeres estaban sometidas a una explotación peor que la de la esclavitud antigua: Engeis encontró en Man-chester a infinidad de mujeres y niños harapientos, «tan sucios como los cerdos de las escombreras y las charcas». Como las galerías de las minas eran demasiado estrechas para los caballos, las «arrastradoras» remolcaban las vagonetas y llevaban cargas que pesaban entre cincuenta y ciento cincuenta kilos durante doce, catorce o dieciséis horas al día; y en casos excepcionales, más. El testimonio de una trabajadora en las minas de carbón de Littie Bolton comienza así: «Tengo un cinturón alrededor de la cintura y una cadena por entre las piernas y voy a cuatro patas». En el pozo en el que trabaja esta mujer de treinta y siete años, el agua le cubre los zuecos y a veces le llega hasta los muslos. «Ya no soy tan fuerte como antes ni puedo soportar tan bien el trabajo. He estado sacando carbón hasta dejarme la piel; el cinturón y la cadena son peores cuando estás embarazada. Mi marido me pega a menudo cuando no tengo ganas».
Estas mujeres, la mayoría de las cuales padecía deformación de pelvis, tenían que mantener el mismo ritmo de trabajo casi hasta el momento del parto, como confirma Heinrich Wilheim Bensen en 1847. «Habitualmente, la mujer vuelve a trabajar a pleno rendimiento ocho días después. El niño se queda en un cuarto sucio, sin espacio ni aire, languideciente a causa de una alimentación pobre y completamente inadecuada, adormilado por el aguardiente o el opio. Por consiguiente, muchos hijos de trabajadores se perdían en los primeros años (...)».
En una nota al pie de página de El Capital, Marx incluye la siguiente cita: «Herr E., un fabricante, me informó de que emplea exclusivamente a mujeres en sus talleres mecánicos; prefiere a mujeres casadas, sobre todo a las que dejan en casa una familia cuyo mantenimiento depende de ellas; éstas son más cuidadosas y dóciles que las solteras y apuran sus fuerzas hasta el límite para procurarse el necesario sustento». Por supuesto que muchas veces no se dudaba en recurrir a niños, que aun eran mucho más baratos y que a menudo morían extenuados.
Un informe del Departamento de Interior prusiano resume así la situación: «Una parte muy importante de nuestras trabajadoras gana unos salarios que no alcanzan a cubrir las mínimas necesidades vitales, razón por la cual se ven en el dilema de buscar un complemento en la prostitución o sucumbir a las ineludibles consecuencias de una ruina física y espiritual» (11).
Puesto que los poderosos vivían en buena medida de la ignorancia de las masas, los conocimientos que la mayoría recibía —y en especial las mujeres— eran sólo los imprescindibles, afirmación que las escasas excepciones no hacen sino corroborar. Hasta el siglo XX, la historia de la cultura ha sido cosa de los hombres.
Obviamente, en las cortes se educaba mejor a las muchachas; las chicas de la élite social aprendían a leer y escribir; pero incluso éstas —que, por lo demás, solían acabar como simples monjas— leían poco más que oraciones, catecismos y leyendas bíblicas. Y la mayoría restante se dedicaba a cuidar ocas o a trabajar en casa o en el campo, y morían siendo analfabetas. Incluso cuando algunos alardean de la educación de la mujer en la Edad Media, como todavía se sigue haciendo errónea y falazmente, admiten que «las mujeres (...) eran tenidas en cuenta sólo en casos aislados», que la religión cristiana quena educar a la mujer, «naturalmente (!), sólo hasta cierto punto» y «con el propósito expreso —y en principio exclusivo— de formarla desde el punto de vista religioso y moral» o, como también se dice, «puramente clerical».
Francisco Barberino, que se pregunta en tiempos de Felipe el Hermoso si será conveniente instruir a las hijas en la lectura y la escritura, responde con un rotundo «no». Y Lutero, defensor decidido del confinamiento de las mujeres en el hogar, opina que con una hora de clase al día es suficiente.
Hubo que esperar al Renacimiento, con la resurreción de la Antigüedad clásica y el reconocimiento de la personalidad, para que la situación de las mujeres se acercara a la de los hombres, sobre todo en Italia; entonces pudieron empezar a estudiar y, eventualmente, a enseñar. Como escribe un católico, «el ideal educativo que se defendía ya no era el ideal cristiano de la Edad Media (...)» Exacto.
Claro que la Iglesia siguió ponderando este ideal. Y así arruinó o descuidó gravemente la educación de las jóvenes —incluso cuando estaba en manos de monjas—, pudiendo invocar para ello a la Biblia: «No permito a la mujer que enseñe». Hasta el siglo XIX, la mujer estuvo excluida de la vida cultural tanto como de la vida política. Wilheim Busch podía bromear al respecto:
Ella está en su silla, todavía en bata, él está leyendo la prensa local, y mientras ella sigue haciendo calceta, él le cuenta sólo lo fundamental.
En el siglo XX, algunos países occidentales todavía excluían a las mujeres de los centros de enseñanza superior. La primera doctora en medicina de Nueva York obtuvo el título en 1849. Inglaterra, Suecia, Holanda, Rusia y Suiza no admitieron a las mujeres en la carrera de medicina hasta los años setenta —y entonces sólo con la oportuna autorización—; en Alemania hubo que esperar hasta 1889, y, aun entonces, a condición de obtener un permiso especial del ministro de Cultura, el rector y los respectivos profesores. Hasta 1920, Oxford siguió otorgando títulos diferentes a hombres y mujeres. Y en 1960 todavía había en Alemania 2.328 catedráticos frente a sólo trece catedráticas (12).
La difamación cristiana de la mujer y de su cuerpo también repercutió sobre las ciencias naturales, y en especial sobre la medicina. Ello obstaculizó la investigación sobre el cuerpo femenino y causó innumerables víctimas, tanto más teniendo en cuenta que la salud de la mujer —por razones comprensibles— era más endeble que la del hombre. Francois de la Boa, un destacado médico del siglo XVII, ya atribuía la propensión femenina a las enfermedades nerviosas más frecuentes, tan lacónica como atinadamente, a «que un ser que vive siempre sometido al hombre, por fuerza tiene que sentirse triste y temeroso y de ahí que enferme con tanta facilidad».
En la Edad Media era considerado «indecoroso» que un hombre asistiera en el parto a una mujer. La praxis correspondiente estaba casi exclusivamente en manos de las comadronas, aunque los libros que éstas empleaban habían sido escritos por hombres. Así que, por culpa del sentido cristiano de la vergüenza, la teoría y la práctica estuvieron separadas hasta el siglo XVII. Sólo entonces se difundieron las escuelas para comadronas, creándose también algunas cátedras de obstetricia.
La época de la Ilustración aportó la moderna asistencia sanitaria estatal, la higiene individual y la mejora de la posición social de la mujer, por lo que se la ha podido denominar, con toda justicia, como «el siglo de la mujer».
La ginecología también se aprovechó de ello. Es en ese momento cuando se estudia con más detenimiento la anatomía y la fisiología de la mujer, cuando se realizan las primeras investigaciones fundamentales sobre las diferencias entre el cuerpo masculino y el femenino y cuando John Hunter acuña el concepto de caracteres sexuales secundarios.
No obstante, siguió habiendo bastantes disparates de impronta religiosa muchas veces, hasta los médicos creían que la esterilidad estaba causada por elementos mágicos. El mismo Linneo —hijo de un predicador— omitió los órganos sexuales femeninos en su Tratado sobre la Naturaleza por considerarlos «algo horrible». Todavía a mediados del siglo XIX, Ferdinand Jahn, el reputado médico de la corte de Meiningen, compara la infección patológica con la reproducción sexual, con el proceso que comienza en los genitales femeninos después de la concepción; en todo ello subsiste algo del asco sexual de San Agustín: «ínter faeces et urinam nascimur» (supra).
En la Inglaterra victoriana, el reconocimiento riguroso de una mujer estaba poco menos que descartado. Las pacientes señalaban la localización de sus propios dolores gracias a unas muñecas que había en las consultas. El médico, en todo caso, podía palpar después los lugares correspondientes a través de la blusa y, por supuesto, sólo en presencia del marido o de la madre. En 1891, el inglés William Goodell describe su lucha contra la tradición de no operar a las mujeres menstruantes —puesto que desde tiempos inmemoriales se enseñaba y se creía que la presencia de estas mujeres «manchaba las fiestas religiosas y podía agriar la leche, interrumpir la fermentación del vino y acarrear mucha desgracia por doquier» (cf. infra)—. Y si en los siglos pasados ser un enfermo sexual era ya de por sí una tragedia en un hombre (exceptuado, hasta cierto punto, el tolerante siglo XVIII), en una mujer era un crimen (13).
Entretanto, Johann Jakob Bachofen (1815-1887) había descubierto el matriarcado. La primacía, hasta entonces casi indiscutida, del orden patriarcal, empezó a quebrarse, lo que influyó de modo notable en la investigación sociológica. La sociedad fue cada vez más consciente de la situación de la mujer, la apreció en sí misma y con el tiempo se produjo un cambio profundo, multiplicándose sus derechos políticos, sociales, económicos y sexuales; y todo ello, no por casualidad, en un momento en que el poder de la Iglesia no dejaba de disminuir.
Bajo el fascismo, con su inequívoca supremacía masculina, esta tendencia cambió de sentido. La emancipación de la mujer fue rigurosamente frenada y la propia mujer fue puesta al servicio, a la vez, del poder político y del marido, «aspirando a un reencuentro con la Iglesia, por el viejo respeto a la familia y siguiendo una larga tradición de esclavitud femenina».
La política sexual de los nazis, que hacían responsables al comunismo y al judaismo de la «libertad sexual» en la República de Weimar, estuvo en abierta sintonía con las máximas de la moral cristiana. La mujer fue de nuevo relegada al hogar: se le prohibió ejercer como juez y, en 1936, fue excluida de cualquier función en la administración de justicia; también fue apartada del Reichstag y, en cierto modo, quedó rebajada hasta la condición de yegua de cría. Y ambas cosas, la expulsión de la vida pública y la verborreica propaganda en favor de la maternidad, prolongaban la análoga idealización mística de la Iglesia: una fanática máquina de parir, en uno y otro caso.
El comunismo —que, de momento, sigue siendo para la Iglesia el movimiento anticlerical más odioso del siglo XX— concedió a la mujer, al menos, la igualdad económica: en Rusia, recibe el mismo salario que el hombre. Pero la moral sexual soviética es en algunos aspectos tan pacata como la católica. Está claro que hay afinidades en ambos sistemas y que, de hecho, no existe igualdad sexual ni allí ni en ninguna parte.
Y es que, todavía hoy, la situación psicológica de la mujer —y no sólo su situación psicológica— sigue siendo más conflictiva que la del hombre. Como en la época de Engeis, la familia se sigue basando, hoy en día, en la «esclavitud doméstica» de la mujer; el hombre representa a la «burguesía», la mujer al «proletariado». La antigua categoría de la mujer como bien mueble sigue estando detrás del hecho de que pierda el nombre al casarse o que tenga que adoptar el domicilio del hombre. Hasta mediados de este siglo, en países como España y Portugal, la mujer no puede, sin permiso de su marido, ni participar en causas civiles, ni adquirir nada, aunque sea gratis. En España, la hija no puede abandonar el domicilio paterno antes de cumplir veinticinco años si no es para ingresar en un convento o para casarse, con lo que la Iglesia y el marido son sus señores absolutos.
En las sociedades de muchos países, la mujer sigue ocupando una categoría inferior, como se muestra en casi todos los ámbitos: la economía, la política y la religión. Jefas de gobierno han sido una excepción, incluso en la Europa democrática.
En el mercado de trabajo, la mujer sigue estando, en la mayoría de los casos, muy mal pagada. En Suecia, donde, grosso modo, tiene los mismos derechos que el hombre, gana una tercera parte menos que éste; y en muchos otros países occidentales, en especial en España y los Estados Unidos, la diferencia es de la mitad, ya que se topan con mayores obstáculos para acceder a los trabajos mejor pagados y a los puestos de mayor responsabilidad.
Sólo un 6% de los integrantes del Bundestag son mujeres; en el Comité Central del PCUS son aproximadamente el 3%, en el Congreso americano entre el 1 y el 2%, y el Senado es en la actualidad un gremio puramente masculino. Incluso en la ONU —que siempre ha combatido la desigualdad de la mujer y que en 1968 constató por unanimidad que seguía existiendo una «grave discriminación»—, sólo seis de los doscientos cuarenta y cinco puestos dirigentes están ocupados por mujeres.
Últimamente, los únicos países que han tenido o siguen teniendo jefas de gobierno son no cristianos: India, Ceilán, Israel.
En la Iglesia, la mujer cuenta aun menos que en la economía y la política. No tiene ninguna forma de acceder a la jerarquía; según un católico, su necesaria «liberación» sólo es «tomada en consideración por unos pocos teólogos», lo que quiere decir que sólo es... deseada. Entre increpaciones y burlas, se hace referencia a que muchas chicas «se consideran demasiado buenas para trabajar en casa. Para ellas, ese trabajo no es lo bastante intelectual, ni importante, ni destacado, ni lucrativo. Sus (necios) pensamientos vuelan más alto: querrían algo científico, artístico, creativo, o al menos comercial». Y eso que, «ante Dios (...), un trapo es tan precioso como un mantel de seda. ¿No era acaso la Madre de Cristo una 'simple' ama de casa, inculta e insignificante?» (14).
Sí, así es como les gustaría a muchos que siguiera siendo la mujer. Viviendo en habitaciones pequeñas llenas de crios. Y, a partir de los treinta, casta como la Virgen.