ODAS

HORACIO

LIBRO I

ODA PRIMERA

Mecenas, estirpe de antiguos reyes, ¡oh mi refugio, mi apacible gloria! Hay quienes encuentran placer en haberse cubierto en la carrera con el polvo olímpico. Y la meta, perseguida por las ruedas ardientes de su carro y la codicia de las palmas triunfales los eleva a los dioses, dueños de la Tierra.

Este otro se regocija si la turba inconstante de los ciudadanos, produciéndose a porfía, le hace subir el triple escalón de los honores.

Huélgase aquel otro si encierra previsor en sus silos todo el grano recogido en las eras líbicas. A aquel, cuyo gozo es labrar con el azadón los campos de sus mayores, jamás, ni aun pagándole todo el oro de Atalo, se le arrancará de allí para llevarlo, marino temeroso, a surcar con nave de Chipre el mar de Mirtos.

Cuando el Abrego lucha con las olas icarias, el mercader espantado añora la quietud apacible y el campo de su aldea; mas pronto repara las averías de sus embarcaciones, pues no se resigna a padecer miseria. He aquí uno que no desdeña las copas de un Másico añejo y gustosamente consume una parte del día ya tendido su cuerpo bajo el verde madroño, ya cerca del armonioso brotar de un manantial sagrado.

Muchos encuentran placer en el campamento, en los acentos confundidos del clarín y de la trompeta, en los com­bates que las madres maldicen.

El cazador permanece a cielo abierto olvidado de su joven esposa sí sus fieles perros han venteado un ciervo, o un jabalí marso ha roto las redes de fina malla.

A mí la hiedra, recompensa de las doctas frentes, me mezcla con los dioses del cielo; a mí el umbrío bosque, y los coros de leves ninfas con los sátiros, me separan del pueblo, con tal que Euterpe no haga callar sus flautas y Polimnia no se niegue a concederme la lira de Lesbos.

Mas si tú me concedes un lugar entre los líricos inspirados, tocaré los astros con altiva frente.

II

Ya el padre de los dioses ha hecho caer bastante granizo sobre la tierra y, batiendo con su diestra enrojecida las sa­gradas colinas, atemorizó a la ciudad.

Horrorizó a las naciones el pensamiento de que volviera el duro siglo en que Pirra lamentaba prodigios nunca oídos, cuando Proteo llevó su ganado marino a recorrer los eleva­dos montes; cuando los peces se posaron en las ramas de los olmos en donde las torcaces habían tenido su morada familiar, cuando sobre la llanura rasa de las aguas nadaron los tímidos corzos.

Yo he visto el Tiber, enturbiado de amarillo, llevando con violencia sus ondas por la ribera etrusca, irse a abatir el monumento de un rey y el templo de Vesta; mientras que, demasiado celoso ante los llantos de Ilia de mostrarse vengador, el río, marido sumiso, vaga y se extiende por la orilla izquierda sin permiso de Júpiter.

Ella sabía que nosotros, ciudadanos, hemos afilado el hierro que mejor debiera haber exterminado a los Persas temibles; sabía nuestras luchas la juventud esclarecida por la falta de sus padres.

¿A cuál de los dioses invocará el Pueblo en socorro del Imperio que se tambalea y con qué ruegos fatigará a las sa­gradas vírgenes de Vesta, sorda a sus fórmulas rituales:

;A quién dará Júpiter la misión de expiar el crimen? Ven por fin, te suplicamos, cubriendo con una nube tus hombros resplandecientes, profeta Apolo.

O, si lo prefieres, ven tú, riente Ericina, que en tu vuelo vas ceñida por el Fuego y el Deseo. O tú, si inclinas tus ojos sobre tu raza despreciada y sobre tus nietos, padre Marte.

Ya saciada, ¡ay!, de juegos largos en demasía; tú, a quien agradan los gritos, los carros brillantes y la mirada terrible del infante númida contra su enemigo ensangrentado.

Ven tú, dios alado que, cambiando de figura, vistes sobre la tierra los rasgos de un mancebo y aceptas, hijo de la bienhechora Maya, ser llamado vengador de César.

Retrasa por mucho tiempo tu retorno al cielo, prolonga gozoso tu estancia entre el pueblo de Quirino y que en tu cólera contra sus vicios no te nos lleve una brisa demasiado rápida.

Gózate aquí mejor con los triunfos grandes; complácete con los nombres de padre y de príncipe, y no permitas que los Medos cabalguen impunes mientras vivamos, César, bajo tu mando.

III

¡Ojalá quiera la diosa soberana de Chipre y los herma­nos de Helena, Castor y Polux astros luminosos, y Eolo, el padre de los vientos que a todos encadena menos al Yapix, guiarte, nave que me debes a Virgilio a ti confiado! ¡Vuélvele sin daño, te lo ruego, de los confines áticos, y conserva a esta mitad de mi alma!

Dureza de roble y triple lámina de bronce ceñida al pe­cho, de aquel que encomendó primero el quebradizo esquife a la sabia de los mares, y no temió la fuerza impetuosa del Abrego en choque con los Aquilones, ni a las siniestras Hiadas, ni la rabia del Noto, señor sin rival del Adriático, cuyo capricho revuelve y aplaca las aguas. ¿Qué acometida de la Muerte temió aquel que con secos ojos pudo ver los monstruos nadadores, la mar embravecida y los escollos tristemente célebres de Acroceraunia? De nada sirvió a un dios, en su providencia, poner entre las tierras para des­unirlas, la barrera del Océano, ya que, pese a todo, impías naves franquean la extensión inviolable de las aguas. En su audacia para desafiarlo todo, el linaje humano se lanza por la ruta prohibida del sacrilegio. En su audacia, el hijo de Prometeo trajo, por desdichado engaño, el fuego a la humani­dad, y en pos del fuego arrebatado a la mansión eterna, se abatió sobre la tierra la consunción con nuevo cortejo de fiebre. ¡Y la muerte, replegada y lenta hasta entonces, aceleró su paso!

Dédalo se aventuró en el vacío del aire con alas vedadas al hombre, forzar el Aqueronte fue uno de los trabajos de Hércules. Ya no hay para los mortales nada demasiado alto.

Nuestro desatino pretende tocar el cielo y no permite que Júpiter deponga sus irritados rayos.

IV

El crudo invierno se dulcifica con el blanco retorno de la primavera y de Fevonio; los rodillos hacen deslizarse al mar las barcas enjutas; el ganado no se goza ya en los esta­blos ni el campesino junto al fuego; las praderas no enca­necen con la blanca escarcha. Ya Venus Citerea conduce su carro bajo la alta Luna y, unidas a las Ninfas, las gra­cias encantadoras golpean la tierra en alternado ritmo mientras que el rutilante Vulcano visita las forjas laboriosas de los Cíclopes.

Ahora es tiempo de enlazar nuestros lustrosos cabellos con el mirto verde o con los flores que producen la espon­josa tierra; ahora es tiempo de sacrificar a Fauno, bajo la sombra de los bosques sagrados, una cordera o al menos, y si así lo prefiere, un cabrito.

V

¿Qué esbelto mancebo entre profusión de rosas y bañado de líquidos perfumes te abraza, Pirra, en el fondo de placen­tera gruta? ¿Para quién trenzas tu rubia cabellera, con co­queta sencillez? ¡Cuántas veces, ay, llorará los cambios de tu fidelidad y de los dioses, e inexperto se asombrará de ver el mar turbado por negras tormentas!

¡El que, ahora crédulo, se goza en tu beldad de oro, y que te espera toda para sí, siempre amante, y no sabe de las traiciones de la brisa, otros desdichados.

¡Infelices los que no han aprendido lo que oculta la belle­za! En cuanto a mí, una tabla votiva sobre el sagrado muro atestigua que he consagrado mis vestidos empapados al dios soberano del mar.

VI

Será celebrado por Vario, águila del canto moenio, tu coraje, y él cantará tus victorias sobre el enemigo por todas las batallas que por mar o a caballo los fieros soldados han librado bajo tu mando.

Mas yo, Agripa, no intento cantar estas cosas ni la te­rrible cólera del inflexible hijo de Peleo, ni las correrías por mar del astuto Ulises ni los horrores de la casa de Penélope.

Débil como soy, no intento empeños sublimes porque el pudor y la Musa que reina sobre mi lira pacífica me impiden menoscabar, por falta de ingenio, los méritos del gran César y los tuyos.

¿Quién celebrará dignamente a Marte, vestido de acero, o a Marión, ennegrecido de polvo troyano, o al hijo de Tideo, igual a los dioses del cielo con la ayuda de Palas,

Yo canto los banquetes, y las luchas en que las muchachas se debaten con afiladas uñas contra los mancebos. Esto es lo que yo canto cuando mi corazón está vacío cíe fuego o cuando, ligero como siempre, se abrase por algo.

VII

Otros alabarán la luminosa Rodas, o Mitilene o Meso; o los muros de Corinto, que dan a dos mares, o a Tebas, en­noblecida por Baco; o a Delfos, ilustrado por Apolo, o los valles de Tesalia. Hay otros cuya única tarea es la de celebrar a todo lo largo de un poema la ciudad de Palas, la inviolada, y de cosechar por doquiera los ramos de olivo, con que ce­ñir su frente. Muchos llamarán a Argos, en honor de Juno, productora de caballos, y a Micenas, rica.

A mi espíritu, ni el sufrido espartano ni los campos de la opulenta Larisa de Tesalia, han impresionado tanto como el rumor de la fuente Albunea o el Anio, que se precipita en cascadas. O el bosque sagrado de Tiburno, o los pomares que riegan inquietos arroyuelos.

Y así corno el claro Noto con frecuencia limpia las nubes en el oscuro cielo y no provoca sin fin las lluvias, así tú, Planco, sé prudente; acuérdate de poner un límite a su tris­teza y a las penas de la vida en el dulzor del vino, ya te re­tenga aún el campamento en donde brillan las enseñas o la sombra densa de tu finca de Tibur.

Se dice que Teucro, al huir de Salamina y de su padre, ciñó con una corona de hojas de álamo sus sienes humedecidas por el licor lieo, y habló de este modo a sus entristecidos amigos: "Adónde quiera que nos deba llevar la Fortuna, menos dura que mi padre, allá iremos, camaradas y compañeros míos. No hay porqué desesperar teniendo a Tenero por jefe y bajo sus auspicios, pues el infalible Apolo ha prometido que sobre una tierra nueva habrá otra Salamina bajo el mismo nombre. ¡Oh bravos varones, oh guerreros que muchas veces conmigo habéis corrido peores pruebas! Que el vino ahuyente ahora vuestros cuidados! Mañana saldremos de nuevo por la in­mensa llanura del mar".

VIII

Dime Lidia, te ruego en hombre de todos los dioses, ¿por qué te empeñas en causar con tu amor la perdición de Sibaris? ¿Por qué ha tomado odio al soleado Campo de Mar­te luego de tanto soportar el polvo y el sol? ¿Por qué no ca­balga entre los jóvenes corno él en edad del servicio militar? ¿Por qué no tasca la boca de un caballo galo con dentado freno? ¿Por qué teme el contacto del amarillo Tiber? ¿Por qué evita el aceite más cautamente que si se tratase de la sangre de una víbora? ¿Por qué no se amoratan sus brazos bajo el peso de las armas, el mismo que sobresalió a menu­do lanzando el disco y la jabalina más allá de la meta? ¿Por qué vive escondido, como Aquiles, el hijo de la marina Tetis, temeroso de que su atuendo varonil le arrojase a la matanza de los batallones Lios.

IX

¿Ves cómo el Soracte se yergue blanco de nieve espe­sa, como las selvas no pueden soportar el peso que las fatiga, como los arroyos han detenido sus aguas bajo el agudo hielo?

Disipa el frío poniendo con largueza leños en el hogar y sé más liberal, Toliarco, y saca el vino de cuatro años con­servado en tinajas sabinas de dos asas.

Deja a los dioses lo demás: ellos abatieron los viento que luchan sobre el mar hirviente y que agitan los cipreses y los vientos olmos.

Evita inquirir lo que sucederá mañana, y cualquiera que sea el día que te depare la suerte, Toliarco, ponlo entre tus ganancias. No desdeñes, muchacho como eres, los dulces amores y las danzas, en tanto que tu edad en flor se mantiene lejos de la vejez canosa y tarda. Ahora hay que buscar el Campo de Marte y las plazas, y también a una hora conve­nida, los dulces coloquios nocturnos.

Busca la risa grata que denuncia a la doncella desde el rincón apartado en que se oculta, y la prenda de amor qui­tada a su brazo o a su dedo que ofrece débil resistencia.

X

Mercurio, nieto del elocuente Atlante, tú, que viendo las costumbres feroces de los hombres nuevos sobre la tierra, acudiste hábil a pulirles con la palabra y con el uso de la palestra que embellece; es a ti a quien cantaré, mensajero del gran Júpiter y de todos los dioses; padre de la corva lira, hábil en ocultar con un gracioso engaño todo lo que te vie­ne en gana; te canto a ti que, una vez con astucia robaste las vacas de Apolo y, en el momento en que él te amenazaba con voz terrible si no las restituías, desposeíste al dios de su aljaba y de buen grado rompió a reír.

También bajo tu guía, el viejo Príamo pudo, al abando­nar ilion, engañar a los orgullosos atridas y los fuegos de Tesalia y el cerco inicuo de Troya.

Eres tú quien pone a las almas piadosas en bienaventuradas mansiones y bajo tu vara de oro riges la turba de vanas sombras, grata a los dioses celestes e infernales.

XI

No quieras asaber, pues ello nos está vedado, qué fin, Liconoe, han señalado para mí y para ti los dioses. Y no interro­gues a los cálculos babilónicos. ¡Cuánto mejor es sufrir todo lo que pueda suceder! Y ora Júpiter te conceda más de un in­vierno, ora sea éste el último que ahora quebranta el mar Ti­rreno contra los acantilados de desgastadas rocas, sé pruden­te. Filtra tus vinos y, ya que la vida es corta, ajusta esperanza larga. Mientras hablamos, el tiempo celoso huyó. Atiende al día presente, y no te fíes lo más mínimo del porvenir.

XII

¿Qué hombre o qué héroe te propones, Clio, celebrar con la lira o con la aguda flauta? ¿Qué dios vas a cantar cuyo nombre el festivo Eco devuelva, ya en las regiones sombrías del Helicón, ya en el Pirado o en el Hemo helado, donde los bosques siguieron atropella­damente al armonioso Orfeo, el cual, por arte materno, deja en suspenso la carrera precipitada de los ríos y la agilidad de los vientos? ¿A quién reservas las caricias en las cuerdas sonoras de tu lira para dar oídos a las encinas y llevarlas tras de sí?

,Qué diré antes del acostumbrado elogio del dios, tu padre, que gobierna las cosas humanas y divinas, y que con la variedad de las estaciones templa el mar, la tierra y el cielo?

De él nada nace más grande que él mismo, y nada tiene Vigor que se asemeje a lo que tiene por segundo. Sin em­bargo, los de Palas serán los honores más próximo a él.

No callaré tus alabanzas, Baco, audaz en el combate. Ni te omitiré a ti, Diana, virgen enemiga de las crueles bestias salvajes. Ni a ti, Febo, que te haces temer por tu flecha cer­tera.

Cantaré también a Alcides y a los hijos de Leda, célebres uno por las victorias de sus caballos y el otro por la fuerza de sus puños. Su estrella clara, tan pronto como se ofrece res­plandeciente a los marineros, hace fluir de las rocas alterada el agua. Huyen las nubes y sobre el mar se aplacan, por que así lo quisieron, las amenazadoras olas.

¿Nombraré después de estos primero a Rómulo y el rei­no pacífico de Pompilio? ¿Acaso cantaré las antorchas so­berbias de Tarquino o la noble muerte de Catón? Aún lo estoy dudando.

Ni Camena agradecida tendrá altos acentos para cantar a Rómulo y a los Escauros y a Paulo, pródigo de su gran alma después de ser vencido por Cartago. Y a Fabricio.

A éste y a Curión, de revueltos cabellos. Y a Camilo, la penuria ignorada, la heredad de sus mayores y el hogar modesto les hicieron útiles para la guerra.

El renombre de Maecelo crece como un árbol por la ac­ción secreta del tiempo. Luce entre todas las glorias la estrella de Julio como brilla la luna entre las estrellas menores.

¡Padre y guardián de la raza humana, hijo de Saturno! Los hados te han dado el cuidado del gran César, que reina después de ti.

Lo mismo que cuando domeña y lleva en triunfo legítimo a los Partos que al amenazar el Lacio o someter a los Seras y a los Indios situados en los confines del Oriente.

Por debajo de ti gobernará equitativamente el mundo gozoso. Tú desquiciarás el Olimpo bajo el peso de tu carro terrible. Tú lanzarás rayos enemigos sobre los sagrados bosques profanados.

XIII

Cuando tú, Lidia, ensalzas a Télefo y su hermoso cuello de rosa y sus brazos de cérea blancura, ¡ay! mi hígado hierve y se hincha con una bilis incómoda. Entonces ni mi espíri­tu ni m¡ color guardan su justo lugar, y las lágrimas resbalan furtivas por mis mejillas y denuncian con qué hondura me consumen obstinados ardores. Me abraso con el vino las violencias de las peleas si han maltratado tus hombros es­pléndidos, y si el mancebo en sus transportes ha impreso con sus dientes una huella indeleble en tus labios.

No. Si quieres escucharme, no esperes que sea constante el bárbaro que martiriza esa dulce boquita que Venus im­pregnó con la quinta esencia de su néctar. Dichosos, ¡ay!, tres y mil veces aquellos a quienes ata un lazo indisoluble; ¡aquellos a quienes no desunirá hasta el día supremo un amor que vengan a romper las malvadas querellas!

XIV

Nuevas olas, ¡oh nave!, te llevarán por los mares. ¡Ay! ;Qué haces? Ampárate resueltamente en el puerto. ¿No ves cómo tus costados están desguarnecidos de remos y tu mástil herido por el raudo Abrego y cómo tus antenas gimen? ¿Cómo, privada de cordajes, tu quilla puede apenas resistir los caprichos demasiado imperiosos del oleaje?

No tienes tus velas intactas ni dioses que invocar si la desventura te acosa. Aunque seas, pino del Ponto, hijo de una selva ilustre, no puedes vanagloriarte de un nacimiento y de un nombre inútiles. Ninguna confianza, cuando el marino tiene miedo, le inspira una popa pintada.

¡Oh tú, antes m¡ inquietud y mi enojo, ahora objeto de mi amor y de mi preocupación no ligera! Evita las olas em­bravecidas que rodean las Cícladas brillantes.

XV

Mientras el pérfido pastor arrastraba por sobre los mares en bajeles idalios, a Helena, su huésped, Nereo contuvo en indócil calma a los vientos, para profetizar fieros destinos:

"Con desdichado presagio te llevas a aquella que, con miles de soldados, vendrá a reclamarte Grecia, conjurada para romper tu matrimonio y el viejo imperio de Príamo.

¡Ay, ay! ¡Cuánto sudor han de verter los caballos y los hombres! ¡Qué matanzas aprestas a la nación dárdana! Ya Palas prepara su casco y su égida, su carro y su rabia.

En vano, orgulloso con el favor de Venus, peinarás tus cabellos ensortijados y distribuirás en tu lira pacífica las notas de tus canciones, gratas a las mujeres; en vano, en la cámara nupcial, querrás evitar las pesadas jabalinas y las flechas aguzadas de Cnoso y el estruendo guerrero y a Ayax, presto a perse­guirte. Terminarás, tardíamente ¡ay!, por manchar de polvo tus adúlteros cabellos.

¿No ves, tras de ti, a Ulises, hijo de Laertes y destruc­ción de tu gente, y a Nestor, rey de Pilos? Ya te acosan impávidos Ténero el de Salamina y Esténelo, tan diestro en el combate; y hábil auriga, si es preciso gobernar los caballos, también conocerás a Merión. He aquí que arde por descubrirte el terrible Diomedes, hijo de Tideo, más valiente que su padre.

Tú, como el ciervo que ha visto al lobo en la otra ladera del valle y ya no se acuerda de la hierba, le huirás cobarde. No eran esas las promesas que habías hecho a tu amada.

En su cólera, Aquiles y su flota dilatarán el día para Ilión y las matronas frigias: pero transcurrido el número señalado de inviernos, el fuego incontenible abrasará las moradas de Trova.

XVI

¡Oh, hija hermosa más que tu madre! Puedes poner a mis yambos acusadores el término que quieras: arrójalos al fue­go o, si lo prefieres, tíralos al Adriático.

Ni la diosa de Díndimo ni en sus santuarios el dios Pitio

y Apolo agitan al mismo tiempo el espíritu de sus sacerdotes, ni los coribantes redoblan sus golpes contra el bronce so­noro, como la sombría cólera que no desvían ni la espada de Norica, ni el mar lleno de naufragios ni el fuego cruel ni el mismo Júpiter precipitándose en estruendo.

Se cuenta que Prometeo, obligado a agregar al primer barro partículas tomadas de unos y otros seres, puso en nuestro pecho la violencia que arrancó de un león furioso.

La cólera abatió a Tiestes con irreparable daño y fue la causa primera de que altas ciudades pereciera desde su ci­mientos, e hizo que un ejército ensoberbecido por la victoria clavase el arado enemigo sobre las ruinas de sus murallas. Calma tu enojo: yo también experimenté en la dulce época de la juventud el hervor del corazón y me ha llevado furioso a los rápidos yambos.

Ahora yo deseo mudar en dulzor la aspereza, mas es preciso que vuelvas a ser mi amiga y me devuelvas mi alma, pues que yo me retracto de mis ultrajes.

XVII

Ágil Fauno: deja frecuentemente el Liceo por el grato Lucretil y sin cesar defiende mis cabras del abrasador estío y de los vientos lluviosos.

Impunemente, en la seguridad del bosque, buscan apartadas de las sendas, los madroños escondidos y el tomillo estas esposas de un maloliente macho, sin temor a las verdes culebras.

Los apriscos no tiemblan a los lobos de Marte siempre que la siringa armoniosa hace resonar, Tíndaro, los valles y las rocas pulidas del inclinado Ustica.

Los dioses me guardan y a ellos son gratas mi piedad y mi mesa. Para ti correrá aquí, en mi heredad, la Abundancia hasta rebasar pródigamente con su cuerno generoso los ricos bienes de los campos:

aquí, en la profundidad de este valle, evitarás los ardores de la canícula, y con la lira de Teos cantarás los amores que por Ulises sintieron Penélope y la marina Circe;

aquí, a la sombra, saborearás copas de un Lesbos in­ofensivo; no verás a Semeleyo Tioneo trabar combates con Marte y no tendrás que temer recelosa que el brutal

Ciro, enemigo enfadosamente desigual, ponga sobre ti sus manos atrevidas y rasgue la corona ceñida a tus cabellos y tu vestido sin culpa.

XVIII

No plantes, Varo, ningún árbol antes que la viña sagrada en la región del Tibur dé dulce suelo junto a los muros de Catilo. Porque la divinidad no ha reservado para los sobrios nada más que adversidades, y no hay otro medio de ahu­yentar las roedoras preocupaciones. ¿Quién, después de haber bebido, comenta las duras pruebas de la milicia o de la miseria? ¿Quién, en cambio, no os cantará a ti, Baco, nuestro padre, y a ti, graciosa Venus?

Y que nadie debe pasar la medida de los dones de Baco es la lección que nos da la mortal pelea de los Centauros y los Lapitas. librada por causa del vino que envió el dios Baco a los Sitonios cuando la intemperancia no opone a las pasio­nes más que tina simple barrera para distinguir lo que los dioses permiten y lo que prohiben. No. Yo, resplandeciente Baco Basareo, yo no te provocaré contra tu voluntad ni sa­caré a la faz del día estos objetos que cubren abundante fo­llaje. Frena los salvajes tímpanos mezclados a la trompeta berecintia que siguen como en cortejo al ciego amor propio, y frena la jactancia que encumbra más de la cuenta las huecas testas; frena la fe que prodiga los secretos y que es más transparente que el vidrio.

XIX

Venus, madre cruel de los deseos, y Baco, hijo de la te­bana Sémele y la Licencia lasciva, me ordenan que vuelva mi corazón a fenecidos amores. Ardo por la belleza radiosa de Glícera más espléndida que el mármol de Paros; me abrasa su grata altivez y su rostro demasiado peligroso a quien lo contempla. Venus, derramándose toda entera en mí, ha desertado de Chipre y no consiente que cante a los Escitas ni a los valerosos Partos que fingen huir peleando, ni nada que no concierna a ella.

Ponedme aquí, muchachos, un montón de césped tierno; poned mirtos, incienso y una pátera con vino puro de dos años, Venus se ablandará con el sacrificio de una víctima.

XX

Beberás en modestas tazas un vino sabino de poco precio que yo mismo he envasado y encerrado en tinaja griega cuando en el teatro te fue tributada.

¡Oh tú, noble caballero, caro Mecenas!, una ovación tal que las orillas de tu río patrio, junto con el eco gozoso del monte Vaticano, repitieron a una tus alabanzas.

Tú beberás el vino Cécubo, y el sano jugo de las uvas que ha exprimido una prensa de Galeno. En cuanto a mí, los caldos de mis copas nada deben a las viñas de Falerno ni a las colinas de Formio.

XXI

Cantad a Diana, tiernas doncellas; cantad, mancebos, al dios Cintio de abundosos cabellos, y a Latona, profunda­mente amada de Júpiter soberano.

Ensalzad, doncellas, a la diosa que goza con las flores y con la cabellera de los bosques erguida sobre el helado Ál­gido o entre los sombríos bosques de Erimanto, o de Crago verdegueante, montañas consagradas a Diana.

Y vosotros, mancebos, alabad con otros tantos loores a Tempe y Delos, cuna de Apolo de cuyos hombros penden el carcaj y la lira regalo de Hermes, su hermano.

Él alejará la guerra y su cortejo de lágrimas, apartará las miserias del hambre y de la peste lejos de nuestro pueblo y de César, nuestro príncipe, y las echará sobre los Persas y sobre los Bretones porque vuestras preces le conmoverán.

XXII

El hombre de vida intachable y limpio de culpa no ne­cesita, Fusco, de dardos ni de arcos moriscos ni de pesada aljaba de envenenadas flechas, ya se apreste a viajar a través de las Sirtes hirvientes o del inhóspito Cáucaso o de los lugares que lame el fabuloso Hidaspes.

En efecto, cuando en el bosque Sabino yo cantaba a mi Lálage y libre de cuidados me extraviaba fuera de sus lindes, ante mi un lobo sabino saltó huyendo... Yo estaba desar­mado.

Era un monstruo como la guerrera Apulia no alimentó en sus vastas sierras, como no lo produce la tierra de Juba, seca nodriza de leones.

Ponme en las llanuras perezosas en que ningún árbol se reanima con el soplo del estío; región del mundo agobiado de brumas y de clima malsano; ponme bajo el carro del sol muy próximo, sobre tierra negada a seres vivientes; siempre amaré a Lálage de dulce risa, de dulce voz.

XXIII

Me huyes, Cloe, igual que el cervatillo que busca a su madre, atemorizado en los recovecos de las montañas tur­badas con vano espanto por la brisa y el ruido de las frondas, pues si la llegada de la primavera agita con un estreme­cimiento las movedizas hojas, si los verdes lagartos remueven la maleza, tu corazón y tus rodillas tiemblan.

Mas yo no soy un tigre feroz ni un león de Getulia; no te persigo para despedazarte: deja de correr junto a tu madre, pues que estás ya en sazón para recibir marido.

XXIV

¿Qué moderación cabe, que rubor en llorar la muerte de un tan querido amigo? Enséñame cantos lúgubres, Melpomene a quien Júpiter concedió con la cítara una tan limpia voz.

¿Pero es posible que pese sobre Quintilio el sueño eter­no? ¿Cuándo el Pudor y la incorruptible Fidelidad, herma­na de la justicia, cuándo la desnuda Verdad encontrarán un igual a él?

A muchos hombres de bien arrancan lágrimas su muer­te, pero para nadie es más digno de llanto que para ti, Virgilio; en vano reclamas piadoso a los dioses que te devuelvan, ¡ay!, a Quintilio que de esa manera no les confiaste.

¡Ah, si tu pudieras mejor que Orfeo de Tracia pulsar la lira que atrajo a los árboles! ¿Acaso volvería la sangre a la varia sombra que una vez con su varita espantable Mercurio, inexorable para abrir a las súplicas la puerta fatal, ha empujado al oscuro rebaño de las sombras? ¡Dura ley! Pero la resignación hace menos penoso lo que nos está vedado corregir.

Con menos frecuencia vienen a golpear con piedras tus ventanas cerradas los jóvenes encanallados, para espavilar tu sueño, y menos tu puerta se hace amiga del umbral, antes tan complaciente en mover los goznes. Oyes cada vez menos: ",Duermes, Lidia mía, mientras, siendo tuyo, perezco durante largas noches?"

Pronto, vieja desgreñada llorarás en una calleja solitaria sobre los desprecios de los mujeriegos, mientras que el viento de tracia redobla su bacanal bajo un cielo sin luna

y mientras la quemazón del amor y del deseo que pone en furor a las yeguas volverá tu hígado ulcerado y entonces gemirás, porque la floreciente juventud se goza con la yedra verde y con el oscuro mirto, y ofrece los follajes mustios al Euro camarada del invierno.

XXVI

Amigo de las musas, abandonaré tristezas y temores a la intemperancia de los vientos para que se los lleven al mar de Creta sin preocuparme lo más mínimo al saber qué rey de una comarca helada se hace temer bajo el Septentrión, o qué cosa cause temor a Tiridates, rey de los Partos. ¡Oh, tú que te gozas en fontanas invioladas! Trenza flores al sol, teje una corona para Lamia, mi amigo querido, dulce Pimplea. Sin ti de nada me sirven los elogios; a ti y a tus hermanas corresponde inmortalizar a Lamia con cuerdas nuevas, con plectro lésbico.

XXVII

Es propio de tracios luchar con copas hechas para la alegría; desechad una costumbre bárbara; respetad a Baco y alejadle de peleas sangrientas.

¡Qué monstruosamente disuenan las cimitarras persas en medio del vino y de las luminarias! Cesad en vuestros impíos clamores; calmaos, camaradas, y quedaos con el codo apo­yado.

¿Queréis que yo participe también en las libaciones del áspero Falerno? Que el hermano de Megila de Opóntica nos diga de qué herida, de qué flecha muere con dichosa muerte.

¿Se niega? Pues con esta condición beberé. Cualquiera que sea la Venus que te doma, no te abrasa con fuegos de que debas avergonzarte y a un amor honrado siempre te sometiste: cualquiera que ella sea, vamos, confíala a mis seguras orejas. ¡Ah desgraciado! ¡En qué Caribdis viniste a caer, muchacho digno de un mejor amor!

¿Qué bruja, qué hechicera con sus filtros de Tesalia, qué dios podrá librarte? Apenas Pegaso te desligará de las ata­duras de esta Quimera triforme

XXVIII

Un poco de polvo, mezquino regalo, cerca de los anchos flancos del Marino te cubre, Arquitas; a ti que mediste el mar y la tierra y el infinito número de las arenas: de nada te sirve haber explorado las moradas etéreas y recorrido la bó­veda celeste con un alma destinada a la muerte.

Han perecido el padre de Penélope, comensal de los dioses, Tirón, elevado a los aires, Minos, admitido a los secretos de Júpiter: el Tártaro posee al hijo de Pantoo que descendió al Orco por segunda vez, y aunque atestiguando por su escudo arrancado su existencia troyana, no hubiese concedido a la negra muerte ninguna otra cosa que no fuesen sus nervios y su piel. Y no era según tu juicio, una autoridad despreciable este adivino de la verdad y de la naturaleza.

Mas una misma noche nos aguarda a todos: todos hemos de hollar por una sola vez el camino de la muerte. Las Purias entregan a unos al feroz Marte en espectáculo; la más ávida sirve de perdición a los marineros; se atropellan los funerales de jóvenes y viejos; no hay cabeza que se hurte a la cruel Proserpina. También a mí me ha tragado bajo las ondas Ilíricas el Noto, compañero impetuoso del declinar de Orión. Pero tú, marinero, no seas avaro, no te hurtes de dar a mis huesos y a mi cabeza insepulta algunos granos de estas arenas vagabundas.

¡Ojalá con todos los embates con que el Euro amenaza es­tas aguas hesperias padezcan tan sólo las selvas venusinas, estando tú a salvo! Quieran los dioses que las recompensas vengan a ti de aquellos que pueden hacerlo, de Júpiter pro­picio y de Neptuno guardián de la sagrada Tarento. ¿No tienes miedo de cometer una falta que caerá más tarde sobre tus hijos inocentes? Acaso te esperan justas represalias y crueles alternativas: no seré abandonado ni mis imprecaciones serán frustradas y ninguna expiación te absolverá. ¿Vas aprisa? Es­pera, no será mucho el tiempo que pierdas. Podrás reem­prender tu camino después que hayas echado sobre mí tres puñados de polvo.

XXIX

¿Envidias ahora, Iccio, los tesoros afortunados de los árabes y preparas una ruda campaña contra los reyes del país Sabeo que aún no sabe de derrotas, y trenzas cadenas para el Medo espantable? ¿Qué doncella entre las mu­jeres bárbaras te servirá viendo muerto a su prometido? ¿Qué muchacho arrancado de su palacio real permanecerá junto a ti con los cabellos perfumados dispuesto a escanciar tus vinos después de haber sido enseñado a lanzar las flechas séricas con el arco heredado de sus mayores? ¿Quién negará Que el curso precipitado de los ríos pueda remontar hacia las montañas abruptas y que pueda retroceder el Tiber si tú, que prometías mejores cosas, aspiras a cambiar los libros del célebre Panecio, adquiridos dondequiera, y a la familia socrática por una coraza de cuero cordobés?

XXX

¡Oh Venus reina de Gnido y de Pafos! Desdeña tu Chipre querida y cuando Glicera te llame, entre nubes de incienso, transpórtate a su riente mansión.

Que vayan contigo Cupido, el ardiente niño y las Gracias con la cintura desceñida y las Ninfas y la Juventud que sin ti no tiene encantos y Mercurio persuasivo.

¿Qué solicita el vate en el día de hoy en que se le dedica un templo? ¿Qué pide vertiendo en la pátera la libación de un vino nuevo? No las mieses fecundas de la feraz Cerdeña, ni los rebaños prósperos de la ardiente Calabria, ni el oro y el marfil de la India ni los campos que lame con sus apa­cibles aguas el curso silencioso del Líris.

Poden con el hocino aquellos a quienes la suerte conce­dió viñas en Cales, y el rico mercader beba en cálices de oro los vinos trocados por mercancía siria; hombre querido de los dioses mismos ya que tres o cuatro veces al año puede, impune, volver a ver las aguas del Atlán­tico. A mí me alimentan las aceitunas, la achicoria y las lige­ras malvas.

Concédeme, te ruego, Apolo, hijo de Latona, gozar de mis adquiridos bienes y con estos dame la salud: pídote serena inteligencia y no arrastrar una vejez triste ni vivir privado de mi cítara.

XXXII

Me invitan a cantar. Si nunca en mis ocios bajo la sombra he modulado contigo mis versos, te pido un canto latino que viva este año y muchos más, lira mía, tocada antes por un ciu-dadano de Lesbos que, ya en medio de las armas, guerrero feroz, o amarrando a la húmeda orilla su nave batida por las olas cantaba a Baco, y a las Musas y a Venus con el niño siempre a su lado, y a Lico de, bellos ojos negros y de negros cabellos.

Honor de Febo, lira, querida en los banquetes de Júpiter soberano, dulce consuelo de nuestras penas; recibe el saludo de mis rituales invocaciones.

XXXIII

Albio, no te desesperes fuera de toda medida pensando en la inclemente Glicera; no te extiendas en elegías plañideras porque otro más joven te aventajó en desprecio de la fe ju­rada:

Lícoris, que se adorna con una frente tersa, se abrasa de amor por Ciro; Ciro va tras de la áspera Foloe: pero los corderos se unirán a los lobos de la Apulia, antes que Foloe tenga delicadezas para este grosero amante. Así lo ha querido Venus que encuentra placer, con un juego cruel, en colocar bajo su yugo de bronce cuerpos y almas mal apareados.

Yo mismo cuando me invitaba otro amor preferible, encontré placer en quedar aprisionado en las gratas ligadu­ras de Mirtales, una liberta más violenta que las olas del Adriático que corroe los golfos de Calabria.

XXXIV

Adorador que fui de los dioses avaro y negligente mientras que profesando mi necia sabiduría, iba al azar; héme aquí obligado a dirigir mis velas en sentido contrario y a reanudar mi abandonada ruta. Porque Júpiter, que con su fuego ruti­lante rasga las nubes con frecuencia, ha guiado en medio de un cielo sereno sus caballos tonantes y su carro alado; con su sacudida conmueve la tierra inerte y los ríos vagorosos, la Estigia, la espantosa mansión del siniestro Ténaro y el confín de Atlante. El dios puede hacer de las simas cumbres; puede rebajar la altura de los grandes y convertir en claro lo oscuro. La Fortuna rapaz, haciendo vibrar sus estridentes alas, ha quitado de esta cabeza la corona y se complace en colocarla en esta otra.

XXXV

¡Oh, diosa que gobiernas la noble Actium, cuyo poder eleva al ser mortal del grado más bajo o cambia los triunfos soberbios en funerales!

Con inquieta plegaria te rodea el pobre colono en el campo, y sobre las olas en que tú eres soberana te implora cualquiera que en bitinia nave surca el mar de Cárpatos.

A ti invocan el rudo Daco, los Escitas en desbandada, las ciudades y las naciones y el fiero Lacio, y las madres de los reyes bárbaros, y los déspotas empurpurados tiemblan; que con pie ultrajante derribes su enhiesta columna o que el pueblo en tumulto y gritando "¡A las armas, a las ar­mas!" arrastre a los inrresolutos y destruya su reino.

Ante ti siempre marcha tu esclava la Necesidad llevando en su mano de bronce los clavos trabales y las cuñas, sin faltar el rudo garfio y el plomo fundido.

Tú tienes por cliente a la Esperanza y a la rara Fidelidad cubierta con blanco velo y que no te niega su escolta cada vez que, bajo un vestido fúnebre, abandona airada las casas poderosas.

Pero el vulgo pérfido y la cortesana perjura vuelven la espalda y los amigos huyen en todos sentidos después de agotar las jarras hasta las heces no queriendo, perjuros, compartir la pesadez del yugo.

Preserva a César dispuesto a marchar al fin del Mundo contra los Bretones, y guarda al nuevo enjambre de jóvenes temibles, a las regiones de la Aurora y al Mar Rojo.

¡Ay! Vergüenza nos da de nuestras cicatrices y de nuestro crimen, vergüenza nos da de nuestros hermanos. ¿Ante qué acción hemos retrocedido, generación bárbara? ¿Qué sacri­legios hemos dejado sin cometer? ¿De qué objeto ha apar­tado sus manos

la juventud en el temor de los dioses? ¿Qué altares ha res­petado? ¡Oh! ¡Quieran las divinidades que de nuevo temples nuestras melladas armas en nuevo yunque para ir contra los Masagetas y contra los Árabes!

XXXVI

Me es dulce sacrificar con incienso, con la lira y con la sangre prometida de un ternero a los dioses guardianes de Numidia que, volviendo hoy salvo de los últimos confines de Iberia, reparte abundantes besos entre sus buenos cama­radas, pero a ninguno más que a su querido amigo Limia, recordando que sobre su infancia gobernó un mismo maestro y que juntos tomaron la toga nueva.

No neguemos a este hermoso día la señal de la tiza ni demos paz al ánfora sacada de la bodega. No demos, al modo de los Salios, reposo alguno a nuestros pies; que Damalis, gran amiga del vino, no llegue a vencer a Basso en beberse de un trago la ancha copa de los tracios; que no falten en el banquete ni rosas ni el verde apio ni el perece­dero lirio. Todos pondrán en Damalis sus ojos enturbiados por la embriaguez; pero nadie apartará a su nuevo amante de ella más envolvente que la trepadora hiedra.

XXXVII

Ahora hay que beber; ahora hay que golpear la tierra con pie suelto; ahora en banquete digno de los Salios es tiempo, camaradas, de disponer los manjares de los dioses.

Antes era sacrilegio sacar el vino Cécubo de la bodega de los antepasados en la época en que una reina preparaba la ruina insensata del Capitolio y los funerales del Imperio contaminado de vicio, con su infamante rebaño de hombres castrados; desen­frenada de esperanza y embriagada de las dulzuras de la Fortuna. Mas para amenguar su furor apenas una sola nave de las suyas escapó del incendio, y para reducir a terrores su mente turbada por el vino Me­reótico, César, mientras ella volaba lejos de Italia.

forzó el empuje de los remos para caer sobre ella como cae el gavilán sobre las tímidas palomas, o sobre la liebre el ágil cazador en las llanuras de la helada Hemonia; quería ceñir de cadenas al monstruo fatal. Mas ella buscando más noble muerte, ni tuvo femenil espanto ante la espada ni ganó con su flota rápida la seguridad de abrigadas costas; osó en cambio contemplar con impávido rostro su pa­lacio en ruinas y sin temor manejar las serpientes irritadas para embeber su cuerpo en negra ponzoña, más intrépida por la voluntad de morir: mujer soberbia, negó a las crueles la gloria de conducirla destronada en or­gulloso triunfo.

XXXVIII

Odié siempre, muchacho, las ostentaciones pérsicas: no tengo gusto por las coronas trenzadas con helecho. Evita investigar en qué sitios se retrasó la floración de la rosa.

Quiero que nada agregues solícito al sencillo mirto; el mirto no es digno ni de ti, que me sirves, ni de mí, que bebo bajo la sombra prieta de la parra.

LIBRO II

ODA PRIMERA

Las revueltas civiles desde el consulado de Metelo, sus causas, los motivos de la guerra, sus vicios y sus aspectos, los vaivenes de la Fortuna, las amistades funestas de los prínci­pes, las armas empapadas de sangre que no fue todavía expiada, esta materia llena de peligroso azar, todo esto lo llevas en tu mano y caminas sobre ascuas dormidas bajo engañosas ce­nizas.

Que la diosa severa de la tragedia abandone el teatro, y pronto, cuando tú hayas ordenado el relato de los sucesos públicos, recobrarás tu noble menester sobre coturno cecropio.

¡Oh, Polión, sostén ilustre de los entristecidos reos y de los consejos de la Curia! ¡Tú, por quien en tu triunfo dal­mático el laurel te granjeó honores eternos!

He aquí que con el estruendo amenazador de los cuernos atruenas nuestros oídos, va resuenan los clarines; ya el rebrillar de las armas infunde espanto a los caballos en huida y a la vista de los jinetes.

Me parece escuchar a los grandes jefes hermosos con el polvo que les ensucia y ver toda la tierra sumisa, mas no el alma inflexible de Catón.

Juno y todos los dioses propicios a los africanos que, impotentes, habían abandonado este suelo sin vengarlo, han vuelto a ofrecer los nietos de los vencedores a los manes de Yugurta.

¿Qué campo embebido en sangre latina no testimonia, sembrado de tumbas, nuestros impíos combates y la estre­pitosa caída de la cruel Hesperia que hasta los Medos oye­ron?

¿Qué abismo o qué ríos ignoran tan lúgubre guerra? ¿Qué mar no ha tenido en sangre la carnicería de la Daunia? ¿Qué riberas no han visto correr nuestra sangre?

Mas tú, musa procaz, no debes dejar allí tus juegos y tomar los atributos de la Nenia de Ceos; ven conmigo a buscar en el fondo de la gruta Dionea ritmos arrancados a plectro menos grave.

II

Yace la plata, sin color, escondida bajo la avara tierra, Crispo Salustio, enemigo del metal que un empleo me­surado no ha hecho brillante.

Prolongará su vida a través del tiempo Proculeyo cono­cido por su corazón paternal hacia sus hermanos; la Fama que sobrevive le llevará en alas que no temen la descompo­sición.

Si dominas tu espíritu de avidez, tu reino será más vasto que si unieras la Lidia a las tierras lejanas de Gades, y si ambas Cartagos te tuviesen a ti solo por dueño.

Engorda el cruel hidrópico si cede a su debilidad y no aleja la sed, a menos que de sus venas haya huido la causa de su mal y de su cuerpo pálido el humor acuoso que le con­sume.

Fraartes es llevado al trono de Ciro, pero la Virtud en desacuerdo con la plebe le aparta del número de los dicho­sos y enseña al pueblo a no usar conceptos falsos;

ofrece la corona segura, el reino, el laurel legítimo al que contempla con mirada impasible montones enormes de te­soros.

III

Acuérdate de conservar tu alma ágil en las esperanzas de la suerte y no menos alejado de una alegría insolente en la prosperidad, ¡oh, Delio!, cuyo destino es morir.

¡Bien hayas vivido tina pertinaz tristeza, ya en los días festivos, tumbado en lejana pradera, hagas tu felicidad con un Falerno de añeja solera!

¿Para qué el pino inmenso y el plateado álamo buscan asociar la sombra hospitalaria de sus ramas? ¿Por qué la co­rriente fugitiva salta con esfuerzo en el lecho de los arroyos?

Ordena que traigan aquí los vinos, los perfumes, las flores asaz efímeras del grato rosal mientras lo permitan tu condición, tu edad y los hilos negros de las tres hermanas.

Tendrás que abandonar los pastizales reunidos con tus compras y tu casa y tu villa que baña el amarillo Tiber. Sí: todo lo abandonarás y un heredero será el dueño de tantas riquezas acumuladas.

Entre ser rico y sobrepasar al viejo Inaco, o ser pobre y de ínfimo origen, no hay diferencia para quien tiene una sola vida bajo el cielo. Será víctima prometida al inmisericorde Orco.

Todos somos empujados al mismo sitio, para todos es agitada en la urna la misma suerte. Mas tarde, o más tem­prano, saldrá y nos hará subir a la barca, para el eterno destierro.

IV

No tienes por qué ruborizarte, Jantia, de Prócida, de tu amor por tu esclava. Ya, antes, la esclava Briseis tocó con su blancura de nieve el corazón del arrogante Aquiles; Ayax, hijo de Telamón, se enamoró de la beldad de Tmesa, su esclava; el hijo de Atreo se abrasó en medio de su triunfo por la doncella robada después que los batallones frigios hubieron sucumbido bajo el vencedor Tesalio, y Héctor, arrebatado por la muer­te, hubo dejado a los griegos fatigados una Pérgamo más fácil de tomar.

¿Puedes saber si la rubia Filis no tiene padres afortunados de los cuales tú serás a todo honor el yerno? Sí: a buen se­guro, llora su origen real y sus Penates injustos.

Créeme: tú no la has elegido sacándola de la mísera plebe, y una mujer tan fiel y tan desprendida de lucro no ha podido nacer de una madre ruin.

Yo alabo sus brazos, su rostro, sus piernas tan bien tor­neadas, pero desinteresado: guárdate de tener celos de este hombre cuya edad en su impaciente carrera ha cerrado ya el octavo lustro.

V

No es capaz aún de recibir sobre su cuello y soportar el yugo, ni de igualar su esfuerzo al de un compañero, ni de sostener el peso del toro que se precipita al amor; la afición de tu ternera anda en torno a los prados verdegueantes, y ya mitiga el calor molesto en el curso de las aguas, ya siente pasión por jugar con los terneros bajo la húmeda sauceda.

Reprime el deseo de la uva en agraz, ya el otoño te pin­tará los verdes racimos con los tonos de la púrpura.

He aquí que va a seguirte, porque el tiempo implacable ya le dará los años que a ti te ha arrebatado, y con osada frente Iálage va a provocar a su amante, querida como no lo fueron ni la inconstante Foloe ni Cloris, cuyos blancos hombros resplandecen como en una noche serena resplandece la Luna cabrilleando sobre el mar, o corno el gnidio Giges que, mezclado a un coro de muchachas, será maravilloso para engañar a los forasteros de vista sutil velando toda di­ferencia bajo sus cabellos esparcidos y su rostro ambiguo.

VI

Septimio, tú que has de seguir a Gades y llevar nuestro yugo a los mal instruidos cántabros y a las Sirtes bárbaras en donde siempre hierven las aguas moriscas, ¡ojalá Tibur, fundado por el colono argivo, llegue a ser el reposo de mi vejez y el término de mis fatigas por mar, por tierra y en la milicia!

Si el rigor de las Parcas me veda este lugar, yo desearía el río Galeso, dulce a las lanudas ovejas o me apartaría a los campos en donde reina el laconio Falanto.

Más que todo me sonríe este rincón de la tierra en que la miel no cede a la miel del Himeto, en donde la oliva ri­valiza con la verde oliva de Venafro; en donde Júpiter concede una larga Primavera e invier­nos tibios; en donde el monte Aulón amado del fecundo Baco no envidia en nada a las uvas de Falerno.

He aquí el lugar y las colinas afortunadas en donde tú derramarás el tributo de unas lágrimas sobre las calientes cenizas de tu amigo el poeta.

VII

¡Oh tú que conmigo fuiste llevado a extremos peligros cuando rnilitábamos conducidos por Bruto! ¿Quién volvió a concederte la ciudadanía y te restituyó a los dioses de nuestros padres y al cielo de Italia?

¡Oh, Pompeyo, el primero de mis camaradas con quien tantas veces he roto bebiendo, la lentitud del día con una corona puesta sobre mis cabellos lustrosos de malobrato sirio!

Contigo conocí Filipos y la fuga rápida cuando escapé sin gloria ni armas después de que nuestro valor hubo sido roto y los rostros amenazadores hubieron de tocar con la barbilla un suelo deshonroso; mas a mí el ágil Mercurio me llevó, lleno de temor, a través de todos los enemigos bajo una espesa nube: a ti, en cambio, absorbiéndote en la efervescencia de su oleaje, te llevó la suerte de nuevo a la guerra.

Ofrece, pues, el obligado festín a Júpiter; reposa bajo el laurel tus miembros cansados por prolongadas campañas, y no des paz a los cántaros de vino para ti reservados.

Llena hasta los bordes, con un Másico que hace olvidar, los bruñidos ciborios; derrama los perfumes de los huecos pomos. ¿Quién se apresura a trenzar coronas con el húmedo apio o con mirto? ¿A quién designará Venus como árbitro de los lihadores? Yo, para festejar a Baco, seré más loco que los Edonios tracios. ¡Qué dulce es desvariar cuando se encuen­tra a un amigo!

VIII

Si nunca, Barino, el castigo de una perjura sentencia te hubiese dañado, y si un diente se te hubiese puesto negro y fea una uña, yo te creyera. Mas no te es preciso más que obligar con juramentos tu pérfida cabeza para que sea tu belleza mucho más espléndida, para que seas, en cuanto sales, el tormento de toda la juventud.

Te es provechoso engañar a las guardadas cenizas de tu madre y a las mudas constelaciones de la noche y al cielo entero y a los dioses exentos del frío de la muerte. Sí. De esto se ríe la propia Venus. Ríen las sencillas Ninfas y el cruel Deseo que, sin cesar, aguza sus flechas ardorosas en una piedra ensangrentada.

Añade que todos los adolescentes crecen por ti, que para ti crecen nuevos esclavos sin que los primeros deserten del techo de una amante impía aun cuando fueron amenazados.

Las madres temen por sus hijos mozos y también los viejos avaros: las doncellas recién casadas temen, ¡pobrecillas!, que el aura que te rodea les quite los maridos.

IX

No siempre se ve correr las lluvias de las nubes sobre los campos erizados de malezas, o los caprichos de las tem­pestades atormentar sin descanso el Mar Caspio, ni en las orillas armenias se ve, amigo Valgio: permanecer el hielo inactivo durante todos los meses, o en las laderas del Gárgano los perpetuos Aqui­lones sacudir los encinares y despojar los olmos de su follaje.

Mas tú, siempre, tú persigues con acentos lastimeros a tu Miste desaparecido, y tus amores no se encalman ni cuando Véspero se eleva ni cuando huye el sol rápido.

Pero el viejo Néstor, que vivió tres edades, no gimió todo el resto de su vida sobre su amable Antíloco. Los padres y las hermanas frigias de Troilo apenas adolescente

no lloraron siempre. Cesa, al fin, en tus lloronas lamen­taciones. Mejor es que cantemos los nuevos triunfos de César Augusto y el Nifrates helado y el río medo anexionado a los ríos de las naciones venci­das corriendo con menores remolinos, y a los Gelones cabal­gando en los límites prescritos dentro de más estrechos terri­torios.

X

Vivirás, Licinio, más rectamente si no tiendes constan­temente a altamar y no te ciñes demasiado a la orilla, poco seguro en un horror prudente a las tempestades.

El que escoge la mediocridad dorada tiene la seguridad de que le preserva de la sordidez de un techo humilde y está lejos de un palacio sujeto a la envidia.

Los vientos sacuden con más frecuencia los gigantescos pi­nos, y las torres elevadas se derrumban con más estrepitosa caída, y los rayos azotan con más facilidad las cumbres de los montes.

Ten esperanza en la adversidad, y teme la suerte contraria en las prosperidades con el corazón bien prevenido. Júpiter trae los deformes inviernos, y es él también el que los aleja. Si el presente es malo, no quiere decir que lo sea el porvenir. En ocasiones Apolo despierta con las cuer­das de su lira la Musa silenciosa, y no siempre tiende el arco.

En los momentos difíciles, muéstrate animoso y fuerte: pero has de tener también la prudencia de recoger velas si un viento favorable las hincha demasiado.

XI

Deja de investigar, Quinto Hirpino, lo que maquinen los belicosos cántabros y los escitas que el Adriático separa de nosotros, y no te inquietes demasiado por el empleo

de una existencia que reclama pocas cosas. Tras de no­sotros huye la juventud ligera y su gracia. La edad canosa y árida desecha los alocados amoríos y el sueño plácido.

Las flores de la Primavera no tienen para siempre su hermosura, y la luna de rojo resplandor no guarda siempre el mismo aspecto. ¿Por qué fatigas tu espíritu efímero con deseos eternos?

¿Por qué no, tumbado bajo este elevado plátano, bajo este excelso pino, sin más preocupaciones y en tanto que aún podamos, no coronar nuestros plateados cabellos con olo­rosas rosas, y con nardos asirios perfumados, beber? El vino disipa las roedoras cuitas. ¿Qué muchacho será el más ágil para extinguir en las copas el ardor de Falerno con esta fresca corriente?

¿Quién hará salir de su casa a Lidia, la esquiva cortesana? Vamos, dile que se dé prisa con su lira de marfil, recogida y trenzada su cabellera a la moda laconia.

XII

No querrás que las largas guerras de la feroz Numancia, el irreductible Aníbal, el mar de Sicilia, empurpurado con sangre púnica, casen con los blandos ritmos de la cítara; ni los crueles Lapitas, ni la embriaguez de Hileo ni los hijos de la tierra, domeñados bajo los brazos de Hércules, por los cuales tembló ante el peligro la casa brillante del viejo Saturno. Tú, en prosa, serás, Mecenas, capaz de cantar las historias de los combates que César llevó a cabo, y los reyes, en otro tiempo amenazadores, llevados por las calles con cadenas al cuello.

Pero mi musa ha querido que yo celebre la suavidad del canto de nuestra soberana Licimnía; que celebre los lumi­nosos destellos de sus ojos y su corazón tan fiel a los recí­procos amores.

Hemos podido ver su gracia cuando avanzaba el pie en las danzas, cuando hacía competiciones de jovialidad y cuando enlazaba sus brazos con los de las hermosas donce­llas en los días sagrados en que se festeja a Diana.

¿Querrás, acaso, cambiar un solo cabello de Licimnia por los bienes que poseyó el rico Aqueménides, por los tesoros migdonios de la fértil Frigia o por las ricas mansiones de los árabes, en esos momentos en que se vuelve ofreciendo su nuca a tus besos ardientes, o cuando rechaza con rigor complaciente esas caricias que ella se goza en ser robadas más aún que tú al reclamarlas?

XIII

Quienquiera que fuese el primero que te plantó, te puso en un día nefasto y te ha hecho crecer, árbol, con una mano sa­crílega para la destrucción de tus nietos y oprobio de la aldea.

Lo creo firmemente; hubiera desnucado a su propio padre y, de noche, hubiera manchado de sangre de un huésped el santuario de sus Penates; manejó los venenos de la Cólquida

y todos los horrores que en cualquier sitio puede concebir­se, aquél que te levantó en mi campo, árbol maldito destina­do para caer precisamente sobre la cabeza de tu inocente amo.

Nunca el mortal se guarda suficientemente del daño que ha de evitar a cada momento: el marino púnico se asusta del Bósforo y no teme fuera de esos los destinos tenebrosos ve­nidos de otra parte.

Nuestros soldados temen las flechas y la fuga rápida del Parto; y éste las cadenas y la pujanza itálica; pero un golpe imprevisto de muerte arrebató y arrebatará a las naciones.

¡Qué a punto estuve de ver el negro reino de Proserpina, a Eaco en su tribunal, las apartadas mansiones de las almas piadosas y a Safo que lloraba con su lira eólica a las muchachas lesbianas: y a ti, Alceo, cantando con son más lleno bajo tu plectro de oro las duras pruebas de la na­vegación, del exilio y de la guerra.

Las palabras de ambos, dignas de un religioso silencio son admiradas por las sombras: pero, sobre todo, bebe con sus oídos el vulgo apiñado hombro con hombro, los com­bates y la expulsión de los tiranos.

¿Qué de extraño hay puesto que con estos cantos se es­tupefacta la bestia de las cien cabezas bajara sus negras ore­jas y enroscadas a los cabellos de los Euménides reposaran atentas las serpientes?

Y hasta el mismo Prometeo y el padre de Penélope con este dulce son olvidan su ramal y Orión no se preocupa de perse­guir a los leones o a los tímidos linces.

XIV

¡Ay Póstumo, Póstumo! corren fugitivos los años y la piedad no retrasará ni las arrugas ni la vejez inminente, ni la muerte indómita.

No. Aún cuando tú ofrezcas, amigo, trescientos toros, tantos corno días pasan, para ablandar a Plutón el dios inmisericordes, él ciñe al triforme gigante Gerión y a Titios.

Con las aguas siniestras en que todos los que nos al¡­mentarnos con los frutos de la tierra debemos hacer la tra­vesía ya seamos reyes, ya indigentes colonos.

En vano nos guardaremos de Marte el dios cruento, y de las quebradas olas del rugiente Adriático; en vano, durante los otoños, evitaremos el viento del mediodía funesto a la salud: deberemos ir a ver al sombrío Cocito que arrastra una corriente lánguida y a la posteridad infame de Danao y a Sísifo el de Eólida condenado a un tormento sin fin; habremos de abandonar la tierra y nuestra casa y una esposa amada, y estos árboles que cultivas, ninguno, fuera del ciprés odioso, te seguirá, señor efímero que eres.

Un heredero más digno consumirá el Cécubo guardado bajo cien llaves y teñirá los mosaicos con este vino orgullo­so mejor que el que se da en las cenas de los pontífices.

XV

He aquí que nuestras construcciones regias van a dejar al arado muy pocas yugadas. De todos lados se van a ser es­tanques más extendidos que el lago Lucrino. Y el plátano, destinado al celibato, triunfará de los olmos. Entonces, los macizos de violetas y los mirtos y todo halago del olfato esparcerán su perfume donde los fértiles olivares daban su fruto para su primitivo amo.

Entonces, el espeso ramaje del laurel rechazará los abra­sadores rayos del sol No eran los usos prescritos bajo los auspicios de Rómulo y del hirsuto Catón y por las reglas de los antiguos.

Los particulares disponían de escaso censo; en cambio el , público era grande. Ningún pórtico de diez pies de ancho ofrecía a aquellos el fresco del Norte, y las leyes no permitían despreciar un césped nacido al azar, reservando el uso del mármol para adornar a expensas del tesoro los monumentos públicos y los templos de los dioses.

XVI

Suplica reposo a los dioses el hombre sorprendido en el ancho Egeo cuando siniestra nube ha velado la luna, y los astros, guías seguros, no brillan para los marinos.

Suplica reposo el tracio en sus furores guerreros, y los Medos armados de aljaba y Grosfo que no se, vende ni por piedras preciosas ni por púrpura ni por oro.

Con poca cosa se contenta el que ve brillar sobre su mesa modesta el salero familiar cuando el temor o un bajo deseo no viene a hacer pesado el sueño.

¿Por qué siendo tan corta la vida lanzamos tan lejos el pensamiento? ¿Por qué buscar en otra parte tierras que otro sol calienta? ¿Quién, desterrándose de su patria, se huye a sí mismo?

Sube la preocupación a las naves guarnecidas de bronce; sigue, sin descanso, a los escuadrones de caballería, más rápida que los ciervos y más rauda que el Euro disipando las nubes.

Que el espíritu, contento con el presente, odie la in­quietud de lo que ha de venir y endulce con tranquila son­risa las amarguras de la vida: no hay nada absolutamente feliz.

Una muerte precoz se llevó a Aquiles en el esplendor de su gloria; una larga vejez consumió a Tirón, y la hora quizá va a ofrecerme lo que a ti te habría negado.

En torno tuvo, cien rebaños mugen; cien rebaños de vacas sicilianas. Para ti, alzan su relincho las jacas amaestra­das para las cuadrigas. Tienes para vestirte lanas, dos veces ceñidas con múrice africano.

A mí, la verídica Parca me ha concedido un pequeño dominio y la delicada inspiración de la Musa griega, con el desdén por el vulgo maldiciente.

XVII

¿Por qué me quitas el alma con tus lamentos? Ni a los dioses ni a mí nos es grato que tú desaparezcas el primero, Mecenas, gloria ilustre y sostén de mi fortuna.

¡Ah, si un golpe prematuro me arrebata en ti la mitad de mi alma! ¿Qué espero yo que soy la otra no teniendo igual valor y faltándome la mejor? Ese día para los dos

será el cataclismo. No, no he pronunciado un juramen­to engañoso. Iré sí, iré a dondequiera que me precedas; presto a emprender la ruta en tu supremo viaje.

Ni la quimera con su aliento de fuego ni, aunque se ir­guiese, el gigante de cien brazos, podrían arrancarme de ti. Así lo han decidido la poderosa justicia y las Parcas.

Ora Libra haya presidido mi nacimiento y el Escorpión haya tenido signo más violento en mi hora natal, ya sea Capricornio tirano del mar de Hesperia, los astros de cada uno de nosotros nos unen de modo increíble. A ti, Júpiter, con su rutilante influencia te arrebató del imperio de Saturno y retrasó las alas del Destino en su vuelo

cuando el pueblo, apiñado en el teatro, lo hizo crepitar con un triple gozoso aplauso, y a mí, un tronco caído sobre mi cabeza ya me mataba si con tu diestra no llegas a aminorar el golpe, Fauno, guardián de los hombres y amado de Mercurio. Acuérdate de sacrificar víctimas y en erigir un templo votivo; yo sa­crificaré tina modesta cordera.

XVIII

Ni el marfil ni planchas doradas resplandecen en mi casa; ni arquitrabes de Himetia pesan sobre columnas talladas en lo reas lejano de África ni, heredero desconocido de Atalo, ocupé su palacio ni clientes honorables tejen para mi púr­puras laconias pero tengo lealtad; y la vena de mi ingenio es fecunda y, aunque pobre, me consideran rico. Yo no mor­tifico a los dioses ni pido al amigo poderoso más generosi­dades, dichoso con suficiencia en mi única heredad sabina.

Un día empuja a otro, y sin cesar nuevas lunas caminan a morir. Tú, próximo a la muerte, das mármoles a tallar y, sin pensar en la sepultura, construyes casas y te empeñas en alejar los límites del mar que ruge delante de Bayas, como si no fueras bastante rico con lo que encierra la orilla.

¿Pero qué más? Si hasta arrancas los mojones de los campos contiguos a los tuyos y, avaro, saltas sobre las lindes de tus clientes. Marido y mujer son expulsados llevándose en un pliegue de su vestidos los Penates y los Lares de sus ma­yores y los hijos desarrapados. Y, sin embargo, ningún pa­lacio aguarda al rico propietario más seguro que los términos del Orco rapaz.

¿Por qué ese empeño en avanzar? La tierra se abre igual­mente para el pobre que para los hijos de los ricos y de los reyes; Caronte, satélite del infierno, ni seducido por el oro devuelve al astuto Prometeo. El Orco tiene prisionero al orgulloso Tántalo y a todos sus descendientes; ni invocado ni sin invocar escucha al pobre, agitado por las calamidades, para que le ayude.

XIX

He visto a Baco ensayando sus himnos sobre rocas apartadas -habéis de creerme, hombres del porvenir-, y aprendiéndolos las Ninfas y los Sátiros de patas de cabra con atentas orejas.

¡Avohe! Mi corazón está temblando con un temor re­ciente y mi pecho, lleno de Baco, se agita con gozosa tur­bación. Perdóname, Liber, perdóname, tú que te haces te­mible por los golpes de tu tirso.

Puedo cantar a los Tiades infatigables y a la fuente de vino y leche que se desparrama en arroyos, y a la miel que chorrea de los troncos huecos; puedo cantar también al honor de Ariana, tu esposa feliz, que ocupa un lugar entre las estrellas puedo cantar la casa de Penteo, derribándose en implacable ruina y la pérdida del Tracio Licurgo.

Tú desvías los ríos y el mar bárbaro; tú, en colinas apar tadas y beodo, atas con nudos de víboras los cabellos de las Bistrónides.

Tú, bajo la apariencia de un león de mandíbulas y uñas espantables, has sabido hacer retroceder a Reto cuando la cohorte impía de los gigantes, por un camino escarpado, escalaba el reino de tu padre.

Y, sin embargo, se te consideraba mejor hecho para la danza, las risas y el juego. Se te reputaba poco apropiado para los combates, pero concilias en ti al mismo tiempo la paz y la guerra.

Te vio, sin dañarte, el Cerbero cuando ibas hermoso con tu cuerno de oro, v acariciándote dulcemente con su cola y tus pies con su triple lengua, lamió también tus piernas cuando salías de los infiernos.

XX

En alas no vulgares ni débiles seré llevado, poeta biforme a través del transparente éter. No habitaré durante largo tiempo sobre la tierra y, despreciando la envidia, dejaré atrás las ciudades. No. Yo, descendiente de padres me­nesterosos y convidado comensal tuyo, Mecenas querido no pe­receré, y las aguas de la Estigia no me tendrán prisionero.

He aquí que ya sobre mis piernas las arrugas hacen ás­pera la piel que se encoge; mi cabeza se cambia por la de un cisne; ligeras alas brotan de mis dedos y de mis brazos; ved que voy más rápido que Ícaro, el hijo de Dédalo, a recorrer, ave armoniosa, las orillas del Bósforo rugiente, las Sirtes gétulas y las llanuras hiperbóreas.

Me conocerá la Cólquida y la Dacia que finge no temer a las cohortes marsas; me conocerán los Gelones al fin del inundo; aprenderán de mí los iberos y los que beben las aguas del Ródano.

Lejos los cantos fúnebres de mis vanas exequias, los feos lamentos y los gemidos. Reprime, Mecenas, los lloros y abandona los honores superfluos del sepulcro.

LIBRO III

ODA PRIMERA

Odio la profana turba y me aparto de ella. Guardad silencio. Sacerdote de las Musas, yo canto para las doncellas y para los muchachos himnos que hasta ahora no se habían oído.

Los reyes temibles, tiene imperio sobre el rebaño de sus hombres; pero ellos mismos están bajo el imperio de Júpiter, el glorioso vencedor de los Gigantes; y aquel que con un fruncimiento de sus cejas conmueve el Universo.

Sucede que uno ordena sus plantas en los surcos más lejos que otro; que éste, de un rango más noble, desciende al Campo cíe Marte para captar votos; que este otro, superior por sus virtudes y su renombre, se los disputa; que aquel otro le sobrepuja por la multi­tud de sus clientes. Bajo una ley igual, la Necesidad saca a suertes a los ilustres y a los más humildes; en la vasta capa­cidad de su urna remueve los nombres de todos.

Para aquel que ve una espada desenvainada pendiente sobre su impía cabeza, los festines de Sicilia, con su refina­miento, no tendrán dulce sabor, y el canto de los pájaros, y los acordes de la cítara, no le devolverán el sueño; el dulce sueño que no desdeña las humildes viviendas de los campesinos ni una umbrosa ribera, ni las enramadas de Tempe acariciadas por los Cé­firos.

A aquel que se limita con lo que le basta, no le inquietan las tormentas del mar ni los crueles asaltos de Arturo en su ocaso ni las Cabrillas en su orto; ni sus viñas azotadas por el pedrisco ni un suelo cuya promesa es falaz cuando los árboles acusan ora a las aguas del cielo, ora a las constelaciones que abrasan los campos, ora a los rigores del Invierno.

Los peces sienten que las llanuras líquidas se reducen bajo los bloques arrojados a altamar. Una multitud se afana para echar allí las toscas piedras; el contratista y los obreros en presencia del amo cansado ya de tierras.

Pero el miedo y las amenazas suben adonde sube el señor y se asientan en la trirreme guarnecida de bronce, y a la grupa de su caballo se instala la negra Preocupación.

Pues si, para endulzar el dolor, no valen ni el mármol de Frigia ni el uso de vestidos de púrpura más resplandecien­tes que los astros, ni la viña de Falerno ni el perfume de Persia, ¿por qué atraer la envidia, elevando muy alto con la nueva moda las puertas de mi atrio? ¿Por qué cambiar mi valle de la Sabina por riquezas más agobiantes?

II

Que aprenda gustosamente a soportar una estrecha po­breza el joven endurecido por la áspera milicia; que hostigue, caballero de lanza temerosa, a los Partos feroces y pase su vida al raso entre alarmas; que, en viéndole de lejos desde lo alto de las murallas enemigas, la mujer del déspota que nos combate y su hija casadera suspiren ¡ay!; que el regio pro­metido, inexperto en las armas, no vaya a provocar a este áspero león que una rabia sangrienta lleva a la carnicería.

Es dulce y bello morir por la patria. La muerte va tras el hombre que huye, y no perdona ni las piernas ni la espalda medrosa de una juventud cobarde.

La virtud que no sabe de la deshonra del fracaso, res­plandece con honor sin mancha y no toma ni deja las hachas al arbitrio del aura popular.

La virtud, abriendo el cielo a los que merecen la inmor­talidad, busca su camino por rutas reservadas y huye con ala desdeñosa de las vulgares multitudes y del suelo enfangado.

Es también una recompensa asegurada al silencio fiel. Impediré que el hombre que ha divulgado los ritos de la misteriosa Ceres habite bajo el mismo techo que yo o des­amarre de la orilla la misma barca. Muchas veces Júpiter, descuidado, juntó en sus castigos al casto con el impuro. Y el malvado pudo avanzar y raramente el Castigo, con su pie cojo, le dejó escapar.

III

Al hombre recto y firme en su resolución ni la furia de los ciudadanos que quieran imponer el mal, ni la persecu­ción de un tirano amenazador, le quebrantan; ni empaña su espíritu el Austro jefe turbulento del tormentoso Adriático; ni la gran mano de Júpiter fulminador. Si el mundo se derrumba he­cho pedazos, sus escombros le herirán sin inmutarle.

Con valor parecido Polux y el errante Hércules han tre­pado hasta tocar los alcázares del Empíreo y, entre ellos, Au­gusto se reclinará bebiendo néctar con sus labios de púrpura.

Por este valor mereciste, Baco -¡oh padre!-, ser lleva­do allá arriba por los tigres que tiraban del yugo con cuellos indómitos. Por el Quirino, llevado por los caballos de Marte, huyó del Aqueronte cuando Juno habló en la asamblea de los dioses estas agradables palabras: "¡Ilion, Ilion!" Un árbitro fatal e impuro y una mujer extranjera te han reducido a cenizas. Desde este día en que Laomedonte frustró a los dioses del salario convenido a mí y a la casta Minerva nos estaba reservado tu castigo con tu pueblo y tu jefe leal.

No brilla más para la lacedemonia adúltera su huésped escandaloso, y la casa perjura de Príamo no cuenta con el socorro de Héctor para romper los ataques desencadenados.

La guerra, prolongada por nuestras sediciones, se ha calmado. Desde ahora mis pesados resentimientos, mi odio por ni¡ nieto que me ha hecho nacer la sacerdotisa troyana, a Marte los ofrecerá. Yo consiento que Rómulo entre en las mansiones luminosas, que conozca el sabor del néctar, que ocupe un lugar en las filas plácidas de los dioses.

Mientras un largo espacio de mar encrudezca a Ilion y a Roma, los desterrados pueden reinar felices en donde les plazca; mientras que sobre la tumba de Príamo y de Paris brinquen los rebaños y las fieras escondan impunes allí sus cachorros, el Capitolio se alce esplendoroso y la fiera Roma pueda dictar leves a los Medos.

Terrible extienda a lo lejos su nombre hasta el confín en donde el mar interponiéndose separa Europa de África, allí en donde el Nilo desbordado inunda los campos; que sean aún más grande despreciando el oro dejándole abandonado y oculto bajo tierra, su mejor sitio; preferible a que sea amasado por una mano presta a arrebatar para el uso del hombre toda cosa sagrada.

A todo lugar en que el mundo ha encontrado un obstáculo ante él, allí Roma llegará con sus armas ávida de explorar en qué parte de la tierra se desencadenan los abra­sadores fuegos, las nieblas y las lluvias.

Mas yo pronuncio estos destinos para los belicosos quirites con esta condición: que un ciudadano muy piadoso y con mucha confianza en su fortuna no les lleve a reparar las moradas de la vieja Troya.

Trova, renaciendo bajo lúgubres auspicios, volverá a en­contrar la misma suerte y el mismo sombrío desastre, y seré yo quien guíe los batallones victoriosos contra ellos; Yo, la esposa y hermana de Júpiter.

Tres veces volverá a levantarse en torno a ella por obra de Febo un muro de bronce que volverá a caer otras tantas ve­ces abatido por mis griegos y tres veces la esposa cautiva llorará a su marido y a sus hijos."

Mas estos acentos no sabrían acordarse a una lira jocosa. ¿Adónde vas, musa mía? Deja de contar intrépidamente las pláticas de los dioses y de reducir grandes cosas a la peque­ñez de tus ritmos.

IV

Baja del cielo, Calíope, y entona un largo canto con tu flauta o, si lo prefieres, con tu voz sonora o con la lira, o con la cítara de Febo.

¿Lo oís? ¿Es que soy juguete de un amable delirio? Me pa­rece escucharla; y creo verla vagar a través de los bosques pia­dosos sobre los cuales pasa el fresco de las aguas y de las brisas.

Recuerdo que en mi infancia, en el Volturno Apulio, un día en que lejos de los límites de mi patria me había yo tumbado, rendido por el juego y el sueño, unas palomas vinieron con follaje nuevo cubrirme. Lo cual fue prodigioso a todos aquellos que habitan el alto nido de la Aquerontia y los desfiladeros de Bantia y el campo fértil de la baja Forense.

El verme dormir sin temor para mi cuerpo a las víboras y a los osos siniestros y que enlazados el laurel y el mirto sagrados cubrían á este minúsculo infante cuya protección venía de los dioses.

Soy vuestro, Camenas, ya me eleve a las alturas de la Sabina o me agrade el fresco Preneste o el empinado Tibur o la limpia Bayas, amigo de vuestras fuentes y de vuestras danzas, ni la de­rrota de Filipos ni un árbol maldecido, ni el Palinuro batido por las olas sicilianas han podido matarme.

En dondequiera que estéis conmigo, desafiaré con placer, tranquilo navegante, la rabia del Bósforo y las arenas abra­sadoras de la costa Asiria; iré a visitar, inviolable a los Bretones feroces para con los extranjeros, la Concania que se place bebiendo sangre de caballos y á los Gétulos armados de aliaba y el río escitico.

Vosotras en la gruta de Piero recreáis al gran César que va en busca de un término a sus trabajos tan pronto como hizo retirar a las ciudades sus cohortes fatigadas de la milicia.

Vosotras, divinidades bienhechoras, dais el dulce con­suelo y gozáis de haberlo dado. Sabemos cómo los Titanes impíos y su turba monstruosa desaparecieron cuando hizo caer su rayo Júpiter, que gobierna la tierra inerte, y el mar batido por los vientos y las ciudades, y los sombríos reinos y los dioses, y los batallones de los mortales bajo la igual y única dirección cíe su imperio.

Un serio temor había infundido en Júpiter está osada juventud erizada de brazos, estos hermanos que pretendían instalar a Pelión en el Olimpo umbroso.

¿Pero qué podían Tifeo y el robusto Mimas o Porfirión de actitud amenazadora? ¿Qué podía Retio y el audaz Encélado arrancando troncos para lanzarlos como jabalinas?

;Qué podían en sus ataques contra la égida sonante de Palas? A su lado se mantenía el devorador Vulcano, a su lado la augusta Juno y el que nunca despojará del arco sus espaldas, el que baña sus cabellos sueltos en el agua pura de Castalia, que habita los jarales de Licia y la selva natal del dios de Delos y de Pátara: Apolo.

La fuerza sin inteligencia se derrumba bajo su propia masa. A la fuerza bien administrada los dioses mismos la hacen avanzar siempre más alto y sienten odio por aquellos cuya fuerza tan sólo medita acciones prohibidas.

Sean testigos de mi aserto el gigante de los cien brazos, el violador famoso de la intacta Diana abatido por la flecha de una doncella.

La tierra gime de gravitar sobre estos monstruos salidos de ella y llora a sus hijos que el rayo ha precipitado al lívido Orco, y lamenta que el rayo no fue bastante rápido para devorar al Etna que pesa sobre ellos.

Contra el hígado del incontinente Titio se ensaña el buitre, carcelero eterno de su crimen, y el enamorado Piritoo, está aprisionado bajo trescientas cadenas.

V

Creíamos que ya reina Júpiter en el cielo, en que rueda el trueno arrojado por su mano; pero aquí abajo, Augusto será para nosotros un dios presente. Pues ha unido a su imperio a los Bretones y a los Persas temibles.

¿Han podido los soldados de Craso vivir-¡oh, maridos desgraciados!-, con una esposa bárbara? ¿Han podido -¡oh, Curia! ¡ah, desquiciamiento de lass costumbres!­envejecer armados en casa de sus suegros?

¿Bajo un rey medo el marso y el apulo olvidados de los sagrados broqueles de la toga, de la eterna Vesta, cuando Júpiter y la ciudad de Roma permanecen aún en pie?

Este daño lo había previsto el espíritu de Régulo cuan­do discutía condiciones afrentosas y un precedente que traería la ruina sobre los tiempos venideros. Si no se dejaba a una juventud indigna de piedad perecer cautiva "Yo he visto -dijo- colgadas de los templos púnicos las banderas y las armas arrebatadas a nuestros soldados sin luchar; yo he visto, ciudadanos, hombres libros con los brazos atados a la espalda, las puertas de Cartago abiertas y en cultivo los campos arrasados por nuestras armas.

¿Creéis que rescatado a precio de oro el soldado volvería, sin duda, más intrépido? Al oprobio agregad la pérdida del honor. La lana que la púrpura ha teñido no puede mostrar sus colores perdidos.

y el verdadero valor, una vez perdido, no cuida de entrar de nuevo en los pechos envilecidos. Cuando se vea al ciervo combatir desembarazado de las tupidas mallas de las redes, será valiente aquel que se entregó a los pérfidos enemigos, y en nueva con­tienda abatirá a los Cartagineses aquél que, sin resistencia sintió la coma sobre sus brazos trabados y temió a la muerte.

Éste ha podido mezclar la paz a la guerra no habiendo de dónde asegurarse la vida. ¡Oh, deshonor! ¡Oh, grandeza de Cartago más excelsa por la ruina vergonzosa de Italia!"

Se dice que rechazó de sí, como un desposeído del rango de ciudadano romano, el beso de su casta esposa y de sus hijos, y hosco puso en tierra su mirada varonil hasta que por la autoridad de un consejo sin precedentes convenció a los senadores que aún dudaban, y en medio de sus amigos llorosos marchaba altivo al destierro.

Y, sin embargo, él sabia qué torturas le preparaba el verdugo bárbaro: pese a todo, apartó a los parientes que le cerraban el paso y al pueblo que se le oponía a su marcha.

Se diría que como si dejara resueltos los asuntos de sus cuentes y partiera a los campos de Venafro o al lacedemonio Tarento.

VI

Expiarás inocente las faltas de tus mayores, romano, mientras no hayas reparado los templos, las moradas arruinadas de los dioses y las imágenes afeadas por el negro humo.

Imperas porque te muestras sumiso a la voluntad de los dioses. De ellos haz partir iniciativa y a ellos refiere tus éxi­tos. Despreciados los dioses, han enviado mil males a la deplorable Hesperia.

Ya por dos veces Moneses y la tropa de los soldados de Pacoro han quebrantado nuestros ataques desamparados por los auspicios, y gozan de haber agregado nuestros despojos a sus exiguos collares.

Poco faltó para que, entregados a las sediciones, pereciese la Ciudad destruida por el Daca y el Etíope; éste formidable por su flota y aquel superior en lanzar saetas.

Épocas fecundas en crímenes mancillaron primero matrimonios, reza; de este manantial ha nacido el río que se ha desbordado sobre la patria y sobre el pueblo.

La virgen demasiado precoz aprende con alegría las des­vergonzadas danzas jónicas, se acostumbra a las malas artes y ya desde su tierna infancia se apresta a impuros amores.

Más tarde busca, en la misma mesa en que bebe su ma­rido, nuevos amantes más jóvenes y no elige al hombre que recibirá de ella apresurados goces prohibidos lejos de las an­torchas sino que, requerida, se levanta abiertamente delante de su marido cómplice, ora la llame un negociante, ora un patrón de nave ibera que compre a buen precio su deshonor.

No había nacido de tales padres la juventud que enro­jeció el mar con su sangre púnica, que abatió a Pirro y a Aritíoco, el gran rey, y al siniestro Aníbal.

Era la varonil descendencia de soldados rústicos, ins­truida en remover la tierra con la azada sabina y, a la menor seña de una madre rígida, acarrear la leña cortada cuando el sol desplaza las sombras de las montañas. Y la que quitaba el yugo a los bueyes fatigados, trayendo en su carro fugitivo la hora amiga del descanso.

¿Qué no empequeñece el paso del tiempo destructor? La generación de nuestros padres, peor que la de nuestros abuelos, ha hecho nacer hijos más malos aún en nosotros, que daremos una descendencia peor todavía.

VII

¿Por qué lloras Asteria, a aquel que desde la vuelta de la Primavera te devolverán los radiosos Céfiros; a Giges, el mozo de la fe constante, rico en el tráfico de la Jonia?

Impulsado por el Noto hacia Orico, cuando acababa de aparecer la constelación de las Cabrillas, pasa en insomnio frías noches no sin abundantes lágrimas.

Y mientras tanto un mensajero de su huésped atribulada, diciéndole que Cloe suspira, que la infeliz arde en amor con los mismos fuegos que tú, busca seducirle con mil mañas.

Le cuenta de qué modo su pérfida mujer empujó a Preto, por acusaciones mentirosas, a precipitar la muerte del casto Belerofonte; y le cuenta que Peleo estuvo a punto de ser presa del Tár­taro, huyendo castamente de la magnesia Hipólite. En re­sumen, el seductor recuerda historias que inducen al engaño.

Todo en vano: pues más sordo que las rocas de Icaros, Giges escucha estas palabras sin haber sido aún doblegado. Mas tú cuida no te guste, más de la cuenta, tu vecino Enipeo, aunque más que ninguno se muestra en el césped del Campo de Marte hábil en gobernar un caballo, y más que nadie hábil para descender nadando por el lecho del río toscano.

Desde el anochecer, cierra tu casa y no vayas, atraída por los sones de una flauta lastimera, a mirar a la calle mientras que sin cesar él te llama cruel. Tú, no obstante, no te ablandes.

VIII

Sorprendido, me preguntas qué es lo que yo hago, soltero como estoy, en las calendas de Marzo; qué quieren decir estas flores, este estuche lleno de incienso, estas brasas puestas sobre un altar adornado con guirnaldas de follaje verde; consultar.

Mecenas, docto en escritos de una y otra lengua. Es que he ofrecido a Liber un dulce festín, e inmolarle un macho cabrío blanco cuando casi había caído muerto por el des­plome de un árbol.

Este día de fiesta, al volver del año, hará saltar el tapón pegado con pez a un ánfora que aprendió a saturarse con huno durante el consulado de Tulo.

¡Bebe, Mecenas, cien copas a la salud de tu amigo salva­do! Y consiente que las luminarias permanezcan encendidas hasta el día. Lejos de aquí toda cólera, todo grito.

Da tregua a tus preocupaciones políticas por la Ciudad. Las tropas de Dacio Cotisón, rey de Gates, han perecido; el dañino Medo se arma contra sí mismo, entregado a lúgu­bres, disensiones; y se somete nuestro viejo enemigo de la extrema Iberia, el Cántabro domeñado bajo tardía cadena; ya los Escitas, aflojando su arco, piensan en retirarse de sus llanuras.

Deja de inquietarte, simple ciudadano, por los peligros que haya de correr el pueblo inconsciente; y toma con ale­gría los dones de la hora presente y deja los pensamientos austeros.

IX

-Mientras te era grato y ningún joven rival más amado rodeaba con sus brazos tu cuello blanco, yo prosperé más afortunado que el rey de los Persas.

-Y mientras tú no te abrasaste más por otra, o Lidia no era pospuesta a Cloe, Lidia en todas partes nombrada, yo prosperé más ilustre que la romana Ilia.

-Ahora estoy bajo las tiranas leyes de una tracia, la sabia Cloe; instruida en dulces modulaciones; diestra en tañer la cítara. Y por ello no tenería morir si, perdonada por el destino ni¡ amiga, mi alma debe sobrevivir.

-A mí me consume un fuego compartido con un Turio, con Calais, hijo de Orinto, y por él consentiría morir dos veces si, perdonado por el destino, debiera mi mozo sobre­vivirme.

-;Pero qué ocurriría si tornase el placer de otros tiempos? ;Si, ahora desunidos, nos unce bajo su yugo de bronce? ¿Si rechazo a la rubia Cloe y si se abre la puerta de Lidia que yo rechacé?

-Aunque Calais es más hermoso que un astro, y tú más liviana que el corcho y más irritable que el Adriático sin freno, quiero vivir contigo y contigo morir.

X

Aunque, en el confín del mundo, bebieras. Lice, las aguas del Tanais, casada con un esposo feroz, llorarías de dejarme tirado delante de los batientes ásperos de tu ventana y ex­puesto a los Aquilones, huéspedes del país.

¿No oyes con qué estrépito bate la puerta, con qué es­trépito la arboleda que rodea tu hermosa mansión son agi­tados por los vientos? ¡Ves como Júpiter, bajo su severa di­vinidad, endurece las nieves caídas?

Depón una soberbia que desagrada a Venus, no sea que la polea y la cuerda se pongan a correr en sentido contrario. No es una Penélope rebelde a los pretendientes la que ha engendrado en ti un padre tirreno.

¡Oh! Aunque ni los presentes, ni los ruegos ni la palidez de tus pretendientes teñida de violeta, ni un esposo herido por el amor de una concubina Piérida te hacen doblegarte, ¡apiádate de los que te imploran!

No seas ni tan dura como la encina seca ni de tan cruel tu corazón como el de las serpientes líbicas. Este, m¡ cuerpo, no sufrirá siempre el mismo rigor de tu puerta, o el del agua del cielo.

XI

¡Mercurio, pues tú eres el maestro que instruye a Anfión a mover las piedras con su canto, ayúdame, y tú, concha sabia en resonar bajo las siete cuerdas de mi lira asísteme también!

Tú, que no tenías en tiempos ni voz ni encantos, ahora amiga de la mesa de los ricos y de los templos: ¡entona acentos a los que preste sus oídos rebeldes Lide que, como yegua de tres años retoza en las extensas lla­nuras y terne ser tocada, ignora lo que es el matrimonio y está poco rasadura aún para audacias de un marido!

Pero tú, lira, sabes hacerte seguir de los tigres y de los bosques y hace que se detenga los arroyos en su curso.

Cerbero, el guardián del palacio inhumano, ha cedido a tus caricias, aunque su cabeza, como la de las Furias, se arme de cien serpientes y de su boca trilingüe broten un soplo horrible y una baba emponzoñada.

¿Qué más? Si hasta sonrieron a su pesar los rostros de Ixión y Titio, e inmóvil el tonel un instante permaneció seco, mientras con el dulzor de tu canto maravillabas a las hijas de Daunio.

Que oiga Lide el crimen y el suplicio famoso de estas doncellas, y el relato del tonel siempre vacío de un agua que se pierde por el fondo; que los oigan también las tardías disposición, es del Destino que están reservadas a las culpas incluso en el reino del Orco. Las impías -¿qué impiedad mayor pudieron come­ter?-, las impías osaron sacrificar a sus esposos con una espada sin misericordia.

Una sola de entre todas, digna de la antorcha nupcial, Ideo un engaño espléndido a su padre perjuro. Esta virgen, ilustre en todo tiempo, "Levanta -dijo a su esposo-, levanta; no sea que un largo sueño te venga de donde menos lo pienses. Engaña a tu suegro y a mis hermanas criminales que, corno leones encarnizados sobre los terneros, despedazan -¡ay!- uno a uno a sus maridos. Yo, más blanda que ella, ni te mataré ni te retendré encarcelado.

Que mi padre me cargue de cadenas crueles porque, guiada por clemencia, he perdonado a un esposo desgra­ciado; que me suba a un navío y me destierre hasta el fondo de los territorios númidas.

Ve adonde te lleven tus pies y los vientos mientras la noche y Venus te favorezcan; ve bajo un favorable presagio y graba sobre mi tumba versos lastimeros que guarden mi memoria."

XII

Desdichados aquellos que no pueden darse al amor con libertad ni pueden ahogar sus penas en el dulzor del vino y mueren de miedo por los latigazos que les da la lengua de un tío paterno.

De tus manos, Niobe, el niño alado de Citerea quitó el canastillo de lanas; te quitó la afición de tejer, trabajo de la Industriosa Minerva; te quitó a Hebro de Lípara, que baña en las aguas sus espaldas untadas de aceite de la lucha. Él, mejor jinete que el mismo Belerofonte, nunca fue vencido ni en pugilato ni en la carrera: hábil en abatir con sus flechas los ciervos cuyo tropa huye acosada al descu­bierto, y presto en recibir al jabalí que se oculta en la espe­sura de los jarales.

XIII

¡Oh, fuente de Badusia, más limpia que el cristal, que mereces un dulce vino y flores! Mañana recibirás la ofrenda de un cabrito, cuya frente inflamada por los cuernos na­cientes llama al amor y a los combates. En vano esta vez, porque este renuevo de un rebaño loco va a teñir con el rojo de su sangre el curso de tus heladas aguas.

La época ardorosa de la canícula no, podrá tocarte: tú ofreces un amable frescor a los toros fatigados por el arado, y al ganado errante.

Tú ocupas también un lugar entre las fuentes célebres, pues yo he cantado a la encina que nace entre tus tocas cóncavas de donde se escapan saltarinas tus aguas parleras.

XIV

Aquel que en tiempos tú decías, pueblo, que había marchado como otro Hércules a buscar un laurel que se compra con la muerte, César, desde las costas de la extrema Iberia contempla victorioso sus Penates.

Que su mujer, que pone toda alegría en su marido, avance sola después de haber cumplido todos los sacrificios rituales y, con ella, las hermanas de jefe ilustre. Y, tocadas con las cintas de suplicantes las madres de nuestras doncellas y muchachos, vosotras, las que ya conocéis al hombre, ¡evitad toda palabra de mal augurio!

Este día, que es verdaderamente para mí un día de fiesta, me librará de negras preocupaciones: no temeré ni al des­encadenamiento guerrero, ni a la muerte violenta mientras César sea dueño de la tierra.

¡Ve, muchacho, a buscar perfumes, coronas y una jarra que recuerde la guerra de los Marsos, si es que alguna tinaja ha podido escapar a las correrías de Espartaco!

Di, también, a la armoniosa Neera que anude en segui­da su cabellos color de mirra. Y si un portero odioso pre­tende retenerte, vuelve presto.

Mis cabellos, que encanecen, calman mi espíritu, antes ávi­do de riñas y de querellas violentas: yo no hubiera tenido esta paciencia en mi ardiente juventud, cuando Planco fue cónsul.

XV

Mujer del pobre Ibico: pon término a tus desarreglos y a tus trabajos demasiado conocidos. Próxima a la hora de los funerales, deja de loquear entre las muchachas y de exten­der una nube entre las claras estrellas. No te sienta bien, Loris, lo que puede convenir a Foloe, tu hija, que con más derecho que tú asalta las casas de los jóvenes como una ba­cante excitada por el tímpano. A tu hija el amor de Noto la empuja a retozar como cabrita juguetona.

Pero, a ti, lo que te sienta bien son las lanas tejida cerca de la célebre Luceria, y no, a una vieja como tú, las cítaras ni la flor purpurina del rosal ni las jarras apuradas hasta las heces.