LAS PÓNTICAS
OVIDIO
LIBRO PRIMERO
EPÍSTOLA I
A BRUTO
Nasón, antiguo habitante de la tierra de Tomos, te envía esta obra desde el litoral Gético. Si el ocio te lo consiente, ¡oh Bruto!, concede hospitalidad a sus libros extranjeros y dales un asilo en cualquier parte. No se atreven a presentarse en los monumentos públicos por miedo a que el nombre del autor les prohíba la entrada. ¡Ah, cuántas veces exclamé!: «Puesto que no enseñáis nada vergonzoso, marchad; los castos versos tienen acceso en aquel sitio» Sin embargo, no se atreven a tanto; y como tú mismo lo ves, se juzgan más seguros refugiándose bajo un techo privado. Me preguntas que dónde los podrás colocar sin ofensa de nadie. En el sitio de El Arte de amar, que ahora se halla vacío. Sorprendido de la novedad, acaso vuelvas a interrogarme qué motivo los lleva a tu casa. Recíbelos tales como se presentan, pues no tratan del amor. Aunque el título no anuncie temas dolorosos, verás que son tan tristes como aquellos que les han precedido. El fondo es el mismo, con título diferente, y cada epístola indica sin ocultarlo el nombre de aquel a quien se dirige. Esto, sin duda, te desagrada; mas no tienes derecho a prohibírmelo, y el obsequio de mi Musa llega a visitarte contra tu voluntad. Valgan lo que valieren, júntalos con mis obras; nadie impide a los hijos de un desterrado gozar la residencia de Roma sin quebranto de las leyes. Desecha el temor; los escritos de Antonio son leídos, y los del sabio Bruto andan en todas las manos. No estoy tan loco que me equipare a estos ilustres varones; pero jamás empuñé las crueles armas contra los dioses, y tampoco ninguno de mis poemas deja de rendir a César los honores que él mismo no desea que se le tributen.
Si recelas acoger mi persona, acoge las alabanzas de los dioses y recibe mis versos borrando el nombre del autor. El pacífico ramo de oliva nos defiende en los combates, ¿y no ha de servirnos de nada invocar el nombre del pacificador? Cuando Enejas conducía sobre los hombros la carga de su padre, dícese que las mismas llamas abrieron al héroe libre pasaje. Mi libro conduce al nieto de Encas, ¿y no hallará desembarazados los caminos? Augusto es el padre de la patria, Aquiles lo fue sólo de Eneas. ¿Quién será tan audaz que rechace de sus umbrales al egipcio que agita el sistro resonante? Cuando el que empuña el clarín celebra a la madre de los dioses con su retorcido instrumento, ¿quién le negará un pequeño óbolo? Sabemos que el culto de Diana no prescribe las ofrendas; pero al adivino nunca le faltan los medios, de vivir. Los mismos dioses mueven nuestros corazones, y no es vergonzoso obedecer a tal credulidad. Yo, en vez del sistro y la flauta de Frigia, llevo el santo nombre del descendiente de Julo; yo enseño y profetizo: abrid paso al portador de cosas sagradas; no lo exijo por mí, sino por un dios poderoso. Porque sentí la ira del príncipe o por haberla merecido, no vayáis a creer que rechazo la veneración que le debo. Yo he visto sentado ante el fuego de Isis a un sacrílego que confesaba haber ultrajado su numen, y a otro que por delito semejante quedó reducido a la ceguera, le oí gritar en medio de las calles que merecía tal castigo. Los númenes celestes oyen con placer tales confesiones y las miran como testimonios evidentes de su divino poder; y a veces alivia n las penas de los culpables y les vuelven el tesoro de la vista si los creen sinceramente arrepentidos de su culpa. ¡Ah!, yo me arrepiento, si merecen fe las palabras de un desdichado; yo me arrepiento, y el recuerdo de mi falta constituye mi suplicio. El dolor de mi delito es más grande que el de mi destierro, y menos doloroso sufrir la condena que haberla merecido.
Aunque me favorezcan los dioses, y entre ellos el más visible a los ojos de los mortales, tal vez me libren de la pena, nunca del remordimiento de mi culpa. Cuando me llegue la última hora pondrá término a mi destierro; pero la muerte no borrará la mancha de mi pecado. Nada tiene de extraño que mi alma, transida de dolor, se derrita como el agua en que se deshace la nieve. Como la oculta carcoma roe la madera de la vieja nave; como las salobres olas socavan los peñascos opuestos a su furor, y la áspera herrumbre desgasta el hierro abandonado, y como la polilla devora las páginas del libro que se guarda, así mi pecho se consume en honda tristeza que nunca tendrá fin. Antes me abandonará la vida que estos remordimientos, y mi dolor acabará después del que lo padece. Si los dioses árbitros de la humana suerte dan crédito a mis palabras, tal vez me juzguen digno de algún consuelo y me trasladen a lugar donde me vea seguro de los arcos de los Escitas; cometería una imprudencia si llevase más lejos mis súplicas.
II
A MÁXIMO
Máximo, digno del nombre ilustre que enalteces, igualando con la nobleza del ánimo tu linaje esclarecido; tú, que no hubieses visto la luz si el día en que cayeron los trescientos Fabios no perdonara a uno de ellos, acaso me preguntes de dónde viene esta epístola, y quieras saber quién te la dirige. ¡Ay de mí!, ¿qué haré? Recelo que leyendo mi nombre te disgustes y leas el resto con displicencia. Si alguien viera esta epístola, ¿me atreveré a confesar que yo te la he escrito y que he vertido lágrimas sobre mi propio infortunio? Que la vea; me atreveré a confesar que la escribí para darte cuenta del modo que expío mi culpa. Declaro que me hice reo de más duro castigo; pero ya no podría sufrirlo más riguroso. Vivo.
Rodeado de enemigos y en medio de los peligros, como si al perder la patria hubiese perdido mi tranquilidad. Estas gentes, a fin de causar heridas doblemente mortales, mojan todos sus dardos en la hiel de las víboras, y provistos con ellos, cabalgan los jinetes ante nuestros muros espantados, a la manera que el lobo da vueltas en torno del redil. Una vez que tienden el arco, con el nervio de un caballo por cuerda, ésta permanece tirante sin aflojarse jamás, Las casas se ven erizadas de flechas cual un campamento, y los sólidos cerrojos de las puertas apenas, resisten el empuje de las armas. Añádase el aspecto del país, sin árboles ni verdor, donde el invierno sucede inmediato al invierno transcurrido, y ya es el cuarto que me fatiga luchando contra el frío, las saetas y la crueldad del destino. Mis lágrimas sólo cesan cuando pierdo el sentido, y caigo en tal postración, que se asemeja a la muerte. ¡Dichosa Níobe, que al ver la muerte de sus hijos perdió el sentimiento de su dolor, convirtiéndose en una roca, y vosotras también felices las que al clamar por Faetón os visteis de pronto convertidas en álamos, y desgraciado de mí que no consigo transformarme en árbol y pretendo en vano convertirme en roca! Aunque la misma Medusa se ofreciese de súbito a mis ojos, la misma Medusa sería incapaz de petrificarme. Vivo condenado a sentir sin descanso la amargura de mi situación, y la lentitud de las horas agrava mis penas. Así las destrozadas entrañas de Ticio vuelven a renacer y no perecen jamás, para que sufra eternamente. Cuando me rindo al sueño, descanso y general medicina de cuitas, confiado en que la noche me libre de dolores incesantes, los sueños me aterran reproduciéndome desgracias verdaderas, y los sentidos vigilan y se gozan en atormentarme. Ya me figuro que hurto el cuerpo a las flechas de los Sármatas, o que entrego al hierro duro las cautivas manos; y si me engaña la imagen de un sueño delicioso, contemplo mi casa de Roma abandonada, donde charlo largamente con vosotros, amigos que tanto me estimáis, o con la esposa querida de mi corazón, y apenas he saboreado un placer fugitivo e imaginario, la dicha momentánea viene a recrudecer mis males presentes; y ya el día ilumine esta miserable cabeza, ya galope en los caballos de la noche que trae las heladas, mi pecho, quebrantado por incesantes golpes, se deshace como la cera reciente se liquida al contacto del fuego.
A veces llamo a la muerte, y al mismo tiempo le suplico que me perdone por no dejar mis restos sepultados en el suelo de los Sármatas. Cuando pienso en la inagotable clemencia de Augusto, creo que podría dar a los náufragos playas menos salvajes; pero cuando pienso en la tenacidad del destino que me persigue, caigo en el abatimiento, y mis leves esperanzas se desvanecen, vencidas por el temor. Sin embargo, no espero ni solicito otra merced que vivir desgraciado, mudando el lugar de mi destierro. 0 nada vales, o esto es lo único que tu amistad pudiera solicitar en mi favor sin compromiso de tu crédito. Máximo, gloria de la elocuencia romana, toma a tu cargo el patrimonio de mi difícil causa; es mala, lo confieso, pero tu defensa la hará buena. Pronuncia algunas palabras de piedad en pro del mísero desterrado. César ignora, aunque un dios todo lo sabe, qué vida paso en estos remotos confines del mundo. La carga abrumadora del Imperio descansa sobre sus hombres, y todavía el peso es menor que la grandeza de su ánimo celestial. No tiene tiempo de inquirir en qué región está situada Tomos, ciudad apenas conocida de los Getas, sus vecinos, o lo que hacen los Sármatas, los crueles Jacigas, y la tierra Táurica, tan cara a la Diana de Orestes, y esos otros pueblos que apenas el invierno hiela la corriente del Íster lanzan sus corceles por la endurecida superficie del río.
La mayoría de sus habitantes ni se cuidan de ti, poderosa Roma, ni temen las armas del guerrero de Ausonia; sus arcos, sus aljabas llenas de flechas, y sus caballos, que resisten las más largas caminatas, son los fiadores de su audacia; han aprendido a soportar largo tiempo el hambre y la sed, y saben que el enemigo que les acose no encontrará en sus tierras ningún manantial. La cólera de un dios clemente no me hubiera desterrado a estas regiones a serle mejor conocidas. No se goza en que opriman los enemigos ni a mí ni a ningún otro romano, y menos a mí, a quien acordó la gracia de la vida. Pudo y no quiso perderme con un signo de rigor; ¿hay necesidad de que los Getas se conjuren en mi ruina? No encontró nada en mis actos que mereciese la muerte, y hoy puede hallarse menos irritado conmigo que ayer.
Aun entonces hizo sólo aquello a que le obligó mi culpa, y acaso su indignación fuese más templada de lo que yo merecía. Hagan los dioses, de todos los cuales es el más benigno, que en el orbe no nazca alma de la grandeza de César; que el fardo de los públicos negocios repose años y años sobre sus hombros, y pase luego a las manos de sus descendientes. Y tú, en presencia de juez tan poco riguroso, como ya he tenido ocasión de experimentarlo, alza la voz que ha de secar mis lágrimas; no le ruegues que yo viva bien, sino mal y seguro, y que mi destierro se halle lejos de tan cruel enemigo para que la vida que me concedieron los propios dioses no me sea arrebatada por el desnudo acero de un Geta repulsivo; y, en fin, que después de muerto, mis despojos yazgan en lugar más pacífico y no se sientan oprimidos por la tierra de Escitia; que el casco del caballo tracio no profane mis cenizas mal inhumadas, como suelen quedar las de un desterrado; y si tras la muerte nos queda algo de sentido, que la sombra de un Sármata nunca venga a espantar mis Manes.
Oyendo estos ruegos pudiera conmoverse el ánimo de César, sobre todo, Máximo, si movían antes el tuyo. Esa voz, que tantas veces ha sido la salvación de los reos atribulados, te suplico que se esfuerce por ganar en mi defensa los oídos de César, deslizando en el pecho del que ha de igualar a los dioses la dulce persuasión que mana de tu docta lengua. No vas a rogar a Teromedón, el crudo Atreo, ni al que ofrecía cuerpos humanos como pasto a sus caballos, sino a un príncipe lento en castigar y pronto en el premio, que se apena viéndose obligado al empleo de la severidad, que vence en todas las empresas y sabe perdonar a los vencidos, que ha cerrado por siempre las puertas de la discordia civil, que reprime los delitos muchas veces por el miedo del castigo, Pocas por el castigo mismo, y raras veces, y a su pesar, lanza el rayo de su mano. Así, pues, te encargo defender mi causa ante príncipe tan indulgente; impetra que señale el lugar de mi destierro más cerca de la patria.
Yo soy aquel buen amigo que en los días de fiesta solías sentar a la mesa entre tus comensales; yo soy el que celebró tu himeneo a la luz de las antorchas, cantando versos dignos de tu fausto enlace. Recuerdo que solías ensalzar mis libros, excepto aquellos que perdieron a su autor, y que te dignabas alguna vez leerme los tuyos, que oía con admiración. Soy aquel a quien disteis una esposa de vuestra familia. Marcia la considera, la ama desde su tierna infancia, y siempre la ha contado en el número de sus amigas. Antes mereció igual distinción de una tía de César: mujer apreciada por tales personas, es virtuosa de veras; alabada por ellas, la misma Claudia, superior a su reputación, no hubiese necesitado la ayuda divina. Yo asimismo viví sin tacha los primeros años; sólo los últimos reclaman el olvido. No quiero abogar por mí, mas os importa el cuidado de mi esposa, y no podéis rehusarlo sin eclipsar vuestro honor. Vedla, recurre a vosotros, se abraza a vuestras aras; todos acuden con razón a los dioses que reverencian, y llorando os piden que ablandéis al César con vuestras preces, para que descansen más cerca de ella las cenizas de su esposo.
III
Rufino, tu amigo Nasón, si un desgraciado puede serlo de alguien, te saluda en la epístola que te envía. Los últimos consuelos que de ti recibió mi alma abatida, alientan la esperanza del remedio de mis males. Como el héroe hijo de Peán sintió calmarse dolor de su herida gracias al saber de Macaón en el arte médica, así yo, presa del abatimiento y víctima de herida más grave, comencé a fortalecerme con tus consejos, y cuando ya desesperaba del todo, tus palabras me restituyeron la salud, como un vino fortificante restaura el pulso desfallecido. Pero la fuerza de tu elocuencia no ha sido tan arrebatadora que haya sanado radicalmente mi dolencia, Por mucho que agotes el abismo de mis hondas tristezas, no conseguirás que su número disminuya. Acaso después de mucho tiempo, la cicatriz llegue a cerrarse: las heridas recientes se irritan contra la mano que se dispone a su curación. No siempre depende del médico el alivio del enfermo; el mal es a veces más fuerte que los recursos de la ciencia. ¿Ves cómo la sangre, que arroja un pulmón deshecho conduce por camino seguro a las riberas de la Estigia? Aunque el mismo Dios de Epidauro venga con sus hierbas sagradas, no dará ningún remedio a las penas del corazón. La Medicina no sabe curar los dolores de la gota, y es incapaz de salvar al hidrófobo; en ocasiones la tristeza repele todos los esfuerzos del arte, o si es curable, confía en el transcurso del tiempo. Cuando tus preceptos fortalecían mi espíritu decaído, que se pertrechó con las armas que le ofrecía tu noble aliento, de nuevo el amor de la patria, más poderoso que todas tus razones, deshizo en un instante el efecto de tus escritos, y ya me llames piadoso, ya débil como una mujer, te confieso que mi corazón se enternece demasiado en la des-ventura. Nadie pone en duda la sabiduría del rey de Ítaca, cedió, sin embargo, al ardiente deseo de ver el humo de sus patrios hogares. No sé qué hechizo tiene la tierra natal, que nos encadena e impide que la olvidemos jamás. ¿Qué pueblo más hermoso que Roma, y cuál país más aborrecible que las riberas de Escitia? Pues bien: el bárbaro huye de aquella ciudad, por correr a esta su tierra. Aunque a la hija de Pandión le vaya bien en su jaula, desea a todas horas volver a la selva. Los toros van tras los pastos de los montes que les son conocidos; los leones a pesar de su fiereza se esconden en sus antros, ¿y tú confías endulzar con palabras consoladoras el tormento del destierro que me llena de angustia? Haced, amigos míos, que yo no os ame tanto, y será menos intenso el dolor de haberos perdido.
Viéndome arrojado de la patria donde vi la luz, tal vez me cupo en suerte vivir en país tolerable por el trato de mis semejantes; mas no, yazgo proscrito en los últimos confines del mundo, cubierto por eterno manto de nieve. Aquí el campo ni produce frutos, ni sazona las dulces uvas, ni las riberas se adornan con los sauces, ni los robles crecen en los montes. El mar no merece mayores alabanzas que la tierra; las olas, que el sol nunca visita, amenazan siempre, removidas por la impetuosidad de los vientos. Adondequiera que vuelvas los ojos, hallarás campos sin labriegos y vastas llanuras que a nadie pertenecen. El enemigo nos sobresalta con sus ataques a izquierda y derecha; vecindad incómoda que asusta por entrambas fronteras. De una parte nos amenazan las picas de los Bistonios, de otra los dar-dos que vibra la mano del Sármata: ahora relátame los ejemplos de los antiguos varones que supieron soportar con fortaleza el ostracismo. Admira la magnánima entereza de Rutilio, que rehusó el permiso de volver a la patria. Vivía relegado en Esmirna, no en la tierra enemiga del Ponto; y Esmirna es, sin duda, preferible a cualquier otra población. El cínico de Sínope no se dolía de su extrañamiento, porque te escogió, comarca Ática, Como lugar de su retiro. El hijo de Neocles, que destruyó con las armas el ejército persa, pasó su primer destierro en la ciudad de Argos. Arístides, expulsado de Atenas, huyó a Lacedemonia, y era muy discutible cuál de las dos ciudades aventajaba a la otra. Después de cometer un homicidio el joven Patroclo, abandonó a Oponte y fue huésped de Aquiles en Tesalia. Echado de Hemonia, detúvose al borde de la fuente Pirene el héroe que en su sagrada nave recorría las playas de la Cólquida. Cadmo, el hijo de Agenor, abandonó los muros de Sidón para edificar su ciudad en sitio más venturoso. Tideo, fugitivo de Calidón, acogióse cerca de Adrasto, y Teucer halló grato asilo en una tierra querida de Venus. ¿A qué recordar los antiguos romanos, entre los cuales Tíbur se consideraba como el último confín de la tierra? Aunque enumerase todos los casos, en ninguna época se señaló a nadie lugar tan horrible y lejano de la patria, Perdone, tu saber las quejas de un doliente, en quien producen tan poco efecto tus palabras consoladoras; no niego, empero, que si mis males tuviesen cura, ésta se lograría por la virtud de tus consejos; mas temo que trabajas en balde por mi salvación, y; que, enfermo irremisiblemente perdido, resulten ineficaces tus remedios. No hablo así porque sepa más que vosotros, sino porque me conozco mejor que mis médicos, y a pesar de esto, confieso que he recibido como un don inestimable el testimonio de tu buena voluntad, o, aplaudo la intención que revela.
IV
A SU ESPOSA
Ya el transcurso de la edad cubre de canas mi cabeza y las arrugas de la vejez surcan mi rostro; y languidecen el vigor y las fuerzas en mi cuerpo quebrantado, y no siento placer en los juegos que divertían mis mocedades. Sí de súbito me presentase a tu vista, no acertarías a reconocerme: tal me han parado los estragos del tiempo.
Reconozco que estas son las consecuencias de la edad, bien que existen Otras causas: la ansiedad del alma Y los continuos sufrimientos. Si mis años se contasen por el número de mis males, créeme, sería más vicio que Néstor el de Pilos. ¿No ves cómo el campo de duras glebas quebranta la robustez de los bueyes? Y ¿qué animal resiste lo que el buey? La tierra que no huelga en barbecho, agotada por la producción, llega a la esterilidad, y sucumbe el corcel que toma parte sin descanso en las carreras del circo. Por fuerte que sea, el mar destrozará la llave que nunca reposó en seco apartada de las olas. Una serie interminable de penas debilita mi aliento y me envejece antes de tiempo. El ocio tonifica el cuerpo y es también alimento del alma, y un inmódico trabajo destruye al uno y a la, otra. Recuerda cómo por haber arribado el hijo de Esón a estas comarcas, consiguió las alabanzas de la remota posteridad, y sus trabajos fueron menos duros y penosos que los míos, si el nombre del héroe, no ahoga la voz de la verdad. Él vino al Ponto enviado por Pelias, cuyo poder apenas se extendía a los límites de Tesalia, y a mí me desterró la cólera del César, cuya autoridad temen las tierras del Ocaso y la Aurora. Hemonia se halla más próxima que Roma a las siniestras riberas del Ponto, y se arriesgó en navegación menos prolongada que la mía. Él tuvo por compañeros los principales Aqueos, y mis amigos me abandonaron al partir para el destierro. Nosotros surcamos en frágil leño la vasta llanura, y el vástago de Esón navegaba en una nave excelente. Yo no llevaba un Tifis por piloto, ni un hijo de Agenor me enseñaba qué rutas debía seguir o evitar. El viajaba escudado por la protección de Palas y la augusta Juno, y ningún numen se dignó defender mi cabeza, él fue secundado por las intrigas de una inclinación secreta, que ojalá el Amor no hubiese aprendido en mis enseñanzas; él volvió a su casa, y yo moriré en estas tierras, si persiste la cólera del dios a quien he ofendido.
Esposa fidelísima, mi carga es harto más pesada que la del hijo de Esón. Tú también, que aun eras joven cuando abandoné la ciudad, habrás envejecido con el pesar que te produce mi ausencia. ¡Ah! Permitan los dioses que pueda contemplarte tal como eres, estampar tiernos ósculos en tus mejillas desfiguradas, y oprimir en mis brazos tu débil cuerpo, exclamando: «Lo que sufrió por mí lo ha vuelto tan escuálido», y con las lágrimas de mis ojos mezcladas a las tuyas, narrarte mis trabajos, y entretenerme en coloquios inesperados, y en reconocimiento ofrecer por mi mallo a César y la esposa digna de su tálamo, el incienso que merecen como dioses verdaderos. Así la madre de Memnón por su boca de rosa me anuncie cuanto antes el día en que se aplaque el enojo de César.
V
A MÁXIMO
Aquel Ovidio que en mejores días no se estimaba el último de tus amigos, te suplica, Máximo, que leas sus, renglones; no pretendas atisbar en ellos rasgos de ingenio, como si estuvieses ignorante de su destierro. Advierte que la inacción enerva el cuerpo perezoso, y se corrompen las aguas estancadas del pantano; así, yo mismo, si tenía alguna habilidad en componer versos, la he debilitado y perdido a consecuencia de la desidia. Créeme, Máximo, estas líneas que repasas las escribe a su pesar mi mano, casi obligado por la coacción. No se deleita mi alma en lucha con cien tantos sinsabores, y la Musa que invoco no desciende al país de los crueles Getas. Ya tú lo notas: me violento al componer los versos, que me salen tan forzados como mi duro destino. Cuando los vuelvo a leer me sonrojo de haberlos escrito; yo que los compuse los considero dignos de borrarse, y no por eso los sujeto a la corrección: es faena más pesada que la de escribirlos, y mi espíritu enfermo no soporta tan dura labor. ¿Será este el momento de emplear una lima rigurosa, y someter cada voz a un examen severo? ¿Aun me atormenta poco la fortuna porque el Nilo no se precipita en el Ebro ni el Athos traslada sus bosques a los Alpes? Es necesario perdonar a un corazón atravesado por dardo cruel; los bueyes rehúsan doblar el cuello al yugo que los oprime.
Mas pienso que he de recoger el fruto en justa recompensa de mi labor, y que el campo me devolverá la simiente con usura. Recuerda todas mis obras; hasta aquí ninguna me fue de provecho, y ojalá ninguna me hubiese sido perjudicial. ¿A qué, pues, escribir? ¿Te admiras? Yo también me extraño, y me pregunto cien veces: ¿Qué fruto sacarás? Acaso el pueblo no desbarra al negar el seso a los poetas, y mi vida es la mejor prueba de semejante opinión; frustrado tantas veces por la esterilidad del campo, insisto en arrojar la semilla en suelo ingrato. Cierto que cada cual se apasiona por sus estudios, y se recrea consagrando el tiempo al arte que cultiva. El gladiador herido jura no volver al combate, y más tarde toma las armas olvidando la antigua herida. El náufrago sostiene que no luchará segunda vez con las olas, y luego hiende con el remo el agua en que se ahogaba. Así yo maldigo a todas horas mis inútiles afanes, y enseguida me vuelvo a las diosas que no quisiera adorar. ¿Qué haré mejor? Aborrezco la torpe indolencia, y considero la ociosidad semejante a la muerte. No me place amodorrarme con repetidos tragos hasta la madrugada, y las gratas impresiones del juego tienen poco influjo sobre mí. Después de dar al sueño la parte de noche que pide el descanso del cuerpo, ¿de qué modo pasaré las largas horas del día? ¿Aprenderé a manejar el arco de los Sármatas, olvidado de las costumbres patrias, y me dejaré arrastrar por las artes de este país? ¡Ah! Las fuerzas no me permiten entregarme a tal ejercicio, el temple de mi alma supera a mi débil constitución. Indaga bien mis quehaceres; sólo me ocupo en faenas que no reportan utilidad alguna; con ellas consigo el olvido de mi desventura, y bástame que el campo produzca tan buena mies. Que la gloria os estimule; entretened las vigilias con el coro de las Piérides para que se aplaudan los poemas que recitéis. Yo me contento con escribir lo que no me cuesta ningún esfuerzo, y no veo razón que me induzca a un continuo trabajo. ¿A qué pulir mis frases con nimio rigor? ¿Voy a temer que no agraden a los Getas? Acaso desbarre mi presunción, pero me envanezco de que el Íster no admira ingenio mayor que el mío: en estos campos donde he de resbalar mi vida, me basta ser un poeta entre los inhumanos Getas. ¿De qué me serviría perseguir la fama en otras esferas? Sea Roma para mí el sitio que la fatalidad me ha señalado. Mi Musa infeliz se satisface con este teatro; tal lo merecí, tal lo quisieron los númenes poderosos. Por otra parte, desconfío que mis libros, desde estas riberas, arriben al lugar adonde el Bóreas llega con alas fatigadas. El cielo nos separa; la Osa, alejada de la ciudad de Quirino, contempla de cerca a los vellosos Getas. Difícil me es creer que por tantas tierras y tantos mares hallen pasaje los frutos de mis veladas. Imagínate que se leen y, lo que es admirable, que llegan a deleitar: este éxito no servirá seguramente de ayuda al autor. ¿Qué te importa ser alabado en la cálida Siena, o donde las olas del mar índico ciñen a la isla Trapobana? Subamos a más altura. Si te ensalza el coro de las Pléyadas, tan distantes de nuestro planeta, ¿qué ventajas reportarás? ¡Ay! No consigo arribar con mis mediocres poemas a la ciudad donde vives; m¡ nombre ha abandonado a Roma conmigo. Vosotros, para quienes dejé de existir el día que sepulté mi fama en la tumba, sin duda que al presente ya no os ocupáis de mí muerte.
VI
A GRECINO
Cuando supiste mi desgracia hallándote en tierra extranjera, dime, ¿se entristeció tu corazón? En va-no lo disimularás, en vano temerás confesarlo; si te conozco bien, Grecino: te afligiste de veras. No cabe en tus dulces costumbres una dureza repulsiva, que desdice por completo de tus estudios preferentes. Las artes liberales a que te entregas con tanto ardor suavizan los afectos ahuyentando la rudeza, y ninguno les consagra devoción tan apasionada, siempre que te lo consienten los afanes y obligaciones de la guerra. Yo, en verdad, apenas pude darme cuenta de mí desgracia; permanecí largo tiempo atónito y falto de sentido, y estimé como la mayor desventura verme privado de tu amistad, que me hubiera servido de eficacísimo auxilio. Contigo me faltaban los consuelos que requería mi mente turbada, y aun la mejor parte de mi alma y mi razón. Mas ahora sólo me queda rogarte que me favorezcas, aunque te halles lejos, y aminores con tus consejos la pesadumbre de mi ánimo.
Si en algo crees la veracidad de tu amigo, le juzgarás más insensato que culpable. No es cosa de leve importancia ni segura escribir sobre el origen de mi falta; mis heridas se recrudecen al ser tocadas. Cesa de rogarme te manifieste de qué modo las he recibido; no las irrites si quieres que se cierren. Sea lo que fuere, mi punible acción debe reputarse una falta, no un crimen. ¿Por ventura se ha de juzgar crimen cualquier ofensa hecha a los dioses? Así, Grecino, no he perdido del todo la esperanza de ver un día conmutada mi sentencia. La esperanza fue la única divinidad que permaneció en el mundo cuando todos los númenes abandonaban la tierra malvada. Ella alienta a vivir al esclavo cargado de hierro, soñando que un día sus pies se verán libres de cadenas; ella incita al náufrago, aunque no vea tierra por parte alguna, a mover los brazos en medio de las olas. Los médicos expertos desahucian mil veces al enfermo, que no, pierde la esperanza ni en el momento en que la sangre cesa de circular por sus arterias. Los encerrados en un calabozo dícese que confían en su salvación, y algunos pendientes de la cruz no dejan de hacer votos. Esta diosa impidió que realizaran sus funestos propósitos muchos desesperados que se echaron un lazo al cuello, y ésta misma detuvo mi resuelta mano, cuando intenté con el acero poner fin a mis dolores. «¿Qué haces? -me dijo -. No hay necesidad de sangre, sino de lágrimas, que templan en muchas ocasiones la cólera del príncipe. Así, reconociéndome indigno del perdón, fundo mis esperanzas en la bondad de este dios. Suplícale, Grecino, que no se me muestre inexorable, y ayuda con tu elocuencia la realización de mis votos. Muera sepultado en las arenas de Tomos, si dudo un instante de los tuyos en mi favor. Primero comenzarán las palomas a no frecuentar las torres, las fieras los antros, las ovejas los prados y el cuervo marino las olas, que Grecino corresponda mal a mi antigua amistad: no todo lo han trastornado mis aciagos destinos.
VII
A MESALINO
Esta carta que substituye a la viva voz, te la dirijo, Mesalino, interesándome por tu salud desde el país de los crueles Getas. ¿Conoces al autor por el lugar? ¿Será preciso que leas mi nombre para saber que te la escribe Nasón? ¿Cuál otro de tus amigos yace relegado a los extremos confines del orbe, excepto el que te suplica que le cuentes siempre en el número, de los tuyos? Que los dioses preserven a cuantos te aman y veneran de conocer las gentes de esta nación. Basta con que yo solo viva entre los hielos y las flechas de los Escitas, si merece llamarse vida tal género de muerte; que a mí solo fatigue este país con la guerra, el cielo con sus rigores, el Geta feroz con las armas y el invierno con sus hielos; que yo solo habite una tierra que no produce frutos ni racimos, y en la que el enemigo nunca se cansa de amenazar por todas partes. Viva feliz el grupo numeroso de tus amigos, entre quienes, como en medio de la turba, ocupaba yo un lugar insignificante. Desgraciado de mí si te ofenden estas palabras y niegas haberme contado un día en el círculo de los tuyos. Cuando, ello no fuese verdad, deberías perdonar mi mentira; pues mi vanagloria en nada perjudica tu fama. ¿Quién no se envanece de ser amigo de los Césares a poco que los conozca? Perdóname la audacia que confieso, tú serás para mí el César. Mas no penetro a la fuerza en los sitios que se me prohíben, y me doy por satisfecho con que declares que siempre me abriste tu puerta. Cuando entre los dos no existiese otro lazo mayor, a lo menos antes contabas una voz más que acudía a saludarte. Nunca renegó de mi amistad tu padre, que me alentó en mis estudios, que fue mi antorcha y guía, y a quien rendí como último honor el tributo de mis lágrimas en la hora de su muerte, y de mis versos recitados en el foro. Me consta, además, que tu hermano siente por ti un amor que no cede al de los hijos de Atreo y Tíndaris, y nunca ha desdeñado mi compañía ni mi amistad, porque comprende sin duda que no han de serle dañosas. De lo contrario, confesaría que sobre este punto no dije verdad, prefiriendo que vuestra casa estuviese para mí herméticamente cerrada; mas no se me puede cerrar, no hay poder humano capaz de impedir que un amigo se extravíe, aunque todos saben que nunca he sido un criminal, y quisiera que mi error se pudiese negar igualmente. Si mi culpa no fuera en parte excusable, la pena del extrañamiento me parecería harto leve; pero el mismo César, a cuya penetración nada se escapa, vio que mi delito era sólo una imprudencia, y la perdonó tanto como lo permitía mi error y lo consintieron las circunstancias; usó con moderación de sus rayos, no me quitó la vida, ni la esperanza de regresar a la patria, si vuestras preces consiguen calmar su cólera. Gravísima fue mi caída, ¿qué tiene de extraño? El mortal anonadado por los rayos de Jove, no recibe daños de poca monta. Aun pretendiendo reprimir su brío, los dardos que lanzaba Aquiles producían horrorosas heridas. Así, pues, siéndome favorable la sentencia del juez, no hay motivos para que tu puerta deje de reconocerme. Confieso que mis atenciones no llegaron hasta don-de debían; pero esto, a mi parecer, fue obra del destino. Sin embargo, nunca hubo persona a quien más honrase, y ya en tu casa, ya en la de tu hermano, gocé la protección de vuestros Lares. Tu fraternal pie-dad es tan grande, que sin rendirte mis homenajes, por ser el amigo de tu hermano, ya tengo derecho sobre ti. Si el reconocimiento debe acompañar siempre a los beneficios, ¿no convendría a tu fortuna merecerlo? Si me concedes persuadirte acerca de lo que has de pedir, suplica a los dioses lo que pueden dar mejor que vender. Esto es lo que haces, y, si mal no recuerdo, solías obligar a muchos con tus relevantes servicios. ¡Mesalino, dame cualquiera plaza en el número de los tuyos, con tal que no me mires como extraño en tu casa; y si no te conduele que Ovidio padezca los males que mereció, duélete al menos de que los haya merecido.
VIII
A SEVERO
¡Oh, Severo, que dominas la mejor parte de mi alma!, recibe el testimonio de afecto que te envía tu querido Nasón. No me preguntes lo que hago; si te lo contase todo, llorarías; basta que conozcas el resumen de mis tristezas. Vivo sin conocer un momento de paz, en continuos rebatos y luchas mortíferas, que promueve el Geta provisto de su carcaj. De tantos como residen fuera de la patria, yo solo soy soldado y desterrado: todos los demás, y no los envidio, reposan seguros. Para que te dignes leer con indulgencia mis libros, ten presente que sus versos se han compuesto en los preparativos del combate. Cerca de las riberas del Íster, conocido por dos nombres, álzase una antigua ciudad casi inexpugnable por sus muros y excelente situación. A creer las historias de sus habitantes, el caspiano Egigso la fundó y le dio su propio nombre. El Geta feroz, después de acuchillar a los Odrisios por sorpresa, se apoderó de ella, Y sostuvo la guerra con el rey. Éste, fiel a la memoria, de su alta nobleza que acreditaba con el valor, lanzóse al campo rodeado de innumerables guerreros, y no se retiró hasta que con la muerte merecida de los culpables, llevando al extremo la venganza, é mismo incurrió en la nota de culpable. ¡Oh, rey valentísimo de nuestra época!, ojalá tu mano gloriosa empuñe siempre el cetro, y lo que vale más, ¿podría descarte gloria mayor?, ojalá recibas el aplauso de la belicosa Roma y de su excelso César. Vuelvo al punto de partida. Me quejo, carísimo amigo, de que el estrépito de las armas venga a acrecentar mis dolores. Cuatro veces el otoño ha visto, surgir las Pléyadas, desde que carezco de vuestra compañía sepultado en estas riberas infernales. No vayas a creer que Ovidio suspira por las diversiones de la vida romana, y, no obstante, las echa de menos con pesar.
Pues ya, dulces amigos, os hacéis presentes a mi memoria, ya pienso en mi hija y mi cara esposa, y después me imagino que salgo de casa y paseo por los sitios más hermosos de la ciudad, y los recorro todos con los ojos del pensamiento y visito las plazas, los palacios y los teatros revestidos de mármol,
o los pórticos de suelo igualado y el césped del campo de Marte, desde donde se contemplan jardines, deleitosos, y los estanques y las aguas de Euripo y la fuente Virginal. ¿Por ventura, al arrebatarse a este mísero los placeres de Roma, se le permite gozar de otra campiña cualquiera? Mi ánimo no se obstina en apetecer los campos perdidos, o los sembrados fértiles de la comarca de los Pelignos, ni los jardines plantados en las colinas que sombrean los pinos, y se descubren en el punto donde la vía Clodia se junta con la Flaminia, jardines que yo mismo cultivé sin saber para quién, y a los que solía, no me avergüenza confesarlo, conducir las aguas de la próxima fuente. Si existen todavía, allá se yerguen árboles en otros tiempos por mí plantados, pero cuyos frutos no ha de recoger mi mano.
Ojalá me fuera dado reemplazar su pérdida cultivando aquí un huertecillo que entretuviese mi destierro. Yo mismo, si pudiera, apoyado en mi báculo, llevaría a pacer las ovejas y las cabras que trepan por las rocas; yo mismo descargaría el pecho de cuitas incesantes, guiando los robustos bueyes uncidos al corvo yugo, y aprendería el lenguaje que conocen de oírlo a los Getas, añadiendo los gritos amenazadores que acostumbran proferir; yo mismo, sujetando con la mano el arado que hiende la tierra, aprendería a esparcir la semilla en el surco removido, no titubearía en limpiar de brozas el campo con el largo azadón, y llevaría a mi sediento huerto el agua que reclamase; pero ¿cómo dedicarme a tales ocupaciones si apenas se alza un muro y una cerrada puerta entre mí y el enemigo? Los fatales dioses hilaron para ti estambre de felices agüeros en el momento de, nacer; ya frecuentas el campo de Marte, ya paseas a la sombra del pórtico, ya en el foro al que dedicas breves instantes, ya la férvida rueda te conduce por la vía Appia derecho a tu casa de Alba; una vez allí, acaso deseas que César temple su justa cólera, y tu villa me sirva de refugio. Es demasiado, amigo, lo que pretendes; modera tus deseos, te lo suplico, y reprime el vuelo audaz del pensamiento. Yo viviría satisfecho en tierra menos lejana y menos expuesta a los trances de la guerra, sintiéndome aligerado de una gran parte de mis sufrimientos.
IX
A MÁXIMO
Apenas recibida la epístola tuya que me anunciaba la muerte de Celso, la he regado con mis lágrimas, y, lo que me cuesta decir, lo que nunca juzgué posible, la he leído bien, a pesar mío. Desde que habito en el Ponto, no había llegado a mis oídos noticia tan dolorosa, y ojalá sea ésta la última. Su imagen se ofrece a mis ojos como si le tuviera presente, y mi amor aún le cree vivo. Recuerdo mil veces el abandono con que se entregaba a las diversiones, y su probidad inmaculada en los negocios graves. De todas mis épocas, ninguna se me representa con la tenacidad de aquélla, que habría querido fuese la última de mi existencia. Cuando mi casa se derrumbó de golpe con espantosa ruina, cayendo sobre la cabeza de su dueño, Máximo, él vino en mi ayuda, y cuando casi todos me abandonaban, él no siguió a la fortuna. Yo le vi llorar desolado mi desgracia, como si presenciara que llevaban a su hermano a la pira; se arrojó en mis brazos, consoló mi honda aflicción y mezcló sus lágrimas con el raudal de las mías. ¡Oh!, ¡cuántas veces, guardián aborrecible de mi amarga vida, contuvo mis manos prontas a terminar con ella!; ¡cuántas veces me dijo!: «La cólera de los dioses se deja aplacar; vive, y no desesperes de la posibilidad del perdón. Y oye las palabras que me impresionaron más: «Considera de cuánto auxilio te puede servir Máximo; Máximo se esforzará, con el celo de la amistad que te profesa, rogando a César que no lleve al extremo los efectos de su cólera. A sus esfuerzos juntará los de su hermano, y no habrá recurso a que no apele para dulcificar tu suerte.» Estas palabras consolaron el tedio de mi ánimo; a ti, Máximo, toca acreditar que no se pronunciaron en balde. A menudo solía jurarme que vendría aquí, siempre que tú le dieses licencia para emprender tan largo viaje; porque el culto que tributa a tu casa es tan respetuoso como el que tú mismo rindes a los dioses que imperan en el mundo. Créeme, tienes merecidamente innumerables amigos, pero ninguno que supere los quilates de su amistad; que no es la hacienda ni el linaje, sino la honradez y el talento, lo que enaltece a los hombres. Vierto con sobrada razón en la muerte de Celso el llanto que él derramó hallándome sin vida el día de mi destierro; con razón le dedico estos versos que testifican sus nobles cualidades, para que los venideros lean el nombre de Celso. Es lo único que puedo enviarte desde los campos Géticos, lo único que puedo llamar mío. No me fue dado acompañar tu funeral y esparcir perfumes sobre tu cuerpo, porque el universo entero me alejaba de tu pira.
Quien pudo, Máximo, a quien tú en vida reverenciabas como un Dios, te ha rendido los últimos honores; él dispuso tus exequias, él hizo a tus despojos sentidas demostraciones, y esparció el amomo sobre tu helado seno, en su dolor diluyó los ungüentos con las lágrimas que derramaba, y guardó tus cenizas en una tierra vecina. El que así cumple con los amigos fallecidos sus deberes, bien haría en contarnos igualmente entre los muertos.
X
A FLACCO
Desde su destierro, Nasón saluda a su amigo Flacco, si alguien puede enviar aquello de que carece. Mi cuerpo, aniquilado por tantos embates, desde hace tiempo languidece, incapaz de recobrar sus perdidas fuerzas. No siento ningún dolor, no me abrasa ninguna fiebre sofocante, y la sangre circula por mis venas de un modo regular; pero con el mal gusto de boca, repugno las viandas que me ponen en la mesa, y me aflige que llegue la hora aborrecida de comer. Sírveme los pescados del mar, los frutos de la tierra y las aves del aire, y no hallaré nada que estimule mi apetito. Si la hermosa Hebe con solícita mano me brindase el néctar y la ambrosía que beben y comen los dioses, su rico sabor no excitaría mi paladar embotado, y como un peso incómodo fatigaría tenazmente mi estómago. No me atrevo a escribir estas molestias sobrado reales a, cualquiera, por el temor de que llame delicadezas a mis padecimientos; en verdad que, dada mi situación y el aspecto de mi fortuna, las delicadezas estarían en su lugar; yo se las deseo tales como las pruebo, al que estimó que la ira de César fue harto benévola conmigo. Hasta el sueño, reparador alimento de un organismo debilitado, no cumple sus deberes restaurando las fuerzas del mío. Paso la noche en el insomnio, y me desvelan de continuo las aflicciones a que dan pábulo las tristezas del lugar. Así, aun viéndolo, apenas reconocerías mi rostro, y preguntarías: «¿Adónde huyó el color que antes lo sonrosaba?» Gotas escasas de sangre sostienen mis débiles miembros, ya más pálidos que la cera reciente. Estos estragos no me los produjeron excesos de embriaguez; tú sabes que el agua es casi mi única bebida. Mi vientre no abusa de las viandas, y a tener ese gusto, seríale imposible satisfacerlo en el país de los Getas. Tampoco enervó mis energías la peligrosa voluptuosidad de Venus, que no suele visitar los lechos de los desgraciados. Lo que me daña es el agua y el clima, y sobre todo la ansiedad del ánimo que no me abandona un instante: si no la calmas tú con ese hermano que tanto se te parece, mi espíritu agobiado sucumbirá al peso de la tristeza. Vosotros, para un, frágil esquife, sois una tierra hospitalaria; vosotros me acordáis la protección que muchos me niegan; dispensádmela siempre, os lo ruego, pues siempre he de necesitarla mientras el numen de César aliente irritado contra mí. Uno y otro orad suplicantes a vuestros dioses, no que cese, sino que disminuya su cólera merecida.
LIBRO SEGUNDO
EPÍSTOLA I
A GERMÁNICO CÉSAR
La fama del triunfo de César también ha llegado a estas tierras, que apenas visita el lánguido soplo del cansado Noto. Siempre pensé que nada me sería grato en la región de Escitia, y hoy encuentro este país menos aborrecible que antes. Disipada la nubede mi tristeza, por fin he visto un día sereno, y me he burlado de la adversa fortuna. Aunque César me prohibiese toda satisfacción, ésta al menos ha de permitir que todos la gocen. Los mismos dioses quieren ser adorados con una piedad alegre, y ordenan deponer la tristeza en los días a sus fiestas consagrados, y, en fin, sea una verdadera insania la audacia de confesarlo, aunque él me lo prohíba, gozaré de la común alegría.
Cuantas veces Júpiter favorece con sus lluvias benéficas a los campos, el lampazo tenaz arraiga entre las mieses; así nosotros, hierba inútil, sentimos el hálito de un numen fecundo, y, mal de su grado, a veces nos regocijamos con sus beneficios. Los goces de César me pertenecen como romano: esta familia no tiene nada exclusivamente suyo. ¡Oh fama!, yo te doy las gracias, pues me permitiste contemplar la pompa triunfal, aunque relegado en medio de los Getas. Por tus relatos supe que poco ha se reunieron pueblos innumerables para contemplar de cerca el rostro de su caudillo, y Roma, cuyas extensas murallas encierran al orbe universal, apenas pudo recibir a tantos extranjeros. Tú me referiste que por espacio de muchos días el Austro tempestuoso no cesó de derramar continuas lluvias, y que el sol iluminó con luz celestial el día del triunfo, armonizándolo con el aspecto regocijado del pueblo; así pudo el vencedor distribuir a los guerreros el premio de sus hazañas, prodigándoles merecidos elogios, y antes de vestir las ropas bordadas, como insignia esclarecida, ofreció el incienso en las santas aras y aplacó piadoso a la justicia, tan reverenciada de su padre, que reside como en un templo dentro de su corazón. Por donde pasaba oía votos felices, ahogados por los aplausos, y las rosas, impregnadas de rocío, cubrían el pavimento. Iban delante las imágenes en plata de los muros rotos, las ciudades expugnadas y sus habitantes vencidos; los ríos, los montes, los prados que ciñen altas selvas; las armas y los dardos agrupados en trofeo. El áureo carro triunfal, que el sol encendía, doraba con sus reflejos las casas del foro romano; los jefes cautivos, con los cuellos en cadenas, eran tan numerosos, que casi formaban un ejército de enemigos, y la mayor parte obtuvieron la vida y el perdón, entre ellos Bato, el promovedor y cabeza de esta guerra. ¿Por qué he de negar que puede disminuir la cólera de los dioses contra mí, cuando los veo tan benévolos con los enemigos? Germánico, el mismo rumor esparcido por acá publicó las ciudades que aparecieron inscritas a tu nombre, sin que valiesen nada contra tu valor la solidez de los muros, la fuerza de las armas ni la situación ventajosa que ocupaban. Que los dioses te concedan muchos años; lo demás corre de tu cuenta, como den a tu virtud luenga vida. Mis súplicas serán escuchadas, algo significan los oráculos de los vates; un dios responde a mis preces con señales favorables. Roma, alborozada, te verá vencedor sobre tus corceles coronados subir por la roca Tarpeya. Tu padre, testigo de los honores decretados a su hijo, experimentará el gozo que él mismo hizo sentir a los autores de sus días. ¡Oh tú, el más ilustre de los jóvenes en la paz y la guerra!, ya desde ahora te predigo un brillante porvenir. Tal vez mis versos celebren tu triunfo, si mi vida se sobrepone a mis crudos sufrimientos, si antes no tiño en mi sangre las flechas de los Escitas y el feroz Geta no corta con su espada mi cabeza; mas sí aún aliento cuando recibas la corona de laurel en el templo, habrás de confesar que mis predicciones han resultado verídicas dos veces.
II
A MESALINO
Mesalino, aquel Nasón que desde la primera infancia honró siempre a tu familia, y ahora yace relegado en las tristes playas del Euxino, te envía desde el país de los indomables Getas el saludo que viviendo en Roma se apresuraba a ofrecerte. ¡Desventurado de mí si al leer mi nombre se te altera el semblante y vacilas en proseguir la lectura! Continúa, no condenes mis palabras conmigo; vuestra ciudad no se afrenta de recibir mis poemas. Yo no concebí el proyecto de lanzar el Pelión sobre el Osa para tocar con mi mano los astros rutilantes; no he movido, siguiendo, a la hueste insensata de Encélado, las armas contra los dioses que dominan el universo, ni lo que ejecutó la temeraria diestra de Diomedes, he lanzado mis dardos contra ninguna divinidad.
Mi culpa es grave, pero sólo se ha vuelto en mi, daño, sin cometer indignidad mayor; no se me debe acusar más que de insensato y temerario: estos dos calificativos sí que realmente los merezco. Después de haber irritado la cólera de César, confieso la razón que te asiste para mostrarte reacio a mis súplicas. Tal veneración sientes por los que llevan el nombre de Julo, que te consideras agraviado de aquel que osa ofenderlos. Mas aunque empuñes las armas y amenaces inferirme crueles heridas, no conseguirás, que yo llegue a temerte. Una nave troyana acogió al griego Aqueménides, y la lanza de Aquiles sanó al rey de Misia. A veces el profanador de un templo se acoge ante el ara, y no teme implorar la clemencia del numen ofendido. Alguien dirá que esto es peligroso; pero mi barco no se desliza por plácidas aguas. Busquen otros la seguridad: mi fortuna miserable vive sin recelo y libre de temer sucesos más desesperados. El que es juguete del destino, ¿a quién sino, al mismo destino pedirá socorro? Es frecuente que la aguda espina produzca lindas rosas. El náufrago, combatido por las olas espumantes, tiende sus brazos a la costa, y se agarra a las peñas y a las matas punzadoras. El ave que con alas temblorosas huye del gavilán, se recoge fatigada en el seno del hombre, y no titubea guarecerse en la cabaña vecina la cierva que huye espantada de los rabiosos canes. Dulce amigo, oye mi petición, mira compasivo mis lágrimas y no cierres insensible tu puerta a mis tímidas voces; dígnate elevar piadoso mis ruegos a los númenes que Roma venera, y a quienes tú no honras menos que al Tonante del Capitolio; como legado toma a tu cargo la defensa de mi causa, aunque sea tan perdida por acompañarla mí nombre.
Ya próximo a la tumba, ya con el escalofrío de la muerte, difícilmente me veré salvado por ti, en el caso que me salves. Despliega ahora en pro de mi abatida suerte el favor que el príncipe te dispensa, Y así lo conserves eternamente. Inflámate ahora en aquella elocuencia hereditaria que tan provechosa solía ser a los atribulados reos. La lengua de un padre elocuentísimo revive en vosotros, y su mérito ha encontrado dignos herederos. Yo no la solicito para que se apreste a mi defensa: no la tiene el reo que confiesa su culpa. Mira si consigues excusar su falta como un error, o si es más conveniente callar ,sobre el fondo de la misma. Mi herida es de aquellas que se dicen incurables, y creo lo más seguro no tocarla siquiera. Cállate, lengua; no profieras molestas palabras; ojalá pudiese enterrar el misterio con mis cenizas. Cual si me hubiese dejado engañar por un error, háblale de modo que me permita el goce de la vida que le debo. Cuando le veas sereno, cuando remita el ceño que llena de espanto al orbe y al Imperio, ruégale que no tolere que yo sea una débil presa de los Getas, y acuerde clima menos duro a mi destierro miserable. El momento es propicio a tales pretensiones: se siente dichoso y ve prosperar la pujanza de Roma, que ha consolidado; su esposa, en perfecta salud, conserva la pureza del tálamo nupcial, y su hijo extiende el poderío de Ausonia. El mismo Germánico se aventaja a los años con su valor, y el arrojo de Druso no cede a su nobleza, y, en fin, sus nueras, sus tiernas nietas, las hijas de sus nietos y todos los miembros de la familia de Augusto gozan vida floreciente. Añádase a esto los Peonios recién subyugados, los brazos de los montañeses Dálmatas sujetos a la quietud, y la Iliria, que, deponiendo las armas, no Se desdeña de someter su cabeza esclava a las plantas de César. Él mismo, montado en su carro y atrayendo las miradas con plácido rostro, ceñía a sus, sienes el laurel de la virgen amada de Febo. Con vosotros acompañábanle en la marcha sus piadosos hijos, dignos de tal padre, dignos de los honores recibidos y semejantes a aquellos hermanos a quienes desde su excelsa mansión vio el divino Julo ocupar el próximo templo, Mesalino no les disputa el primer lugar en la común alegría: debe ceder ante ellos; mas fuera de ellos no hay quien le emule en su adhesión; en este particular, Mesalino, no ocuparás nunca el segundo puesto; le honras porque, sin reparar en tu corta edad, premió tus méritos ciñendo de laurel tu frente ennoblecida por el valor. Felices los que fueron testigos de semejantes triunfos y gozaron la presencia de un caudillo igual a los dioses. ¡Ah!, yo, en vez del rostro de César, tengo que contemplar los de los Sármatas, y una tierra privada de la paz y unas aguas que encadena el hielo. Pero si me oyes, y mi voz llega hasta ti, haz que tu influjo obtenga otro lugar para mi destierro. Tu padre, a quien tanto respeté desde mis primeros años, te pide esto mismo, si aun conserva el sentido su elocuente sombra; esto mismo te pide tu hermano, aunque tal vez recele que te sea perjudicial el empeño de salvarme; te lo pide toda tu familia, y tampoco osarás negar que me contaste en el número de tus amigos. Excepto El Arte de amar, por lo menos aplaudías mi ingenio, del cual reconozco haber abusado; tu casa no tiene por que avergonzarse de mi vida, si suprimes las últimas faltas: así reine en ella siempre la felicidad y te protejan siempre los dioses y César. Impetra de este numen benévolo, y contra mí justamente irritado, que me saque de la tierra salvaje de los Escitas. No se me oculta que el negocio es difícil; pero la virtud acomete arduas empresas, y mi reconocimiento será mayor que tan grande beneficio. Además, no es Polifemo en el antro profundo del Etna, ni Antífates el que ha de escuchar tus ruegos, sino un padre indulgente y bondadoso, dispuesto al perdón, que truena cien veces sin despedir el rayo fulminante, que si decreta alguna severidad se aflige él mismo, y la pena que impone la siente como propio castigo. Mas su clemencia fue vencida por mi culpa, y su cólera forzada a armarse de omnímodo poder. Puesto que vivo separado de la patria por un mundo y no puedo prosternarme a los pies de los mismos dioses, sé tú el sacerdote que dirija mis instancias a los númenes que veneras, y une a las mías tus propias súplicas; pero no te empeñes si recelas algún inconveniente. Perdóname; soy un náufrago que teme en todos los mares.
III
A MÁXIMO
Máximo, que igualas el brillo de tu nombre con tus preclaras virtudes, y no consientes que la nobleza eclipse tu ingenio; a quien reverencié hasta el postrer instante de mi vida, porque mi estado actual ¿en qué difiere de la muerte?; no repudiando al amigo afligido das prueba de un temple harto raro en nuestro siglo. Vergüenza siento al decirlo, pero he de declarar la verdad: el vulgo sólo aprueba las amistades que reportan interés, mira antes a lo provechoso que a lo honesto, y la fidelidad se mantiene
o se pierde con la fortuna. Entre muchos miles es difícil hallar un hombre persuadido de que la virtud lleva consigo la recompensa. El honor de actos honrosos, sin el aliciente del galardón, no estimula a nadie, y todos se arrepienten de la probidad gratuita. Sólo se ama lo que trae utilidad; anda, quita la esperanza del provecho a la avidez humana, y no tropezarás ni un virtuoso. Hoy cada cual se atiene al amor de sus rentas, y calcula solícito con los dedos lo que cree más útil. La amistad, numen venerable en mejores días, hoy se prostituye, y como una meretriz se rinde a quien la compra. Por eso me admira que, resistiendo al ímpetu del torrente, no te dejes arrastrar por el contagio de la común bajeza.
Contémplate en mi espejo: ayer rodeado de numerosos amigos, porque un soplo favorable hinchaba mis velas; pero así que la tempestad encrespó las irritadas olas, me vi abandonado, con mi nave deshecha, que invadían las aguas; y cuando muchos se esforzaban por aparentar que no me conocían, apenas quedasteis dos o tres que me socorriesen en el naufragio. Entre ellos tú fuiste el principal; tú, digno, no de seguir a nadie, sino de marchar a la cabeza de todos; no de imitar el ejemplo, sino de imponerlo a los demás. Tú no recabas otro provecho de tus actos que la satisfacción de haber obrado rectamente; la probidad y la conciencia del deber son tus únicos guías; en tu opinión, la virtud rehúsa el salario, y ha de amarse por sí misma, aunque no la acompañen los bienes externos juzgas torpe acción rechazar al amigo que cayó en la desgracia y que por su infelicidad deje de constituir parte de los tuyos. Es más noble sostener con la mano la cabeza del nadador fatigado que hundirlo en el seno de las olas. Recuerda lo que hizo el nieto de Eaco después de la muerte de su amigo, y no dudes que mi vida es una especie de muerte. Teseo acompañó a Piritoo hasta las márgenes de la Estigia. ¡Ah, cuán poco dista mi suerte desdichada de sus aguas funestas! El joven Foceo asistió a Orestes, privado de la razón, y en mi culpa no se advierte menos el furor de la insensatez. Recibe tú por igual las alabanzas de tan egregios varones, y haz lo que alcances para levantar al caído. Sí, te conozco bien; si eres al presente el de otro tiempo y tu temple conserva su grandeza, cuanto más se encone la adversidad le opones mayor resistencia, y, como lo, demanda el honor, te resistes a ser por ella vencido. El valor del enemigo acrisola el tuyo, y así la misma causa me favorece y a la vez me perjudica.
Sin duda, clarísimo joven, estimas indigno de ti servir de cortejo a la diosa que se alza en la instable rueda; tu constancia es inquebrantable; y ya que las velas de mi destrozada nave no se yerguen altivas, como quisieras, las riges del modo que se hallan. Estas ruinas peligrosas y a punto de derrumbarse, aun se sostienen apoyadas en tus hombros. En el primer instante tu cólera fue justa, y no menor que la de aquel que se irritó contra mí viéndose ofendido. El resentimiento que alteró el pecho del divino César jurabas sentirlo con la misma intensidad; mas luego que supiste, el origen de mi desdicha, es fama que lamentaste mis errores. Una carta tuya vino entonces a proporcionarme el primer consuelo y a infundirme la esperanza de que podría ablandarse el dios ofendido. Entonces recordaste la firmeza de mi larga amistad, que había comenzado antes de tu nacimiento. Si con la edad granjeaste otros amigos, al nacer ya lo eras mío, y te di los primeros besos cuando aún te mecías en la cuna, y habiendo desde mis tiernos, años honrado siempre a tu familia, ahora la desgracia me fuerza a ser para ti una antigua carga. Tu padre, dechado de la elocuencia romana, y cuya facundia se igualaba con su nobleza, fue el primero que me incitó a confiar mis escritos a la fama y el guía de mi juvenil ingenio; tengo la certeza de que tu hermano no acertaría a señalar la fecha en que comenzó la amistad que nos profesamos, pues te amé sobre todos y en la próspera y adversa fortuna tú fuiste el objeto único de mi afección. Las últimas playas de Italia viéronme en tu compañía y recibieron las lágrimas que resbalaban por mis tristes mejillas. Cuando me interrogabas por la verdad del rumor pregonero de mi culpa, yo quedé vacilante entre la confesión y la negativa; el miedo ponía en mi boca tímidas excusas, y a la manera de la nieve que el Austro húmedo derrite, el llanto descendía por mi rostro espantado. Recordando esto, imaginas que mi falta es capaz de admitir disculpa, como se perdona un primer error; te interesas por el antiguo amigo que cayó en el abismo y aplicas a sus heridas el bálsamo de tus consuelos. Si se me concediese la libertad de hacer votos, pediría al cielo los mil favores que mereces por tantos beneficios, y si tengo que ajustar mis deseos a los tuyos, rogaré que te conserven salvos a César y a su madre. Recuerda bien que esto era lo primero que solías demandar a los dioses cuando quemabas los granos del incienso en sus altares.
IV
A ÁTICO
Ático, cuya fidelidad no me inspira la menor sospecha, recibe la carta que Nasón te envía desde el Íster helado. Y bien, ¿te acuerdas aún de tu infeliz amigo, o ya no te cuidas de su tristísima situación? ¡Ah!, los dioses no me son tan adversos que me incline a creerlo; imposible que me hayas olvidado tan pronto. Ante la vista tengo siempre tu imagen, y los rasgos de tu rostro fijos en mi pensamiento. Recuerdo nuestras frecuentes conversaciones sobre trascendentales materias, y las largas horas que pasábamos en divertidos esparcimientos. Muy a menudo abreviábamos el tiempo con los coloquios, y nuestros discursos se prolongaban más que los días. A menudo te recitaba los versos acabados de componer, y mi novicia Musa se sometía a tus juiciosas observaciones. Lo que tú aplaudías, lo consideraba ya aplaudido por el público, y este era el dulce premio de mis recientes trabajos. Para que mi libro fuese corregido por la lima de un amigo, siguiendo tus consejos borraba no pocas frases. Juntos nos vieron las plazas, los pórticos, las calles, y juntos tomábamos asiento en los teatros. En suma, caro amigo: el afecto con que te distinguí era tan intenso como el que sentía Aquiles por el nieto de Actor. Aunque bebieses las aguas olvidadizas del Leteo, yo nunca me persuadiría de que tales recuerdos se llegaran a borrar de tu memoria. Antes amanecerán los largos días en la estación brumosa, y las noches del invierno serán más cortas que las del estío; ni en Babilonia se dejará sentir el calor, ni en el Ponto los hielos, y el perfume de la calta vencerá al de las rosas de Pesto, antes de que se borre de tu mente el recuerdo de mi persona; mi destino no me fustiga con tanto rigor. Sin embargo, haz por evitar que las gentes se burlen de mi engañosa confianza y afirmen que he sido víctima de mi necia credulidad; protege al antiguo amigo con tu probada constancia todo lo posible, y en tanto que no te sea gravoso.
V
A SALANO
Yo, Ovidio Nasón, envío a mi Salano estos versos de medida desigual, después de interesarme por su salud, que ojalá sea excelente y el buen suceso confirme mis anhelos. Deseo, amigo mío, que los leas en la más próspera situación; tu bondad, en estos tiempos virtud casi fenecida, exige de mi parte semejantes votos. Aunque haya sido corto el trato. que sostuve contigo, dícenme que lamentaste mi destierro, y que leyendo los versos que enviaba des-de el lejano Ponto, a pesar de su escaso mérito, los realzaste con tu aprobación. Tú deseaste que el César amado de los dioses aplacase pronto su ira contra mí; y el mismo César aprobaría tales deseos si le fueran conocidos. Tu noble carácter te obligó a prorrumpir en tan benévolos votos, y no por esto me son menos agradables. Doctísimo Salano, lo que más te conmueve al meditar sobre mi proscripción es, sin duda, la naturaleza del país que habito: créeme, apenas hallarás en todo el orbe tierra que goce menos la paz que Augusto le ha dado. Tú, no obstante, lees los versos compuestos aquí en medio de feroces rebatos, y una vez leídos los colmas de elogios; aplaudes el ingenio que mana de mi vena casi exhausta, y conviertes el arroyuelo en un río caudaloso. En verdad que estas aprobaciones alientan mi ánimo decaído, y ya sabes que las desdichas se permiten pocos momentos de placer. Cuando me pongo a escribir sobre asuntos ligeros, mi numen se acomoda a la facilidad del tema; mas hace poco, cuando llegó hasta mí la fama de un magnífico triunfo, y osé echar sobre mis hombros carga tan abrumadora, la grandeza y el esplendor de los sucesos refrenaron, mi audacia, y hube de sucumbir bajo la pesadumbre de la empresa comenzada. La buena voluntad es lo único que allí merece tu alabanza, lo demás decae ante la magnitud del asunto. Si por ventura mi libro llega a tus manos., le encargo se recomiende a tu protección; tú se la concederías aunque no te lo rogase, mas quiero que mí súplica se junte a tu favorable disposición. No merezco tus alabanzas, pero tu alma es más pura que la leche y más cándida que la nieve no pisada. Admiras a los otros, siendo digno de admiración; pues a nadie se esconde tu talento y soberana elocuencia. César, el príncipe de la juventud, a quien la Germania ha dado su nombre, te asocia a sus estudios; tú, su antiguo compañero; tú, unido con él desde los tiernos años, le Places por tu ingenio que armoniza con sus costumbres. No bien hablas, se siente arrebatado, y tu elocuencia es el estímulo que despierta la suya. Cuando cesas y se apagan las voces mortales y, el silencio reina breves minutos, entonces se levanta este príncipe digno del nombre de Julo, como surge el lucero de la mañana por las aguas orientales. Mientras permanece en pie y callado, su ademán denuncia al orador, y bajo su toga con elegancia dispuesta, se adivina un joven elocuente. Luego, tras breve pausa, al romper su boca divina el silencio, jurarías que su lenguaje es el usado por los dioses, y dirías: «Esta es la elocuencia digna del príncipe» ¡tanta nobleza pone en sus palabras! Y tú, que privas con él; tú, que tocas con la frente los astros, ¿tú ambicionas poseer los poemas de un vate proscrito? Sin duda existe un lazo oculto de concordia que une ,los ingenios, y cada cual observa fielmente el pacto ,Común. El labriego ama al cultivador del campo, el soldado al que marcha a la guerra, el marino al piloto que rige la insegura nave; así te entregas al cultivo de las Musas porque las amas, y favoreces mi numen porque lo tienes en alto grado. Nuestras obras son distintas, pero surgen de la misma fuente; uno y otro profesamos las artes liberales. Tú empuñas el tirso, yo me ciño de laurel, y el entusiasmo nos arrebata por igual a los dos. Si tu facundia da vigor a mis versos, de ellos toman tus palabras su brillantez. Piensas con sumo acierto que la poesía es afine de tus estudios, y debemos defender su culto bajo las mismas banderas; por eso te ruego que hasta los últimos instantes de la vida conserves al amigo que te honra con su favor, y que un día, dueño del mundo, empuñará las riendas del Imperio: todos los pueblos, prorrumpen en este voto conmigo.
VI
A GRECINO
El triste Nasón que presente solía hacerlo de viva voz, saluda con sus versos a Grecino desde las playas del Ponto. Es la voz de un desterrado; la escritura me sirve de lengua, y si no se me permite escribir, permaneceré mudo. Corriges como debes las faltas de tu insensato amigo, y me enseñas a soportar los males que merecí mayores. Los reproches de mi proceder son justos, pero tardíos: ten menos severidad con el reo que confiesa su delito. Cuando, podía atravesar derecho los montes Ceraunios y evitar las rocas peligrosas, entonces era la ocasión de amonestarme; mas ahora, ¿de qué me aprovecha en medio del naufragio aprender la ruta por donde debí guiar mi barca? Tiende más bien los brazos en socorro del nadador fatigado, y no te sonroje sostener su cabeza con tu mano. Sé que lo haces, y te suplico que sigas haciéndolo; así tu madre, tu esposa, tus hermanos y toda tu familia rebosen de bienestar; así lo que sientes en el foro interno, lo que revelan siempre tus labios y todas tus acciones, sean gratos a los Césares.
Torpe fuera para ti no prestar al viejo amigo ningún auxilio que le conforte; torpe retroceder y no sostenerle con pie firme; torpe abandonar su nave combatida por la borrasca; torpe seguir las vicisitudes de la suerte, cejar ante la fortuna y renegar del amigo porque no es venturoso. No se condujeron así los hijos de Agamenón y de Estrofio; no fue ésta la amistad de Piritoo y el vástago de Egeo, a los que admiró la edad pasada y ha de admirar la venidera, y en cuyo honor resuenan los aplausos en todos los teatros. Tú, del mismo modo, por haber socorrido al amigo en tiempo de adversidad, mereces un nombre insigne entre tan excelsos varones; lo mereces, y ya que tu piedad es acreedora de alabanza, mi gratitud no será sorda a tus beneficios. Créeme: a no ser mortales mis versos, andarás con frecuencia en boca de la posteridad. Permanece fiel, Grecino, al caído en la desgracia, y que el tiempo no debilite jamás tu abnegación. Confío que lo realices; aunque ayudado por el viento, yo me serviré del remo: no perjudica aguijar con la espuela al corcel lanzado a la carrera.
VII
A ÁTICO
La carta, Ático, que te envío desde el país de los Getas mal domados, desea lo primero que goces perfecta salud, y después recibirá gran placer sabiendo, en qué te ocupas, y si todavía te acuerdas de mí, sean cualesquiera tus atenciones. No dudo de esto último, pero el temor de mis males me induce a falsas inquietudes. Perdóname, te lo suplico, y echa un velo sobre mis excesivos temores: hasta en las aguas tranquilas, el náufrago se siente estremecido de horror. El pez que sintió un día clavársele el pérfido anzuelo, teme que la punta del acero se oculte en todos los alimentos. Muchas veces la oveja se espanta, tomándolo por un lobo, del perro que ve a lo lejos, y, en su error, huye del que la defiende. Un miembro lastimado se resiente al más ligero contacto, y una vana sombra llena de miedo a los temerosos; así yo, atravesado por los dardos crueles de la adversidad, no concibo en el alma más que amargas tristezas y tengo por evidente que mi destino, siguiendo su curso, no se ha de apartar de las vías acostumbradas. Estoy convencido de que los dioses se empeñan en que todo me sea contrario y de que me es imposible burlar el rigor de la fortuna; ha resuelto perderme, y la que solía ser voluble, es constante y tenaz en perseguirme. Créeme, si me tienes por hombre veraz, y no cabe exageración en el relato de mis sufrimientos. Contarás las espigas de los campos de Cinifia y los innumerables tomillos que florecen en el Hibla, y sabrás cuántas especies de aves se elevan con sus rápidas alas por los aires, y las de los peces que bogan en las aguas, antes que calcules el número de los trabajos que he padecido en la tierra y el mar. En todo el universo no hay pueblo más truculento que el de los Getas; sin embargo, éstos han gemido al conocer mis infortunios, que formarían una larga Ilíada con sus tristes azares, si pretendiese enumerarlos en mis versos.
No temo, pues, porque recele falsías en tu amistad, de la que me diste mil pruebas, sino porque todo mísero se vuelve tímido, y de largo tiempo mis puertas se han cerrado a la alegría. Ya mi dolor se ha hecho costumbre; como horada la peña el agua en su caída incesante, así yo me veo destrozado por los continuos golpes de la adversidad, que apenas hallará parte en mi cuerpo donde producir nuevas heridas. La reja del arado se desgasta menos al continuo frote, y la vía Appia padece menos con el tránsito de las veloces ruedas, que mi pecho se lacera por la no interrumpida serie de trabajos, sin acertar con la medicina que lo libre de sus dolores. Muchos solicitan la gloria cultivando las artes liberales, y yo, desventurado, me perdí por mis dotes poéticas. Mi vida anterior fue digna y deslizóse sin mancha, lo cual no me sirvió de ningún alivio en la miseria. Perdónase a veces una culpa grave por las deprecaciones de los amigos, y todas las amistades enmudecieron en mi defensa. La presencia favorece a otros en los críticos momentos, y la borrasca procelosa me aniquiló hallándome ausente. Aunque enmudezca quien no temblará ante la ira de César, a mi castigo se añadieron palabras ignominiosas: alíviase el destierro con la bonanza del tiempo; yo hube de arrostrar las amenazas del Arturo y las Pléyadas. La placidez del invierno favorece en ocasiones a los navegantes, y jamás las olas se enfurecieron tan crueles con las naves de Ítaca. La noble fidelidad de mis compañeros hubiese endulzado mis amarguras, y una pérfida turba se enriqueció con mis despojos. El lugar hace tolerable el destierro, y entre los dos polos no hay región más sombría que la que habito. Algo vale estar próximo a las fronteras de la patria, mas yo vivo en un pueblo relegado a los postreros confines del orbe.
Tus laureles, César, aseguran la paz a los desterrados; mas el Ponto siempre se halla expuesto a los ataques de sus vecinos. Es grata ocupación la de consagrarse al cultivo de los campos; un bárbaro enemigo impide laborar la tierra. El cuerpo y el alma se vigorizan con un clima benigno; el frío eterno hiela las playas de Sarmacia. Beber agua dulce es placer que pocos envidian, y aquí se bebe la del pantano mezclada con la salobre del mar. Todo me falta; pero mi ánimo se sobrepone a todo y presta fuerzas a mi cuerpo abatido. Para resistir una carga, precisa que el hombre ponga a contribución todas sus fuerzas,. pues caerá al suelo a poco que los nervios se relajen. Sólo la esperanza de aplacar un día la cólera del príncipe me impide desear la muerte y sucumbir a mis penas. Asimismo me ofrecéis grandes consuelos, vosotros, contados amigos, cuya fidelidad experimenté en mis duros trances. Te ruego, Ático, que prosigas y no abandones mi nave en las olas; conserva a tu amigo y la estimación en que le tienes.
VIII
A MÁXIMO COTA
Son en mi poder, Máximo Cota, las imágenes de los dos Césares, esos dioses que acabas de enviarme; y para que el regalo adquiera incalculable valer, con los Césares viene la imagen de Livia. ¡Plata dichosa más que todo el oro del mundo, ayer metal informe y al presente convertida en un dios! Dándome copiosas riquezas, no me las hubieras proporcionado mayores que enviándome esas tres divinidades. No es dicha de poca entidad la contemplación de tales seres, y poder conversar con ellos cual si estuvieran presentes. ¡Qué premio tan magnífico el de los dioses! Ya, como antes, no habito en los últimos confines; vivo feliz en la ciudad de Roma, veo el rostro de los Césares como en otro tiempo, apenas mis votos se atrevían a llegar tan lejos; como anterior-mente, saludo hoy al numen celeste: nada más satisfactorio podrías brindarme a la vuelta del destierro. ¿Qué falta al placer de los ojos si no es la vista del palacio, que sin la presencia de César sería un lugar despreciable? Contemplándolo, me figuro ver la población de Roma, porque los rasgos de su fisonomía reproducen la imagen de la patria. ¿Me engaño, o los ojos de este retrato vibran irritados contra mí? ¿No hay en sus torvas facciones algo de amenazador? Perdona, héroe mayor que el orbe por tus virtudes; detén el azote de tu justa venganza; perdóname, te lo suplico, honor eterno de nuestro siglo, cuyo celo te valió ser dueño del universo: por el nombre de la patria, que te es más caro que tu persona; por los dioses, que nunca fueron sordos a tus votos; por la compañera de tu lecho, única mujer digna de compartirlo y capaz de soportar el esplendor de tu majestad; por la salud de tu hijo, copia fiel de tus altas prendas, y en cuyas costumbres se reconoce un vástago tuyo; por tus nietos dignos del padre y el abuelo, que avanzan a grandes pasos en el camino que les has trazado, templa en parte el rigor de mi suplicio y concédeme una residencia lejos de la enemiga Escitia. Y tú, el primero después de César, que tu numen, si lo merezco, no rechace inclemente mis plegarias. Así la feroz Germanía, con el rostro despavorido, no tarde en caminar cautiva delante de tu carro triunfal. Así tu padre viva la edad de Néstor el de Pilos, y tu madre los años de la Sibila de Cumas, y puedas ser hijo mucho tiempo. Tú, igualmente, esposa dignísima de un excelso varón, oye benévola las preces del suplicante: ojalá el cielo preserve a tu esposo, a sus hijos y sus nietos, y con las virtuosas nueras a las hijas que dieron a luz. Ojalá Druso, a quien te arrebató la cruel Germanía, sea la única víctima de tus felices partos, y el otro hijo, vengador de la muerte del hermano, en premio de su bravura, vista la púrpura y se vea conducido por corceles tan blancos como la nieve. Divinidades clementes, escuchad mis tímidos votos, y séame de provecho la presencia de los dioses. A la llegada de César, el gladiador, libre de riesgo, deja la arena; su aspecto le sirve de auxilio poderoso. En lo permitido, favorézcanos también la vista de su semblante y haber recibido en casa la visita de tres divinidades. Felices aquellos que no contemplan las imágenes, sino los dioses mismos, y ven los verdaderos cuerpos de las personas divinas. Ya que el hado adverso me niega esta felicidad, rindo culto a las efigies suyas que el arte ofrece a mis votos. Así conocen los hombres a los dioses ocultos en la celeste mansión, y adoran la figura dé Júpiter por el mismo Júpiter. En suma: vuestra efigie está conmigo y lo estará siempre; haced que ella no resida en tan aborrecible lugar. Antes caerá cortada la cabeza de mi cuello, y saltarán mis ojos de las vacías órbitas antes que me seáis arrebatados, númenes de las gentes, que habéis de ser el puerto y el ara de mi destierro. Os abrazaré si los Getas me rodean con sus armas, y seréis las águilas y los estandartes que siga. O yo me engaño, juguete de mis deseos ardorosos, o puedo alimentar la esperanza de más dulce destierro; porque el aspecto de la imagen cada vez aparece menos severo, y pienso que por fin accede a mi demanda. Así lleguen a realizarse los presagios que concibe mi timidez, y la cólera de un dios, aunque justa, se aplaque en mi favor.
IX
AL REY COTYS
Cotys, descendiente de reyes, cuyo noble origen se remonta hasta Eumolpo, si la fama parlera ha hecho llegar a tus oídos que estoy desterrado en país vecino de tu reino, escucha, clementísimo joven, la voz de un suplicante y préstale en su ostracismo el socorro que puedes. La fortuna me puso en tus manos, de lo cual no me quejo: en esto sólo no se me ha mostrado enemiga; recibe en tu benigna playa mi nave maltrecha, y que la tierra donde imperas no me asuste más cruel que las olas.
Créeme: es virtud regia amparar a los desvalidos, y propia de príncipe tan preclaro como tú; eso conviene a tu fortuna, que, siendo tan extremada, apenas iguala a la grandeza de tu ánimo. Nunca el poderío se ensalza con tan justos títulos como en las ocasiones en que se rinde a las súplicas. Esto lo exige el esplendor de tu linaje, como pensión de una nobleza que procede de los dioses; esto te persuadió, Eumolpo, insigne fundador de tu raza, y antes que él, su bisabuelo Erictonio. En esto te asemejas a los dioses: uno y otros, vencidos por los ruegos, soléis dispensar vuestra ayuda a los suplicantes. ¿Y qué razón habría para rendir a los númenes los honores acostumbrados, si les quitas la voluntad de favorecernos? Si Júpiter se hace el sordo a la voz que le implora, ¿por qué ha de caer la víctima herida en su templo? Si el Ponto no permite un momento de reposo a mi nave, ¿por qué ofrecer a Neptuno el inútil incienso? Si Ceres burla la esperanza del colono laborioso, ¿por qué ha de recibir las entrañas de una puerca en estado de preñez? El macho cabrío no se inmolará a Baco, el de largos cabellos, si el mosto no salta bajo los pies que aplastan los racimos. Deseamos que César sostenga las riendas del Imperio, porque atiende solícito al interés de la patria. Los servicios que nos prestan engrandecen a los hombres y los dioses, y cada cual ensalza a los que le protegen. Tú, pues, ¡oh Cotys, vástago digno de un noble padre!, socorre al desdichado que hoy mora en tus dominios. El placer más grande de un hombre es salvar a otro: de ninguna manera se conquistan mejor las voluntades. ¿Quién no maldice al Lestrigón Antífates ,o reprocha la munífica generosidad de Alcinoo? Tu padre no fue el tirano de Casandrea o el de Fera, ni el que tostó en el toro de bronce a su inventor, sino un rey valeroso en la guerra e invencible en los combates, que odiaba la sangre una vez concluida la paz. Añádase a esto que el dedicarse a las bellas artes suaviza las costumbres y doma la ferocidad, y ningún rey las ha cultivado más que tú, ni consagró tanto tiempo a su estudio deleitable. Lo atestiguan tus versos, que si no llevasen tu nombre, negaría que los compuso un joven de Tracia. Bajo tal aspecto, Orfeo no ha sido el único vate; la tierra Bistonia se enorgullece también con tu inspiración. Cuando el coraje te incita a tomar las armas y teñir las manos en la sangre del enemigo, si lo impone la necesidad, sabes arrojar el dardo con robusto brazo y refrenar con destreza el fogoso corcel; mas luego que has dado a los ejercicios de tu padre el tiempo que reclaman, y que tus hombros se aligeran de tan pesada carga, para no consumir en indolente sueño tus ocios, por el cultivo de las Musas te abres camino hacia los astros rutilantes. Este culto forja entre nosotros un lazo de unión: los dos estamos iniciados en los mismos misterios. Como poeta, extiendo mis brazos en ademán de súplica al poeta, para implorar que su tierra acoja benigna a un desdichado. Yo no vine a las tierras del Ponto acusado de homicida, ni mis. manos confeccionaron ningún letal veneno, ni sufrí el castigo del que pone su sello en apócrifas escrituras, ni cometí viles acciones que la ley prohibiese, y, no obstante, tengo que confesar mi delito, más grave que todos éstos. No me preguntes cuál; escribí un Arte insensato, y eso impide que mi mano se considere inocente; no pretendas inquirir si he pecado en otro terreno, y que toda mi culpa recaiga sobre El Arte de amar.
Sea lo que quiera, experimento la cólera de un juez harto moderado, que no me privó más que el residir en la tierra natal. Puesto que carezco de ella, que tu vecindad, al menos, me consienta vivir seguro. en una región aborrecida.
X
A MACER
Macer, dime, ¿reconoces que Nasón te escribe esta epístola por la imagen grabada en el sello? Si el anillo no se revela su autor, ¿puede ocultársete la mano que ha trazado las letras? Acaso el transcurso del tiempo borró de tu memoria su recuerdo, y tus ojos no caigan en la cuenta de los caracteres vistos tantas veces. Mas poco importa que te hayas olvidado por igual del sello y de la mano, siempre que no se debilite el afecto que sientes por mí. Lo debes a la amistad que de largo tiempo nos profesamos, a mi esposa, no extraña a tu familia, y a los estudios, que cultivaste con más prudencia que yo; pues avisado, no escribiste ningún Arte digno de castigo. Tú cantas lo que olvidó el inmortal Homero, y llevas hasta su fin el relato de la ruina de Troya. Nasón, poco prudente, por haber escrito El Arte de amar, recibe hoy el triste premio de sus lecciones. Sin embargo, los poetas, aunque siga cada cual rutas diferentes, únense con lazos sagrados; sospecho que los tienes presentes, bien que vivamos lejos el uno del otro, y que deseas verme libre de mis trabajos. Tú fuiste mi guía al visitar juntos las magníficas ciudades de Asia, y me acompañabas cuando la Sicilia se descubrió ante mis ojos. Vimos resplandecer el cielo con las llamas del Etna, que vomita de su boca el gigante sepultado en el monte; los lagos de Ennia, los pantanos fétidos de Palico, el Anopo, que mezcla sus aguas a las del Ciane, y no lejos a la Ninfa que huyendo del río Elida se desliza ahora por debajo de las marinas olas. Allí dejé resbalar una gran parte del año fugitivo, y cuán poco se asemeja aquel lugar al país de los Getas, y cuán poca parte son éstas de las grandezas que vimos ambos en las excursiones que tú me hacías tan deleitosas. Ya en nuestro barco pintado surcásemos las cerúleas ondas, ya el carro nos condujese en su rueda veloz, abreviábamos casi siempre el viaje con amenas conversaciones, y nuestras palabras, si las cuentas bien, fueron más numerosas que nuestros pasos. A veces nos sorprendía la noche conversando, y los largos días estivales terminaban antes que nuestros coloquios. Algo vale haber corrido juntos los peligros de las olas y elevado juntos nuestros votos a los dioses marinos, y ya tratar unidos los negocios importantes, ya recordar, sin avergonzarnos de ello, las diversiones a que después nos entregábamos.
Si recuerdas estos tiempos, tus ojos me verán a todas horas, aunque me halle ausente, como entonces me veían, y yo, relegado a los postreros confines del mundo, bajo la estrella Polar que permanece inmóvil sobre las líquidas ondas, te veo también como alcanzo en mi imaginación, y bajo este cielo helado converso muchas veces contigo. Vives aquí, y lo ignoras; bien que ausente, la celebridad te conduce a mi lado: te veo salir de Roma y arribar al país de los Getas. Págame en la misma moneda; y puesto que tu residencia es más dichosa que la mía, haz por no apartarme nunca de tu memoria y tu corazón.
XI
A RUFO
Nasón, el autor de un Arte bien poco afortunado, te envía, Rufo, esta obra que compuso en brevísimo tiempo, para advertirte que todavía me acuerdo de ti, aunque vivimos separados por el mundo entero. Antes me olvidaré de mi propio nombre que arroje del corazón tu piadosa amistad, y mi alma volará en los vacíos aires antes que deje de reconocer los beneficios de ti recibidos. Llamo gran beneficio a las lágrimas que inundaron tus mejillas cuando secaba las mías la intensidad del dolor; llamo gran beneficio a los consuelos que ofreciste a mi profunda tristeza, aliviando a la par tu pecho y el mío. Cierto que mi esposa es digna de alabanza por sí misma, pero tus advertencias contribuyen a dignificarla más. Yo me regocijo de que seas para mi esposa lo que fue Cástor para Hermíone, y Héctor para Julo; ella se esfuerza en igualar tu honradez, y con su conducta acredita que corre tu sangre por sus venas; así, lo que había de hacer sin extraños estímulos, lo realiza mejor alentada por tus consejos. El corcel brioso y resuelto por sí a conquistar la palma de la carrera, redobla su ardor si le animan con los gritos. Además cumples los encargos del amigo ausente con fidelidad escrupulosa, y no te pesa sobrellevar ninguna obligación. Que los dioses te premien, puesto que yo no puedo, como te premiarán si tus piadosas acciones no se ocultan a sus miradas; y ojalá las fuerzas del cuerpo respondan a tus nobles cualidades, ¡oh Rufo, la gloria mayor del país de Fundi!
LIBRO TERCERO
EPÍSTOLA I
A SU ESPOSA
¡Oh mar que atravesó por vez primera la nave de Jasón, tierra sin vagar, azotada por feroces enemigos y horribles nevascos!, ¿cuándo llegará el día en que Ovidio os abandone, obligado a trasladarse a región menos hostil? ¿Por ventura he de vivir siempre entre estos bárbaros y habré de ser sepultado en el suelo de Tomos? Comarca del Ponto, siempre hollada por el rápido corcel del enemigo que te circunda, permíteme decir en paz, si la paz es posible en tus hábitos, que constituyes la parte más intolerable de mi duro destierro. Tú agravas excesivamente mis males; tú ni sientes el hálito de la primavera ceñida con guirnaldas de flores, ni ves el cuerpo medio desnudo del segador, ni el otoño te brinda sus uvas entre los pámpanos, sino que en todas las estaciones horripilas con tu frío insoportable. Tú cristalizas las aguas del mar que te baña, y a menudo el pez surca las ondas encerrado bajo una capa de hielo. No te enriquecen fuentes de agua que no sepa a salada, y es dudoso si calma o irrita la sed de quien la bebe; en tus campos dilatados es rarísimo e infructuoso el árbol que se descubre, y la tierra viene a parecer una imagen del mar; nunca oyes el canto de las aves, si no es de aquellas que huyen de las selvas y acuden con roncos graznidos a beber en las ondas marinas; el triste ajenjo se yergue en tus estériles planicies, amarga cosecha y propia del suelo que la produce; júntense a los continuos sobresaltos los muros combatidos por un enemigo que tiñe sus saetas con mortífera ponzoña, y el apartamiento del país, inaccesible a todos, donde ni la tierra ofrece seguridad al caminante, ni el mar a las naves. ¿Será de extrañar que, anhelando el fin de tantas contrariedades, suplique una y mil veces que se me señale otra residencia? Más de admirar es que no consigas, esposa mía, tal merced, y que puedas contener un momento las lágrimas considerando mí triste situación. Me preguntas qué debes hacer: pregúntatelo a ti misma, y lo sabrás, si en realidad quieres saberlo. Querer es poco: conviene que lo desees con ardor para lograr tu propósito, y que este cuidado te quite las horas del sueño; sé que lo mismo quieren muchos, ¿pues quién habrá tan enconado conmigo que me desee la vida del destierro privado de reposo? Necesito que lo hagas de todo corazón, con todas tus fuerzas, trabajando en mí favor sin descanso noche y día. Aunque otros ayuden, tú debes sobrepujar a los amigos y, como esposa, acudir la primera a defenderme. Mis escritos te obligan a representar un papel de importancia: en ellos afirmo que eres el dechado de la buena esposa. No decaigas de este concepto, procura que mis elogios resulten verdaderos, y así mantendrás tu reputación. Cuando yo no me quejase, la fama se quejaría, haciendo befa de mi silencio, si no mereciese de ti los solícitos cuidados que me debes. La fortuna me expuso a las mirada s del pueblo, dándome la notoriedad que antes no tenía. Capaneo se hizo más célebre por haberle herido el rayo, y Anfiarao más famoso por habérselo, tragado la tierra con sus corceles. Sería menos conocido Ulises a no haber vagado por los mares, y Filotectes conquistó la celebridad gracias a su herida. Si queda lugar para un modesto nombre entre éstos tan ilustres, también yo atraeré las miradas con motivo, de mi destierro. Tampoco consentirán mis libros que pases ignorada, y ya les debes una nombradía no inferior a la de Batis de Cos. Tus acciones serán representadas en un vasto teatro, y tu piedad conyugal tendrá numerosos testigos. No lo, dudes: cuantas veces te ensalzo en mis versos, la que lee tus alabanzas pregunta si las mereces. Y como muchas, a mi juicio, alientan tus virtudes, así hay no pocas que se gozarían en criticar tu conducta; por eso has de esforzarte en que la envidia no pueda decir: «Esta anda poco, solícita por salvar a su mísero esposo.»
Ya que me siento desfallecer e incapaz de dirigir el carro, procura sostener tú sola el débil yugo. Enfermo y agotado, vuelvo los ojos hacia el médico; asísteme mientras conserve el último aliento de vida. Quiero que me prestes los auxilios que te daría si fuese más vigoroso, ya que eres tú la más fuerte. Esto lo reclama nuestro mutuo amor, el pacto conyugal, y lo exige, esposa mía, tu proceder intachable, como también la familia a que perteneces, para honrarla con tus esfuerzos no menos que con tus prendas excelentes. Si olvidas la abnegación de esposa, aunque hagas prodigios, nadie osará creer que cultivas la amistad de Marcia. No soy indigno de tu afecto, y si quieres confesar la verdad, dirás que merezco de tu parte la mayor gratitud. Cierto que me vuelves con usura la deuda, y la envidia, aun queriendo, no sabría encarnizarse contigo. Sin embargo, a tus pasados servicios añade este otro: que mis desgracias te infundan gran atrevimiento y trabajes por que me releguen a tierra menos dañosa: así habrás cumplido todos tus deberes.
Mucho pido, pero tus súplicas desarmarán el odio, y cuando no consigas tu pretensión, la repulsa no te expondrá al peligro. No te enojes conmigo si te exhorto tantas veces en mis versos a que hagas lo que haces seguramente, y a que seas siempre la misma. El sonido de la trompeta suele enardecer a los bravos, y el caudillo con sus voces incita el coraje de los combatientes. Tu honradez es bien conocida, y vivirá largos siglos: que tu constancia no aparezca inferior á tu honradez. En mi defensa no tienes que empuñar la segur de las Amazonas, ni manejar con diestra mano el recio escudo; tienes, sí, que implorar de un numen, no que me sea favorable, sino que temple la cólera que antes descargó sobre mí. Si no recabas favor alguno, las lágrimas te ayudarán a obtenerlo: no acertarás con mejor recurso para ganarte a los dioses, y mis desdichas se encargarán de que asomen a tus ojos. A la que se llama mi esposa nunca le faltan motivos de llanto; temo, según van mis negocios, que llores toda la vida: tales son las riquezas que te suministra ¡ni fortuna. Si mi muerte hubiera de redimirse con la tuya, sacrificio que me repugna, sería la esposa de Admeto el ejemplo que imitaras, y te transformarías en la rival de Penélope si, fiel a tus deberes, intentases engañar con honesto fraude a tus importunos pretendientes; si acompañases a la tumba los Manes de tu marido, caminarías por las huellas de Laodamia, y ante tus ojos aparecería la hija de Ifias, resuelta a entregar el cuerpo a las llamas de mi pira; mas no hay necesidad de la muerte, ni de la tela de la hija de Icario: basta que tus labios importunen a la hija de César, tan excelsa por su virtud, que no permite a los pasados siglos disputar a los nuestros la palma de la castidad. Ella reúne la hermosura de Venus a las virtudes de Juno, y es la única digna de acostarse en el tálamo de un dios. ¿Por qué tiemblas?; ¿porque te detienes en correr a su palacio? No vas a conmover con tus voces a la impía Procne, ni a la hija de Etes, ni a la nuera de Egipto, ni a la cruel esposa de Agamenón, ni a Escila, que espanta con sus caderas las olas de Sicilia, ni a la madre de Telegón, diestra en mudar las figuras de los hombres, ni a Medusa, que lleva los cabellos entrelazados de serpientes; sino a la principal de las mujeres, a la que nos persuade que la fortuna tiene ojos, aunque sin razón la acusan de ciega. Desde el Occidente hasta la Aurora, excepto César, el mundo entero no se envanece con mujer más esclarecida. Acecha el momento propicio a tus ruegos, y no salga la nave del puerto si el mar ruge alborotado. No siempre los oráculos dan las sagradas respuestas, y los mismos templos no se abren a las mismas horas. Cuando la ciudad goce el estado que supongo al presente, y ninguna aflicción entristezca las caras de sus habitantes; cuando en la casa de Augusto, que merece los honores del Capitolio, reinen la alegría y la paz, y ojalá reinen siempre, quieran entonces los dioses facilitarte el oportuno acceso, y entonces no dudes del éxito que alcanzarán tus pretensiones. Si la distraen asuntos de importancia, difiere la presentación; no sea que el apresuramiento arruine mis esperanzas. No por eso te ordeno que solicites su favor el día en que la halles desocupada; apenas dispone de tiempo libre para arreglar su tocado. Cuando asedien su palacio los respetables senadores será la ocasión de acercarte a ella a través de todos los obstáculos, y cuando hayas conseguido llegar a la presencia de esta Juno, no olvides el papel que te toca representar. No defiendas mi delito, una mala causa reclama el silencio, y suenen tus palabras como ardientes plegarias. Entonces no contengas las lágrimas, y prosternada en el suelo, extiende los brazos a tos pies de la inmortal, y no le pidas más que verme alejado de un cruel enemigo: bastante tengo con sufrir la enemistad de la fortuna. Otras recomendaciones me ocurren, pero turbada por el respeto, apenas acertarían a pronunciar esas palabras tus trémulos labios: sospecho que esto no te acarreará daño alguno; importa que ella sienta que su majestad te anonada. No me perjudicará que entrecorten las palabras tus sollozos; a veces las lágrimas tienen más peso que los ruegos. Escoge asimismo un próspero día que aliente tu empresa, y que la favorezcan una hora conveniente y un presagio feliz. Pero antes enciende el fuego en los sacros altares, y ofrece incienso y vino puro a los grandes dioses, y sobre todos adora al numen de Augusto, a su piadoso hijo y a la compañera de su tálamo. Ojalá se muestren contigo tan benévolos como acostumbran y miren tus lágrimas con el rostro enternecido.
II
A COTA
Celebraré, Cota, que la salud que te envío en la presente carta la goces tan perfecta como deseo así, aliviarás mucho mis tormentos, pues tu salud es la mejor parte de mí mismo. Mientras algunos se acobardan y abandonan mis velas al furor de la tempestad, tú resistes como la única áncora de mi nave destrozada. Agradezco infinito tu amistad, y perdono a los que me volvieron la espalda en la adversa suerte. El rayo, aunque hiera a uno solo, aterra a muchos, y estremece de espanto a la turba que se congrega en torno del herido. Cuando un muro amenaza desplomarse, el temor nos aparta con presteza del peligro. ¿Qué persona algo tímida no huye del enfermo contagioso, temiendo contraer la enfermedad que padece? De igual modo algunos de mis amigos me desampararon, por exceso de miedo y aun temor no por odio. No les faltó el cariño ni la voluntad de servirme, pero les asustó la cólera de los dioses. Cuanto más, deben llamarse cautos y tímidos, sin merecer que se les tenga por malvados.
De esta manera excusa mí bondad la flaqueza de los caros amigos, dispuesta a absolverlos por su parte de toda acusación. Queden satisfechos de mi indulgencia, y puedan afirmar que mi testimonio disculpa su proceder. Mas algunos pocos tan leales como tú, estimasteis deshonroso no prestarme ayuda en la adversidad, y vivid seguros de que sólo olvidaré vuestros beneficios el día que mi cuerpo, consumido, se reduzca a cenizas. Me equivoco; este recuerdo será más permanente que mi vida si la posteridad llega a leer mis escritos. La funesta hoguera reclama los cuerpos exánimes, mientras la gloria y la nombradía se libran de las llamas. Murió Teseo, murió el compañero de Orestes; pero uno y otro viven en las alabanzas a sus nombres tributadas: así también nuestros últimos descendientes encomiarán vuestras acciones, y en mis poesías resplandecerá vuestra gloria. Aquí mismo los Getas y Sármatas ya os conocen, y sus hordas bárbaras ensalzan vuestro aliento generoso. Relatándoles yo ha-ce poco vuestros nobles hechos, pues he aprendido a hablar los idiomas de entrambos pueblos, un viejo que al azar se hallaba entre el concurso, respondió con tales palabras a las mías: «Extranjero, también nosotros conocemos el nombre de la amistad, aunque habitamos lejos de vosotros las riberas heladas del Íster. Hay una región de Escitia por los antiguos llamada Táurida, y no muy distante del país de los Getas; allí nací yo, y no me avergüenzo de mi patria; sus habitantes rinden culto a la diosa hermana de Febo; aun subsiste su templo sostenido en poderosas columnas, y se penetra en él subiendo cuarenta gradas. Es fama que allí se alzaba una imagen de la divinidad venida del cielo, y para que no lo dudes, todavía permanece la base que sustentaba el simulacro de la diosa. El ara, deslumbrante con la blancura de la piedra, perdió su color enrojecida por la sangre que en ella se vertía. Preside los sacrificios una mujer que desconoce la antorcha de Himeneo, y aventaja en nobleza a las doncellas de Escitia. La ley de los ritos, que establecieron los antepasados, ordena que todo extranjero caiga herido por el cuchillo de una virgen. Toas, ilustre en las orillas de la laguna Meotis, gobernaba, el reino, y ningún otro obscurecía su notoriedad en las riberas del Euxino. En los días que empuñaba el cetro no sé qué virgen llamada Ifigenia, atravesó el éter fluido y depuso a Diana en estos lugares, conduciéndola bajo una nube a favor de los vientos por la superficie del piélago. Des-de muchos años ella presidía en el templo los ritos y prestaba de mal grado su mano a tan tristes sacrificios, cuando he aquí que arriban dos jóvenes en nave de rápidas alas y huellan con su planta nuestro litoral; los dos de la misma edad, y unidos por igual afecto: el uno se llamaba Orestes y el otro Pílades; la fama conserva sus nombres. Al momento, con las manos sujetas a la espalda, son conducidos al ara sangrienta de Diana; la sacerdotisa griega derrama sobre los cautivos el agua lustral antes de ceñir largas ínfulas a sus rubias cabelleras. Mientras prepara el sacrificio y ata las vendas a sus sienes, halla a cada instante motivos que retrasen la ejecución. «Perdonad, jóvenes -les dice -; Yo no soy cruel, pero me veo obligada a realizar estos sacrificios más bárbaros que el país en que se ejecutan: son leyes de esta gente. Mas, decidme, ¿de qué ciudad llegasteis?; ¿hacia dónde os dirigíais en vuestra infausta nave?» Dijo, y así que la piadosa virgen oyó el nombre de su patria, dióse cuenta de que habían nacido en la misma ciudad donde ella viera la luz, y exclama: «El uno de vosotros caerá víctima ante el ara de la diosa, y el otro llevará la noticia a la mansión de sus padres.» Pílades, dispuesto a morir, pretende que vaya su querido Orestes; éste lo rehúsa, y el uno y el otro pugnan ofreciéndose a la muerte. Fue la única ocasión en que no anduvieron concordes; en las demás nunca discreparon alterando su fiel amistad. En tanto que los generosos mancebos. luchan en aquel certamen de abnegación, ella traza breves palabras dirigidas a su hermano; ella daba órdenes para el mismo, y aquel que las recibía, admira los azares de los hombres, era su propio hermano. Sin demora quitan del templo la estatua de Diana y secreta-mente huyen en su nave por la inmensa llanura. Aunque han transcurrido tantos años, la desinteresada amistad de aquellos jóvenes todavía se recuerda con admiración en Escitia.
Cuando acabó de contar este suceso de todos conocido, todos aplaudieron el proceder y noble fidelidad de los mismos; y es que aun en estas playas, las más feroces del mundo, el nombre de la amistad exalta los bárbaros corazones. ¿Qué no debéis hacerlos que nacisteis en la capital de Ausonia, cuando tales hechos conmueven a los crueles Getas? Además, tu propensión se inclina siempre a los sentimientos tiernos, y en tu carácter se revela tu alta prosapia, que no desmentirá Voleso, tu antepasado por la línea paterna, ni Nenna, de quien desciendes por la parte de madre, que aplaudirían ver unido el de Cota a sus ilustres nombres, pues sin tu enlace hubiese perecido tan noble casa. Digno heredero de tus insignes abuelos, piensa que el socorrer al amigo desvalido cuadra perfectamente a las virtudes de tu familia.
III
A FABIO MÁXIMO
Máximo, astro brillante de la casa de los Fabios, óyeme ahora, si concedes un momento de atención a tu desterrado amigo, y te relataré lo que vi, ya fuese una sombra vana, ya un ser real, ya la imagen de un sueño. Era de noche, y la luna penetraba por los batientes de mis ventanas, tan espléndida corno suele brillar a mediados de mes. El sueño, general descanso de las cuitas, se había apoderado de mí, y mis miembros se extendían lánguidamente sobre el lecho, cuando de súbito el aire resuena agitado por unas alas, y golpea la ventana produciendo un leve gemido. Me levanto asustado, apoyo el cuerpo sobre el brazo izquierdo, y el sueño huyó por el sobresalto que me embargaba. Tenía al Amor en mi presencia, no con el semblante de otros tiempos, sino triste y puesta la mano izquierda sobre un bastón de acebo.
Ni lucía el collar en la garganta, ni la cinta sujetaba su cabellera, menos bien peinada que de costumbre; sobre el rostro demudado caíanle en desorden sus finísimas hebras, y una de sus alas ofrecióse a la vista erizada, cual suele quedar el plumaje de aérea paloma infinitas veces manoseada. Apenas le reconocí y nadie me es más conocido; mi lengua sin freno le habló en estos términos: « ¡Oh niño, que engañaste al maestro ocasionándole el destierro, a quien me fuera más útil no instruir con lecciones!, ¿por fin has llegado aquí, donde nunca reina la paz y el hielo encadena las ondas del Íster que baña estas bárbaras comarcas? ¿Qué te impulsó a venir sino el deseo de contemplar mis males, que, si lo ignoras, te han hecho para mí odioso? Tú me dictaste el primero juveniles cantos, y uní bajo tu dirección a los versos de seis los de cinco pies; tú no consentiste que me elevase a la altura del vate de Meonia, ni ensalzase las hazañas de los ínclitos caudillos. Tu arco y tus antorchas enervaron la fuerza de mi ingenio, débil acaso, pero de algún valor; pues mientras glorificaba tu imperio y el de tu madre, retraías mi ánimo de componer poemas de mayor trascendencia. Y no fue esto sólo: en mi necedad compuse versos dándote lecciones para que aparecieses menos rudo, y a ellas, desdichado de mí, debo el destierro como recompensa en los últimos confines del orbe, que desconocen las dulzuras de la paz. No fue tal Eumolpo el hijo de Quione con respecto a Orfeo, ni Olimpo con el Sátiro de Frigia, ni Quirón recibió de Aquiles semejante premio, ni se dice tampoco que Numa persiguiese a Pitágoras. Y por no recordar los nombres célebres en el transcurso de las edades, yo solo fui víctima de mi, propio discípulo, mientras ponía en tu mano las armas, mientras te aleccionaba, joven travieso, con mi doctrina: he aquí los dones que el maestro ha recibido de su alumno. Sin embargo, tú lo sabes, y puedes jurarlo con certeza, jamás enseñé a mancillar el tálamo de los desposados. Escribíamos para aquellas que ni sujetan con las cintas sus púdicos cabellos, ni cubren sus pies con la larga estola. Vaya, dime, ¿cuándo aprendiste en mi escuela a seducir a las casadas ni a hacer por mí mandato incierta la paternidad de los recién nacidos? ¡Pues qué!, ¿no impedí severamente la lectura de mis libros a cuantos la ley prohíbe los amores clandestinos? ¿Y de qué me aprovecha esto, si se me acusa de haber incitado al adulterio, que una ley severa castiga? Mas tú, y así tus flechas traspasen todos los corazones, y jamás se extinga el rápido fuego de tus antorchas, y así César, tu sobrino, puesto que Eneas es hermano tuyo, rija el Imperio y someta todos los pueblos, impide que su cólera sea implacable conmigo, y decídele a castigar mi falta en país menos odioso. De este modo creí hablar al rapazuelo volador, y me pareció oír de sus labios las siguientes palabras: «Por los dardos que lanzan mis antorchas y los que vibran mis saetas, por mi madre y la cabeza de César, juro que nada de ¡legítimo aprendí en tus lecciones, y que en tu Arte no descubrí nada culpable. Ojalá con lo éste pudieses defender otros hechos punibles; ya sabes que cometiste uno que te Perjudicó notablemente, sea el que quiera, porque no debo recordar tal dolor, y tampoco puedo afirmar que no hayas delinquido; aunque disfraces tu crimen con la apariencia de un error, la cólera de tu juez no fue más lejos de lo que merecías, lo cual no impidió que por visitarte y con-solar tu desventura, mis alas se hayan deslizado en rutas interminables. Visité estos lugares por vez primera, cuando a los ruegos de mi madre atravesé con mis flechas a la hija de Fasias. Ahora vuelvo a visitarlos después de mucho siglos por ti, uno de los soldados predilectos de mi hueste. Ea, depón el miedo; la cólera del César se templará, y una hora feliz dejará cumplidos tus votos. No ternas largas demoras, se, aproxima el tiempo que anhelamos; el triunfo del príncipe difunde por todas partes la alegría. Cuando tu familia, tus hijos y tu madre Livia se alborozan, como tú mismo, padre insigne de la patria y del triunfador; cuando el pueblo te rinde acciones de graci