Julio César
La Guerra De Las Galias
Con las notas de Napoleón
Título original: Bellum Gallicum
ÍNDICE
NOTAS
DE NAPOLEÓN AL LIBRO III
NOTAS
DE NAPOLEÓN AL LIBRO VII
LIBRO
OCTAVO (Escrito por Aulo Hircio)
NOTAS
DE NAPOLEÓN AL LIBRO VIII
JULIO CÉSAR, HISTORIADOR DE SÍ MISMO
Cayo Julio César, que es uno de los tres más grandes
capitanes de la Historia con Alejandro Magno y con Napoleón, es también uno de
los tres más considerables historiadores latinos, con Cayo Crispo Salustio y
con Tito Livio, formando el ejemplar triunvirato del período clásico por
excelencia, período verdaderamente «áureo» de las letras latinas. Y Julio César
es todo esto, tiene tal significación, precisamente como historiador de sí
mismo, narrador de sus propias hazañas guerreras y de su política.
Había en él, además de un excepcional militar y un no
menos extraordinario estadista y gobernante, un admirable literato, más plural
o polifacético de lo que, por lo común, suele saberse; un literato al que, por
haberse perdido varias de sus obras ajenas al género histórico, no podemos
juzgar en su integridad y de modo directo, pero sin duda no muy inferior al
historiador en el cultivo de otras manifestaciones literarias, distintas a lo
histórico; un literato, en fin, autor del poema El viaje, de la tragedia
Edipo y de otras creaciones poéticas, del Anti-Catón, de una
astronomía De astris y de un tratado acerca de los augures y los
auspicios.
Con todo, le bastan sus obras de carácter histórico, sobre
la historia que él mismo vivió e hizo, protagonizándola, para que le juzguemos
conforme se dice al principio de estas líneas; obras evidentemente originales,
redactadas sin asistencia de persona alguna, en las que, lejos de imitar, se
haría digno de imitación, afirmando notables cualidades y condiciones de
historiador, de maestro de la historia narrativa. Sobrio y preciso, claro y
metódico, brillante y colorista sin alardes, de acuerdo con la austeridad y la
severidad propias del género en sus más dignas concepciones..., así es Julio
César, historiador de sí mismo.
Cayo Julio César, nacido en Roma el 12 de julio del
año -100, perteneció a una de las familias más distinguidas de Roma, habiendo
desde sus primeros años manifestado una inteligencia y una elevación de ánimo
en las que se preanunciaba su futura grandeza. A los trece años, fue nombrado
sacerdote de Júpiter, y a los dieciocho, contrajo matrimonio con Cornelia, hija
de Cinna, dando con esta ocasión una prueba de la firmeza de su carácter, al
oponerse a la orden de Sila, entonces dueño absoluto
de Roma, de que repudiase a su esposa. Más adelante se trasladó a Asia,
incorporado al ejército, destacándose allí, por su heroico comportamiento, en
el sitio de Mitilene.
Regresó a Roma a la muerte de Sila y de allí
pasó, poco después, a Rodas, a fin de perfeccionarse en la elocuencia,
volviendo a Roma en el año -74. Entonces dio comienzo a su vida política,
poniéndose al frente del partido popular, contra el Senado y los patricios, sostenidos
a la sazón por Pompeyo. No tardó, por su habilidad y su elocuencia, en verse
convertido en el ídolo de las multitudes, alcanzando, con su favor, los más
altos cargos del Estado. En el -67, fue cuestor; edil, en el -65; pontífice
máximo, en el -63, y nuevamente cuestor, en el -62. Fue acusado de haber tomado
parte en la conspiración de Catilina, pero supo defenderse con tal habilidad que
salió del tribunal aclamado por el pueblo y paseado en triunfo por las calles
de Roma.
A crecido con ello su poder, obtuvo en el año -61 el gobierno de
la España Ulterior, donde mostró una vez más sus grandes dotes para el mando y
para la política. Regresó de España vencedor, reclamado en Roma por los
acontecimientos, y por la inestabilidad política, provocada por Pompeyo y los
enemigos de este general, que hacía presagiar graves males para la República.
Llegado a Roma, se atrajo César de nuevo el favor del pueblo, por haber
renunciado al triunfo que se le debía. Se afanó entonces para conseguir un
acuerdo con Pompeyo y con Craso, lográndolo al fin, y quedando de este modo
constituido el Primer Triunvirato.
Al año siguiente, César se hacía nombrar cónsul y antes
de expirar el término de su consulado conseguía su nombramiento de gobernador
de la Galia, donde una invasión de los germanos le ofrecía entonces la
magnífica ocasión que esperaba para aumentar aún su gloria y su poder.
La historia de sus luchas en la Galia constituye el
tema de La guerra de las Galias, que ofrecemos hoy a nuestros lectores.
Siete de los ocho libros que componen esta obra se consideran como escritos por
el propio César.
Por la claridad y maravillosa sencillez de su estilo, se coloca su autor entre
los primeros escritores de su tiempo; el octavo lo escribió Aulo Hircio, uno de
sus generales, al parecer sobre notas dejadas por el propio César, y en el que
se esfuerza por imitar a su jefe. Sigue luego, en el volumen próximo, La
Guerra Civil, escrita también por César y en la que se narran los
acontecimientos de aquel período agitado de la historia de Roma, con el triunfo
final de César.
Tras ésta, también en el volumen próximo,
ofreceremos al público La guerra de Alejandría, que se atribuye así
mismo a Aulo Hircio, y los comentarios de la Guerra de África y Guerra de
España, que completan la serie de estos libros. Se ignora quiénes son los
autores de estos últimos, y su mérito literario es muy
inferior a los del propio Hircio; pero, siguiendo con esto el criterio adoptado
en la mayoría de las ediciones extranjeras, hemos querido ofrecer al público el
relato completo de las campañas en que tomó parte César, hasta el exterminio de
los últimos partidarios de Pompeyo, con su hijo, que refugiados en África y
España, le ofrecían aún resistencia.
Para el período de la vida de César que va desde
aquí hasta su muerte, remitimos al lector, ya sea a la Vida de César, que
figura en Los doce Césares de Suetonio (volumen 7 de esta colección), ya
a la del propio general, en las Vidas paralelas de Plutarco (que serán
publicadas en nuestra colección en números posteriores).
En cuanto a la traducción, hemos adoptado la que el señor Goya
Muniáin hizo de La guerra de las Galias, y la de don Manuel Balbuena,
para el resto de los libros, por ser consideradas ambas como las mejores que
existen en castellano. No obstante, ambos textos han sido revisados y
corregidos en algunos detalles, de acuerdo con las mejores ediciones
extranjeras.
La guerra de las Galias (Bellum Gallicum), principalmente, ha sido reiteradamente vertida en
varios idiomas, y desde luego al castellano, en repetidas ocasiones, pero
nunca, bien puede afirmarse, como lo hizo don José Goya a finales del siglo último. Y
puestos a mencionar las mejores traducciones de esta obra (la cual viene
imprimiéndose constantemente, ya en latín, ya vertida a otras lenguas, desde el
año 1469), es obligado citarla, prescindiéndose del interés que pudiera suponer
el ser la dada aquí, en esta colección, por nosotros.
Por otra parte, sin anotar otras de menos
importancia, citaremos las ediciones críticas, del Bellum Gallicum y del
Bellum civile, de A. Kloz (Leipzig, 1921-27); F. Ramorino (Turín,
1902-03); L. A. Constans (París, 1926); P. Favre (París, 1936); R. Schneider
(Berlín, 1888); E. Wolffin y A. Miodonsky (Leipzig, 1889)...
I. La Galia[1]
está
dividida en tres partes: una que habitan los belgas, otra los aquitanos, la
tercera los que en su lengua se llaman celtas y en la nuestra galos. Todos
estos se diferencian entre sí en lenguaje, costumbres y leyes. A los galos
separa de los aquitanos el río Carona, de los belgas el Marne y Sena. Los más
valientes de todos son los belgas, porque viven muy remotos del fausto y
delicadeza de nuestra provincia; y rarísima vez llegan allá los mercaderes con
cosas a propósito para enflaquecer los bríos; y por estar vecinos a los
germanos, que moran a la otra parte del Rin, con quienes traen continua guerra.
Ésta es también la causa porque los helvecios[2]
se aventajan en valor a los otros galos, pues casi todos los días vienen a las
manos con los germanos, ya cubriendo sus propias fronteras, ya invadiendo las
ajenas. La parte que hemos dicho ocupan los galos comienza del río Ródano,
confina con el Carona, el Océano y el país de los belgas; por el de los
secuanos[3]
y helvecios toca en el Rin, inclinándose al Norte. Los belgas toman su
principio de los últimos límites de la Galia, dilatándose hasta el Bajo Rin,
mirando al Septentrión y al Oriente. La Aquitania entre Poniente y Norte por el
río Carona se extiende hasta los montes Pirineos, y aquella parte del Océano
que baña a España.
II. Entre los helvecios fue sin disputa el más noble y el más rico Orgetórige. Éste, siendo cónsules[4]
Marco Mésala y Marco Pisón, llevado de la ambición de reinar, ganó a la nobleza
y persuadió al pueblo «a salir de su patria con todo lo que tenían; diciendo
que les era muy fácil, por la ventaja que hacían a todos en fuerzas, señorearse
de toda la Galia». Poco le costó persuadírselo, porque los helvecios, por su
situación, están cerrados por todas partes; de una por el Rin, río muy ancho y
muy profundo, que divide el país Helvético de la Germania; de otra por el
altísimo monte Jura, que lo separa de los secuanos; de la tercera por el lago
Lemán y el Ródano, que parte términos entre nuestra provincia y los helvecios.
Por cuya causa tenían menos libertad de hacer correrías, y menos comodidad para
mover guerra contra sus vecinos; cosa de gran pena para gente tan belicosa.
Demás que para tanto número de habitantes, para la reputación de sus hazañas
militares y valor, les parecía término estrecho el de doscientas cuarenta millas
de largo, con ciento ochenta de ancho.
III. En fuerza de estos motivos y del crédito de Orgetórige,
se concertaron de apercibir todo lo necesario para la expedición, comprando
acémilas y carros cuantos se hallasen, haciendo sementeras copiosísimas a
trueque de estar bien provistos de trigo en el viaje, asentando paz y alianza
con los pueblos comarcanos. A fin de efectuarlo, pareciéndoles que para todo
esto bastaría el espacio de dos años, fijaron el tercero con decreto en fuerza
de ley por plazo de su partida. Para el manejo de todo este negocio eligen a
Orgetórige, quien tomó a su cuenta los tratados con las otras naciones; y de
camino persuade a Castice, secuano, hijo de Catamantáledes (rey que había sido
muchos años de los secuanos, y honrado por el Senado y Pueblo Romanos con el
título de amigo) que ocupase el trono en que antes había estado su padre: lo
mismo persuade a Dumnórige eduo, hermano de Diviciaco (que a la sazón era la
primera persona de su patria, muy bienquisto del pueblo) y le casa con una hija
suya. «Representábales llana empresa, puesto que, habiendo él de obtener el
mando de los helvecios, y siendo éstos sin duda los más poderosos de toda la
Galia, con sus fuerzas y ejército los aseguraría en la posesión de los reinos.
» Convencidos del discurso, se juramentan entre sí, esperando que,
afianzada su soberanía y unidas tres naciones poderosísimas y fortísimas,
podrían apoderarse de toda la Galia.
IV. Luego que los helvecios tuvieron por algunos
indicios noticia de la trama, obligaron a Orgetórige a que diese sus descargos,
aprisionado[5]
según estilo. Una vez condenado, sin remedio había de ser quemado vivo.
Aplazado el día de la citación, Orgetórige compareció en juicio, acompañado de
toda su familia, que acudió de todas partes a su llamamiento en número de diez
mil personas[6],
juntamente con todos sus dependientes y adeudados, que no eran pocos,
consiguiendo, con su intervención, substraerse al proceso. Mientras el pueblo
irritado de tal tropelía trataba de mantener con las armas su derecho y los
magistrados juntaban las milicias de las aldeas, vino a morir Orgetórige, no
sin sospecha en opinión de los helvecios, de que se dio él a sí mismo la muerte.[7]
V. No por eso dejaron ellos de llevar adelante la
resolución
concertada de salir de su comarca. Cuando les pareció estar ya todo a punto,
ponen fuego a todas sus ciudades, que eran doce, y a cuatrocientas aldeas con
los demás caseríos; queman todo el grano, salvo el que podían llevar consigo, para que perdida la esperanza de
volver a su patria, estuviesen más prontos a todos los trances. Mandan
que cada cual se provea de harina[8]
para tres meses. Inducen a sus rayanos los rauracos,[9]
tulingos, latobrigos a que sigan su ejemplo y, quemando las poblaciones, se
pongan en marcha con ellos, y a los boyos,[10]
que, establecidos a la otra parte del Rin, y adelantándose hasta el país de los
noricos, tenían sitiada su capital, empeñándolos en la facción, los reciben por
compañeros.
VI. Sólo por dos caminos podían salir de su tierra: uno
por los secuanos, estrecho y escabroso entre el Jura y el Ródano, por donde
apenas podía pasar un carro y señoreado de una elevadísima cordillera, de la
cual muy pocos podían embarazar el paso; el otro por nuestra provincia, más
llano y ancho, a causa de que, corriendo el Ródano entre los helvecios y
alóbroges,[11]
con quien poco antes[12]
se habían hecho paces, por algunas partes es vadeable. Junto a la raya de los
helvecios está Ginebra, última ciudad de los alóbroges, donde hay un puente que
remata en tierra de los helvecios. Daban por hecho que, o ganarían a los
alóbroges, por parecerles no del todo sincera su reconciliación con los
romanos, o los obligarían por fuerza a franquearles el paso. Aparejado todo
para la marcha, señalan el día fijo en que todos se debían congregar a las
riberas del Ródano. Era éste el 28 de marzo en el consulado de Lucio Pisón y
Aulo Gabinio.
VIL Informado César de que pretendían hacer su marcha
por nuestra provincia, parte aceleradamente de Roma; y encaminándose a marchas
forzadas a la Galia Ulterior, se planta en Ginebra. Da luego orden a toda la
provincia
de aprestarle el mayor número posible de
milicias, pues no había en la Galia Ulterior sino una legión sola. Manda cortar
el puente de junto a Ginebra. Cuando los helvecios supieron su venida,
despáchanle al punto embajadores de la gente más distinguida de su nación, cuya
voz llevaban Numeyo y Verodocio, para proponerle que ya que su intención era
pasar por la provincia sin agravio de nadie, por no haber otro camino, que le
pedían lo llevase a bien. César no lo juzgaba conveniente, acordándose del
atentado de los helvecios cuando mataron al cónsul Lucio Casio, derrotaron su
ejército y lo hicieron pasar bajo el yugo; ni creía que hombres de tan mal
corazón, dándoles paso franco por la provincia, se contuviesen de hacer mal y
daño. Sin embargo, por dar lugar a que se juntasen las milicias provinciales,
respondió a los enviados: «que tomaría tiempo para pensarlo; que si gustaban,
volviesen por la respuesta en 13 de abril».
VIII. Entre tanto, con la legión que tenía consigo y con los soldados
que llegaban de la provincia desde el lago Lemán, que se ceba del Ródano hasta
el Jura, que separa los secuanos de los helvecios, tira un vallado a manera de
muro de diecinueve millas en largo, dieciséis pies en alto, y su foso correspondiente;
pone guardias de trecho en trecho, y guarnece los cubos para rechazar más
fácilmente a los enemigos, caso que por fuerza intentasen el tránsito. Llegado
el plazo señalado a los embajadores, y presentados éstos, responde: «que, según
costumbre y práctica del Pueblo Romano, él a nadie puede permitir el paso por
la provincia; que si ellos presumen abrírselo por sí, protesta oponerse». Los
helvecios, viendo frustrada su pretensión, parte en barcas y muchas balsas que
formaron, parte tentando vadear el Ródano por donde corría más somero, unas
veces de día y las más de noche, forcejando por romper adelante, siempre
rebatidos por la fortificación y vigorosa resistencia de la tropa, hubieron de
cejar al cabo.
IX. Quedábales sólo el camino por los secuanos; mas sin el
consentimiento de éstos era imposible atravesarlo, siendo tan angosto. Como no
pudiesen ganarlos por sí, envían legados al eduo Dumnórige para recabar por su
intercesión el beneplácito de los secuanos, con quienes podía él mucho y los tenía
obligados con sus liberalidades; y era también afecto a los helvecios, por
estar casado con mujer de su país, hija de
Orgetórige; y al paso que por la ambición de reinar intentaba novedades,
procuraba con beneficios granjearse las voluntades de cuantos pueblos podía.
Toma, pues, a su cargo el negocio y logra que los secuanos dejen el paso libre
a los helvecios por sus tierras, dando y recibiendo rehenes en seguridad de que
los secuanos no embarazarán la marcha, y de que los helvecios la ejecutarán sin
causar daño ni mal alguno.
X. Avisan a César que los helvecios están resueltos a
marchar por el país de los secuanos y eduos hacia el de los santones,[13]
poco distantes de los tolosanos, que caen dentro de nuestra jurisdicción.[14]
Si tal sucediese, echaba de ver el gran riesgo de la provincia con la vecindad
de hombres tan feroces y enemigos del Pueblo Romano en aquellas regiones
abiertas y sumamente fértiles. Por estos motivos, dejando el gobierno de las
fortificaciones hechas a su legado Tito Labieno, él mismo en persona a grandes
jornadas vuelve a Italia, donde alista dos legiones; saca de los cuarteles
otras tres que invernaban en los contornos de Aquileia, y con todas cinco,
atravesando los Alpes por el camino más corto, marcha en diligencia hacia la
Galia Ulterior. Opónense al paso del ejército los centrones, gravocelos y
caturiges,[15]
ocupando las alturas; rebatidos todos en varios reencuentros, desde Ocelo,
último lugar de la Galia Cisalpina, en siete días se puso en los voconcios,
territorio de la Transalpina; desde allí conduce su ejército a los alóbroges;
de los alóbroges a los segusianos, que son los primeros del Ródano para allá
fuera de la provincia.
XI. Ya los helvecios, transportadas sus tropas por los
desfiladeros y confines de los secuanos, habían penetrado por el país de los eduos,
y le corrían. Los eduos, no pudiendo defenderse de la violencia, envían a pedir
socorro a César, representándole: «haber sido siempre tan leales al Pueblo
Romano, que no debiera sufrirse que casi a vista de nuestro ejército sus
labranzas fuesen destruidas, cautivados sus hijos y sus pueblos asolados». Al
mismo tiempo que los eduos, sus aliados y parientes los ambarros[16]
dan parte a César cómo arrasadas ya sus heredades, a duras penas defienden los
lugares del furor enemigo; igualmente los alóbroges, que tenían haciendas y
granjas al otro lado del Ródano, van a ampararse de César diciendo que nada les
queda de lo suyo sino el suelo desnudo de sus campos y heredades. César, en
vista de tantos desafueros, no quiso aguardar a que los helvecios, después de
una desolación general de los países aliados, llegasen sin contraste a los
santones.
XII. Habían llegado los helvecios al río Arar, el cual
desagua en el Ródano, corriendo por tierras de los eduos y secuanos tan
mansamente, que no pueden discernir los ojos hacia qué parte corre, y lo iban
pasando en balsas y barcones. Mas informado César por sus espías que los
helvecios habían ya pasado tres partes de sus tropas al otro lado del río,
quedando de éste la cuarta sola, sobre la medianoche moviendo con tres
legiones, alcanzó aquel trozo, que aún estaba por pasar el río, y
acometiéndolos en el mayor calor de esta maniobra, deshizo una gran parte de
ellos; los demás echaron a huir, escondiéndose dentro de los bosques cercanos.
Éste era el cantón Tigurino, uno de los cuatro[17]
en que está dividida toda la Helvecia, y aquel mismo que, habiendo salido solo
de su tierra en tiempo de nuestros padres, mató al cónsul Lucio Casio y sujetó
su ejército a la ignominia del yugo. Así, o por acaso o por acuerdo de los
dioses inmortales, la parte del cuerpo helvético que tanto mal hizo al Pueblo
Romano, ésa fue la primera que pagó la pena; con la cual vengó César las
injurias no sólo de la República, sino también las suyas propias; pues los
tigurinos habían muerto al legado Lucio Pisón, abuelo de su suegro, del propio
nombre, en la misma batalla en que mataron a Casio.
XIII. Después de esta acción, a fin de poder dar
alcance a las demás tropas enemigas, dispone echar un puente sobre el Arar, y
por él conduce su ejército a la otra parte. Los helvecios, espantados de su
repentino arribo, viendo ejecutado por él en un día el pasaje del río, que
apenas y con sumo trabajo pudieron ellos en veinte, despáchanle una embajada, y
por jefe de ella a Divicón, que acaudilló a los helvecios en
la guerra contra Casio; y habló a César en esta sustancia: «que si el Pueblo
Romano hacía paz con los helvecios, estaban ellos prontos a ir y morar donde
César lo mandase y tuviese por conveniente; mas si persistía en hacerles
guerra, se acordase de la rota del ejército romano y del valor de los
helvecios. Que la sorpresa de un cantón sólo en sazón que los otros de la
orilla opuesta no podían socorrerle, ni era motivo para presumir de su propia
valentía, ni para menospreciarlos a ellos; que tenían por máxima recibida de
padre a hijos confiar en los combates más de la fortaleza propia que no de
ardides y estratagemas. Por tanto, no diese lugar a que el sitio donde se
hallaba se hiciese famoso por una calamidad del Pueblo Romano, y testificase a
la posteridad la derrota de su ejército».
XIV. A estas razones respondió César: «que tenía muy presente cuanto
decían los embajadores helvecios; y que por lo mismo hallaba menos motivos para
vacilar en su resolución; los hallaba sí grandes de sentimiento, y tanto mayor,
cuanto menos se lo había merecido el Pueblo Romano, quien, si se creyera
culpado, hubiera fácilmente evitado el golpe; pero fue lastimosamente engañado,
por estar cierto de no haber cometido cosa de qué temer, y pensar que no debía
recelarse sin causa. Y cuando quisiese olvidar el antiguo desacato, ¿cómo era
posible borrar la memoria de las presentes injurias, cuales eran haber
intentado el paso de la provincia mal de su grado, y las vejaciones hechas a
los eduos, a los ambarros, a los alóbroges? Que tanta insolencia en gloriarse
de su victoria, y el extrañar que por tanto tiempo se tolerasen sin castigo sus
atentados, dimanaba de un mismo principio; pues que suelen los dioses
inmortales, cuando quieren descargar su ira sobre los hombres en venganza de
sus maldades concederles tal vez prosperidad con impunidad más prolongada, para
que después les cause mayor tormento el trastorno de su fortuna. Con todo esto,
hará paz con ellos, si le aseguran con rehenes que cumplirán lo prometido, y si
reparan los daños hechos a los eduos, a sus aliados y a los alóbroges».
Respondió Divicón: «que de sus mayores habían los helvecios aprendido la
costumbre de recibir rehenes, no de darlos; de que los romanos eran testigos».
Dicho esto, se despidió.
XV. Al día siguiente alzan los reales de aquel puesto. Hace
lo propio César; enviando delante la caballería compuesta de cuatro mil hombres
que había juntado en toda la provincia, en los eduos, y los confederados de
éstos, para que observasen hacia dónde marchaban los enemigos. Más como diesen
tras ellos con demasiado ardimiento, vienen a trabarse en un mal paso con la
caballería de los helvecios, y mueren algunos de los nuestros. Engreído ellos
con esta ventaja, pues con quinientos caballos habían hecho retroceder a cuatro
mil, empezaron a esperar a los nuestros con mayor osadía, y a provocarlos a
combate vuelta de frente la retaguardia. César reprimía el ardor de los suyos,
contentándose por entonces con estorbar al enemigo los robos, forrajes y talas.
De este modo anduvieron cerca de quince días, no distando su retaguardia de la
vanguardia nuestra más de cinco a seis millas.
XVI. Mientras tanto instaba César todos los días a los eduos por el
trigo que por acuerdo de la República le tenían ofrecido; y es que, a causa de
los fríos de aquel clima, que, como antes se dijo, es muy septentrional, no
sólo no estaba sazonado, pero ni aun alcanzaba el forraje; y no podía tampoco
servirse del trigo conducido en barcas por el Arar, porque los helvecios se
habían desviado de este río, y él no quería perderlos de vista. Dábanle largas
los eduos con decir que lo estaban acopiando, que ya venía en camino, que luego
llegaba. Advirtiendo él que era entretenerlo no más, y que apuraba el plazo en
que debía repartir las raciones de pan a los soldados, habiendo convocado a los
principales de la nación, muchos de los cuales militaban en su campo, y también
a Diviciaco y Lisco, que tenían el supremo magistrado (que los eduos llaman
Vergobreto, y es anual con derecho sobre la vida y muerte de sus nacionales)
quéjase de ellos agriamente, porque no pudiendo haber trigo por compra ni
cosecha, en tiempo de tanta necesidad, y con los enemigos a la vista, no
cuidaban de remediarle; que habiendo él emprendido aquella guerra obligado en
parte de sus ruegos, todavía sentía más el verse así abandonado.
XVII. En fin, Lisco, movido del discurso de César, descubre lo que
hasta entonces había callado; y era «la mucha mano que algunos de su nación
tenían con la gente menuda, los cuales, con ser unos meros particulares, mandaban más que los mismos magistrados; ésos eran
los que, vertiendo especies sediciosas y malignas, disuadían al pueblo que no
aprontase el trigo, diciendo que, pues no pueden hacerse señores de la Galia,
les vale más ser vasallos de los galos que de los romanos; siendo cosa sin
duda, que si una vez vencen los romanos a los helvecios, han de quitar la
libertad a los eduos no menos que al resto de la Galia; que los mismos
descubrían a los enemigos nuestras trazas, y cuanto acaecía en los reales; y él
no podía irles a la mano; antes estaba previendo el gran riesgo que corría su
persona por habérselo manifestado a más no poder, y por eso, mientras pudo,
había disimulado».
XVIII. Bien conocía César que las expresiones de Lisco
tildaban a Dumnórige, hermano de Diviciaco; mas no queriendo tratar este punto
en presencia de tanta gente, despide luego a los de la junta, menos a Lisco;
examínale a solas sobre lo dicho; explícase él con mayor libertad y franqueza;
por informes secretos tomados de otros halla ser la pura verdad: «que Dumnórige
era el tal; hombre por extremo osado, de gran séquito popular por su
liberalidad, amigo de novedades; que de muchos años atrás tenía en arriendo
bien barato el portazgo y todas las demás alcabalas de los eduos, porque
haciendo él postura, nadie se atrevía a pujarla. Con semejantes arbitrios había
engrosado su hacienda, y amontonado grandes caudales para desahogo de sus
profusiones; sustentaba siempre a su sueldo un gran cuerpo de caballería, y
andaba acompañado de él; con sus larguezas dominaba, no sólo en su patria, sino
también en las naciones confinantes; que por asegurar este predominio había
casado a su madre entre los bituriges con un señor de la primera nobleza y
autoridad; su mujer era helvecia; una hermana suya por parte de madre y varias
parientas tenían maridos extranjeros; por estas conexiones favorecía y
procuraba el bien de los helvecios; por su interés particular aborrecía
igualmente a César y a los romanos; porque con su venida le habían cercenado el
poder, y restituido al hermano Diviciaco el antiguo crédito y lustre. Que si
aconteciese algún azar a los romanos, entraba en grandes esperanzas de alzarse
con el reino con ayuda de los helvecios, mientras que durante el imperio
romano, no sólo desconfiaba de llegar al trono, sino aun de mantener el séquito
adquirido». Averiguó también César en estas pesquisas
que Dumnórige
y su caballería (mandaba él la que los eduos enviaron de socorro a César)
fueron los primeros en huir en aquel encuentro mal sostenido pocos días antes,
y que con su fuga se desordenaron los demás escuadrones.
XIX. Hechas estas averiguaciones y confirmados los indicios
con otras pruebas evidentísimas de haber sido él promotor del tránsito de los
helvecios por los secuanos, y de la entrega recíproca de los rehenes; todo no
sólo sin aprobación de César y del gobierno, pero aun sin noticia de ellos; y,
en fin, siendo su acusador el juez supremo de los eduos, parecíale a César
sobrada razón para castigarle o por sí mismo, o por sentencia del tribunal de
la nación. La única cosa que le detenía era el haber experimentado en su
hermano Diviciaco una grande afición al Pueblo Romano, y para consigo una
voluntad muy fina, lealtad extremada, rectitud, moderación; y temía que con el
suplicio de Dumnórige no se diese por agraviado Diviciaco. Por lo cual, antes
de tomar ninguna resolución, manda llamar a Diviciaco, y dejados los
intérpretes ordinarios, por medio de Cayo Valerio Procilo, persona principal de
nuestra provincia, amigo íntimo suyo, y de quien se fiaba en un todo, le
declara sus sentimientos, trayéndole a la memoria los cargos que a su presencia
resultaron contra Dumnórige en el consejo de los galos, y lo que cada uno en
particular había depuesto contra éste. Le ruega y amonesta no lleve a mal que o
él mismo, substanciado el proceso, sentencie al reo, o dé comisión de hacerlo a
los jueces de la nación.
XX. Diviciaco, abrazándose con César, deshecho en lágrimas,
se puso a suplicarle: «que no hiciese alguna demostración ruidosa con su
hermano; que bien sabía ser cierto lo que le achacaban; y nadie sentía más
vivamente que él los procederes de aquel hermano, a quien cuando por su poca
edad no hacía figura en la nación, le había valido él con la mucha autoridad
que tenía con los del pueblo y fuera de él, para elevarlo al auge de poder en
que ahora se halla, y de que se vale, no sólo para desacreditarle, sino para
destruirle si pudiera. Sin embargo, podía más consigo el amor de hermano, y el
qué dirán las gentes, siendo claro que cualquiera demostración fuerte de César
la tendrían todos por suya, a causa de la mucha amistad que con él tiene; por donde vendría él mismo a
malquistarse con todos los pueblos de la Galia». Repitiendo estas súplicas con
tantas lágrimas como palabras, tómale César de la mano, y consolándolo, le
ruega no hable más del asunto; asegúrale que aprecia tanto su amistad, que por
ella perdona las injurias hechas a la República y a su persona. Luego hace
venir a su presencia a Dumnórige; y delante de su hermano le echa en cara las
quejas de éste, las de toda la nación, y lo que él mismo había averiguado por
sí. Encárgale no dé ocasión a más sospechas en adelante, diciendo que le
perdona lo pasado por atención a su hermano Diviciaco, y le pone espías para
observar todos sus movimientos y tratos.
XXI. Sabiendo ese mismo día, por los batidores, que los enemigos
habían hecho alto a la falda de un monte, distante ocho millas de su campo,
destacó algunos a reconocer aquel sitio, y qué tal era la subida por la ladera
del monte. Informáronle no ser agria. Con eso, sobre la medianoche ordenó al
primer comandante Tito Labieno, que con dos legiones, y guiado de los prácticos
en la senda, suba a la cima, comunicándole su designio. Pasadas tres horas,
marcha él en seguimiento de los enemigos por la vereda misma que llevaban,
precedido de la caballería, y destacando antes con los batidores a Publio
Considio, tenido por muy experto en las artes de la guerra, como quien había
servido en el ejército de Lucio Sila y después en el de Marco Craso.
XXII. Al amanecer, cuando ya Labieno estaba en la cumbre
del monte y César a milla y media del campo enemigo, sin que se trasluciese su
venida ni la de Labieno, como supo después por los prisioneros, viene a él a la
carrera abierta Considio con la noticia de «que los enemigos ocupan el monte
que había de tomar Labieno, como le habían cerciorado sus armas y divisas».
César recoge luego sus tropas al collado más inmediato, y las ordena en
batalla. Como Labieno estaba prevenido con la orden de no pelear mientras no
viese a César con los suyos sobre el ejército enemigo, a fin de cargarle a un
tiempo por todas partes, dueño del monte, se mantenía sin entrar en acción,
aguardando a los nuestros. En conclusión, era ya muy entrado el día cuando los
exploradores informaron a César que era su gente la que ocupaba el monte; que
los enemigos
continuaban su marcha, y que Considio en
su relación
supuso de miedo lo que no había visto. Con que César aquel día fue siguiendo al
enemigo con interposición del trecho acostumbrado, y se acampó a tres millas de
sus reales.
XXIII. Al día siguiente, atento que sólo restaban dos de
término para repartir las raciones de pan a los soldados,[18]
y que Bibracte, ciudad muy populosa y abundante de los eduos, no distaba de
allí más de dieciocho millas, juzgó conveniente cuidar de la provisión del
trigo; por eso, dejando de seguir a los helvecios, tuerce hacia Bibracte,
resolución que luego supieron los enemigos por ciertos esclavos de Lucio
Emilio, decurión[19]
de la caballería galicana. Los helvecios, o creyendo que los romanos se
retiraban de cobardes, mayormente cuando apostados el día antes en sitio tan
ventajoso habían rehusado la batalla, o confiando el poder interceptarles los
víveres, mudando de idea y de ruta, comenzaron a perseguir y picar nuestra
retaguardia.
XXIV. Luego que César lo advirtió, recoge su infantería
en un collado vecino, y hace avanzar la caballería con el fin de reprimir la
furia enemiga. Él, mientras tanto, hacia la mitad del collado dividió en tres
tercios las cuatro legiones de veteranos; por manera que, colocadas en la
cumbre y a la parte superior de las suyas las dos nuevamente alistadas en la
Galia Cisalpina y todas las tropas auxiliares, el cerro venía a quedar cubierto
todo de gente. Dispuso sin perder tiempo que todo el bagaje se amontonase en un
mismo sitio bajo la escolta de los que ocupaban la cima. Los helvecios, que
llegaron después con todos sus carros, lo acomodaron también en un mismo lugar,
y formados en batalla, muy cerrados los escuadrones, rechazaron nuestra
caballería; y luego, haciendo empavesada, arremetieron a la vanguardia. César,
haciendo retirar del campo de batalla todos los caballos, primero el suyo, y
luego los de los otros, para que siendo igual en todos el peligro, nadie
pensase en huir, animando a los suyos trabó el choque. Los soldados, disparando
de alto a bajo sus dardos, rompieron fácilmente la
empavesada enemiga, la cual desordenada, se arrojaron sobre ellos espada en
mano. Sucedíales a los galos una cosa de sumo embarazo en el combate, y era que
tal vez un dardo de los nuestros atravesaba de un golpe varias de sus rodelas,
las cuales, ensartadas en el astil y lengüeta del dardo retorcido, ni podían
desprenderlas, ni pelear sin mucha incomodidad, teniendo sin juego la
izquierda, de suerte, que muchos, después de repetidos inútiles esfuerzos, se
reducían a soltar el broquel y pelear a cuerpo descubierto. Finalmente,
desfallecidos de las heridas, empezaron a cejar y retirarse a un monte distante
cerca de una milla. Acogidos a él, yendo los nuestros en su alcance, los boyos
y tulingos, que en número de casi quince mil cerraban el ejército enemigo,
cubriendo su retaguardia, asaltaron sobre la marcha el flanco de los nuestros,
tentando cogerlos en medio. Los helvecios retirados al monte que tal vieron,
cobrando nuevos bríos, volvieron otra vez a la refriega. Los romanos se vieron
precisados a combatirlos dando tres frentes al ejército; oponiendo el primero y
el segundo contra los vencidos y derrotados, y el tercero contra los que venían
de refresco.
XXV. Así en doble batalla[20]
estuvieron peleando gran rato con igual ardor, hasta que no pudiendo los
enemigos resistir por más tiempo al esfuerzo de los nuestros, los unos se
refugiaron al monte, como antes; los otros se retiraron al lugar de sus bagajes
y carruajes: por lo demás, en todo el discurso de la batalla, dado que duró
desde las siete de la mañana hasta la caída de la tarde, nadie pudo ver las
espaldas al enemigo; y gran parte de la noche duró todavía el combate donde
tenían el bagaje, puestos alrededor de él por barrera los carros, desde los
cuales disparaban con ventaja a los que se arrimaban de los nuestros, y algunos por entre las pértigas y ruedas los herían con
pasadores[21]
y lanzas. En fin, después de un porfiado combate, los nuestros se apoderaron de
los reales, y en ellos, de una hija y un hijo de Orgetórige. De esta jornada se
salvaron al pie de ciento treinta mil de los enemigos, los cuales huyeron sin
parar toda la noche; y no interrumpiendo un punto su marcha, al cuarto día
llegaron a tierra de Langres, sin que los nuestros pudiesen seguirlos, por
haberse detenido tres días a curar los heridos y enterrar los muertos. Entre
tanto César despachó correos con cartas a los langreses, intimidándoles «no los
socorriesen con bastimentos ni cosa alguna, so pena de ser tratados como los
helvecios»; y pasados los tres días marchó con su ejército en su seguimiento.
XXVI. Ellos, apretados con la falta de todas las cosas, le
enviaron diputados a tratar de la entrega; los cuales, presentándosele al paso y
postrados a sus pies, como le instasen por la paz con súplicas y llantos, y respondiese
él le aguardasen en el lugar en que a la sazón se hallaban, obedecieron.
Llegado allá César, a más de la entrega de rehenes y armas, pidió la
restitución de los esclavos fugitivos. Mientras se andaba en estas diligencias,
cerró la noche; y a poco después unos seis mil del cantón llamado Urbígeno[22]
escabulléndose del campo de los helvecios, se retiraron hacia el Rin y las
fronteras de Germania, o temiendo no los matasen después de desarmados, o
confiando salvar las vidas, persuadidos a que entre tantos prisioneros se
podría encubrir su fuga, o ignorarla totalmente.
XXVII. César, que lo entendió, mandó a todos aquellos, por
cuyas tierras habían ido, que si querían justificarse con él, fuesen tras ellos
y los hiciesen volver. Vueltos ya, tratólos como a enemigos, y a todos los
demás, hecha la entrega de rehenes, armas y desertores, los recibió bajo su
protección. A los helvecios, tulingos y latóbrigos mandó volviesen a poblar sus
tierras abandonadas; y atento que, por haber perdido los abastos, no tenían en
su patria con qué vivir, ordenó a los alóbroges los proveyesen de granos,
obligando a ellos mismos a reedificar las ciudades y aldeas quemadas. La
principal mira que en esto llevó, fue no querer que
aquel país
desamparado de los helvecios quedase baldío; no fuese que los germanos de la
otra parte del Rin, atraídos de la fertilidad del terreno, pasasen de su tierra
a la de los helvecios, e hiciesen con eso mala vecindad a nuestra provincia y a
los alóbroges. A petición de los eduos les otorgó que en sus Estados diesen
establecimientos a los boyos, por ser gente de conocido valor; y, en
consecuencia, los hicieron por igual participantes en sus tierras, fueros y
exenciones.
XXVIII. Halláronse en los reales helvecios unas Memorias,
escritas con caracteres griegos que, presentadas a César, se vio contenían por
menor la cuenta de los que salieron de la patria en edad de tomar armas, y en
lista aparte los niños, viejos y mujeres. La suma total de personas, era: de
los helvecios doscientos setenta y tres mil; de los tulingos treinta y seis
mil; de los latóbrigos catorce mil; de los rauracos veintidós mil; de los boyos
treinta y dos mil; los de armas eran noventa y dos mil: entre todos componían
trescientos sesenta y ocho mil. Los que volvieron a sus patrias, hecho el
recuento por orden de César, fueron ciento diez mil cabales.
XXIX. Terminada la guerra de los helvecios, vinieron
legados de casi toda la Galia los primeros personajes de cada república a congratularse
con César; diciendo que, si bien el Pueblo Romano era el que con las armas
había tomado la debida venganza de las injurias antiguas de los helvecios, sin
embargo, el fruto de la victoria redundaba en utilidad no menos de la Galia que
del Pueblo Romano; siendo cierto que los helvecios en el mayor auge de su
fortuna habían abandonado su patria con intención de guerrear con toda la
Galia, señorearse de ella, escoger entre tantos para su habitación el país que
más cómodo y abundante les pareciese, y hacer tributarias a las demás naciones.
Suplicáronle que les concediese grata licencia para convocar en un día señalado
Cortes generales de todos los Estados de la Galia, pues tenían que tratar
ciertas cosas que de común acuerdo querían pedirle. Otorgado el permiso,
aplazaron el día; y se obligaron con juramento a no divulgar lo tratado fuera
de los que tuviesen comisión de diputados.
XXX. Despedida la junta, volvieron a César los mismos
personajes de antes, y le pidieron les permitiese conferenciar con él a solas
de cosas en que se interesaba su vida y la de todos.
Otorgada también la demanda, echaronsele todos llorando a los pies, y le protestan
«que no tenían menos empeño y solicitud sobre que no se publicasen las cosas
que iban a confiarle, que sobre conseguir lo que pretendían; previniendo que al
más leve indicio incurrirían en penas atrocísimas». Tomóles la palabra
Diviciaco, y dijo: «estar la Galia toda dividida en dos bandos: que del uno
eran cabeza los eduos, del otro los alvernos. Que habiendo disputado muchos
años obstinadamente la primacía, vino a suceder que los alvernos, unidos con
los secuanos, llamaron en su socorro algunas gentes de la Germania; de donde al
principio pasaron el Rin con quince mil hombres. Mas después que, sin embargo,
de ser tan fieros y bárbaros, se aficionaron al clima, a la cultura y
conveniencias de los galos, transmigraron muchos más hasta el punto que al
presente sube su número en la Galia a ciento veinte mil. Con éstos han peleado
los eduos y sus parciales de poder a poder repetidas veces; y siendo vencidos,
se hallan en gran miseria con la pérdida de toda la nobleza, de todo el Senado,
de toda la caballería. Abatidos en fin con sucesos tan desastrados lo que
antes, así por su valentía como por el arrimo y amistad del Pueblo Romano, eran
los más poderosos de la Galia, se han visto reducidos a dar en prendas a los
secuanos las personas más calificadas de su nación, empeñándose con juramento a
no pedir jamás su recobro, y mucho menos implorar el auxilio del Pueblo Romano,
ni tampoco sacudir el impuesto yugo de perpetua sujeción y servidumbre. Que de
todos los eduos él era el único a quien nunca pudieron reducir a jurar, o dar
sus hijos en rehenes; que huyendo por esta razón de su patria, fue a Roma a
solicitar socorro del Senado; como quien solo ni estaba ligado con juramento,
ni con otra prenda. Con todo eso, ha cabido peor suerte a los vencedores
secuanos que a los eduos vencidos; pues que Ariovisto, rey de los germanos,
avecinándose allí, había ocupado la tercera parte de su país, el más pingüe de
toda la Galia; y ahora les mandaba evacuar otra tercera parte, dando por razón
que pocos meses ha le han llegado veinticuatro mil harudes, a quien es forzoso
preparar alojamiento. Así que dentro de pocos años todos vendrán a ser
desterrados de la Galia, y los germanos a pasar el Rin; pues no tiene que ver
el terreno de la Galia con el de Germania, ni nuestro
trato con el suyo. Sobre todo Ariovisto, después de la completa victoria que consiguió
de los galos en la batalla de Amagetobria, ejerce un imperio tiránico,
exigiendo en parias los hijos de la primera nobleza; y si éstos se desmandan en
algo que no sea conforme a su antojo, los trata con la más cruel inhumanidad.
Es un hombre bárbaro, iracundo, temerario; no se puede aguantar ya su
despotismo. Si César y los romanos no ponen remedio, todos los galos se verán
forzados a dejar, como los helvecios, su patria, e ir a domiciliarse en otras
regiones distantes de los germanos, y probar fortuna, sea la que fuere. Y si
las cosas aquí dichas llegan a noticia de Ariovisto, tomará la más cruel
venganza de todos los rehenes que tiene en su poder. César es quien, o con su
autoridad y el terror de su ejército, o por la victoria recién ganada, o en
nombre del Pueblo Romano, puede intimidar a los germanos, para que no pase ya
más gente los límites del Rin, y librar a toda la Galia de la tiranía de
Ariovisto».