Cuando canta, sentimos que dos lágrimas corren por el cauce de su joven garganta. Una es dulce... la otra, salada... como los ríos que lastiman el ardido lomo de la tierra Santiagueña.

Al escucharla, los hombres bebemos esos dos sabores que son una síntesis de agua de la vida misma.

Por eso, el mensaje de Roxana Carabajal tiene un destino cierto en el alma de la gente que espera la canción... la canción definitiva.

¿Santiagueña?... ¡Sí!...

      ¡Por sangre y por herencia!

Aunque nació en una encrucijada del camino, allí donde su madre    –cantora también- rindió su espera, para encontrar la ternura de sus ojos aindiados y cautivadores cuando estallaban de asombro ante la platería de la luna.

Así es que avanza, desde entonces, atada indisolublemente al misterio sonoro del país de sus abuelos. Aquel país de selva, leyendas y vidalas.

Porque nadie puede negar el santiagueñismo de esta muchacha que no quiere despojarse de los aromas comárcales, ni de una herencia familiar que ya le ha hecho recorrer, mientras gestaba su propio canto, todos los caminos de la Patria. Pues Roxana Carabajal da a luz su mensaje primero, con la dulce fatiga de haber peregrinado por su tierra, revelando los enigmas de cada uno de sus paisajes.

Y pensamos...

¡Ay, Roxana!...

   ¿Cuantos testimonios de amor y de trabajo habitarán las historias que nombras?

   ¿Cuántos pueblos te entregarán su epopeya de luz para iluminar tu rumbo de cantora?

   ¿Que tonada desbordara tus ojos y tu boca para hacerse esperanza?

Hace poco tiempo, su vientre casi adolescente fecundó un hijo que la pone, como mujer y como artista de cara al nuevo siglo, porque su compromiso espiritual y estético, a pesar de haber sido arrullado por antiguas trovas, crece y sueña, en los asombros que vivirá ese niño.

Por eso su canto tiene más mañana que ayer... y es, entonces...

¡Bienvenido!

por Miguel Ángel Gutierrez

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