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Nacimiento y
transfiguración de una fe, que también puede ser de otros
El hombre habla frecuentemente de su vida,
pero pocos, en verdad, la habrán palpado como una unidad consistente. Yo,
al menos, no la he sentido así. He tenido días, simplemente. Días de
sufrir. Días de esperar. Hubo momentos magnéticos, como relámpagos, y
grandes zonas de depresión. A mis días le faltó conjunción. Fueron los
unos extrañamente ajenos a los otros. Ni aun en la plasticidad del
recuerdo se refunden. Les faltó sometimiento a una empresa más grande que
ellos mismos. Les faltó subordinación a una fe. Desde ese punto de vista,
mis días fueron característicos de una generación que se relajaba en el
descreimiento. Por eso hablo en primera persona. Se habla de sí mismo por
orgullo o por humildad zoológica, como hablaría de sí el tero, el chajá o
el ñandú.
Desde esta colina de los cuarenta y ocho años, recién veo claramente que a
través de todas las alternativas yo buscaba una creencia, un sistema de
perfección, una tarea irrealizable que podía ser realizada en cualquier
momento. Para ser yo mismo quería fundirme en algo más grande que yo
mismo.
*
Mi búsqueda fue desesperada sin saberlo. Sin una creencia, el hombre vale
menos que un hombre. Sus poderes se amenguan, su vitalidad se marchita.
Ignoraba que fuera tan arduo el aprendizaje del saber creer. Con premurosa
ingenuidad hurgué todos los conocimientos. Mi puericia, mi adolescencia y
parte de mi juventud se fraccionaron entre el revelado chacoteo de la
calle y la disciplina del estudio.
Bajo la tutela de mi padre, maestro de maestros, me inicié en
razonamientos eruditos, descifré textos de filosofía, supe de
discrepancias conceptuales y aprendí a arrebañar y conducir abstracciones.
Poco obtuve de los filósofos, sin embargo. El filósofo no es gustoso de
consignar en las letras la debilidad substancial de sus días. La primera
esperanza de una fe se me desgastó en ellos. Luego he seguido leyéndolos,
pero ya fue con ánimo mezquino, para aguzar y adiestrar en su manejo los
instrumentos de comunicación y de expresión.
*
Mi desasosiego me adentró en ese minucioso escarbar del mundo material que
se llama ciencia. El aprendizaje de las ciencias es cautivador, porque a
medida que se estudia se sabe cada vez menos. El mundo se escurre de todas
las mallas de las sistematización. Cuanto más secretos de arquitectura
cósmica, de estructura atómica u orgánica se enumeran y dilucidan, más se
multiplican los misterios. No hay ciencia que resista la demolición de
tres preguntas candorosas de niños. La tarea fundamental de la ciencia es
suplantar las definiciones ajadas por otras de palabras flamantes. Por eso
yo manejé la biología, la física, la botánica, las probetas y los frascos
de Erlenmeyer con el mismo estado de ánimo de quien tira al blanco: con
profunda concentración inmediata, pero sin convicción permanente.
*
También fui aplicado en álgebra y en toda matemática. Es un ejercicio
mental apenas más laborioso que el juego de ajedrez. Pero hay un límite
para la acción sin apego y pronto el ingenio del cálculo infinitesimal y
de la geometría proyectiva se fueron al archivo de las recreaciones
transpuestas, junto a las bolitas de vidrio y a la pelota de fútbol. Debo
confesar que la capacidad de concatenar un razonamiento se fortificó en
ellas. Además, las matemáticas me libraron del encandilamiento matemático.
La intensidad del pensamiento abstracto me acercó, sorpresivamente, a la
intensidad del pensamiento lírico. Cuando se reduce el alcance de un
número al de un adjetivo, la fórmula matemática alcanza una fuerte
densidad emocional. Quizá en reposo lejano pueda fundar esta inusitada
semejanza, que Gauss presintió. Pero hoy mi voluntad es hablar solamente
de mis creencias perdidas, fundamentando, así, mi derecho a ser uno
cualquiera que sabe que es uno cualquiera.
*
Pasé varios años de desafuero educacional. Leía desordenadamente y creía
ser ajeno a la ciudad, cuando la ciudad comenzaba a insumirme. Sin
saberlo, y más bien suponiéndome distinto, yo estaba comenzando a ser un
muchacho porteño. Jugaba al billar, boxeaba y hasta fui campeón en el arte
de endosar trompadas. Pero mi intimidad de veinticinco años se encontraba
perdida y sin objeto. En mi escaso juicio, yo era un extranjero entre los
míos. Poco recibía de ellos y poco les daba, suponía. Fueron días
desapaciguados, de acción mortecina y de pasión reticente, tan desvaídos
que es casi imposible reconstruirlos. Lo más vitalmente valioso de mi
juventud quedó tirado en las calles de Buenos Aires.
*
Fueron épocas de vagancia, sacudidas por extremas tentaciones y
zarandeadas por deseos escurridizos. Era el tiempo de conocer. Cada día
ofertaba un itinerario y una fisonomía forzosamente desemejante. Traté
personas de toda laya. La sabiduría leída comenzó a parecerme
despreciable. Me percaté de cuánta suma de perspicacia, de ahínco y de
vigor se malgasta anónimamente en la simple función de vivir. Oscuramente
presentía que el hombre es digno de serlo por lo que calla, no por lo que
expone; por lo que sofoca, no por lo que desencadena; por lo que proyecta
no por lo que realiza. Me pareció que el fracaso es el mejor temple del
corazón humano. La sabiduría, el poder y la riqueza se me ocurrieron
plebeyas, y con frecuencia solía avergonzarme de saber un poco más. Al
rever esta etapa de mi vida comprendo que la ciudad tenía para conmigo una
severidad de maestra de primeras letras. La inédita visión del mundo
autóctono subía en mí como sube el zumo de la tierra en el gajo recién
transplantado. Una convicción ascendía hasta el espíritu desde lo
elemental.
*
Pero aún me faltaba una lejanía. La lejanía es una gimnasia del afecto. Y
así fue mi alejamiento. Comencé a buscar mi verdad huyendo. Conocí la
pampa, los bosques, la cordillera. Anduve en los ásperos altiplanos
tocadores de quena y en las orillas de mi río natal, cuyas aguas
descienden al mar con un silencio de siglos. Y un día sin importancia, un
día cualquiera, un día desproporcionado con la decisión, me fui a Europa
en un barco de carga.
*
La distancia es el tiempo mismo que está acostado, y por eso lo mío lejano
es más mío. Europa es la tierra con la forma sensual del anhelo del
hombre. Allí todo es blando y fácil, hasta el morirse. Yo llevaba una
estima reverente. Conjeturaba que los europeos eran con relación a sus
obras lo mismo que nosotros con relación a las nuestras: infinitamente
superiores a sus realizaciones. Me equivoqué. Di con técnicos. Técnicos
del saborear. Técnicos de la escritura. Técnicos del querer. Técnicos del
cálculo. Me sorprendí al comprobar que la producción era superior al
productor. Sus obras resumían lo más valioso de cada uno, acrecentadas por
el esfuerzo coincidente de los antecesores. Cada hombre está íntegramente
en su órbita. El labriego es el mejor labriego y el historiador, el mejor
historiador, nada más. Pero no sentí en ellos esa congestión de
posibilidades, ese atrancamiento de pasiones, esa desorientación de
solicitudes, ese afán de determinar inhallables que había sentido palpitar
en la entraña joven de mi tierra. Días hubo en que me gané mi pan
barriendo la nieve de las calles de París, pero en ningún momento se me
privó de la posesión de cuanto es más grato al hombre: la doble carne
tibia del hambre y del afecto. Sin embargo, nunca me he sentido más solo e
incapaz de comunicación. Allá no entienden el vibrante lenguaje de nuestro
silencio con que expresamos lo que no podría expresarse de otra manera.
Allá, en la butté Montmartre, ella recitaba su técnica de amor, pero lo
único mío era una luna lúcida y rechoncha, una luna porteña que espiaba
jovialmente por un ojo de la noche.
En Europa se produjo el mágico trueque de escalafones del que aún me
sorprendo. Fue un inusitado cambio de niveles, algo así como un sifón que
se colma y de pronto vacía el recipiente que iba llenando. El pasado se
reincorporaba en mi espíritu con apuros de reconsideración. Comprendí que
nosotros éramos más fértiles y posibles, porque estábamos más cerca de lo
elemental. La revisión fue brusca y profunda. Hasta la historia de los
hombres de mi tierra, de la que estaba atosigado por una didáctica torpe e
insistente, se abrió ante mí como si sus hechos fueran las ridículas
procuradoras de la sabia del futuro. La probabilidad de una fe encontrada
en el seno mejor de mi propia entraña se expandió súbitamente.
*
Cada creencia implica una concepción propia e integral del mundo, y la mía
naciente presuponía un imperativo de primordialidad, una virginidad
mantenida a toda costa. Era preciso mirar como si todo lo anterior a lo
nuestro hubiera sido extirpado. La única probabilidad de inferir lo
venidero yacía, bajo espesas capas de tradición, en el fondo de la más
desesperante ingenuidad.
*
Así brotó en mí una fe alegre. La alegría viene de adentro, es una
creencia armónica tan bien calzada con el ser que no necesita deshacerse
en carcajadas. La legítima alegría es una incandescencia del espíritu.
Desde entonces mi vanidad es, no de libros leídos sino de vidas hojeadas
en que sentí similitud con la mía. Mi orgullo: el saber licuarme entre los
hombres que sienten como yo. Mi fe: la de que los hombres de esta tierra
poseen el secreto de una fermentación nueva del espíritu.
*
Ausculté la ciudad por todos sus perímetros. Vi el río joven profundizar
sus canales y trazar su cauce. Vi la pampa inaccesible y el humo de las
chimeneas y del aliento del hombre que asciende en lentos halos
incendiados por el recogido sol de la tarde. Ya sé los hipos de los autos,
el zumbar de las dínamos, el voceo de los mercaderes, el pregón de los
baratilleros y el puntilloso deletrear del niño. Cada casa con su bulla y
su color fundidos en un solo ulular grisáceo que cimbra en cadencias
sordas...era la magnificencia del progreso hablando y no me interesó. La
ciudad se me ocurría opaca e inerte.
*
La ciudad es de tierra cocida y extiende entre cilancos su estructura
petisa. Está inmóvil. Unas casa son más altas, otras más bajas. Calles hay
rectas y torcidas, angostas o anchurosas. Pero hay un pedazo particular en
la emoción de cada una. Un pedazo que como un miembro palpitante del
recuerdo, un elemento del enternecimiento. Ese edificio, mudo para todos,
cuenta la persecución de una muchacha hace diez años. Esa cuadra del
primer rubor supo tus quebrantos, luego, y tu aniquilación paulatina. La
aventura posible embanderó cada cuadra y cada barrio, y la afección
personal da una perspectiva a cada perspectiva chata.
*
Mas aún no era mi presentida ciudad. Hay algo, en esta confesión, de vida
incompleta, de involuntaria restricción, y el que cercena una parte de su
ser más profundo pierde su equilibrio y lo que hubiera sido unidad
poderosa se desgaja en violencias, en alternativas o en la concentrada
ebullición del desencanto.
*
Me reincorporé a la monotonía innumerable de la vida porteña. Me insumí en
ella. Vi mis días como granos en que mi vida se desmoronaba. Esa carcoma
llegó a mostrarme lo vivo y actual como ya deshecho y podrido. Mi unción
seguía implacable descascarando el frente impasible de las casas y de los
hombres. Entrevistaba zaguanes con rastros de intimidad, recogía
intenciones, reencontraba inocencias en desafueros, castidad en aparente
lujuria. Rehacía en la ciudad opulenta la tímida ciudad interior.
Recomponía. Imaginaba. Conocía.
Un inmenso vacío circundaba y pesquisé un testimonio trasmisible de mi
recóndito conocimiento. Quería formas expresivas para ese silencio adverso
en que consientes, para esa prontitud arisca en que te acorralas, para ese
mirar como si nada fuera nuevo y todo hubiera sido tuyo, para ese deslizar
de tu pasión sobre la pasión ajena, para esa sonrisa sin nada en que
disuelves tu ventura, para ese estar en vigencia, así como todos en cada
uno y cada uno en ninguno.
*
Presumí incapaz a la sola descriptividad. Mi vocación es de realidad y de
atenerse a ella. El mundo es un sueño que no debe desvanecerse, un sueño
que debe defenderse a toda costa, un sueño al que de cualquier modo debe
conferírsele una eternidad. Pero la realidad no es la materia ni lo
sensorial exclusivamente. La casa en edificación asciende y admiramos la
casa y la mano que la erigió. Pero la casa nació de una intención
anterior. La intención de una voluntad primitiva. La voluntad de un deseo.
El deseo de un espíritu. Ese espíritu era el objeto de mi búsqueda y la
manera de connotarlo. La realidad de ejecución es despreciable. El
espíritu es lo permanente.
*
Es miserable la consecución de los pueblos erígidores. Los egipcios
dejaron dos pirámides para estupor de botaretes, los persas unos leones y
perfiles de tachuelas cincelados en la piedra. En cambio aquellos hindúes
haraganes encontraron la fuente de toda filosofía. Por occidental que
parezca, no hay especulación que de ellos no emane. No hablaron casi, no
testificaron nada más que la reducción última de su pensamiento y de su
sentimiento más puro, y la energía latente de su estatismo prosigue
desconcertando sucesivamente a la dinamicidad europea, El Ganges
irreductible, prosigue musitando Inglaterra entera.
*
El que nada hace puede hacer más que el que hace, puede elaborar su propio
espíritu. El nada hacer no significa inactividad. Para el espíritu, la
forma y su presencia es un estado de acción, es la acción misma en toda su
posibilidad y extensión. Una rodilla no puede flexionarse lateralmente sin
dejar de ser rodilla, y el que tiene alas algún día volará. En potencia,
está volando siempre. El espíritu, como el corazón del hombre, no cesa
mientras existe. Su detención es su destrucción.
*
Penetraba sin determinación en la entraña de la ciudad, porque hay
jerarquías de voluntad, de sentidos, de arrojo, de inteligencia; formas de
mensurar su tenacidad, su aptitud de aguante, su longitud de constancia,
pero no hay jerarquías de espíritu. En él todo se equivale porque es suma
y resumen.
*
El espíritu yace en el fondo de la realidad. El espíritu es la perla de la
realidad. Para alcanzarlo hay que zambullir hasta las napas primordiales,
perforar las olas de lo contingible, resistir la comprensión, soportar el
ahogo y discernir en la profundidad.
*
El espíritu no son las palabras y ni siquiera las ideas. El espíritu es
mudo y sordo como otra energía. Por eso, más cerca de su localización y
hallazgo está el sentidor que el pensador.
*
En este sorites yo quise determinar una subconsciencia mía:
Las formas del cuerpo son anécdotas del cuerpo, como los gestos, timbres,
colores y olores.
El cuerpo es una anécdota del espíritu individual, como la lealtad, la
memoria, la perspicacia.
El espíritu individual es una anécdota del espíritu de la tierra, como el
clima, el ambiente, la idea fundamental, el tono del cielo, lo que no se
precisa: germinación de una esperanza.
El espíritu de la tierra es una anécdota del espíritu cósmico, como es
posible que también en otros círculos siderales exista.
El espíritu cósmico es una anécdota de Dios, ser pluscuamperfecto de toda
acción.
Para rozar la extremidad hay que someterse a la humildad de no eludirse a
sí mismo y sondar en sí lo estructural, catear esa parcela de
perdurabilidad que en nosotros anida y que es como el granito básico de
nuestro azar emocional e intelectual.
*
Lo imprescindible es a partir de lo propio: de sus ojos, de su emoción, de
su impulso. Andar su camino con sinceridad despiadada y sin asombros de sí
mismos. Decir empequeñecidamente: yo, y sentir que ese pronombre se hincha
hasta ser inconmensurablemente más grande que uno mismo.
*
Así advine a la expansión de voluntad lírica, único vaso comunicante en
que una transfusión de esencias es factible. Lo demás puede ser repetido,
pero no absorbido. Es información no consubstanciación. Puede ser
petulancia o ficticio principio de autoridad, pero no verdadera
consolidación. La emoción solamente es transferible y de ella es la
imagen. La imagen puede requerir un libro o toda la obra narrativa de un
hombre, pero la comunicación es casi siempre instantánea. Una mirada suele
bastar, una palabra, un apretón de manos o una idea exactamente emitida.
Di, pues, en ser resumido. Lo que así no fuera, no sería de ninguna otra
manera. Me exigí mínimos progresivos. Ellos se irguieron en afirmación de
imagen.
Cuando es fidedigna, la imagen es la suprema probabilidad de comunicación
humana. Los demás productos de la inteligencia son chácharas. Todo lo que
se ha corrompido en el mundo, se ha corrompido por buenas razones. Esa
frase fue de Hegel. Al repetirla la hago mía. Lo cierto es que el fruto
mejor de la inteligencia aislada, la ciencia y su arrogancia, no es más
que un bastardo espionaje del mundo. Algún día esto será demostrado y la
demostración será también una impotencia, porque provendrá de un sentido
del mundo fraccionado.
*
La opción, pues, de estas expresiones no fue sino escasamente decidida.
Pero lo sincero es forzosamente pariente de lo sincero. Hay palabras
gastadas, pero la pasión que las empapa no puede haber sido manoseada aún
por otras palabras. Digo Dios, por ejemplo, y ese Dios no es señor de
cultos profesados ni está en servidumbre de dogmas vigentes. El dogma es
una fe anquilosada. Los dogmas se pervierten de inmediato en el empleo del
hombre y todo dogma pervertido es un concepto enconado contra el hombre,
en que yo estoy.
*
Este Dios es menos servicial de plegarias, ex votos y salutaciones. Es el
módulo intangible del sentimiento. La única solución verbal de la
limitación lógica. La ligazón extrema de todas las coexistencias. La
respuesta de todos los paralogismos. El nudo de los afectos y pavores. La
posible consolación. En una palabra, en la anarquía sin norma de los
aconteceres, el concebir de una constancia.
*
Nada hay más cercano a Dios que el hombre multiplicado por sí mismo en la
potencia humana de la muchedumbre, porque ella es la expresión de la
tierra y la voz del tiempo que la acuna.. pero la multitud no es nada más
que un hombre aislado, reducido a su limpieza elemental de hombre, en que
lo inmanente aflora y se proclama. Un solo hombre aislado, también es Dios
cuando no es nadie, cuando es un simple festón de tiempo que en él madura,
detenido.
*
Esta es la tierra sin nada, tierra, para nosotros, huérfana de seducción
visual y de intimidad concreta. Es la tierra de crearlo todo, hasta la
tierra misma. Solamente el espíritu del hombre puede engalanarla y
acercarla a su Dios, que está esperando.
*
La paleontología y la semántica podrían demostrar, con argumentos
razonablemente irrecusables, que el primer hombre del mundo germinó en
esta pampa argentina. Pero dentro de nosotros mismos hay una demostración
más integral aún. Son chispazos de primitivismo que hienden de cuando en
cuando la oscura rutina de nuestra aparente cultura, en que todo es ajeno:
la sangre, la técnica, los dioses. En esas efímeras y apenas perceptibles
manifestaciones del espíritu de la tierra pervive la única probabilidad de
grandeza auténtica, porque en lo elemental Dios y el hombre están frente a
frente, creándose mutuamente.
Raúl Scalabrini Ortiz
(De "Tierra sin nada,
tierra de profetas")
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