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La República de Otaria
Supongamos que en la vasta extensión del
Océano Atlántico, entre Sud África y el Río de la Plata, existe una
comarca aún desconocida. Es un país fértil cuyas tierras arables suman
casi treinta millones de hectáreas. Tiene una población de 20 millones de
habitantes. Se denomina en el planisferio del imaginario Mercator,
República de Otaria. Sus habitantes responden, pues, a la designación
genérica de otarios, lo cual resulta simbólico, porque si bien la palabra
otario no figura en el diccionario de la Real Academia, en el lenguaje
vernáculo tiene una acepción precisa: otario es el que cambia una cosa
real y cotizable por algo sin valor: una palabra, un concepto, una
ilusión, un halago interesado; el que cambia, por ejemplo, un jugoso bife
por un elogio a su generosidad y a su espíritu democrático. El cuervo era
un otario. El zorro, un vivo.
Otaria produce más de lo que necesita para vivir. Cada otario consume
anualmente 100 kilos de carne, 200 kilos de trigo, 100 litros de leche y
100 kilos de maíz que en parte se transforma en huevos y en carne de ave.
El exceso de producción lo trueca por combustible. No nos ocuparemos de
este comercio y daremos por sentado que sus valores se equivalen. Los
otarios necesitan emprender algunas obras públicas para abrir horizontes a
la vida larval en que viven. Sus economistas los han convencido de que
deben recurrir al capital extranjero, porque Otaria está huérfana de
ellos. Nosotros nos disponemos a cumplir esa misión civilizadora. Para
ello es indispensable que efectuemos una pequeña revolución y asumamos el
poder. Nunca faltarán otros otarios dispuestos a servir a altos ideales
que simbolizamos nosotros y las grandes empresas que nos aprontamos a
ejecutar.
La unidad monetaria de aquel simpático país es el otarino. Tiene el mismo
valor legal de un peso argentino y se cotiza a la par. Los alimentos y la
materia prima de Otaria valen exactamente lo mismo que sus similares
argentinos. Para simplificación del ejemplo y de la interpretación
usaremos cifras globales. La técnica no se altera por centavo de más o de
menos. Quizás nos convenga abrir una institución de crédito en Otaria.
Quizás no la necesitemos. Los instrumentos del crédito internacional
pueden suplir perfectamente la ausencia de un banco local. Si queremos
abrir un banco, nos muñimos de una carta de crédito en que el Banco
Central de la República Argentina afirme que tiene depositada a nuestra
disposición una suma dada, cien millones, por ejemplo, en oro o moneda
convertible, o que se responsabiliza de ellos. Eso basta. La carta de
crédito del Banco Central de la República Argentina es palabra sagrada en
la República de Otaria.
Por otra parte, una carta de crédito –digamos una carta de presentación–
fue todo el capital inicial que invirtieron en este país los más poderosos
bancos extranjeros: el Banco de Londres y América del Sud, el ex Banco
Anglo Sudamericano, El First National Bank of Boston y el National City
Bank of New York. Nos preocuparemos, eso si, de que la memoria del Banco
Central de Otaria diga algo semejante a lo que el Banco Central de la
Argentina afirmó en su memoria de 1938, la conveniencia de “transformar
las divisas en oro y dejar ese oro depositado en custodia en los grandes
centros del exterior ... no sólo por la economía que significa no mover
físicamente el metal, sino principalmente por facilitarse de este modo su
pronta y libre disposición con el mínimo de repercusiones sicológicas”.
Este argumento, que fue convincente para nosotros, puede ser aceptado por
los otarios, a quienes nos complacemos en imaginar tan confiados,
liberales y democráticos ciudadanos como nosotros. En los Estados Unidos
la operación no hubiera podido efectuarse, porque aquellos cow boys son
tan desconfiados que hasta 1914 no permitieron el establecimiento de
ningún banco extranjero, y, para impedir filtraciones subrepticias, ni
siquiera permitían que sus propios bancos tuvieran agencias en el
exterior. Con posterioridad, accedieron al establecimiento de sucursales
de bancos extranjeros, los que no podían prestar nada más que un dólar más
que el capital que genuinamente habían importado desde el exterior. Pero
en Otaria son tan liberales como nosotros.
Ya estamos instalados en Otaria y disponemos de un capital virtual –como
son todos los capitales– de cien millones de pesos argentinos que
respaldan nuestra responsabilidad sin necesidad de salir de esta
república. En Otaria vive habitualmente un técnico de gran reputación, el
doctor Postbisch, cuyos servicios profesionales nos hemos asegurado con la
debida anticipación y cuya consecuencia y lealtad hacia nosotros se
acrecienta en la medida en que nos sirve. El doctor Postbisch, tras un
breve estudio de una semana, descubre que los otarios estaban viviendo
sobre un volcán. Sin darse cuenta atravesaban “la crisis más aguda de su
historia”. Los otarios no se habían percatado de ello, primero, porque los
otarios estaban muy ocupados en crearse una industria que abriera los
cerrados horizontes de la monocultura; segundo, porque habían pagado sus
deudas y no debían nada a nadie, con excepción de algunos pequeños saldos
comerciales; tercero, porque vivían aceptablemente bien, y cuarto, porque
en realidad se trataba de “una crisis oculta” que necesitaba la pericia
clínica de Postbisch para ser diagnosticada. Para equilibrar el
presupuesto nacional –que se desequilibrará más que nunca, para nivelar la
balanza de pagos con el exterior, que daba superávit y dará déficit en
adelante– el doctor Postbisch, dotado de poderes ejecutivos tan
extraordinarios que envidiaría el mismo Superhombre de las historietas
infantiles, decide desvalorizar la moneda de Otaria a la tercera parte de
su valor. El otarino, que valía un peso moneda nacional, desciende hasta
no valer nada más que treinta y tres centavos de los nuestros.
El doctor Postbisch designa a esa operación “corrimiento de los tipos de
cambio”. Nuestro capital de cien millones, que permanecía en expectativa
en su moneda originaria, se triplica si se lo calcula en otarinos. Los
productos de Otaria siguen, como es lógico, cotizándose en otarinos y el
alza que el doctor Postbisch les acuerda es tan pequeña que desdeñaremos
considerarla, porque de todas formas no varía los resultados en su
conjunto. Postbisch, cuya facundia es asombrosa, ha convencido a los
otarios de que tanto la desvalorización de su moneda como la
estabilización de los precios son indispensables para escapar del vórtice
de la espiral inflacionista y que esas medidas deben ser complementadas
con la inmovilización de los salarios y de los sueldos. En Otaria, pues,
todo queda como antes de la desvalorización, Pero el genio creador de
Postbisch se revelará en todo su poder en la multiplicación de nuestro
capital. Jesucristo multiplicó los panes. Postbisch multiplicó el dinero
extranjero con que se adquieren los panes. Vamos a usar la nueva capacidad
adquisitiva de nuestros capitales. Utilizaremos un solo peso, por si acaso
nos equivocamos. Ni siquiera en los ejemplos deben arriesgarse los
capitales que se confían a nuestra custodia.
En Otaria con un peso argentino se compraba un kilo de carne, que en el
mercado interno de Otaria valía un otarino. La desvalorización de la
moneda de Otaria, por recomendación de Postbisch, no ha alterado los
precios internos. Con un peso argentino virtual se adquieren tres kilos de
carne. Si exporto a la República Argentina un kilo de carne, como allí
sigue valiendo un peso moneda nacional, con ese kilo de carne saldo la
deuda que había contraído en mi país con la apertura del crédito. Me
quedan dos kilos de carne que vendo en la misma República de Otaria a un
otarino cada uno. Y de esta manera, el capital virtual que había
movilizado en el papel se transforma en un fondo real de doscientos
millones de otarinos, con el que podemos iniciar la ejecución de grandes
obras que son indispensables para la vida de esa república, pero que los
otarios no hubieran podido emprender nunca por falta de capitales. La
ración diaria de los otarios habrá descendido en un tercio.
Raúl Scalabrini Ortiz
(De "Bases para la
reconstrucción nacional")
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