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El crimen de los polvos
verdes
I
Julio Verdengo, el distinguido químico, un hombre alto y corpulento, cuya
cabeza demasiado pequeña, aflorando apenas sobre sus anchos hombros,
semejaba en el conjunto visto de lejos, el punto de un enorme signo de
admiración, dolíase de que a su mujer, una mujercita menuda y silenciosa
que vivía pendiente de sus menores deseos, le desagradara su profesión.
No podía admitir que su marido, cuya inteligencia le hubiera hecho
destacar en cualquier actividad, ganase el sustento manipulando la sangre,
la orina y los esputos de los enfermos. Concentraba su desagrado en el
laboratorio, situado en el último cuarto de la casa. No entraba nunca, no
obstante que, con el fin de atraerla y simulando divertir a los niños, su
marido realizó allí los más curiosos y entretenidos experimentos.
Otra persona de la casa odiaba y temía el misterioso cuarto. Era una
lavandera siciliana, que lavaba la ropa con regularidad semanal, en una
pileta situada enfrente del laboratorio. No se la vio jamás, mientras
trabajaba, dar la espalda a la puerta, aunque esa hubiera sido la posición
más cómoda. Los frascos rotulados con nombres cabalísticos, el alargado
cuello de las retortas, los largos y sinuosos tubos de los refrigerantes y
el penetrante olor de sustancias desconocidas y de materias orgánicas en
descomposición, le infundían pavor. La presencia del químico, en lugar de
tranquilizarla, la atemorizaba más. Veía en él un mago poderoso, desde que
los hizo víctimas de una grotesca farsa.
Los sirvientes almorzaban en la cocina, cuando salió Verdengo de su
laboratorio. Los saludó y como llevaba pensada ya la broma, se detuvo.
Miró una gran jarra de cristal, medio llena de agua, de la cual bebían, y
después de observarla detenidamente, les dijo, horrorizado:
—Ustedes beban sangre.
Los sirvientes no comprendieron de inmediato y él agregó:
—Esto no es agua; es sangre. ¿Quién la trajo?
—La saqué de la canilla, señor, explicó la cocinera.
—No, no es posible, acá hay un misterio. Voy a comprobarlo.
Volvió al laboratorio y trajo dos frasquitos, llenos de líquidos
cristalinos.
—Esto, dijo mostrando los frascos, es agua, también. Es el agua reveladora
de los crímenes.
El portero sonrió incrédulo; pero la lavandera seguía sus movimientos,
absorta en la revelación. Echó el contenido del primer frasco y sacudió el
agua, diciendo:
—No puedo equivocarme. Ahora aparecerá. Es un misterio horrible.
Volcó el contenido del segundo frasco y la cristalina agua de la jarra se
coloreó de golpe, de un rojo intenso, sanguíneo.
—¡Bebedores de sangre! ¡Bebedores de sangre!, les gritó con simulada
repugnancia, mientras se retiraba apresurado, para contarle la broma a su
mujer.
Los sirvientes quedaron desconcertados. Esto no eran palabras; la sangre
estaba allí. La examinaron con detención. El portero fue el primero que
habló, intentando explicar el fenómeno.
—A mí no me embroma, dijo, mientras se levantaba para servirse
directamente en su copa el agua de la canilla, en el frasquito había
sangre concentrada.
—Pero si eran transparentes, le hicieron notar.
—El patrón no debería jugar con estas cosas, protestó evasivo.
La pobre lavandera, que veía en eso la presencia de espíritus malignos,
metió la mano en el seno y apretó angustiada una medallita, mientras
recitaba una oración.
II
Cuando esa noche trató de continuar el meritorio ensayo que sobre la
química de los actos vegetativos escribía en los ratos de ocio, no pudo
fijar las ideas, distraído por el recuerdo del ridículo acontecimiento. Se
había reído mucho con su mujer, durante la comida, comentando el aspecto
jocoso de la escena y ahora otro aspecto de la misma le inquietaba y le
presentaba dudas, cuya existencia nunca había sospechado.
Esa tarde, mientras se ocupaba en su tarea habitual, fue interrumpido por
la llegada de la lavandera.
Entró atemorizada, mirando furtivamente con sus grandes ojos saltones los
extraños frescos, que parecían prontos para atacarla, y los picos de
Bunsen, sobre los cuales hervían tumultuosamente líquidos oleaginosos. Se
detuvo, lista para huir del endiablado cuarto; pero él la detuvo,
preguntándole amable:
—¿Deseaba usted algo?
Su actitud cambió de inmediato. Le miró suplicante. Cayó a sus plantas de
rodillas y abrazándole las piernas le dijo con voz cálida:
—Señor, sálveme. Líbreme del daño.
Había en esta cómica situación, de la que en otro momento se hubiera reído
a carcajadas, tanta fe sencilla, tanta unción, que se turbó. La tomó de
los hombros y la obligó a levantarse.
—Estoy dispuesto a socorrerla. Dígame cuál es su enfermedad, el daño y la
ayudaré. Tranquilícese. Cuénteme con calma.
Tímidamente al principio, con más seguridad después, pero siempre con
religioso temor, dijo:
—Tengo, señor, un vecino que me odia. Me contaron que vio una adivina.
Ella le dio un talismán. Desde entonces, siento en el costado una puntada
tan fuerte, que no me deja dormir. El dolor va en aumento y casi no puedo
trabajar.
—Debe consultar a un médico. Él le curará la puntada.
—Señor, los médicos no entienden de esto. Yo vi a uno y me dijo que no
tenía nada. Son los espíritus, señor. Es el daño de la adivina.
Se arrodilló de nuevo e imploró, poniendo su alma entera en la súplica:
—Señor, usted puede salvarme. Usted que es más poderoso, sálveme, cúreme.
Tenga compasión, señor.
Agachó la cabeza, se extendió en el suelo y permaneció en éxtasis. Julio
miró a la mujer caída, como muerta, como un muñeco con el resorte roto y
sintió lástima por su alma simple, que se quebraba como un frágil biscuit.
Luego, la idea de entrar en competencia con una adivina le hizo gracia y
sonrió.
La mujer permanecía tirada, dispuesta a no levantarse hasta escuchar la
sentencia definitiva y su conciencia le prohibió abandonarla. Comprendía
que hablándola francamente, no la convencería nunca y decidió
sugestionarla. Meditó el procedimiento y hasta las palabras, se agachó, le
apretó la cabeza entre las manos y le dijo:
—Mi poder se detiene ante el Santo Triángulo. Yo no podré nunca torcer sus
decisiones.
Los ojos saltones le miraron angustiados.
—Te ayudaré a investigar tu destino. Averiguaré los supremos mandatos del
soberano triángulo.
Se levantó, tomó una pequeña cajita y delante de ella, echó en su interior
unos polvos amarillos, que comprimió cuidadoso. Puso encima otra capa de
polvos azules. Cerró con cuidado la caja, pegando la tapa y dibujó sobre
ella unos signos complicados. Para completar su obra sugestiva, apoyó el
índice sobre la frente de la mujer, que miraba azorada, y en uso de sus
facultades festivas, le dijo:
—Te pondrás la caja en el pecho, al acostarte, durante tres noches, y la
sacudirás siete veces. Vendrás al cuarto día y la abriremos. Si el Santo
Triángulo, que todo lo puede, desea tu felicidad, los polvos amarillos y
los azules se habrán evaporado y llenará la caja un nuevo polvo verde que
sin que tú lo notes, el Santo Triángulo pondrá adentro. Ahora, vete.
Ella siguió gesticulando, agradecida.
Rehacía la escena y sonreía. Temió que algún pintor vecino destruyera la
sugestión, explicándole el efecto de la combinación de los colores; mas,
la seguridad de que la mujer no contaría los hechos sino con vagas
palabras; le tranquilizó.
—Su enorme fe la curará, pensó, cuando vea la milagrosa aparición de los
polvos verdes. Y toda su fe no será, al fin y al cabo, más que un producto
de su ignorancia. ¿Será, pues, condición indispensable de la fe la
ignorancia del creyente? La curiosidad me incita a ver el resultado de la
treta, a observar la influencia fisiológica de un fenómeno psicológico.
Pero, esta curiosidad, ¿no puede ser acaso efecto de mi ignorancia? ¿Por
qué no suponer que lo mismo que existe una ley fija y constante, por la
cual la combinación del azul y del amarillo, produce el verde, ley que
desconoce ella, no exista otra relación fija, que desconozco yo, entre el
fenómeno físico de los colores y el fisiológico de su curación? El
fundamento sería igualmente inexplicable. Estamos acostumbrados a la
relación de los colores y no nos detenemos para explicarnos su por qué. Lo
aceptamos como una verdad axiomática, sin que el misterio de su razón
íntima excite nuestra curiosidad.
Hasta su escritorio llegaban las risas de las visitas, a quienes su mujer
contaba la graciosa aventura, y a su vez sonrió.
III
Volvió ella a los tres días. La esperaba Verdengo, rodeado de un serio
señor, de su mujer, que al fin se decidió a entrar, y de dos amigas, muy
dispuestas a reírse.
Se intimidó un poco al ver tantas personas; pero como éstas se retiraron
discretamente a un apartado rincón, vencida por su ansiedad, llegó hasta
él y le entregó con timidez, la cajita arrugada y manchada de sudor. La
intensa expectativa relajaba sus músculos y su mandíbula caída le daba una
expresión estúpida.
Extendió él una hoja de papel blanco, hizo un pase cabalístico, agitó los
brazos en el aire y sin decir una palabra, con los gestos y actitudes
lentas, ceremoniosas y rituales con que un sacerdote bebe en la misa el
vino del cáliz, volcó el contenido verde en la cajita.
La pobre lavandera abrió sus grandes ojos, sonrió, sus mejillas
enrojecieron y, emocionada, sollozó, mientras las señoras ocultaban la
sonrisa bajo sus pañuelos.
El espíritu bromista de Verdengo, quiso dar el último toque al espectáculo
y echándose atrás y alzando los brazos, le dijo con voz cavernosa:
—El Supremo Triángulo ha querido protegerte con su divina omnipotencia.
Quedas libre de daños y de males. Los polvos verdes fulminarán a tu vecino
y vivirás sana y feliz.
La risa contenida de las señoras silbaba bajo los pañuelos. Ella lo miró
pletórica de alegría, y, agradecida, depositó en su mano, un beso
ardiente.
—Ve, mujer, será dichosa, agregó protector, mientras ella salía henchida
de esperanzas.
Una de las señoras, comentó:
—Qué gente crédula. Es muy gracioso.
El serio señor, abogado muy reputado en el foro, le replicó:
—Todos nosotros, señora, tenemos algo de esta mujer. Si esta escena se
hubiera desarrollado en un ambiente propicio, donde todas las artes
contribuyeran a la sugestión y en lugar de ser la protagonista una pobre
lavandera, hubiera sido un conjunto de hermosas damas, habríamos
contemplado un religioso y emocionante espectáculo.
Ella le miró de reojo y concomiéndose coquetonamente, le dijo con simulado
enojo:
—Es usted un hombre grosero.
Trabajaba, Verdengo, al día siguiente, con su nauseabundo material,
observando a través del poderoso ultramicroscopio la agitación inútil de
los bacilos, cuando entró la lavandera como una tromba. Temblaba su cuerpo
entero presa del terror y sus ojos ya saltones, parecían querérsele salir
de las órbitas.
—Señor, señor, gritó desde la puerta. Él ha muerto.
—¿Quién ha muerto?, preguntó, sobresaltado.
—Él, mi vecino. Los polvos verdes lo mataron, señor.
—¿Qué dices?, exclamó, levantándose.
—Sí, señor. Mi vecino murió esta mañana. Lo mataron los polvos verdes,
como usted dijo.
Julio Verdengo, el distinguido químico, no salía de su asombro.
—Cálmate, le dijo, y cuenta. ¿Qué ha pasado?
La lavandera no podía hablar; movía los labios, se desesperaba y no
articulaba una palabra. Le dio bromuro, la hizo sentar, la calmó.
—Ayer a la tarde, contó, a la hora en que sacó los polvos verdes, mi
vecino cayó enfermo. Cuando llegué ya estaba grave. Ha muerto esta mañana.
Nadie se explica su muerte. Yo sola sé, señor, que fueron los polvos
verdes, que fue el Triángulo.
La cuestión era grave y Verdengo temió por las consecuencias; podían
complicarlo como embaucador. Comprendió el error cometido. Se dio cuenta
de que no es posible jugar con la ingenuidad humana, sino dentro de lo
legal. Para evitar la divulgación, siempre en uso de la misma farsa, la
agarró con rabia por los cabellos, la sacudió hasta arrancarle lágrimas y
le dijo:
—El Santo Triángulo te habla, escucha: Comprende bien lo que te digo,
porque en ello va tu vida. Lo que ha pasado entre nosotros, la caja de los
polvos verdes, la causa de la muerte, todo ¿entiendes? debes guardarlo en
el fondo de tu conciencia. Si alguna vez te acuerdas de ello, delante de
alguno, el Santo Triángulo te fulminará, como a tu vecino, ¿entiendes? No
digas nada a nadie, ni a tus hermanos, ni a tu padre, ni a tu marido, en
ello va tu vida. ¡Vete! ¡Vete!
Se fue aterrorizada, estrujando la medallita y murmurado una oración.
Verdengo recobró la calma en la seguridad de que nunca diría nada; pero no
pudo continuar trabajando. Cerró el laboratorio y fue al estudio. Su mujer
le preguntó al paso:
—¿Qué le sucedía a la lavandera?
—Zonceras, contestó evasivo.
IV
Rodeado de los libros, que guardan celosamente la crónica y el detalle de
los secretos arrancados a la naturaleza, en una lucha larga y penosa, le
abrumaba el pensar en el sinnúmero de secretos que aún permanecen
desconocidos. Ellos resumen el estado del progreso actual de la humanidad
y ese resumen, por su pequeñez, le pareció ridículo cuando lo relacionaba
a los infinitos problemas que la vida presenta. Su ignorancia de las leyes
que rigen la casualidad, leyes cuya intuición tenía recién, llenaban su
espíritu de ansiedad. Se veía idéntico a la lavandera, idéntico a los
viejos e ignorantes personajes bíblicos, a los sencillos egipcios y a los
intuitivos hindúes. Sus balbuceos de ciencia no satisfacían su curiosidad,
ni calmaban su imperiosa necesidad de tener fe.
Quiso revisar sus conocimientos, establecer una línea divisoria, y la
imposibilidad de hacerlo y la angustia de su ignorancia llevaron a su
cerebro una imagen de la humanidad, débil y deleznable, avanzando a ciegas
por los tortuosos senderos del destino.
Raúl Scalabrini Ortiz
(De "La manga")
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citando la fuente, en lo posible con un enlace] |
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