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Profeta nacional
Sin duda hoy resulta fácil
pensar el problema nacional. Una experiencia política de diez años de
Gobierno popular, la resistencia durante diecisiete, la nueva sociedad en
ascenso que ha cercado al viejo país débilmente reconstituido a partir del
'55, y la ofensiva estratégica de las fuerzas nacionales dispuestas de una
vez por todas a terminar con la enajenación, sustancian un panorama rico
para que la investigación teórica no naufrague en macaneos de capilla y
verifique cotidianamente en la práctica del país real sus determinaciones
ideológicas. El tema de lo nacional está al día, porque la liberación
requiere (también) de la práctica de los libros. La orfandad intelectual
ha dejado de ser mito, cuando cientos de militantes de la cultura se están
incorporando al proceso auscultado y cierto de la subversión de la
dependencia.
No siempre fue así. La irrealidad dictaminaba el desencuentro abismal del
escritor con el país cuando Raúl Scalabrini Ortiz se reunía con sus
compañeros en el sótano de FORJA (Fuerza de Orientación Radical de la
Joven Argentina) y comenzaba a pensar lo que vendría. Son los años de la
"década infame" cuando la mentira enseñoreaba su complicidad con los
ideales financieros del imperio. Los "nacionales" hablaban para ser
escuchados por pocos. Escribían en periódicos mensuales que se
traspapelaban bajo el peso proscriptivo de la intelligentzia que
usufructuaba el pensamiento de la factoría. Eran un puñado de raros,
caracterizados de "nazis" por los epígonos del internacionalismo
abstracto. Se los erradicaba porque cometían el pecado de hablar del país.
Han pasado treinta años y las cosas han cambiado.
Profeta nacional
La base de concientización -el arranque inicial de la denuncia- otorga a
Scalabrini Ortiz el mérito del derecho de empezar la enorme tarea
demistificadora del coloniaje describiendo la alienación del hombre
argentino, denostando la postración económica y urgiendo, proféticamente,
por la nueva definición política que brotaría del pueblo sublevado en los
días de octubre. Su propuesta final apunta a la unidad latinoamericana,
requisito categórico para ser nación y resistir la violencia neocolonial.
Poeta -nunca dejó de serlo-, abandona los ripios por los números. La rima
que el país incierto necesita es la rigurosidad de la estadística, el
canto de las cifras que develen ese muestreo de vergüenza que en "Historia
de los ferrocarriles argentinos" explícita. Es en la economía -y no tan
sólo en las arquetípicas deformaciones superestructurales- donde debe
indagarse el drama americano. Periodista, investigador histórico, su
prédica continuará hasta su muerte en 1959. Antes, en momentos
definitivos, consideraría cumplido su destino. "Eramos brizna de multitud
y el alma de todos nos redimía. La sustancia del pueblo argentino, su
quintaesencia de rudimentarismo estaba allí presente", escribe en El
Laborista. Se refiere al 17 de octubre de 1945: esa misma noche Scalabrini
y sus compañeros resuelven disolver FORJA. La misión intelectual parecía
terminada y se avecinaba el tiempo de los hechos.
El hombre de Corrientes y Esmeralda
No faltan comentadores apresurados que le señalan desniveles (también se
lo acusa de "reaccionario") a su primer ensayo, El Hombre que está solo y
espira, oponiéndolo de alguna manera a sus múltiples trabajos posteriores.
Si El Hombre... implica el comienzo de una fractura con el pensamiento
cosmopolita, una lectura significativa de la obra demostrará que todos los
ingredientes básicos de la formación de la conciencia nacional aparecen
enunciados en este libro editado por Gleizer en 1931, para alcanzar varias
ediciones en poco tiempo. La gran receptividad en el público no es casual
cuando se identifica con una metodología que enfrenta la "realidad" versus
"teorización vacía".
"Este libro compendia los sentimientos que he soñado y proferido durante
muchos años en las redacciones, cafés y calles de Buenos Aires", confesará
al final, suscribiendo un método de conocimiento donde la experiencia
sensible nutre al observador que se "transforma en conejito de indias y
experimentador, simultáneamente". La invención de nuevos patrones para
medir el contorno impedirán, así, la seducción ideológica ante los objetos
ideales fijados, requiriendo de la práctica crítica como modelo de
análisis. Entonces la apariencia externa de los hechos debe ser desechada
y la opción por un "buceo en el ambiente", para sentir, pensar y actuar,
sobreviene como recurso. "Con virgen encantamiento de niño, me abandonaré
a la contemplación del mundo'", escribe, y conecta su inmersión en la
realidad sin dejarse llevar por preconceptos convencionales. La obra se
articula en una triple dimensión: a) trasmite lo que piensa Scalabrini
Ortiz, b) describe lo que siente el Hombre de Corrientes y Esmeralda, c)
expone lo que el Hombre -suelto, desprendido del escritor- dicta, corrige
y enseña al autor para salvarlo de las imprecisiones y orientarlo hacia el
"espíritu de la tierra". La descripción de lo concreto y sustantivo es,
pues, el rasgo epistemológico del ensayo, que asalta la realidad porteña
-ese resumen tipificado de medianía metropolitana- como expresión límite
de una doble postergación.
La rutina del hombre
En primer lugar, el Hombre de Corrientes y Esmeralda está embrutecido por
la falsa conciencia. "Se busca afanosamente a sí mismo", es evasivo y
desencantado, porque su fatalismo no es otro que la dura condición del
hombre-mercancía cercado por fuerzas materiales e invisibles que no puede
controlar.
"Es la suya una vida que se va cuesta abajo, resbalando despacito, leve,
sin sacudones, una vida que se le escurre entre los días y los años, una
vida enaceitada que se aja sin constancias, sin tragedias, entre días
monótonos, grises, que se disuelven atónitos los unos a los otros". Es la
rutina del hombre fragmentado, donde las cosas que produce y no domina se
han transformado en ídolos ajenos. El Hombre experimenta al mundo
capitalista de manera pasiva, como un receptor inanimado, como sujeto sin
vida. Por ello es misántropo, hosco, opaco y los otros "le son
indiferentes". La soledad -la espuria consecuencia del violento sistema
competitivo- conduce a la perversión de todos loa valores. Entonces el
Hombre se repliega a fabricar sueños. Las ilusiones subliman la tristeza,
y pasa de café en café a charlar con los pocos amigos que le quedan:
porque ni mujer tiene. El del '30 es un hombre "amachacado" dice
Scalabrini: la Civilización ha impuesto junto al trabajo enajenado la
desexualización de su cuerpo. "La mujer es elemento de voluptuosidad, y
hay una zona del hombre que es impermeable a ella.''(.. .) "La ternura
aterra al Hombre de Corrientes y Esmeralda. Quizá ve en ella un
desestimiento repudiable de la virilidad." Transformado en objeto, el amor
no existe como reciprocidad. El ejercicio de los sentidos espirituales no
puede surgir a través de la naturaleza deshumanizada, pues sólo en el uso
de todos los sentidos el hombre se afirma. Separado materialmente, ajeno
respecto de las cosas y de los otros, el amor es una quimera en el hombre
segregado. El trabajo ea una maldición: "Advierte que hay más muerte que
vida en la vida de relación, y que el orden social ha pospuesto al hombre,
lo ha sacrificado, no a una necesidad actual, sino a un principio, a una
vaciedad". Aborrece al trabajo, "aborrece la obligación de ocuparse de
cosas extrañas, porque le escamotean el tiempo para ocuparse de si mismo".
La desidia lo derriba y no ambiciona tampoco la riqueza ("el adineramiento,
esa fantasmagoría corroída"), pues sabe que "tener" es lo opuesto a "ser"
y que en la sociedad fetichizada todo lo que se quita de vida se devuelve
en dinero: cuanto más rico, cada vez más pobre.
Hacia la liberación
Pero toda alienación es provisoria. El Hombre comienza a "destruir
espejismos" y asciende (en el curso de la obra) un proceso de rebeldía
creciente. De la opresión inicial, Scalabrini lo ve erguirse en los
capítulos finales hacia un empaque que dice "no" al ritual de las
esencias. ("Dos y dos pueden no ser cuatro...", "El que en caso de apuro
no asalta un banco es un otario". ) Quiere autorrealizarse, pararse en dos
patas, racionalizar la irracionalidad que lo circunda y salvarse uniéndose
al clamor colectivo que lo excita. En principio, resiste: se burla de los
"engrupidos"; "sobra" a la cultura europea: "siente" en vez de pensar,
para no ceder al mundo de los valores concluidos; "intuye" para
sobrevivir; se "sonríe" ante los pseudointelectuales desdeñosos:
"palpita''. Luego concientiza: "La Tradición, el Progreso, la Humanidad,
la Familia, la Honra, ya son pamplinas que en el sentimiento, del hombre
porteño no sirven ni para gallardetes de clubs náuticos"; el famoso "no te
metas" no es el apoliticismo que han usufructuado los divulgadores
descreídos, sino la negación de un estado-político (la dictadura de
Uriburu) que le es ajeno, con el que no se identifica: "No te metas es un
asunto que no es tuyo y es privilegio del estado. No te metas a apagar ese
principio de incendio. No te metas a delatar ese contrabando. No te metas
a cuidar de la vida de los bañistas que se adentran en el río. No te metas
en las cosas que el estado debe cuidar. No te metas en las pertenencias
con que señorea la nación; en el resguardo de las personas y los bienes,
en el mantenimiento del orden y de la moral, en la seguridad externa y en
la policía interna." El capital extranjero puede producir la "norteamericanización"
de la juventud argentina, advierte en 1931, y concluyendo el ensayo apunta
al soporte estructural de todo el andamiaje de incurias que hundieron en
la desesperanza al argentino. Dicen que la propiedad (privada) es
inviolable: "El Hombre se encabrita. ¿Cómo? ¿Qué inmunidades cubren la
propiedad? ¿Quién las concedió? ¿No es su vida, la propiedad esencial del
hombre, entonces?" Las grandes (y falsas) divisas ya no lo morigeran. El
"Espíritu de la tierra", como llama Scalabrini Ortiz a la nación en
devenir, a la conciencia para si que está despertando para liberarlo de la
soledad, será forzosamente el derrotero de las muchedumbres que quince
años más tarde encontrarán la conducción política propicia para consolidar
en el poder a la conciencia nacional.
Un iniciador
Raúl Scalabrini Ortiz pensaba escribir una novela sobre Buenos Aires, pero
produjo un ensayo. Empero una forma prenovelesca recorre El Hombre que
está solo y espera. Es la peripecia de un héroe que transita por las
calles de la ciudad, que ama buscando el destino que lo integrará a sus
compatriotas. Es cierto: está solo, espera, pero no se queda quieto.
El pensamiento de Scalabrini continúa la mejor herencia del
existencialismo espiritualista occidental. Su preocupación por el Hombre,
similar a Spinoza, Goethe, Hegel y Marx, lo ubican no solamente como
iniciador del pensamiento nacional argentino, sino también como profundo
crítico de la sociedad burguesa. Al denunciar la sociedad colonizada
desmenuzó, por consiguiente, a la base contradictoria que la posibilita, y
su metodología materialista, sus propuestas políticas e ideológicas
inscriben un precedente óptimo del nuevo humanismo argentino y
latinoamericano que el pueblo está forjando, del socialismo que se acerca.
Ernesto
Goldar
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