Fundación Presbítero Oscar Amado

  

 

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        T e s t i m o n i o s

                    

   

    San Isidro, 26 de marzo de 1987

 ¡Ojos y manos! 

Ojos!  Solo Ojos; ojos y manos; ojos que nos hablan de ternura,

de dolor, dolor reprimido, dolor no gritado, que por ello se torna

en un dulce dolor, dolor de cruz, dolor de misericordia, dolor de

aprender a elevarlo con una sonrisa, dolor de saber, y de no

querer saber; Felicidad! y luz de entender y creer;

Tinieblas por ver tanta miseria! 

Ojos que ven el dolor ajeno, dejando tras de sí su propio dolor!

Ojos que dan esa esperanza al necesitado, sin detenerse a

Mirarse dentro de ellos, pues esos ojos están guiados por

Los Ojos del Gran Ojo del Universo! Y al estar guiados por

El, deben ser simplemente así, dulces, tiernos, transparentes.

Llegan hasta lo mas hondo de nuestro ser, ahí donde sabemos

si hay agua cantarina de manantial, o agua contaminada, pero

que igual comprenden y aceptan, porque esos ojos, también se

han mirado dentro suyo, y al cabo de un tiempo, iluminaron su

propio ser.

Ahora iluminan a sus semejantes!

Ojos también infantiles, no salpicados por el “razonamiento”,

ojos limpios, puros, por eso cálidos, sinceros, sonrientes,

acariciadores, tiernos: ojos sólo de un niño.

No son en este caso penetrantes, pues no han “vivido” ni

“sentido” el deber de la crueldad de los hombres. Todo es

sorpresa, desde lo mas pequeño a lo más grande. 

Ojos! Solo Ojos! 

Manos:  Suaves, manos rugosas, manos con callos, manos

cuidadas, ellas nos hablan de quién pertenecen.

Manos que transmiten amor, comprensión, caridad,

calor, manos cansadas de suplicar, manos vacías,

manos llenas.

Unas, vacías de amor, otras llenas de impureza, otras llenas

de dolor. Manos ensangrentadas, unas por sufrir, otras por

matar. Manos vacías, mas por pedir y no recibir, otras por dar

y quedar así, abiertas al Señor, sin nada en ellas.

Manos que acarician cerrándose a todo.

Manos que de tantas lastimaduras, casi no sirven, pero contienen

toda la vida. 

Ojos y Manos! 

Ojos de Cristo en la cruz, clamando perdón en la cruz, para quienes

lo entregaron. Ojos de Judas, acariciando, besando y entregando.

Manos sangradas, clavadas del Señor dando!

Manos recibiendo dinero, por entregar.

Sólo oh Tu Dios  sabes cuáles son unas y otras, cuáles son esos

ojos y cuales sólo miran, sin ver!

 

Todo esto sentí en el atrio de una Iglesia, al ver a un padre,

a sus hijos, ...... al ver al Señor.

 

Dichosos los que aún no viendo creen!

 


Carta al corazón 

En muchos momentos de nuestra vida tenemos 
una sensación de fracaso o de triunfo.
Es que la sensación de fracaso o de triunfo depende del
enfoque conque estemos mirando las cosas, depende
del enfoque que estemos dando a nuestra vida.

La vida constituye un conjunto de aciertos y errores, y nadie
puede decir que estuvo exento de ellos.
Como dijera Jesús a los fariseos: "El que esté libre
de culpa que arroje la primera piedra".

Primero: Lo importante es aceptar que podemos equivocarnos,
es más, tenemos el derecho a equivocarnos.
El hombre aprende mas de sus errores que de sus aciertos.
Segundo: Que las cosas materiales van y vienen, 
pero Dios tiene un camino elegido para nosotros,
solo que nosotros nos empeñamos siempre en
seguir el camino " que elegimos" basados en
nuestros pobres conocimientos, 
en nuestra supuesta "racionalidad".
Yo pasé por momentos muy difíciles, 
llámense depresiones, angustia, crisis de pánico, etc.
fueron muchos los caminos que recorrí, 
pero al final del camino encontré a Dios.
Y Dios me manifestó que todo lo que yo había pasado
era solamente para encontrarme con él,
y todo, todo lo demás carecía de importancia.

Los seres humanos nos cegamos siempre con nuestra
supuesta racionalidad, en vez de escuchar a nuestro corazón.

"Sigue el Camino de Dios y todo lo demás te será dado por añadidura".

Claro, todo esto puede parecer extraño, 
porque todos tendemos, en el mejor de los casos, 
a separar a Dios del resto de nuestra vida,
eso siempre y cuando lo tengamos en cuenta.
Dios quiere hablar con nosotros, pero no nos obliga.
Somos nosotros los que tenemos que encender el
receptor de nuestro corazón para escucharlo.

Dios todo lo puede, todo lo controla, pero nos da la libertad de elegir.
Si eligen, el les dirá la verdad y sentirán que todo es posible, 
que el fracaso o el triunfo humano es un pobre episodio
comparado con los designios de Dios.

Yo sé, todo esto es difícil de digerir de pronto. 
A mi me tomó mucho tiempo, y cuando me lo decían, 
al principio pensaba que no tenía nada que ver con 
lo que a mí me pasaba.

Créanme que no es así. 



 

 Mi Padre se llamaba Moisés

Mi padre se llamaba Moisés. Era hijo de Miguel y de Lea. Fue hermano
de Marcos y de Rubén. Fue el marido de Miriam. Fue el padre de Horacio y
de mí. Era el abuelo de Iván y de Javier. Cuando murió, hace dos días,
tenía 85 años.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero hacía el más sabroso café con
leche que jamás probé. Nos los preparaba cada mañana a Horacio y a mí,
cuando íbamos al colegio, y nos lo servía con unos enormes panes con manteca
y dulce.
Mi padre no fue un gran hombre. Pero pelaba las naranjas como nadie.
Las dejaba sin un rastro de ollejo, brillosas, lisas, tentadoras. Yo no
quería comer naranjas si no las pelaba él.
Mi padre no fue un gran hombre. Pero llenó de libros nuestra casa de
la infancia y los dejó absolutamente a nuestro alcance. Nunca dijo “ese
libro no es para vos”. Y así aprendimos a amar la lectura desde chicos.
Todavía hoy leo como entonces, como él. Con voracidad, con desorden, con
placer.
Mi casa está llena de libros, las bibliotecas son los muebles
principales.
  
Mi padre no fue un gran hombre. Pero a los 84 años aprendió a hacer
señaladores de cuero, con sus dedos agarrotados, y me regaló uno,
simple, bello y austero, con el que hoy guío mis lecturas.
  
Mi padre no fue un gran hombre. Pero cuando yo tenía 10 años y
Horacio 7  y  vivíamos en La Banda, Santiago del Estero, compró entradas y un 9 de  julio nos llevó a la cancha del Club Mitre a ver a River, que venía de gira.
Seguimos el partido subidos a un sulky, porque no había lugar para
nadie.
Fue la primera vez que vi a River, y lo vi con Carrizo, con Lostau,
con Labruna, con Pérez, con Pipo Rossi. Mi padre era hincha de
Independiente, nosotros nos hicimos de River.
  
Mi padre no fue un gran hombre. Pero nos llevaba cada domingo a la
cancha a ver a Central Argentino, de La Banda, a pesar de que él era hincha
del eterno rival, Sarmiento. Y hasta se alegraba con nosotros si ganaba
Central.
  
Mi padre no fue un gran hombre. Pero un día, cuando cumplí doce años,
se apareció en casa con el curso de dibujo de Los Doce Famosos Artistas
como regalo. Y yo, que amaba las historietas, tuve como profesores a Hugo
Pratt, a Alberto Breccia y a otros así.
  
Mi padre no fue un gran hombre. Pero cuando me acariciaba, y me
acariciaba mucho, tenía las manos tibias; y cuando me besaba, y me besaba mucho, tenía los labios suaves y húmedos.
  
Mi padre no fue un gran hombre. Pero un día, cuando un chico más
grande que yo, uno de los pesados de la cuadra, me estaba dando una paliza en
plena calle, él apareció de la nada y cagó a patadas en el culo a mi
enemigo.
  
Mi padre no fue un gran hombre. No me enseñó a manejar, pero resultó
lo bastante confiado como para dejar las llaves del auto a mi alcance,
de manera que una siesta las agarré, subí al Fiat 1500 verde y debuté
por mi cuenta paseando durante dos horas, maravillado de que semejante
artefacto respondiera a mis movimientos. Cuando se lo conté, mi padre sonrió
casi complacido, casi aliviado.
  
Mi padre no fue un gran hombre. Pero venía a verme cuando yo jugaba
al basquet en los infantiles y en los cadetes del Club Olímpico y, al
principio, me llevaba a los entrenamientos, y a mi hermano también. Y
aunque él era un patadura, yo, creo, jugaba para él, para que él me
admirara.
  
Mi padre no fue un gran hombre. Pero, aunque jamás aprendió a andar
en bicicleta, me sostuvo en la mía y no me soltó hasta que pude mantener
el equilibrio por mí mismo. Y yo sabía que no me iba a dejar caer.
  
Mi padre no fue un gran hombre. Pero lagrimeaba de orgullo cuando nos
presentaba a Horacio y a mí y decía “Estos son mis hijos”. Lo decía
con el mismo énfasis cuando éramos chicos y cuando nos hicimos hombres.
  
Mi padre no fue un gran hombre. Pero nadie sabía contar “El patito
feo” como él. Y nadie tuvo su paciencia para narrármelo una y otra vez,
siempre con el mismo entusiasmo, cada siesta y cada noche de mi niñez
temprana, respetando mi necesidad de volver a oír mi cuento favorito.
  
Mi padre no fue un gran hombre. Pero todavía a sus ochenta y pico era
capaz de poner inyecciones como nadie, sin que sintieras ni el pínchazo ni
el dolor. Muchas veces preferí inyecciones a otro remedio, porque sabía
que estaba él para ponerlas.
  
Mi padre no fue un gran hombre. Pero descubría siempre los mejores
chocolates.
  
Mi padre no fue un gran hombre. Pero hasta el último domingo de su
vida leyó el diario de pe a pa y era un interlocutor informado y
apasionado de los sucesos del mundo y de la vida.
  
Mi padre no fue un gran hombre. Pero amaba el cine y las películas y
nos enseñó a amarlas junto a él; nos llevaba a las matinés del cine Renzi
y a los estrenos del Petit Palais, del Grand Splendid, del Select o del
25 de Mayo. Disfrutaba como un chico de las de cowboys y hacía el
sacrificio de llevarnos cinco días seguidos a ver “La Cenicienta” o “Sansón y
Dalila, con Víctor Mature y Hedy Lamar. Ahora, en sus últimos tiempos, seguía
contando escena por escena, como un personaje de Manuel Puig, cada película
que veía en el cable, y lloraba de emoción o de bronca, según fuera una escena
de amor o de injusticia.
  
Mi padre no fue un gran hombre. Pero era el mejor público para contarle un
chiste. No había que hacer grandes esfuerzos narrativos, él se descomponía
de risa por el sólo hecho de saber que era un chiste.
  
Mi padre no fue un gran hombre. Pero cada vez que mi madre se lo
pedía era el mejor ayudante de cocina. Nunca vi a nadie batir claras a nieve,
como él. A mano.
  
Mi padre no fue un gran hombre. Pero tenía la letra más bella y firme que
yo conozca. Me fascinaba ver cuando escribía cartas, cuando firmaba
boletines o cuando hacía los discursos que después leía en las
reuniones de la colectividad judía santiagueña; yo observaba hipnotizado cómo iba
surgiendo sobre el papel el dibujo de su caligrafía y cómo él mismo
disfrutaba mientras su mano cobraba velocidad, calor e inspiración.
  
Mi padre no fue un gran hombre. Pero me enseñó, con sus actos, que un
hombre sí puede llorar. Él lloraba de emoción o de dolor.
  
Mi padre no fue un gran hombre. Pero supo despedirse antes de partir.
El domingo a las cinco de la mañana me desperté y no pude volver a
dormir por un largo rato. Era una hora silenciosa y quieta. De marea en baja.
Entonces supe que, en la sala de terapia intensiva del hospital, él estaba
muriendo.
Que me despertaba suavemente, como cuando en las mañanas frías del
colegio se acercaba a mi cama, me tocaba suavemente el hombro y me decía, en
un susurro, “Pichu...arriba”. Y que esta vez lo hacía para despedirse.
En mi cama, en la oscuridad, no luché contra el insomnio, simplemente me
despedí de él, le deseé buen viaje, le agradecí lo que tenía que agradecerle
y le hice saber que, por mi parte, no había cuentas pendientes entre
nosotros. Ninguna. Me dormí nuevamente a las siete y el teléfono sonó a las
ocho para pedirnos que fuéramos con urgencia al hospital. Entonces le dije a
Marilén: “Mi Viejo murió hoy a las cinco y media, es eso lo que nos van a
informar”.
Un par de horas después, nos entregaron un certificado de defunción
que decía: “hora del fallecimiento: 5:30”.
  
Mi padre no fue un gran hombre. Pero enfrentó a la muerte entero y vivo.
Peleó con sabiduría, conocedor de que la batalla sería posible mientras
hubiera equivalencia. Cuando sintió que ya estaba, que había hecho lo
suyo, que las reglas de juego habían dejado de ser parejas, dijo basta. No
lo dijo como un derrotado. Había comido una porción de las grandes (como
a él le gustaban) de la vida; su último año y medio había sido de placer,
de reivindicación y de buena vida. Entonces decidió que estaba a punto y
murió. En su muerte, fue un modelo. Y no es poca cosa.
  
Mi padre no fue un gran hombre. Pero murió como un señor. Sin degradarse,
sin deterioro, sin corromperse, como una persona íntegra y consciente.
No huyó, no tuvo miedo, llegó vivo a su muerte. Y cuando lo vimos, antes
de ocupar su cajón, su rostro era plácido, pacífico, como quien sueña
sueños íntimos y felices o como quien observa deslumbrado algo que lo hará
feliz pero de lo que no quiere hablar. Era, en ese momento y en ese lugar,
en la morgue del hospital, nada menos, un viejo hermoso y sereno. Así nos
despidió. Soltándose, soltándonos.
  
Mi padre no fue un gran hombre. Pero fue honesto.
  
Mi padre no fue un gran hombre. Pero fue amoroso.
  
Mi padre no fue un gran hombre. Y no importa. Los grandes hombres
ocupan, a veces, demasiado lugar. Asfixian. Y son acreedores de deudas que nos
hacen la vida más pesada. Visto así, por suerte, mi padre no fue un gran
hombre.
En muchas cosas fue sólo un pequeño hombre. Pero más allá de todo fue
algo más difícil y más importante. Mi padre fue un buen hombre.
  
   Agradezco eso.
  
   Gracias, papá, por tu vida...

 

 

“LAS CINCO PERSONAS”

 

Hace poco vi una película denominada: “Las 5 personas que encontrarás en

el cielo”. 

La película cuenta la historia de Eddie, un hombre de 83 años, veterano de guerra, que trabaja en un parque de atracciones de una ciudad de provincia norteamericana.

Eddie muere en un trágico accidente al tratar de salvar a una niña de ser atropellada por una vagoneta de la montaña rusa. 

De repente, Eddie se encuentra en un lugar desconocido que parece ser el cielo.

Allí, el protagonista se va encontrando con cinco personas, las que más han influido, de forma directa o indirecta en su vida, aunque él no se diera cuenta en muchas ocasiones, que le van contando hechos importantes de su pasado. 

El Hombre Azul, que murió por salvarle cuando todavía era un niño. 

El Capitán de su escuadrón durante la Guerra Mundial, que le disparó en una pierna y le impidió rescatar a una niña en un incendio en Filipinas. 

“No hay sacrificio mas grande que dar la Vida por un Amigo”. 

 Ruby, una anciana que le explica algunos detalles de su padre, con quien el protagonista siempre ha tenido una relación conflictiva.

Al final de esta entrevista tiene un encuentro con su Padre, al cual él perdona en ese instante. 

“El perdonar a los demás es también una forma de ser perdonados, porque el odio que conlleva lo contrario solo termina por destruirnos”. 

 Marguerite, su esposa que murió joven, a quién mucho había amado, y cuya pérdida temprana nunca había superado. 

“Ella le enseña que el amor no termina con la muerte, porque aquel que mucho amó sigue amando aún después”. 

Y la quinta persona es una niña, Tala, que murió en el incendio en Filipinas.

Ella se le acerca y le muestra su rostro quemado y le dice que estaba dentro de la cabaña que el había incendiado durante la guerra.

También le dice que su muerte había sido compensada por las muchas vidas de niños que él había salvado sin darse cuenta al trabajar en el parque de diversiones.

Tambíen le aclara que él había logrado salvar a la niñita empujándola. Entonces él le pregunta de quién eran las manitas que había tocado antes de morir: 

Ella le contesta:  “Eran las mias, porque en ese momento yo te llevé al cielo”. 

He aquí la vida de un hombre que vivía atormentado por sus recuerdos de la guerra, sumido en el odio hacia su padre por su comportamiento y por el trabajo despreciable, que, según él, le había dejado, y amargado por la muerte temprana de su esposa. 

Pero Dios nos demuestra que toda Vida tiene para él un valor distinto del que generalmente nosotros le asignamos. 

No es importante lo que hacemos, sino como lo hacemos. 

No es importante ser exitosos, pero sí servir al prójimo a través de nuestro trabajo. 

Que si bien es doloroso el perder un amor, mas doloroso es no haber amado. 

Que el perdonar a los demás nos hace libres de nuestros odios, y aptos para ser perdonados. 

Que si bien cometemos errores, siempre podemos enmendarlos si perseveramos en modificar nuestra vida de acuerdo a lo que Dios espera de nosotros. 

Que muchas veces corremos en pos de objetivos efímeros y nunca los alcanzamos, y por ello nos sentimos fracasados, cuando el verdadero fracaso es no tratar de saber el camino que Dios tiene para nosotros. 

El camino de Dios no es el camino de los hombres. Pero si sigues Su Camino, la Puerta Estrecha, todo lo demás te será dado por añadidura. 

Nada ocurre por casualidad sino por causalidad. Todo lo que nos ocurre tiene un motivo.

Si somos capaces de entenderlo estaremos en el camino... 

En paz y amor.

 

 

 

CUENTO DE  NAVIDAD

Había una vez, hace muchos, muchos años, tres árboles que habían crecido juntos en la ladera de una colina.

Sus ramas eran fuertes, habían resistido tormentas  y vientos huracanados; sus raíces se entrelazaban debajo de la tierra proporcionándoles mayor resistencia.

Un día, el Primero le preguntó al Segundo cuál sería su mayor sueño, y el Segundo contestó:

“Quisiera que el carpintero más diestro de la aldea, construyera con mi madera un cofre, para que pudiera guardar el tesoro más grande de la Tierra.”

 

A su vez, éste preguntó lo mismo al Primero, y éste contestó:

“Quisiera que mi madera fuera al astillero más importante de la ciudad más cercana al océano,  y que el mayor de los expertos, construyera un nave que transportara reyes, personalidades del mundo entero; con mi madera, podrían contra cualquier tormenta y llegarían sanos y salvos a destino”.

 

Ambos hicieron la misma pregunta al Tercero, que contestó:

“Mi mayor sueño sería que no me cortaran, yo me elevaría más y más hacia lo alto, hasta llegar a ser el árbol más grande del mundo; así todos los hombres que elevaran la vista para ver  mi copa,  alcanzarían el espíritu del Altísimo”.

 

Pasó el tiempo.

Los tres árboles siguieron creciendo robustos y frondosos.

 

Un día se acercaron unos leñadores y comentaron delante del primero:

“Esta madera sería buena para obras de ebanistería” y el Primero sonrió de alegría.

Comenzaron a talarlo, lo llevaron por partes hasta que llegaron al depósito del carpintero del pueblo, pero éste murió de viejo sin comenzar su tarea.

 

Frente al Segundo comentaron: “Esta madera será buena para construir barcos”         y el Segundo sonrió de alegría.  Así comenzaron a talarlo hasta que lo llevaron  al astillero, pero mermó el trabajo y el astillero fue cerrado.

 

Frente al Tercero, comentaron: “Esta madera sería buena para cualquier cosa” y el Tercero se apenó porque su sueño no se haría realidad.

 

Pasó el tiempo.

La madera del Primero olvidada en el fondo del galpón, fue encontrada por un aprendiz de carpintero, que armó un cajón rústico donde colocar el  heno de un establo.

 

Los trozos de madera del Segundo fueron comprados por monedas, por unos pobres pescadores que construyeron una humilde barca. Tan  frágil era, que  solo podía apartarse de la costa por espacio de unas horas; o un día, como mucho.

 

En el último de los depósitos  habían quedado olvidados, los listones del Tercero.

 

Pasó el tiempo...

Un Joven, y su Esposa que se hallaban en tránsito de una ciudad a otra, tuvieron que buscar un sitio donde pasar la noche, porque no había  lugar –para ellos- en ningún lugar del pueblo más cercano.

Hacía mucho frío, se refugiaron en un establo, donde Ella dio a luz a su Hijo.

Como no tenían pertenencias, ni equipaje, acomodaron el Niño en el heno y aquél   viejo cajón fue su cuna.

 

Pasó el Tiempo...

El Joven creció. Una tarde subió a la pobre y humilde barca de  sus amigos.

Mientras ellos pescaban, se quedó dormido en la cubierta. Entonces  se desató un temporal, sus amigos tuvieron miedo, lo despertaron y El, desde aquella humilde barca ordenó al viento que se detuviera y el viento obedeció.

 Pasó el Tiempo...

El joven  fue juzgado, azotado e injustamente condenado a muerte.

Con  dos de los tablones del Tercer árbol, armaron una Cruz, que El  cargó mansamente hasta lo alto de la  colina donde los Tres árboles mucho tiempo atrás habían crecido.

En ése mismo lugar, El Joven fue crucificado.

Desde aquella tarde, en que El entregó su vida en lo alto del  madero;  ésa Cruz,  es el Símbolo, el mensaje de Dios entre los hombres.

 

 

 

 

EL CORAZÓN DE UN NIÑO


Mañana por la mañana abriré tu corazón, le explicaba el cirujano a un niño. Y el niño interrumpió:

-¿Usted encontrará a Jesús allí?

El cirujano se quedó mirándolo, y continuó:

-Cortaré una pared de tu corazón para ver el daño completo.

-Pero cuando abra mi corazón, ¿encontrará a Jesús ahí?, volvió a interrumpir el niño.

El cirujano se volvió hacia los padres, quienes estaban sentados tranquilamente.

-Cuando haya visto todo el daño allí, planearemos lo que sigue, ya con tu corazón abierto.

-Pero, ¿usted encontrará a Jesús en mi corazón?

El cirujano pensó que era suficiente y le explicó:

-Te diré que encontraré en tu corazón. Encontraré músculo dañado, baja respuesta de glóbulos rojos, y debilidad en las paredes y vasos. Y aparte me daré cuenta si te podamos ayudar o no.

- ¿Pero encontrará a Jesús allí también? Es su hogar, Él vive allí, siempre está conmigo.

El cirujano no toleró más los insistentes comentarios y se fue. Enseguida se sentó en su oficina y procedió a grabar sus estudios previos a la cirugía: - aorta dañada, vena pulmonar deteriorada, degeneración muscular cardiaca masiva. Sin posibilidades de trasplante, difícilmente curable.

- Terapia: analgésicos y reposo absoluto. - Pronóstico: tomó una pausa y en tono triste dijo: - muerte dentro del primer año. Entonces detuvo la grabadora

-Pero, tengo algo más que decir: - ¿Por qué? pregunto en voz alta -¿Por qué hiciste esto a él? Tú lo pusiste aquí, tú lo pusiste en este dolor y lo has sentenciado a una muerte temprana. ¿Por qué?

De pronto, Dios, nuestro Señor le contestó:

-El niño, mi oveja, ya no pertenecerá a tu rebaño porque él es parte del mío y conmigo estará toda la eternidad. Aquí en el cielo, en mi rebaño sagrado, ya no tendrá ningún dolor, será confortado de una manera inimaginable para ti o para cualquiera. Sus padres un día se unirán con él, conocerán la paz y la armonía juntos, en mi reino y mi rebaño sagrado continuará creciendo.

El cirujano empezó a llorar terriblemente, pero sintió aun más rencor, no entendía las razones.

Y replicó: - Tú creaste a este muchacho, y también su corazón ¿Para qué? ¿Para que muera dentro de unos meses?

El Señor le respondió:

-Porque es tiempo de que regrese a su rebaño, su tarea en la tierra ya la cumplió. Hace unos años envié una oveja mía con dones de doctor para que ayudara a sus hermanos, pero con tanta ciencia se olvidó de su Creador. Así que envié a mi otra oveja, el niño enfermo, no para perderlo sino para que regresara a mí aquella oveja perdida hace tanto tiempo.

El cirujano lloró y lloró inconsolablemente. Días después, luego de practicar la cirugía, el doctor se sentó a un lado de la cama del niño;
mientras que sus padres lo hicieron frente al médico.

El niño despertó y murmurando rápidamente preguntó:

-¿Abrió mi corazón?

-Sí - dijo el cirujano-

-¿Qué encontró? - preguntó el niño -

-Tenías razón, encontré allí a Jesús...

 

 

                                                      

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