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¿Qué camino no hizo Francisco
hasta llegar a pasar de la aplicación material de las palabras que le
dirigió el crucifijo de San Damián: «Vete y repara mi iglesia», al
descubrimiento de una verdadera misión profética?
San Buenaventura, reflexionando
sobre este «parto difícil», sobre este movimiento dinámico que se
desarrolla como un «éxodo de la carne al espíritu», como un paso de
las cosas exteriores a su significado interior y profundo, afirma: «Ignoraba
todavía Francisco los designios de Dios sobre su persona..., no estaba
familiarizado su espíritu en descubrir el secreto de los misterios
divinos e ignoraba el modo de remontarse de las apariencias visibles a la
contemplación de las realidades invisibles» (LM 1,2-3).
Henos, pues, aquí ante un
Francisco cuyas dudas e incertidumbres sobre el verdadero sentido que dar
a lo que intuía son semejantes a las nuestras. Esto debería hacer
reflexionar a todos aquellos que creen tener el «monopolio del Espíritu
Santo» y, por consiguiente, de la «Inspiración», y que se creen
dispensados de contar también con las mediaciones humanas.
La «inspiración» jamás pone al
hombre al amparo de posibles errores de interpretación. Y en Francisco
nosotros tenemos no una inspiración sino una interpretación privilegiada
de la Inspiración evangélica que anima continuamente al Cuerpo de Cristo
que es la Iglesia y también al corazón de la humanidad. No existen,
pues, modelos «prefabricados», sino que es necesario remontarse a las
fuentes de la Inspiración.
Cada uno de nosotros es un ser muy
definido, inserto en una realidad histórica con sus límites y sus
riquezas: tiene su propia sensibilidad, su propia inteligencia, sus
cualidades naturales, sus lagunas, su propio «hábitat» social, su
propio universo cultural, y precisamente en esta realidad tan concreta es
donde resuena la llamada de Dios.
Una de las primeras cosas que tengo
que comprender y aceptar es que yo soy aquel ser humano que soy, que me ha
sido dado y que tal cual me asumo, y que nunca seré el personaje que sueño
y proyecto ser en un mundo imaginario. Dios se me manifestará y me
mostrará su voluntad a través de las posibilidades y los límites de mi
cuerpo y de mi espíritu, tal cual Él me los ha dado.
Por consiguiente, la primera etapa
de toda conversión es «convertirse» a uno mismo. Celano, primer biógrafo
de Francisco, dice que el Santo llamaba a esta especie de intuición o
discernimiento «sal de la sabiduría o de la discreción». He aquí un
testimonio de las fuentes: «Que cada uno sepa medir sus fuerzas en su
entrega a Dios»; «Hermanos míos, entendedlo bien: cada uno ha de tener
en cuenta su propia constitución física» (cf. 2 Cel 22; LM 5,7; LP 50).
Aunque hemos de reconocer que la experiencia en el cuidado de los
hermanos, más que el propio temperamento impetuoso y extremista de
Francisco, fue lo que le hizo ejercitar el «discernimiento». Quizá
pueda afirmarse que Francisco tuvo más discernimiento para con sus
hermanos que para consigo mismo.
Uno de los «lugares privilegiados»
de la revelación es la conciencia del hombre, donde las llamadas e
interpelaciones de Dios son más o menos percibidas. Para Francisco, el «artífice
principal» de esta iniciativa divina fue el Espíritu Santo. Francisco
inculcó siempre una gran apertura, una máxima disponibilidad al Espíritu
del Señor: «... al Espíritu del Señor... a las visitas del Espíritu»,
porque lo había experimentado personalmente de manera positiva, decisiva.
Obedecer es principalmente «escuchar»,
según el sentido bíblico de la palabra tanto en hebreo como en latín.
Puesto que el Espíritu es la fuente de todo discernimiento, sólo Él
puede permitirnos ver y creer en los signos y por medio de los signos
humanos. Y toda intuición en este caso es un verdadero nacimiento.
Todos los biógrafos de Francisco
subrayan esta actitud interior de escucha como lugar privilegiado de
discernimiento de la voluntad de Dios. Francisco «fue impulsado por el
Espíritu» a los leprosos, a la soledad, a San Damián... Y jamás se
tratará de una actitud de devoción, «una fórmula piadosa», sino que
indicará una realidad tan profunda que llegará hasta inducirlo a
proclamar que «el Espíritu Santo es el Ministro General de la
Fraternidad», es decir, la instancia suprema de toda forma de mediación
humana.
Francisco nunca desatiende las
mediaciones, las acepta todas, pero, al mismo tiempo, defiende con fervor
cuanto creía haber recibido del Señor como «inspiración del Espíritu».
Afirma: «Y después que el Señor me dio hermanos, nadie me mostraba qué
debía hacer, sino que el Altísimo mismo me reveló que debía vivir según
la forma del santo Evangelio» (Test 14). También la Regla, tanto la
primera como la segunda, muestra cuán profundamente respetaba él la «inspiración».
Más aún, podría decirse que es su nota dominante. A menudo encontramos
expresiones como éstas: «Si alguno, por divina inspiración...», «como
el Señor o el Espíritu les inspire», u otras semejantes. Poder obrar
espiritualmente, «como hombre de espíritu», en lugar de vivir «según
la carne», es la oposición que Francisco encuentra entre lo carnal y lo
espiritual.
Para Francisco no existe la
autoridad absoluta. Siempre hay un límite y éste es «la conciencia del
hombre y el Evangelio». En su primera Admonición comenta estas palabras
del Evangelio: «Dice el Señor Jesús a sus discípulos: "Yo soy el
camino, la verdad y la vida; nadie llega al Padre sino por mí"» (Adm
1,1). El Padre es el último fin, la meta definitiva de todo hombre. Y el
lugar central y definitivo de su querer es ciertamente el Evangelio y
Cristo, que para Francisco son una misma cosa. Cristo es al mismo tiempo
«Palabra y Rostro de Dios, enseñanza y acción, llamada y comportamiento
práctico». Francisco ve la voluntad de Dios en el conjunto del misterio
de Cristo, anterior a la misma creación histórica, encarnada y
glorificada. Dirá a Bernardo: «Si quieres probar con los hechos lo que
dices, entremos mañana de madrugada en la iglesia y pidamos consejo a
Cristo, con el Evangelio en las manos» (2 Cel 15). Evidentemente, tanto
Francisco como sus hermanos vivieron con modalidades diversas esta escucha
atenta del Verbo hecho Carne: prolongadas soledades, oraciones y
adoraciones silenciosas que purifican la mirada, el corazón y las
motivaciones de la acción.
Hay que recordar de modo especial
su mirada de fe puesta «en el Cristo que se ofreció y fue crucificado»
que, para Francisco y sus hermanos, fue un lugar de discernimiento
especialmente en los momentos de duda y de angustia, más que una visión
especulativa, cuando se trataba de hacer opciones.
Para Francisco, «los leprosos...
los mendigos... los pobrecillos sacerdotes...» eran lugares privilegiados
en los que encontrar más fácilmente «la voluntad de Dios». Eran para
él «sacramento» de la presencia de Cristo en medio de nosotros.
Francisco se convirtió al Evangelio precisamente a través del contacto
con los pobres, la oración y la soledad. Y su conversión no se quedó en
algo a nivel intimista, sino que caló en la realidad de la pobreza, de la
miseria, de la enfermedad más repelente: éstos son para Francisco los «lugares
privilegiados» de discernimiento.
Francisco ve clara la voluntad de
Dios el día en que sale de su ambiente y entra a formar parte de los
hermanos marginados de su tiempo. Él mismo nos lo cuenta: «El Señor me
dio de esta manera, a mí el hermano Francisco, el comenzar a hacer
penitencia; en efecto, cuando estaba en pecados me era muy amargo ver a
los leprosos. Y el Señor mismo me condujo en medio de ellos, y practiqué
con ellos la misericordia. Y, al separarme de los mismos, aquello que me
había parecido amargo, se me tornó en dulzura de alma y cuerpo; y, después
de esto, permanecí un poco de tiempo y salí del siglo» (Test 1-3). Este
primer paso, este inicio le volverá espontáneamente a la memoria al
final de su vida cuando escriba su Testamento a los hermanos.
Ciertamente, este «lugar» fue tan
determinante para su vocación que lo impondrá o sugerirá también a los
otros hermanos: «Desde el principio de la Religión, después que los
hermanos empezaron a multiplicarse, quiso que viviesen en los hospitales
de los leprosos para servir a éstos. En aquella época, cuando se
presentaban postulantes, nobles y plebeyos, se les prevenía, entre otras
cosas, que habrían de servir a los leprosos y residir en sus casas» (LP
9). Y si el biógrafo recuerda esta práctica es porque lamenta que se
haya perdido. De hecho, en la Regla no se habla de ella.
Francisco conocía bien la
naturaleza humana, de la que desconfiaba; conocía los peligros de la «propia
voluntad», los enredos del egoísmo, la tendencia a tomar por «inspiración
divina» lo que no es más que simple efecto de la psique o resultado del
prisma socio-cultural en que se vive inmerso y que siempre es un poco
deformante; todo esto, sin embargo, no le impedía tener una gran
confianza en la «inspiración».
De ahí nace en él la preocupación
por hacer verificar, confirmar, autenticar sus propias «inspiraciones»
por medio de otras mediaciones que no sean las suyas propias. Sabe
perfectamente que el receptor humano está con frecuencia ofuscado y a
veces bloqueado por su infinita capacidad de autojustificación incluso
espiritual. Y uno de los mejores «lugares» es la fraternidad, es decir,
el conjunto de los hermanos o, como suele llamarse, «el capítulo».
Leemos, en efecto, que los hermanos, al regresar de Roma, discutían para
averiguar cómo observar mejor el Evangelio, cómo actuar, cómo vivir (cf.
1 Cel 34; LM 4,1-2). Y sabemos que Francisco mismo recurrió con
frecuencia a los hermanos y también a las hermanas para conseguir mayor
claridad en lo referente a su vocación y misión.
Francisco debió comprender, sin
duda, un punto fundamental del misterio de la salvación, a saber, que «el
hombre establece la relación con Dios no como individuo sino como miembro
de un pueblo, de una comunidad» (cf. Lumen Gentium 9). Dios
habla a los hombres por medio de los hombres. De ahí que, al asaltarle
una angustiosa duda, Francisco la propusiera repetidamente a sus compañeros:
«Por más que durante muchos días anduvo dando vueltas al asunto con sus
hermanos, Francisco no acertaba a ver con claridad... Él, que en virtud
del espíritu de profecía llegaba a conocer cosas maravillosas, no era
capaz en absoluto de resolver por sí mismo esta cuestión». Aunque había
aprendido sublimes lecciones del divino Maestro, no se avergonzaba, como
verdadero menor, de consultar incluso a los más insignificantes; su mayor
preocupación era averiguar el camino y modo de servir más perfectamente
a Dios conforme a su beneplácito y, para ello, «éste fue su más vivo
deseo mientras vivió: preguntar a sabios y sencillos, a perfectos e
imperfectos, a pequeños y grandes...» (cf. LM 12,1-2).
Convencido de que Dios habla a los
hombres por medio de otros hombres, fue un asertor intransigente de la
relación interpersonal que excluye del modo más absoluto y decidido la
relación «dominante-dominado» o también amo-siervo. Para Francisco, la
obediencia es especial y principalmente un servicio de amor fraterno,
mientras la autoridad es un servicio de crecimiento y de unidad. Decía:
«Igualmente..., ninguno de los hermanos tenga potestad o dominio, y menos
entre ellos...; sino, más bien, por la caridad del espíritu, sírvanse y
obedézcanse unos a otros de buen grado. Y ésta es la verdadera y santa
obediencia de nuestro Señor Jesucristo» (1 R 5,9-15).
Para Francisco, todos y cada uno de
los hermanos, la fraternidad misma, podían ser camino o ruta hacia el
Padre. Para él, la Comunión de los Santos no era únicamente solidaridad
en la oración, sino también en la búsqueda de Dios y de su voluntad. La
fraternidad, por tanto, es «lugar privilegiado» para comprender mejor la
voluntad de Dios, incluso porque nosotros leemos los acontecimientos y
analizamos el dinamismo del mundo con nuestros propios ojos, cuya mirada
está frecuentemente ofuscada; de aquí, la necesidad de liberarnos de
ella para mirar con los ojos de nuestros hermanos, de nuestro prójimo; de
aquí, la consecuencia de que la experiencia franciscana no propone un
ejemplar único que sirve de «ejemplo», sino un modelo que junto con los
hermanos ha buscado, preguntado, dudado, inventado, realizado.
Francisco nunca fue un defensor fanático
de la «Iglesia», pero tampoco separó nunca a Cristo y al Evangelio de
su cuerpo vivo que es la Iglesia. Tomó siempre todas sus grandes
decisiones «in sinu Ecclesiae», en el seno de la Iglesia, se tratase del
obispo de Asís o del pobrecillo sacerdote que atendía la capilla de San
Damián, o del papa Inocencio III.
Su continuo recurso a los «clérigos»
no hace de Francisco un ser rastrero o tímido, siempre dispuesto a
someterse al primero que habla o que dice la última palabra. Si alguna
vez sabe renunciar, la mayoría de las veces permanece firme en su «inspiración».
Finalmente, «la Regla», a la que
Francisco llama «nuestra vida» (cf. 1 R 1,1; 2 R 1,1) y que, como la
vida misma, cambia y evoluciona casi día tras día, constituye también
otro lugar de «inspiración» y de búsqueda de la voluntad de Dios. La
Regla aceptaba y reflejaba la vida concreta de un determinado momento del
movimiento franciscano, por lo que no es un texto jurídico que es
impuesto desde el exterior con el riesgo de matar al Espíritu, sino un «lugar»
de coherencia y de unidad para los hermanos que han elegido un género de
vida evangélica inspirada por el Espíritu. Dice Francisco: «Y mientras
perseveren en los mandatos del Señor, que prometieron por el santo
Evangelio y por su forma de vida, sepan que se mantienen en la
verdadera obediencia, y sean benditos del Señor» (1 R 5,17). De este
modo, el «discernimiento» se convierte en una forma de obediencia que se
mueve en un conjunto de mediaciones y que «desapropia» de una voluntad
naturalmente encerrada en sí misma. Abandonarse completamente a la
obediencia significa asumir el riesgo de confrontarse con los hermanos y
con los acontecimientos.
Ciertamente, la interpretación que
Francisco da a sus inspiraciones o al Evangelio refleja su mundo
socio-cultural, su época que busca una nueva identidad. Él, para
expresar sus inspiraciones, usa modelos de aquel tiempo: caballeros,
trovadores, comerciantes, ambulantes e itinerantes, predicadores laicos,
fraternidad de penitencia, y otros semejantes.
También hoy existen, para el
movimiento franciscano, mediaciones particulares y privilegiadas para
traducir a los hombres de nuestro tiempo el ideal de Francisco. Para un
discernimiento auténtico, válido también para nuestros días, Francisco
ofrece tres condiciones fundamentales: disponibilidad, rectitud de intención
y de voluntad, y pureza de corazón que es simplicidad.
En su Carta a los clérigos,
Francisco reprocha a los sacerdotes de modo particular la falta de «discernimiento»
respecto a la Eucaristía que es llevada, administrada y abandonada sin
respeto alguno. En este caso, el «discernimiento», para Francisco, lo
constituye la mirada de fe que percibe la Presencia de Cristo a través de
la materialidad de los signos.
Señor, ¿qué quieres que haga?, en Selecciones
de Franciscanismo, vol. XII, n. 34 (1983) 3-8.
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