Fundación Presbítero Oscar Amado

  

 

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        Reflexiones

                    

   

     

    TEN FE. - Rinde de Ti lo más, pero por Ti- por tu individuo- 

    esto te producirá la más grande riqueza- PAZ – 

    Acompaña al necesitado sin que te lo pida, y tendrás otra gran 

    riqueza- AMAR -. 

    Si deseas triunfar debes dar más y mejor de lo que de Ti se  

    espera- sin importarte el qué - Producir en el trabajo, sólo y nada 

    más que por lo que se te paga, es el camino más certero para tu­ 

    MEDIOCRIDAD -. 

    y el mediocre; ni trabaja más de lo que puede- ni camina un trecho 

    por el prójimo - ni vive de su propia iniciativa, sólo se queja de 

    la fatalidad - sin pensar que sus fracasos son suyos - son su 

    RESPONSABILIDAD -. 

    Siembra buenas semillas - conviértete en tierra fértil y recogerás 

    buenos frutos - INDIVIDUO DE DIOS -. 

    No sientas autocompasión - y nace nuevamente en cada día - la 

    vida debe ser vivida, no seas muerto viviente - la elección es 

    exclusivamente tuya - DIOS sólo desea acompañarte para que  

    con El construyas tu espíritu;  

    Ama al prójimo no te destruyas TEN FE. ­ 

 

                                 Buenos Aires, Noviembre 26 de 1978 

                                                      B. M.

  

 

 

La mayor parte del tiempo me encuentro como atontado, aletargado por el mundo, la carne y el demonio. O por decirlo de otro modo, por las preocupaciones de este mundo. Pero sabemos que se está llevando a cabo una batalla dentro de cada una de nuestras almas. En las Escrituras y en los Mensajes se nos implora que permanezcamos despiertos….

Todos estamos fallando en pagarle a Dios las Gracias que hemos recibido de Su Mensaje.

  La Verdadera Vida en Dios es una inmensa Gracia para nuestros tiempos. Olvidamos demasiado fácilmente la Gracia que hemos recibido en los Mensajes. Es el Maná escondido reservado para nuestros tiempos. Por mi parte, sé que sin la VVeD yo no hubiera sido bautizado ni hubiera jamás asistido a la Devoción Eucarística en la Iglesia. Más que esto… siento que la VVeD es como alimento para mi alma, alimento que necesito desesperadamente, para encontrar a Dios, para poder concentrarme en AMAR a Cristo.

Sin la VVeD no hubiera habido forma alguna en que este deseo estuviera profundamente impreso en mí, ni siquiera tratar de amar a Jesús y al Padre. Por este deseo y búsqueda de amar a nuestro Creador, es que mi alma puede respirar y, en muchas formas, es el Poder de los Mensajes lo que me trae este respiro, esta inspiración.  

Amar a Dios no sólo es el primer Mandamiento, sino que es, además, la razón principal por la cual hemos sido creados. Si no experimentamos esto, de una manera profunda, dejamos de experimentar la propia naturaleza de nuestro ser.  Perdemos de vista la razón por la que hemos nacido. En nuestros tiempos, el aprender a amar a Dios es, prácticamente considerado una broma o una especie de fanatismo. ¿Quién lo toma en serio? La VVeD, en el Mensaje mismo, nos hace conscientes de esto.  

Sé que estas son solo palabras en un papel. Estoy tratando de explicar el Poder y la Gracia que hay en los Mensajes. Estas Gracias que siento, que conozco y que son reales. Pienso que muchos lectores entenderán lo que estoy tratando de explicar. Si tú no me entiendes y no te es conocido este sentimiento, comienza a leer la VVeD desde el principio, lee un poco cada día con una actitud de oración y te garantizo que tú también entenderás.  

La alegría más poderosa que podemos tener en esta vida es encontrar y amar a nuestro Creador y sentir Su Amor por nosotros. ¿Qué mayor alegría hay en la vida que el AMOR? ¿Y qué amor se equipara a Su Amor?  

Este planeta es un desierto, un terreno árido y baldío, con millones y millones, mejor dicho, billones de personas muriéndose de hambre. Mucha gente no puede distinguir su mano derecha de la izquierda, no tienen discernimiento. Pagan por recibir alimento espiritual falso, comida “chatarra”. Ni siquiera saben qué es un alimento espiritual decente.  

No tienen ni la menor idea de que la Verdadera Vida en Dios es una Obra completa por sí misma. Nadie, en ningún lugar en la historia de la Iglesia se ha producido una Revelación Profética de esta magnitud, de esta claridad, que nos habla a cada uno de nosotros, ahora, sobre nuestros tiempos. No tienen idea de que hay un festín de alimento espiritual gratis que puede revivir su alma, respirar vida dentro de ellos, ayudarlos a encontrar a Dios y a amar a Dios.  

Ahora, lo que quiero decir es lo siguiente: Aquellos de nosotros que conocemos la VVeD, aquellos de nosotros que podemos ver y que conocemos el valor del Tesoro de los Mensajes que tenemos en nuestras manos, aquellos de nosotros que hemos recibido esta Gracia, ¡Tenemos que dar algo de regreso!  

Tenemos que darle algo de regreso a Jesucristo. ¡Él quiere que Lo amemos! El amor es una expresión de pensamientos, sentimientos y acciones. Mostramos nuestro amor a los demás, no sólo con palabras y sentimientos, sino también haciendo cosas por ellos. Y sabemos que Lo que más Le complace a Dios es llevarle un alma.

 

"Tu Señor Dios desea igualdad de Amor por tu parte".   


Sí, solamente Yo te puedo vestir con Mi esplendor y darte la Luz imprescindible. Solamente Yo, en Mi Divinidad, puedo imprimir en tu alma Mi Imagen de Santidad. Soy Yo, tu Dios, quien puede perfeccionarte y elevarte para que viajes Conmigo, en Mi compañía. Ven a Mí y prolonga tu mirada sobre Mi Santo Rostro, para que puedas comprender plenamente que eres coheredera Conmigo, unida a Mí y en Mí... hija-del-Rey, recibe más de Mí, permitiendo que Yo reciba más de ti”.
(25 de abril de 1999)

                                       

Vassula Mía, Yo quiero igualdad de amor... ámame y aspira de Mí todas las divinas inspiraciones que pertenecen a los hijos e hijas del Altísimo.”(9 de marzo de 1999)

 

Nadie trabaja para Vassula o por una fundación o asociación. Tal como lo hace Vasssula, todos trabajamos para el SEÑOR. En las Sagradas Escrituras se nos presenta la parábola de los talentos. ¿Cuántos de nosotros hemos tomado este talento y lo hemos enterrado? Muy poca gente trabaja realmente para pagar la gracia que han recibido. Muy pocos trabajan en la difusión de los Mensajes de la VVeD a los millones de personas hambrientas.  Muchos ya están espiritualmente muertos o agonizantes.  

El tiempo es corto. La necesidad es apremiante. Debemos despertarnos. Como dijo Monseñor Kriekenbeeck, quien habló sobre la VVeD, con increíble poder y claridad, durante nuestra peregrinación a Egipto en 2002, para aquellos que conocen las gracias que han recibido de la VVeD, ¡este es el tiempo para la ACCIÓN! Acción… no sólo podemos pensar y sentir, sino que tenemos que hacer… Tenemos que salir de nuestra zona de confort y actuar en la difusión de los Mensajes y vivir los Mensajes. Si dejamos de hacer esto, fallamos a las gracias que nos han sido dadas.  

Aquí están las palabras de Monseñor Kriekenbeek:  

“La segunda parte del Evangelio es la responsabilidad. Responsabilidad …. Nos está diciendo que tenemos que actuar, por que si no lo hacemos, el día del juicio, pagaremos por cada acción no realizada, cada palabra no dicha, cada centavo, cada desobediencia, cada desunión, cada división, cada arrogancia. Pagaremos por eso. Por lo tanto, el Mensaje es: el signo de nuestros tiempos es el llamado a la unidad y debemos de actuar.  

Y si no actuamos, seremos responsables ante Dios. Estamos agradecidos con la Verdadera Vida en Dios, porque estos Mensajes sí leen los signos de nuestros tiempos, sí responden al llamado a la unidad y sí conllevan acción. Y ésta es nuestra respuesta. ¡Amén! ¡Alabado sea el Señor!  

Nuestra tarea ahora es llevar esto de regreso a nuestros países. A todos los 60 países y dar testimonio de unidad con nuestra vida personal, en nuestra familia, en nuestra comunidad, en nuestra fraternidad, para que Dios vea, para que Dios descubra que vivimos una Verdadera Vida en Dios, en nuestra mente, en nuestro corazón y en nuestras acciones. Amén.”  

Pueden leer su discurso completo, en inglés, en: Monsignor Kriekenbeeck on Unity (TLIG: Spirituality: Pilgrimages & Retreats: Egypt Pilgrimage 2002 | 2.8.3.6)  

¿Ustedes creen que los líderes de las Iglesias pueden lograr la unidad? ¿Creen ustedes que entiendan lo que significa la unidad en los Mensajes de la VVeD? ¿Desean ellos esta clase de unidad? Tenemos que presentarles la visión de la VVeD.  

Si los líderes de las Iglesias convienen en una sola fecha de Pascua, todas las guerras en el planeta se detendrán.  

Podríamos tener paz mundial, todo estaría en su lugar. Todo será mejor para todos. Esto es lo que Vassula me explicó.  

¿Cuál es la fecha correcta? La fecha correcta es la fecha en la cual los Ortodoxos y los Católicos celebran la Pascua juntos…. ¡ESA ES LA FECHA CORRECTA ! ¿Qué estamos haciendo para ayudarlos? La Pascua es la más Santa de las celebraciones en el Cristianismo, que es la religión del amor… Amor Divino…. Sin embargo, ¡los seguidores del Cristianismo no pueden ponerse de acuerdo y celebrar esta Fiesta juntos! Esto es un síntoma. La enfermedad, que lleva a la muerte, está diagnosticada en los Mensajes.  

La unidad se alcanzará de abajo hacia arriba.. es decir, a partir de nosotros, la gente. Nosotros , millones de nosotros, tenemos que hacer unidad, y después el clero nos seguirá. A Vassula le gusta poner como ejemplo a Ramallah en Tierra Santa, donde hay una pequeña minoría de Cristianos. Justo fuera de Jerusalén, este pequeño pueblo palestino, celebró la Pascua en una misma fecha: los Ortodoxos y los Católicos deseaban estar juntos. Eran una minoría Cristiana muy pequeña y, de hecho, ya se conocían entre ellos. Querían celebrar la Pascua juntos, así que los Católicos acudieron con los Ortodoxos y el clero no estuvo de acuerdo. Sin embargo, la gente tomó la decisión, y entonces, el clero tuvo que aceptarlo. La unidad no llegará por parte de las autoridades en las Iglesias, tiene que llegar de nosotros, de abajo.  

Hago aquí una pregunta para todos nosotros, laicos, sacerdotes, religiosos, obispos: ¿amamos a Jesucristo lo suficiente? Si verdaderamente amaramos a Cristo, creen ustedes que habría esta apostasía masiva, esta muerte espiritual, esparcida por todo el mundo, especialmente en Occidente?¿Esta apostasía que los líderes Cristianos no quieren ver? Todos debemos mirar dentro de nuestros corazones. Recuerden las palabras de Cristo:

 “Al que se le ha dado mucho, se le exigirá mucho, y cuanto más se le haya confiado, tanto más se le pedirá cuentas” (Lc 12,48). 

Encontrarse en una posición de influencia y liderazgo en esta época crítica es encontrarse en una posición de gracia y responsabilidad. Debemos orar por todos aquellos que están siendo llamados a actuar por el bien de la unidad y la paz. Son nuestros hermanos y nosotros somos sus guardianes en amor y oración.  

Jonathan Kosoy

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     Tomado del Boletin de la Verdadera Vida en Dios del 3 de Abril de 2007

                  Para mas información sobre estos temas ver en:

                                

http://www.tlig.org/sp.html

            

 

 

 

   

01.06.1989
Fiesta del Sagrado Corazón.

¿Sagrado Corazón de Jesús?

Yo Soy. Hoy, Mi Sagrado Corazón está llamando a todas las naciones para escuchar Mi Voz: Yo soy el Amor, Yo soy la Paz, Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. No hay otro Refugio para la salvación de su alma que Mi Sagrado Corazón. Hija, escribe Conmigo la oración que te dicté el año pasado:

Oh Sagrado Corazón de Jesús,
enséñame Tus Caminos;
Sagrado Corazón de Jesús,
condúceme por el Camino de la Integridad,
aléjame del maligno
y no me abandones a su voluntad;
Sagrado Corazón de Jesús,
sé la Roca de mi Protección
porque Tú eres mi Refugio;
designa a Tu Amor y a Tu Paz
para que me guíen y me guarden.
Amén.

.....

Yo soy el Señor, su Salvador y Aquél que busca su corazón. Yo soy Aquél que está incansablemente detrás de cada puerta, llamando. Yo soy El que persigue al pecador y deja estupefacto al sabio. Yo soy Aquél que aumenta Mis bendiciones y los prepara suavemente para entrar en Mi Nueva Jerusalén. Yo soy la Santísima Trinidad, Toda en Uno y la Misma que, con Mi Plan de Salvación, los está preparando a todos para unirse en un sólo redil santo. Yo soy Aquél que atrofia a los grandes árboles y permite crecer a los pequeños.

No teman, bienamados, porque Yo sembraré, en este desierto, nuevos granos de Amor y de Paz. Yo reavivaré Mi Jardín para que los ateos y los malvados vean y sepan que Mi Mano Divina está sobre todos ustedes. Los corazones de piedra comprenderán Mi Infinita Misericordia, y que Yo, el Santo, estoy en medio de ustedes.

Yo los sostengo de su mano derecha, sientan Mi Presencia. Yo no los abandonaré, por eso no teman. Sí, Yo los tomaré a cada uno de ustedes por la mano y los formaré para que sean llamados hijos de la Luz y sirvan a la causa del bien. Yo, el Señor, he dicho desde el principio que los quiero santos como Yo soy Santo.

Por ser Yo su Dios y ustedes Mi pueblo, tendrán que seguir Mi Ley. Mi Ley es una Ley de Amor. Aprendan cómo amarme, aprendan cómo adorarme. Yo estoy a la búsqueda de su corazón. No escuchen al mundo, escuchen Mi Llamado de Amor, escuchen los Latidos de Mi Corazón. Cada uno de los Latidos es un llamado para un alma.

Vengan a Mí, a Mis Brazos abiertos, arrójense en Mi Abrazo y sientan este Amor que tengo por ustedes. ¡Sientan esta Misericordia que tengo para todos ustedes! Regresen a Mí y Yo los sanaré. Atesoren y graben Mis Palabras en su corazón. No dejen que Mis Palabras se las lleve el viento. Vengan y fijen sus ojos en Mí y no dejen que nadie los aparte de Mí. Dense cuenta de las Gracias que les estoy ofreciendo cuando Yo, el Señor, estoy Presente.... "Flor, vence tu apatía."
(En este punto me distraje. Jesús interrumpió Su Dictado y me dijo: "Flor, vence tu apatía". Le pedí que me ayudara. Él me respondió: "Agrádame escuchándome". De nuevo, le pedí que me ayudara, antes de continuar bajo Su Dictado.)

¡Señor Jesús, ayúdame a salir de ella!

Agrádame y escúchame.

Ayúdame a escucharte Señor mío...

.....

Confíen en Mí y no Me resistan. Abandónense a Mí. Entréguense, entréguense, permítanme a Mí, su Dios Amoroso, ser Quien capture su pequeño corazón. No teman, Yo soy Amor y el Amor desea embellecer su corazón. Estén, pues, atentos a Mis Palabras. Tal vez les parecen sencillas, pero Yo soy un Dios de Sencillez. Yo soy Manso y Humilde.

....

Yo vengo a ofrecerles Mi Corazón en Mi Mano. Vengo a ofrecerles Mi Paz y Mi Amor. Vengo a unirlos a todos de nuevo en un sólo Rebaño. Vengo a resucitar esta era muerta, en una era viviente.

Vengan a alabarme a Mí, su Señor, Yo que desde Mi Trono Celestial Me inclino hasta ustedes para atraerlos a Mí y reavivarlos. Alábenme todos ustedes que han estado esperando que Mi Espíritu de Gracia venga sobre ustedes. Vayan y proclamen Mi Rectitud a todas las naciones y que Mi Mensaje alcance los confines de esta tierra; que escuchen Mis Llamados de Amor. Alégrense y estén felices ahora, todos ustedes que tienen sed de Mí, porque Yo los llenaré. Enjuguen sus lágrimas todos ustedes que están oprimidos día y noche, porque Yo estoy aquí para consolarlos y para cuidarlos.

Mi Sagrado Corazón los llama a todos a venir en santidad. Apóyense en Mí, y Yo los guiaré a Mi Tabernáculo, en donde los espero día y noche. Yo Me ofrezco a ustedes cada día. Vengan, vengan a recibirme en santidad y en pureza. No Me ofendan, sean puros y santos cuando Me reciban, recójanse y reconozcan Mi Presencia Viva en la Pequeña Hostia blanca. Déjenme sentir su santidad y su pureza. ¡Oh, si tan sólo supieran qué Gracia les estoy ofreciendo!

¡Vengan! Agrádenme, meditando sobre Mi Mensaje. Agrádenme y vivan Mi Mensaje. Agrádenme y cambien sus vidas. Feliz el hombre que medita en lo que hoy Yo le estoy ofreciendo y examina su corazón y su alma, pues Yo lo resucitaré. Felices mis sacerdotes, obispos y cardenales, que vienen a Mí, como el publicano,
(Lucas 18, 9-14) admitiendo su culpa, pues en esos corazones, Mi Palabra echará raíces y prosperará. Entonces, Yo quitaré el velo de sus ojos para que puedan ver y para que comprendan con su corazón que todo lo que necesitan es Amor. Amor y Adoración...

...

Yo, el Señor, pongo Mi Mano sobre su cabeza y los bendigo. Sean uno.


Yo te bendigo, hija Mía, ven a escuchar a Mi Madre.

Flor, siente Mi Presencia. Te amo, recuerda que Yo te defenderé como una leona defiende a sus cachorros. Seas bendita y escucha Mi Mensaje.

Mis pequeños hijos, no se resistan a los Llamados de Dios. Entréguense, apóyense en Él y déjenlo someter su corazón.

Escúchenlo y hagan los que Él les dice. Yo soy su Santa Madre que les recuerda a todos que la Palabra del Señor es Vida, la Palabra de Dios es Luz. Muchos de ustedes oyen Su Súplica de Amor, pero sin embargo tan pronto dejan este local, el mundo los atrae de nuevo hacia él, y así Su Súplica de Amor queda olvidada.

En Mi último Mensaje, Yo les pedía que meditaran y examinaran sus conciencias. Hoy les pregunto: ¿por qué tantos de ustedes que escucharon Mi Mensaje llegan ahora para escuchar un nuevo Mensaje, cuando el anterior no fue ni meditado, ni releído?

Mi Corazón Inmaculado los ama a todos, queridos hijos, y es por esto que hoy les pido que lean de nuevo Mi Mensaje anterior y lo pongan en práctica.

Yo los amo a todos. No olviden nunca que Mi Corazón Inmaculado es su bálsamo para sus dolores. Yo los bendigo a todos, en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.


Pasajes de la Escritura para leer y meditar: 1Tm 4,1-16; 1Tm 6,20-21; 2Tm 2,14-26; 2Tm 3,1-17.

 

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Tomado de los Mensajes de Vassula Ryden.

 

 

 

  

Del Sinaí al Calvario

Reflexiones sobre las últimas palabras de Jesús

Testimonio de Catalina 

PRÓLOGO

Quien se sumerge en el Misterio de la Pasión del Señor, no puede evitar los sentimientos de dolor y compasión, por los terribles tratos que los hombres dieron a su Salvador.

Como hombre, Jesús experimentó los peores dolores que pueda soportar un ser humano: ultrajes, golpes, ofensas, heridas en todo su cuerpo... Fue tratado como si hubiera sido un asesino, un enemigo de la humanidad.

Con expresiones muy impactantes, los evangelistas nos describen las circunstancias que acompañaron a Jesús en aquellos momentos fatales. Seguramente estos textos pasaron en reiteradas ocasiones bajo nuestros ojos, pero muchas veces en forma tan fugaz que no hemos podido penetrar en el mensaje profundo que contiene aquella realidad histórica.

El presente libro narra y describe algunos de los acontecimientos más relevantes de nuestra Redención. Durante dos meses, por varias horas diarias, Jesús invita a Catalina –la autora de estas páginas- a vivir, a contemplar sus últimos momentos en la cruz, y al mismo tiempo a meditar sobre sus últimas palabras.  Aquellas “últimas palabras”, que jamás perderán su fuerza, adquieren un significado particular a la luz de los acontecimientos que vive el hombre de hoy, empañado de materialismo, de violencia, de pérdida de sentido; enceguecido por su soberbia, al punto de atribuirse el derecho de manipular la vida, de sofocarla, de decidir sobre el destino de los demás… Sin duda, vivimos en un mundo marcado por la cultura de la rivalidad y de la muerte, que promueve el hedonismo en sus expresiones más aberrantes, mientras se formulan leyes cada vez más alejadas de la fe, de los verdaderos valores. Es como si en todo lo que el hombre hace, procurara excluir en forma sistemática y obstinada a su Creador, al grado que para muchos, hablar de Dios en la cultura de hoy, resulta un anacronismo, un atropello a la razón.

Mientras tanto, quienes creemos, estamos conscientes de que hay un gran debilitamiento en la práctica de nuestra fe, de nuestra capacidad y disposición para orar; de nuestro compromiso con Dios. La ausencia de razones para sostener la fe nos viene conduciendo a la pereza espiritual, a la pérdida del celo por las cosas del Señor, a la confusión y a las más diversas maneras en que se manifiesta el mal.

Observando este mundo, nos damos cuenta de que necesita un freno; necesita -como dice Juan Pablo II- una nueva evangelización, que haga resplandecer con renovadas fuerzas la presencia de Dios, que reoriente al mundo hacia Cristo, nuestra Esperanza; hacia su Misericordia; invitando a todos para que vuelvan a mirar la Cruz, para poder calmar la tormenta que el enemigo común ha desatado sobre el mundo, y para enderezar los caminos de los hombres.

Estas páginas son una invitación especial para ti, hermano sacerdote, hermano consagrado, hermano laico -que estás involucrado en la efervescencia de la actividad y del pensamiento humano- un llamado para que redescubras el significado del trabajo por los intereses de Cristo.

Hemos olvidado el valor de la cruz, del sufrimiento, de la penitencia; por esto no estamos respondiendo como debiéramos al mandato recibido, que es el de ir por todo el mundo y predicar la Buena Nueva del Evangelio.

Cuando Jesús le habla a Catalina refiriéndose a los consagrados le dice: “Di a las almas consagradas que la cruz que llevan no es solamente para que adorne su pecho […] deben revestirse de ella, deben aprender a ‘acomodarse’ en ella en lugar de huir de ella […] no pueden ambicionar el Tabor sin antes pasar por el Gólgota [...] En la cruz es donde se aprende la caridad, la humildad, la pobreza de espíritu, la templanza…” Pero resulta que, con la mentalidad de hoy, todo lo referido a la cruz, al sufrimiento, a la renuncia, nos parece obsoleto; huimos de todo aquello que implica penitencia o mortificación, no le vemos sentido...

Sin embargo, las palabras de Cristo en el Evangelio “¡Si quieres seguirme toma tu cruz y sígueme!” no han perdido vigencia. Si de veras estamos dispuestos a configurar nuestra vida a la Suya, entonces veremos que son muchas las vestiduras mundanas de las que tendremos que despojarnos y liberarnos.

Cristo sigue sufriendo en los miembros de su Cuerpo místico, sufre en el anciano abandonado, en el pobre, en el enfermo, en el encarcelado, en el hambriento, en el huérfano… ¿Será que podemos aliviar este dolor? Tomar conciencia de ello es comenzar a curar las llagas y las heridas mismas de Cristo.

La actitud pasiva es propia de aquel que está siendo domado por el enemigo. El enemigo común no molesta a quienes ya tiene sujetados, éstos de hecho niegan su existencia, niegan el infierno, creen estar libres de las tentaciones porque ya todo les parece normal; han perdido la conciencia del pecado y por ello no necesitan evangelizar; están convencidos de que su vocación consiste, en el mejor de los casos, en amar a su prójimo como a ellos mismos, pero olvidándose de cultivar su relación personal con Dios a través de la Cruz.

Ha llegado el momento de abrir los ojos a esta realidad terrible que está diezmando a nuestra Iglesia. La falta de convicciones, la ausencia de un compromiso serio, la falta de oración, son síntomas que muestran claramente que nuestro enemigo no está dormido, sino que obra incesantemente para arrebatar almas y arrancarnos de nuestros deberes. Este texto es un grito desesperado de Jesús a la Iglesia y a la humanidad, para que todos reconozcamos nuestra necesidad de vivir una verdadera y profunda conversión.

11 de enero de 2004

Día del Bautismo del Señor

 

8 de diciembre de 2003

Día de la Inmaculada Concepción

Me insta nuestro Señor a escribir este nuevo libro, cuyo contenido está basado en todo lo que me fue revelado durante casi dos meses y medio.

Por mucho tiempo no supe cuándo ni cómo debía comenzar a escribir este testimonio; aunque estaba segura de que lo haría en una fecha de gran importancia para la historia de nuestra Salvación.

Y resultó ser justamente hoy, cuando la Iglesia conmemora el día de la Inmaculada Concepción de aquella Mujer, que con Su “Sí” hizo que se cumpliera el mayor acto de Misericordia de Dios para con los hombres: la venida de nuestro Redentor al mundo.  Este pequeño libro contiene nuevas enseñanzas acerca de las Palabras de Amor y Sabiduría, de Abandono a la Voluntad del Padre en medio del más atroz dolor, de Piedad y Misericordia hacia la humanidad, de Valentía y de Donación al hombre.  Estas son las últimas horas de Jesús en la Cruz y que hoy son recreadas, con el objeto de que medites sobre ellas, que profundices y vivas junto a nuestro Salvador los últimos momentos de Su vida como Hombre, antes de retornar al Padre y enviarnos al Espíritu Santo.

A Este Santo Espíritu de Dios encomiendo nos guíe a través de estas páginas, suplicando Su asistencia y consagrándole mi pobre trabajo, para que de alguna manera pueda ayudar en la salvación de las almas.

“Cuando llegué al Gólgota, Me encontré con que acababan de

crucificar a dos reos. Gritaban, se retorcían y Me inspiraban lástima,

a Mí que estaba en peor condición física que ellos…”, me había dicho

el Señor al empezar mi meditación de aquel Primer Viernes.  Pude ver cientos de personas, hombres que iban a ser crucificados, caminando lenta pero desesperadamente, gritando, blasfemando; con los ojos llenos de terror y de odio, de deseos ciegos de venganza. No iban todos juntos, me daba cuenta de que eran escenas de distintos días y horas. Pero había un común denominador en ellos: todos eran condenados a la cruz, y casi todos decían las mismas palabras y proferían similares insultos y amenazas a quienes se habían convertido en sus verdugos.  En más de tres ocasiones vi que se acercaba uno o varios soldados a alguno de estos condenados y sacando un cuchillo o espada le cortaba la lengua para que se callase, y todo aquel camino hacia la muerte, se hacía aún más horrible y doloroso.  Apareció ante mis ojos la escena del Viernes Santo. Este condenado a muerte era distinto. Golpeado… mil veces más herido que cualquier otro, coronado con un casco lleno de espinas largas que habían destrozado su piel, incrustándose en su carne; lleno de sangre y polvo, afiebrado, temblando y con los ojos muy irritados por el sudor y las heridas; pero Su mirada estaba llena de paz, de piedad, de tristeza, y en ciertos momentos hasta se percibía en ella alegría, cuando volvía a Él la certeza de que ese sufrimiento salvaría a la humanidad de la muerte eterna.  Los otros insultan, maldicen, se retuercen. Él calla, no sale una queja de su boca, tan solo bendiciones y palabras de perdón.  Contrariamente a lo que nos dirían los valores de este mundo, podía verse claramente que Él es el Gran ganador, el Vencedor de la muerte; sus verdugos son los pobres instrumentos del demonio, quien junto a Judas, es el gran derrotado.

 

Primera palabra:

Cuando le arrancaron la ropa, todos esperaban en absoluto silencio que Aquel Hombre se rebelara o que pidiera perdón, misericordia ante sus adversarios. Unos esperan eso, que Él se rebele o suplique el perdón para aquella sentencia. Otros esperan que, como Hijo de Dios que dice ser, le suplique a Su Padre que haga llover fuego del Cielo, para castigar a quienes lo maltrataron tanto. Parece haberse detenido el tiempo para ellos, sin embargo Este Hombre apenas mueve los labios: silenciosamente, reza… Pero hay cuatro personas que esperan otra cosa: Juan, María Magdalena, María de Cleofás y la Virgen María. Y me parece que Jesús también espera algo distinto… También Él… Esperan ver a aquellas personas que fueron sanadas por esas Manos que ahora están siendo traspasadas. ¿Dónde están aquellos que escucharon Sus enseñanzas en el Monte de las Bienaventuranzas? ¿Dónde, aquellos que recibieron el perdón de Sus labios? ¿Dónde están los hombres que convivieron con Él por casi tres años?... ¿Dónde están los que Él había resucitado en el cuerpo y en el alma?

Lo que veo me lastima y sé que estoy lagrimeando. Entonces escuché la voz de Jesús, que habló y me dijo que no había pensado únicamente en ellos, sino en toda la humanidad; en todos nosotros, los de ayer y de hoy, aquellos que, a pesar de haberlo conocido y recibido tantos beneficios de Él, un día habrían de darle la espalda: unos por cobardía, por temor a la persecución, otros por miedo a las burlas por aceptarse Cristianos, otros por comodidad, otros porque creen que todo lo merecen y su egoísmo no los lleva sino a pensar en sí mismos. La mayoría, por indiferencia, por tibieza o por incredulidad y falta de fe.

Entonces me repitió las Palabras del Evangelio: “…y no tengas miedo, pues no hay nada oculto que no llegue a descubrirse. Lo que te digo de noche, dilo a la luz del día y lo que te digo al oído,

predícalo desde las azoteas…”

Por eso estoy aquí escribiendo, ayudada por Él, para que no estés entre aquellos a quienes Jesús se refiere con tanto dolor.  Habían terminado los soldados de colocar a Jesús sobre la Cruz.  Hasta unos minutos antes, sólo se había escuchado el golpe de los clavos, primero amortizado por Su Carne virginal y luego secos, contra el madero. Él no contestaba, Él perdonaba, Él rezaba y el silencio crecía en las gargantas esperando las primeras palabras o los alaridos del crucificado.

Cuando levantaron la Cruz en alto, el llanto de las mujeres rompió el silencio y entonces comenzó nuevamente el horror: los gritos, los insultos, las burlas, los escupitajos, ¡El desafío a Dios, en ese preciso instante en el que se enfrentan el odio y el Amor, la soberbia y la Humildad, lo diabólico y lo Divino, la rebelión y la Obediencia a la Voluntad de Dios!

Jesús me miró, y fue como si Sus ojos claros me levantaran, me despertaran de mis despojos para sentir que me perdía en la profundidad de aquel dolor… Comenzó a hablarme nuevamente, Sus Palabras hacían eco en mi corazón, como si de pronto se hiciera un enorme agujero. Tristemente dijo:

“Fui sometido a un juicio en el que no tenían de qué acusarme, puesto que nada malo había hecho. Jamás hubo en Mi boca una mentira, y aún los falsos testigos que fueron convocados ante ese juicio infame, para hablar en contra de Mí, carecían de toda coherencia en sus testimonios. Mi único pecado y la causa de Mi condena a muerte fue el afirmar algo que no podía haber negado ante nadie, que era el Hijo de Dios.”

Calló y yo sentía que estaba quebrada ante aquel tormento moral y físico. ¡Cuántas cosas pasaban por mi mente en segundos!  ¡Cuántos sentimientos que tal vez nunca podré explicar!  Poco después Su voz, con un tono varonil y calmo, con Palabras entrecortadas, despertó mi tiempo y escuché lo que tal vez nadie de los que allí estaban esperaba oír de labios de este condenado a muerte:

“Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen…”

Todos quedaron mudos ante estas Palabras, muchos de ellos estremecidos por el impacto,

acababan de reconocer ante Quién se encontraban.

¡Qué injusta ironía! Su sentencia fue por proclamarse Hijo de Dios. Porque osó llamar a

Dios “Padre”, “Abba”, o amado Papá, “Papito”, como muchos diríamos hoy. Por eso lo han

sentenciado… Y sin embargo está pidiendo a Su Padre, que tenga Misericordia para Sus

verdugos.

Está pidiendo que ese grave pecado no les sea tenido en cuenta por Su Padre Dios. Y con este

acto está dejando el mejor ejemplo de todo lo que transmitió en Sus años de predicación: Esta dando testimonio vivo, en los hechos, de lo que nos enseñó: Amar y pedir por los enemigos, por los que nos hacen daño.

Las Palabras que un día se oyeron de Sus labios en el Monte de las Bienaventuranzas, las estaba convirtiendo en hechos ahora, en el Monte llamado “Gólgota” o “de la Calavera…” ¡Cuánto había gozado satanás con la Pasión del Hijo de Dios! Sin embargo, si antes lo había hecho reír el dolor de Jesús, ahora con estas Palabras aullaba de ira, corriendo a meterse en aquellos monstruos que torturaban al Hijo del Hombre, a Aquel Hombre, por Quien “el ángel malo” o “diablo” fue echado del Cielo.  De este modo quería conseguir que la crueldad de los verdugos aumentase contra Jesús, al punto de desafiarlo y tentarlo a que se bajara de la Cruz. Ese hubiera sido el triunfo del demonio: que Jesús aceptara el desafío y con ello cayera en la tentación de la desobediencia y la soberbia.

El enemigo de las almas se retuerce de rabia porque se ha cumplido la sentencia: el Hijo de la Mujer del Génesis, estaba

pisando su cabeza contra el suelo al ganarnos la entrada al Cielo y no con espadas ni armas; no con tanques ni aviones de guerra, como se ganan las batallas en la tierra para

justificar nuestras miserias, sino con un Hombre destrozado en esa Cruz…

Ese Hombre que, así como perdonó a Pedro, a la mujer

adúltera, a la Magdalena y a tantos otros… de la misma manera pide perdón humildemente al Padre, para enseñarnos que la dulzura y el amor pueden más que la soberbia, que las humillaciones a los demás, que el látigo, la postura autosuficiente y la prepotencia.

Para enseñarnos que al noble, al sabio y al Santo se los reconoce por su sencillez y humildad y no por sus gritos o posesiones terrenas; por su calidad al aceptar el sufrimiento y no por hacer sufrir a los demás.

No, no hay Misericordia para Él. Pero Él sí pide Misericordia para ellos, para todos nosotros los hombres y mujeres, desde Adán y Eva hasta el último hombre que nacerá antes del fin del mundo.  Sabe que de este profundo dolor nacerá una Iglesia; ese es el grande y sabroso fruto -consecuencia feliz de la mezcla de agua y sangre que luego manará del Costado abierto- fruto de Amor de quien está dejando dos mandamientos en los que se resumen los diez dados por Su Padre también en otro monte: en el Sinaí a Moisés.

Si tú cumples esos dos mandamientos, se derramará sobre ti todo un río de Misericordia y serás salvado. Hay una sola condición para ganar esa Misericordia:

 “AMAR A DIOS POR SOBRE TODAS LAS COSAS Y AMAR A TU PROJIMO COMO A TI MISMO”. Él no Ha venido a abolir las leyes de los Profetas, sino a dar cumplimiento de ellas. Toda Su vida no ha sido otra cosa que dar cumplimiento a las profecías que sobre Él se dijeron en tiempos anteriores. Desde Su concepción en el vientre puro de una doncella… A los seres humanos nos ha costado tanto aceptar diez reglas a cambio de tanto Amor, de tantas bendiciones, del don de la vida, de la libertad de elección… que Dios mismo Ha decidido encarnarse en un vientre humano para demostrarnos que sí se pueden cumplir esos mandamientos.

Pero como nuestra miseria y egoísmo son tan grandes, Ha dado un paso más a favor nuestro, Ha decidido simplificarnos las cosas:

nos dice “Reconoce que tienes un solo Padre al que debes amar por sobre todas tus comodidades, por sobre todos tus seres queridos, por sobre todo el poder, el honor y el placer que te pueda ofrecer el mundo, y trata a los demás como si fueras tú mismo.”

“Ámalos con el mismo amor con que te amas, no menos. Respeta a los hombres y mujeres con el respeto y consideración que exiges de los demás. Sé capaz de dar todo lo que pides para ti y no hagas con los otros lo que no quisieras que hagan contigo…” Así de simple, así de sencillo, para que aún los niños y los que no son letrados, lo puedan comprender.

Yo sé que a este punto de tu lectura, hermano, sabrás que esto no va a ser fácil, no es empresa pequeña el despojarse de todo en favor de los otros: ¡Es heroísmo! De eso se trata precisamente la búsqueda de la santidad, y todo bautizado debe buscar el ser santo.

Si has tenido el valor de aceptarlo, no permitas que nada se interponga en tu camino. Vas a encontrarte con momentos en los cuales muchas circunstancias y demasiadas personas –queridas y no queridas, conocidas y desconocidas; de tu mismo credo y de otras religiones, de tu misma Patria y de otros pueblos- intentarán detenerte. Este es el momento en el que la virtud de la perseverancia es tan necesaria.

¿Cómo lo harás...? Tienes la certeza de que Jesús te ha dejado una Iglesia, para que te guíe cuando no sepas por dónde ir, te levante cuando estés caído, te perdone en Su Nombre; te acoja cuando busques albergue para tu alma, te forme con Su Palabra y te nutra con Su Cuerpo y con Su Sangre… Para que puedas convertirte en una prolongación Suya, en una diáfana manifestación de Su Presencia viva, para que irradies esa claridad y resplandor que es sello de quien es Testigo, de quien ha recibido los destellos de Su Luz y de Su Amor.

No pueden salvarnos nuestros méritos, porque no los tenemos ante la inmensidad de la Omnipotencia Divina. No vamos a salvarnos porque fuimos buenos padres, hermanos, hijos o amigos.  Esa es nuestra obligación. Seremos salvados porque Jesús Fue, Es y Será el Amor y está a la espera de que así lo aceptemos.  Este Amor, con Sus infinitos méritos Ha ganado el perdón para nosotros, lo Ha pedido a Su Padre desde la Cruz.  Muchas veces es tan grande el reproche de nuestra conciencia por un pecado cometido, o por toda una vida de pecados, que no pensamos que Dios pueda perdonarnos, que ya nos ganó el perdón, clava do en la Cruz del Amor… Jesús dijo que cuando pidamos el perdón de nuestros pecados durante la oración del Padrenuestro, recordemos que Él fue capaz de pedir el perdón para nosotros porque jamás sintió rencor contra nadie… Sólo un alma sencilla y humilde es capaz de pedir perdón por las ofensas de los enemigos. Eso requiere de mucho valor y entrega, que es la fórmula para despojarse de los bajos instintos que buscan lo ordinario: la venganza, el hundir a los otros para trat ar de sobresalir o al menos salir a flote uno mismo...

¡Ah, pero eso sí! Absolutamente todos, estamos obligados a perdonar las ofensas que nos hacen, en la medida en que queremos que Dios nos perdone.

Si decimos que “perdonamos pero que no olvidamos”, estamos pidiendo al Padre que haga lo mismo con nosotros. Si, por el contrario, de corazón perdonamos las ofensas que nos hacen y al rezar pedimos que Dios nos perdone, así como lo hacemos, entonces sí estamos en condiciones de suplicar que, al haber actuado con Misericordia, Dios nos otorgue Su Misericordia.

Jesús dijo después: “En Mi Corazón atormentado por el sufrimiento, hubo un sentimiento de piedad por otro ser que sufría cerca Mío: el hombre que estaba crucificado a Mi derecha, Dimas, llamado ‘el Buen Ladrón’. Me contemplaba con piedad, él que estaba también sufriendo.”

“Con una mirada aumenté el amor en ese corazón, pecador, sí, pero capaz de sentir piedad por otro hombre. Ese malhechor, ese bandido que pendía de una cruz fue otra Magdalena, otro Mateo, otro Zaqueo… otro pecador que Me reconocía como al Hijo de Dios… y por eso quise que Me acompañara en el Paraíso aquella misma tarde, para estar Conmigo cuando Yo abriera las puertas del Cielo para dar entrada a los justos.”

“Esa era Mi Misión y esa es la misión de ustedes: abrir las puertas del Cielo para los pecadores, para los arrepentidos; para los hombres y mujeres que son capaces de pedir perdón, de poner su esperanza en la existencia de la vida eterna y colocarla junto a Mi Cruz…”

“Dimas, el Buen Ladrón a Mi derecha y Gestas, ‘el Mal Ladrón’ a la izquierda. El de la izquierda lleno de odio, el de la derech a, cambiado en un instante, al escucharme decir aquellas Palabras: “Padre,perdónalos, porque no saben lo que hacen”.

“Ese hombre, ante Mi Presencia serena, sufriente sí, pero no desesperada -la Presencia del portador de la Paz- sintió quebrarse muchas cosas dentro de él. Ya no quedaba lugar para el odio, no había lugar para el pecado, para la violencia, para la amargura.”

“Sólo un corazón bueno es capaz de reconocer lo que viene del Cielo y Dimas lo estaba reconociendo ante sí. Yo pedía perdón para quienes Me estaban crucificando, estaba clamando Misericordia para los pecadores como él y su pequeña alma se abrió para aceptar esa Misericordia.”

“Por eso, cuando oye decir a Gestas, el Mal Ladrón burlándose de Mí, que si Yo era el Hijo de Dios Me salvara y los salvara también a ellos, Dimas siente temor de Dios, sabe que la vida de ellos ha sido miserable, tan sucia que tal vez merecían un sufrimiento mayor del que estaban pasando.”

“Ese temor, ese reconocimiento de la Luz que brillaba frente a él, lo hace contestar: “¿Es que no temes a Dios, tú que sufres la misma condena? Y nosotros con razón, porque nos lo hemos merecido con nuestros hechos; en cambio éste, nada malo ha hecho.”

En este punto, el Señor me permitió presenciar la mirada que Él cruzó con el Buen Ladrón. Una mirada de gratitud, una mirada de perdón, la mirada de un padre que se siente complacido con la respuesta de su hijo.

Hay una nueva escena ante mis ojos, y comprendo que Jesús me permite ver lo que estaba recordando, lo que había sucedido no mucho tiempo atrás, cuando Él comenzó a convivir con Sus discípulos… Veo a Jesús eligiendo a Sus seguidores. Uno a uno, los mira, profundamente, amorosa pero firmemente, con mansa autoridad, aquella autoridad que no es prepotencia, sino el fruto de una convicción ante la que nadie puede negarse, y los invita a seguirlo.

De aquellos días, dijo Jesús: “Quise que fuesen Mis discípulos, Mis

hermanos, Mis amigos. Es uno mismo quien elige a sus amigos y Yo elegí a los Míos… ¡En cuántas oportunidades tuve que poner paz entre ellos para enseñarles el valor de la amistad! Aún hoy trato de enseñarles a los hombres el sentido comunitario y agápico de esta relación: amistad Conmigo y con los demás.” “Los amaba, no sólo como Dios, sino también como Hombre. Podía conversar con ellos, podía jugar con ellos, y de hecho, lo hice… Cuando bajábamos a bañarnos en el río, jugábamos echándonos agua, como niños. Tirábamos piedras, como en un concurso y festejábamos con aplausos y risas las piedrecillas que más velozmente y más lejos saltaban.”

“Trepábamos a los árboles, como lo hace cualquier joven. Hacíamos carreras, subíamos a los montes para orar o para comer nuestra pequeña merienda. Compartíamos anécdotas y risas, como todos los hombres lo hacen cuando viven en comunidad, pero siempre concluíamos esos encuentros con una oración de gratitud al Padre, por permitirnos vivir aquellos momentos.”

“Tampoco fueron pocos los días en que no teníamos tiempo ni siquiera para comer, pero siempre procuré hacer las tareas de ellos para que apreciaran el ejemplo. Mi alimento era hacer la Voluntad de Mi Padre, ese era Mi objetivo, Mi descanso, Mi felicidad...” “Podía instruirlos y escuchar sus inquietudes, sus secretos, y aunque veía en el fondo de ellos, Me sentía feliz de que quisieran hacerme partícipe de su intimidad. A Mi vez, les di tanto amor, paciencia, instrucción, abrazos… Todo lo que puede darse a un amigo… Pero, no era suficiente, debía dar la vida por ellos y no dudé en hacerlo.”

“Por eso estoy clavado agonizando en esta Cruz, por ellos, por todos ustedes…”

¡Dios mío, cuánto dolor y cuánto Amor!

Vi resbalar dos lágrimas de los grandes ojos de Jesús y hubiera dado la vida por secarlas con mis labios. ¡Tan dolorosas y llenas de Amor! Entonces comprendí que nadie merece las consideraciones de Jesús. No las merecieron Sus discípulos y amigos entonces, no las merecemos nosotros hoy.

 

Segunda Palabra:

Jesús estaba solo y en ese momento encontraba en Dimas todo el amor que habría querido encontrar en Sus Apóstoles. Aquel hombre hasta se había atrevido a defenderlo, mientras los otros, los que Él amaba, excepto Juan, cobardemente habían huido para no comprometerse y caer junto a Él.

Tal parecía que los suyos, en más de 2 años no habían sido capaces de creer verdaderamente en Sus Palabras, de lo contrario estarían allá, junto a Él.

Este hombre, Dimas, en unos minutos había creído en Su parte Divina, con oír de sus labios unas palabras, una súplica al Padre; había descubierto la Verdad y el Camino hacia la Vida… Estaba viendo a Jesús agonizar, con la Paz de los que no tienen nada qué temer, con la Esperanza de los que saben que hay algo en qué esperar. Dimas quiso creer en ese “algo” porque estaba frente a la Esperanza misma.

Con mucho cansancio por el esfuerzo y por el dolor, pero con la emoción de haber visto la Luz, pronunció las palabras que lo llevarían a la santidad: “¡Jesús, acuérdate de mí cuando estés en Tu Reino…!”

Esas palabras equivalen a las que hoy decimos en el confesionario “Padre, perdóneme, porque he pecado” La noche anterior, mientras Jesús sufría el principio de Su Pasión para salvar a pecadores como cada uno de nosotros y como Dimas, el “buen ladrón” no sospechaba siquiera que saldría de su prisión insultado, escupido, repudiado, en calidad de “un maldito más”, para encontrarse con la Fuente del Amor Misericordioso.  Ignoraba que al atardecer llegaría al Palacio del Rey de Reyes, del brazo del Príncipe de la Paz.

Y Jesús miró en ese malhechor al amigo. Porque amigo es aquel que confía en uno, que le entrega su confianza sin temores. Amigo es aquel que se apiada de ti en tus momentos de sufrimiento, no aquel que añade sal a tus heridas… Amigo es el que quiere permanecer a tu lado y llegar contigo hasta el final, sin escuchar los gritos de los condenados, de los que acusan, injurian, insultan y quieren verte morir de la forma más terrible, porque su corazón está lleno de crueldad.  Esa mirada de Jesús reemplazó el abrazo que ansiaba darle, así como hoy abraza a todo aquel que le confía y consagra su alma.  En medio de Sus lágrimas y espasmos, sonrió y con una voz llena de ternura prometió:

“En verdad te aseguro que hoy mismo estarás Conmigo en el Paraíso”

Una vez más, Jesús tendiendo Sus brazos amantes al pecador; ensalzando aún por

encima de los justos al que se arrepiente y humilla.

En efecto, no va a ser el más santo de los que hasta ese día murieron quien entre

primero en la Gloria. Ni siquiera van a ser los Profetas y Mártires quienes ocasionen la

“fiesta en el Cielo.” Es un ladrón, un asesino tal vez, un hombre repudiado por la

sociedad… el primer Santo canonizado en vida y por el mismo Jesús: “San Dimas”.

Dicen que los polos opuestos se atraen: La pobreza cautiva al Señor, la miseria lo atrae, el pecador es Su gran desafío. Por eso se abajó hasta nuestra condición humana, para que unidos a Él nos liberásemos de toda atadura. Por eso, nuevamente se encuentran las dos orillas: de un lado las manos vacías del hombre y del otro, el Amor Infinito de Dios. Dos orillas tan sólo unidas por dos sentimientos, por dos actitudes: la humildad y la Misericordia, que juntas construyen siempre el puente de la salvación.  ¡Dichoso tú, Dimas, que fuiste merecedor de la primera gota salvífica de la Sangre del Redentor, tan sólo por la fuerza de tu Fe y Su infinita Misericordia! Feliz tú, hermano mío, que no ocasionaste a Jesús la decepción que le proporcionan hoy muchos de aquellos que deberían reconocer Su voz y amarlo más.  Bienaventurado tú, Buen Ladrón, que fuiste capaz de olvidar tus sufrimientos, para compadecerte de otros.

Por eso mereciste la Gracia de que Dios mismo te diera la absolución, transformando tu pecado en hoguera resplandeciente del Amor Divino: porque fuiste valiente aún para dar una enseñanza a tu compañero Gestas y por tanto, desde tu cruz, estabas evangelizando, a ejemplo de Aquel a quien acababas de conocer.

Así pues Dimas estaba dando a su compañero, todo su patrimonio a la hora de la muerte; le ofrecía todo cuanto poseía: fe, una fe nueva pero firme; la esperanza en la Misericordia del Señor para obtener la vida eterna y la caridad, al invitarle a compadecerse con el Sufriente.

Ahora me pregunto y pregunto a todos mis hermanos: ¿Y nosotros, qué somos capaces de dar por este Amor que se entrega para salvarnos? ¿Tal vez lo que nos sobra...?

Y nos sentimos “generosos” cuando damos algunos alimentos o vestuario u otro tipo de ayuda material a quienes más la necesitan, pero... ¿Cuántas veces estamos conscientes de que es obligación nuestra el dar a nuestros hermanos algo más que pan y ropa?  No me cabe la menor duda, estas cosas son necesarias y mucho más en tiempos de carestía, de hambre o de dificultades, pero tendremos que tener presente que “no sólo de pan vive el hombre…” Y si estamos conscientes de que las riquezas materiales, o el tener mucho qué comer y beber, no producen la felicidad verdadera en el hombre; que existe una permanente insatisfacción en los que viven en la lujuria, en la avaricia y otras concupiscencias de la carne...  Si aprendimos que la fama y los honores no nos conducirán a la verdadera felicidad, porque son glorias efímeras, transitorias...  Si comprobamos que no es imprescindible ni la salud del cuerpo, ni la risa grosera y el bullicio, ni las amistades únicamente mundanas, para vivir feliz de verdad….

¿Por qué no estamos llevando a Dios a nuestros hermanos, por qué no les estamos llevando Su Palabra, el Amor que hemos conocido, la Fe que nos hace testigos? ¡No nos damos cuenta de la gravedad de nuestra omisión!

Dios ama a quien da con alegría. Dios cubre nuestras necesidades. Cuando damos con felicidad, con alegría, nuestra fe y nuestro amor, entonces estamos llenos, como un granero inmenso del cual otros podrán venir a recoger buen grano para llevarlo, a su vez, a los más necesitados.

Durante uno de los encuentros que tuvimos en estos días, al llegar

a este punto Jesús me dijo: “El núcleo de Mi Mensaje fue esa

felicidad de la que Yo gozaba y que era fruto del Amor y la entrega a Mi Padre y a ustedes, los hombres. Todo lo que dije e hice, fue para que de Mi profunda alegría se contagiasen también los demás; para que el gozo de Mis discípulos fuese verdadero y llegase también a su plenitud, como el Mío.”

“Hija Mía –continuó el Señor- esta dura lucha que Estoy viviendo, con la carne lastimada que clama sus derechos, con las tinieblas que se ciernen a Mi alrededor y lejos de aquellos por quienes doy la vida, hacen que sienta una angustia de muerte, llevando en Mi Ser todo el Amor que siento por las criaturas que esperan redención. La angustia y la pena añaden dolor a Mi Cuerpo, cada vez más debilitado por toda esta sangre que se escurre por Mi piel a consecuencia de esta durísima prueba.”

“Felices de ustedes, los que aceptan compartir Mis dolores y Mis amores; dichosos quienes aceptan voluntariamente esta comunión con Mis sentimientos más hondos, este compenetrarse con Mis deseos de entrega más profundos; este vivir Mi misma condición de crucificado en la extraordinaria lección que no se acaba nunca.”

Tercera Palabra:

Mi Señor levantó un poco la cabeza como queriendo liberar Sus ojos de la sangre que entraba en ellos, para mirar una vez más a esos dos seres que tanto había amado y que ahora se quedaban como testimonio Suyo: Su Madre y Juan, el hermano, el amigo, el hijo... quien, tal vez por ser el más joven y el más puro entre los Apóstoles, se identificaba mejor con Jesús.

Precisamente Juan, después escribiría el Evangelio del Amor de Dios y hablaría de María, la Mujer del Génesis: la Madre del Hijo de Dios, la “Llena de Gracia”, la perfecta colaboradora, discípula y a la vez educadora de Jesús. María, nuestra amorosa y dulce Madre.

Jesús me dijo en ese instante: “Cuando hablé en la montaña aquel

día sobre las Bienaventuranzas, tenía a Mi Madre frente a Mí, escuchando atenta, aprendiendo… -Felices los pobres en el espíritu… Felices los puros de corazón… Felices los humildes y sencillos… Felices los que sufren y lloran… Felices los que son odiados y perseguidos por mi causa…- Y pensaba en todos los hombres que serían llamados Bienaventurados o Felices, tomando como modelo a María.”

En ese momento, Ella se acercó más hacia la Cruz donde estaba clavado ese Cuerpo que era carne de Su carne. Sabiendo que quedaba poco tiempo, María le dice interiormente: “¡Hijo Mío y

Señor Mío, llévame Contigo…!”

Jesús la miró con una ternura y un dolor inefables. Ahí estaba Ella, la Mujer del Génesis, la Mujer de las Bodas de Caná, la Mujer del Apocalipsis; la Mujer que había sido destinada, elegida, formada para ser Su Madre en la tierra...

Esa mirada de Jesús reclama de todos un respeto profundo y verdadera piedad por quien ahora está viviendo los dolores profetizados por Simeón en el Templo el día de Su Presentación...  ¡Una espada está atravesando su alma!

Después de haber tenido la visión de ese momento, el Señor me dijo: “Mi Madre estuvo siempre destinada a ser la Mujer que con Sus sufrimientos Me ayudaría en la redención de los hombres... Deben saber que aquel día, en la Boda de Caná, cuando le dije que no había llegado aún Mi hora, me refería precisamente a este momento: la hora en la que Me marcharía para que Ella continuase Mi Obra en la Iglesia que nacería de Mi Costado.”

 

“Quiso el Padre convertirla en Madre del “Fruto” de Su Amor, Yo quise convertirla en Madre del Fruto de Mi Pasión y Mi Cruz: Mi Iglesia. Madre de la Iglesia y Madre de los que creen en Mi Nombre y se hacen Hijos de Dios.”

“Esta Mujer, que habiendo dicho Sí a la Voluntad del Padre cuando le fue anunciada Mi Encarnación, que toda Su vida no fue otra cosa que un ‘Sí’ al Divino Querer, va a convertirse ahora en la primera cosechadora del fruto del grano de trigo muerto. Y para ello tendrá que ser igual a Mí en Misericordia para con el mundo.” “Ya lo ves, pequeña nada, ahora contemplando este momento puedes comprender con mayor facilidad por qué el sufrimiento humano tiene sentido cuando es sobrellevado por amor, queriendo dar cumplimiento a la Voluntad Divina; y es que el mayor dolor, por intenso que sea, no mengua la felicidad en el corazón de alguien que se dulcifica con el mayor Amor” “La verdadera felicidad radica en el amor a Dios y como consecuencia a los hombres. Un amor que es donación generosa, capaz de dar la misma vida por agradar al Padre.”

“Ha llegado Su hora y Mi hora: Yo vuelvo al Padre, pero Ella deberá quedarse y suplicar como Yo suplicaba para que no se pierdan los Míos. Debía decirle, debía recordarle que era la Mujer del Génesis, que si bien Nuestros Corazones se estaban desgarrando de dolor, Yo debía marcharme y Ella quedarse para que se cumpla la sentencia de Dios: “Enemistad pondré entre ti y la mujer, entre tu linaje y su linaje; él te pisará la cabeza mientras acechas tú su calcañar” (Gen 3,15)

“Di a todos Mis hijos que postren su corazón ante esta meditación, porque es uno de los momentos más culminantes en la historia de la salvación del hombre. Voy a encomendar la humanidad a la que será ‘Medianera’ entre el hombre y Yo.”

“Ha llegado la hora del Génesis, la hora de completar el milagro iniciado en Caná. Es el momento en el que debo pedirle que adopte a Juan y en él, que adopte por hijos Suyos a todos los hijos de Dios, a todos Mis hermanos. Mi camino se transformó en Su camino, y deberá beber hasta la última gota del cáliz amargo del sufrimiento:

Está entregando a Su Hijo por cumplir la Voluntad Divina y deberá convertirse en Madre de la humanidad; pero luego la humanidad, representada en Mi Iglesia, repetirá Sus laudes y Su gloria resplandecerá cuando el Universo se incline ante la Reina de todas las virtudes.”

“Es preciso que nuevamente Su Corazón Inmaculado se abra a la

Voluntad Divina y Su obediente Amor sea más fuerte que Su humilde

Dolor… Ella debe recordar que es la Mujer de ayer, de hoy y de

mañana: Antiguo Testamento, Evangelio y Apocalipsis…”

“Es preciso que Ella tenga un nuevo parto:”

“Mujer, ahí tienes a tu hijo…

Hijo, ahí tienes a tu Madre…”

Nuevamente la Virgen Ha obedecido, Juan se arroja en Sus brazos llorando y Ella, muy

agotada por la tristeza, pero digna, Señora como siempre, majestuosa en su sencillez,

que no necesita de artificios para mostrar su hermosura…serena y dulcemente abraza a

Juan.

Sabe que el parto llegó nuevamente para Ella. Sabe que este parto es muchísimo más

doloroso que el otro. En el primero, se le encomendaba al Hijo de Dios, al Santo, a un

niño puro como Ella que le traería alegría, sabiduría, risas y bendiciones en cada uno de Sus besos.  En este otro parto se convertirá en Madre de la humanidad entera y muchísimos no sólo no querrán reconocerla, sino que la ofenderán.  Otros, por atacar a la Iglesia de Su Hijo, la llamarán “demonio”, cuando Ella venga una y otra vez a la tierra en busca de las ovejas perdidas que ama el Pastor.

En el primer parto, Sus brazos acunaron una hermosa criatura que en Su carne fresca, tierna, recibía los besos dichosos de una joven Mamá. Ahora Sus brazos recibirán a Su Hijo muerto, torturado y ensangrentado por salvar a hombres miserables, que por culpa de sus pecados lo dejan así, irreconocible, como un día había sido profetizado por Isaías.

Sabiendo todo esto y viendo a Su Hijo en ese estado, moribundo, oyéndolo… obedece y consiente en adoptar como hijos suyos a todos los hombres, también a los malhechores, a las prostitutas, a los ateos, a los asesinos, a los ladrones, a los mentirosos, a los que sucesivamente y por todo el tiempo que dure la vida en la tierra, irán ofendiendo, combatiendo y negando a Dios.

Nos recibe a los de ese y a los de este tiempo, y con ello viene el parto: Acaba de dar a luz a la Iglesia de Su Hijo. Así como un día el Espíritu Santo depositó en Sus purísimas entrañas al Verbo para traer la salvación al mundo, hoy el Hijo deposita en Su Corazón Inmaculado a la humanidad, para que en Ese Recinto sagrado pueda hallar refugio el pecador que quiere salvarse.

No, no es fácil lo que le encarga el Señor y Ella lo sabe porque Dios la colmó de dones; pero además, le regaló el Don de ser la “Omnipotencia Suplicante”. Ese don que consiste en la súplica permanente fue, y aún es hoy, la llave secreta para abrir el Corazón de Jesús.

El Señor me dijo: “Ella sabía que tendría que suplicar por cada uno

de ustedes y deberían aprender de María… De niño Yo seguía Sus pasos, para que después Ella siguiera los Míos. Fue tan íntima Nuestra unión, tan perfecta, que sentía todos Mis sentimientos y conocía todos Mis pensamientos, porque en Mi Santo Espíritu, del cual estaba llena, todo le era conocido. Así es como Ella estaba en Dios y Dios estaba en Ella. Por eso Su vida era silenciosa y orante.” “El hombre de hoy, cuando encuentra dificultades en la vida, reflexiona, vacila o discute, en lugar de rogar. Muchas veces el demasiado reflexionar sobre los problemas es una huída a lo imaginario, mientras que la verdadera oración es siempre el retorno a lo real.”

“Cuando Mi Madre se encontraba en una situación difícil, no se ponía a reflexionar y a planificar, sino que oraba. Por eso podía donarse en una forma total, porque súplica y donación están íntimamente unidas.”

“La súplica de María tiene el valor del regalo que Dios espera de ella:

es el mayor regalo, la manera más perfecta de darse. La súplica no es verdadera, no es pura, deja de ser cristiana, si no es una manera de darse.”

Contemplo nuevamente a Jesús y me viene a la memoria el Salmo 22, 16-17, que dice: “Seco está como un tejón mi paladar, mi lengua está pegada a las fauces, y me has echado al polvo de la muerte. Me rodean como perros, me cerca una turba de malvados, han taladrado mis manos y mis pies…” Qué madre, frente a algo tan atroz como el ver a Su Hijo crucificado, habría podido soportar tal sufrimiento? Contemplé a la Virgen y sentí tanta piedad que el amor por Ella iba creciendo en intensidad, en respeto, en admiración. Pensé que Su espíritu, a pesar de tanto dolor, albergaría la esperanza en la Omnipotencia Divina, pero Su humanidad sufría profundamente esa enorme prueba.

Recordé una meditación del Vía Crucis que recita una parte del

Cantar de los Cantares: “Buscaba al amor de mi alma, lo busqué y

no lo encontré. Me levanté y recorrí la ciudad por las calles y las plazas, buscando al amor de mi alma. Lo busqué y no lo encontré... Me encontraron los centinelas, que andaban de ronda por la ciudad. ¿Han visto a mi amado? Apenas los había dejado cuando encontré al amor de mi alma.”

Recordé también al Profeta Jeremías que dice: “... Ustedes que

pasan por el camino, miren, fíjense bien si hay dolor semejante al dolor con el que el Señor me ha herido...”

Años atrás Jesús, al revelarme lo que sucede durante la Celebración de la Eucaristía, había dicho que ninguna Madre alimentó nunca a su hijo con su carne y que El sí había llegado hasta ese extremo del Amor dándonos como alimento Su Cuerpo y Su Sangre.

Ahora, al contemplar ese Cuerpo del cual colgaban lonjas de piel y carne, apreciaba exactamente lo que quiso decirnos, y mi corazón se sintió tan culpable, que pedía dejar de latir en ese momento para no sufrir lo que estaba yo sufriendo. ¡Imaginemos lo que estaría sintiendo en ese momento la Santísima Virgen!  Hoy, cuando comprobamos cuánto se ha degradado la mujer, pisoteando su pudor, para entregarse desvergonzadamente a la mirada sucia de tantos hombres...

Cuando vemos a todas esas jóvenes que se vanaglorian de

exhibirse en fotografías desnudas porque están orgullosas de que

sus cuerpos, a veces perfectos en belleza, hayan sido elegidos

para mostrarse cual barata mercancía, o como si fuera carne

fresca colgada de ganchos en los mercados…

¿Es que no se nos ocurre pensar, ni queremos creerlo, que ese

cuerpo es TEMPLO Y MORADA DEL ESPIRITU SANTO...?

Nuestro amor debería admirar más la pureza de María. No debería ser tal o cual modelo la que inspire a nuestras hijas, porque la carne es carroña que se pudre y la belleza más grande se envejece para acabar convertida en polvo.

Todas las mujeres deberíamos tener como modelo a María, imitar Su pureza, Sus delicados y auténticos movimientos realizados siempre con aquella femineidad y sobriedad que da mayor Gloria a la Creación de Dios y no entristece al Espíritu Santo.  Y es que lamentablemente muchas mujeres, al convertirse en entes que se mueven por el mero instinto y el puro afán de seducción, con ademanes que de tan exagerados resultan groseros, terminan por atentar contra la misma estética que supuestamente buscan.

No podemos convertirnos en piedras de tropiezo, pues un día deberemos rendir cuentas a Dios por cada uno de los hombres que a causa de nuestro impudor pecaron, ya que no es tan culpable aquel que peca mirando como aquella que se descubre incitando al pecado.

Que Dios se apiade de nosotras, las mujeres que no tuvimos el interés de reconocer a María, la Llena de Gracia, como un posible modelo a imitar.

“¡Oh!, ustedes, por quienes He dado Mi vida, Tienen ahora una Madre a la que pueden recurrir en todas sus necesidades. Los He unido a todos con los más estrechos lazos, al darles a Mi propia Madre.”

Cuarta Palabra:

La enseñanza de Jesús en este momento consistía en mostrarme Su Rostro y dejarme ver que estaba muy pálido, detrás de ese baño de Sangre. En ese momento el cielo empezó a oscurecerse, hasta ponerse casi como si fuera de noche, era como si hubiera un eclipse.

Los oscuros nubarrones presagiaban tormenta, decenas de relámpagos zigzagueaban en el horizonte y truenos muy fuertes retumbaban haciendo temblar la tierra.

De pronto aparecieron centenares de Ángeles alrededor de toda la escena. En un movimiento conjunto, perfectamente sincronizado, todos ellos se postraron para adorar a Jesús, con las manos juntas y en silencio, mientras sus brillantes rostros reflejaban una profunda tristeza. Él Tenía la lengua y los labios muy secos, pastosos. Nuevamente Su voz adquirió un matiz cansado, como si

le costara hablarme, y me dijo: “Contempla esta escena, querida Mía y aprende que los Míos no pueden marchar sin cruz por la vida.” “Ve y dile al mundo lo que estás aprendiendo, y si quieren callarte, grita más fuerte todavía, por la fuerza del amor que te une a Mí, como unidos están estos dos maderos para formar un instrumento de salvación para el género humano.”

“Di a las almas consagradas, que la cruz que llevan, no es únicamente para que adorne su pecho o los identifique superficialmente Conmigo. Primero deben revestirse de ella, aprender a ‘acomodarse’ en ella, en lugar de huir de ella. Diles que no pueden ambicionar el Tabor si no han pasado antes por el Gólgota; que aquí, en la Cruz, es donde aprenderán la caridad, la humildad, la pobreza de espíritu, la templanza en todos los actos de su vida.”

“Asegúrales que Yo doy prueba y testimonio de que, desde la experiencia de la cruz, se puede vencer fácilmente al demonio.  Contémplame: Soy verdadero Hombre, en el cual la carne manifiesta sus limitaciones, y verdadero Dios al demostrarles la fuerza implacable del Amor agápico.”

“Oren por aquellos que no conocen de sufrimientos, porque de cierto, no están entre los Míos… Observa a estos dos condenados que Me flanquean y medita acerca de las formas en que los hombres llevan sus cruces.”

“Unos la llevan con rabia, con rencor, en medio de mucho pesar.  Quien carga una cruz en semejantes circunstancias y con esos sentimientos, de hecho carga una cruz que no tiene sentido, puesto que en lugar de acercarlo, lo aleja de Mí. Por lo general esa es la cruz de aquellos que se niegan a comprender el sentido del sufrimiento que adquiere dimensiones sobrenaturales. Esa es la cruz que tiene el ladrón de Mi izquierda: es la cruz que siempre será pesada y que nunca podrá redimir.”

“Dimas, a Mi derecha, acepta su cruz con resignación, y hasta con dignidad, asumiéndola primero, porque no le queda más remedio.  Pero de pronto, cuando Me reconoce y sabe que Soy el Hijo de Dios, acepta esa cruz reconociéndose pecador y pidiendo que a través de ella, la Misericordia se acuerde de Él.”

“Finalmente, Me tienes a Mí aquí, frente a ti. Abrazado a Mi Cruz redentora, para enseñarles a cargar la suya. Los invito a ser corredentores Conmigo, reparando sus propios pecados y los de todos los hombres. Sepan que esta forma de cargar la cruz se refleja en su conducta, cuando frente a ustedes tienen contrariedades y dolores y a través de ellos se acercan a Mí, y sacan utilidad de ellos para testimoniar ante los hombres; cuando abrazan su cruz y desde allá pueden sentir que lo único que desean es fortaleza, porque la sed de almas los abrasa a ustedes.”

“Tengo Sed…”

“Sí, tenía la boca y la lengua secas, estaba deshidratado y la fiebre Me quemaba, por

eso tomaron una lanza y con un estropajo, pusieron en Mis labios hiel y vinagre, para

burlarse aún más cuando se Me ampollase la boca.”

“Cuando dije tengo sed, aún tenía la vista fija en Mi Madre, en Juan y un poco más

allá, en la mujer pecadora que ante semejante visión, ni siquiera se sentía

digna de acercarse para tocarme compadecida. Tal era el sentimiento de

culpa que la embargaba, que se limitaba a llorar mirándome con impotencia. ¡Bendita Magdalena, que permaneciste al pie de Mi Cruz dejando que tus lágrimas se mezclaran con la Sangre redentora que iba cayendo en tierra!”

“Por tu amor y tu dolor fuiste redimida y premiada con Mi primera aparición ante los hombres. Por haber amado tanto, tus pecados fueron lavados y quiso el Padre premiar tu conversión y tu sacrificio, colocándote en los Altares junto a Mi Madre y a Juan, para que todos los que se creían “justos y sabios” se inclinasen luego ante la que condenaban, y así se cumpla el Magnificat de María al decir que Dios “enaltece a los humildes” y que a los “hambrientos los colma de bienes”.

Entonces Jesús empe