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Del
Sinaí al Calvario
Reflexiones
sobre las últimas palabras de Jesús
Testimonio
de Catalina
PRÓLOGO
Quien se sumerge en el Misterio de la Pasión del Señor, no
puede evitar los sentimientos de dolor y compasión, por los terribles
tratos que los hombres dieron a su Salvador.
Como hombre, Jesús experimentó los peores dolores que pueda
soportar un ser humano: ultrajes, golpes, ofensas, heridas en todo su
cuerpo... Fue tratado como si hubiera sido un asesino, un enemigo de la
humanidad.
Con expresiones muy impactantes, los evangelistas nos
describen las circunstancias que acompañaron a Jesús en aquellos
momentos fatales. Seguramente estos textos pasaron en reiteradas
ocasiones bajo nuestros ojos, pero muchas veces en forma tan fugaz que
no hemos podido penetrar en el mensaje profundo que contiene aquella
realidad histórica.
El presente libro narra y describe algunos de los
acontecimientos más relevantes de nuestra Redención. Durante dos
meses, por varias horas diarias, Jesús invita a Catalina –la autora
de estas páginas- a vivir, a contemplar sus últimos momentos en la
cruz, y al mismo tiempo a meditar sobre sus últimas palabras.
Aquellas “últimas palabras”, que jamás perderán su fuerza,
adquieren un significado particular a la luz de los acontecimientos que
vive el hombre de hoy, empañado de materialismo, de violencia, de pérdida
de sentido; enceguecido por su soberbia, al punto de atribuirse el
derecho de manipular la vida, de sofocarla, de decidir sobre el destino
de los demás… Sin duda, vivimos en un mundo marcado por la cultura de
la rivalidad y de la muerte, que promueve el hedonismo en sus
expresiones más aberrantes, mientras se formulan leyes cada vez más
alejadas de la fe, de los verdaderos valores. Es como si en todo lo que
el hombre hace, procurara excluir en forma sistemática y obstinada a su
Creador, al grado que para muchos, hablar de Dios en la cultura de hoy,
resulta un anacronismo, un atropello a la razón.
Mientras tanto, quienes creemos, estamos conscientes de que
hay un gran debilitamiento en la práctica de nuestra fe, de nuestra
capacidad y disposición para orar; de nuestro compromiso con Dios. La
ausencia de razones para sostener la fe nos viene conduciendo a la
pereza espiritual, a la pérdida del celo por las cosas del Señor, a la
confusión y a las más diversas maneras en que se manifiesta el mal.
Observando este mundo, nos damos cuenta de que necesita un
freno; necesita -como dice Juan Pablo II- una nueva evangelización, que
haga resplandecer con renovadas fuerzas la presencia de Dios, que
reoriente al mundo hacia Cristo, nuestra Esperanza; hacia su
Misericordia; invitando a todos para que vuelvan a mirar la Cruz, para
poder calmar la tormenta que el enemigo común ha desatado sobre el
mundo, y para enderezar los caminos de los hombres.
Estas páginas son una invitación especial para ti, hermano
sacerdote, hermano consagrado, hermano laico -que estás involucrado en
la efervescencia de la actividad y del pensamiento humano- un llamado
para que redescubras el significado del trabajo por los intereses de
Cristo.
Hemos olvidado el valor de la cruz, del sufrimiento, de la
penitencia; por esto no estamos respondiendo como debiéramos al mandato
recibido, que es el de ir por todo el mundo y predicar la Buena Nueva
del Evangelio.
Cuando Jesús le habla a Catalina refiriéndose a los
consagrados le dice: “Di a las almas consagradas que la cruz que
llevan no es solamente para que adorne su pecho […] deben revestirse
de ella, deben aprender a ‘acomodarse’ en ella en lugar de huir de
ella […] no pueden ambicionar el Tabor sin antes pasar por el Gólgota
[...] En la cruz es donde se aprende la caridad, la humildad, la pobreza
de espíritu, la templanza…” Pero resulta que, con la mentalidad de
hoy, todo lo referido a la cruz, al sufrimiento, a la renuncia, nos
parece obsoleto; huimos de todo aquello que implica penitencia o
mortificación, no le vemos sentido...
Sin embargo, las palabras de Cristo en el Evangelio “¡Si
quieres seguirme toma tu cruz y sígueme!” no han perdido vigencia. Si
de veras estamos dispuestos a configurar nuestra vida a la Suya,
entonces veremos que son muchas las vestiduras mundanas de las que
tendremos que despojarnos y liberarnos.
Cristo sigue sufriendo en los miembros de su Cuerpo místico,
sufre en el anciano abandonado, en el pobre, en el enfermo, en el
encarcelado, en el hambriento, en el huérfano… ¿Será que podemos
aliviar este dolor? Tomar conciencia de ello es comenzar a curar las
llagas y las heridas mismas de Cristo.
La actitud pasiva es propia de aquel que está siendo domado
por el enemigo. El enemigo común no molesta a quienes ya tiene
sujetados, éstos de hecho niegan su existencia, niegan el infierno,
creen estar libres de las tentaciones porque ya todo les parece normal;
han perdido la conciencia del pecado y por ello no necesitan
evangelizar; están convencidos de que su vocación consiste, en el
mejor de los casos, en amar a su prójimo como a ellos mismos, pero
olvidándose de cultivar su relación personal con Dios a través de la
Cruz.
Ha llegado el momento de abrir los ojos a esta realidad
terrible que está diezmando a nuestra Iglesia. La falta de
convicciones, la ausencia de un compromiso serio, la falta de oración,
son síntomas que muestran claramente que nuestro enemigo no está
dormido, sino que obra incesantemente para arrebatar almas y arrancarnos
de nuestros deberes. Este texto es un grito desesperado de Jesús a la
Iglesia y a la humanidad, para que todos reconozcamos nuestra necesidad
de vivir una verdadera y profunda conversión.
11
de enero de 2004
Día
del Bautismo del Señor
8 de diciembre de 2003
Día
de la Inmaculada Concepción
Me insta nuestro Señor a escribir este nuevo libro, cuyo
contenido está basado en todo lo que me fue revelado durante casi dos
meses y medio.
Por mucho tiempo no supe cuándo ni cómo debía comenzar a
escribir este testimonio; aunque estaba segura de que lo haría en una
fecha de gran importancia para la historia de nuestra Salvación.
Y resultó ser justamente hoy, cuando la Iglesia conmemora el
día de la Inmaculada Concepción de aquella Mujer, que con Su “Sí”
hizo que se cumpliera el mayor acto de Misericordia de Dios para con los
hombres: la venida de nuestro Redentor al mundo.
Este pequeño libro contiene nuevas enseñanzas acerca de las
Palabras de Amor y Sabiduría, de Abandono a la Voluntad del Padre en
medio del más atroz dolor, de Piedad y Misericordia hacia la humanidad,
de Valentía y de Donación al hombre.
Estas son las últimas horas de Jesús en la Cruz y que hoy son
recreadas, con el objeto de que medites sobre ellas, que profundices y
vivas junto a nuestro Salvador los últimos momentos de Su vida como
Hombre, antes de retornar al Padre y enviarnos al Espíritu Santo.
A Este Santo Espíritu de Dios encomiendo nos guíe a través
de estas páginas, suplicando Su asistencia y consagrándole mi pobre
trabajo, para que de alguna manera pueda ayudar en la salvación de las
almas.
“Cuando llegué al Gólgota, Me encontré con que acababan
de
crucificar a dos reos. Gritaban, se retorcían y Me
inspiraban lástima,
a Mí que estaba en peor condición física que ellos…”,
me había dicho
el Señor al empezar mi meditación de aquel Primer Viernes.
Pude ver cientos de personas, hombres que iban a ser
crucificados, caminando lenta pero desesperadamente, gritando,
blasfemando; con los ojos llenos de terror y de odio, de deseos ciegos
de venganza. No iban todos juntos, me daba cuenta de que eran escenas de
distintos días y horas. Pero había un común denominador en ellos:
todos eran condenados a la cruz, y casi todos decían las mismas
palabras y proferían similares insultos y amenazas a quienes se habían
convertido en sus verdugos. En
más de tres ocasiones vi que se acercaba uno o varios soldados a alguno
de estos condenados y sacando un cuchillo o espada le cortaba la lengua
para que se callase, y todo aquel camino hacia la muerte, se hacía aún
más horrible y doloroso. Apareció
ante mis ojos la escena del Viernes Santo. Este condenado a muerte era
distinto. Golpeado… mil veces más herido que cualquier otro, coronado
con un casco lleno de espinas largas que habían destrozado su piel,
incrustándose en su carne; lleno de sangre y polvo, afiebrado,
temblando y con los ojos muy irritados por el sudor y las heridas; pero
Su mirada estaba llena de paz, de piedad, de tristeza, y en ciertos
momentos hasta se percibía en ella alegría, cuando volvía a Él la
certeza de que ese sufrimiento salvaría a la humanidad de la muerte
eterna. Los otros insultan,
maldicen, se retuercen. Él calla, no sale una queja de su boca, tan
solo bendiciones y palabras de perdón.
Contrariamente a lo que nos dirían los valores de este mundo,
podía verse claramente que Él es el Gran ganador, el Vencedor de la
muerte; sus verdugos son los pobres instrumentos del demonio, quien
junto a Judas, es el gran derrotado.
Primera
palabra:
Cuando le arrancaron la ropa, todos esperaban en absoluto
silencio que Aquel Hombre se rebelara o que pidiera perdón,
misericordia ante sus adversarios. Unos esperan eso, que Él se rebele o
suplique el perdón para aquella sentencia. Otros esperan que, como Hijo
de Dios que dice ser, le suplique a Su Padre que haga llover fuego del
Cielo, para castigar a quienes lo maltrataron tanto. Parece haberse
detenido el tiempo para ellos, sin embargo Este Hombre apenas mueve los
labios: silenciosamente, reza… Pero hay cuatro personas que esperan
otra cosa: Juan, María Magdalena, María de Cleofás y la Virgen María.
Y me parece que Jesús también espera algo distinto… También Él…
Esperan ver a aquellas personas que fueron sanadas por esas Manos que
ahora están siendo traspasadas. ¿Dónde están aquellos que escucharon
Sus enseñanzas en el Monte de las Bienaventuranzas? ¿Dónde, aquellos
que recibieron el perdón de Sus labios? ¿Dónde están los hombres que
convivieron con Él por casi tres años?... ¿Dónde están los que Él
había resucitado en el cuerpo y en el alma?
Lo que veo me lastima y sé que estoy lagrimeando. Entonces
escuché la voz de Jesús, que habló y me dijo que no había pensado únicamente
en ellos, sino en toda la humanidad; en todos nosotros, los de ayer y de
hoy, aquellos que, a pesar de haberlo conocido y recibido tantos
beneficios de Él, un día habrían de darle la espalda: unos por cobardía,
por temor a la persecución, otros por miedo a las burlas por aceptarse
Cristianos, otros por comodidad, otros porque creen que todo lo merecen
y su egoísmo no los lleva sino a pensar en sí mismos. La mayoría, por
indiferencia, por tibieza o por incredulidad y falta de fe.
Entonces me repitió las Palabras del Evangelio: “…y
no tengas miedo, pues no hay nada oculto que no llegue a descubrirse.
Lo que te digo de noche, dilo a la luz del día y lo que te digo al oído,
predícalo desde las azoteas…”
Por eso estoy aquí escribiendo, ayudada por Él, para que no
estés entre aquellos a quienes Jesús se refiere con tanto dolor.
Habían terminado los soldados de colocar a Jesús sobre la Cruz.
Hasta unos minutos antes, sólo se había escuchado el golpe de
los clavos, primero amortizado por Su Carne virginal y luego secos,
contra el madero. Él no contestaba, Él perdonaba, Él rezaba y el
silencio crecía en las gargantas esperando las primeras palabras o los
alaridos del crucificado.
Cuando levantaron la Cruz en alto, el llanto de las mujeres
rompió el silencio y entonces comenzó nuevamente el horror: los
gritos, los insultos, las burlas, los escupitajos, ¡El desafío a Dios,
en ese preciso instante en el que se enfrentan el odio y el Amor, la
soberbia y la Humildad, lo diabólico y lo Divino, la rebelión y la
Obediencia a la Voluntad de Dios!
Jesús me miró, y fue como si Sus ojos claros me levantaran,
me despertaran de mis despojos para sentir que me perdía en la
profundidad de aquel dolor… Comenzó a hablarme nuevamente, Sus
Palabras hacían eco en mi corazón, como si de pronto se hiciera un
enorme agujero. Tristemente dijo:
“Fui sometido a un juicio en el que no tenían de qué
acusarme, puesto que nada malo había hecho. Jamás hubo en Mi boca una
mentira, y aún los falsos testigos que fueron convocados ante ese
juicio infame, para hablar en contra de Mí, carecían de toda
coherencia en sus testimonios. Mi único pecado y la causa de Mi condena
a muerte fue el afirmar algo que no podía haber negado ante nadie, que
era el Hijo de Dios.”
Calló y yo sentía que estaba quebrada ante aquel tormento
moral y físico. ¡Cuántas cosas pasaban por mi mente en segundos!
¡Cuántos sentimientos que tal vez nunca podré explicar!
Poco después Su voz, con un tono varonil y calmo, con Palabras
entrecortadas, despertó mi tiempo y escuché lo que tal vez nadie de
los que allí estaban esperaba oír de labios de este condenado a
muerte:
“Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen…”
Todos quedaron mudos ante estas Palabras, muchos de ellos
estremecidos por el impacto,
acababan de reconocer ante Quién se encontraban.
¡Qué injusta ironía! Su sentencia fue por proclamarse Hijo
de Dios. Porque osó llamar a
Dios “Padre”, “Abba”, o amado Papá, “Papito”,
como muchos diríamos hoy. Por eso lo han
sentenciado… Y sin embargo está pidiendo a Su Padre, que
tenga Misericordia para Sus
verdugos.
Está pidiendo que ese grave pecado no les sea tenido en
cuenta por Su Padre Dios. Y con este
acto está dejando el mejor ejemplo de todo lo que transmitió
en Sus años de predicación: Esta dando testimonio vivo, en los hechos,
de lo que nos enseñó: Amar y pedir por los enemigos, por los que nos
hacen daño.
Las Palabras que un día se oyeron de Sus labios en el Monte
de las Bienaventuranzas, las estaba convirtiendo en hechos ahora, en el
Monte llamado “Gólgota” o “de la Calavera…” ¡Cuánto había
gozado satanás con la Pasión del Hijo de Dios! Sin embargo, si antes
lo había hecho reír el dolor de Jesús, ahora con estas Palabras
aullaba de ira, corriendo a meterse en aquellos monstruos que torturaban
al Hijo del Hombre, a Aquel Hombre, por Quien “el ángel malo” o
“diablo” fue echado del Cielo.
De este modo quería conseguir que la crueldad de los verdugos
aumentase contra Jesús, al punto de desafiarlo y tentarlo a que se
bajara de la Cruz. Ese hubiera sido el triunfo del demonio: que Jesús
aceptara el desafío y con ello cayera en la tentación de la
desobediencia y la soberbia.
El enemigo de las almas se retuerce de rabia porque se ha
cumplido la sentencia: el Hijo de la Mujer del Génesis, estaba
pisando
su cabeza contra el suelo al ganarnos la entrada al Cielo y no con
espadas ni armas; no con tanques ni aviones de guerra, como se ganan las
batallas en la tierra para
justificar
nuestras miserias, sino con un Hombre destrozado en esa Cruz…
Ese
Hombre que, así como perdonó a Pedro, a la mujer
adúltera, a la Magdalena y a tantos otros… de la misma
manera pide perdón humildemente al Padre, para enseñarnos que la
dulzura y el amor pueden más que la soberbia, que las humillaciones a
los demás, que el látigo, la postura autosuficiente y la prepotencia.
Para enseñarnos que al noble, al sabio y al Santo se los
reconoce por su sencillez y humildad y no por sus gritos o posesiones
terrenas; por su calidad al aceptar el sufrimiento y no por hacer sufrir
a los demás.
No, no hay Misericordia para Él. Pero Él sí pide
Misericordia para ellos, para todos nosotros los hombres y mujeres,
desde Adán y Eva hasta el último hombre que nacerá antes del fin del
mundo. Sabe que de este
profundo dolor nacerá una Iglesia; ese es el grande y sabroso fruto
-consecuencia feliz de la mezcla de agua y sangre que luego manará del
Costado abierto- fruto de Amor de quien está dejando dos mandamientos
en los que se resumen los diez dados por Su Padre también en otro
monte: en el Sinaí a Moisés.
Si tú cumples esos dos mandamientos, se derramará sobre ti
todo un río de Misericordia y serás salvado. Hay una sola condición
para ganar esa Misericordia:
“AMAR A DIOS
POR SOBRE TODAS LAS COSAS Y AMAR A TU PROJIMO COMO A TI MISMO”. Él no
Ha venido a abolir las leyes de los Profetas, sino a dar cumplimiento de
ellas. Toda Su vida no ha sido otra cosa que dar cumplimiento a las
profecías que sobre Él se dijeron en tiempos anteriores. Desde Su
concepción en el vientre puro de una doncella… A los seres humanos
nos ha costado tanto aceptar diez reglas a cambio de tanto Amor, de
tantas bendiciones, del don de la vida, de la libertad de elección…
que Dios mismo Ha decidido encarnarse en un vientre humano para
demostrarnos que sí se pueden cumplir esos mandamientos.
Pero como nuestra miseria y egoísmo son tan grandes, Ha dado
un paso más a favor nuestro, Ha decidido simplificarnos las cosas:
nos
dice “Reconoce
que tienes un solo Padre al que debes amar por sobre todas tus
comodidades, por sobre todos tus seres queridos, por sobre todo el
poder, el honor y el placer que te pueda ofrecer el mundo, y trata a los
demás como si fueras tú mismo.”
“Ámalos con el mismo amor con que te amas, no menos.
Respeta a los hombres y mujeres con el respeto y consideración que
exiges de los demás. Sé capaz de dar todo lo que pides para ti y no
hagas con los otros lo que no quisieras que hagan contigo…” Así de simple, así de sencillo, para que aún los niños y los que no son
letrados, lo puedan comprender.
Yo sé que a este punto de tu lectura, hermano, sabrás que
esto no va a ser fácil, no es empresa pequeña el despojarse de todo en
favor de los otros: ¡Es heroísmo! De eso se trata precisamente la búsqueda
de la santidad, y todo bautizado debe buscar el ser santo.
Si has tenido el valor de aceptarlo, no permitas que nada se
interponga en tu camino. Vas a encontrarte con momentos en los cuales
muchas circunstancias y demasiadas personas –queridas y no queridas,
conocidas y desconocidas; de tu mismo credo y de otras religiones, de tu
misma Patria y de otros pueblos- intentarán detenerte. Este es el
momento en el que la virtud de la perseverancia es tan necesaria.
¿Cómo lo harás...? Tienes la certeza de que Jesús te ha
dejado una Iglesia, para que te guíe cuando no sepas por dónde ir, te
levante cuando estés caído, te perdone en Su Nombre; te acoja cuando
busques albergue para tu alma, te forme con Su Palabra y te nutra con Su
Cuerpo y con Su Sangre… Para que puedas convertirte en una prolongación
Suya, en una diáfana manifestación de Su Presencia viva, para que
irradies esa claridad y resplandor que es sello de quien es Testigo, de
quien ha recibido los destellos de Su Luz y de Su Amor.
No pueden salvarnos nuestros méritos, porque no los tenemos
ante la inmensidad de la Omnipotencia Divina. No vamos a salvarnos
porque fuimos buenos padres, hermanos, hijos o amigos. Esa es nuestra obligación. Seremos salvados porque Jesús
Fue, Es y Será el Amor y está a la espera de que así lo aceptemos.
Este Amor, con Sus infinitos méritos Ha ganado el perdón para
nosotros, lo Ha pedido a Su Padre desde la Cruz.
Muchas veces es tan grande el reproche de nuestra conciencia por
un pecado cometido, o por toda una vida de pecados, que no pensamos que
Dios pueda perdonarnos, que ya nos ganó el perdón, clava do en la Cruz
del Amor… Jesús dijo que cuando pidamos el perdón de nuestros
pecados durante la oración del Padrenuestro, recordemos que Él fue
capaz de pedir el perdón para nosotros porque jamás sintió rencor
contra nadie… Sólo un alma sencilla y humilde es capaz de pedir perdón
por las ofensas de los enemigos. Eso requiere de mucho valor y entrega,
que es la fórmula para despojarse de los bajos instintos que buscan lo
ordinario: la venganza, el hundir a los otros para trat ar de sobresalir
o al menos salir a flote uno mismo...
¡Ah, pero eso sí! Absolutamente todos, estamos obligados a
perdonar las ofensas que nos hacen, en la medida en que queremos que
Dios nos perdone.
Si decimos que “perdonamos pero que no olvidamos”,
estamos pidiendo al Padre que haga lo mismo con nosotros. Si, por el
contrario, de corazón perdonamos las ofensas que nos hacen y al rezar
pedimos que Dios nos perdone, así como lo hacemos, entonces sí estamos
en condiciones de suplicar que, al haber actuado con Misericordia, Dios
nos otorgue Su Misericordia.
Jesús
dijo después: “En Mi Corazón atormentado por el sufrimiento, hubo un
sentimiento de piedad por otro ser que sufría cerca Mío: el hombre que
estaba crucificado a Mi derecha, Dimas, llamado ‘el Buen Ladrón’.
Me contemplaba con piedad, él que estaba también sufriendo.”
“Con una mirada aumenté el amor en ese corazón, pecador,
sí, pero capaz de sentir piedad por otro hombre. Ese malhechor, ese
bandido que pendía de una cruz fue otra Magdalena, otro Mateo, otro
Zaqueo… otro pecador que Me reconocía como al Hijo de Dios… y por
eso quise que Me acompañara en el Paraíso aquella misma tarde, para
estar Conmigo cuando Yo abriera las puertas del Cielo para dar entrada a
los justos.”
“Esa era Mi Misión y esa es la misión de ustedes: abrir
las puertas del Cielo para los pecadores, para los arrepentidos; para
los hombres y mujeres que son capaces de pedir perdón, de poner su
esperanza en la existencia de la vida eterna y colocarla junto a Mi
Cruz…”
“Dimas, el Buen Ladrón a Mi derecha y Gestas, ‘el Mal
Ladrón’ a la izquierda. El de la izquierda lleno de odio, el de la
derech a, cambiado en un instante, al escucharme decir aquellas
Palabras: “Padre,perdónalos,
porque no saben lo que hacen”.
“Ese hombre, ante Mi Presencia serena, sufriente sí, pero no
desesperada -la Presencia del portador de la Paz- sintió quebrarse
muchas cosas dentro de él. Ya no quedaba lugar para el odio, no había
lugar para el pecado, para la violencia, para la amargura.”
“Sólo un corazón bueno es capaz de reconocer lo que viene
del Cielo y Dimas lo estaba reconociendo ante sí. Yo pedía perdón
para quienes Me estaban crucificando, estaba clamando Misericordia para
los pecadores como él y su pequeña alma se abrió para aceptar esa
Misericordia.”
“Por eso, cuando oye decir a Gestas, el Mal Ladrón burlándose
de Mí, que si Yo era el Hijo de Dios Me salvara y los salvara también
a ellos, Dimas siente temor de Dios, sabe que la vida de ellos ha sido
miserable, tan sucia que tal vez merecían un sufrimiento mayor del que
estaban pasando.”
“Ese temor, ese reconocimiento de la Luz que brillaba
frente a él, lo hace contestar: “¿Es que no temes a Dios, tú que
sufres la misma condena? Y nosotros con razón, porque nos lo hemos
merecido con nuestros hechos; en cambio éste, nada malo ha hecho.”
En este punto, el Señor me permitió presenciar la mirada
que Él cruzó con el Buen Ladrón. Una mirada de gratitud, una mirada
de perdón, la mirada de un padre que se siente complacido con la
respuesta de su hijo.
Hay una nueva escena ante mis ojos, y comprendo que Jesús me
permite ver lo que estaba recordando, lo que había sucedido no mucho
tiempo atrás, cuando Él comenzó a convivir con Sus discípulos… Veo
a Jesús eligiendo a Sus seguidores. Uno a uno, los mira, profundamente,
amorosa pero firmemente, con mansa autoridad, aquella autoridad que no
es prepotencia, sino el fruto de una convicción ante la que nadie puede
negarse, y los invita a seguirlo.
De
aquellos días, dijo Jesús: “Quise que fuesen Mis discípulos, Mis
hermanos, Mis amigos. Es uno mismo quien elige a sus amigos y
Yo elegí a los Míos… ¡En cuántas oportunidades tuve que poner paz
entre ellos para enseñarles el valor de la amistad! Aún hoy trato de
enseñarles a los hombres el sentido comunitario y agápico de esta
relación: amistad Conmigo y con los demás.” “Los amaba, no sólo
como Dios, sino también como Hombre. Podía conversar con ellos, podía
jugar con ellos, y de hecho, lo hice… Cuando bajábamos a bañarnos en
el río, jugábamos echándonos agua, como niños. Tirábamos piedras,
como en un concurso y festejábamos con aplausos y risas las
piedrecillas que más velozmente y más lejos saltaban.”
“Trepábamos a los árboles, como lo hace cualquier joven.
Hacíamos carreras, subíamos a los montes para orar o para comer
nuestra pequeña merienda. Compartíamos anécdotas y risas, como todos
los hombres lo hacen cuando viven en comunidad, pero siempre concluíamos
esos encuentros con una oración de gratitud al Padre, por permitirnos
vivir aquellos momentos.”
“Tampoco fueron pocos los días en que no teníamos tiempo
ni siquiera para comer, pero siempre procuré hacer las tareas de ellos
para que apreciaran el ejemplo. Mi alimento era hacer la Voluntad de Mi
Padre, ese era Mi objetivo, Mi descanso, Mi felicidad...” “Podía
instruirlos y escuchar sus inquietudes, sus secretos, y aunque veía en
el fondo de ellos, Me sentía feliz de que quisieran hacerme partícipe
de su intimidad. A Mi vez, les di tanto amor, paciencia, instrucción,
abrazos… Todo lo que puede darse a un amigo… Pero, no era
suficiente, debía dar la vida por ellos y no dudé en hacerlo.”
“Por eso estoy clavado agonizando en esta Cruz, por ellos,
por todos ustedes…”
¡Dios mío, cuánto dolor y cuánto Amor!
Vi resbalar dos lágrimas de los grandes ojos de Jesús y
hubiera dado la vida por secarlas con mis labios. ¡Tan dolorosas y
llenas de Amor! Entonces comprendí que nadie merece las consideraciones
de Jesús. No las merecieron Sus discípulos y amigos entonces, no las
merecemos nosotros hoy.
Segunda
Palabra:
Jesús estaba solo y en ese momento encontraba en Dimas todo
el amor que habría querido encontrar en Sus Apóstoles. Aquel hombre
hasta se había atrevido a defenderlo, mientras los otros, los que Él
amaba, excepto Juan, cobardemente habían huido para no comprometerse y
caer junto a Él.
Tal parecía que los suyos, en más de 2 años no habían
sido capaces de creer verdaderamente en Sus Palabras, de lo contrario
estarían allá, junto a Él.
Este hombre, Dimas, en unos minutos había creído en Su
parte Divina, con oír de sus labios unas palabras, una súplica al
Padre; había descubierto la Verdad y el Camino hacia la Vida…
Estaba viendo a Jesús agonizar, con la Paz de los que no tienen nada qué
temer, con la Esperanza de los que saben que hay algo en qué esperar.
Dimas quiso creer en ese “algo” porque estaba frente a la Esperanza
misma.
Con mucho cansancio por el esfuerzo y por el dolor, pero con
la emoción de haber visto la Luz, pronunció las palabras que lo llevarían
a la santidad: “¡Jesús, acuérdate de mí cuando estés en Tu
Reino…!”
Esas palabras equivalen a las que hoy decimos en el
confesionario “Padre, perdóneme, porque he pecado” La noche
anterior, mientras Jesús sufría el principio de Su Pasión para salvar
a pecadores como cada uno de nosotros y como Dimas, el “buen ladrón”
no sospechaba siquiera que saldría de su prisión insultado, escupido,
repudiado, en calidad de “un maldito más”, para encontrarse con la
Fuente del Amor Misericordioso. Ignoraba que al atardecer llegaría al Palacio del Rey de
Reyes, del brazo del Príncipe de la Paz.
Y Jesús miró en ese malhechor al amigo. Porque amigo es
aquel que confía en uno, que le entrega su confianza sin temores. Amigo
es aquel que se apiada de ti en tus momentos de sufrimiento, no aquel
que añade sal a tus heridas… Amigo es el que quiere permanecer a tu
lado y llegar contigo hasta el final, sin escuchar los gritos de los
condenados, de los que acusan, injurian, insultan y quieren verte morir
de la forma más terrible, porque su corazón está lleno de crueldad.
Esa mirada de Jesús reemplazó el abrazo que ansiaba darle, así
como hoy abraza a todo aquel que le confía y consagra su alma.
En medio de Sus lágrimas y espasmos, sonrió y con una voz llena
de ternura prometió:
“En verdad te aseguro que hoy mismo estarás Conmigo en el
Paraíso”
Una vez más, Jesús tendiendo Sus brazos amantes al pecador;
ensalzando aún por
encima de los justos al que se arrepiente y humilla.
En efecto, no va a ser el más santo de los que hasta ese día
murieron quien entre
primero en la Gloria. Ni siquiera van a ser los Profetas y Mártires
quienes ocasionen la
“fiesta en el Cielo.” Es un ladrón, un asesino tal vez,
un hombre repudiado por la
sociedad… el primer Santo canonizado en vida y por el mismo
Jesús: “San Dimas”.
Dicen que los polos opuestos se atraen: La pobreza cautiva al
Señor, la miseria lo atrae, el pecador es Su gran desafío. Por eso se
abajó hasta nuestra condición humana, para que unidos a Él nos liberásemos
de toda atadura. Por eso, nuevamente se encuentran las dos orillas: de
un lado las manos vacías del hombre y del otro, el Amor Infinito de
Dios. Dos orillas tan sólo unidas por dos sentimientos, por dos
actitudes: la humildad y la Misericordia, que juntas construyen siempre
el puente de la salvación. ¡Dichoso
tú, Dimas, que fuiste merecedor de la primera gota salvífica de la
Sangre del Redentor, tan sólo por la fuerza de tu Fe y Su infinita
Misericordia! Feliz tú, hermano mío, que no ocasionaste a Jesús la
decepción que le proporcionan hoy muchos de aquellos que deberían
reconocer Su voz y amarlo más. Bienaventurado
tú, Buen Ladrón, que fuiste capaz de olvidar tus sufrimientos, para
compadecerte de otros.
Por eso mereciste la Gracia de que Dios mismo te diera la
absolución, transformando tu pecado en hoguera resplandeciente del Amor
Divino: porque fuiste valiente aún para dar una enseñanza a tu compañero
Gestas y por tanto, desde tu cruz, estabas evangelizando, a ejemplo de
Aquel a quien acababas de conocer.
Así pues Dimas estaba dando a su compañero, todo su
patrimonio a la hora de la muerte; le ofrecía todo cuanto poseía: fe,
una fe nueva pero firme; la esperanza en la Misericordia del Señor para
obtener la vida eterna y la caridad, al invitarle a compadecerse con el
Sufriente.
Ahora me pregunto y pregunto a todos mis hermanos: ¿Y
nosotros, qué somos capaces de dar por este Amor que se entrega para
salvarnos? ¿Tal vez lo que nos sobra...?
Y nos sentimos “generosos” cuando damos algunos alimentos
o vestuario u otro tipo de ayuda material a quienes más la necesitan,
pero... ¿Cuántas veces estamos conscientes de que es obligación
nuestra el dar a nuestros hermanos algo más que pan y ropa?
No me cabe la menor duda, estas cosas son necesarias y mucho más
en tiempos de carestía, de hambre o de dificultades, pero tendremos que
tener presente que “no sólo de pan vive el hombre…” Y si estamos
conscientes de que las riquezas materiales, o el tener mucho qué comer
y beber, no producen la felicidad verdadera en el hombre; que existe una
permanente insatisfacción en los que viven en la lujuria, en la
avaricia y otras concupiscencias de la carne...
Si aprendimos que la fama y los honores no nos conducirán a la
verdadera felicidad, porque son glorias efímeras, transitorias...
Si comprobamos que no es imprescindible ni la salud del cuerpo,
ni la risa grosera y el bullicio, ni las amistades únicamente mundanas,
para vivir feliz de verdad….
¿Por qué no estamos llevando a Dios a nuestros hermanos,
por qué no les estamos llevando Su Palabra, el Amor que hemos conocido,
la Fe que nos hace testigos? ¡No nos damos cuenta de la gravedad de
nuestra omisión!
Dios ama a quien da con alegría. Dios cubre nuestras
necesidades. Cuando damos con felicidad, con alegría, nuestra fe y
nuestro amor, entonces estamos llenos, como un granero inmenso del cual
otros podrán venir a recoger buen grano para llevarlo, a su vez, a los
más necesitados.
Durante uno de los encuentros que tuvimos en estos días, al
llegar
a
este punto Jesús me dijo: “El núcleo de Mi Mensaje fue esa
felicidad de la que Yo gozaba y que era fruto del Amor y la
entrega a Mi Padre y a ustedes, los hombres. Todo lo que dije e hice,
fue para que de Mi profunda alegría se contagiasen también los demás;
para que el gozo de Mis discípulos fuese verdadero y llegase también a
su plenitud, como el Mío.”
“Hija Mía –continuó el Señor- esta dura lucha que Estoy viviendo, con la carne
lastimada que clama sus derechos, con las tinieblas que se ciernen a Mi
alrededor y lejos de aquellos por quienes doy la vida, hacen que sienta
una angustia de muerte, llevando en Mi Ser todo el Amor que siento por
las criaturas que esperan redención. La angustia y la pena añaden
dolor a Mi Cuerpo, cada vez más debilitado por toda esta sangre que se
escurre por Mi piel a consecuencia de esta durísima prueba.”
“Felices de ustedes, los que aceptan compartir Mis dolores
y Mis amores; dichosos quienes aceptan voluntariamente esta comunión
con Mis sentimientos más hondos, este compenetrarse con Mis deseos de
entrega más profundos; este vivir Mi misma condición de crucificado en
la extraordinaria lección que no se acaba nunca.”
Tercera
Palabra:
Mi Señor levantó un poco la cabeza como queriendo liberar
Sus ojos de la sangre que entraba en ellos, para mirar una vez más a
esos dos seres que tanto había amado y que ahora se quedaban como
testimonio Suyo: Su Madre y Juan, el hermano, el amigo, el hijo...
quien, tal vez por ser el más joven y el más puro entre los Apóstoles,
se identificaba mejor con Jesús.
Precisamente Juan, después escribiría el Evangelio del Amor
de Dios y hablaría de María, la Mujer del Génesis: la Madre del Hijo
de Dios, la “Llena de Gracia”, la perfecta colaboradora, discípula
y a la vez educadora de Jesús. María, nuestra amorosa y dulce Madre.
Jesús
me dijo en ese instante: “Cuando hablé en la montaña aquel
día sobre las Bienaventuranzas, tenía a Mi Madre frente a Mí,
escuchando atenta, aprendiendo… -Felices los pobres en el espíritu…
Felices los puros de corazón… Felices los humildes y sencillos…
Felices los que sufren y lloran… Felices los que son odiados y
perseguidos por mi causa…- Y pensaba en todos los hombres que serían
llamados Bienaventurados o Felices, tomando como modelo a María.”
En ese momento, Ella se acercó más hacia la Cruz donde
estaba clavado ese Cuerpo que era carne de Su carne. Sabiendo que
quedaba poco tiempo, María le dice interiormente: “¡Hijo Mío y
Señor Mío, llévame Contigo…!”
Jesús la miró con una ternura y un dolor inefables. Ahí
estaba Ella, la Mujer del Génesis, la Mujer de las Bodas de Caná, la
Mujer del Apocalipsis; la Mujer que había sido destinada, elegida,
formada para ser Su Madre en la tierra...
Esa mirada de Jesús reclama de todos un respeto profundo y
verdadera piedad por quien ahora está viviendo los dolores profetizados
por Simeón en el Templo el día de Su Presentación... ¡Una espada está atravesando su alma!
Después de haber tenido la visión de ese momento, el Señor
me dijo: “Mi
Madre estuvo siempre destinada a ser la Mujer que con Sus sufrimientos
Me ayudaría en la redención de los hombres... Deben saber que aquel día,
en la Boda de Caná, cuando le dije que no había llegado aún Mi hora,
me refería precisamente a este momento: la hora en la que Me marcharía
para que Ella continuase Mi Obra en la Iglesia que nacería de Mi
Costado.”
“Quiso el Padre convertirla en Madre del “Fruto”
de Su Amor, Yo quise convertirla en Madre del Fruto de Mi Pasión y Mi
Cruz: Mi Iglesia. Madre de la Iglesia y Madre de los que creen en Mi
Nombre y se hacen Hijos de Dios.”
“Esta Mujer, que habiendo dicho Sí a la Voluntad del Padre
cuando le fue anunciada Mi Encarnación, que toda Su vida no fue otra
cosa que un ‘Sí’ al Divino Querer, va a convertirse ahora en la
primera cosechadora del fruto del grano de trigo muerto. Y para ello
tendrá que ser igual a Mí en Misericordia para con el mundo.” “Ya
lo ves, pequeña nada, ahora contemplando este momento puedes comprender
con mayor facilidad por qué el sufrimiento humano tiene sentido cuando
es sobrellevado por amor, queriendo dar cumplimiento a la Voluntad
Divina; y es que el mayor dolor, por intenso que sea, no mengua la
felicidad en el corazón de alguien que se dulcifica con el mayor
Amor” “La verdadera felicidad radica en el amor a Dios y como
consecuencia a los hombres. Un amor que es donación generosa, capaz de
dar la misma vida por agradar al Padre.”
“Ha llegado Su hora y Mi hora: Yo vuelvo al Padre, pero
Ella deberá quedarse y suplicar como Yo suplicaba para que no se
pierdan los Míos. Debía decirle, debía recordarle que era la Mujer
del Génesis, que si bien Nuestros Corazones se estaban desgarrando de
dolor, Yo debía marcharme y Ella quedarse para que se cumpla la
sentencia de Dios: “Enemistad pondré entre ti y la mujer, entre tu
linaje y su linaje; él te pisará la cabeza mientras acechas tú su
calcañar” (Gen
3,15)
“Di a todos Mis hijos que postren su corazón ante esta
meditación, porque es uno de los momentos más culminantes en la
historia de la salvación del hombre. Voy a encomendar la humanidad a la
que será
‘Medianera’ entre el hombre y Yo.”
“Ha llegado la hora del Génesis, la hora de completar el
milagro iniciado en Caná. Es el momento en el que debo pedirle que
adopte a Juan y en él, que adopte por hijos Suyos a todos los hijos de
Dios, a todos Mis hermanos. Mi camino se transformó en Su camino, y
deberá beber hasta la última gota del cáliz amargo del sufrimiento:
Está entregando a Su Hijo por cumplir la Voluntad Divina y
deberá convertirse en Madre de la humanidad; pero luego la humanidad,
representada en Mi Iglesia, repetirá Sus laudes y Su gloria
resplandecerá cuando el Universo se incline ante la Reina de todas las
virtudes.”
“Es preciso que nuevamente Su Corazón Inmaculado se abra a
la
Voluntad Divina y Su obediente Amor sea más fuerte que Su
humilde
Dolor… Ella debe recordar que es la Mujer de ayer, de hoy y
de
mañana: Antiguo Testamento, Evangelio y Apocalipsis…”
“Es preciso que Ella tenga un nuevo parto:”
“Mujer, ahí tienes a tu hijo…
Hijo, ahí tienes a tu Madre…”
Nuevamente la Virgen Ha obedecido, Juan se arroja en Sus
brazos llorando y Ella, muy
agotada por la tristeza, pero digna, Señora como siempre,
majestuosa en su sencillez,
que no necesita de artificios para mostrar su
hermosura…serena y dulcemente abraza a
Juan.
Sabe que el parto llegó nuevamente para Ella. Sabe que este
parto es muchísimo más
doloroso que el otro. En el primero, se le encomendaba al
Hijo de Dios, al Santo, a un
niño
puro como Ella que le traería alegría, sabiduría, risas y bendiciones
en cada uno de Sus besos. En
este otro parto se convertirá en Madre de la humanidad entera y muchísimos
no sólo no querrán reconocerla, sino que la ofenderán.
Otros, por atacar a la Iglesia de Su Hijo, la llamarán
“demonio”, cuando Ella venga una y otra vez a la tierra en busca de
las ovejas perdidas que ama el Pastor.
En el primer parto, Sus brazos acunaron una hermosa criatura
que en Su carne fresca, tierna, recibía los besos dichosos de una joven
Mamá. Ahora Sus brazos recibirán a Su Hijo muerto, torturado y
ensangrentado por salvar a hombres miserables, que por culpa de sus
pecados lo dejan así, irreconocible, como un día había sido
profetizado por Isaías.
Sabiendo todo esto y viendo a Su Hijo en ese estado,
moribundo, oyéndolo… obedece y consiente en adoptar como hijos suyos
a todos los hombres, también a los malhechores, a las prostitutas, a
los ateos, a los asesinos, a los ladrones, a los mentirosos, a los que
sucesivamente y por todo el tiempo que dure la vida en la tierra, irán
ofendiendo, combatiendo y negando a Dios.
Nos recibe a los de ese y a los de este tiempo, y con ello
viene el parto: Acaba de dar a luz a la Iglesia de Su Hijo. Así como
un día el Espíritu Santo
depositó en Sus purísimas entrañas al Verbo para traer la salvación
al mundo, hoy el Hijo deposita en Su Corazón Inmaculado a la humanidad,
para que en Ese Recinto sagrado pueda hallar refugio el pecador que
quiere salvarse.
No, no es fácil lo que le encarga el Señor y Ella lo sabe
porque Dios la colmó de dones; pero además, le regaló el Don de ser
la “Omnipotencia Suplicante”. Ese don que consiste en la súplica
permanente fue, y aún es hoy, la llave secreta para abrir el Corazón
de Jesús.
El
Señor me dijo: “Ella sabía que tendría que suplicar por cada uno
de ustedes y deberían aprender de María… De niño Yo seguía
Sus pasos, para que después Ella siguiera los Míos. Fue tan íntima
Nuestra unión, tan perfecta, que sentía todos Mis sentimientos y conocía
todos Mis pensamientos, porque en Mi Santo Espíritu, del cual estaba
llena, todo le era conocido. Así es como Ella estaba en Dios y Dios
estaba en Ella. Por eso Su vida era silenciosa y orante.” “El hombre
de hoy, cuando encuentra dificultades en la vida, reflexiona, vacila o
discute, en lugar de rogar. Muchas veces el demasiado reflexionar sobre
los problemas es una huída a lo imaginario, mientras que la verdadera
oración es siempre el retorno a lo real.”
“Cuando Mi Madre se encontraba en una situación difícil,
no se ponía a reflexionar y a planificar, sino que oraba. Por eso podía
donarse en una forma total, porque súplica y donación están íntimamente
unidas.”
“La súplica de María tiene el valor del regalo que Dios
espera de ella:
es el mayor regalo, la manera más perfecta de darse. La súplica
no es verdadera, no es pura, deja de ser cristiana, si no es una manera
de darse.”
Contemplo nuevamente a Jesús y me viene a la memoria el
Salmo 22, 16-17, que dice: “Seco está como un tejón mi paladar, mi
lengua está pegada a las fauces, y me has echado al polvo de la muerte.
Me rodean como perros, me cerca una turba de malvados, han taladrado mis
manos y mis pies…” Qué madre, frente a algo tan atroz como el ver a
Su Hijo crucificado, habría podido soportar tal sufrimiento? Contemplé
a la Virgen y sentí tanta piedad que el amor por Ella iba creciendo en
intensidad, en respeto, en admiración. Pensé que Su espíritu, a pesar
de tanto dolor, albergaría la esperanza en la Omnipotencia Divina, pero
Su humanidad sufría profundamente esa enorme prueba.
Recordé una meditación del Vía Crucis que recita una parte
del
Cantar de los Cantares: “Buscaba al amor de mi alma,
lo busqué y
no
lo encontré. Me levanté y recorrí la ciudad por las calles y las
plazas, buscando al amor de mi alma. Lo busqué y no lo encontré... Me
encontraron los centinelas, que andaban de ronda por la ciudad. ¿Han
visto a mi amado? Apenas los había dejado cuando encontré al amor de
mi alma.”
Recordé también al Profeta Jeremías que dice: “...
Ustedes que
pasan
por el camino, miren, fíjense bien si hay dolor semejante al dolor con
el que el Señor me ha herido...”
Años atrás Jesús, al revelarme lo que sucede durante la
Celebración de la Eucaristía, había dicho que ninguna Madre alimentó
nunca a su hijo con su carne y que El sí había llegado hasta ese
extremo del Amor dándonos como alimento Su Cuerpo y Su Sangre.
Ahora, al contemplar ese Cuerpo del cual colgaban lonjas de
piel y carne, apreciaba exactamente lo que quiso decirnos, y mi corazón
se sintió tan culpable, que pedía dejar de latir en ese momento para
no sufrir lo que estaba yo sufriendo. ¡Imaginemos lo que estaría
sintiendo en ese momento la Santísima Virgen!
Hoy, cuando comprobamos cuánto se ha degradado la mujer,
pisoteando su pudor, para entregarse desvergonzadamente a la mirada
sucia de tantos hombres...
Cuando vemos a todas esas jóvenes que se vanaglorian de
exhibirse en fotografías desnudas porque están orgullosas
de que
sus cuerpos, a veces perfectos en belleza, hayan sido
elegidos
para mostrarse cual barata mercancía, o como si fuera carne
fresca colgada de ganchos en los mercados…
¿Es que no se nos ocurre pensar, ni queremos creerlo, que
ese
cuerpo
es TEMPLO Y MORADA DEL ESPIRITU SANTO...?
Nuestro amor debería admirar más la pureza de María. No
debería ser tal o cual modelo la que inspire a nuestras hijas, porque
la carne es carroña que se pudre y la belleza más grande se envejece
para acabar convertida en polvo.
Todas las mujeres deberíamos tener como modelo a María,
imitar Su pureza, Sus delicados y auténticos movimientos realizados
siempre con aquella femineidad y sobriedad que da mayor Gloria a la
Creación de Dios y no entristece al Espíritu Santo.
Y es que lamentablemente muchas mujeres, al convertirse en entes
que se mueven por el mero instinto y el puro afán de seducción, con
ademanes que de tan exagerados resultan groseros, terminan por atentar
contra la misma estética que supuestamente buscan.
No podemos convertirnos en piedras de tropiezo, pues un día
deberemos rendir cuentas a Dios por cada uno de los hombres que a causa
de nuestro impudor pecaron, ya que no es tan culpable aquel que peca
mirando como aquella que se descubre incitando al pecado.
Que Dios se apiade de nosotras, las mujeres que no tuvimos el
interés de reconocer a María, la Llena de Gracia, como un posible
modelo a imitar.
“¡Oh!, ustedes, por quienes He dado Mi vida, Tienen
ahora una Madre a la que pueden recurrir en todas sus necesidades. Los
He unido a todos con los más estrechos lazos, al darles a Mi propia
Madre.”
Cuarta
Palabra:
La enseñanza de Jesús en este momento consistía en
mostrarme Su Rostro y dejarme ver que estaba muy pálido, detrás de ese
baño de Sangre. En ese momento el cielo empezó a oscurecerse, hasta
ponerse casi como si fuera de noche, era como si hubiera un eclipse.
Los oscuros nubarrones presagiaban tormenta, decenas de relámpagos
zigzagueaban en el horizonte y truenos muy fuertes retumbaban haciendo
temblar la tierra.
De pronto aparecieron centenares de Ángeles alrededor de
toda la escena. En un movimiento conjunto, perfectamente sincronizado,
todos ellos se postraron para adorar a Jesús, con las manos juntas y en
silencio, mientras sus brillantes rostros reflejaban una profunda
tristeza. Él Tenía la lengua y los labios muy secos, pastosos.
Nuevamente Su voz adquirió un matiz cansado, como si
le
costara hablarme, y me dijo: “Contempla esta escena, querida Mía y aprende que
los Míos no pueden marchar sin cruz por la vida.” “Ve y dile al
mundo lo que estás aprendiendo, y si quieren callarte, grita más
fuerte todavía, por la fuerza del amor que te une a Mí, como unidos
están estos dos maderos para formar un instrumento de salvación para
el género humano.”
“Di a las almas consagradas, que la cruz que llevan, no es
únicamente para que adorne su pecho o los identifique superficialmente
Conmigo. Primero deben revestirse de ella, aprender a ‘acomodarse’
en ella, en lugar de huir de ella. Diles que no pueden ambicionar el
Tabor si no han pasado antes por el Gólgota; que aquí, en la Cruz, es
donde aprenderán la caridad, la humildad, la pobreza de espíritu, la
templanza en todos los actos de su vida.”
“Asegúrales que Yo doy prueba y testimonio de que, desde
la experiencia de la cruz, se puede vencer fácilmente al demonio.
Contémplame: Soy verdadero Hombre, en el cual la carne
manifiesta sus limitaciones, y verdadero Dios al demostrarles la fuerza
implacable del Amor agápico.”
“Oren por aquellos que no conocen de sufrimientos, porque
de cierto, no están entre los Míos… Observa a estos dos condenados
que Me flanquean y medita acerca de las formas en que los hombres llevan
sus cruces.”
“Unos la llevan con rabia, con rencor, en medio de mucho
pesar. Quien carga una cruz
en semejantes circunstancias y con esos sentimientos, de hecho carga una
cruz que no tiene sentido, puesto que en lugar de acercarlo, lo aleja de
Mí. Por lo general esa es la cruz de aquellos que se niegan a
comprender el sentido del sufrimiento que adquiere dimensiones
sobrenaturales. Esa es la cruz que tiene el ladrón de Mi izquierda: es
la cruz que siempre será pesada y que nunca podrá redimir.”
“Dimas, a Mi derecha, acepta su cruz con resignación, y
hasta con dignidad, asumiéndola primero, porque no le queda más
remedio. Pero de pronto,
cuando Me reconoce y sabe que Soy el Hijo de Dios, acepta esa cruz
reconociéndose pecador y pidiendo que a través de ella, la
Misericordia se acuerde de Él.”
“Finalmente, Me tienes a Mí aquí, frente a ti.
Abrazado a Mi Cruz redentora, para enseñarles a cargar la suya. Los
invito a ser corredentores Conmigo, reparando sus propios pecados y los
de todos los hombres. Sepan que esta forma de cargar la cruz se refleja
en su conducta, cuando frente a ustedes tienen contrariedades y dolores
y a través de ellos se acercan a Mí, y sacan utilidad de ellos para
testimoniar ante los hombres; cuando abrazan su cruz y desde allá
pueden sentir que lo único que desean es fortaleza, porque la sed de
almas los abrasa a ustedes.”
“Tengo Sed…”
“Sí, tenía la boca y la lengua secas, estaba deshidratado
y la fiebre Me quemaba, por
eso tomaron una lanza y con un estropajo, pusieron en Mis
labios hiel y vinagre, para
burlarse aún más cuando se Me ampollase la boca.”
“Cuando dije tengo sed, aún tenía la vista fija en Mi
Madre, en Juan y un poco más
allá, en la mujer pecadora que ante semejante visión, ni
siquiera se sentía
digna de acercarse para tocarme compadecida. Tal era el
sentimiento de
culpa que la
embargaba, que se limitaba a llorar mirándome con impotencia. ¡Bendita
Magdalena, que permaneciste al pie de Mi Cruz dejando que tus lágrimas
se mezclaran con la Sangre redentora que iba cayendo en tierra!”
“Por tu amor y tu dolor fuiste redimida y premiada
con Mi primera aparición ante los hombres. Por haber amado tanto, tus
pecados fueron lavados y quiso el Padre premiar tu conversión y tu
sacrificio, colocándote en los Altares junto a Mi Madre y a Juan, para
que todos los que se creían “justos y sabios” se inclinasen luego
ante la que condenaban, y así se cumpla el Magnificat de María al
decir que Dios “enaltece a los humildes” y que a los “hambrientos
los colma de bienes”.
Entonces Jesús empe |