Fundación Presbítero Oscar Amado

  

       

        A la Luz de la Pascua

 

PRESENTACION

Como Obispo de Mar del Plata, me siento obligado por un grato deber, pero al mismo tiempo con un gozo muy grande, el iniciar las páginas de esta publicación, que reflejan el alma de un sacerdote. - el Padre Amado - que perteneció a la Diócesis y que ahora espera la Resurrección final.

Para un Obispo no hay nada más cercano a su corazón que el sacerdote. Y no podría ser de otra manera. La plenitud del sacerdocio del obispo adquiere mayor vivencia, se experimenta y se goza en sus sacerdotes que participan del sacerdocio de Cristo, a través del sacerdocio del obispo. Su sacramentalidad tiene vigencia, está presente, se extiende en cada sacerdote. 

Este vigor sobrenatural, se robustece en mi ánimo al dar continuación a la edición de las homilías del Padre Amado. Si bien no conocí toda su trayectoria, sin embargo pude disfrutar en los últimos años de su vida, - tal vez, los más fecundos, porque ya avisoraba su pronta partida a la Casa del Padre - de su labor sacerdotal.

El Padre Amado vivió su sacerdocio con dimensión eclesial; lo vivía como’hombre de Iglesia’; a pesar de su exteriorización un tanto rígida, era un hombre religioso en el sentido pleno del término. Amó a la Iglesia, a la Iglesia lacerada que le tocó vivir, con un sentido sacerdotal de esperanza. Renovaba su sacerdocio constantemente en el estudio, en la reflexión, en la oración. Su capacidad teológica que derramó a manos llenas en las clases de teología en la Universidad Católica y posteriormente en el CEDIER, en la Escuela Universitaria de Teología y en el Instituto de Catequesis, tenían sabor a don del Espíritu que lo entregaba con sabiduría y con elocuencia.

Toda esta idoneidad teológica tenía una aplicación pastoral en la predicación de la Palabra, desde su,parroquia de San Pio X. Sus homilias llegaron a calar hondamente en el corazón de los fieles.

Como Obispo, pués, de esta diócesis de Mar del Plata, quiero que no se suspenda ni se interrumpa el testimonio de Iglesia que dió el P. Amado. Deseo vivamente que a través de sus homilías, siga presente su acción sacerdotal y el amor perenne a la Iglesia de Jesucristo.

 

  +ROMULO GARCIA

  Obispo de Mar del Plata

 

 

INTRODUCCION

Hace sólo dos años, en la Cuaresma de 1984, comenzamos nuestra tarea catequística, mediante la desgrabación de las homilías del padre Oscar Amado, sabiendo la utilidad que prestarían al Pueblo de Dios, por su interpretación de la Palabra del Señor, tan actualizada e insertada en la vida cotidiana de los hombres.

Hoy, nuevamente con alegría presentamos este cuarto volumen de sus homilías que completan los tres ciclos fuertes litúrgicos (Navidad-Cuaresma-Pascua), que fueron motivo de nuestras publicaciones anteriores; la primera “Reflexiones sobre la Cuaresma”, la segunda “Reflexiones sobre el Adviento y la Navidad” y la tercera “Reflexiones sobre la Pascua”.

El presente cuadernillo como lo indica su título “A la Luz de la Pascua”, reúne las fiestas posteriores de Pascua, siendo ellas: a) Ascensión del Señor, b) Pentecostés, c) Santísima Trinidad, d) Corpus Christi, e) Cristo Rey.

Confiamos que al igual que las anteriores homilías brinden una reflexión honda, serena para aquellos que incansablemente buscamos el Reino de Dios.

Buenos Aires, 29 de Junio de 1986

fiesta de San Pedro y San Pablo.

FUNDACION PBRO. OSCAR AMADO


FIESTA DE LA ASCENSION DEL SEÑOR

En el proceso de la Pascua que estamos viviendo, hoy celebramos la Ascensión de Jesús al cielo.

Y la celebramos, porque en este hecho de la Ascención de Jesús al cielo, o del hecho de que .Jesús culmine su vida junto a Dios, nosotros vemos el anticipo de nuestra propia vocación a la vida.

Lo que pasó en .Jesús, nosotros lo conmemoramos porque es en el fondo lo que puede pasar en nosotros, si lo dejamos a Dios actuar.

Que Jesús haya llegado a Dios, nos muestra en alguna medida el hasta dónde del hombre; hasta dónde llega la posibilidad del hombre, ¡qué más podemos nosotros buscar en la vida que consumada en Dios! A veces esto no nos lo planteamos porque vivimos sumergidos en la vida cotidiana. Pero si, vemos que la vida se mueve en la búsqueda del amor, de la saciedad, de la paz, etc.; si no hay un después, un último después, que colme estas dimensiones, la vida no tiene sentido.

Vivimos muy sumergidos en el ahora y en el aquí. Siempre andamos buscando un después inmediato, es decir; yo ahora estudio, después me voy a recibir, después que me reciba voy a poner un estudio, después me voy a casar, después voy a tener hijos, después los voy a mandar al colegio, después haré tal cosa, después, después. . .

En el fondo la Ascensión de Jesús nos muestra cuál puede ser el último después, detrás del cual ya no hay que esperar ningún otro. Nos muestra dónde, en último término, habría que poner la esperanza de alegría, de paz, de amor, que es la que teje toda nuestra existencia cotidiana todos los días.

Nos revela en el fondo, toda nuestra posibilidad, hasta dónde podemos llegar, y muestra al mismo tiempo todo el poder de Dios, lo que Dios puede obrar en nosotros. Dios nos llamó a la vida, y en la vida nos da una enorme cantidad de posibilidades. Pero en el fondo, Dios no nos creó para esas pequeñas posibilidades, que la vida rutinaria nos hace vivir, sino que nos creó para la Vida en modo absoluto, total, definitivo, más allá del vaivén de las circunstancias concretas. Es decir, Dios no puede hacer más por nosotros que invitarnos a la vida definitiva, y a participar de su propia plenitud. Por eso, en la Ascensión de Jesús conmemoramos lo más que puede hacer Dios por un hombre. Como visto desde la óptica de Jesús lo más que puede hacer un hombre por sí mismo, aceptando lo que Dios hace por él; y salvando de ese modo la vida.

Por eso en la Ascensión de Jesús nosotros vemos dos cosas:

Primero, el último paso de la vida terrena de Jesús, que es en el fondo la condensación eterna de su vida, y de su persona, pero por otro lado lo que vemos es el comienzo de una responsabilidad para aquellos que han descubierto a Cristo y es la responsabilidad por una parte de descubrir ese sentido que Cristo pone y que Dios puso en él, en la Ascensión, al invitado a compartir su vida y su eternidad.

Y segundo, el comienzo de la “misión” de los discípulos: “Vayan por el mundo y anuncien la Buena Nueva a toda la creación. . .”

Descubrirlo uno, y al mismo tiempo testimoniarlo a los demás, para que todos vayan encontrando el sentido total de lo que aman, de lo que buscan, de lo que construyen, de lo que esperan. Es decir, muchas veces hemos aludido a que no hay en la vida ningún don que no sea simultáneamente una responsabilidad.

Si Dios a mí me dio inteligencia, es un talento del cual me va a pedir cuenta. Si Dios a mí me fue llevando a un bienestar económico, también me va a pedir cuenta del uso social que yo hago de mi dinero, de mi empresa, de lo que sea, de todo. Si Dios me dio a mí la posibilidad de formar una pareja, una familia en el amor, también me va a pedir cuenta. Si Dios me dio la posibilidad de hijos, también me pedirá cuenta de qué he hecho con esos hijos, porque los hijos me los da como tarea y no como un don que yo uso para mi propia saciedad interior.

Con la Ascensión termina la vida terrena de Jesús, pero comienza la responsabilidad de aquellos que creen que vivir y anunciar el Evangelio vale la pena.

Que lo que aconteció en ese hombre Jesús de Galilea, es la última posibilidad, lo más que puede suceder en cualquiera de nosotros. La responsabilidad de los que creemos eso, radica en que lo creemos no sólo para salvar nuestras vidas, o sea, llegar a esa máxima posibilidad; sino que también debemos vivirlo de modo tal que otros encuentren el camino.

Porque no es un camino más, sino sencillamente, EL CAMINO. Es como si dijéramos, ¿comer es necesario para vivir; hay otro camino que no sea comer? No, no hay otro camino; ¿hay otro camino a que dé sentido absoluto a la vida? No, no hay ningún otro camino, por eso quienes en Cristo descubrimos el sentido de la vida, tenemos la obligación por misión y amor, de testimoniarlo a los demás.

Es el planteo que nos traen las lecturas bíblicas de hoy.

Por un lado nos dicen que Cristo es nuestra esperanza, pero por el otro lado que esa esperanza no es para gozarla quietamente sino es para despertar la responsabilidad de testimoniarla y de transmitirla.

Reflexionemos brevemente, esta Palabra de Dios.

Primera lectura: Libro de los Hechos de los Apóstoles (1-1-11). Muchos aspectos podríamos reflexionar de este pasaje que nos recuerda San Lucas, pero haremos hincapié en uno:

“Tomemos conciencia”, vamos a traducido a nuestra manera de hablar muy simple. En el catecismo nos dijeron que después de la muerte estaba el cielo o el infierno, son dos modos de hablar.

El cielo, eso que llamamos cielo o eso que llamamos infierno no son lugares, sino estados de la persona, estados. Es como uno, está a veces de buen humor o está de mal humor, uno anda bien de salud o anda mal de salud, es decir tiene un estado de buena salud, o un estado de mala salud; infierno o cielo son estados del hombre que pasada su vida terrena y de acuerdo al sentido que dio a su vida terrena fija eternamente su existencia, elige como tantas veces lo hemos dicho lo que quiere ser.

Cielo o infierno, es vivir eternamente la paz, la alegría, de una vida realmente realizada o vivir la angustia de una frustración que ya no tiene remedio. Pero vendría a decir San Lucas lo siguiente:

El cielo y el infierno no son realidades que vendrán después, sino son realidades del ahora, o sea el cielo no viene cuando uno muere, en ese instante, queda fijado el estado que uno eligió, uno ahora, es cielo o es infierno. Por eso el llamado continuo de Cristo a la conversión, si uno responde a su llamado hoy puede tener la esperanza de que su vida eterna va a tener sentido, si no, no. Y San Lucas dice que hay que tomar conciencia de esto, porque Dios está hoy gestando en nosotros a través del tiempo, y a través del proceso de la madurez humana, la vida eterna, nos toca a nosotros la opción por la vida definitiva (la vida de Dios o por la vida solamente terrena (sin Dios); tomemos conciencia, somos cielo o somos infierno, para nosotros mismos y para los demás. Porque cada uno transmite lo que vive: quien es cielo es imagen de Cristo, es amor, alegría y paz para los demás; y fundamentalmente diálogo, comunión. Y quien es infierno, es aquel que quiso proyectar su imagen humana, dijo no, a la imagen de Cristo, no a la trascendencia, se quedó encerrado, en su mundo y sus cosas. No dialogó con Dios, ni con el hombre, quedó aislado, solo, siendo fuente de desunión y de ruptura de relaciones con el hombre y con Dios. Se transforma así en mal para la comunidad, destruyendo y vaciando el verdadero sentido de la vida. Perdió la trascendencia, perdió la vida, perdió a Dios.

Esto es lo que dice San Lucas, interpretando su texto con nuestras palabras de hoy Segunda lectura. Epístola de San Pablo (Efesios 1, 17-23). Siguiendo y coordinando la idea de San Lucas. Hay que tomar entonces conciencia, que el después que viene, el mañana de Dios, no va a traer una realidad nueva, sino es el hoy que la provoca. Nosotros muchas veces pensamos que el día de mañana vamos a cambiar, y que seremos grandes tipos, habrá un día en que nos jugaremos por el amor, habrá un día en que, habrá un día en que. No habrá ningún día.

En el fondo el después no trae una novedad sobre el ahora sino el después es la consecuencia del ahora, vendría a decir San Pablo.

Si mi ahora es estupidez, mi mañana será estupidez. Por eso la urgencia de la conversión. Es decir, si hoy soy joven y tengo hijos chicos, cuando mis hijos sean grandes, si no soy un gran padre ahora, no lo voy a ser después y cuando sea abuelo, no voy a ser un gran abuelo, seré un pobre abuelo; es decir no hay nada nuevo en la vida que llegue si no es gestado desde el ahora, no hay cielo futuro, decía Lucas, si no hay cielo ahora, y Pablo agrega no hay fecundidad mañana, si no hay fecundidad “hoy”.

Similar planteo nos trae el evangelio de San Marcos (en la tercera lectura Mc 16, 15 - 20) cuando dice: “vayan por todo el mundo, anuncien el evangelio”.

Lo que quiere significar es esto; ese ser cielo significa: ser un sacramento. Los hombres, estamos acostumbrados a pensar nada más en los siete sacramentos: el bautismo, un signo a través del agua o del

lavado, significa ¿qué?, o en la eucaristía que vamos a celebrar, a través del sacramento o del símbolo, del signo del pan y del vino, queremos significar ¿qué?

Cuando ungimos al enfermo, queremos significar ¿qué?, cuando el sacerdote nos dice que nos perdona en nombre de la iglesia quiere significar ¿qué? Cada uno de nosotros significa algo, y lo que quiere decir aquí San Marcos y lo pone en boca de Jesús, que la verdadera fe, es la que significa algo para los demás, la que busca testimoniar la fe al otro. Por eso yo les aludí al comienzo de la oración penitencial, el pedir perdón por nuestra falta de sentido misionero, que muchas veces nos reduce como comunidad cristiana, a una especie de ghetto cristiano, que cada domingo usufructa de la eucaristía, pero no la vive ni la significa. Decimos tener en nosotros la esperanza y la fe en Cristo pero no lo significamos a nadie, ni a la gente del barrio que a lo mejor lo necesita y lo busca, ni a la gente de nuestra parroquia, ni a los privados de templo, de sacerdote, de liturgia, de bautismo, de todo, y que necesita de nuestro tiempo y nuestra generosidad para que le vayamos a testimoniar a Cristo y ayudarlos para que se encuentren, como hombres y como comunidad, encontrando a Dios.

En el fondo, vida y fe son una misma cosa; la fe es el color de la vida; es ser sacramento para los demás como hay una serie de signos humanos que son sacramentos para nosotros, como Cristo fue sacramento para nosotros. Y que mi misión, es responderle a Dios (la fe) con mi vida, en la vida (en la historia)

Esto nos tiene que llevar a pensar muchas cosas.

Celebrar la Ascensión del Señor, como celebrar la Pascua, como celebrar la Navidad, como celebrar todas las fiestas cristianas, puede ser algo maravilloso o algo sumamente tonto. Puede ser algo sin sentido si lo reducimos a recordar que un día, no sabemos cómo, Jesús entró a participar de la vida del Padre. Eso sería tonto.

Es necesario que entendamos que hoy, en nosotros, se está dando el mismo misterio y la misma opción de Cristo que en el fondo, el elegir vivir es una cuestión nuestra; Cristo eligió vivir por eso pasó el misterio pascual, por eso vivió una ascensión y por eso nos lo testimonia a través del Espíritu Santo, que sin cesar envía para que obre el misterio de la vida en nuestros corazones, Jesús eligió. A nosotros nos toca “hoy” elegir.

Debemos preguntarnos ¿qué estamos eligiendo en la vida? Es una pregunta muy seria, si realmente elegimos la posibilidad de Dios para nuestra vida, o nos conformamos con las posibilidades lindas pero que solamente cubren lo terreno de nuestra existencia.

¿A ver qué futuro estamos gestando? porque ningún futuro vendrá que nosotros no hayamos preparado.

Cuando uno vive sin futuro, sin gestar el futuro, termina muriendo sin futuro; el que vive solamente de la herencia del pasado, el momento presente, se queda sin futuro, es el presente, lo que somos hoy, lo que llama al mañana. Nosotros muchas veces entendemos al revés la cosa. Pensamos que el hoy es resultante del ayer, pero el sentido más hondo del hoy, y eso quiere decir vivir, es que el hoy puede determinar cuál va a ser mi mañana, y que en el fondo cada día es para mí una determinación y una elección de lo que será mañana.

Por eso lo importante de la vida no es pensar en los pecados sino es meditar muy hondamente en las posibilidades futuras.

Esto es lo que encierra el misterio de la Ascensión de Jesús y esto es lo que debemos meditar con mucha serenidad. Y lo que tendremos que seguir meditando en el futuro. Porque si nosotros seguimos encerrados aquí en una celebración dominical pero no vivimos una proyección de fe, no hacia el hombre teórico, porque al hombre teórico todos lo amamos, al hombre teórico todos le testimoniamos nuestra fe, con el hombre teórico nadie tiene problemas, sino a ver si rompemos quizás nuestro ghetto cristiano y somos capaces de testimoniarlo al hombre concreto, de nuestra familia, de nuestro barrio, de nuestra zona, y no a través de idealismos, muy muy sutiles, sino de concreciones bien prácticas; si somos capaces de testimoniarles nuestra fe, a los del barrio, a los que viven alejados de nuestra Parroquia) que en el fondo quizás mucho más inconsciente que conscientemente esperan que nosotros llevemos algo. O, yo diría desde la óptica de Dios somos para ello quizás la única posibilidad que tienen para descubrir de una manera consciente el sentido de la vida que Cristo nos da, y a la cual Cristo nos llama. La esperanza para la cual el Señor nos crea.

Evidentemente uno se puede salvar viviendo inconscientemente estas cosas, y no necesita de la presencia de nadie, pero la alegría de la vida no es vivir inconscientemente la verdad, sino vivir la verdad con la conciencia suficiente como para que de la verdad vivida nazca alegría, nazca paz y nazca esperanza, cosa. que tantas veces necesitamos.

El problema no es vivir la fe, sino darse cuenta que uno la vive y gozar de lo que esa dimensión nos da en el hoy, y en el aquí.

Pidamos al Señor que ilumine nuestra reflexión. Ahora en el silencio condujamos nuestra oración personal, que es en el fondo la respuesta que hoy damos cada uno de nosotros al Señor Jesús que un día se fue junto al Padre pero que hoy está en medio nuestro a través de su espíritu.            .


FIESTA DE PENTECOSTES

Con esta fiesta de Pentecostés se cierra el ciclo Pascual, es decir, el ciclo de la reflexión y celebración anual del fundamento de nuestra Fe.

Pentecostés quiere decir, cincuenta días, y recuerda y celebra el misterio que relata el libro de Los Hechos de los Apóstoles, de cómo luego de la Ascensión del Señor, los apóstoles tuvieron una honda experiencia del Espíritu Santo en sus vidas y de esa honda experiencia nació la Iglesia.

Muchas veces nosotros pensamos que Jesús fue el que un día les dijo a los apóstoles: bueno miren hay que seguir esto que yo digo por lo tanto organícense, y El organizó la cosa. Jesús no organizó nada, El durante su vida terrena. Fue el Espíritu Santo el que movió el corazón de los apóstoles, y fue el Espíritu Santo quién en los corazones de ellos fue haciendo lentamente nacer la Iglesia.

La Iglesia no la hizo Jesús directamente, por más que la quiso, la Iglesia no la hicieron los apóstoles, la Iglesia la fue haciendo el Espíritu Santo como don de Dios en el corazón de ese grupo de hombres.

Como si se hubiera operado un gran cambio, así como cuando celebramos la eucaristía, hablamos de la transustanciación, es decir el pan se convierte en la presencia del Señor. Podríamos hablar de una transustanciación en la Iglesia primitiva, la presencia de Dios en Cristo, se cambió en la presencia de Dios en ese grupo de hombres. Y hoy la presencia de Dios en el mundo somos nosotros si realmente, somos Iglesia del Señor. Y digo somos Iglesia del Señor porque todos tenemos el egoísmo, es una veta humana muy honda. Todos tenemos la tentación de hacer una fe cristiana por cuenta nuestra, con la mejor buena voluntad pero pensando más en nuestro ser individual que en el mensaje evangélico. O tenemos la tentación de hacer una Iglesia por nuestra cuenta, pensando que lo importante en la Iglesia, en la diócesis, o en una parroquia, lo importante es la organización que tengamosl si tenemos o no edificiol si hacemos o no colegiosl etc.; tentación que a veces hace sucumbir a mucha gente. El que hace la Iglesia aún hoy es el Espíritu Santo y el que tiene vocación cristiana auténtica, y vocación de ser Iglesia, de ser comunidad de fe, lo que tiene que pensar primero es que la Iglesia nace en la medida en que todos y cada uno se dejen invadir por el Espíritu Santo.

Si no es Dios el que hace la Iglesia, la pobre Iglesia humana que podemos hacer nosotros los hombres, puede no servir para nada. En ese sentido, tenía razón lo que argumentó hace unos días. Cassius CIay, el boxeador, en un determinado momento dijo, Dios viene y propone su amor a los hombres, las Iglesias, decía él, las hicimos los hombres, nos las hizo Dios. Esto evidentemente no es cierto del todo, porque la Iglesia la hace el Espíritu Santo pero encierra una gran intuición, la tentación que tenemos nosotros de hacer una Iglesia al estilo nuestro, en vez de dejar que Dios, por el Espíritu Santo, obrando en el corazón de cada uno, y por procesos realmente lentos de profundización, vaya haciendo El, la Iglesia entre nosotros.

Hoy leímos tres lecturas, que en el fondo no son sino, tres testimonios de San Lucas, de San Pablo, y de San Juan, de cómo ellos vivieron las cosas.

En la primer lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles (2, 1-11), aparece una frase que en alguna medida sintetiza todo y se relaciona un poco con lo que recién decíamos. Ellos se descubrieron como Iglesia, se dieron cuenta que eran Iglesia, Iglesia es una palabra griega, que quiere decir comunidad de fe. Pero comunidad de fe, no de gente que se asocia por un sentido de compartir la misma religión, sino comunidad de fe, de gente que se reúne en torno a un misterio que es la Palabra de Dios y los signos de la presencia de Dios que hoy nosotros llamamos sacramentos.    

San Lucas dice que esto se dio, porque ellos estaban llenos del Espíritu Santo. Ellos y María la madre de Jesús que estaba ahí, por eso a María se la suele llamar madre de la Iglesia, no diciendo o pretendiendo proponer cosas raras, sino por una sencilla razón, fue la mujer que estuvo en los orígenes y que dejó que el Espíritu Santo la convirtiese en cristiana, y de ser cristiana la convirtiese en Iglesia, en un pedazo de esa comunidad de fe. Estaban llenos del Espíritu Santo. Es una pregunta que nos tenemos que hacer, a ver hasta dónde nosotros dejamos que el Espíritu de Dios obre en nuestros corazones, y no en un sentido moral, para que dejemos de ser malos y seamos buenos, porque en último término esto es relativo, es secundario.

Hubo hombres que fueron malos pero que estuvieron permeables al Espíritu de Dios, e hicieron grandes cosas. Podríamos proponer a San Agustín o San Ignacio de Loyola, el fundador de los jesuitas, eran dos magníficos atorrantes, y de mundo. Pero eran hombres con un corazón abierto, y llegó un momento en sus vidas en que ese dejar obrar a Dios en sus corazones los convirtió en grandes hombres.

San Agustín es el padre de todo el pensamiento cristiano occidental y San Ignacio de Loyola es el padre de todo el esfuerzo cultural de la Iglesia en los tiempos modernos y un poco el padre también de las misiones en los lugares inverosímiles, cuando se comenzaba a misionar el extremo oriente, hace tres siglos.

Eran hombres tremendamente vagos, pero tremendamente abiertos, y a veces uno se podría preguntar, qué vale la pena, no ser vago y tener el corazón cerrado a Dios, o ser vago y tener el corazón abierto a Dios, porque Dios puede convertir al vago si tiene un corazón abierto, pero no puede convertir al puro si tiene el corazón cerrado.

Los apóstoles estaban llenos del Espíritu Santo, es una cosa que tenemos que reflexionar hondamente, porque la calidad de nuestra vida cristiana no se mide por la moral, si somos muy buenos o muy malos, sino se mide por nuestra realidad interior, hasta dónde el Espíritu Santo y el Espíritu del Evangelio ha penetrado realmente el núcleo de nuestra persona.

El núcleo de nuestra persona, porque se puede ser una persona moralmente buena, pero no ser cristiano, y se puede ser una persona muy rezadora y muy religiosa y no llegar a ser Iglesia comunidad de fe, comunidad de fe que es la presencia de Cristo, el Cristo grande, total, en la historia que se va armando.  

Eso es lo que decía San Lucas, como contaba él su experiencia. En la segunda lectura, San Pablo (1Cor 12, 3-7, 12-13) escribiéndole a unos amigos que tenía en Corinto, les dice: la clave está en llegar a ser una comunidad de fe, porque el Espíritu Santo no obra en cada uno suelto, con la cual esta observación hecha por San Pablo y que aparece en la Biblia, tira abajo el concepto individualista de la fe. Ese concepto individualista en el cual pensamos que lo importante para mí es que yo sea bueno, que yo rece, que yo, siempre yo, que yo, que yo, que yo, tira abajo ese criterio individualista. Es decir, Dios me llama no a salvarme, me llama a entrar y a formar una comunidad de salvación, de salvación terrena y de salvación eterna.

Por eso el Señor no fundó, como muchas veces hemos dicho, una religión sino, fundó una Iglesia, una comunidad, que es distinto.

¿Que diferencia hay entre religión y comunidad, para aclarar un poco lo que quiere decir San Pablo, sin entrar a definir bien la cosa?

En una religión se dice, las cosas son así, el que quiere entrar tiene que hacer esto; y San Pablo les decía a los de Corinto, en la comunidad no, en la comunidad cada uno sigue siendo como es, hay viejos y hay jóvenes, hay mujeres y hay varones, hay gente dinámica y gente menos dinámica, hay gente inteligente y hay gente analfabeta, pero la norma está, en que todos: el analfabeto con el culto, el joven con el anciano, la mujer con el varón, el soltero con el casado o el viudo, pongan en común el misterio de sus vidas, traten de descubrir qué es lo que el Espíritu está haciendo en ellos y descubriendo y viviendo eso, pongan sus vidas como comunidad al servicio de lo hombres, para proclamar el Evangelio, para iluminar el sentido de la vida a la luz de la fe, para enseñar cómo se construye un mundo humano, para proclamar la esperanza absoluta en el reino de los cielos, que es lo que le da contenido a todo lo que hacemos.

Por eso para San Pablo el problema de la conversión, de la famosa conversión (pensando en este Espíritu de Pentecostés), no es que yo me convierta a Dios y deje de ser malo, el problema es que yo me convierta a la comunidad, o sea que yo, renuncie al espíritu egoísta y que me convierta al nosotros de la fe. Que es terrible porque ¿a quién le gusta eso? Es mucho más fácil ser bueno que tener espíritu de Iglesia comunitaria, es mucho más fácil porque ¿qué quieren que les diga?, ser bueno costará, pero tener espíritu de comunidad y asumir las miserias de los otros y el compromiso de los otros y vivir un poco para los demás, eso es duro; y es lo que hizo el Espíritu Santo en ellos. Porque si observamos un poquito cómo fue la cosa, ¿quiénes eran los apóstoles?, eran, bueno habría alguna persona más o menos culta, como podría ser San Mateo, ¿no?, que era empleado de, podríamos decir hoy de la Dirección General Impositiva, pero en general era gente simple y era gente bastante egoísta, de hecho piensen que cuando Jesús muere en la cruz, todos se van, y se queda uno, que es San Juan porque era amigo, no porque creyera mucho; sin embargo de esta gente mediocre, analfabeta, pero sincera, de esta gente que se había separado, que habían escapado, el Espíritu Santo pudo hacer una comunidad, y esta gente cobarde fue la que salió a predicar el evangelio por todo el mundo, todo el mundo de aquel entonces. Es decir, que pasó, gente individualista, gente diríamos mediocre, pero que en un determinado momento se abría a Dios, y Dios los unió, porque es Dios quien hace a la comunidad, los hizo Iglesia. Ese es el misterio de Pentecostés. Y allí en esa comunidad Dios pudo seguir proponiendo el mensaje de Cristo a todos los hombres. Por eso estamos nosotros aquí.

En la tercera lectura el evangelio de San Juan (20, 19-23). Jesús les habla a los apóstoles del don del Espíritu Santo anunciándoselos, y les dice una cosa muy linda.

Si ustedes se abren, porque Dios no les pide que se abran al Espíritu Santo, para que se salven, eso va por añadidura; hay una cosa más importante, para que a través de ustedes, Dios pueda seguir mostrando su misericordia y Dios puede seguir proponiendo el misterio de la reconciliación y de la esperanza a todos los hombres.

Esa frase, reciban el Espíritu Santo, los pecados se perdonan, a los que ustedes se los perdonen, y a los que ustedes no se los perdonen no.

Lo queremos traducir a una manera de hablar moderna: Reciban el Espíritu Santo, el misterio de la salvación y de la vida va a llegar a aquellos a quienes ustedes se lo den, y a quienes ustedes no se lo den, no va a llegar. Esto es lo que quiere decir. Es el llamado a hacerse cristianos, es decir a identificarse con la propuesta que Dios nos hace en Jesucristo y seguir proponiéndola e ir haciéndola madurar a lo largo del tiempo.

En todas estas cosas hay muchos aspectos para meditar, yo a modo de conclusión pondría dos:

El primero, los fracasos que la Iglesia tiene, tanto en el orden grande como en el orden chico, en último término se deben a una infidelidad al Espíritu Santo; a querer hacer las cosas nosotros y no dejar que el Espíritu Santo las haga a través nuestro. Por eso una parroquia puede tener mucha gente, pero si la catequesis es mala, hay una infidelidad al Espíritu Santo, si no hay espíritu evangelizador, hay una infidelidad al Espíritu Santo, si la liturgia es un plomo, la misa o el bautismo, hay una infidelidad al Espíritu Santo. Si la gente no se preocupa por los problemas del mundo, y no se preocupa por leerlos a la luz del Evangelio, si no se preocupa de la justicia, de la libertad, de la política, de la paz, de la economía con criterios de evangelio, no está el Espíritu Santo.

Por eso cuidado, a veces tenemos parroquias muy lindas, pero que son un fracaso evangélico, porque son comunidades hechas al estilo humano, para rezar, para salvarse uno, pero no para ser la Iglesia que Jesús quiso. Y ahí tendríamos que preguntarnos, si Jesús viniera acá y nos viera a los que habitualmente, somos acá el grupo cristiano, ¿qué diría de nosotros? Yo creo que lo peor que puede decir es esto: Miren, ustedes son gente muy buena, son gente fabulosa, pero ustedes no sirven para nada. Ustedes vieron cuando en el retrato del juicio final (un retrato del evangelio), habla siempre de que los condenados van a la gehenna, y gehenna es una palabra griega, era el basurero de Jerusalem, y esto lo hemos analizado varias veces. Cuando plantea el problema de la condenación, Jesús, no plantea el problema de un tipo que va a sufrir porque se portó mal, plantea el problema de un individuo al cual Dios lo tira a la basura; ¡lo tira a la basural ¿qué cosas se tiran a la basura?, las que no sirven. La peor condenación de Dios, no es que nos digan fuiste malo, la peor condenación es que nos diga, no servís para nada. Entonces tendríamos que ver si entrando el Señor a nuestra parroquia (yo estoy exagerando para provocar la reflexión de ustedes y la mía propia), y nos diga: Ustedes son gente muy buena pero no sirven para nada, no me entendieron para nada, no me entendieron, no entienden lo que es el evangelio. O sea, cuando hay un fracaso, falla nuestra evangelización, nuestra liturgia, nuestra catequesis, nuestra fraternidad, nuestra proposición, o nuestro interés por los problemas del mundo. Puede ser que el fracaso se deba no a la falta de locales, a la falta de organización, a la falta de gente, se deba a que no le hemos dado cabida al Espíritu Santo. Esa era la primera observación.

La segunda observación es ésta, en la reunión de Puebla, de 1.979 del episcopado latinoamericano en México, a fines de enero y principios de febrero, entre las cosas que se dijeron, y quizás como nervio, hay una idea, y es que en los tiempos que vienen de América Latina la Iglesia debe profundizar en dos cosas: en el espíritu de comunión, con el cual el no al individualismo, y en el espíritu de participación, es decir que si uno en la Iglesia no es protagonista, deja de ser un cristiano porque en la Iglesia no hay espectadores.

Así como en el teatro están los protagonistas y los espectadores, en la Iglesia no hay espectadores, uno, o es protagonista o está fuera de la Iglesia. No por malo, naturalmente, puede ser por ignorancia, puede ser por un montón de factores, pero el problema es ése. Donde no hay espíritu de comunión y de participación, no está la Iglesia del Señor, no se sigue dando el misterio de la presencia viva de Dios en Cristo y en el evangelio.            .

Cuántas cosas para reflexionar, relean las lecturas bíblicas y pídanle sobre todo al Espíritu Santo que los ayude. Yo pienso que el error nuestro está en que, en nuestra oración le decimos muchas cosas a Dios pero no dejamos que Dios nos diga cosas a nosotros. A veces, la mejor oración que hay es quedarse en silencio, y dejar que Dios hable al corazón, Rinde más esta oración, y hace mucho más bien esta oración para uno mismo y para todos, que a veces esa oración hablada, que hacemos, y que nos preocupamos en mejorar lo más que podemos. Hagamos un silencio, y pidamos al Señor que nos ilumine y nos ayude a nosotros, a nuestra Iglesia de Mar del Plata, y a toda la Iglesia universal.


FIESTA DE LA SANTISIMA TRINIDAD

Hoy en la Iglesia universal se celebra la fiesta llamada de la Santísima Trinidad. El sentido de esta celebración es un poco invitar a una reflexión sobre nuestra actitud, y nuestra sensibilidad, frente a Dios. Es decir, luego de haber celebrado los grandes misterios cristianos, la Navidad, la Pascua, y Pentecostés, sobre todo la Pascua, esta celebración de la Trinidad es un poco invitarnos o introducirnos en una reflexión sobre la validez de algunas actitudes nuestras frente a Dios, cuya presencia entre nosotros, hemos reflexionado en esos misterios que decíamos, de la Navidad, de la Pascua y de Pentecostés. Por eso leíamos estos tres textos bíblicos. Siempre una reflexión válida debe partir de la Palabra de Dios y no de nuestras propias palabras. Estos tres textos bíblicos son muy diversos, uno muy antiguo, de la más pura literatura judía, el libro del Deuteronomio; uno de una carta que San Pablo escribe a los romanos en vísperas de viajar de Jerusalem a Roma, y por último el evangelio de San Mateo que busca un poco señalar la misión que Cristo les dejó a los discípulos.

Vamos a ver qué nos dicen estas lecturas, y qué pautas de reflexión quedan para nuestra tarea personal.

Primera lectura: (Dt. 4, 32-34. 39-40). Este capítulo cuarto del libro del Deuteronomio entre otras cosas hace o busca hacer una evaluación de lo que Dios ha realizado con Israel, y entonces plantea una idea, que es precisamente la que la Iglesia quiere rescatar en este día, una idea que sin duda es muy útil para nuestra vida personal de fe y también para nuestra vida comunitaria, es decir, mal o bien todos los domingos acá nosotros nos reunimos y malo bien pretendemos ser una Iglesia parroquial, es decir una comunidad cristiana en este barrio de la ciudad.

Lo que el libro del Deuteronomio dice es esto, la vida con su rutina, con su desgaste, puede a nosotros oscurecernos el recto sentido de Dios. Es decir, como nos acostumbramos a todo, también nos podemos acostumbrar a Dios, y el hecho de acostumbrarnos a Dios encierra un riesgo, que Dios es lo absolutamente nuevo, lo absolutamente total, y en la medida que uno se habitúa a Dios, en alguna medida lo destruye a Dios. Porque Dios es algo a lo que uno no puede habituarse, porque siempre es desbordante, siempre es nuevo.

Entonces, una de las actitudes, fundamentales del hombre o de una comunidad es tener una buena memoria del pasado, y ejercitarse en ella. Una memoria del pasado para ver a través de la propia experiencia cómo Dios ha ido obrando en nuestras vidas. Sin duda alguna todos nosotros, de distintas maneras naturalmente, todos hemos experimentado la presencia viva de Dios en nuestras vidas, de diversos modos. Hubo momentos en que uno lo sintió a Dios muy cerca, por el contrario hubo momentos en que Dios pareció ausente, hubo momentos en que la fe, realmente, empapó nuestras vidas, momentos en que hubo grandes crisis y grandes dudas, experimentamos la mano de Dios tocando nuestras familias, nuestros hijos, nuestra profesión, o el contrario hemos sentido hondos vacíos, hemos tenido grandes aciertos y grandes errores. Es decir lo que hoy nosotros somos es la resultante de un largo proceso vital, en el cual Dios también obró. Tener una buena memoria del pasado es necesario para ir recordando cómo ha ido obrando Dios en nuestras vidas, y cómo Dios también ha sido, protagonista de esa historia por la cual nosotros hemos llegado a ser como somos. De lo cual uno saca, que toda auténtica historia de salvación (la salvación no es un día, no es un momento, no es una experiencia, la salvación se teje con la historia de nuestra propia vida), es un proceso. A través de esa memoria uno va descubriendo o rescata, cómo Dios es también protagonista de nuestra propia historia, y cómo hoy lo es, y cómo el futuro también está condicionado por la aceptación que nosotros realicemos de que Dios realmente no sólo intervenga en nuestra historia, sino intervenga dándonos nosotros cuenta y aceptándolo de verdad. Esto es muy importante porque contra la rutina y el olvido, lo importante es entender que la vida es algo que se va desarrollando y que Dios está metido realizando también la historia de nuestra salvación terrena y de nuestra salvación eterna. Lo cual en alguna medida supondría que teniendo en cuenta, o con el saldo de esa reflexión sobre nuestro pasado, con esa recta memoria del pasado, uno vuelve a centrarse en Dios, para centrarse en Dios no es necesario hacer un esfuerzo interior, es necesario sencillamente tener una buena memoria y sacar las conclusiones que de esa buena memoria hay que sacar.

Y como les decía al comienzo, esto se aplica no solamente a la historia personal de cada uno, sino a la historia de las comunidades. Se podría hacer la misma reflexión sobre la historia de la familia, de cada familia o de cada pareja, y se podría y pienso que es necesario hacer nuestra historia aquí también como comunidad parroquial, lo que Dios ha ido obrando en nosotros, en todo lo que ha significado y se ha vivido, desde aquellos tiempos en que este terreno era un baldío, hasta que unos cuantos se propusieron hacer esta Iglesia. Se hizo, se empezó, se caminó, hubo momentos buenos y momentos malos, se fue nucleando gente, otra se fue centrifugando, se fue yendo.

Es decir también nosotros los que estamos aquí, sobre todo los que habitualmente compartimos la eucaristía aquí, somos la resultante de una historia de fe que nos fue uniendo, y es bueno recordarlo para saber apreciar el hecho de que el Señor nos reúne todos los domingos aquí. Eso es lo que podríamos decir de la primera lectura del Deuteronomio.

Segunda lectura: (Romanos 8, 14-17). En esta carta a los cristianos de Roma el apóstol San Pablo, hace una reflexión sobre el hecho de ser hijos de Dios.

Muchas veces nosotros hablamos muy ligeramente y decimos que somos hijos de Dios, lo cual es cierto. Es cierto en el sentido que Dios es el que da la vida, y mucho más cierto lo es, de que somos hijos de Dios porque el Padre en Cristo nos asumió a todos nosotros. Pero, dice San Pablo, y aquí viene el problema, el decir o el aceptar que uno es hijo de Dios poco saldo positivo deja en la vida si uno no llega a elaborar en la propia existencia, en la propia personalidad, una psicología de hijo de Dios. Pongamos un ejemplo humano, la pareja se casa, muy bien, se quieren, pero el hecho de que se quieran y de que sean marido y mujer, no significa que se haya dado todo, cada uno de los cónyuges tiene que ir cobrando psicología de cónyuge, teniendo psicología de esposo o esposa, lo cual supone un aprendizaje, no es lo mismo ser novio que ser esposo, o novia-esposa. También cuando uno tiene un hijo, no basta decir, bueno está mi hijo ahí, uno tiene que ir aprendiendo a ser padre y exige toda una psicología especial, la paternidad, como exige una psicología especial la maternidad. Es decir no son los hechos los que nos definen sino es la actitud vital que nosotros tomamos, la actitud psicológica que nosotros tomamos frente a los hechos.

Y San Pablo les decía eso a los romanos, es verdad somos hijos de Dios, hermanos de Cristo. Pero si esto no se transforma en una psicología viva, de poco sirve en la práctica. Porque ser hijo de Dios no es algo que uno declama en un minuto de oración en su casa, o cuando estamos celebrando un sacramento cristiano, la misa, el bautismo, la penitencia, lo que fuese. El problema de la psicología de hijos de Dios se nota en la profesión que uno tiene, en el ejercicio de la profesión o del trabajo o de las amistades o de la misma familia. ¿Por que? Porque ser hijo de Dios, cuando se transforma en una actitud psicológica profunda lleva consigo una valoración de la vida, de las cosas, de los acontecimientos, de las oportunidades, de todo. Uno reacciona siempre como hijo de Dios porque es su psicología, es su manera de ser, por eso habla por ahí la escritura de que hay que tener psicología de familiaridad de Dios; a veces a Dios lo vemos muy lejano por la única razón de que nunca hemos aceptado que El esté cerca, no que El no esté, El está cerca, pero no lo hemos aceptado, no lo hemos integrado. Entonces paradójicamente Dios está cerca pero lo experimentamos como lejano a nuestras vidas. Esto también se aplica a la vida comunitaria, como decíamos en el caso anterior de la primera lectura. Puede ser un grupo de amigos, un grupo apostólico, puede ser la parroquia. Es decir, pongamos el caso de la parroquia, la fraternidad. Llegar a ser una auténtica comunidad cristiana, con todo lo que significa, va a nacer no por un pacto de asociación entre nosotros porque nos organicemos. Es decir lo que uno puede hacer es organizarse bien para tener buenos servicios, para, ampliar la parroquia, para hacer tal obra, para poner un colegio, pero en último término eso no es un misterio de Dios obrando entre nosotros, sino es la asociación. También se asociaron los del club de Peralta Ramos para hacer el club, y están asociados los padres del colegio, para hacer un aula nueva, para hacer el jardín de infantes. Una parroquia no nace así, es decir una comunidad parroquial nace cuando cada uno, de los que pretenden ser parte de ella cobra psicología de hijos de Dios, porque cuando existe una auténtica psicología de hijo de Dios, como consecuencia, nace una psicología de fraternidad. Entonces con la psicología de la fraternidad se produce la comunión, hay que entender que una auténtica comunidad cristiana, una auténtica Iglesia, nace así. No nace por el fenómeno de la amistad, si no está en función de una fraternidad que nace de sentirse hijo de Dios, la amistad está sujeta al vaivén de los acontecimientos, y de las cosas, de las tensiones, de los problemas, de los aciertos o de los errores. Esto lo tendríamos que pensar porque a veces nosotros en nuestras comunidades cristianas no vemos una presencia viva de Dios. ¿Por qué? Porque la estructuramos con criterios fundamentalmente humanos y no prestándonos al juego de lo que Dios obra en la comunidad. El mejor aporte que uno puede dar para crear realmente una comunidad cristiana viva, es uno mismo. Elaborar y profundizar en sí mismo, y Dios ciertamente lo ayuda. La psicología de ser hijo de Dios, de tener a Dios como Padre, de lo cual espontáneamente nace la fraternidad, como en una familia, cuando nace un nene, los demás hijos van realizando progresivamente el aprendizaje, de que ese nene es hijo del mismo padre y de la misma madre, y por lo tanto nuestro hermano y empiezan a quererIo. Es una consecuencia.

Tercera lectura: {Mt. 28, 16-20). En la lectura del evangelio San Mateo, el apóstol, propone el mensaje final de Jesús, o si lo queremos decir con otras palabras, el encargo que Jesús les deja a los apóstoles, la misión. Y Jesús les dice así, en un texto que hemos leído un montón de veces, vayan, instruyan, enseñen a los hombres bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado. Lo cual evidentemente a veces uno lo interpreta en el sentido puramente ritual, como si Jesús les dijera miren, salgan enséñenles el catecismo a la gente y después bautícenla. No es que esto sea excluido, pero acá Jesús plantea un problema mucho más hondo y previo a eso. Bautizar ¿qué es bautizar?

Bautizar para nosotros hoy es un gesto de echar agua arriba de la cabeza de un niño o de un adulto, invocando a Dios, lo cual está bien, pero el sentido del bautismo es algo mucho más hondo, y por eso se echa agua sobre la cabeza. Bautismo no es un momento de la vida, el bautismo es una actitud existencial que queda en la persona, es una opción; bautizar es elaborar un cambio en uno, señalar que uno se embarca en algo, que uno hace una opción existencial, elige un determinado tren de vida, una determinada concepción de la existencia, y la defiende con uñas y dientes y va elaborando en uno mismo opciones cada vez más hondas en la misma línea. Jesús les dice: vayan y enseñen el evangelio, es decir la proposición que Jesús hace en el evangelio, la alternativa de Dios, y bauticen, es decir para que la gente viva un cambio interior, bautícenlos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, vivan un cambio interior, descubriendo a Dios como Padre. Porque muchos hombres a Dios lo ven como el ogro, o lo ven como el juez que está con la libretita anotando qué pasa, para ver si al final nos va a condenar o nos va a salvar, o nos ve como el que está mirando a ver si hacemos lo bueno o lo malo, y esa no es la auténtica imagen de Dios. Dios antes que juez es Padre, porque da la vida, es decir, vayan y enséñenles el evangelio provocando en la gente el cambio interior que nace de descubrir a Dios como Padre. Y acá, nada de sentimentalismos, porque ser Padre es generar la vida, en el sentido total, y no sólo la vida del cuerpo sino la vida del espíritu, y no sólo en el comienzo cuando fuimos engendrados o nacimos, sino también engendrar la vida en cada instante en la familia, en el trabajo, en donde fuera.

Ese cambio que nace de aceptar a Dios como Padre, a Cristo como hermano lo cual no es tampoco la declamación de una actitud afectiva, ¡qué bueno Jesús, el niño! No, no. Aceptar a Cristo como hermano, es aceptar la opción que Cristo hizo en el evangelio, por los valores de la vida, la aceptación de las bienaventuranzas, de la autenticidad, de la justicia, de la paz, etc.

Habría que leer todo el sermón de la montaña que va del capítulo quinto al capítulo séptimo del evangelio de San Mateo. Eso es descubrir a Cristo como hermano, cuando yo vivo su misma vida, la que él recibió del Padre. Descubrir a Dios como Padre, a Cristo como hermano, y al Espíritu Santo, como amigo, son instancias progresivas. La opción que uno hace por los padres es muy hermosa pero de parte nuestra es mínima. No elegimos a nuestros padres, la opción que hacemos por nuestros hermanos es un poco mayor, pero la opción total es la que uno hace por los amigos. Aceptar que Dios es el que modela nuestras vidas en la amistad.

O sea, vayan, enseñen el evangelio y provoquen ese cambio que nace de aceptar a Dios como Padre, a Cristo como hermano y al Espíritu Santo como amigo, y con el cual se construye y se concelebra el misterio de la vida. Y acá también lo mismo, cuidado!, que la amistad no son palabras lindas, sino que hay que rescatar su sentido, lo que aquel refrán chino dice, lo más urgente en los tiempos modernos es rescatar el sentido de las palabras ¿por qué? Porque ya las usamos para cualquier cosa, le llamamos amigos a las personas que odiamos, a las personas que criticamos. No se trata de eso, sino rescatar el concepto de amistad, en su dimensión más honda y ver si realmente Dios es un extraño o Dios es un amigo con el cual se concelebra en el diálogo, en la serenidad, en la alegría, en la compañía, en la paz, se concelebra cada gesto, cada actitud de la vida.

Y eso es lo que Jesús dejaba, id e instruid a todas las naciones bautizándolas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo y enseñándoles a cumplir, es decir a realizar todo lo que yo les enseñé. Provoquen ese cambio a la luz del evangelio que nace de descubrir a Dios como Padre, a Cristo como hermano y al Espíritu Santo como amIgo.

De acá naturalmente podrían salir muchas cosas, yo les proponía estas pautas de reflexión sencillamente, y que sería conveniente reflexionar.

Primero, la sabia memoria de nuestra vida pasada debe enseñarnos cómo el Señor conduce nuestras vidas, y debe llevarnos a una nueva fidelidad a él como Padre. Con todas las connotaciones que esto tiene en la vida personal de uno y en la vida comunitaria de su familia y de su parroquia de modo especial.

Segundo, no sólo decirse hijo de Dios sino tener psicología de hijos de Dios, que penetre toda la existencia de uno, y de donde nace la psicología de fraternidad, entendiendo que fraternidad es mucho más que ser amIgos.

Tercero, hacer una opción por Cristo supone tener los mismos sentimientos que él tuvo en su corazón. Tomar a Cristo como hermano es meditar hondamente su vida, su pensamiento y sus actitudes, y hacerlas propias.

Y por último cuarto, fidelidad al Espíritu Santo quiere decir, sensibilidad y apertura para que Dios modele en nosotros al hombre pleno, como el amigo modela al amigo, o como decía el profeta Jeremías, como la arcilla se deja modelar por los dedos del alfarero.

Y todo esto naturalmente aplicándolo no sólo a la vida personal, sino también a la vida comunitaria.

Estas son las ideas que los textos bíblicos de hoy en la fiesta de la Santísima Trinidad ofrecen, para alimentar nuestra fe. Queda entonces nuestra tarea de reflexionar esta Palabra y dejarla crecer y madurar en nuestro corazón.

(Hacemos unos instantes de silencio y esto lo vamos a pedir luego en la celebración de la eucaristía.)

 

 

FESTIVIDAD DEL CORPUS CHRISTI

La celebración de la Fiesta del Corpus Christi, es la Fiesta del Sacramento de la presencia del Señor. No tanto de la celebración de la eucaristía cosa que recordamos el jueves Santo, sino del Sacramento esa presencia del Señor, en ese pan que guardamos en todas las comunidades cristianas.

¿Por qué la Iglesia una vez por año se centra nuevamente a reflexionar en el misterio de esa presencia? Lo hace por una sencilla razón, porque la Iglesia, nosotros, debemos ir rescatando siempre el verdadero sentido de las cosas, que la vida cotidiana, aún la religiosa con sus tensiones y preocupaciones puede ir desdibujando. Yo les cité en una oportunidad recuerdo, aquel refrán chino, que dice, que todo debe comenzar cada día rescatando el sentido verdadero de las palabras. ¿Por qué? Porque cuando nos acostumbramos a hablar corremos el peligro de que a fuerza de hablar gastemos las palabras. Entonces terminamos diciéndole amigo a la persona que no es nuestro amigo, terminamos diciéndole querido a la persona que luego criticamos, terminamos diciéndole Padre a Dios, cuando en realidad nunca lo hemos aceptado como Padre, terminamos comiendo el Pan, el sacramento, habiendo perdido el sentido del sacramento, comulgando con nadie diríamos, no con el Señor. Ese refrán chino es muy importante, todo debe comenzar por rescatar el sentido verdadero de las palabras. Y la Iglesia todos los años por eso celebra sus grandes misterios, los vuelve a celebrar, y entre ellos éste, del Corpus Christi, del; Cuerpo del Señor.

Vamos a dejar que en una primera instancia nos hablen las tres lecturas bíblicas. Como siempre, es la única garantía que tenemos que la reflexión de la fe, no es reflexión de nuestros intereses o de nuestros gustos, sino de la verdadera palabra del Señor.

La primera lectura del libro del Exodo, (24, 3-8) es un relato, que nos trae ese rito sacrifical, que es una costumbre muy antigua. Así Moisés concluye la Alianza con Dios en el Sinaí celebrando un rito, sacrificando un animal y realizando una comida. La alianza con Dios. ¿Qué quiere decir, hacer una alianza con Dios?

Naturalmente alianza en el lenguaje nuestro moderno es corno un contrato. Es como cuando uno alquila la casa en verano y hace un contrato con el turista, en el cual cada uno se compromete a algo. Naturalmente no se refiere a un contrato con Dios. Siempre cuando uno habla de Dios tiene que usar conceptos análogos, palabras análogas, es decir palabras que usamos en el uso vulgar, pero les transferimos un sentido más hondo. La alianza con Dios quiere decir ponerse de acuerdo con Dios, y ponerse de acuerdo con Dios no quiere decir que yo me porte bien para que Dios esté contento, o que los judíos le prometían a Dios que se iban a portar bien. No se trata de eso. Se trata de algo mucho más hondo y es lo que celebra Moisés con ese rito sacrifical.

Ponerse de acuerdo con Dios, es sincronizar el obrar nuestro, nuestra vida, o el obrar de un pueblo, en un momento de la historia, con el obrar de Dios. Esto significa hacer una alianza. Es como cuando ustedes ven las regatas, imagínense qué lío si los remeros, los que reman, cada uno remara por su cuenta. La velocidad de la canoa, ¿a qué se debe?, a que todos los que reman están sincronizados. De modo tal que todos mueven las paletas al mismo tiempo; y al mover las paletas al mismo tiempo la canoa tiene velocidad y tiene dirección.

Eso es la alianza, el estar de acuerdo en algo; y la alianza de Moisés con Dios, del pueblo judío con Dios, arquetipo de toda alianza, de toda vida religiosa y retomada por Jesús como arquetipo de toda vida cristiana, es eso, sincronizar el propio obrar con el obrar de Dios. Y quien no entiende esto y quien no descubre que es esto en último término lo que Dios pide, va a pasar la vida pretendiendo ser bueno. Cuando en realidad lo que Dios pide no es que seamos buenos, sino es que construyamos a nivel personal, a nivel familiar, a nivel profesional, a todos los niveles, construyamos una historia plenamente humana o una historia de salvación como solemos decir. Y eso es lo que celebrada Moisés, a la bajada del monte Sinaí, y lo celebraba como se celebra el estar de acuerdo. Nosotros cuando estamos de acuerdo con alguien, o estamos contentos lo invitamos a comer o a tomar una copa. Moisés come con Dios y bebe con Dios, digamos dentro de los esquemas rituales que usaban en aquel entonces.

Y hay una cosa muy interesante, porque de esa celebración sale una idea, vamos a seguir celebrando esto “para no olvidarnos”.

Un poco el tema que reflexionamos la semana pasada, para no olvidarnos, se aplica aquí, o sea es un paralelo del refrán chino. El refrán chino decía: “tenemos que rescatar el sentido verdadero de las palabras porque si no se nos gastan las palabras”. Y acá es lo mismo, tenemos que seguir esta celebración para no olvidarnos que la clave de todo está en la alianza es decir, en sincronizar nuestro obrar con el obrar de Dios.

En la segunda lectura, la carta de San Pablo a los Hebreos (9, 11-15) completa la idea, evidentemente esta carta pertenece al nuevo testamento, está escrita casi al mismo tiempo que los evangelios. Dice una cosa muy interesante el autor; con Cristo ha pasado algo nuevo, y es esto: que cuando uno celebra para recordar y para tomar conciencia de esa comunión con Dios, lo que come no es pan o vino, sino que Dios quiere El ser comida o bebida. Porque en el fondo, la calidad de lo que uno come es lo que mide la fuerza que uno después va a tener. Por eso tomamos vitaminas, o nos dan regímenes. Cuando sobran calorías nos hacen comer cosas más pobres, cuando nos faltan nos hacen comer cosas más ricas. Cuando uno se debilitó o fue operado le dan vitaminas; la calidad de lo que comemos, muestra o condiciona la calidad de lo que vivimos.

Esta empresa de sincronizar la propia vida con Dios y en el fondo hacerla Historia, pero con mayúscula, la historia del tiempo y la historia de la eternidad, la historia del tiempo corto, nuestra vida, y la otra historia que va a seguir después de cada uno de nosotros, necesita una fuerza enorme, una fuerza que en alguna medida nos desborda como hombres. Por eso la comida tiene que cambiar sustancialmente, tiene que ser una comida capaz de darnos la fuerza que de nosotros no nace con las comidas humanas, y por eso dice Pablo, es Dios el que se deja comer. Después vamos a ver qué significa que Dios se deja comer. Se transforma en comida para que uno sea capaz de hacer más de lo que sólo por sus propias fuerzas podría hacer. Y entonces el obrar de uno con una comida nueva, de este tipo, cobra una posibilidad enorme, nace una nueva fuerza en la historia, comer a Dios. Por eso no se trata de comer algo para celebrar el estar de acuerdo con Dios, el vivir sincronizados con Dios, sino se trata un poco de comerlo a Dios.

Esto lo escuchamos cuando leímos el Evangelio de San Marcos (14, 12-16) el cual plantea este punto: Comer a Dios. ¿Qué es comer a Dios, o qué significa tener a Dios como comida? ¿Qué es lo que Jesús pone en el gesto que leímos de la celebración de la última cena pascual? Toma el pan y les dice: tomen esto es mi cuerpo, toma la copa con vino y les dice, tomen esta es mi sangre, sangre que va a tener que ser derramada para la salvación.

Para los judíos los términos, cuerpo y sangre, no significan exactamente lo que significan para nosotros hoy. Para nosotros cuerpo es el cuerpo, este material, y sangre es el líquido colorado que está adentro. Para los judíos lo que nosotros llamamos cuerpo, para ellos se llamaba carne, no cuerpo, el cuerpo para el judío era la persona. Y la sangre a la cual ellos no le daban mucha importancia en el orden biológico, tenía una importancia de significación. La sangre era para el judío un poco el signo de la vida, pero no de la vida comparada con la muerte, sino de la fecundidad de la vida, el empuje de la persona, el dinamismo de la persona, el obrar. Eso significaba la sangre. Por eso la carne sin sangre no obra, nosotros diríamos hoy, está muerto.

Y Cristo toma esos gestos como signos de su presencia, y para que su misterio, el misterio de por qué él predicó las bienaventuranzas, de por qué él asumió la muerte, y de por qué Dios lo resucitó, ese misterio siga siempre actual. Jesús les dice: tomen, coman mi cuerpo, lo cual quiere decir coman mi persona. ¿Qué es comer la persona de alguien? No es antropofagia, masticarle los músculos. En alguna medida podríamos poner un ejemplo. Cuando en la pareja hay auténtico amor, no sensualidad, sino encuentro, un cónyuge lo come al otro cónyuge, lo hace suyo. Se apropia la persona, no en el sentido posesivo, egoísta, es que la convivencia lo va haciendo propio, por eso el marido va tomando las mañas de la mujer, y la mujer va tomando las mañas del marido, y por ahí se casó un porteño con una santiagueña y al porteño con el tiempo le cae el acento santiagueño. Es decir, hay como una simbiosis de la persona, lo que es, lo que piensa, lo que vive, de modo tal que llega un momento en que dice ya sin ti no puedo vivir, porque si tú te mueres yo me muero contigo. Diríamos si bien están las personas, la simbiosis es tan honda que si muere uno, muere una parte del otro, ya no se sabe donde empieza el uno y dónde termina el otro. Ese es el misterio del amor humano. Comer a Cristo es eso. Por eso de nada sirve las comuniones donde uno sin cuestionarse nada, va y comulga como si fuera una especie de sandwich espiritual que uno come cuado tiene hambre. Eso es absurdo. O la gente que nunca se confiesa y comulga, perdió el sentido de que para captar las cosas de la vida hay que ponerse anteojos profundos. Como el médico o el químico para descubrir la verdad tiene un microscopio, pero tiene que limpiar las lentes, es decir, purificar la visión para poder ver. En un microscopio con las lentes llenas de grasa no se puede captar lo que pasa. Y a veces hay una pérdida del sentido del pecado, del sacramento de la penitencia, aunque uno no tenga pecados graves. Porque la penitencia no es un lavarropas espiritual, sino es volver a centrarse en la verdad, en la verdad de uno mismo. Ese es el sentido del sacramento de la penitencia, por eso el que no se confiesa perdió la necesidad de centrarse en la verdad de sí mismo, y vive su propia mentira muy contento. A lo mejor no tiene ningún pecado, pero perdió, porque es necesario tener esa verdad para poder apropiarse de Cristo, comulgar, hacer la opción por la persona de Cristo, lo que él fue, por lo que él dijo, por lo que él vivió, por lo que él ofreció; como alternativa de vida, y eso es comulgar. No es algo mágico, que yo ; digo en este pedacito de hostia de pan, y por arte de magia está Cristo. No, en este pedacito de pan está realmente Cristo, pero para descubrirlo es menester una tarea. Si no, yo no llego a comulgar con Cristo por el solo hecho de comer un pedazo de pan. Como todas las cosas de la vida cuestan. Por eso les dice tomen y coman esto es mi cuerpo, este soy yo, y después les dice tomen la copa y beban, porque esta es mi sangre, es decir, beban no solamente de mi persona sino de todo el dinamismo de mi ser, a ver si ustedes son capaces de tener también el mismo dinamismo. Y un dinamismo para la construcción del mundo, para el amor, porque la vida se gana cuando se da. Por eso les dice tomen de esta copa que va a ser derramada. Hay como un juego, como si yo tuviera que beber ese vino, pero ese vino que yo bebo no se va a quedar en mi cuerpo, tiene que ser derramado. Así como el pan yo lo como para que se transforme en mí, el vino en cambio yo lo bebo para que sea derramado, dado. Es decir el dinamismo de la vida es para darlo. De modo tal que cuando yo comulgo el pan yo estoy haciendo la opción por la persona y por el ser de Cristo. Y cuando yo tomo la copa, yo lo que estoy haciendo es una opción por dar la vida como la dio Cristo. Esta es mi sangre, la sangre de la alianza, es decir, el dinamismo de estar de acuerdo con Dios, del estar sincronizado plenamente con Dios y que va a ser derramada por muchos; ese dinamismo que va a ser dado por los demás. Esta festividad del cuerpo de Cristo, exige un centrarse en este signo sacramental pero tratando de superar todas las soluciones periféricas y superficiales que nos hacemos para seguir a veces viviendo mediocremente, con la palabra evangelio en la boca pero sin Cristo en el corazón. Porque es fácil declamar los misterios cristianos, pero la salvación del mundo no viene, por una profesión literaria del evangelio, o por una religiosidad individualista donde yo busco salvar mi almita, sin importarme de los grandes designios de Dios sobre la historia y sobre los hombres.

Cuando uno celebra el misterio del pan y del vino, la eucaristía, recuerda un gesto, de una alianza, de una sincronía con Dios que empezó en la historia, con Moisés y un pueblo, y que se dio plenamente en Cristo. Porque en El, Dios y el hombre estuvieron funcionando a pleno, perfectamente ensamblados.

Y ensamblados para crear, para dar, para ser. Por eso comulgar no es un mero recibir al Señor, y algunos tienen esa idea.

Comulgar es, hacer una comunión, es hacer la opción una vez más por Cristo, y vivo, aquí, ahora. Si yo no capto al nivel del signo del pan, y por lo que fue su vida, su obra, su entregarse, si no ubicamos estas hondas verdades en su exacta dimensión caemos en el folklore religioso, de mucha gente que va a misa y comulga, de la gente que discute que si los curas, si confesar o no confesar, si le tengo que decir .los pecados si no se los tengo que decir, cada cuánto, etc. Es decir, es el mejor modo de nunca llegar a aceptar a Cristo, el discutir estas cosas en vez de vivirlas, y en vez de preocuparse por profundizarlas. El sentido de las cosas en la vida nunca es evidente, hay que conquistarlo.

Y el que no tiene inquietud de búsqueda, el que no invierte tiempo y vida en descubrir el sentido de las cosas, va a vivir sin haberlo entendido. Lo cual es lo mismo que va a vivir sin haber nacido, porque de qué sirve vivir, si uno no entiende el para qué. El para qué del amor, el para qué del trabajo, el para qué de la familia, el para qué de la fe, el para qué de los hombres, el para qué de la historia, el para qué de la justicia, el para qué de la libertad, y el para qué del sacramento. del pan y del vino.

Por eso yo les proponía como pautas de reflexión, creo que eran cinco puntos: 

   Volver a centrar nuestra atención en Cristo, en quien encontramos la perfecta sincronía con Dios, la

    alianza.

    Segundo, profundizar la presencia viva del Señor. 

   Tercero, descubrir el mensaje, la realidad encerrada, renovar el sentido de la esperanza, en la medida 

    en  que uno se lo apropia, lo viva.

    Cuarto, mirar con ojos nuevos y ahondar el misterio cristiano de la eucaristía.

Y quinto, jamás acostumbrarnos a estos signos, porque el que se acostumbra a la eucaristía, la

 destruye,   porque es una realidad continuamente nueva, porque es la realidad de Dios.

Cuántas cosas para reflexionar y cuántas cosas para alegrarnos en lo hondo del corazón. Porque en el fondo, el Señor está más cerca de nosotros de lo que nosotros pensamos. Y el misterio de la vida encerrado en nosotros es mucho más rico de lo que a veces nosotros suponemos.

Meditemos unos instantes estas cosas.

 

FIESTA DE CRISTO REY

Con estas tres lecturas de la sagrada escritura, cuya función es celebrar, educar, y orientar nuestra fe, la Iglesia nos hace concluir el ciclo litúrgico de este año. Les decía al introducir la misa que el domingo     próximo nos ubicaremos en la perspectiva de la Navidad.

El ciclo litúrgico termina siempre con esta fiesta de Cristo Rey. En otros años, y el año pasado también, la reflexión la hemos guiado a ver qué significa que Cristo sea rey del universo. En el fondo, bajo esta expresión judía ser rey, hoy para nosotros, no tiene mayor sentido. Lo que se quiere expresar es la validez absoluta de Cristo, sobre todo en cuanto a fundamento de la verdad, propuesta por Dios para nosotros. Pero lo que yo quisiera hacer hoy con ustedes es lo siguiente, tomar las lecturas bíblicas e ir viendo más que la idea general los detalles que estas lecturas bíblicas proponen.

Ustedes han visto como cada domingo las lecturas bíblicas giran en torno a un tema. Las de este domingo giran en torno al tema de Cristo Rey, pero a su vez proponen un montón de observaciones. De modo tal que en vez de ver el tema genérico, vamos a ver las observaciones, que no son fundamentalmente cosas nuevas, van a ver, son cosas que hemos ido reflexionando a lo largo del año, pero que es conveniente que se nos planteen así, en alguna medida, a modo de síntesis.

Son lecturas muy complicadas las de hoy para una lectura simple,  porque pertenecen a un estilo bíblico llamado apocalíptico, que es un poco un estilo que busca hacer ensayos de síntesis, más que explicar problemas.

Bien, vamos a ver qué observaciones nos proponen estas lecturas bíblicas de hoy.

Primera lectura: (Dan. 7, 13-14). La primera observación que pone el profeta Daniel, es esto: Qué bueno es, o que necesario es recuperar, a veces periódicamente el sentido exacto de la grandeza de Dios, de la inmensidad de Dios, de la trascendencia de Dios. Y saben por qué? Porque en la vida diaria, con sus problemas, con sus desgastes, nosotros todos, y no es acá un problema de pecados, es la tensión de la vida, de la rutina, de diríamos, del acontecer, a Dios lo vamos empequeñeciendo, lo vamos haciendo chiquito, lo vamos haciendo en alguna medida manipuleable, es decir lo manejamos. Sea a veces por imágenes, tener una cruz o un crucifijo, sea por nuestros problemas, y nos olvidamos que Dios es lo absolutamente desbordante, el que está más allá de toda la historia, el que está más allá de las contingencias humanas. es lo único absoluto, el sustento de todo el universo. Esto es importante porque a veces perdiendo esta visión exacta de Dios, nos desubicamos y a Dios en alguna medida al reducido, lo utilizamos o lo chantajeamos, o para pedirle una cosa, o para exigirle otra, o para que se adecue a nuestros intereses o a nuestros egoísmos, cada uno sabe cómo. Es necesario, en lugar de convertir a Dios a nuestros intereses, hacer el esfuerzo por reencontrar el sentido de la trascendencia y de la grandeza total de Dios. De Dios que está más allá de nuestros problemas individuales o sociales, incluso de nuestro momento histórico, de Dios que estuvo presente en el comienzo allá lejano y desconocido para nosotros del mundo, de Dios que pasó por el alma de miles de millones de personas, de Dios que está pasando y que sigue construyendo la historia, de Dios que espera al final en el orden individual como en el orden histórico. N o achicarlo a Dios, no centrarlo en lo que cada uno es, no consumir Dios para tranquilizar la conciencia sino recuperar ese sentido de su grandeza.

Y la segunda observación que pone, y que parece la contraposición de ésta y sin embargo no lo es. Es recuperar el exacto sentido de la cercanía de Dios, a pesar de que Dios es lo que está totalmente fuera de nosotros, sin embargo está enormemente próximo, sobre todo en esas dos presencias fundamentales que son: la presencia en lo íntimo de nuestro ser y la presencia en el otro. En lo íntimo de nuestro ser, porque diríamos Dios está tocando con el dedo el meollo más íntimo de nuestra persona, del cual nace nuestro pensamiento, nuestra voluntad, nuestro amor, nuestra memoria, del cual va brotando sin cesar nuestra vida.

Por eso el valor eterno de la meditación más que de la oración, meditar es decir, hacer esa tarea por la cual uno serenando la vida, trata de encontrar ahí en lo hondo de uno mismo la presencia viva, creadora, pacificante, de Dios. A veces a Dios lo sentimos lejano, no porque Dios esté lejano sino porque nosotros no tenemos conciencia de lo que realmente está aconteciendo en lo hondo de nuestro ser.

A Dios no hay que salir a buscado, sencillamente hay que meterse en uno mismo a buscarlo.

Y luego la otra gran presencia de Dios, la presencia en el otro, sobre todo en el que sufre naturalmente, como dice Jesús en el evangelio, pero genéricamente, en el otro, la presencia en el esposo, en la esposa, en el hijo, en la hija, en los compañeros de trabajo, en la familia, en el amigo y en el enemigo. En el fondo, cada persona que pasa por delante nuestro, trae algo de Dios. Porque Dios así como está en lo hondo de mi ser, también está en lo hondo de su ser. Hay que saber leer esa presencia de Dios y sobre todo saber leerla en el que sufre, porque, como dice la escritura en el que sufre hay una especial presencia de Dios.

Por eso fíjense, en el gesto de dar limosna, o en el gesto de tender una mano, o en el gesto de ayudar, no es el gesto de uno que da hacia el otro, sino es la apertura de uno para que Dios presente en el que sufre pueda encontrar, o pueda llegar a mí; en la limosna no soy yo el que doy, sino soy yo quien me abro para que a través del dolor de otro, Dios me hable, me abra para que me hable. La grandeza de Dios, la cercanía de Dios.

La tercera idea que trae el profeta Daniel, lo que Dios pide.

¿Dios fundamentalmente qué nos pide? Nos pide que nos sintamos sus hijos, es verdad, pero qué significa sentirse hijo de Dios? Sentirse hijo de Dios no es una mera emoción de decir, Dios es mi padre, me quiere, me ama. O, como yo amo a mis hijos él me ama a mí. Es algo mucho más hondo, es sentirse solidario con Dios y sentirse solidario con la causa, con los proyectos de Dios, con los designios de Dios. Y los designios de Dios, así en una primera instancia son para nosotros la construcción de un mundo muy humano, muy justo, cimentado en la libertad, en el equilibrio, en la paz. Dios, es verdad, nos llama a la vida eterna, pero antes de llamarnos a la vida eterna, nos llama a la vida terrena para construir un mundo según sus designios, como va a decir el prefacio de la misa que vamos a leer, el reino de la justicia y de la paz, el reino de la fraternidad, del amor, de la libertad.

El compromiso hacia Dios, es el compromiso de transformarse uno en gestor de un mundo mejor, tarea muy larga. Nosotros los que estamos aquí ciertamente no vamos a ver un mundo justo, un mundo libre, un mundo equilibrado, un mundo pacífico. Es una larga tarea histórica. Pero lo que sí puede hacer cada uno, es como decimos en el lenguaje vulgar, poner un granito de arena. ¿Cómo? No sé. Y en el fondo seremos juzgados por ese grano de arena. Para la vida eterna seremos juzgados por el grano de arena que hemos puesto para la construcción de ese mundo mejor.

Recuerdan ese gesto que tantas veces citamos a lo largo del año, cuando Jesús hace el relato del juicio. No es un juicio religioso, si uno rezó mucho, sino es el juicio real, si le dio de comer al hambriento, si le dio de beber al sediento, si vistió al desnudo, si visitó al preso, es decir, frente a este mundo que vivimos, a ver qué hemos aportado, a este mundo pobre, desnudo, preso, agobiado.

Serían las tres ideas del profeta Daniel.

Segunda lectura: (Apoc. 1, 5-8). En el libro del Apocalipsis, también aparecen tres ideas. La primera es esta, (recuerden que estamos haciendo una recapitulación del año, no hay tema genérico hoy, son temas, ideas que recapitulan lo reflexionando a lo largo del año). La primera:

En Cristo nosotros encontramos la fuente de nuestra esperanza. ¿Por qué? Porque miren, todos amamos la vida. ¿Quién de nosotros acá quiere morir? Nadie. Y si alguien quiere morir que vaya a ver al psiquiatra, porque hay algo que no funciona.

Y sin embargo, la realidad de la muerte, es una realidad propia de la criatura, porque nos gastamos, el único que no se gasta es Dios.

Todo lo que es creado se gasta, tiene un ciclo. Sin embargo, Dios al resucitar a Cristo, nos enseñó que ese destino humano de la muerte, no es el destino que Dios pensó para el hombre. Porque así como de la nada nos sacó a la vida, también de la muerte nos saca a la vida. Por  lo tanto, Cristo es nuestra esperanza. Y decir que Cristo es nuestra esperanza significa vivir, no con el horizonte de la muerte o de la vejez, sino con el horizonte de la vida, de la vida que no se pierde y que no se gasta.         

Vivir con el horizonte de la vida que no se pierde y que no se gasta  significa vivir dando la vida, no queriendo aquilatar vida para nosotros,  bienes, culturas, familias, lo que fuese. Ustedes cuando compran un auto, en un ejemplo simple, el auto tiene un tanque de nafta. Yo cuando lleno el tanque, sé que se va a gastar el tanque de nafta, pero sigo usando el auto. ¿Por qué? Porque sé que cuando se gasta el tanque de nafta, voy, le pongo nafta y vuelvo a andar. El tanque se vacía, pero hay estaciones de servicio que lo llenan, por eso sigo andando.

La vida, el ejemplo no es exacto pero sirve para aclarar, la vida decía, el tanque de la vida, lo va llenando Dios, por lo tanto la vida está para andar, para dar, para entregarse. Los que son egoístas, los que no se entregan, los que se cierran, los que no se dan, los que no comparten, los que se encierran en sí mismos, se parecen a ese hombre que se compró el auto y no lo quiere usar para que no se le gaste la nafta del tanque.

Entonces uno dice: pero señor tuvo un auto diez años y anduvo dos kilómetros, ¿para qué compró el auto? El auto está hecho para andar, no para tenerlo en el garaje, en diez años le hizo dos kilómetros para no gastar nafta. Y hay gente, yo diría, que va a morir, sin haber andado dos kilómetros, sin haber vivido, en una palabra.

Que Cristo es nuestra esperanza, significa eso, vivir no queriendo aprisionar la vida para que no se nos gaste, sino vivir gastando la vida por cosas que valgan la pena, y sobre todo por los que más necesitan y por las grandes realidades comunitarias del hombre.

Vivir gastando la vida porque sabemos que el tanque de la vida lo llena Dios, y el que vive así, no le teme a la muerte. Porque la muerte, yo diría, es el vaciamiento total del tanque de la vida, pero Dios lo llena. Yo diría siguiendo el ejemplo, la estación de servicio de Dios está siempre con la manguera lista para el que tiene el corazón abierto. Sería la primera idea del apocalipsis. ..

La segunda idea del apocalipsis es ésta. A Dios se lo encuentra por lo tanto solamente a través de Cristo. Quien quiere conocer el rostro de Dios que vea el rostro de Cristo. Porque a Dios no puede llegar nadie, ni lo conoce nadie, dice la escritura. Y Dios, dijo una palabra, dijo cómo era El y lo dijo en Cristo. Por eso lo que hay que recuperar es esa tremenda sinceridad de buscar el verdadero rostro de Dios. No el rostro de Dios que a veces nosotros, no digo conscientemente, pero sí tragados por la vida nos hacemos. A veces el rostro de un Dios insensible, egoísta, tonto, pavo, chocho, esclerotizado, que pacta con nuestros egoísmos. Ese no es el rostro de Dios, ese es el ídolo que muchas veces nosotros nos hacemos.

El amor a Dios y el querer conocer a Dios, supone sumergirse en el evangelio para tratar de descubrir el rostro de Cristo, que es el único rostro válido, es el rostro de Dios. Y esto es necesario hacerlo porque periódicamente, ese sutil egoísmo que todos tenemos y que es comprensible, nos va gastando.

Por eso volver a celebrar la Navidad, cosa que empezamos a preparar la semana que viene, ¿qué es? Celebrar el aniversario del nacimiento de Cristo? No, es volver a lo originario de la imagen de Dios, para volver a elegir a Dios tal como es.

Yo puedo decir que esto es un helado de dulce de leche, y puedo incluso llegar a tal alienación, que chupo el micrófono y digo: ¡qué rico está el helado de dulce de leche! Y hasta ustedes pueden alienarse tanto que dicen: ¡mirá el cura cómo está chupando el helado de dulce de leche! Pero por más que todos acá alienados, o deteriorados o como fuese, dijéramos que este es un helado de dulce de leche esto jamás dejará de ser un micrófono; su identidad es un micrófono. Por lo tanto hay que vivir un poco, sacar el polvo de uno mismo y volver a ver la realidad de la imagen de Dios manifestada en esto.

La tercera idea, de la segunda lectura, es recuperar, lo podríamos poner así, el sentido de la misión de Cristo.

Cristo no vino para hablarnos de las cuestiones de culto, o de ética. Cristo vino a explicarnos el sentido de la historia y el sentido de la vida humana. El que Cristo haya muerto en la cruz, no es solamente un misterio que uno acepta. Murió por nosotros, pero, ¿por qué murió por nosotros? ¿qué quiso decir en la cruz al morir por nosotros? ¿por qué Cristo habló? ¿qué dijo de tan fuerte que por decir esas cosas lo mataron? ¿por qué algunos de sus amigos lo abandonaron? ¿por qué fue cabeza dura? Porque a veces es fácil creer en un Cristo al cual nunca se escucha, cuyo pensamiento uno nunca quiere entender o descubrir, cuyo gesto de la cruz uno lo acepta pero en el fondo, en el fondo, no se preocupa en entenderlo.

Es decir, ser cristiano es hacer propia la causa de Cristo, para lo cual hay que descubrir la causa de Cristo. Esta tercera observación del libro del apocalipsis es volver, remontar el camino de nuestra fe hasta su origen, para volver a elegir de un modo nuevo ser cristiano. No porque lo anterior esté mal, sino porque la vida, en la medida en que van pasando los años, nos da mayor capacidad de penetración, y siempre es posible descubrirlo más hondamente a Cristo.

Tercera lectura: (Tn. 18, 33-37). Las ideas del evangelio de San Juan. Hay dos ideas fundamentales con sus contrapartidas.

Jesús cuando Pilatos le pregunta si es rey, le dice sí. Claro, Pilatos pensó que era un subversivo que quería hacer un movimiento para proclamarse rey de Israel. Y Jesús le contesta, Pilatos no lo entendió, pero Jesús le dice que es rey, porque está cimentado sobre la verdad. “Entonces tú eres rey?”, la pregunta de Pilatos, y Jesús respondió “Tienes razón yo soy rey”. Y entonces fundamenta por qué es rey, “para esto he nacido y he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad, el que es de la verdad escucha mi voz”.

El amor a la verdad. El amor a la verdad no como problema objetivo, ¿qué es la verdad?, sino como problema de praxis que esto es un micrófono, y no es un helado de dulce de leche, aunque a mí me gustaría que lo fuera. Que el evangelio es una interpelación brutal que Dios nos dirige. No es un devocionario para almas débiles. Que la cruz es un misterio tremendo y brutal y exigente, y no es un adorno para llevar en el pecho. Que Cristo es el hijo de Dios, no es un filósofo. Que no estamos cimentados en la vida, sino que la vida pasa, día a día. Que nuestra oración es válida si es auténtica y sincera, y no solamente hueca. Que a Dios, diríamos, se le agrada convirtiendo el corazón y comprometiéndose en la construcción de un mundo mejor, no con palabras, que muchas veces son mentiras, no con velas o medallitas, o lo que sea. En realidad no hacemos amor a la verdad.

Amar a la verdad significa amar la vida, y no equivocarse. Y uno puede preguntarse ¿cuál es la verdad de mi vida, de mi matrimonio, de mi familia, la verdad de mis oraciones, la verdad de mis limosnas, la verdad de mis sacrificios, la verdad de todo? No para amargarse la vida, porque el amor a la verdad es liberador, hay que buscar la verdad de uno mismo para liberarse de la mentira de uno mismo y entonces encontrar la causa de la verdadera alegría de vivir, de la verdadera esperanza, y de la verdadera paz interior. Esa paz interior que mira la vida sin perturbarse y que mira el horizonte de la muerte hasta con simpatía, no por masoquismo, sino porque descubrió que en la muerte está encerrado el misterio de la vida. Y eso lo descubren los que aman la verdad, no los que se empachan de mentiras, y a veces nosotros somos apologistas de la mentira.

Y después la otra idea que trae, es que ser cristiano es un misterio de cruz. Ya en parte lo decía el profeta Daniel, que la vida está para darla. Esa frase de Jesús que citamos casi todos los domingos, diría yo, el que quiera la vida que la sepa perder, porque al que la quiera conservar la va a perder para la vida eterna.

¡Qué bueno sería si uno descubriera por esa honda esperanza en Cristo que la alegría más grande de vivir está en hacer vivir a los demás como Cristo. La alegría más grande de vivir está en dar la vida a los demás, no en potenciar la vida de uno mismo, o, si se potencia la vida de uno mismo, la potencia no para sí, sino para los demás.

Por eso, un poquito aparece ahí, en este texto del evangelio, como correspondiendo a esta idea la verdad y de la cruz, como dos cosas, dos actitudes vitales necesarias.

El saber escuchar a la vida. Saber escucharla, porque la palabra de la vida brota en lo hondo de uno mismo y brota en las cosas. Y saber amar, saber amar lo que realmente vale la pena, la verdad.

Yo hoy les proponía como pautas de reflexión, únicamente para ordenar lo que les iba explicando de esta lectura, lo siguiente:

Dios no es un fenómeno privado, ni la religión, ni la fe es un fenómeno privado. Dios no vino al mundo para salvar mi almita, Dios vino al mundo para enseñarnos a construir la historia. Yo me salvo siendo un gestor de un mundo mejor, no buscando salvar mi almita. Mi alma se salva en una gran empresa de salvación. Dios no es un fenómeno privado o reducido a la religiosidad individual.

La presencia de Dios y de Cristo su hijo tocan toda la vida del hombre y la sociedad. La religión o lo religioso no es un aspecto de la vida. Religión, la palabra religión, viene de religar, de hacer síntesis. ¿Quién es el hombre religioso en el sentido real del término? No es el que tiene muchas medallitas y va mucho a misa. Hombre religioso es el que hizo la religación de toda su vida, el que vive una gran síntesis, entre lo que tiene y lo que hace, entre lo que es y lo que busca, una gran síntesis entre su pareja, su familia, su trabajo, es decir donde la presencia viva de Dios y de la vida lo impregnó todo. Ese es el hombre religioso, el que tiene la síntesis de la vida. Donde no hay división entre lo religioso y lo profano, donde todo es religioso. Votar o hacer cuentas es religioso. Una espiritualidad individualista no es cristiana, ni evangélica.

Lo segundo. Hay que saber y querer, naturalmente, descubrir a Cristo. Y fíjense descubrir a Cristo en el momento de la vida en que estoy. Yo soy cura, el mes que viene van a ser diecinueve años que me ordenaron sacerdote, ¿y eso me exime de hacer un gran esfuerzo de descubrir a Cristo? No. Porque la capacidad de penetración que me da la vida a la edad que tengo es absolutamente inédita, supera la capacidad que yo tenía hace dos o tres años. De modo tal que aunque yo sea sacerdote, se me vuelve a plantear el problema de querer descubrir a Cristo en una profundidad nueva. Como se le presenta a Juan Pablo II. El problema eterno de la vida. El que yo tenga sesenta años no significa que yo ya conozco a Cristo. Al contrario, es mayor la posibilidad que tengo de conocerlo por la madurez y mayor la experiencia. Por lo tanto aquél que se conforma con el catecismo de su primera comunión, o con dos o tres ideas y no vive ese enorme esfuerzo, evidentemente ni descubrió, ni le interesa. Será muy religioso pero no tiene fe. Porque la fe es ese movimiento de confianza vital por el cual uno va siempre buscando crecer en calidad y en penetración de vida, y de Dios, y de uno mismo.

Hay que saber y querer descubrir a Cristo, porque sólo El testimonia quién es Dios y cuáles son sus designios.

 La tercer idea, sólo en .Jesucristo se encuentra la verdadera esperanza de la vida. ¿A ver dónde la ponemos a veces?

       Cuarto. Unicamente los designios de Dios son válidos y capaces para dar sentido a la historia humana y a la vida de cada uno. ¿Por qué a veces nos entran las depresiones, y nos venimos abajo? Porque a veces todo anda bien, pero cuando nos enfermamos, o muere uno de la familia, uno se desinfla. Y es que ahí aparece crudamente el sin sentido y el vacío de nuestra vida. La depresión viene muchas veces porque vamos caminando hacia ningún lado. Somos gente que camina sin destino. Y en realidad a veces cuando nos derrumbamos frente a la muerte, no es ante el dolor de la muerte, es porque nuestra fe es una gran declamación, pero en el fondo somos gente sin esperanza. Es duro lo que digo, yo lo sé, pero hay que plantear las cosas como son, ¿no?

Si uno quiere encontrar el sentido de la vida, (porque acá no es un problema religioso, conocer el evangelio para irse al cielo, no). Hay que penetrar la palabra de Dios para descubrir el sentido de mi vida, de mi pareja, de mi amor, de mi esperanza, de mis hijos, de la sociedad, de lo que pasa.

Es tener a la luz del evangelio la sabiduría de ver, entender qué es lo que está pasando en Irán, los intereses que se juegan en todos estos problemas, para poder evaluar la situación de la injusticia en el mundo, para poder evaluar lo que pasa en el país, para poder tener una clave de lectura evangélica de los sucesos del mundo, y entonces ser cristiano. Porque cristiano es el que lee la vida en clave cristiana. No el que se llena la boca de plegarias. Que será muy bueno, no es ningún problema, pero no es cristiano.

Quinto, la clave para comprender a Jesús es amar profundamente la verdad. Amar lo válido, lo consistente, lo sólido. No autometernos el perro. Cosa que hacemos no por mala voluntad, sino pensando que la vida es algo que viene de arriba. No, a la vida se la pelea y se la conquista si uno la quiere vivir.

Bueno, muchos otros puntos podríamos seguir reflexionando pero escapan al tiempo material de una homilía, como gran síntesis final, podríamos decir que: “Dios Padre, ha encontrado en Jesucristo la salvación del mundo”.

De acá en. más, todo queda en nuestra reflexión y meditación personal.

 

Hagamos unos breves minutos de silencio.

 

 


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