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Fundación Presbítero Oscar Amado
Padre
Pio de Pietrelcina
BIOGRAFIA
Heredero
espiritual de San Francisco de Asís, el Padre Pío de Pietrelcina ha sido
el primer sacerdote en llevar impreso sobre su cuerpo las señales de la
crucifixión. Él ya fue conocido en el mundo como el "Fraile"
estigmatizado. El Padre Pío, al que Dios donó particulares carismas, se
empeñó con todas sus uerzas por la salvación de las almas. Los muchos
testimonios sobre su gran santidad de Fraile, llegan hasta nuestros
días, acompañados por sentimientos de gratitud. Sus intercesiones
providenciales cerca de Dios fueron para muchos hombres causa de sanaciòn en el
cuerpo y motivo de renacimiento en el Espíritu.
El Padre Pío de
Pietrelcina que se llamó Francesco Forgione, nació en Pietrelcina,
en un pequeño pueblo de la provincia de Benevento, el 25 de mayo de 1887. Nació
en una familia humilde donde el papá Grazio Forgione y la mamá Maria
Giuseppa Di Nunzio ya tenían otros hijos.
Desde la tierna
edad Francesco experimentó en sí el deseo de consagrarse totalmente a Dios y
este deseo lo distinguiera de sus coetáneos. Tal "diversidad" fue
observada de sus
parientes
y de sus amigos. Mamá Peppa contó - "no cometió nunca ninguna
falta, no hizo caprichos, siempre obedeció a mí y a su padre, cada mañana
y cada tarde iba a la iglesia a visitar a Jesús y a la Virgen.
Durante el día no salió nunca con los compañeros. A veces le dije: "Francì
sal un poco a jugar. Él se negó diciendo: no quiero ir porque ellos
blasfeman". Del diario del Padre Agostino de San Marco in Lamis, quien fuè
uno de los directores espirituales del Padre Pío, se enteró de que el
Padre Pío, desde el 1892, cuando apenas tenía cinco años, ya vivió sus
primeras experiencias carismáticas espirituales. Los Éxtasis y las apariciones
fueron tan frecuentes que al niño le pareció que eran absolutamente normales.
Con el pasar del tiempo, pudo
realizarse para Francesco lo que fue el más grande de sus sueños:
consagrar totalmente la vida a Dios. El 6 de enero de 1903, a los dieciséis
años, entró como clérigo en la orden de los Capuchinos. Fue ordenado
sacerdote en la Catedral de Benevento, el 10 de agosto de 1910. Tuvo así inicio
su vida sacerdotal que a causa de sus precarias condiciones de salud, se
desarrollará primero en muchos conventos de la provincia de Benevento. Estuvo
en varios conventos por motivo de salud, luego, a partir del 4 de
septiembre de 1916 llegó al convento de San Giovanni Rotondo, sobre el Gargano,
dónde se quedó hasta el 23 de septiembre de 1968, día de su sentida
muerte.
En este largo período
el Padre Pío iniciaba sus días despertándose por la noche, muy antes
del alba, se dedicaba a la oración con gran fervor aprovechando la soledad y
silencio de la noche. Visitaba diariamente por largas horas a Jesús
Sacramentado, preparándose para la Santa Misa, y de allí siempre sacó las
fuerzas necesarias, para su gran labor para con las almas, al acercarlas a Dios
en el Sacramento Santo de la Confesión, confesaba por largas horas, hasta 14
horas diarias, y así salvó muchas almas.
Uno de los
acontecimientos que señaló intensamente la vida del Padre Pío fuè lo
que se averiguó la mañana del 20 de septiembre de 1918, cuando, rogando
delante del Crucifijo del coro de la vieja iglesia pequeña, el Padre Pío tuvo
el maravilloso regalo de los estigmas. Los estigmas o las heridas fueron
visibles y quedaron abiertas, frescas y sangrantes, por medio siglo. Este
fenómeno extraordinario volvió a llamar, sobre el Padre Pío la atención de
los médicos, de los estudiosos, de los periodistas pero sobre todo de la gente
común que, en el curso de muchas décadas fueron a San Giovanni Rotondo
para encontrar al santo fraile.
En una carta al
Padre Benedetto, del 22 de octubre de 1918, el Padre Pío cuenta su
"crucifixión": “¿Qué cosa os puedo decir a los que me han
preguntado como es que ha ocurrido mi crucifixión? ¡Mi Dios que confusión
y que humillación yo tengo el deber de manifestar lo que Tú has obrado en esta
tu mezquina criatura!
Fue la mañana del
20 del pasado mes (septiembre) en coro, después de la celebración de la Santa
Misa, cuando fui sorprendido por el descanso en el espíritu, parecido a
un dulce sueño. Todos los sentidos interiores y exteriores, además de las
mismas facultades del alma, se encontraron en una quietud indescriptible. En
todo esto hubo un total silencio alrededor de mí y dentro de mí; sentí enseguida
una gran paz y un abandono en la completa privación de todo y una disposición
en la misma rutina.
Todo esto ocurrió
en un instante. Y mientras esto se desarrolló; yo vi delante de mí un
misterioso personaje parecido a aquél visto en la tarde del 5 de agosto. Éste
era diferente del primero, porque tenía las manos, los pies y
el costado que emanaban sangre. La visión me aterrorizaba; lo que sentí en
aquel instante en
mí; no sabría decirlo. Me sentí morir y habría muerto, si Dios no
hubiera intervenido a sustentar mi corazón, el que me lo sentí saltar del
pecho.
La vista del
personaje desapareció, y me percaté de que mis manos, pies y
costado fueron horadados y chorreaban sangre. Imagináis el suplicio que
experimenté entonces y que voy experimentando continuamente casi todos los días.
La herida del corazón asiduamente sangra, comienza el jueves por la tarde hasta
al sábado. Mi padre, yo muero de dolor por el suplicio y por la confusión que
yo experimento en lo más íntimo del alma. Temo morir desangrado,
si Dios no escucha los gemidos de mi pobre corazón, y tenga piedad
para retirar de mí esta situación....”
Por años, de cada
parte del mundo, los fieles fueron a este sacerdote estigmatizado, para
conseguir su potente intercesión cerca de Dios. Cincuenta años experimentados
en la oración, en la humildad, en el sufrimiento y en el sacrificio, dónde
para actuar su amor, el Padre Pío realizó dos iniciativas en dos direcciones:
un vertical hacia Dios, con la fundación de los "Grupos de ruego",
hoy llamados “grupos de oración” y la otra horizontal hacia los hermanos,
con la construcción de un moderno hospital: "Casa Alivio del
Sufrimiento."
En
septiembre los 1968 millares de devotos e hijos espirituales del Padre Pío
se reunieron en un congreso en San Giovanni Rotondo para conmemorar juntos el 50°
aniversario de los estigmas aparecidos en el Padre Pío y para celebrar el
cuarto congreso internacional de los Grupos de Oración. Nadie habría imaginado
que a las 2.30 de la madrugada del 23 de septiembre de 1968, sería
el doloroso final de la vida terrena del Padre Pío de Pietrelcina. De
este maravilloso fraile, escogido por Dios para derramar su Divina Misericordia
de una manera tan especial.
APARICIONES
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Para
el Padre Pío las apariciones ya comenzaron cuando todavìa era
joven. El pequeño Francesco no habló nunca
porque creyó que las apariciones eran cosas que ocurrieran a todas
las almas. Las apariciones eran de Ángeles, de Santos, de Jesús, de la Virgen,
pero a menudo, también de demonios. En los últimos días de diciembre de
1902, mientras él estaba meditando sobre su vocación, Francesco tuvo una
visión. He aquí como la describió, muchos años después,
"Francesco viô a su lado a un hombre majestuoso de rara
belleza, resplandeciente como el sol, que le tomó por la mano y lo animó
con la precisa invitación: "Vienes conmigo porque te conviene
combatir de bravo guerrero". Francesco fue conducido a un gran campo,
entre una multitud de hombres que fue dividida en dos grupos: En una parte
habían hombres de rostro guapísimo y cubiertos de vestidos blancos, cándidos
como la nieve, de la otra eran como hombres de horroroso aspecto y
vestidos de negro sombríos y oscuros. (Explicación.
Vienes conmigo (con Jesús),
porque te conviene combatir (te conviene luchar contra la tentación, así
te haces mas fuerte), bravo guerrero (buen cristiano).Inútil es tu
resistencia (habla la tentación), con este conviene combatir. Animo (le
dice Jesús), entra confiado en la lucha (puedes vencer al maligno),
avanza atrevidamente que Yo te seré propicio (puedes retar al enemigo que
siempre estaré contigo); te ayudare y no permitiré que el te venza.) El
joven situado entre aquellas dos alas de espectadores, viô venir a su
encuentro un hombre de desmedida altura, tan alto,
que podía tocar con
la frente las nubes, y con un rostro horroroso. El personaje
resplandeciente que tuvo a su lado
lo exhortó a batirse con el personaje monstruoso.
Francesco
rogó evitar el furor del
extraño personaje, pero aquel luminoso no aceptó: "Inútil es tu
resistencia, con éste conviene combatir". Ánimo, entra confiado en
la lucha, avanza atrevidamente que yo te seré propicio; te ayudaré y no
permitiré que él venza".
El
combate fue aceptado y resultó terrible. Con la ayuda del personaje
luminoso siempre ayudándole, Francesco venció. El personaje monstruoso,
obligado a huir, se arrastró tras aquella gran multitud de hombres con
horroroso aspecto, entre gritos, imprecaciones
se aturdió. La otra multitud de hombres del vago aspecto, emanó
voces de aplauso y laudos verso al que asistió al pobre Francesco, en una
tan áspera batalla.
El
personaje espléndido y luminoso más que el sol, puso sobre la cabeza de
Francesco victorioso una corona de rara belleza, que inútil sería
describirla. La corona fue retirada por el personaje bueno el que precisó:
"Otra más bonita tengo para ti guardada. Si tú supieras luchar con
aquel personaje con el que ahora has combatido. Él siempre volverá al
asalto...; combates de bravo y no dudes en mi ayuda... no te asustes por
su horrorosa presencia.... Yo
estaré cerca de ti, yo siempre te ayudaré, para que tú logres
vencerlo". Tal visión fue seguida, luego, de reales batallas
con el Diablo. El Padre Pío enfrentó en efecto numerosas batallas
contra el "enemigo" de las almas en el marco de su vida, con el
propósito de arrancar las almas de las cadenas de Satanás.
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Una
tarde el Padre Pío estaba
descansando en una habitación, en la planta baja del convento, que fue
destinada a hospedería. Estuvo solo descansando, y apenas se había
extendido sobre el sofá
cuando, de repente, he aquí que
vino a comparecerle un hombre envuelto en una negra capa. El
Padre Pío, sorprendido, levantándose, interrogó
al hombre quién era y qué quería.
El desconocido le contó
que era un alma del Purgatorio. "Soy Pietro Di Mauro. He muerto en un
incendio, el 18 de septiembre de 1908, en este convento que fue destinado
a un geriátrico, después de
la expropiación de los bienes eclesiásticos. Morí entre las llamas, en
mi cama de paja, sorprendido en el sueño, justo en esta habitación.
Vengo del Purgatorio: el buen Dios
me ha concedido la gracia de
veniros a preguntar si podrías ofrecer la Santa Misa de mañana por mi
descanso eterno. Gracias a esta Misa podré entrar al Paraíso". El
Padre Pío aseguró que ofrecería la Santa Misa por su alma. El.
Padre Pío contó: "Yo, quise acompañarlo a la puerta del convento,
para despedirlo, y cual sería mi sorpresa; que una vez a mi lado
desapareció repentinamente. Por lo que me di verdaderamente cuenta de
haber hablado con un difunto". Tengo que decir que regresé al
convento muy asustado. Al padre Paolino de Casacalenda, Superior del
convento, que notó mi agitación, le pedí el permiso de celebrar la
Santa Misa en sufragio de
aquella alma necesitada; después, naturalmente,
de haberle narrado lo ocurrido".
Tiempo después, el Padre Paulino, despertado por la curiosidad,
quiso hacer la averiguación. Fuè
al Despacho del registro del
ayuntamiento de San Giovanni Rotondo, solicitó y consiguió el permiso de
consultar el registro de los fallecidos en el año 1908., la narración
del Santo Padre Pío correspondió a la realidad. En el registro relativo
a las muertes del mes de septiembre, el padre Paulino localizó el nombre,
el apellido y la imputación de la muerte: "En fecha el 18 de
septiembre de 1908, en el incendio del geriátrico Pietro Di Mauro
verdaderamente murió."
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La
Señora Cleonice Morcaldi de San Giovanni Rotondo fue una hija espiritual
del Padre Pío; A un mes de la muerte de su mamá, el Padre Pío le dijo:
"Esta mañana tu mamá ha volado al Paraíso, la he visto mientras
estaba celebrando la Misa." Lo que quiere decir que tuvo la gentileza
de ofrecer la misa por el descanso eterno de su alma.
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El
Padre Pío contó esta historia al Padre Anastasio. "Una tarde,
mientras yo estaba solo en el coro para orar,
oí el susurro de un traje y vì
a un monje joven que revolvió al lado del altar principal. Parecía que
el joven monje estaba desempolvando los candelabros y arreglando los
jarrones de las flores. Yo pensé que él era el Padre Leone que estaba
reestructurando el altar; y como ya era
la hora de la cena, me acerqué a él y le dije: "Padre Leone, vaya a
cenar, no es tiempo para desempolvar y reparar el altar". Pero una
voz que no era la voz del padre Leone me contestó": "yo no soy
el Padre Leone", "¿y
quién es usted? ", le pregunté. "Yo soy un hermano suyo que
hice el noviciado aquí, mi misión era limpiar el altar durante el año
del noviciado. Desgraciadamente en todo ese tiempo yo no reverencié a Jesús
Sacramentado, Dios Todopoderoso, como debía haberlo hecho, mientras
pasaba delante del altar.
Causando gran aflicción
al Sacramento Santo por mi
irreverencia; puesto Que El
Señor se encontraba en el tabernáculo para ser
honrado, albado y adorado. Por
este serio descuido, yo estoy todavía en el Purgatorio. Ahora,
Dios, por su misericordia infinita, me envió aquí
para que usted decida el tiempo desde cuando que yo podré
disfrutar del Paraíso. Y para que UD cuide de mí." Yo creí
haber sido generoso con esa
alma en sufrimiento, por lo que
yo exclamé: "usted estará mañana por la mañana en el Paraíso,
cuando yo celebre el la Santa
Misa.". Esa alma lloró: Cruel de mí, que malvado fui. “Entonces
él lloró y desapareció." Esa queja me produjo una herida tan
profunda en el corazón, la cual yo he sentido
y sentiré durante toda mi
vida. De hecho yo habría podido enviar esa alma inmediatamente al Cielo
pero yo lo condené a
permanecer una noche más en las llamas del Purgatorio."
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Carta
que el Padre Pío escribió a su director espiritual: Carta al Fraile
Agostino, del 7 de abril de 1913, "Mi estimado Padre, yo todavía
estaba en la cama el viernes por la mañana, cuando
el Señor Jesús se me apareció.
Él se encontraba golpeado y
desfigurado. Él me mostró una gran muchedumbre de sacerdotes y
dignatarios eclesiásticos indiferentes, quienes estaban celebrando
vistiendo sus sagradas túnicas. Cuando yo vi a mi
Jesús en esta condición sentí
un gran sufrimiento, por
consiguiente, yo le pregunte porqué él sufrió tanto. Él no me contestó,
él me mostró a los sacerdotes
que debía castigar. Pero
poco después, el Señor
estaba tristísimo al mirar a estos sacerdotes y yo noté, con gran
horror, dos lágrimas enormes que emanaron del Santo Rostro. Jesús
salió de esa muchedumbre de sacerdotes y con una gran expresión
de aversión en la cara, lloró': ¡"Carniceros”! “Entonces Él
me dijo: "Mi Niño, no creas que mi agonía ha sido de tres horas,
no; realmente yo estaré en la agonía hasta el fin del mundo; debido a
las almas que yo amo. Durante el tiempo de la agonía, mi niño, nadie
puede dormir. Mi alma va buscando alguna gota de piedad humana, pero ellos
me dejan solo bajo el peso de la indiferencia. La ingratitud hace más
severa la agonía para mí. ¡Ellos responden mal a mi amor! El tormento
mayor para mí es que crece en las personas
su desprecio, indiferencia,
e incredulidad. Cuántas veces mi ira
deseó destruirlos por
el relámpago, pero yo me detuve por los ángeles y las almas que me
aman..... Escribe a tu padre y nárrale lo que has visto y Yo te dije en
esta Mañana. Dile que muestre tu carta al Padre provinciano... "Jesús
continuó hablando pero yo nunca puedo revelar lo que él dijo... "
(PADRE
PIO DA PIETRELCINA: Epistolario I° (1910-1922) a cura di Melchiorre da
Pobladura e Alessandro da Ripabottoni - Edizioni "Padre Pio da
Pietrelcina" Convento S.Maria delle Grazie San Giovanni Rotondo - FG)
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En
la carta al Padre Agostino del 13 de febrero de 1913:
Nuestro Padre Jesucristo me reveló “no
te preocupes, yo le haré sufrir pero yo también te daré la
fuerza" - "Yo deseo que tu alma se purifique e con el martirio
oculto diario; no te asustes si yo permito al Diablo atormentarte, y al
mundo para hastiarlo, porque nadie ganará contra esas personas que sufren
bajo la cruz por mi amor y que yo he decidido protegerlos. "
(PADRE
PIO DA PIETRELCINA: Epistolario I° (1910-1922) a cura di Melchiorre da
Pobladura e Alessandro da Ripabottoni - Edizioni "Padre Pio da
Pietrelcina" Convento S.Maria delle Grazie San Giovanni Rotondo - FG)
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La
carta al Padre Agostino, del 18 de noviembre de 1912, "... Jesús, su
estimada Madre, y el Ángel
Guardián; estuvieron visitándome con otros para animarme, me dijeron que
ellos no se olvidan de decirme que la víctima, ser llamado la víctima,
tiene que perder toda su sangre."
(PADRE
PIO DA PIETRELCINA: Epistolario I° (1910-1922) a cura di Melchiorre da
Pobladura e Alessandro da Ripabottoni - Edizioni "Padre Pio da
Pietrelcina" Convento S.Maria delle Grazie San Giovanni Rotondo - FG)
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La
carta para al Padre Agostino,
del 12 de marzo de 1913,
"... mi padre, escucha las
quejas de nuestro dulce Jesús: ¡Se reembolsa "mi amor para los
hombres con tanta ingratitud! Esas personas me hubieran ofendido menos si
yo los hubiera amado menos. Mi padre no quiere llevárselos todavía. ¡Me
gustaría dejar de amarlos, pero... (Y aquí Jesús guardó silencio y,
luego desprevenidamente me dijo:) ¡pero mi corazón es hecho para amar!.
Los hombres no hacen el intento de superar las tentaciones. Más bien estos
hombres disfrutan sus faltas de equidad. Las almas que Yo amo más son las que sufren una tentación, y cuando
ellos no tienen éxito resistiendo, me invocan pidiendo ayuda, y Yo me
presento y las fortifico en la tentación. Las almas débiles se desaniman
y desesperan. Las almas fuertes que confían en Jesús, me llaman y Yo
vengo para relajarlos. Ellos me dejan solo por la noche y en la mañana en
la Iglesia. Ellos no cuidan del sacramento del altar; ellos ya no hablan
de este sacramento de amor; también, las personas que hablan del
sacramento lo hacen con la tanta indiferencia y frialdad. De mi Corazón
se han olvidado; nadie cuida de mi amor; Yo siempre me entristezco. Mi
casa se ha vuelto un teatro de obras para muchas personas; incluso mis
sacerdotes que yo siempre he protegido cuidadosamente, que yo he amado
como la niña de mis ojos; ellos deben confortar mi corazón lleno de
amargor; ellos deben ayudarme en la redención de las almas, en cambio....
¿Quién lo creería? Yo recibo la ingratitud de ellos. Yo veo, Hijo mío,
a muchos de ellos que... (Aquí
él se detuvo, los hipos le
apretaron la garganta, él lloró) que bajo la semejanza falsa ellos me
traicionan con las comuniones sacrílegas, mientras
Yo estoy estampando en ellos la
luz y las fuerzas que continuamente les doy... ".
(PADRE
PIO DA PIETRELCINA: Epistolario I° (1910-1922) a cura di Melchiorre da
Pobladura e Alessandro da Ripabottoni - Edizioni "Padre Pio da
Pietrelcina" Convento S.Maria delle Grazie San Giovanni Rotondo - FG)
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Carta
a Padre Benedetto del 17 de diciembre de 1917: ... "En una de las
visitas que tuve de Jesús en estos días, le pregunté con más
insistencia si pudiera tener compasión de las pobres naciones, tan a
prueba por la desdicha de la guerra y que por fin cediera su justicia y
misericordia. ¡Cosa extraña! Él no contestó sino con una señal de
mano, que quiso decir: despacio, tranquilo. Pero cuándo?, añadí yo. Y
él, con seriedad y con una media sonrisa en boca, posó su mirada sobre
de mí y sin decir palabra se despidió."
(PADRE
PIO DA PIETRELCINA: Epistolario I° (1910-1922) a cura di Melchiorre da
Pobladura e Alessandro da Ripabottoni - Edizioni "Padre Pio da
Pietrelcina" Convento S.Maria delle Grazie San Giovanni Rotondo - FG
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BILOCACION
La
Bilocación puede ser definida como la presencia simultánea de una persona en
dos lugares diferentes. Numerosos testimonios
unidos a la tradición religiosa cristiana cuentan varios sucesos de bilocación
atribuidos al Padre Pío. Éstos son algunos
testimonios:
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La Señora Maria,
hija espiritual del Padre Pío, contó que su hermano, una tarde, mientras
oraba, se durmió. De repente fuè golpeado con una bofetada sobre la
mejilla derecha y él tuvo la sensación de sentir que la mano que lo
golpeó fuera cubierta por un medio guante. Pensó enseguida en el Padre Pío y al otro
día después de la misa se
fue a saludarlo: "¿Es lícito
dormirse cuándo se ruega"?, contestó el
Padre Pío. Fue el
Padre Pío quien lo "despertó".
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Un ex oficial del ejército,
un día entró a la Sacristía
y mirando al Padre Pío le dijo "Es justo él, no se equivoca".
se acercó, cayó de rodillas y llorando repitió - Padre gracias
por salvarme la vida en el campo de batalla. Sucesivamente el hombre
contó a los presentes: "fui un Capitán de infantería y un día,
sobre el campo de batalla, en una hora terrible de fuego, algo lejos de mí
vi a un fraile, pálido y de ojos
expresivos, me dijo: "Sr. Capitán,
alèjese de ese
sitio" - Inmediatamente
corrì y antes de que llegara, al sitio dónde antes me encontraba, estalló
una granada enorme que abrió un remolino. Me volví hacia el monje para
agradecerle pero ya habìa desaparecido".
El Padre Pío en bilocación le salvó la vida.
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El Padre Alberto,
a quien el Padre Pío conoció en
1917, contó: "Vi hablar al Padre Pío mientras se encontraba
de piè cerca de la ventana con la mirada fija sobre la montaña. Me
acerqué a èl para
besarle la mano pero él no se diò cuenta de mi presencia
y tuve la sensación de
que su mano estaba entumecida. En aquel entonces lo escuchè que
con voz muy clara, en el momento en que diò la absolución a alguien.
Después de un instante el padre se sacudió como si se se despertara.
Volteàndose hacia mí, me dijo: - ¿Estáis aquí?, no me enteré de ello
-. Algún día después llegó de Turín un telegrama de agradecimiento al
Padre Superior por haber mandado al Padre Pío a asistir a un moribundo.
Del telegrama se pudo intuir que el moribundo estaba muriendo en el
momento en que el Padre Pìo en San Giovanni Rotondo, pronunció las
palabras de absolución. Obviamente el Superior no enviò al Padre Pío al
moribundo, sino que el Padre
Pío lo visitò en bilocación.
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Una familia americana vino
de Filadelfia a San Giovanni Rotondo, en el 1946, para agradecer al Padre
Pío. El hijo piloto de un avión de bombardeo, en la II Guerra Mundial,
fuè salvado por el Padre Pío en el cielo en el Océano Pacífico. El avión
cerca de aterrizar en el aeropuerto,
después de haber efectuado un bombardeo, fue golpeado por los
cazatorpederos japoneses. "El avión" - contó el hijo, "Se
precipitó y estallò apenas que la tripulación pudiera tirarse en paracaídas.
Solamente yo, no sé como, logrè salir a tiempo del avión. Traté de
abrir el paracaídas pero no se abrió; me habría estrellado, por tanto,
al suelo si de repente no hubiera comparecido un fraile con la barba que
tomándome entre los brazos me depuso dulcemente delante de la entrada del
mando de la base. Imagináis
el estupor que provocó mi cuento. Fue increíble pero mi presencia
"obligó" a todos a
creerme. Reconocí al fraile que me salvó la vida cuando, un día,
mandado con permiso, llegué a casa y
mi madre me enseñó la fotografía del Padre Pío, el fraile a
cuya protección en sus oraciones y lagrimas de madre me habìa
encomendado. ¡Que grande e importante es la oraciòn de una madre!
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Una señora, mujer de un
empresario naval, era huésped de su hija en Bolonia. Tenìa un tumor
maligno en un brazo y la señora
con la ayuda de su hija decidió hacerse operar. El cirujano aconsejò
tener paciencia y esperar,
por lo tanto posteriormente
fijarìa la fecha para la intervención quirúrgica. En la espera el
marido de la hija mandó un telegrama al Padre Pío; suplicando por la
salud de su suegra. A la hora en que el telegrama llegó a manos del Padre
Pío, la señora, que estuvo sola en el cuarto de estar de la casa de la
hija, vio abrir la puerta y entrar a
un fraile capuchino. "Soy
el Padre Pío de Pietrelcina" le dijo. Después de
preguntarle algunas
cosas del cirujano, la exhortò
a tener confianza en la Virgen, el Padre Pìo
le hizo una señal de la
cruz en el brazo, por lo tanto, saludándola, salió. La señora llamó a
la camarera, la hija y el yerno. Preguntó porque hicieron entrar al Padre
Pío sin anunciarlo, pero le
contestaron que no lo vieron
y que, en todo caso, no abrieron la puerta a nadie. Al día siguiente el
cirujano visitó a la señora para prepararla para la operación, pero no
encontró ningún tumor. El tumor se desapareciò apenas el Padre Pìo le
diò la bendiciòn.
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El obispo que el 10 de agosto de 1910, en la
catedral de Benevento, fuè preparado para la muerte por el Padre Pío
que, en bilocación, fue a hacerle una visita.
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Hasta el beato don Orión declaró
lo siguiente sobre la bilocación del Padre Pío: "En la Basílica
de San Pietro, en la ceremonia de beatificación de Santa Teresa del Niño
Jesús, estaba también el
Padre Pío, en bilocación. Lo vì venir hacia mí, sonriendo. Fuì a su
encuentro, a través de la muchedumbre, pero cuando llegué, él
desapareció."
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El Padre Pío en bilocación celebró una Misa
en la Capilla de un monasterio de monjas en Checoslovaquia, en
1951. Después de la celebración de la Misa las monjas fueron a
la Sacristía para ofrecerle al Padre una tacita de café y darle
las gracias por la Misa y la inesperada visita, pero en la Sacristía no
había nadie. Las monjas pudieron constatar así que;
el Padre Pío fuè a efectuar
la Santa Misa en
bilocación.
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El Padre Pío, en bilocación, dìò la Misa al
primado de Hungría, en la cárcel,
en Budapest, en 1956. Alguien, que conocía
del episodio preguntó: "Padre Pío,
UD le ha dado la Misa y le ha hablado, pero entonces, si
UD ha estado en cárcel, y lo ha visto" - "Cierto, si le
he hablado también lo he visto"... contestó el Padre Pío.
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La Madre Esperanza, fundadora de las Criadas
del amor Misericordioso, contó de haber visto al Padre Pío, por un año
entero, todos los días en Roma. Sabemos muy bien que el Padre no ha
estado nunca en Roma, si no una vez para acompañar a la hermana que
decidió entrar al monasterio de clausura en el año
1917. Estuvo en bilocación todos los días.
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El General Cadorna, después de la derrota de
Caporetto cayó en un estado de depresión severa y decidió suicidarse.
Una tarde se encerró en su
habitación y dìò
orden a su ordenanza de no dejar pasar a nadie. Entrado en su
habitación, extrajo de un cajón una pistola y mientras se estaba
apuntando a la sien oyó una voz que le dijo: "General, ¿no querréis
cumplir en absoluto esta tontería"? Aquella voz y la presencia de un
Fraile apartaron el General de su propósito, dejándolo petrificado. ¿Pero,
como fue que pudo entrar este personaje en su habitación? Pidió
explicaciones al ordenanza pero le
contestó no haber visto
pasar a nadie. Años después, el general, se enteró por la prensa, que
un Fraile que vivía sobre el Gargano hacia milagros. Se fuè de incógnito
a San Giovanni Rotondo y con gran asombro al fraile capuchino aquella tarde reconoció. “Ha corrido un riesgo enorme
aquella tarde, ¿eh general?”, le dijo el
Padre Pío.
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El Padre Agostino
escribió: "puesto que una monja de Florencia me dijo que, después
de la comunión, el Padre Pío se le apareció para confortarla y
bendecirla, yo quise preguntarle al Padre Pío.
´¿A menudo haces
también viajes hasta Florencia? una monja ha dicho esto´.
El padre me contestó humildemente que fue a
Florencia en bilocación”.
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La última bilocación
conocida del Padre Pío fue la tarde anterior al día de su muerte. El
Padre Pío fue a saludar a Génova al cofrade Padre Humilde que se
accidentó por una caída ocurrida el 29 de agosto de 1968.
Hacia las 16.30 del 22
de septiembre 1968 sor Ludovica va a ver al padre Humilde para llevarle
una taza de té. La religiosa siente un fuerte perfume de flores que
inunda todo el entorno. Como ella no conoce el origen del perfume, mira al
fraile por una explicación.
El Padre Humilde con
espontaneidad le dice: "el Padre Pío ha venido a saludarme y me ha
dado su último adiós."
Al día siguiente se
difunde la noticia de la muerte de Padre Pío.
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CLARIVIDENCIA
Poseído obviamente
solamente por los Santos, consiste
en un don sobrenatural que les permite ver cosas lejanas o de prever el futuro o
bien de ver y oír a distancia en el espacio y en el tiempo sin usar los mismos
sentidos y las normales capacidades del intelecto. Se trata de mirar con los
ojos del alma. Tal habilidad fue experimentada por el Padre Pío aunque, en él,
encontró un desarrollo completamente particular. En efecto, el Padre Pío logró
escudriñar a una persona hasta alcanzar
las partes más ocultas del alma. Muchos testimonios existen de estas
intervenciones del Padre Pío.
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Una
señora de Bolonia cuenta: "Una vez mi madre fue a ver al Padre Pío
con algunas de sus amigas. Apenas llegó
a San Giovanni Rotondo encontró en la Sacristía del convento al
venerado Padre que enseguida le dijo: "¡Y tú estás acá! Vas
enseguida a
casa porque tu
marido está mal". Mi madre quedó sin aliento, partió dejándolo
en óptima salud. Partió con
el primer transporte. Cuando llegó a casa, alarmada, no hubo alguna
novedad. Pero durante la noche mi padre tuvo graves dificultades de
respiración. Algo le comprimió la garganta. Mi madre trató de calmarlo
y llamó al médico. Hacia las once de la noche mi padre fue hospitalizado
y llevado de urgencia al quirófano. El cirujano que lo operó le extrajo
de la garganta dos vesículas
de pus. El Padre Pío vio por
lo tanto con antelación lo
que estuvo a punto de ocurrirle al marido de la señora y, con su consejo
y su ruego logró influir en la feliz solución del caso.
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Un
hijo espiritual del Padre Pío que habitó en Roma, estando junto a
algunos amigos, por vergüenza, no hizo lo que se debe hacer al pasar al
frente de una Iglesia, una
pequeña reverencia en señal de saludo a Jesús sacramentado, levantándose
el sombrero. He aquí entonces repentina y fuertemente
escucha una voz - la voz de Padre Pío - y una palabra: "¡Cobarde!"
Fuè después de algún tiempo a San Giovanni Rotondo y sintió al Padre Pío
que le dijo: "Atento, esta vez te he regañado solamente, la próxima
vez te daré una bonita bofetada."
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A
la hora del ocaso, en el jardín del convento, el Padre Pío, que está
conversando amablemente con algunos fieles e hijos espirituales, y se da
cuenta de no tener consigo el pañuelo. Entonces se dirige a uno de los
presentes y le dice: "Por favor, he aquí la llave de mi habitación,
tengo que sonarme la nariz, tráeme el pañuelo". El hombre va
a la habitación, pero, además del pañuelo, toma
uno de los medios guantes de Padre Pío y se lo pone en el
bolsillo. ¡No puede perder una ocasión de tener una reliquia! Pero al
regresar al jardín, entrega el pañuelo y
siente decir al Padre Pío: "Gracias, pero ahora vuelve en la celda
y repones en el cajón el medio guante que te has metido en el
bolsillo."
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Una
señora, cada tarde, antes de ir a dormir, se arrodilló adelante de una
fotografía del Padre Pío y le pidió la bendición. El marido, incluso
siendo un buen católico y fiel del Padre Pío, creyendo que aquel gesto
era exagerado, se burlaba de su esposa riéndose. Un día habló con el
Padre Pío: "Mi mujer, cada tarde se arrodilla delante de
vuestra fotografía y os pide la bendición". "Usted, lo
sabe": el Padre Pío le
contestó, "y tú te ríes
cada tarde."
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Un
día, un hombre, católico aprendiz, y estimado en los medios eclesiásticos,
fuè a confesarse con el Padre Pío. Ya que quiso justificar su conducta,
empezó señalando a una "crisis espiritual". En realidad vivió
en el pecado: él estaba casado y descuidó a su
mujer y trató de superar la crisis entre los brazos de una amante.
Nunca imaginó estar arrodillado a los pies de un confesor
"anormal". El Padre
Pío, levantándose velozmente, gritó: "¡No es una crisis
espiritual! Tú eres un adúltero y Dios se ha irritado contigo. Vas
fuera"!
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Un
señor contó: "Yo decidí parar de fumar y de ofrecer este pequeño
sacrificio al Padre Pío. Al empezar el primer día, cada tarde, con el
paquete de cigarrillos integro en la mano, me paré delante de su imagen
diciéndole: "Padre es uno... ". A. el segundo día "Padre, es
dos... ".
Después de unos tres meses, todas las tardes hice la misma cosa. Un día
fui a verlo "Padre", le dijo en cuanto lo vi., "son 81 días
que no fumo, 81 paquetes... ". Y
el Padre Pío contestó: Lo sé "cómo tú lo sabes, me los
has hecho contar todas las tardes."
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El
chofer del autobús que transportaba a los turistas en la excursión hacia
el Gargano estuvo en la
Sacristía esperando el momento de salir cuando el Padre Pío llegó. El
chofer que estuvo entre el grupo de una decena de personas fue notado por
el Padre Pío que le dijo:
"Hijo, ¿no pides tú tampoco la bendición"? El chofer,
sorprendido, se arrodilló
para recibir la bendición pero el Padre Pío en lugar de bendecirlo
le preguntó: " Bien, ahora
dime lo que has hecho”, "Nada Padre, no he hecho nada, me he
confesado hace dos horas en Sant' Angelo y también he tomado la Comunión
con los turistas que acompaño". "Y"…….. ¿Después?
“He adquirido objetos religiosos". "No, las santas imágenes
te han hecho blasfemar, pero,……..y
aquellas cosas dulces... ". El chofer desconcertado, recordó que
después de la Santa Misa
blasfemó porque el número de los dulces adquiridos fue inferior a aquél
deseado y solicitado por los turistas. Avergonzado intentó decir
algo pero el Padre Pío,
en privado, se lo impidió diciendo: "No basta: con venir a San
Giovanni Rotondo, has desprestigiado y ofendido a un carretero que no
mantuvo su derecha". El chofer, que contestó de no haber hecho nada,
empezó, confuso, a recitar el acto de dolor."
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Una
señora italo-inglesa, llegada por Inglaterra se presentó al
confesionario del Padre Pío pero en
lugar de confesarla, cerró la taquilla del confesionario diciéndole:
"Para tì no estoy disponible". ¿Por cuál motivo el Padre Pío
no quiso confesarla? ¿Después de haber esperado un par de semanas
durante las que ella fue casi todos los días al confesionario? Un día la
señora por fin fue escuchada por el Padre Pío. La señora
en la iglesia le
reclamó porque la hizo esperar mucho tiempo y el Padre Pío le contestó: "¿Y
tú cuánto has hecho esperar a Nuestro Dios? Te tienes que preguntar como
ahora Jesús pueda acogerte, después de los muchos sacrilegios cometidos.
Tú, por años, has comido tu condena; por años, al lado de tu marido y
tu madre, has hecho la santa comunión en pecado mortal." La mujer,
arrepentida, trastornada, suplicó llorando la absolución. Cuando, tiempo
después regresó a Inglaterra
fue la personificación de la alegría.
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Un
señor cuenta: - "Una tarde comí algunos higos de más. Hice escrúpulo
de ello. He cometido un pecado de garganta - me dije - por cuyo motivo me
confesaré con el Padre Pío, yo confesaré este pecado". Al día
siguiente, caminando lentamente por la calle hacia
el convento, hice el examen de conciencia. Yo no recordé el pecado
de garganta. Me confesé pero antes de concluir la confesión, antes de la
absolución, le dije al Padre Pío: "Yo creo que estoy olvidando una
culpa, quizás la más grave, pero no logro recordarla". "Eh
vete a la calle, " - me contestó sonriendo - ¡"por dos
higos"!
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Dios
ve todo y de todo tendremos que darle cuenta. El cuento que sigue,
demuestra que también nuestros pensamientos más escondidos son conocidos
por Dios. Un hombre, en el 1920 se presenta al convento de los Capuchinos
para hablar con Padre Pío, ciertamente no es más que
un penitente en busca de perdón, a todo esto, piensa que el perdón
es solo para una banda de criminales, este hombre ha decidido matar a su
mujer para casarse con otra. Quiere matarla y quiere procurarse una
coartada indiscutible. Sabe que su mujer es devota de un Fraile que vive
en un pueblecito del Gargano, allí
nadie los conoce a ellos y puede llevar fácilmente a la práctica
su homicidio. Un día este hombre convence con una excusa a su
mujer para hacer el viaje. Cuando llegan a Apulia, él la invita a
visitar al fraile. Se alojan en un hotel
de las afueras y manda a su mujer al convento para confesarse, de
manera que visitando al fraile ya tiene una coartada. Piensa visitar una
tasca con los amigos e invitarlos a beber y a jugar un partido de
cartas. Alejándose más tarde con una excusa iría a matar a la
mujer apenas saliera de la
confesión. Todo alrededor del convento es campo abierto y en la penumbra
de la tarde nadie se dará cuenta de nada, y mucho
menos que bajo tierra hay un cadáver. En fin, vuelto a la tasca
seguiría entreteniéndose
con los compañeros de juego para luego partir, solo, tal y
como había llegado. El plan era perfecto, pero no había tenido en
cuenta la cosa más importante; que mientras
él planeaba el homicidio, alguien escuchaba su pensamiento. Cuando llega
al convento ve al Padre Pío que confesaba a
algunos paisanos, y tomado por un impulso que tampoco él logra
contener, se arrodilla a los pies de aquel confesor de los hombres. No ha
acabado tampoco la señal de la cruz cuando salen gritos inconcebibles del
confesionario: "¡Vas fuera! Vas fuera!” ¡Vas fuera! ¿No sabes
que es prohibido por Dios mancharse las manos de sangre con un homicidio?
¡”Vas fuera! Vas fuera"! - En fin lo agarrò por un brazo, el
capuchino acaba de echarlo. El hombre está conmocionado, incrédulo, y
desalentado; al verse descubierto huye aterrorizado hacia el campo, dónde,
cae a los pies de un peñasco, con la cara en el barro; y
por fin se da cuenta de los horrores de su vida de
tanto pecado. En un
instante vuelve a ver toda su existencia; y, entre lacerantes tormentos
del espíritu, comprende completamente su aberrante maldad. Atormentado y
arrepentido desde lo más profundo
de su corazón vuelve a la Iglesia
y le pregunta al Padre Pío, si puede
confesarlo verdaderamente. El padre se lo concede y esta vez, con
infinita dulzura le habla como si lo conociera desde siempre. Más bien,
para ayudarlo a no olvidar nada de aquella vida desorientada, le enumera
todo, momento por momento, pecado por pecado, crimen por
crimen, con detalles particulares de cada uno. Llegando hasta el último
crimen premeditado, aquel de matar a su propia mujer, a la leal compañera
de su vida. El hombre, escucha de labios del gran Santo; la narración del
homicidio que sólo él ideó en su mente y que ningún otro mortal
conoce en su conciencia, Exhausto pero por fin libre, se tira a los pies del fraile
y suplica humildemente perdón. Pero allí no termina todo. Terminada la
confesión, mientras se aleja del convento es vuelto a llamar por el Padre
Pío, quien le dice: “¿Has deseado; tú tener hijos, no es cierto?”
¡Caramba este santo, incluso èsto sabe! - "¡Ahora bien, ya no
ofendas nunca más a Dios y
un hijo te nacerá"! Aquel hombre regresó
exactamente, el mismo día después de un año, totalmente
convertido y padre de un hermoso hijo nacido de su esposa, de
aquella misma mujer que él quiso matar.
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El
padre Guardián del convento de San Giovanni Rotondo contó: - "El
otro día, un comerciante de Pisa ha venido a preguntarle al Padre Pío
acerca de la curación de una
hija. El padre lo mira y dice: "Tú estás más enfermo que tu hija. Yo
te veo muerto". "Pero no, pero no, yo estoy muy bien"... - ¡"Desdichado"!
Gritó el Padre Pío - ¡"Desgraciado”! ¿Cómo puedes decir que
estás bien con tantos pecados sobre la conciencia? ¡“Veo de ellos al
menos treinta y dos"! Imagináis
el estupor del comerciante. Después de la confesión él contó a
todo el que quisiera escucharlo: ¡"Él ya sabía todo y me ha
dicho todo"!
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Un
sacerdote contó, una aventura de un cofrade suyo, que vino desde muy
lejos para confesarse; con el Padre Pío. Él tuvo que esperar muchas horas en Bolonia. Después de la confesión,
el Padre Pío le preguntó: "Hijo mío, ¿no recuerdas lo otro"?
- "Nada, Padre" -
"Vamos, busca un poco"... - Éste examinó su conciencia pero no
encontró nada. Entonces el Padre Pío le dijo con extrema dulzura:
“Hijo mío, ayer por la mañana, has llegado a Bolonia a las 5.00 de la
mañana. Las iglesias todavía estaban cerradas. En lugar de esperar, has
ido al hotel para descansar un poco antes de la Misa. Te has acostado
sobre la cama y luego te has dormido tan profundamente que te has
despertado a las tres de la tarde. Por la tarde, era demasiado tarde para
celebrar la misa. Lo sé, no lo has hecho por malicia, pero fue una
negligencia que hirió a Nuestro Dios."
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En
tantos tiempos; que las grandes muchedumbres
acudieron al Padre Pío, fueron enviados al convento
dos guardias civiles que siempre le protegieron. Un día, en la
Sacristía, mientras se retiraba, después de la celebración de la
Santa Misa, el Padre se dirigió sonriendo a uno de los dos
guardias civiles: "Apenas termines aquí,
después que yo haya
hecho el agradecimiento de la Misa, vienes a mi habitación porque
tengo que hablarte". El guardia civil se alegró, y esperó
que el Padre acabara y luego fuè a su habitación. "Siéntate",
le dijo el Padre Pío, "dentro de ocho días tú vas a la casa de tu
padre y mueres, hijo mío". “Pero Padre, está muy bien", dijo
el guardia civil. "No te preocupes", añadió el capuchino. "es
mejor dentro de ocho días.” ¿Qué es esta vida? Una romería; estamos en un tren que para hoy
por ti. Pide un permiso a tu jefe y te vas a tu casa. Porque si te quedas
aquí; Mañana tú mueres y no
saben nada los parientes" El guardia civil, trastornado por estas
palabras preguntó: "Padre; ¿puedo contar cuánto me habéis
dicho"? "No, ahora no, le contestó el Padre, sólo lo dirás cuándo
estés en casa". El joven pidió
un permiso para ir a casa. No quisieron concedérselo, porque no había
ninguna justificación adecuada pero por la intercesión del mismo Padre Pío,
el guardia civil consiguió la licencia. Llegando a casa el guardia civil
les dijo a sus padres: " El Padre Pío me ha dicho que moriré, he
venido a saludarlos". Después de ocho días el guardia civil murió.
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Además
de las visiones, los religiosos del convento de Venafro, que hospedaron al
Padre Pío por poco tiempo, fueron testigos de otros fenómenos
inexplicables. Cuando estuvo gravemente enfermo, el Padre Pío demostró
estar en absoluta capacidad de leer los pensamientos de las personas. Un día
el Padre Agostino fue a
buscarlo. "Esta mañana haga una oración particular
por mí", dijo el Padre Pío, y le preguntó que pasaba.
Bajando a la iglesia, el
Padre Agostino decidió encomendar al fraile de manera muy especial
durante la Santa Misa, pero
luego se le olvidó hacerlo. El
Padre Pío le preguntó: ¿ Ha rogado por mí"? Lo olvidé,
dijo el Padre Agostino .Y el Padre Pío contestó: "menos mal qué el
buen Dios, ha aceptado el propósito
que UD tenía cuando bajó las escaleras."
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A
la segunda llamada para confesar a un hombre, el Padre Pío, levanta la
cabeza y severamente dice en alta voz "¿En fin este hombre ha hecho
esperar veinticinco años a nuestro Dios, para decidirse a confesarse; y
no puede esperar él, cinco minutos que yo me desocupe?” Fuè constatado
que el hecho fue verdadero.
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El
espíritu profético del Padre Pío; visto por el Padre Carmelo Durante
fue Superior del Convento de San Giovanni Rotondo, damos este
testimonio: "Durante la última guerra mundial, casi cada día se
habló de la guerra y, sobre todo de las estrepitosas victorias militares
de Alemania sobre todos los frentes de batalla. Recuerdo que una mañana
en la sala del convento, mientras leía el periódico, con la noticia de
que las vanguardias alemanas se dirigían a Moscú. Fue para mí un
flechazo: vi en aquel flash periodístico, el fin de la guerra con la
victoria final de Alemania. Saliendo al pasillo, encontré al venerado
Padre y, muy contento, estallaba gritando: ¡Padre, se terminó la guerra!
Ha vencido Alemania! . - "¿Qué has dicho tú?” preguntó
el Padre Pío - "Padre, el periódico dice…." Y Padre Pío:
“¿Ha vencido Alemania la guerra? ¡Recordaos que Alemania, esta vez,
perderá la guerra, peor que la otra vez! Recuérdalo" - Yo repetí:
"Padre, los alemanes ya están cerca de Moscú, por lo tanto...
" Él añadió: "¡Acuérdate de lo que te he dicho!”. Yo
continué: "Pero si pierde la guerra Alemania, quiere decir que
Italia también la perderá!”. - Y Él, contestó: Hará falta ver si la
acabaran "junto". Aquellas palabras me fueron completamente
oscuras, en consideración de la alianza Italo-Alemana, pero se revelaron
claras el año siguiente después del armisticio con los angla-americanos
del 8 de septiembre de 1943, con la declaración de guerra de Italia a
Alemania.
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