Fundación Presbítero Oscar Amado

 

   Homilias de Oscar Amado

 

 

        Pbro. Dr. OSCAR AMADO

Nació el 3 de marzo de 1935, ordenándose sacerdote el 17 de diciembre de 1960.

Realizó estudios de derecho canónico en Roma, doctorándose en la Pontificia Universidad de Santo Tomás de Aquino.

Ejerció fundamentalmente la docencia teológica en la Universidad Católica de Mar del Plata. Fue junto con Monseñor Rau el fundador de la Escuela de Teología de Mar del Plata, y con Monseñor Pironio del Centro Diocesano de Estudio y Reflexión (CEDIER).

En 1977 fue confirmado por Monseñor Rómulo Garcia como Fiscal Eclesiástico.

Ejerció su actividad pastoral en la Parroquia San Pío X de Peralta Ramos, de la cual fue su párroco hasta el momento de su muerte.

Falleció el 26 de marzo de 1982.

        

 

RECUERDOS DEL PADRE AMADO 

Desde 1964, recién llegado de Roma, donde obtuvo la licenciatura de Derecho Canónico en la Pontificia Universidad Gregoriana y el doctorado en la Santo Tomás de Aquino y hasta el momento de su muerte ocurrida hace ahora 25 años el 26 de marzo de 1982,  el pensamiento y la acción del padre Oscar Amado se volcaron sin pausa sobre la vida de la diócesis de Mar del Plata.

Se puede decir que esos años estuvieron impregnados de su profunda vida sacerdotal.

Para los que lo conocíamos no era una novedad que su “mente” teológica había despertado en forma sorprendente a partir de entonces y prueba de ello es la impresionante cantidad de conferencias, charlas, apuntes, folletos que brotaron de su constancia y dedicación, de esa actitud apolínea que siempre lo caracterizó, de una exquisitez que se manifestaba hasta en sus mas íntimos detalles, no exenta de un sentido del humor que, a veces, podía parecer hiriente, pero que era fundamentalmente, agudo.

Todavía muchos recuerdan sus intervenciones en la radio y la televisión, medios que lo tuvieron siempre presente y que lo reclamaban en toda ocasión. No se puede olvidar aquella experiencia que protagonizó con otros dos sacerdotes y que se puede considerar como una de las mas originales en lo que se refiere a la utilización de los medios de comunicación.

Esa “teología de la mente y del corazón” estuvo muy ensamblada con las figuras de los que fueron sus obispos. Primero, monseñor Rau, nuestro gran teólogo, de quién dependimos, directa e indirectamente los que nos formamos en el seminario de La Plata y, sin exagerar, todo el pensamiento teológico argentino.

Ese gran esfuerzo que confluyó hacia el Concilio Vaticano II lo tuvo como precursor primero, como protagonista después y como promotor finalmente, ya que muchas de las cosas que había intuido pudo saborearlas hasta el punto de que el Concilio revitalizó su salud que se había quebrantado en vísperas del gran acontecimiento.

De monseñor Rau, el Padre Amado absorbió la caridad, la precisión y hasta el rigor, nunca frío pero sí exigente. Y esto es algo que me impresionó mucho en él en los largos años que compartimos (7 en el seminario de La Plata y 2 en Roma); su constancia y dedicación, que a veces rondaban lo heroico.  Recuerdo las largas horas que dedicaba al estudio de una disciplina (el Derecho Canónico) para lo cual no parecía particularmente dotado, pero que, a fuerza de exigencias, llegó a dominar, y, sobre todo, integra en una armoniosa síntesis, mucho más allá de una casuística legalista. Esas horas se entremezclaban con dolorosas etapas provocadas por una salud que no siempre le respondía ya desde su adolescencia, pero que no doblegaban un físico aparentemente robusto y saludable.

De Monseñor Pironio y de su fugaz pero penetrante episcopado marplatense recogió un calor y una fuerza de vigilia pascual. Otra forma de hacer teología, ungida por una piedad que se desprendía de cada palabra y de cada gesto y que ha dejado su huella no solo en el país sino en América Latina y desde su “cátedra” vaticana, en el mundo entero.

Si releemos “Evangeli nuntiandi” y “Gaudete in Domino”, por ejemplo, no es tarea demasiado ardua rastrear acentos pironianos.

 

Una Postura Conciliar

Esa rica continuidad (pensemos que Pironio había sido discípulo de Rau en el seminario) había dado su rostro a la Iglesia en Mar del Plata y Amado asimiló esos talantes pero sin copiar, indagando, buscando y siendo siempre él. Nos lo muestra una lectura atenta de las homilías que la

Fundación que lleva su nombre ha venido publicando.

Monseñor Rau pensó muchas veces en la importancia de una facultad de teología. Sus viajes por Europa, especialmente por Alemania, lo dejaban fascinado por el trabajo ecuménico de sus facultades.

Así como había vivido el escándalo de la pérdida, por parte de la Iglesia, de la clase obrera, sufría también por el divorcio entre la fe y la cultura, el drama de nuestro tiempo.

Y Monseñor Pironio, en sus continuos viajes por el continente como secretario y después presidente del CELAM, hizo de Mar del Plata un poco como la capital de la iglesia en Latinoamérica y a toda esa problemática que es universal le dio sabor y perspectivas concretas en el momento de esa América Latina cuya hora había llegado según la expresión de los papas. Tuvo que sufrir también las dificultades de los procesos históricos y hasta pensar que aquella intuición quedaba agotada.

Otra faceta fundamental entonces de la trayectoria del Padre Amado fue su trabajo teologal en íntima y sufrida relación con los hechos que se fueron sucediendo en las décadas 60 y 70. Hizo suyas las alegrías y esperanzas, las angustias y los dolores de la Iglesia en un momento particularmente difícil.

Su postura conciliar le costó no pocos dolores y críticas injustas que no lograron abatirlo. La incomprensión de las reformas conciliares no atenuó su espíritu luchador y siguió adelante, hablando y escribiendo, procurando entender y hacer entender los signos de los tiempos para iluminarlos a la luz de una teología que se iba haciendo cada mas interior y madura.

Siempre recordaba que una señora había quedado muy impresionada por una homilía suya. Tuvo ocasión de encontrarse con ella en una cena y como la señora ignoraba su nombre salió a relucir el “tema Amado”. La señora despachó sus críticas hacia ese cura “tan moderno y tan revolucionario”. Oscar la escuchó sin decir palabra y cuando se enteró que ése era el Padre Amado no podía creerlo.

Muchos sacerdotes tuvieron que padecer esta situación y lamentablemente no contaron muchas veces con la solidaridad de sus hermanos.

Como decía el padre Sertillanges: “es mas crucificante sufrir de la iglesia que sufrir por ella”.

En 1980 se descubrió la gravedad de su mal. El lo sabía pero siguió durante casi 2 años asumiendo la tarea de cada día. El dolor dio aún mayor profundidad a su pensamiento. No dejó de escribir, de andar, de visitar, de seguir asumiendo todo lo que iba sucediendo en la Iglesia y en el mundo. Fue su última lección, sin alardes, viendo disminuir las fuerzas pero sabiendo que, a pesar de la fragilidad de la carne, el espíritu estaba pronto. Lo recuerdan sus alumnos sobre todo a finales de 1981 cuando en una clase habló de la muerte pero desde la vida: San Irineo le había enseñado que la gloria de Dios es el hombre viviente.

Cuántas veces en Miramar recibí su visita. Quiero recordarlo ahora cuando añorábamos los tiempos del Concilio, nuestros sueños y esperanzas de entonces recién ordenados que tuvimos la gracia de recibir “el baño conciliar” y comprobar después que, como decía nuestro amado Pablo VI,

“sus enseñanzas estaban - ¡y están!- lejos de haberse convertido en realidades vivientes”.

 

Presbítero Hugo W. Segovia.

 

Publicado el Domingo 15/04/2007.

 

 

 

 

 

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