RECUERDOS DEL PADRE AMADO
Desde 1964, recién llegado de
Roma, donde obtuvo la licenciatura de Derecho Canónico en la Pontificia
Universidad Gregoriana y el doctorado en la Santo Tomás de Aquino y
hasta el momento de su muerte ocurrida hace ahora 25 años el 26 de
marzo de 1982, el
pensamiento y la acción del padre Oscar Amado se volcaron sin pausa
sobre la vida de la diócesis de Mar del Plata.
Se puede decir que esos años
estuvieron impregnados de su profunda vida sacerdotal.
Para los que lo conocíamos no
era una novedad que su “mente” teológica había despertado en forma
sorprendente a partir de entonces y prueba de ello es la impresionante
cantidad de conferencias, charlas, apuntes, folletos que brotaron de su
constancia y dedicación, de esa actitud apolínea que siempre lo
caracterizó, de una exquisitez que se manifestaba hasta en sus mas íntimos
detalles, no exenta de un sentido del humor que, a veces, podía parecer
hiriente, pero que era fundamentalmente, agudo.
Todavía muchos recuerdan sus
intervenciones en la radio y la televisión, medios que lo tuvieron
siempre presente y que lo reclamaban en toda ocasión. No se puede
olvidar aquella experiencia que protagonizó con otros dos sacerdotes y
que se puede considerar como una de las mas originales en lo que se
refiere a la utilización de los medios de comunicación.
Esa “teología de la mente y
del corazón” estuvo muy ensamblada con las figuras de los que fueron
sus obispos. Primero, monseñor Rau, nuestro gran teólogo, de quién
dependimos, directa e indirectamente los que nos formamos en el
seminario de La Plata y, sin exagerar, todo el pensamiento teológico
argentino.
Ese gran esfuerzo que confluyó
hacia el Concilio Vaticano II lo tuvo como precursor primero, como
protagonista después y como promotor finalmente, ya que muchas de las
cosas que había intuido pudo saborearlas hasta el punto de que el
Concilio revitalizó su salud que se había quebrantado en vísperas del
gran acontecimiento.
De monseñor Rau, el Padre
Amado absorbió la caridad, la precisión y hasta el rigor, nunca frío
pero sí exigente. Y esto es algo que me impresionó mucho en él en los
largos años que compartimos (7 en el seminario de La Plata y 2 en
Roma); su constancia y dedicación, que a veces rondaban lo heroico.
Recuerdo las largas horas que dedicaba al estudio de una
disciplina (el Derecho Canónico) para lo cual no parecía
particularmente dotado, pero que, a fuerza de exigencias, llegó a
dominar, y, sobre todo, integra en una armoniosa síntesis, mucho más
allá de una casuística legalista. Esas horas se entremezclaban con
dolorosas etapas provocadas por una salud que no siempre le respondía
ya desde su adolescencia, pero que no doblegaban un físico
aparentemente robusto y saludable.
De Monseñor Pironio y de su
fugaz pero penetrante episcopado marplatense recogió un calor y una
fuerza de vigilia pascual. Otra forma de hacer teología, ungida por una
piedad que se desprendía de cada palabra y de cada gesto y que ha
dejado su huella no solo en el país sino en América Latina y desde su
“cátedra” vaticana, en el mundo entero.
Si releemos “Evangeli
nuntiandi” y “Gaudete in Domino”, por ejemplo, no es tarea
demasiado ardua rastrear acentos pironianos.
Una Postura Conciliar
Esa
rica continuidad (pensemos que Pironio había sido discípulo de Rau en
el seminario) había dado su rostro a la Iglesia en Mar del Plata y
Amado asimiló esos talantes pero sin copiar, indagando, buscando y
siendo siempre él. Nos lo muestra una lectura atenta de las homilías
que la
Fundación
que lleva su nombre ha venido publicando.
Monseñor
Rau pensó muchas veces en la importancia de una facultad de teología.
Sus viajes por Europa, especialmente por Alemania, lo dejaban fascinado
por el trabajo ecuménico de sus
facultades.
Así como había vivido el escándalo
de la pérdida, por parte de la Iglesia, de la clase obrera, sufría
también por el divorcio entre la fe y la cultura, el drama de nuestro
tiempo.
Y Monseñor Pironio, en sus
continuos viajes por el continente como secretario y después presidente
del CELAM, hizo de Mar del Plata un poco como la capital de la iglesia
en Latinoamérica y a toda esa problemática que es universal le dio
sabor y perspectivas concretas en el momento de esa América Latina cuya
hora había llegado según la expresión de los papas. Tuvo que sufrir
también las dificultades de los procesos históricos y hasta pensar que
aquella intuición quedaba agotada.
Otra faceta fundamental
entonces de la trayectoria del Padre Amado fue su trabajo teologal en íntima
y sufrida relación con los hechos que se fueron sucediendo en las décadas
60 y 70. Hizo suyas las alegrías y esperanzas, las angustias y los
dolores de la Iglesia en un momento particularmente difícil.
Su postura conciliar le costó
no pocos dolores y críticas injustas que no lograron abatirlo. La
incomprensión de las reformas conciliares no atenuó su espíritu
luchador y siguió adelante, hablando y escribiendo, procurando entender
y hacer entender los signos de los tiempos para iluminarlos a la luz de
una teología que se iba haciendo cada mas interior y madura.
Siempre recordaba que una señora
había quedado muy impresionada por una homilía suya. Tuvo ocasión de
encontrarse con ella en una cena y como la señora ignoraba su nombre
salió a relucir el “tema Amado”. La señora despachó sus críticas
hacia ese cura “tan moderno y tan revolucionario”. Oscar la escuchó
sin decir palabra y cuando se enteró que ése era el Padre Amado no podía
creerlo.
Muchos sacerdotes tuvieron que
padecer esta situación y lamentablemente no contaron muchas veces con
la solidaridad de sus hermanos.
Como decía el padre
Sertillanges: “es mas crucificante sufrir de la iglesia que sufrir por
ella”.
En 1980 se descubrió la
gravedad de su mal. El lo sabía pero siguió durante casi 2 años
asumiendo la tarea de cada día. El dolor dio aún mayor profundidad a
su pensamiento. No dejó de escribir, de andar, de visitar, de seguir
asumiendo todo lo que iba sucediendo en la Iglesia y en el mundo. Fue su
última lección, sin alardes, viendo disminuir las fuerzas pero
sabiendo que, a pesar de la fragilidad de la carne, el espíritu estaba
pronto. Lo recuerdan sus alumnos sobre todo a finales de 1981 cuando en
una clase habló de la muerte pero desde la vida: San Irineo le había
enseñado que la gloria de Dios es el hombre viviente.
Cuántas veces en Miramar
recibí su visita. Quiero recordarlo ahora cuando añorábamos los
tiempos del Concilio, nuestros sueños y esperanzas de entonces recién
ordenados que tuvimos la gracia de recibir “el baño conciliar” y
comprobar después que, como decía nuestro amado Pablo VI,
“sus enseñanzas estaban -
¡y están!- lejos de haberse convertido en realidades vivientes”.
Presbítero Hugo W. Segovia.
Publicado el Domingo
15/04/2007.
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