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CARTA
APOSTÓLICA
ROSARIUM VIRGINIS MARIAE
DEL SUMO PONTÍFICE JUAN
PABLO II AL EPISCOPADO, AL CLERO Y A LOS FIELES SOBRE EL SANTO ROSARIO
Objeciones
al Rosario
4. La
oportunidad de esta iniciativa se basa en diversas consideraciones. La
primera se refiere a la urgencia de afrontar una cierta crisis de esta oración
que, en el actual contexto histórico y teológico, corre el riesgo de ser
infravalorada injustamente y, por tanto, poco propuesta a las nuevas
generaciones. Hay quien piensa que la centralidad de la Liturgia,
acertadamente subrayada por el Concilio Ecuménico Vaticano II, tenga
necesariamente como consecuencia una disminución de la importancia del
Rosario. En realidad, como puntualizó Pablo VI, esta oración no sólo no
se opone a la Liturgia, sino que le da soporte, ya que la introduce y
la recuerda, ayudando a vivirla con plena participación interior,
recogiendo así sus frutos en la vida cotidiana.
Quizás
hay también quien teme que pueda resultar poco ecuménica por su carácter
marcadamente mariano. En realidad, se coloca en el más límpido horizonte
del culto a la Madre de Dios, tal como el Concilio ha establecido: un culto
orientado al centro cristológico de la fe cristiana, de modo que «mientras
es honrada la Madre, el Hijo sea debidamente conocido, amado, glorificado».8
Comprendido adecuadamente, el Rosario es una ayuda, no un obstáculo
para el ecumenismo.
8 Const.
dogm. sobre la Iglesia Lumen
gentium, 66.
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