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CARTA
APOSTÓLICA
ROSARIUM VIRGINIS MARIAE
DEL SUMO PONTÍFICE JUAN
PABLO II AL EPISCOPADO, AL CLERO Y A LOS FIELES SOBRE EL SANTO ROSARIO
Misterios
de dolor
22.
Los Evangelios dan gran relieve a los misterios del dolor de Cristo. La
piedad cristiana, especialmente en la Cuaresma, con la práctica del Via
Crucis, se ha detenido siempre sobre cada uno de los momentos de la Pasión,
intuyendo que ellos son el culmen de la revelación del amor y la
fuente de nuestra salvación. El Rosario escoge algunos momentos de la Pasión,
invitando al orante a fijar en ellos la mirada de su corazón y a
revivirlos. El itinerario meditativo se abre con Getsemaní, donde Cristo
vive un momento particularmente angustioso frente a la voluntad del Padre,
contra la cual la debilidad de la carne se sentiría inclinada a rebelarse.
Allí, Cristo se pone en lugar de todas las tentaciones de la humanidad y
frente a todos los pecados de los hombres, para decirle al Padre: «no se
haga mi voluntad, sino la tuya» (Lc 22, 42 par.). Este «sí» suyo
cambia el «no» de los progenitores en el Edén. Y cuánto le costaría
esta adhesión a la voluntad del Padre se muestra en los misterios
siguientes, en los que, con la flagelación, la coronación de espinas, la
subida al Calvario y la muerte en cruz, se ve sumido en la mayor ignominia: Ecce
homo!
En
este oprobio no sólo se revela el amor de Dios, sino el sentido mismo del
hombre. Ecce homo: quien quiera conocer al hombre, ha de saber
descubrir su sentido, su raíz y su cumplimiento en Cristo, Dios que se
humilla por amor «hasta la muerte y muerte de cruz» (Flp 2, 8). Los
misterios de dolor llevan el creyente a revivir la muerte de Jesús poniéndose
al pie de la cruz junto a María, para penetrar con ella en la inmensidad
del amor de Dios al hombre y sentir toda su fuerza regeneradora.
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