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CARTA
APOSTÓLICA
ROSARIUM VIRGINIS MARIAE
DEL SUMO PONTÍFICE JUAN
PABLO II AL EPISCOPADO, AL CLERO Y A LOS FIELES SOBRE EL SANTO ROSARIO
Configurarse
a Cristo con María
15.
La espiritualidad cristiana tiene como característica el deber del discípulo
de configurarse cada vez más plenamente con su Maestro (cf. Rm 8,
29; Flp 3, 10. 21). La efusión del Espíritu en el Bautismo une al
creyente como el sarmiento a la vid, que es Cristo (cf. Jn 15, 5), lo
hace miembro de su Cuerpo místico (cf. 1 Co 12, 12; Rm 12,
5). A esta unidad inicial, sin embargo, ha de corresponder un camino de
adhesión creciente a Él, que oriente cada vez más el comportamiento del
discípulo según la 'lógica' de Cristo: «Tened entre vosotros los mismos
sentimientos que Cristo» (Flp 2, 5). Hace falta, según las palabras
del Apóstol, «revestirse de Cristo» (cf. Rm 13, 14; Ga 3,
27).
En el
recorrido espiritual del Rosario, basado en la contemplación incesante del
rostro de Cristo –en compañía de María– este exigente ideal de
configuración con Él se consigue a través de una asiduidad que pudiéramos
decir 'amistosa'. Ésta nos introduce de modo natural en la vida de Cristo y
nos hace como 'respirar' sus sentimientos. Acerca de esto dice el Beato
Bartolomé Longo: «Como dos amigos, frecuentándose, suelen parecerse también
en las costumbres, así nosotros, conversando familiarmente con Jesús y la
Virgen, al meditar los Misterios del Rosario, y formando juntos una misma
vida de comunión, podemos llegar a ser, en la medida de nuestra pequeñez,
parecidos a ellos, y aprender de estos eminentes ejemplos el vivir humilde,
pobre, escondido, paciente y perfecto».18
Además,
mediante este proceso de configuración con Cristo, en el Rosario nos
encomendamos en particular a la acción materna de la Virgen Santa. Ella,
que es la madre de Cristo y a la vez miembro de la Iglesia como «miembro
supereminente y completamente singular»,19 es al mismo tiempo
'Madre de la Iglesia'. Como tal 'engendra' continuamente hijos para el
Cuerpo místico del Hijo. Lo hace mediante su intercesión, implorando para
ellos la efusión inagotable del Espíritu. Ella es el icono perfecto de
la maternidad de la Iglesia.
El
Rosario nos transporta místicamente junto a María, dedicada a seguir el
crecimiento humano de Cristo en la casa de Nazaret. Eso le permite educarnos
y modelarnos con la misma diligencia, hasta que Cristo «sea formado»
plenamente en nosotros (cf. Ga 4, 19). Esta acción de María, basada
totalmente en la de Cristo y subordinada radicalmente a ella, «favorece, y
de ninguna manera impide, la unión inmediata de los creyentes con Cristo».20
Es el principio iluminador expresado por el Concilio Vaticano II, que
tan intensamente he experimentado en mi vida, haciendo de él la base de mi
lema episcopal: Totus tuus.21 Un lema, como es sabido,
inspirado en la doctrina de san Luis María Grignion de Montfort, que explicó
así el papel de María en el proceso de configuración de cada uno de
nosotros con Cristo: «Como quiera que toda nuestra perfección consiste
en el ser conformes, unidos y consagrados a Jesucristo, la más perfecta
de la devociones es, sin duda alguna, la que nos conforma, nos une y nos
consagra lo más perfectamente posible a Jesucristo. Ahora bien, siendo María,
de todas las criaturas, la más conforme a Jesucristo, se sigue que, de
todas las devociones, la que más consagra y conforma un alma a Jesucristo
es la devoción a María, su Santísima Madre, y que cuanto más consagrada
esté un alma a la Santísima Virgen, tanto más lo estará a Jesucristo».22
De verdad, en el Rosario el camino de Cristo y el de María se
encuentran profundamente unidos. ¡María no vive más que en Cristo y en
función de Cristo!
18
I Quindici
Sabati del Santissimo Rosario,27 ed., Pompeya 1916), p. 27.
19
Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen
gentium, 53.
20
Ibíd., 60.
21
Cf. Primer Radiomensaje Urbi et orbi (17 octubre 1978): AAS
70 (1978), 927.
22
Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen, 120,
en: Obras. de San Luis María G. de Montfort, Madrid 1954, p.505s.
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