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CARTA
APOSTÓLICA
ROSARIUM VIRGINIS MARIAE
DEL SUMO PONTÍFICE JUAN
PABLO II AL EPISCOPADO, AL CLERO Y A LOS FIELES SOBRE EL SANTO ROSARIO
María
modelo de contemplación
10. La
contemplación de Cristo tiene en María su modelo insuperable. El
rostro del Hijo le pertenece de un modo especial. Ha sido en su vientre
donde se ha formado, tomando también de Ella una semejanza humana que evoca
una intimidad espiritual ciertamente más grande aún. Nadie se ha dedicado
con la asiduidad de María a la contemplación del rostro de Cristo. Los
ojos de su corazón se concentran de algún modo en Él ya en la Anunciación,
cuando lo concibe por obra del Espíritu Santo; en los meses sucesivos
empieza a sentir su presencia y a imaginar sus rasgos. Cuando por fin lo da
a luz en Belén, sus ojos se vuelven también tiernamente sobre el rostro
del Hijo, cuando lo «envolvió en pañales y le acostó en un pesebre» (Lc
2, 7).
Desde
entonces su mirada, siempre llena de adoración y asombro, no se apartará
jamás de Él. Será a veces una mirada interrogadora, como en el
episodio de su extravío en el templo: « Hijo, ¿por qué nos has hecho
esto? » (Lc 2, 48); será en todo caso una mirada penetrante,
capaz de leer en lo íntimo de Jesús, hasta percibir sus sentimientos
escondidos y presentir sus decisiones, como en Caná (cf. Jn 2, 5);
otras veces será una mirada dolorida, sobre todo bajo la cruz, donde
todavía será, en cierto sentido, la mirada de la 'parturienta', ya que María
no se limitará a compartir la pasión y la muerte del Unigénito, sino que
acogerá al nuevo hijo en el discípulo predilecto confiado a Ella (cf. Jn
19, 26-27); en la mañana de Pascua será una mirada radiante por la
alegría de la resurrección y, por fin, una mirada ardorosa por la
efusión del Espíritu en el día de Pentecostés (cf. Hch 1, 14).
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