Existen, por supuesto, muchas formas de
llegar desde la pantalla grande a la emoción del público. Pero
de entre todas esas formas la más honesta es la sinceridad,
una sinceridad que parta de la emoción y recale no en la
lágrima fácil sino en el simple sentimiento de recorrer de la
mano de sus personajes el camino de lo hondamente cotidiano.
Y "Herencia" posee esta cualidad, entre otras
muchas, que aportó Paula Hernández en este film que marca su
muy promisorio debut en el largometraje. El relato es, a la
vez, intimista y cálido. Tiene en Olinda, una italiana que
llegó a Buenos Aires mucho tiempo atrás y, con sueños y
fantasías, instaló un restaurante en un barrio porteño, a su
eje central aunque no único.
Ella trata de aparecer dura y férrea en ese
quehacer diario de atender su negocio al que concurren seres
que ya son parte de su familia. Un día cualquiera llega hasta
allí Peter, un joven alemán que apenas habla español y que
intenta buscar en Buenos Aires a un amor perdido en su
adolescencia.
Peter apenas tiene dinero y todo su mundo
está en un bolso y en una fotografía de su amada con los que
viaja por las calles porteñas en un inútil intento de
reiniciar su romance con la muchacha ya casi perdida en la
nostalgia.
El encuentro entre Olinda y Peter no es, al
principio, nada cordial. La madura mujer aceptó la soledad
como norma de vida, pese al silencioso afecto-amor que trata
de brindarle Federico, un hombre mayor que entretiene sus
almuerzos dibujando escenarios y personajes del micromundo del
restaurante.
La magia de lo auténtico
Pero el mágico encuentro de Olinda y Peter se
transformará en un viaje iniciático para él, que lo ayudará a
reencontrarse a sí mismo y, a la vez, le devolverá a Olinda la
olvidada posibilidad de elegir otra vida.
Apuntar que esta historia es radiante, amable
y emotiva es apenas dibujar someramente la propuesta de Paula
Hernández, su responsable. Porque más allá de estos
calificativos, "Herencia" es una exploración acerca del
sentido de pertenencia, un ejercicio de rastreo de identidad,
un grito al amor y una mirada delicada a la
desterritorialización.
Felizmente, Paula Hernández se decidió por la
frescura y la espontaneidad, apostó al medio tono entre la
comedia y el drama y jugó con un intimismo que siempre está a
flor de piel en todos y en cada uno de sus protagonistas.
Pero la historia posee otros valores no menos
importantes. Y ellos son una exacta pintura de un barrio
porteño, unos diálogos creíbles, unos seres que se debaten
entre sus sueños y sus realidades y una narración a la que no
le falta ni le sobra un punto ni una coma.
Paula Hernández demostró no sólo que sabe
contar una trama, sino que no necesitó del melodrama
compungido ni de la risa estertórea para guiar al espectador
por ese camino de búsquedas de sus propias intimidades.
La realizadora tampoco descuidó al elenco. Y
así Rita Cortese —esa Olinda honda y necesitada de un viaje
hacia sus ancestros—
cumpla un notable trabajo de composición.
A su lado, Adrián Witzke apuntala con sencillez al joven que
deja sus raíces en la porteñidad cotidiana, en tanto que
Martín Adjemián, el lamentablemente desaparecido Héctor
Anglada y Julieta Díaz enmarcan este grupo humano que propone,
y lo logra, bucear con mirada esperanzadora las relaciones
personales algunas veces conflictivas, pero siempre tamizadas
de afectuosa comprensión. Así, con una cámara ágil, con una
banda musical de lograda atmósfera y con una impecable
fotografía, "Herencia" se integra al cine argentino con la
magia y los dolores de seres reconocibles y queribles.