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| Estreno: 20 de junio de 2002 |
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Un golpe de suerte
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Herencia, de
Hernández, habla de la ]argentinidad a partir de la relación de dos
extranjeros en Boedo.
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Autor: Pablo O.
Scholz
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Quién podría imaginar que un plato volador podría servirle
al cine argentino para construir, desde su ingenua aparición, una de la
mejores comedias costumbristas —en el mejor sentido de la palabra— que
haya elaborado en mucho tiempo. Porque ese plato que va a dar en la frente
de Peter, arrojado por Olinda en su bodegón en Boedo, hará que sus
historias se crucen como ellos no podían imaginar.
Ese es uno de
los aciertos entre tantos de Herencia. El espectador, en distintos
momentos de la proyección, sabrá más o menos que los mismos personajes
(intuirá quién desea a quién, por qué tal hace lo que hace) pero en cuanto
a sus historias personales, Olinda, Peter, Luz y Federico tienen vida
propia. Y por eso son impredecibles.
Peter llega a Buenos Aires
tras una chica argentina. Casi varado aquí, conoce en el bodegón a Olinda,
pero llega justo en el momento en el que la italiana lanza el plato por el
aire. Algo así como un golpe de suerte.
Peter y Olinda funcionan en
la temática y el engranaje de Hernández como símbolos de la argentinidad.
Y eso que son un alemán y una italiana que vienen, y se quedan. Lo que la
película plantea, con un final abierto —de nuevo, impredecible— es si es
mejor quedarse o volver allí donde pertenecieron. ¿O pertenecen a
acá?
Lo que Hernández logra es que las relaciones entre los
personajes calcen como un encastre perfecto. Lo que la joven Luz ve en el
visitante es similar a lo que Federico calla con Olinda. La escena en que
el pintor entra por primera vez al cuarto de esta impetuosa madraza es uno
de los más bellos, herido por una música no siempre eficaz.
Cortese
demuestra que es una gran actriz, que en buenas manos, si se le delinea un
personaje claro, no precisa apelar a gritos y sobresaltos, y es fácil de
moldear. Una de las sorpresas de la película es Julieta Díaz. La actriz de
Campeones y 099 Central en TV, y de Déjala correr
cumple una de esas labores de reparto que hacen más que soportar a la
historia principal. Lo del estadounidense Adrián Witzke es meritorio, ya
que no hablaba una palabra en castellano antes de aceptar trabajar en la
película. Y Héctor Anglada merece un párrafo aparte (ver Sólo un
ángel).
Herencia va a permanecer en nuestra memoria
como una de las más logradas comedias dramáticas en tiempos de crisis, que
supo reflejar historias cotidianas con ternura y humor. Hernández tiene
muy buen manejo de la técnica y ha logrado unir en un mismo relato, con la
paciencia y sabiduría de un orfebre, un buen elenco.
Igual, su obra
es más rica en matices que en profundidad psicológica. Y eso que es su
opera prima.
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