
P a r a n o o l v i d a r . . .
Viaje de Roosevelt a La Plata
Ansiedad:
El romance con trenes y vías comienza alguna mañana pletórica de planes. No la ubico cronológicamente : aunque no era la primera vez, seguramente por ser más grande, todo era nuevecito y, creía yo, absolutamente entendible. “Vamos a ir a La Plata”, fue la clarinada inicial de días de ansiedad. Me dejaron preparar una valija pequeña, de aquéllas de cartón parduzco y asistía con curiosidad a los preparativos de mi madre que era proclive a no dejar nada librado al azar: por lo tanto cargaba lo necesario, lo superfluo y...lo inimaginable, esas cosas que vuelven como partieron. Es que mi vieja tenía alma de pionera y se preparaba como para cruzar el Sahara.
Había que salir con mucha anticipación porque en el camino que llevaba a estación Roosevelt solían acechar dos fantasmas: la posibilidad de empantanarse si había llovido o de encajarse en los terrales si era época de sequía. El tren, que corría dos veces por semana, pasaba por Roosevelt-la punta de riel era Mira Pampa- a media tarde.
La espera:
Esa vez, la liminar en los recuerdos, no se presentó ningún inconveniente y arribamos a destino
con bastante anticipación, previa parada táctica para “hacer aguas”.
Llegamos, pasamos brevemente por el
almacén de Angueira y mi padre que era bastante impaciente, nos llevó a la
estación aunque faltara tiempo. Ahí fue el descubrimiento de otra cara del
mundo : el andén, el buzón d la correspondencia, la campana, el olor a acaroína
que salía de los baños, las salivaderas de la sala de espera siempre olorosa a
tabaco y encierro, los empleados uniformados y, allá lejos, la señal. Me
explicaron que cuando bajaba era porque el tren estaba por llegar. Me debo haber
descogotado mirando mientras en la inquietud infantil el cosquilleo por la
tardanza se elevaba a la enésima potencia (después sabría que eran tiempos en
que se podía poner el reloj en hora cuando se escuchaba el silbido de la
locomotora).
¡Allá viene!
Y allí venía ...no sabía que la locomotora era tan grande, el huma tan
denso ni que hacía tanto ruido. Pero el trámite fue rápido: ascender, buscar
el número de asiento y ubicarse juiciosamente a esperar el toque de la campana
y el silbato del guarda que anunciaban la partida.
Por un pasillo:
Apenas el “tracatatráca” de la máquina se acompasó, me dieron permiso para corretear por el pasillo. Todo fue novedad: era verano y la mayoría de las persianas de madera de las ventanas estaban semibajas o cerradas para evitar la resolana. Los ventiladores desparramaban el aire caliente desde el techo; me trepaba a cuanto asiento encontraba vacío para espiar el paisaje, todavía familiar pero a la vez extraño por eso de que los postes del alumbrado parecía correr. Las vacas ayer, como hoy siempre, miraban curiosas. Me había contado que íbamos a parar en muchas estaciones (para mí el mundo ferroviario empezaba en Roosevelt y terminaba en La Plata que era una suerte de Eldorado) pero no esperaba escuchar tan pronto el silbato y sentir que el tren empezaba a frenar.
El pan:
Llegó la detención en Badano y luego Fortín Olavarría. Ahí espié por la ventanilla un espectáculo insólito : las zorras de andén se acercaban al vagón de carga con grandes canastos de dorado pan. Me explicaron que era para la cena y el desayno; me dio hambre, la hora de comer no llegaba nunca. Ví los carteles de las estacions de Villa Sena, Francisco de Vitoria y Francisco, Magnano y la gente que poblaba el andén: despachaban o recibía cartas y encomiendas, abordaban el tren...
Pasó el guarda que me impresionó por su oscuro uniforme y tomó los turnos para el coche comedor. Para entonces ya habíamos entrado en posesión del camarote- cuya comodidad se sumaba a la del asiento de primera clase- y allá me llevaron para lavarme las manos que habían tocado todo.
La entrada al comedor tuvo algo de ceremonia. Me deslumbró: las mesas cubiertas de gruesos e inmaculados manteles blancos, la vajilla sólida, brillante, el mozo de chaquetilla y moñito, el saludo a mis progenitores, viejos conocidos. No recuerdo qué comí pero mi padre pidió matambre con arroz, su plato preferido. Empezaba a caer la noche, supongo que andamos atravesando el distrito de Pehuajó cuando la cena terminó. La oscuridad me abortaba cualquier curiosidad y el sueño me atacó fulmíneamente. Vuelta al camarote y ya en la cama, a la luz difusa de la lámpara suspendida a la cabecera, contabilizaba el pequeño lavabo y abajo la bacinilla, observaba los movimientos de mi madre, quería mirarlo y aprenderlo todo, pero el sueño me ganó de mano.
El Inspector:
Todo era muy lindo, pero había cosas de cuidado. La primera el paso de un vagón a otro caminando sobre las planchadas encimadas de las plataformas . Como todo el mundo sabe, se movían con un chirrido para nada tranquilizador y alguna vez me pasaron “a upa”.
El guarda se transformaba a lo largo de las horas en un personaje conocido, pero me esaclogriaba el anuncio de “En esta estación (que podía ser Las Juanitas o Mauricio Hirsh) subió el inspector”: el hombre siempre me parecía imponente en su uniforme y la gorra galoneada. “¡permitan pase, boletos y abonos!. Prudentemente me qudaba en el asiento, con cara de santa, por unos cuantos minutos que me parecían la eternidad hasta que la puerta del vagón se lo llevaba.
Había otro motivo de preocupación. Sabía que en la formación venían vagones con hacienda, había visto cargar a las pobres vacas que subían la planchado azuzadas por picas, gritos y rebenques. Me daba lástima pensar que venían amontonadas y que su destino era el matadero. De todo eso me hizo acordar días pasados el resero Adolfo Contreras cuando contaba que Magnano y Vitoria eran las dos estaciones alas que más arreos le tocó llevar.
Todo extraño:
Cuando desperté me habían cambiado el paisaje conocido. Otra vez al coche comedor a tomar el desayuno- nunca más el sabor de los “baybiscuits” del paquetito azul de dos unidades-mientras miraba por la ventanilla los pueblos que se sucedían muy cerca el uno del otro, al acercarnos a La Plata. Me llamó la atención el nombre Los Hornos- solo conocía el de la cocina, mucho después vendría la triste fama de “Los Horneros”- Fábricas, calles con mucho movimiento, colectivos, gente por todas partes. Había que volver rápido al al camarote a arreglar el equipaje. “¡No vayas a dejar nada por ahí!”- Cuando volvimos al pasillo, ya el tren aminoraba la marcha y la soñada estación La Plata era una realidad. Casi no tenía tiempo de despedir con la mirada al tren que iba a morir en estación Gerli. Es que allí, en el andén, estaban mis tíos. Llegaba el viaje en los queridos tranvías y se abría la puerta de días de novedades, agasajos, odiadas presentaciones “...esta es la nena, la que vive en el campo.”. Era el descubrimiento del mundo que se tragaba a mis hermanos los nueve meses del tiempo de clases en La Inmaculada y el Sagrado Corazón.
Veterana de las vías:
Todo pasaba demasiado rápido. “Mañana tomamos el tren”. Salía a la noche. Pronto llegaba la hora de la litera del camarote y cuando me despertaba el paisaje pampeano era otra vez todo mío, mío, mío...Roosevelt se transformaba ahora en el puerto conocido. Ya era una veterana de las vías.
Cuando desembarcábamos en el andén que volví a pisar casi 55 años después , me quedaba con ganas de seguir en el tren Provincial. Sabía que sólo descansaría cuando llegara a Mira Pampa, nombre que se me antojaba exótico y que a la vez evocaba algo temido. Recordemos que ante la reiteración de las travesuras, siempre sonaba en mis oídos la amenaza: “Te vamos a poner pupila en el colegio de María Auxiliadora...”(el de Santa Rosa, La Pampa).
Escrito por ANA MARÍA FORD para "La Opinion" de TRENQUE LAUQUEN. :::::::: Enviado por Lius Pisauri.

Alguna vez Ana María Ford paso con su tren por las afueras de Brandsen... ¿No es increible?...
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