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Los intelectuales
La cultura argentina había vivido de espaldas a la realidad en el siglo XIX, lo que no puede extrañar porque esa realidad no era audible ni visible.
Esa falta de visión la suplió la nostalgia del pasado en el Martín Fierro (pese a la repugnancia visceral de los europeístas y dilettantes del 80). Empezaría a aflorar, como vimos, en la generación del Centenario con La restauración nacionalista prematura, porque nadie sabía que era lo nacional a restaurar. En los años veinte la advertencia de una realidad que no estaba en los libros ni en la cátedra, pero evidentemente existía, germinó en algunos escritores. Gente culta había mucha en la Argentina de la guerra. No todo era materialismo como en el 90, no todo era logrería como en el 80. Universitarios distinguidos en sus especialidades dictaban cátedra o escribían infolios; hombres y mujeres habían estado en Europa rozándose, un poco epidérmicamente, con las notabilidades de culturas centenarias; eruditos de copiosas y variadas lecturas enseñaban ufanos sus bien provistas bibliotecas; novelistas de depuradísimo estilo narraban andanzas del siglo XVI; músicos diplomados en Italia representaban en el Colón con cantantes itálicos y personajes trajeados a la pampeana. Pero además de gente culta, había algunos inteligentes.
Inteligentes, de intus legere ("leer adentro"), comprender, no es adjetivo a aplicar sin riesgo a los eruditos, lectores, viajeros o profesores que brillaban en los salones de los años veinte. La realidad no se lee: se siente, e –indispensablemente- se la acepta y uno se integra a ella, o se la rechaza por incompatibilidad de piel o conveniencias personales.
Intelectual inteligente (admítase la indispensable redundancia) es el artista, escritor, músico, pintor que siente la realidad que lo circunda y trata de comprenderla y expresarla.
En los años previos a la guerra se había descubierto el Martín Fierro y en Nosotros se abrió una aleccionadora encuesta. La melancólica reminiscencia de un tiempo transcurrido sirve para mostrar las dificultades de nuestros escritores para extraer los valores perdurables de los accidentales o fenecidos en el poema. Desde el aplauso a la astucia logrera –enaltecida como "criolla"- del Viejo Vizcacha, al desdén aristocrático de quién se jactaba "no haber leído el Martín Fierro, y no lo leeré nunca", hubo todas las respuestas. Menos quienes vieran el contexto histórico de la obra.
José María Rosa
(Rosa, J. M. 1977. Historia Argentina t. X. Editorial Oriente S.A. Buenos Aires) |
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