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Arturo
Peña Lillo
Vive en un pequeño
departamento del sur, cerca de un excelente restaurante vasco que hace
tiempo no frecuenta. Su figura austera encaja bien en ese espacio módico
pero acogedor de casa vieja, de esos honestos edificios del 20 o del 30
que precedieron a la hibridación cubicular de los sesenta y los setenta.
En las paredes proliferan fotos de sus amigos: Raúl Scalabrini Ortiz y
Arturo Jauretche. Especialmente ese gigantesco gato de Angora con corbatín
de moño que era Don Arturo. Una de las paredes los repite en dibujos a
lápiz que realiza el propio dueño de casa, conjugando nostalgia y
homenaje.
Arturo Peña Lillo tiene 86 años, pero no los representa. Es un hombre
delgado, de bigotes oscuros, que sonríe pícaro cuando se le pregunta la
edad y se hace una referencia a posibles novias. Para los militantes de la
generación del setenta será siempre “el editor”. El que los acercó a la
obra de Jauretche, de Jorge Abelardo Ramos, de Rodolfo Puiggrós, de
José María Rosa, de Ernesto Palacio, y de tantos otros exponentes del
pensamiento “nacional” (tanto el de cuño marxista como el nacionalista
oligárquico, pasando por el “nacional y popular”), que no encontraban
fácil cabida en un mundo editorial dominado por las capillas, las
traducciones y no pocos libros “argentinos” que se comportaban como
traducciones.
Además de la vasta tarea desplegada en el sello que lleva su nombre, fue
coeditor de algunas revistas injustamente olvidadas como Quehacer nacional
o frecuentemente citadas, como Cuestionario, que dirigió Rodolfo Terragno.
También escribió dos libros autobiográficos, Encantador de serpientes y
Memorias de papel, donde recoge anécdotas de los notables intelectuales
que frecuentó, en una parábola que inició hace más de sesenta años como
obrero gráfico.
–¿Cuándo y cómo empezó a editar?
–Mire, yo trabajaba como obrero gráfico. Después de una huelga me
echaron...
–¿Era tipógrafo?
–Maquinista. Trabajaba en una gráfica muy importante, la Rosso, que había
impreso toda la obra de Ingenieros y revistas muy populares como
Radiolandia, Damas y damitas y El Tony. Yo estaba en el turno de la noche
y hacía una revista jurídica que aparecía todos los días.
–¿En qué época?
–Le estoy hablando del año ‘40. El movimiento obrero aún no estaba bien
organizado y a los delegados era a los primeros que rajaban. No tenían,
como tuvieron después, inmunidad gremial. Entonces vino una huelga y me
rajaron.
–¿Usted era delegado?
–Claro. Aprovechaba que trabajaba de noche para imprimir y pegar volantes.
Recuerdo que una vez me agarró el patrón, Rosso, y me dijo “si no le
alcanza el sueldo deje de ir al cine o apriétese más el cinturón”. Y
aunque se ganó la huelga a mí me echaron. No me quedó otra que comprar La
Prensa y buscar trabajo en los avisos.
–¿Qué edad tenía?
–Y, 23, 24 años. La editorial Hachette pedía un vendedor, y como a mí me
gustaba mucho leer me presenté y me tomaron...
–Curioso: en Hachette también hizo sus primeras armas como corrector de
pruebas y traductor Rodolfo Walsh.
–Con Rodolfo yo quería sacar una revista y lo hablamos cuando él regresó
de Cuba. Me reuní con él y Pajarito (Rogelio) García Lupo para sacarla,
pero Rodolfo estaba muy metido en su trabajo literario y la idea no
prosperó. Años después lo concreté con Rodolfo Terragno, cuando sacamos
Cuestionario, pero me estoy salteando muchos años. La cuestión es que
empecé a trabajar en una librería de Hachette especializada en medicina
yallí estuve siete años, hasta que me junté con un amigo –Del Giúdice– que
estudiaba medicina y estaba a punto de recibirse y nos propusimos ponernos
a editar. El primer libro fue Los días del hombre, de Besancon, un libro
que Hachette no quiso editar y del que me cedió los derechos. Besancon era
uno de esos médicos que hablaban a calzón quitado de todos los temas tabú,
como el sexo, y el libro resultó un golazo.
–¿Fue el primer libro que editó?
–No, antes había editado por mi cuenta un libro de Nietzsche, pero solo
por darme el gusto, porque jamás vi un peso de eso. Mi actividad real como
editor empezó con Del Giúdice, con quien publicamos bastantes libros.
Sacamos, por ejemplo, ese lindo libro de José Hernández que es Instrucción
del Estanciero, no el Martín Fierro. Un libro clave, que motivó una
curiosa anécdota con mi amigo, el gran pediatra y escritor que fue
Florencio Escardó. Yo le mandé un ejemplar y al tiempo él me llamó y me
dijo: “¡Qué macanudo ese libro! Además me confirma una teoría sobre la
díada madre-hijo”. El libro describía que en el arreo de la hacienda, al
cabo de muchos días, sólo llegaban al final los terneros que estaban junto
a sus madres. Los terneros guachos no llegaban a destino. Cuando Escardó
dirigió el Hospital de Niños estableció que las madres pudieran quedarse
por las noches junto al lecho de sus hijos enfermos, y la recuperación de
los pibes fue asombrosa.
–Todavía no era “A. Peña Lillo editor”.
–No, era “Peña-Del Giúdice”. Con él publicamos una punta de libros.
Incluso uno de Jorge Luis Borges. Un librito que se llamaba El idioma de
los argentinos. Del que no sacamos más que dos mil o tres mil ejemplares.
Lo que se podía llamar un libro de morondanga en términos comerciales.
Recuerdo cuando le llevamos el chequecito por los derechos y Borges nos
dijo: “Es la primera vez que cobro algo de lo que escribo”.
–¿Cuándo fue eso?
–Le estoy hablando del año ‘52, ‘53.
–Borges ya tenía 53 o 54 años.
–Es que Borges ni hoy mismo es leído. Sus libros se compran pero no se
leen. Más si usted la agarra a Beatriz Sarlo y lee los análisis que hace
de Borges. Uno dice: mejor, no meterme en esto.
–¿Y con Arturo Jauretche cuándo se vincula?
–Cuando dejé la editorial que tenía con ese muchacho Del Giúdice. Comencé
entonces una aventura fabulosa, en la que conocí a extraordinarios
personajes como el anarquista Diego Abad de Santillán, que había peleado
en la Guerra Civil Española. Un hombre inteligentísimo que redactó, él
solo, una enciclopedia de cinco o seis tomos. Y Abad me dice: “Hay un
nacionalista que está escribiendo un libro que va a hacer mucho ruido”.
Mire qué honestidad intelectual: él era anarquista y me estaba
recomendando a un autor nacionalista, que era nada menos que Ernesto
Palacio. Yo lo fui a ver y tras cartón lo comprometí para publicar su
Historia de la Argentina.
–¿Y usted qué era ideológicamente en ese momento, con quién simpatizaba?
–Y, con el PC.
–Yo lo creía más cerca del peronismo.
–Después... Cuando confronté lo que se decía de Perón con la realidad que
Perón transformaba.
–Hizo entonces un proceso muy parecido al de Rodolfo Puiggrós, que también
pasó del PC al peronismo.
–Exacto. Tenga en cuenta que en el ‘40, cuando yo tenía 23 o 24 años, aún
no estaba el peronismo. Estaba en el PC. Porque con mi trayectoria
sindical no había otra entonces. Y yo siempre creí que había que hacer
política, que era la única manera de sortear el diván del psicoanalista.
Pero pronto empecé a conocer el pensamiento de los hombres de FORJA.
–¿Estuvo en FORJA?
–No, pero sí fui amigo de todos los forjistas.
–Entonces, al primer nacionalista que conoce es a Ernesto Palacio?
–Sí. Aunque es un nacionalista de derecha, a diferencia de los forjistas.
Pero para esa época conozco a don Arturo Jauretche, que había dejado la
presidencia del Banco Provincia. Nos conocimos en la calle y nos fuimos a
almorzar. Era el año ‘54. Al año siguiente, en el ‘55, cae Perón y
Jauretche se tiene que ir al Uruguay. Y ahí escribe un folletito muy
bueno, que es meridianamente claro para conocer el problema de la
“intelligentzia” que controlaba la cultura argentina, que es “Los profetas
del Odio”. Cuando regresó al país lo fui a escuchar al instituto Juan
Manuel de Rosas, donde dictó una conferencia sobre revisionismo histórico,
en la que desnudó como el mitrismo hizo de la historia política. Hizo
historia para adaptarla a su política. Le propuse publicar el texto y de
allí salió Política nacional y revisionismo histórico. Un libro muy, muy
esclarecedor. Y paralelamente me relaciono también con Jorge Abelardo
Ramos. Es un momento muy especial: el peronismo está perseguido,
cuestionado, y hay que explicar qué ha sido el peronismo. Sacamos entonces
la colección La Siringa, donde además del libro de Jauretche publicamos
Historia política del Ejército Argentino, de Jorge Abelardo Ramos. Entre
muchos otros. Cada tanto me encuentro con gente ya mayor que confiesa que
se iniciaron de muchachos, siendo estudiantes, con esa colección. Hace
poco me llevaron a la Legislatura de Provincia de Buenos Aires y me decían
los diputados, los viejos: “Nosotros aprendimos a leer con su editorial”.
–En ese momento la Argentina era un país lector y editor importante dentro
de América latina.
–Claro, cuando España entró en la guerra civil dejaron de editar y se
empezó a publicar acá. Después, los españoles que vinieron fundaron varias
editoriales. Es el caso de Losada o Sudamericana.
–Con Jauretche, además, usted tuvo algunos éxitos editoriales resonantes.
–Sí... yo le publiqué 12 libros. Entre ellos El medio pelo en la sociedad
argentina y una edición corregida y aumentada de Los profetas del Odio, al
que le agregó La Yapa. Y uno de los libros que más comentados de Jauretche
que es El manual de zonceras argentinas.
–Un libro muy vigente en estos tiempos de la globalización, donde muchos
insisten en achicar el país.
–Según Sarmiento, uno de los problemas argentinos era la extensión, ellos
querían quedarse con la provincia de Buenos Aires, que era la Pampa
Húmeda, nada más. Lo demás que se lo lleven.
–¿Cuándo dejó de estar activo como editor?
–En gran medida cuando se inicia la dictadura militar, en ese desgraciado
24 de marzo de 1976. Ahí ya empiezan los libreros a devolverme libros de
Jauretche como Mano a mano entre nosotros. O el de José María Rosa
La guerra del Paraguay y las Montoneras argentinas. Imagínese lo que
pasaba si veían en una vitrina eso de “las montoneras argentinas”. No
tenían mucha capacidad para discriminar. Cuenta un librero, por ejemplo,
que le secuestraron un libro sobre cubismo, porque creían que era una
apología de Cuba. Para alguien que tenía una línea editorial muy definida
prácticamente no había nada que publicar. No era cuestión de editar libros
de cocina. Hubo escasas excepciones. Ya había muerto Jauretche y
recopilamos con (Norberto) Galasso los artículos económicos de Don Arturo;
publicamos el libro y pasó. Pero después me fui parando y parando,
prácticamente hasta el ‘82, en que sacamos la revista Quehacer nacional,
junto con Galasso, González Arzac y Aníbal Ford. Rodolfo Terragno mandaba
artículos desde Londres. Yo había trabajado con él, entre 1973 y 1976, con
la revista Cuestionario. Quehacer nacional duró un año, tuvo buenos
aportes y significó una voz crítica de la dictadura, pero no ha sido
tenida en cuenta por los críticos. Carlos Ulanovsky, por ejemplo, no la
incluyó en su libro sobre el periodismo gráfico (Paren las rotativas). En
el último número sacamos completo el discurso que dio Gabriel García
Márquez cuando le entregaron el Premio Nobel y nunca se publicó.
–¿No lo publicaron otros medios?
–Nunca se publicó en otro medio argentino. Era en la época del Proceso y
es un texto apasionante que describe las cosas absurdas que se hacen y
dicen en nuestra América. Como la historia de ese mandamás mexicano que
perdió una pierna en una batalla y ordenó velarla y enterrarla con todos
los honores.
–¿Cómo analiza el panorama cultural actual? ¿Cómo la compara con la época
de su apogeo como editor?
–Mire, acá hay una gran anomia intelectual. Hay algo que yo no sé si ha
sido el desconcierto de los años ‘70, en que todos esperábamos el nuevo
hombre, la gran radicalización de la izquierda auténtica. Y luego viene
esta situación, este pensamiento único a través de la caída del imperio
soviético, en el que yo creo que participan Gorbachov, la CIA y el Papa,
que es un agente de la CIA. Y se acabó ese equilibrio, que podría ser
precario pero equilibrio al fin, que por lo menos había quien enfrentaba
al capitalismo salvaje. Aunque fuera de terror, había un equilibrio. Se
acabó eso. Y resulta que terminan haciendo la mafia más grande los rusos.
De modo que ahora, ¿qué pasa? Todo ese pensamiento ha quedado tan
desconcertado que la izquierda ya piensa como la derecha y la derecha se
hace pasar como si fuera de izquierda. Y en ese marco nuestro país parece
un lugar de paso, un parador. Tengo la sensación de que hay un desarraigo
tremendo y todo el mundo está pensando dónde se puede ir.
–¿Qué hubiera dicho su amigo Jauretche de haber visto que la adscripción
al discurso único del Consenso de Washington la hacía nada menos que el
peronismo conducido por Carlos Menem?
–Imagínese. En 1989 él hubiera estado con Menem, como estuve yo también
cuando se postuló. Es más, yo le edité La Revolución Productiva. Pero
luego veo que se hace presidente y se empieza a volcar a Alvaro Alsogaray,
va y abraza al almirante Rojas. Yo me lo encontré en una oportunidad,
cuando ya era presidente, en una reunión pública. Se me acercó y me dijo:
“¿Qué tal, cómo le va?”, “¿Cómo quiere que me vaya? –le contesté–, tengo
una editorial nacional y popular y usted me trae el neoliberalismo”. “Y no
se podía hacer otra cosa”, me contestó. Así nomás. Nunca más tuvimos
trato, menos ahora, ¿no?
–¿Qué piensa de esta época en relación con la lectura? ¿Que se lee poco,
que no se lee? ¿Qué se podría hacer para enganchar a los jóvenes en la
literatura?
–Sin duda hay todo un lenguaje visual dominante que gravita incluso en la
pobreza del lenguaje oral y escrito. Pero aún así el libro puede penetrar
fundamentalmente a través de un mensaje trascendente. Por ejemplo,
Jauretche sigue siendo un autor de consulta permanente. Todos los libros
de Jauretche se leen.
–¿Se sigue leyendo a Jauretche?
–¡Puff! ¡Dios me libre!, como se podrían leer una serie de libros actuales
si no fuera por las circunstancias económicas. Porque hay un público que
no se manifiesta pero que está atento, hay un público culto que hay que
descubrir y al que llegar con ediciones accesibles.
–Si usted tuviera que reeditar alguno de Jauretche, ¿cuál reeditaría?
¿Cuál le parece que tiene un mensaje más claro para el presente?
–Política nacional y revisionismo histórico, porque está muy bien
planteado cuál es el problema de la Historia. También Los profetas del
Odio, por el planteo sobre la cultura. Porque, ¿se acuerda de Héctor
Bianciotti?
–Sí...
–Bueno, hace tres o cuatro años le preguntaron cómo veía la cultura
argentina y la describió como una subcultura de la cultura universal. Es
el planteo de Jauretche.
–Es curioso, porque él mismo se ha convertido en miembro de la Academia
Francesa.
–Sí, cómo no, ocupa el sillón de Marguerite Yourcenar. Es un borgeano,
pero en ese punto coincide con Jauretche.
–Es curioso, Jauretche tenía una relación ambivalente con Borges. A pesar
de sus críticas, una vez me dijo: “Usted va a ver que Borges, a diferencia
de muchos arribistas de medio pelo, puede tener actitudes éticas, porque
él es genuino, es un producto genuino. El es reaccionario y conservador
pero es genuino, pertenece a una clase, no tiene que imitarla”.
–En realidad él combatía el medio pelo tanto en la clase media como en la
clase alta. Por ejemplo, la clase aristocrática era medio pelo con
respecto a lo extranjero, tanto francés como inglés, imitadores de eso.
–Ahora no sabemos qué diría frente al nuevo medio pelo que ha pasado de
amar a París para amar a Disneyworld.
–Sí, la decadencia se ha acentuado. Por lo menos antes el modelo era París
y no Miami. Y eso se relaciona con algo que usted me preguntó hace un
rato: qué rescataría yo –centralmente– de nuestra actividad como editores.
Creo que la editorial tuvo el mérito de sistematizar, a partir de 1954, el
pensamiento nacional, que estaba completamente disperso. La editorial
acogió justamente a todos esos autores que tenían algo que decir con
respecto al país y que no tenían interlocutor. Las editoriales en esa
época eran más traductoras que otra cosa. La nuestra aglutinó los autores
y sistematizó el modelo pocket. Dándole cabida a escritores que no la
tenían.
–Claro, si usted se distanciaba del modelo hegemonizado por “Sur”, si no
era Eduardo Mallea, se caía al abismo de las “ediciones del autor”.
–Nosotros mismos evolucionamos en ese sentido desde las traducciones. Eso
lo ensayé cuando me puse a editar con Del Giúdice, con el que sacamos
cosas muy buenas. Llegamos a editar a Jean Cocteau, a Jean Louis Barrault,
pero no podíamos competir con las editoriales ya consagradas por el costo
de los derechos y porque no podíamos competir para adquirirlos con las
editoriales más importantes. Yo me acuerdo algún ejemplo: pedí los
derechos sobre el libro Psicopatologías sexuales, de un autor
norteamericano que en medicina era lo máximo, pasan los meses y me llama
el del Ateneo y me dice “¿vos vas a editar ese libro?”. “Sí”, le contesto.
Y él me dice “no te molestes porque ya lo tenemos nosotros”. Yo se lo
había pedido al agente literario y cuando éste lo tuvo se lo ofreció al
Ateneo, que le pagó más. Así que eso influyó también para que me dedicara
a lo nacional.
–Que no tenía cabida en ese momento.
–No. Los corredores internacionales que viajaban por América lo primero
que decían era “autores argentinos no me mandes de novedad. Mándenme los
que traducen, pero no autores argentinos”.
–Bueno, eso se ha invertido hoy como tendencia, tal vez de manera un poco
provinciana porque en todos los países de América latina se leen
centralmente los escritores de éxito de cada lugar. En México los
mexicanos, en Colombia los colombianos, en Argentina los argentinos. A
diferencia de lo que ocurría en el momento del gran boom latinoamericano.
–Sí, recordemos que a García Márquez lo descubrió acá Sudamericana, cuando
publicó Cien años de soledad.
–Otros tiempos, cuando el país existía como tal. ¿Cómo le parece que puede
haber habido semejante naufragio de la conciencia nacional?
–Entre otras cosas por una defección, por una carencia de grandes
intelectuales nacionales. Hoy cuando se habla de intelectuales se menciona
a (Marcos) Aguinis. Aguinis es el “intelectual” que se lee ahora.
¡Por favor! Durante estos años los medios han estado manejados por tipos
como Neustadt o sus émulos que presentan lo nacional como un concepto
anacrónico y borran del mapa cualquier intento por revisar la historia
oficial. Esos tipos se morfaron los medios de comunicación y arrancaron de
raíz la idea de patria.
–Sin embargo, a pesar de ese fenómeno indiscutible, el 20 de diciembre del
2001, cuando la ciudadanía salió a la calle envuelta en la bandera
nacional, pareció que había un intento de recuperar la identidad.
–Ese intento es característico de los momentos de crisis. Porque las
crisis uno suele tomarlas como algo terminal, pero en realidad son el
comienzo de algo nuevo. Y lo nuevo es que hay una apelación a la
recuperación de la dignidad nacional en los últimos tiempos. Y esa
apelación está en consonancia con un sentimiento que permanece oculto para
los grandes medios, para los cuales lo que no sale en televisión no
existe. Está oculto pero a veces se manifiesta: sale un libro y se agota.
–Eso me hace acordar lo que decía Jauretche, del país formal y del país
real.
–O el país subterráneo de Scalabrini Ortiz, aquel subsuelo de la patria
que salió a la luz el 17 de octubre.
(Página/12, 2-11-2003) |
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