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JOSÉ MARÍA ROSA

 

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El cóndor ciego

 

Obra donde se analizan los extraños acontecimientos que envolvieron la muerte de Lavalle. Sigue un fragmento:

 

EL PREMIO

 

"No hay una persona, una sola, General, incluso sus hermanos de usted y aun su sensatísima señora, que no haya condenado ese funestísimo movimiento -escribíale Florencio Varela al conocer la retirada de Buenos Aires-.  No comprendo, General, cómo se justificará usted ahora ni nunca.  Ese ha sido, General, el defecto capital de usted: no pedir consejo ni oírlo de nadie, decidir por sí solo.  Y por desgracia no decide usted lo mejor”. (38) ¡Era tan fácil hacer la guerra desde Montevideo! ¿Cómo explicarles a los doctores de la “Comisión” cosas que nunca entenderían, que no querían entender? Hablaban y escribían muy bien; razonaban maravillosamente, podían demostrarlo todo; se expresaban en axiomas que no admitían réplica porque vivían en un mundo ideal sin experiencias ni realidades.  Eran enfáticos en el ademán e inmutables en el pensamiento como el señor Rivadavia, pero estaban más acá de las cosas.  ¡Lástima que hubiera cosas además de ellos!

 

Los había admirado y seguido.  En 1828 le dijeron que Dorrego era un traidor, que había firmado una paz vergonzosa con el Brasil, y sublevó el ejército para sacarlo del gobierno.  Le dijeron que había que fusilarlo, y lo fusiló.  Lo convencieron de que con quinientos coraceros se haría la unidad a palos, y en cambio brotaron del suelo las montoneras federales, que corrieron hasta Puente de Márquez a los veteranos de Ituzaingó.  Cuando las cosas se pusieron difíciles, Rivadavia y Agüero escaparon de Buenos Aires y lo dejaron solo frente a Rosas.  Tuvo que capitular.  Entonces le echaron la culpa y hasta llegó a creerlo así.

 

Ahora no quiso entenderse más con la Comisión que, como Varela, atribuía a un inexplicable capricho no haber seguido la “marcha triunfal” hasta la plaza de la Victoria.  Escribió a su mujer: “Tú no concibes muchas esperanzas porque el hecho es que los triunfos de este ejército no hacen conquistas sino entre la gente que habla: la que no habla y pelea nos es contraria, y nos hostiliza como puede.  Este es el secreto origen de tantas y tantas engañosas ilusiones sobre el poder de Rosas, que nadie conoce hoy como yo” (39).

 

Sus compañeros militares comprendieron también el engaño de la popularidad de la causa antirrosista, pero no atinaron a explicárselo: “En esta oportunidad (el desembarco de San Pedro) –escribió el coronel Elías– conoció todo el ejército la obcecación de los hombres que servían al tirano, pues a pesar de haber sido completamente deshechos, no hubo uno solo entre ellos que buscase su reunión con los libres...  La presunción de que el mágico nombre de la libertad despertaría en todas las clases de la población un sentimiento heroico contra el árbitro de su vida y de su fama, quedó desvanecida” (40).

 

Después vino la larga marcha hacía el norte, la innecesaria toma de Santa Fe, la pérdida de toda la caballada en los pastos envenenados de Calchines.  (Los pastos de Santa Fe siempre fueron fatales para los caballos de los unitarios; en 1829, Lavalle perdió su caballada en el Carrizal del Monje).

 

 Llegó la noticia de que el almirante barón de Mackau había firmado con Felipe Arana, el 29 de octubre, en el territorio neutral de la corbeta inglesa “Acteon” una paz muy honrosa para la Argentina.  En cuanto a los auxiliares, Rosas, a pedido del diplomático francés, amnistiaba a los proscriptos “si en el término de un mes abandonasen su actitud hostil” y “siempre que su presencia no sea incompatible con el orden y la seguridad pública”; el término se reducía a ocho días para la tropa y oficiales “que estuviesen con las armas en la mano”.  Habían sido inútiles los esfuerzos de Mackau para comprender a Lavalle.  Rosas nada quería saber con los generales y comandantes de cuerpos, “aliados al extranjero”, y expresamente los exceptuaba de toda amnistía “salvo que por sus hechos ulteriores se hagan dignos de la clemencia y consideración del gobierno”.

 

La marcha del Ejército Libertador, sin caballada, sin alimentos, entre poblaciones que le hacían el vacío, hostilizado de muy cerca por el fuerte ejército que Rosas había puesto a las órdenes de Oribe, amenazaba en concluir en un completo desastre, Lamadrid que venía de Córdoba debió encontrarse desde el 20 de noviembre en Romero (entre Santa Fe y Córdoba) con los caballos y provisiones necesarios.  Lavalle llegó el 24, y Lamadrid ya se había ido: el 28 Lavalle era alcanzado y vencido en Quebracho Herrado; apenas si pudo salvarse con algunos regimientos.

 

En diciembre lo entrevistó el general francés Halley, portador del tratado Mackau-Arana.  Seguir la guerra, ya retirada Francia, no tenía objeto y no era posible.  Francia no se iba a olvidar de Lavalle, excluido de la amnistía: Halley le traía una propuesta magnífica a nombre de Mackau; en retribución de sus servicios a Francia, lo darían de alta en el ejército del rey con el grado de Mariscal, el más elevado del escalafón: además de una fuerte suma de dinero que se le entregaría donde dispusiera.

 

No.  No era una afrenta.  Halley, amigo de Lavalle, no había venido a burlarse del desdichado vencido.  Era un ofrecimiento formal, que el almirante descontaba la alborozada aceptación.  ¡Qué carrera se le ofrecía al joven Mariscal del Reino en los ejércitos coloniales de Luis Felipe! La respuesta fueron cinco breves palabras dirigidas a Mackau, al pie de su ofrecimiento: “Mi honor me prohíbe aceptar” (41).

Lavalle quedó desconcertado: creía combatir por la patria, y le daban como premio el bastón de Mariscal de Francia.  La patria no premia a sus leales servidores con grados en ejércitos extranjeros.  Pero...  ¿entonces? Empezó a comprender cosas que le habían sido incomprensibles frente a Buenos Aires.  Empezó a comprender por qué la gente que no habla y pelea estaba con la tiranía y contra la libertad: no había tal tiranía, ni tal libertad.  Había solamente la patria, y quienes están contra ella.  Afuera y adentro.

 

Seguiría la lucha sin esperanzas de vencer y sin fe en la causa que emprendió, sostenido solamente por su impulso de acero.  Sin poder hacer pie en parte alguna, como el cóndor ciego.  Ya no podía volver atrás: ya tampoco podía ver la luz.

“ESPADA SIN CABEZA”

 

El general Paz cuenta en sus Memorias la impresión que le hizo Lavalle cuando lo vio en Punta Gorda; ya no era el atildado oficial de la escuela de San Martín.  Su vestimenta y sus actitudes mostraban un cambio enorme: desaliñado, sin cuidar de sí ni de la disciplina de su ejército, daba la impresión de andar como dormido, de estar dominado por un escepticismo invencible. (42) ¡Qué lejos de Río Bamba y de Ituzaingó! Lamadrid, que lo encontró en Córdoba poco después de la entrevista con Halley, le oye “atacar a los de frac” y contestar a Villafañe, que se quejaba de la falta de moralidad del ejército: “¡Deje usted que roben, que fusilen y que maten!” (43) No había orden, no tomaba las precauciones más elementales, parecía no importarle ya nada: “¡Y éste es el gran general en que los pueblos todos antes de la coalición tenían fijas todas sus esperanzas!” (44), le dice Lamadrid a Villafañe.  Tan orgulloso que era antes, acepta ahora callado las reconvenciones que le hace Lamadrid sobre su negligencia en la conducción del ejército: “¡Confieso que es la única vez que vi a este valiente y desgraciado general –comenta Lamadrid en sus Memorias– sufrir resignado y sin inmutarse un reproche semejante!” (45).

 

En el norte, durante el invierno de 1841, Lavalle no ejecuta movimientos estratégicos ni planea operaciones de importancia.  Abandona el ejército para ir a encerrarse en la hacienda de Gualfin, en Catamarca, con la hermosa Solana Sotomayor, mujer de Brizuela, “con la cual pasó cuatro días y cuatro noches sin levantarse de la cama, mientras se paseaban por los corredores, desesperados, sus jefes, oficiales y secretarios, y el grave y solemne Félix Frías decía siempre al asombrado Pedernera: La causa de la libertad, señor general, se pierde por las mujeres (46)Entre tanto, Brizuela, director nominal de la Coalición del norte, buscaba consuelo en la bebida, y poco después se dejaba vencer y matar en Sañogasta.

 

Ya no se oyen sino reproches, merecidos o no, de sus compañeros de causa, Marco Avellaneda atribuye a su inercia el fracaso de Tucumán, y muy grave debió ser su resentimiento para abandonarlo después de Famaillá.  Esteban Echeverría le dice en versos:

 

“Todo estaba en su mano y lo ha perdido

Lavalle, es una espada sin cabeza.

Sobre nosotros, entretanto, pesa

su prestigio fatal, y obrando inerte

nos lleva a la derrota y a la muerte!

 

Lavalle, el precursor de las derrotas.

Oh, Lavalle! Lavalle, muy chico era

para echar sobre sí cosas tan grandes” (47)

 

 

El cóndor vuela aún llevado por su impulso de acero.  No ha triunfado en una guerra que no podía concluir sino con la victoria o la muerte.  Al partir de Montevideo había hecho el juramento, que Florencio Varela le recuerda con insistencia poco benigna, de “quedar tendido en las calles de Buenos Aires o libertar a su patria” (48).  No ha logrado ni lo uno ni lo otro.  Varela insiste ante Frías en que no hay otra salida: el general debe comprender “que su nombre, su gloria, su porvenir, el de sus hijos, dependen del éxito de la empresa” (49).  Al propio Lavalle advierte que si no triunfa, “si la revolución se perdiera por no seguir usted el buen camino (el buen camino eran los consejos militares de Varela), cargaríamos todos con las maldiciones de la patria” (50).

El jefe del Ejército Libertador vivía como ausente, sin fuerzas para dar una orden, sin energía para aplicar un castigo.  Lamadrid se entera con asombro de que en un pozo de la travesía los soldados se han dado de cuchilladas ante el propio general, que “se había tendido y los observaba indiferente”.  Es tal la impresión que le produce la melancolía de Lavalle que “lo compadecía en extremo en mi interior, pues acabé de convencerme de que estaba agobiado por el peso de sus desgracias, siendo esta causa la que lo había reducido a dicho estado” (51).

Diríase que buscaba los lances amorosos para aturdirse y olvidar.  A Solana Sotomayor la reemplaza en Salta con Damasita Boedo, hermosa niña de veinte años, hija del congresal de Tucumán.  Damasita Boedo, prendada del héroe legendario y caballeresco, gallardo en sus cuarenta años, de mirada dulce y triste, abandona la casa paterna para compartir sus últimas horas.  Pondrá un aliento de ternura en las melancólicas horas de la derrota final y estará junto a él en la mañana trágica de Jujuy.

 

“NI EL SEPULCRO LA PUEDE HACER DESAPARECER”

 

Ajeno a todo, revivía en el amor y en el combate.  Al entrar en batalla sus ojos volvían a brillar de coraje y sus manos temblaban con la impaciencia de la acción.  Más que nunca su famosa valentía se mostró en los últimos combates del norte.  En Famaillá, una batalla de desesperación, en que pocos reclutas arremeten contra tropas de línea muy superiores en calidad, número y armamento, es tal el ímpetu de la carga de Lavalle que, por un momento (el único en toda la campaña), la victoria estuvo indecisa.  Pero los suyos huyeron.  Diríase que buscaba la muerte, que no encontró porque el baqueano José Alico consiguió escamotearlo del entrevero por picadas desconocidas.  Varios días estuvo perdido para el resto de su ejército, cuya salvación dejó a la prudencia de Pedernera, refugiado con Damasita para olvidarse, tal vez, que no había muerto en la batalla.

 

Quiso consolarse de la derrota con la certidumbre de que Lamadrid estaría victorioso en Cuyo, lo que atribuía a su acierto en dividir el ejército.  Le había llegado la noticia de Angaco, en que Acha con quinientos hombres desbarató a tropas cuatro veces superiores.  Pero tres días después tuvo un nuevo desengaño: Benavídez, derrotado en Angaco, se había rehecho y en San Juan habíase cobrado un amplísimo desquite: ni Acha, ni su división, existían ya.  Le quedó la esperanza, que angustiosamente transforma en certidumbre, de que Lamadrid habría de vencer en Mendoza.  Nunca le llegó la noticia del completo descalabro de Rodeo del Medio – ocurrido a los pocos días del suyo en Famaillá – y que los deshechos de Lamadrid huían por la nieve de la Cordillera, cerrada en esa época del año.

 

¿Qué le quedaba?...  Sus mejores regimientos acabaron por dejarlo, francamente sublevados, para irse por el Chaco hasta Corrientes.  El no podía tomar ese camino: Corrientes lo había proscripto cuando cruzó el Paraná después de Sauce Grande, y Ferré lo había llamado desertor, y a su conducta, la más negra de las traiciones.

 

Lo seguían aún doscientos fieles: con ellos tomó el camino de Jujuy para defenderse en guerrillas por la quebrada.  Tal vez en esos momentos el cóndor comprendió que había perdido la luz para siempre: “Pero lo que no puedo concebir es el que haya americanos que, por un indigno espíritu de partido, se unan al extranjero para humillar su patria y reducirla a una condición peor que la que sufríamos en tiempos de la dominación española: una tal felonía ni el sepulcro la puede hacer desaparecer” (52), escribía San Martín indignado por la conducta de los unitarios.

LA NOCHE DE JUJUY

 

El 8, al llegar a Jujuy, estaba en un estado “de alegría extraña”, que era para mí anuncio de una grandísima desgracia”, dice Frías (esta frase no tendría sentido si la muerte hubiera sido casual).  Y cuando todo y todos aconsejaban no entrar a la ciudad y tomar rápidamente el camino de Humahuaca, acampó la tropa en las orillas y se fue a buscar “una casa donde hubiera una cama”.  ¿Quiso pasar una última noche de amor?

 

No quería oír hablar de retirarse por el camino de Bolivia.  Hasta el 6, en que se fueron Ocampo, Hornos y la mayor parte de la tropa, creyó en que aún podía defenderse en Salta.  Después creyó, quiso creer, en la posibilidad de una “guerra popular”, a lo Güemes, disputando los pasos de la quebrada a las tropas de Oribe.  La huída de Alvarado y de Bedoya le desmoronó esta última esperanza: “la idea de Vd.  de hacer guerra popular es inverificable – le decía Bedoya en la carta que le dejó en Jujuy –, tengo conciencia segura de que no se ha de hacer nada, absolutamente nada.  Lo engañan, general, los comandantes que se lo prometen y antes de cuatro días los ha de ver Vd.  capitular con la montonera”.

 

Por lo tanto...  no quedaba nada más que el camino de la emigración, insistentemente reclamado por todos.  Es decir, la derrota, el deshonor, la conciencia de una “felonía que ni el sepulcro puede hacer desaparecer”, que tan sólo acallaba con el ardor del combate.  No habría de ser el suyo.

 

Había buscado la muerte en Famaillá, y en tantos combates, sin encontrarla jamás.  Cuando a la madrugada la presencia de la partida de Blanco dio la certidumbre de que había llegado el esperado final, quiso afrontarlo sereno abriéndose paso a través de los enemigos.  La huída de los suyos impidió este propósito y no quiso caer vivo en las manos enemigas, había repetido que “Rosas podría disponer de su cadáver, pero no de su vida” (53).  O quizá comprendió al alejarse la partida, después de pretender descerrajar la puerta, que la muerte nunca vendría a buscarlo.  Sin posibilidad de seguir la lucha y para caer en tierra Argentina, quiso salirle al encuentro, arrogantemente, cansado de esperarla.

 

Había dicho que sería el último en abandonar el suelo de su patria: había jurado vencer o que dar tendido.

 

Cumplió su juramento. 

LA LEYENDA

 

Sus compañeros convinieron en atribuir su muerte a la descarga que había hecho la partida contra la puerta.  Debió ser un solemne juramento de honor que se prestó en los Tapiales de Castañeda, al abrigo de la tropa y ya pasado el desconcierto por la actitud del comandante Blanco.  Esos últimos doscientos eran un puñado de amigos fieles, de lealtad probada.

 

Sin duda fue Félix Frías, tan catolico, quien sugirió la piadosa mentira; tengamos en cuenta las modalidades de la época, pues los restos de un suicida no recibían sepultura y su nombre quedaba infamado y proscripto.  Tal vez una consecuencia de ese juramento fue la actitud de recoger el cadáver para que los enemigos no advirtieran, por la índole de la herida, la verdadera causa de la muerte.  Lavalle debió matarse en su habitación o en el segundo patio, “donde había ido tras Frías”.  Que el teniente López recogió el cuerpo “del zaguán donde estaba como tendido” es parte de la leyenda; lo recogió en algún lugar alejado del zaguán, pues tuvo que explicar a los vecinos “que no murió instantáneamente, que en las ansias del último momento se arrastró hacia su cuarto”.  Medio Jujuy supo, por boca de quienes recogieron el cuerpo, que una descarga de los federales había concluido con el jefe de los unitarios.

 

Los federales, al volver a la ciudad, oyeron con asombro, de boca de los vecinos, que Lavalle había caído por la descarga contra la cerradura.  Debe descartarse que examinaron la puerta: Blanco nada dice de disparos que “atraviesan la puerta”, y Bracho se atribuye un tiro por el ojo de la cerradura.  Ni creyeron ni dejaron de creer que ellos habían terminado con Lavalle, pero desde luego no iban a desmentir una versión que les obsequiaban y que para ellos significaba ascensos y premios.

 

Por supuesto que al forjar la leyenda, ninguno de los amigos de Lavalle recordaba el cedro macizo de la puerta, su espesor, ni tampoco podían saber que los tiros no habían sido disparados con fusiles, sino con malas tercerolas.  Todos guardaron celosamente el juramento.  Frías escribe a Rafael Lavalle que le queda “el grato deber de defender el nombre glorioso del general” (54); y al hablar – muy pocas veces – de la muerte de Lavalle no dejó de agregar “muerto por los soldados de Rosas” (55).

 

La leyenda fue cuidada.  Como los hombres siempre vemos lo que queremos ver, nadie ha visto la evidencia.  Y quedó oculto el hondo motivo patriótico de la muerte del general Lavalle.

 

 

 

Notas:

 

(38) Rodríguez: Contribución, etc., III, 105.

(39) Rodríguez: Contribución, etc., III, 138. En carta de Lavalle a su esposa desde Chilecito (marzo 31/1841) le dice irónicamente: “La provincia de Córdoba que había hecho una evolución tan rápida y espontánea contra Rosas, se convirtió en su mayor parte contra nosotros a la presencia del ejército vencedor en el Quebracho. Les doy a nuestros abogados diez años de tiempo para que acierten con este enigma, (subrayado mío) en Rodríguez, Contribución, etc., III, 142.

(40) Elías: Memoria Histórica, 366.

(41) Frías: La gloria del tirano Rosas (ed. 1928), 76.

(42) Paz: Memorias póstumas (ed. Rosso), II, 408 y sgts. 

(43)  Lamadrid: Memorias (Ed. Bib. del Suboficial), II, 169 y sgts.

(44) Lamadrid: ob. cit. Il, 172.

(45) Lamadrid : ob. cit. Il, 184.

(46) Ernesto Quesada: La época de Rosas (ed. Fac. Fil.Let., Bs. As., 1923), 224.

(47) Echeverría: Avellaneda (poema).

(48) Rodríguez: Contribución, etc., III, 188.

(49) Rodríguez: Contribución, etc., III, 201.

(50) Rodríguez: Contribución, etc., III, 105.

(51) Lamadrid: Memorias, II, 172

(52) Carta de San Martín, julio 10/1839 (reproducida entre otros, en la recopilación del Museo Histórico Nacional – San Martín, su correspondencia, 1823-1850, (BS. Aires, 1911), 127.

(53) Félix Frías: La gloria del tirano Rosas, p. 79.

(54) Discurso en la recepción de los restos de Lavalle.

(55) Rodríguez: Contribución, etc., III, 148.

 

 

José María Rosa

 

(José María Rosa. El cóndor ciego. La extraña muerte de Lavalle, Buenos Aires, Editorial A. Peña Lillo, 1974 )

 

 

 

 

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