Cabe
empezar insistiendo en que la integridad –como explica Carter– exige
distinguir entre lo que uno, meditadamente, considera justo/correcto y
lo que considera incorrecto/inicuo, y elegir luego lo primero, aunque
suponga algún coste personal; que exige además mantenerse
en esa
elección, aun en condiciones adversas y ante posibles presiones
o
tentaciones. Claro, se nos ocurren cosas como, por ejemplo, que un
dictador puede ser perfectamente íntegro, y un presidente de
gobierno
democrático puede ser corrupto; y que podemos ver el integrismo
como un
exceso condenable de integridad. Subrayemos ya la importancia de
distinguir bien entre lo bueno y lo malo, y, en caso de duda, entre el
bien común y el particular. Pero habría que recordar
igualmente que,
por corrupción, cabe entender desde la claramente codiciosa
hasta la
meramente negligente.
Ubicándonos
ya en el mundo de la empresa, y en sus declaraciones de valores,
habría
también que acotar la integridad. Parece apostarse por una
integridad
sólida, compatible con la amplitud de miras y el inexcusable
buen
juicio; por una integridad consciente de la realidad, adaptada a ella y
orientada al bien común; por una integridad alimentadora de la
autoestima y el prestigio; por una integridad catalizadora de las
relaciones de confianza; por una integridad tan alejada del integrismo
como de la corruptibilidad; por una integridad potente y patente,
flexible pero irrompible. Por una integridad de todos. Por la
integridad total. “Sin la integridad, la motivación resulta
peligrosa”:
lo sostiene Dee Hock, fundador de VISA.
Pero
también habríamos de definir mejor la corrupción,
empezando por admitir
un espacio de nadie entre ésta y la integridad. Partiendo de la
alta
corrupción (estafa, fraude, extorsiones, artificios contables,
cohecho...), el concepto abarcaría también la
corrupción económica de
menor dimensión, la complicidad interesada, la preeminencia de
intereses personales, la irresponsabilidad, la gandulería, el
deterioro
de los buenos usos y costumbres...; de modo que al llegar al mero
cumplimiento de las normas y leyes, entraríamos ya en la zona
intermedia entre la corrupción y la integridad, donde
también
ubicaríamos la corruptibilidad. ¿Lo ve así el
lector?
En
un primer artículo mío (publicado en Training &
Development Digest
y luego en numerosos portales de Internet), ya conveníamos en
que una
persona íntegra –que lo es aunque no la vean– es una persona de
principios, de palabra, de fiar, incorruptible, que obra en conciencia,
que llama pan al pan y vino al vino, que no elude su responsabilidad.
Atendiendo también a la etimología, un individuo
íntegro sería una
persona entera, sólida, sin fisuras en sus principios y valores,
coherente, consecuente, compacta. O sea que –añadíamos–,
sin la integridad, no estamos propiamente completos como seres humanos;
aunque no faltará quien piense que de humanos es precisamente
sucumbir
a las tentaciones... La integridad parece precisamente integrar a una
noble familia de virtuosos atributos o fortalezas del carácter:
honradez, templanza, autenticidad, valor, justicia, responsabilidad,
lealtad, autodisciplina, compromiso, perseverancia, altruismo...
Decíamos también que Goleman, en Working
with emotional intelligence, sostiene que las personas
íntegras:
·
Actúan ética e intachablemente.
·
Son
honradas y sinceras, de modo que se ganan la confianza de su entorno.
·
Admiten sus
errores o desaciertos.
·
No dudan en
señalar las acciones poco éticas de los demás.
·
Adoptan
posturas fundamentadas en sus principios, aunque resulten impopulares.
·
Cumplen su
palabra.
·
Se
caracterizan también por la responsabilidad y la profesionalidad.
Conductas ajenas a la ética
Si
se acepta la analogía, algunas empresas nos recuerdan las
dictaduras,
porque en ellas no hay libertad de prensa, y nadie puede, en su
hipotético caso, criticar a aquellos altos ejecutivos que,
amparados
quizá en sus poderes notariales recibidos de la poderdante,
hacen ostensión de inmoralidad mediante conductas,
típicamente impunes,
como las recogidas en la lista siguiente. Confiamos en que
ningún
ejecutivo reúna tanto desorden fuera de las historias de
ficción,
aunque no descartamos que haya, en algún sitio, quien lo supere
y hasta
reciba, por ejemplo, comisión del arrendador de las oficinas de
la
empresa. De momento, recuerdo haber oído a Tom Peters en Madrid,
delante de unos 2.000 ejecutivos y directivos: “Todos hablamos de las
personas, pero el 98% miente”. Al menos, así lo dijo el
traductor
simultáneo.
Algunas worst practices de ejecutivos y directivos no
íntegros:
·
Utilizar la
empresa para hacer negocios de carácter personal.
·
Recibir
comisiones de proveedores de servicios, a tal efecto contratados.
· Castigar económica y psicológicamente a
los colaboradores que conservan independencia de criterio.
·
Practicar
el acoso sexual, aprovechando la posición de poder.
·
Beneficiar
a amigos o familiares, a cargo de la empresa.
·
Distribuir
privilegios entre los empleados, de forma caprichosa o bajo espurios
intereses personales.
·
Hacer de la
mentira y el cinismo herramientas habituales de comunicación.
·
Preferir la
tranquilidad a la verdad y castigar a los mensajeros.
·
Llevar a
extremos la petulancia o narcisismo, con peligro de espantar incluso a
los clientes.
·
Humillar
públicamente a los subordinados y descalificar a los ausentes.
·
Utilizar
medios y fondos de la empresa para fines particulares.
·
Mentir al
mercado en informes, notas de prensa, etc.
· Asignarse suplementos
dinerarios injustificados.
·
Excederse
en los viajes y realizarlos con fines particulares.
·
Practicar
artificios contables, para evadir impuestos u otros fines perversos.
Imaginen
también que el CEO de un grupo empresarial vende en
especialmente
buenas condiciones una de las empresas del grupo y luego, dos
años
después, aparece como dueño de ella... Imaginen que el
director de un
departamento de una gran empresa dispone de un presupuesto de varios
millones de euros para adquirir en el mercado determinados productos,
que hace gala de ello en los medios de comunicación, que convoca
a una
reunión a unos cuantos proveedores seleccionados, que
paralelamente
hace declaraciones diciendo que no es partidario de una calidad
excelente de aquellos productos... Imaginen que un consejero delegado
despliega una intensa campaña de prensa diciendo, entre otras
cosas,
que sus ventas se multiplicarán por 4 en dos años, aunque
luego, en
realidad, sus ventas disminuyen y registra grandes pérdidas...
Imaginen
que un director general tiene la costumbre de planear viajes de dudosa
necesidad, a los que siempre se lleva a alguna subordinada... Imaginen
que un alto directivo de una gran empresa, consciente de la resonancia
de su puesto, se incorpora a las Juntas Directivas de diversas
asociaciones profesionales, en las que lleva a cabo relevantes papeles;
hay que suponer que seguirá atendiendo a su función en la
gran empresa,
de la que cobra un elevado sueldo, pero... Imaginen que un CEO firma
continuos acuerdos de colaboración con otras empresas, con
resonancia
en el mercado pero sin que realmente se compartan proyectos...
Recuerden, si las noticias estaban bien fundadas, las condiciones en
que se jubiló John Welch después de resultar un
líder ejemplar...
Recuerden cómo salió Pierre Suard de Alcatel... Si hay
una mayoría de
la población de la empresa que interpreta estas conductas
igualmente,
quizá esté en lo cierto; pero el hecho es que, lo
esté o no, el
ambiente se enrarece y las emociones positivas se inhiben, cuando las
personas contemplan en sus mandos prácticas dudosas y no
explicadas.
El dilema del testigo
La
pregunta es: ¿qué han de hacer sus subordinados
íntegros, ante un
ejecutivo, quizá un consejero delegado, que reuniera algunas de
las
conductas de la lista anterior, contrarias a la postulada integridad y
ejemplaridad? Quizá algo de lo que sigue:
A)
Mostrarse
corruptibles e intentar obtener beneficio personal de la
situación.
B)
Cerrar
ojos, oídos y boca, en beneficio del status
alcanzado, y ser políticamente correcto.
C)
Nada...
Pero caramba, si esto es lo más normal del mundo... y
además no se puede demostrar.
D)
Engañarse
pensando que la integridad consiste en someterse leal y ciegamente a la
autoridad establecida.
E)
Buscar otro
puesto de trabajo y, mientras, aguantar con cierta dignidad.
F)
Advertir
respetuosamente al corrupto del impacto de su actuación, y
alejarse
emocionalmente de él (o ella)... Aunque, bien pensado, no es
recomendable.
G)
Dejar notar
su posicionamiento contrario a la corrupción, la impericia, la
injusticia o la falsedad presentes.
H)
Informar,
si surge la oportunidad y el medio, a los propietarios o máximos
dirigentes de la compañía, salvo que se barrunte
complicidad.
I)
Organizar
una manifestación.
J)
_______________________________________
K)
_________________________________________
El lector
tendrá su propia respuesta, J o K, pero éstas que hemos
improvisado intentan representar, sin estar seguros del
orden, distintos
grados de integridad; a nosotros nos parece que la respuesta E ya
merecería el aprobado, y sólo buscaríamos nota en
circunstancias
favorables (clamor o escándalo de la situación, claros
perjudicados,
etc.) o gozando de cierta protección. Pero, en su caso, el hecho
de
quedarse en el aprobado como mejor opción personal, no
debería
ocultarnos la existencia de alternativas más íntegras. La
renuncia a
éstas no ha de suponer necesariamente falta de valor e
integridad, pero
convivir con la corrupción durante mucho tiempo puede afectar a
la
salud de los íntegros, hasta la somatización. En
cualquier caso,
conviene que seamos conscientes de hasta dónde llega nuestra
integridad
(o nuestra corrupción), y si, concretamente y en su caso,
contemplaría
la denuncia o no.
No
hace falta decir que denunciar en falso, o exagerando el delito, o con
propósitos espurios, es altamente repugnante, y que, en
principio,
todos somos inocentes; pero, aunque también resulte innecesario,
sí
queremos recordar que la falta de pruebas de corrupción en la
empresa
(como en la política) no supone necesariamente inocencia. Y
tenemos que
decir también que seguramente la mayoría de los altos
ejecutivos son
honrados; nos estamos fijando en quienes no lo son por el grave
daño
que hacen a la colectividad.
En
definitiva, queríamos someter a reflexión la integridad
de quienes son
testigos de la corrupción, entendida ésta ampliamente
como degeneración
de principios y comportamientos bajo el amparo del poder que se
administra, y aunque no hubiera enriquecimiento asociado. Parece un
tema para debate. Si leen el último libro de Seligman “La auténtica felicidad”,
el autor relaciona la integridad con el valor, y formula un ejemplo:
“Denunciar prácticas corruptas dentro de la empresa u
organización”.
Una cosa era el distanciamiento emocional y el manifestar ante colegas
el desacuerdo con determinadas conductas, y otra la denuncia formal por
cauces más o menos establecidos y fiables dentro de la empresa,
confiando en que hubiera, como cabe suponer, instancias íntegras
por
encima del presunto corrupto.
Nos
parece que, para denunciar de buena fe la corrupción de un
superior
jerárquico, con ánimo de ponerle fin y evitar perjuicios
a inocentes (scapegoats), un directivo o trabajador
íntegro habría de estar seguro (certeza moral) de que:
§
hay
verdaderamente corrupción grave (de tipo económico o de
otro tipo);
§
la empresa
ha apostado por la integridad y la ética;
§
no corre
grandes riesgos.
Si
no se nos olvida nada, y si el denunciante no puede aguantar
más, nos
aseguraríamos de las tres condiciones antes de denunciar un
caso,
porque el valor no debe ser insensato. Pero, ¿prevé la
integridad algún
paso previo a la denuncia interna? ¿Cuál es la mejor
forma de
denunciar? A ver... No le den muchas vueltas: si la empresa desea
luchar contra la corrupción, habrá previsto y sugerido
las respuestas
sin olvidarse de proteger al testigo; y si no es así, la
denuncia no es
aconsejable y puede estar contraindicada. Si duda, y la considera
genuina, consulte a su intuición; pero muévase por la
integridad y no
se deje llevar por posibles propósitos subyacentes, espurios o
de
dudosa legitimidad. Todos sabemos que algunos de los que administran
poder dentro de las empresas abusan de él, pero puede ocurrir
que las
instancias superiores lo toleren, o incluso lo inspiren. Por otra
parte, si la empresa hiciera demasiado visible su lucha contra la
corrupción, parecería que desconfía de sus
personas y, probablemente,
espantaría clientes.
Estos
días, la prensa nos habla de torturas a presos iraquíes,
y da la
sensación de que las autoridades de EEUU están más
enojadas con los
denunciantes que con los autores y los responsables del abominable,
repugnante, execrable trato a detenidos y detenidas. Desgraciadamente
la historia nos ofrece demasiados ejemplos de abusos similares, incluso
en nombre de la justicia, la ley, el orden, la religión, etc.
Esperemos
a ver en qué queda el caso, pero no me desprecien por creer que
las
torturas eran conocidas, y aun inspiradas, por los mandos, como si el
fin justificara los medios. Pues la empresa, grande o pequeña,
constituye otro ambiente en que el poder, aunque no lo haga
físicamente, se excede con alguna frecuencia, y donde reina,
también a
veces, un triste mutismo. Apenas recientemente se ha empezado a hablar,
por ejemplo, del mobbing, lo que hay que agradecer quizá
especialmente a Iñaki Piñuel, hombre del mundo
universitario.
La
corrupción, un freno
Es
obvio que la corrupción supone un grave freno a la prosperidad
de la
empresa, porque el beneficio se escapa, y, a menudo se producen, por
ejemplo, despidos de personas a modo de scapegoats.
Pero, paralelamente, la corrupción desactiva los recursos
emocionales
positivos a que aluden los gurús. Si el trabajador percibe la
corrupción –así es casi siempre–, se corromperá
también en alguna
medida, aparecerán sus
emociones y actitudes negativas –miedo,
vergüenza, envidia, frustración, indignación,
desconexión...–, o
buscará aire más limpio. Desde la corrupción no se
pueden pedir
esfuerzos adicionales, ni se puede hablar de visión compartida,
ni de
proactividad, ni de alto rendimiento, ni de confianza, ni de lealtad,
ni de orgullo de pertenencia, ni de compromiso, ni de trabajo en
equipo, ni de liderazgo, ni de sinergias, ni de orientación al
cliente...; lo que pasa es que el corrupto también es
habitualmente
cínico, y puede hablar de todo ello.
La integridad, un motor
La
integridad, en cambio y siendo igualmente contagiosa, fortalece la
organización, nutre la confianza de los clientes, favorece la
comunicación interna, contribuye a la alineación de
esfuerzos..., pero
–sobre todo y lo que queríamos subrayar– desata y libera la
energía
emocional de que hablan los gurús (compromiso,
motivación, creatividad,
iniciativa...), y contribuye a los resultados. No hemos conocido
ningún
caso de éxito impactante y duradero, que no llevara asociado una
notable carga emocional positiva en sus personas, en algún modo
partícipes del proyecto empresarial y con visible
espíritu de
comunidad. Nos han hablado esta vez, en el Expomanagement de Madrid, de
Nike, FedEX, Starbucks, Harley-Davidson..., pero en España
también
tenemos buenos ejemplos en diferentes sectores.
La
integridad, que se orienta al bien común, favorece el
pensamiento
ganar-ganar frente al de ganar-perder; y éste es el modo de
pensar que
conduce a la prosperidad. (¿Leyeron ya “La Buena Suerte/Claves
de la
Prosperidad”, de Fernando Trías de Bes y Álex Rovira?).
Obviamente,
como todo se adultera, un proveedor y su cliente podrían
repartirse las
ganancias “extras” en perjuicio de terceros, y pensar que aplican el
principio de ganar-ganar; pero esto sería, antes o
después, detectado
por los “terceros”. El bien común, en suma, viene a ser una
especie de
seguro, a casi todo riesgo.
Comentario final
Dejaríamos
la reflexión o el análisis-síntesis para el lector
que haya llegado
hasta aquí, pero creemos que la tan postulada activación
emocional de
las personas debe salvar obstáculos y contar con catalizadores
dentro
de la organización. Creemos también que la clave en la
opción colectiva
entre integridad o corrupción está en la Alta
Dirección y que no sobra
recordar aquí que a Peter Drucker le horroriza la codicia de los
ejecutivos de hoy. Le debe horrorizar a más gente, pero parece
más
significativo cuando lo dice Peter Drucker. Y digamos también
que hemos
hablado más de integridad que de ética porque vemos a
ésta como la
norma moral admitida, mientras que la integridad nos parece algo
personal y más auténtico.
Creo,
por último, que se puede estar dentro de la ley y fuera de la
ética, y
que se puede estar dentro de la ética y fuera de la ley. En fin,
que
este tema da para más artículos, si no lo toman como una
amenaza.
Gracias al lector, y brindemos juntos por los líderes
empresariales
íntegros, y más si aciertan en sus estrategias y
tácticas, conducen al
éxito y generan bienestar. Todos podemos rendir más y
ser, al mismo
tiempo, más felices. Y no crean que hablo desde la integridad:
cuando
trabajaba en FYCSA, me llevaba a veces a casa bolígrafos para
mis
hijas...
José Enebral Fernández
Consultor
de Recursos Humanos
jenebral1@mi.madritel.es