Noticias sobre Deuda Pública






TRIBUNA
La revisión del desarrollo regional
Theotonio Dos Santos.
ECONOMISTA, COORDINADOR DE LA CATEDRA UNESCO
DE ECONOMIA GLOBAL Y DESARROLLO SOSTENIBLE
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Miércoles  03.11.2004


El modelo económico que América latina padeció por décadas estaba orientado a la sustracción de sus recursos y al aumento de la deuda externa. Sólo un cambio político producirá un modelo diferente.

El debate sobre el desarrollo vuelve a ocupar una posición central en las ciencias sociales y en la política latinoamericana. Se ubica en el cuadro de una oposición entre las políticas de desarrollo y el dominio del capital financiero asentada en una ortodoxia monetarista bastante discutible por los efectos negativos que ha producido en la región.

Está en el orden del día la revisión del crecimiento económico en una región que se caracterizó por un alto patrón de crecimiento en los años 30 a 70 del siglo XX. Al mismo tiempo, en las décadas del 80 y 90 y comienzo del siglo XXI, tenemos una caída colosal de nuestro nivel de crecimiento, que se hace muchas veces inferior al crecimiento de la población, configurando una rebaja del ingreso per capita.

Es evidente que la caída del crecimiento está conectada con el aumento de la deuda externa producido en el final de los 70 y comienzo de los 80, como resultado de la renegociación de las deudas anteriores a altísimas tasas de interés internacionales. Durante la década del 80 hemos enviado centenares de miles de millones en pago de intereses. Para lograrlo nos hemos sometido a un ajuste estructural que consistía en el aumento de nuestro superávit comercial para pagar esos intereses.

Es evidente el contenido social negativo de esta política de contención de la demanda interna, particularmente de los salarios y del gasto público. Para poner en práctica políticas tan impopulares, se necesitó de dictaduras militares o gobiernos de fuerza en general, se quebró el impulso de desarrollo del capital industrial naciente y de una clase media que apostara a la expansión de la economía. Se consolidaba así el cuadro de reacción en contra de las formas más avanzadas de desarrollo socioeconómico, iniciado con el régimen militar en Brasil, en 1964, a través del cual se selló un compromiso de sangre entre el capital industrial naciente y los intereses del capital internacional en toda la región.

Las renegociaciones sobre la deuda externa iniciadas en los años 1986-90 permitieron desahogar en parte esta situación con la rebaja de la tasa de interés en Estados Unidos y las concesiones realizadas finalmente por los acreedores, apoyados por sus Estados nacionales, cada vez más sometidos a los intereses del capital financiero.

El llamado Consenso de Washington, que se dibujó en 1989, abrió camino para una nueva aventura económica de la región. Cuando la tasa de interés mundial se rebajaba drásticamente, optábamos por una política de aumento de la tasa de interés interna para atraer capitales del resto del mundo con el objetivo de cubrir un déficit comercial que generamos con políticas económicas de sobrevalorización cambiaria.

Los capitales financieros de corto plazo vinieron rápidamente para expropiar nuestras reservas acumuladas con la suspensión del pago de interés. No bastando tales facilidades, exigieron también la venta de nuestras empresas públicas para abrir camino a los sectores económicos con nuevas tecnologías a ser implantadas y por lo tanto con alta rentabilidad por monopolio tecnológico. La telefonía y las comunicaciones, la electricidad y las fuentes de energía en general, las materias primas fueron los centros de esta entrega de riquezas a cambio de nada.

Los recursos incorporados a las arcas fiscales fueron rápidamente absorbidos por el pago de colosales tasas de interés internas a los capitales atraídos.

Estas desgracias fueron sentidas drásticamente por la población que, después de períodos de ilusión causados por la entrada de importaciones y capitales de corto plazo y por los efectos deflacionarios de la política económica en curso en todo el mundo, finalmente votaron macizamente en contra de las políticas del Consenso de Washington.

Con el tiempo, lo único que quedó fueron los cofres vacíos de nuestros gobiernos, las deudas externas crecientes cuando salieron masivamente los capitales y la caída drástica de la renta nacional. Pero lo más dramático es el forcejeo para mantener las altas tasas de interés cuando ya no hay reservas ni empresas por vender. Ellas no logran atraer capitales del exterior y alimentan un gigantesco sistema financiero creado en torno de la deuda pública.

Lo que vemos hoy es la lucha del capital productivo para sacarse de encima este sistema de succión de recursos. Pero estos sectores del capital productivo se comprometieron muy seriamente con esas políticas en sus fases virtuosas para los capitales. Por eso ahora tienen dificultad de resistir políticamente a los epígonos del capital financiero. A falta de líderes progresistas propios, tienen que buscar una alianza con las fuerzas populares organizadas y sus expresiones políticas para presentar un programa con alguna consistencia y apoyo popular.

Estas son las motivaciones del neodesarrollismo. Pero a su lado están también las motivaciones de la mayoría de la población. Cabe a las fuerzas populares aprovechar la oportunidad para ampliar sus objetivos tácticos y producir un programa de transformaciones sociales y económicas que abran paso a una etapa superior para la región.



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