Opinión
Juan Carlos Blumberg, un padre
Viernes
16 de Abril de 2004
Por Sergio Sinay
Para LA NACION
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Por Sergio Sinay
Para LA NACION
Desde la Virgen María
hasta las Madres de Plaza de Mayo, el arte, la historia, la
mitología nos han familiarizado con el dolor materno, con un
contacto visceral, trascendente, de la mujer con el sufrimiento de su
hijo. La madre, de Pushkin; Madre coraje, de Brecht;
las madres del tango y tantas otras nos han recordado una y otra vez la
capacidad de sacrificio, la hondura de la entrega, la dimensión
del valor que la maternidad provee a la mujer ante el martirio de quien
es carne de su carne.
En una cultura que nos
alimentó con la creencia de que los hijos son un poco más
de la madre que del padre, que nadie como ella puede entenderlos y
confortarlos, proveer a sus necesidades emocionales, cobijarlos cuando
ya no en el útero físico sí en el afectivo; en un
ecosistema cultural de esas características, en fin, poco
sabemos, poco nos hemos preguntado, poco hemos atendido y poco hemos
escuchado (desde hace mucho, demasiado) sobre el dolor paterno.
Ni una sola vez he podido ver
y escuchar a Juan Carlos Blumberg sin que se me erizara la piel, se me
acelerara el corazón y se me cerrara la garganta. Lo he
conversado con otros hombres, otros padres y, con cierto pudor, con
cierta sorpresa, con cierta sensación de quien despierta en un
territorio que le es desconocido y, paradójicamente, propio,
hemos compartido esa misma sensación. Había comenzado a
percibir algo así a lo largo del último año, cada
vez que veía al padre de Leyla Basher, la chica martirizada en
Santiago del Estero. Algo había en la noble y dolorida rudeza de
ese inmigrante palestino, algo muy claro acerca de su amor y de su
sufrimiento que se expresaban de una manera conmovedora, en una media
lengua que no necesitaba más para ser clara. Algo había,
que ahora, con Juan Carlos Blumberg, termina de plasmarse.
Este hombre ultrajado y
entero, este hombre en llagas y emocionalmente luminoso, este hombre
tan frágil en su dolor y tan poderoso en su amor, ha
bañado de un aura esplendorosa su condición de padre, ha
hecho del amor hacia su hijo un llamado directo al alma de todos los
padres. Y digo padres: padres varones. Cuando dice "Axel ya no
está", y aun así sigue trazando su huella, con firmeza,
con padecimiento, con certeza, con tristeza, con amor, Juan Carlos
Blumberg nos recuerda algo que a veces los hombres olvidamos, o sobre
lo que una compleja trama cultural nos hace dudar: que la paternidad es
para siempre, que es un camino de ida, sólo de ida, en la
alegría y en el dolor, en la esperanza y en la incertidumbre, en
la presencia física y también en la ausencia.
Un padre es mucho más
que un proveedor de simiente, de apellido y de suministros materiales.
Un padre es mucho más que un asistente en la crianza de los
hijos, un padre es mucho más que un partenaire , ya sea
en la alegría o en el mayor de los dolores. No sé
cómo fue el vínculo entre Juan Carlos Blumberg y Axel
mientras el hijo estuvo físicamente vivo. Pero puedo y quiero
imaginarlo. E imagino a un padre-faro. Un referente, un guía que
alienta sin sofocar, que protege en el mismo acto en el que libera, que
incita al hijo a explorar el mundo al tiempo que le recuerda
dónde encontrará un refugio, si lo necesita. Un padre que
transmite valores con sus actos, no con discursos. Un padre presente,
no porque ocupa un lugar físico en el espacio familiar
cotidiano, sino porque construye un puente, con su propio
diseño, entre su corazón y el de su hijo. Me atrevo a
imaginar que Axel tuvo un padre así porque hoy lo sigue
teniendo.
Un padre no lleva a su hijo en
su vientre y no necesita llevarlo -si se concibe como padre- para saber
que ese hijo es carne de su carne y sangre de su sangre. Para siempre,
más allá de las formas físicas y biológicas
del vínculo. Juan Carlos Blumberg es hoy padre. Sigue siendo el
padre de su hijo y hace por ese hijo lo que su corazón, su
intuición, sus entrañas de padre le indican.
Alguna vez, en épocas
aún más oscuras que ésta, a los padres y a las
madres nos preguntaban: "¿Sabe dónde está su
hijo?" Una pregunta falaz, insidiosa, pérfida, que ponía
bajo sospecha nuestro vínculo y nuestra probidad y
condición de padres. Juan Carlos Blumberg, sin quererlo, sin
saberlo (o acaso sí) responde a otra pregunta, distinta,
amorosa, trascendente: ¿qué puedo hacer hoy por mi hijo?
Destaco la palabra hoy, porque al mismo tiempo que dice "Axel ya no
está", Juan Carlos Blumberg, con sus actos, afirma que Axel
está, que es hoy y será siempre su hijo, y que hoy y
siempre él podrá seguir actuando y sintiéndose
como su padre. Juan Carlos Blumberg, padre presente, ha encontrado en
su paternidad martirizada la voluntad de sentido para su vida.
A nosotros, los padres
varones, Juan Carlos Blumberg nos ha recordado que nuestro lugar es
intransferible, es indelegable, es irreemplazable, es necesario, no
necesita ser autorizado por nadie. Requiere conciencia, voluntad y
amor.
Ojalá vivamos un
día en un mundo en el que esto no necesite ser recordado, y
mucho menos a partir del horror, y en el que la paternidad sea
celebrada por padres, madres e hijos en cotidianas ceremonias de amor.
En una sociedad como la que hoy integramos, que necesita del padre
acaso como nunca, Juan Carlos Blumberg es una fecunda fuente de
paternidad. Como varón, se lo agradezco.
Sinay es autor
de Ser padre es cosa de hombres y Misterios masculinos, entre
otros libros.
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