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El latín es la lengua oficial de
la Iglesia. La Iglesia lo emplea en los Divinos Oficios para conservar mejor la
unidad de fe pues como las lenguas vivas cambian de continuo, su uso podría
introducir alteraciones en la Liturgia y en los ritos de los sacramentos.
Además, usando la misma lengua en los países más diversos;
brilla la catolicidad de la Iglesia. En ningún templo católico puede sentirse
extraño un hijo de la Iglesia, porque en todas partes se celebran los mismos
oficios, interpretados con las mismas palabras.
3. El latín, lengua litúrgica.
Los libros litúrgicos están
escritos en la lengua oficial de la Iglesia, o sea en latín, que es,
desde el siglo III o principios del IV, la única lengua litúrgica de todo el
Occidente. Los pocos vocablos griegos (el" Kyrie eléison", de la Misa
y de las Letanías, y el trisagio "Ágios o Theos" del Viernes Santo),
y hebreos ("amen" "alleluia" "hosanna"
"sabaoth") que todavía se emplean en la Liturgia romana, son restos
de las primitivas lenguas litúrgicas y un indicio bien claro de la unidad de la
Iglesia de Cristo, a la que sucesivamente se fueron incorporando judíos,
griegos y romanos.
En los orígenes del cristianismo celebrábase la Liturgia en
lengua vulgar, siguiendo en esto el ejemplo de Jesucristo y de los Apóstoles,
que usaban el arameo, por ser entonces entra sus compatriotas, el idioma
popular. "Los cristianos griegos -dice a este propósito Orígenes- ruegan
a Dios en griego; los romanos se sirven de la lengua latina; los demás pueblos
le dicen sus alabanzas cada cual en su propio idioma".
No obstante esta diversidad de lenguas litúrgicas
primitivas, el griego, que era a la sazón el idioma más conocido y
popular, dominó en seguida a todos los demás, de modo que, hasta la paz de
Constantino (313) fue prácticamente la lengua oficial de la Iglesia. A partir
de esa época, empero, la influencia de Roma empezó a ser ya decisiva en las
naciones cristianas de Occidente, y su lengua, que era ya conocida en todas
ellas y usada con frecuencia por los hombres cultos, se impuso en seguida como
idioma universal. De esta suerte, el griego cedió su lugar en la Iglesia al latín,
el cual quedó en adelante como lengua litúrgica oficial.
Las Liturgias de Oriente usan desde muy antiguo, según
las regiones: el griego, el armenio, el sirio, el etíope y el eslavo, que son
las lenguas vulgares de esos mismos pueblos.
Paulo V concedió a los jesuitas establecidos en China el uso litúrgico
de la lengua del país; León XIII permitió el glagolito a los croatas y
montenegrinos, que lo venían usando hasta el año 1868; y Benedicto XV consintió
que la nueva República checoeslovaca lo empleara igualmente en ciertas
solemnidades y en determinados altares.
4. Ventajas del latín.
El uso del latín, como única
lengua litúrgica de Occidente, ofrece varias y muy apreciables ventajas,
contra algún pequeño inconveniente.
Las ventajas son:
-
1º) que contribuye poderosamente a
conservar la unidad de la fe;
-
2º) que facilita a los eclesiásticos de
todas las naciones y de todas las lenguas el desempeño, en cualquier
iglesia y país, de sus sagradas funciones; y
-
3º) que envuelve de cierto misterio y
majestad a los actos de culto.
Es bien obvio que la unidad y
universalidad del latín ha salvaguardado en la Iglesia Romana la unidad e inmutabilidad
de la fe, tanto como en las iglesias protestantes ha sido fuente de discordias y
discrepancias la adaptación periódica del Libro de Oraciones al lenguaje de la
época. Gracias a la lengua única, nuestra fe es proclamada siempre y
dondequiera con las mismas fórmulas, las cuales nos han sido transmitidas desde
los Apóstoles, de generación en generación. .
Gracias al latín, por otra parte, no existen propiamente, en la
Iglesia Romana, liturgia ni templos extranjeros, como tampoco sacerdotes ni
fieles advenedizos: todos nos sentimos dondequiera como en nuestra propia y
parroquial iglesia. Para la liturgia no hay patria chica ni dialectos ni celos
regionales. Todos somos hijos de una madre común, la Iglesia Romana, y todos
hablamos u oimos la misma lengua materna, que, es el latín.
La antigüedad y venerabilidad del latín y el ser hoy una lengua
muerta, contribuye, finalmente, a revestir los ritos litúrgicos de cierta
gravedad y misterioso misticismo, que los ponen al resguardo de la profanación
y sarcasmo de los burladores de la Iglesia. A la vista están los comentarios
picarescos que a veces provocan hoy ciertos cánticos y oraciones populares en
la boca de los maliciosos.
Contra estas indiscutibles ventajas sólo aducen los enemigos del
latín, casi todos protestantes o afines a ellos, un inconveniente de
bulto, a saber: que es ininteligible al común de los fieles. El
inconveniente es cierto, pero no tan grave como a primera vista parece.
No es tan grave como parece, por cuanto se ha remediado en gran
parte con las traducciónes y comentarios del Misal y del Breviario y de los
ritos más usuales de la Liturgia; y además, porque para orar bien, no es
absolutamente necesario -aunque sea muy conveniente- entender las fórmulas de
oración que se usan, ya que es la Iglesia el órgano oficial de la alabanza y
nosotros meros portavoces. Para bien orar, basta unir, a la adoración en espíritu
y en verdad, la pronunciación y la presencia materiales.
5. La pronunciación del latín.
Asegurada la unidad de la lengua
litúrgica por las grandes ventajas que reporta a la fe y a la piedad cristiana,
la Iglesia se preocupa, sobre todo en estos últimos tiempos, de uniformar en lo
posible hasta su pronuneiación, para que así reine una más perfecta
inteligencia entre los eclesiásticos de todos los países católicos. Y como no
es fácil precisar ahora cuál es la verdadera y clásica pronunciación latina,
la Iglesia ha manifestado deseos de que se adopte la romana, cuyas
características, por lo mismo, es necesario conocer.
En el latín se pronuncian todas las palabras, y nunca se acentúa
la última sílaba de las palabras. Las palabras de más de dos sílabas casi
siempre llevan señalado el acento, como en español.
Los diptongos ae, oe, se pronuncian e. Ejmplo: laetus, coelum, que
se leen: Letus, celum. Suelen ecribirse formando una sola letra.
C, delante de e y de i y de los diptongos ae,
oe, se pronuncia aproximadamente como tch. Ej.: pace patche, cibus=tchibus
coelum=tchelum. Al duplicarse la c, se duplica también la t. Ejemplo: ecce=ettche.
Ch se pronuncia k. Ej.: ohérubin=Kérubin, brachio=brakio.
Ge, gi no tienen sonido equivalente en español; equivalen
a dj francesas Ej.: ágimus=ádjimus, reges=redjes.
Gue, gui se pronuncian güe, güi. Ej.: pinguedo=pingüedo,
sanguis=sangüis.
Gn equivale exactamente a ñ. Ej.: agnus=añus.
H se pronuncia k en las palabras mihi, nihil y sus
derivados. Ej.: mihi=mik7ci.
J se pronuncia como y. Ej.: Jerusalem=Yerusalem,
jejúnium=yeyunium.
Ll suena como dos l. Ej.: ille=il-le,
alleluia=al-leluia.
Ph como f. Ej.: Joseph=Yosef,
philosophia=filosofía.
S, entre dos vocales suena algo más dulce que en español;
T, en medio de dicción y seguirla de i y de
otra vocal, se pronuncia ts, Ej.: laetitia=letitsia, gratia=gratsia. Pero
se conserva el sonido de t cuando está precedida de s o de x. Ej.:
ostium=ostium, mixtio=mixtio; y en las palabras Antiochia, y sus
derivados.
Sc Suena aroximadamente como ch francesa. Ej.: descendit=dechendit.
Xc se parece a kch francesas. Ej.: excelsis=ekchelsis.
Z al principio de la dicción, se pronuncia
ds, pero suavizando la s. Ej.: Zachaeus=Dsakeus; y en medio de
dicción, como ts. Ej.: N azareus=Natsareus.
Esta pronunciación romana del latín tiene, para
los de habla española, el ligero inconveniente de alterar los sonidos de
algunas palabras, cuyo significado, por su gran parecido con el español,
adivinan aún los que ignoran totalmente el latín. Así, por eiemplo,
pronunciando reges, pace, coelum, etc. a ]a española. no hay nadie que
no adivine su significado; mientras que pronunciándolas a la romana, el vulgo
en seguida se desorienta. Pero es éste un inconveniente tan insignificante, que
apenas merece tenerse en cuenta.
Algunos gramáticos meticulosos se resisten a pronunciar el latín
a la romana, pretextando que no es esa la verdadera pronunciación del lacio;
mas conviene recuerden que lo que, por ahora se pretende es tan solo la
unificación práctica de dicha pronunciación, no su restauración arqueológioa.
Mientras ésta no llegue, bueno y conveniente será fomentar aquélla,
siguiendo las directivas de Roma.
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