UN HOMBRE NO ES LO QUE COME, ES LO QUE LEE
Algunas reflexiones en torno al Código Da Vinci 

   Cuando un hombre habla, lo hace para ser escuchado, para  que  sus palabras llenas  de verdad, sean creídas por el otro, y esa es la esencia de la comunicación.  Aún en la ironía, si bien  quien habla utiliza un término con el significado de otro,  desea transmitir un mensaje inequívoco. Del mismo modo, sólo puede aprenderse algo de alguien, si se confieren a sus expresiones igual validez, en principio, que a las propias. Nadie pierde su tiempo intentando descifrar el ladrido de su perro, el ruido del subte o los desvaríos del delirante, por la sencilla razón de que no espera descubrir allí ninguna verdad, y de verdades se nutre nuestro intelecto. Es por eso, que aún en el singular proceso de comunicación que se establece entre un libro y su lector o entre un film y su espectador, se hace necesario el llamado “pacto ficcional”, es decir, un tácito acuerdo por el que consentimos prestar nuestra atención, en la medida que se nos diga algo significativo, algo con lo que en algún punto podamos identificarnos, algo, en definitiva, verosímil. La ausencia total de verdad hace imposible cualquier comunicación, como la ausencia total de luz, o mejor aún de luz y de ojos, hace imposible la visión.

   En este marco debe ser considerada la afirmación,  tan  reiterada, de que el Código Da Vinci es  sólo una Novela,  un relato ficticio cuyo  propósito, lejos de hacer historia,  es exclusivamente el inocente  esparcimiento. Me parece una ingenuidad no tener en cuenta que la ficción ha sido desde siempre un medio excelente para transmitir conocimiento o generar actitudes, para fortalecer lazos nacionales, o aún para desparramar corrosivas calumnias.[1]  

   El pacto ficcional que sostiene la lectura  Código  se apoya sobre tres puntos:

   Primero: la verosimilitud,  es decir que el texto en su conjunto parezca verdadero, o inspirado  en hechos reales.  La lectura hace difícil distinguir en el raudo entramado: la realidad histórica suficientemente documentada, de lo que a lo sumo son leyendas, dichos, o teorías interpretativas que, para decirlo con un eufemismo, constituyen   un sentido  homenaje a la imaginación. De este modo,  se cumple el requisito fundamental de toda buena  mentira: su apariencia de verdad.

   Segundo: la ignorancia casi absoluta del público al que la obra está dirigida, en materia de Historia, Historia del arte, Historia  de la Iglesia y de Teología. (no es ilógico pensar que para muchos será la primera y quizás única fuente de conocimiento sobre el tema). Este desconocimiento de las cuestiones tratadas  impide una lectura sanamente crítica.

   Tercero: la actitud básica de desconfianza del hombre de hoy  frente a las instituciones en general, y  a la Iglesia Católica en particular, esto último, fruto compartido quizás, de pecados  de los propios y campañas  de  ajenos. 

   Contra esto se argumentará, una vez más, que el Código Da Vinci es una novela, y las novelas, aunque puedan utilizar como fuente de inspiración  una cuestión histórica,  siguen siendo novelas, razón por la que se permiten una serie de libertades, ya que no están obligadas a trabajar sobre las fuentes siguiendo con rigor un método científico. Pero eso no obsta para que formen opinión, e impongan algunos tópicos, que si bien no son verdaderos, tienen, a veces, más fuerza y poder persuasivo que la propia verdad. Así por ejemplo:  Humpfrey Bogart  nunca dijo: “Play it again Sam”, Galileo no pronunció la famosa sentencia: “e pur si muove”, la expresión “dark ages” no nació para referirse a la Edad Media,  y sin una sola prueba que lo acredite, la novela El Vicario de  Rolf Hochhuth cubrió con la sospecha de colaboracionista nazi  a un hombre como  Pio XII, reivindicado hoy por los propios judíos.[2]           

   El Código da Vinci un caso paradigmático de nuestro tiempo, en  el que el derecho a la libertad de expresión del artista, de algún modo, entra en conflicto con el deber que tenemos los cristianos de defender la verdad, obligación tanto más urgente cuanto más sublime sea  la verdad falseada. Quizá sea necesario, en estos momentos en los que la libertad de prensa es un dogma,  meditar un poco sobre la relación entre las palabras,  la verdad y la responsabilidad, y que los creyentes recordemos las sentencias de Cristo: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”, y también que   el  nombre que le da al demonio es el de Padre de la mentira.

   Pero  frente a estos verdaderos ataques, a los que la ficción nos ha acostumbrado, (La última tentación de Cristo, Las hermanas de la Magdalena, La sonrisa de mi madre,  Dogma, Estigma, El Cuerpo, Priest, etc.) las respuestas suelen  llegar tarde,  no a todo el mundo y cometiendo, además,  el único  pecado que nuestro mundo no puede perdonar: son demasiado aburridas. Creo que hasta la falsedad en una apología resulta hoy, de buena gana  tolerable, si viene aderezada con anécdotas amenas,  imágenes emotivas, o  alguna escena picantita. Pero la verdad de los hechos, desnuda,  sin polémicas, sin espectacularidad,  eso, a veces, no interesa. Y así, no resulta infrecuente, observar cómo un hombre, que se llenó la boca perorando acerca de  los arcanos develados por el Código Da Vinci, no puede sufrir cinco minutos de una exposición sistemática y fundamentada que desmienta  sus falacias, sin presentar todos los síntomas de una inevitable muerte de tedio. No obstante, considero que tenemos la obligación de decir algo: qui potest capere capiat (el que pueda-quiera  entender que entienda).

   El enorme éxito editorial de este libro, 30 millones de copias, se explica por múltiples razones, que parecen resumirse en una:  el libro dice lo que hoy se quiere escuchar, y lo dice de un modo sencillo, accesible, sin belleza ninguna en el estilo, ni complejidad psicológica en sus  personajes, pero lo hace de un modo efectivo. Se sube además a la ola de un feminismo radical en expansión, y se   aprovecha de la simpatía que suelen despertar las teorías conspirativas, simpatía que quizás tenga que ver con ciertas reminiscencias infantiles inconscientes: descubrir un secreto plan macabro, hallar un tesoro,  o rescatar una princesa. Siempre resulta divertido creer que sabemos algo que todo el mundo ignora

   También, creo, contribuye a este suceso, un cierto revisionismo, que calificaría como resentido, que hurga en la historia con el exclusivo propósito de destruir la heroicidad de una gesta, o el prestigio de una Institución. Un revisionismo que se regodea descubriendo las oscuras motivaciones de la conducta  del prócer, vinculándolo a logias, ridiculizando las virtudes que encarnaba, sacando a la luz su oculta orientación sexual (esto es hoy lo preferido), y por qué no, cuando lo anterior resulta insuficiente, poniendo en duda, lisa y llanamente, su existencia. Baste con recordar las célebres: cuestión Homérica,  Cuestión Socrática, Cuestión del Cristo Histórico, etc. Es llamativa, en ese sentido,  la enorme atracción que despiertan, en los mediocres,  las páginas negras de la biografía de un gran hombre.

   Pero paradójicamente toda esta crítica histórica  de clara inspiración racionalista, está  acompañada del irracionalismo más burdo en todo lo referente a la vida espiritual. El Código Da Vinci suma, así,  su voz a un concierto en el que se impone lo esotérico, lo ecléctico, lo New Age, el barato orientalismo de autoyuda,  como sucedáneo de lo religioso, como un reemplazo bastardo de la fe verdadera. Se produce así una curiosa situación  en la que,  aquel que creyó rechazar por irracional la fe religiosa, en la que fue educado de niño, ahora, ya adulto, prefiere canalizar su  desarrollo espiritual, comprando pirámides de cristal, pensando en colores, aullando a la luna o por más inverosímil que suene: adorándo/se el útero como participación en el sagrado misterio de la vida.

   “...a distinguir  me paro las voces de los ecos”

   ¿No será  tiempo de volver a los clásicos?. El silencio de los grandes pensadores y poetas de la historia,   ha sido llenado por una multiplicidad de voces hueras, y hemos perdido la sensación de misterio, de profundidad, de una verdad que nos excede. Hemos aceptado como un destino trágico, los designios de una  cultura que nos impone un tratamiento superficial de los temas trascendentes, que nos obliga a la chatura. Pretender seriamente una  Historia del Cristianismo por Dan Brown, es como escuchar la celestial música de Bach ejecutada por un grupo de bailanta, o hacer una interpretación de la Historia de Occidente como una conspiración contra el Racing Club de Avellaneda (aunque esta hipótesis me parece, en algún caso, menos descabellada que algunas de las presentes en la obra).

   De los múltiples errores de todo tipo: históricos, teológicos, artísticos sólo trataré someramente los teológicos, por ser, obviamente,  los más importantes.  

   Algunos Errores Teológicos:  

  • 1.  Los primeros cristianos no creían en la divinidad de Cristo. Fue el  Emperador  Constantino, quien logró que el Concilio de Nicea aprobara esta tesis, y esto sucedió por un estrecho margen de votos.

Falso: desde el principio los cristianos aceptaron la divinidad de Cristo, razón por la cual estaban dispuestos a dar la vida como testimonio. Los mártires, porque reconocían que Jesús era Dios, y no un simple profeta, se negaban a adorar a las deidades paganas, y a ser asimilados como un culto más del paganismo.

   Los evangelios, que son, por lo menos 250 años anteriores al Concilio de Nicea, afirman decenas de veces la divinidad de Cristo, basten sólo como ejemplo: las palabras de Tomás a Jesús: “o KurioV mou, o QeoV mou” “Señor mío y Dios mío” en  Jn 20, 28. o también Rom. 9,5. Tito 2, 13. 2ª Pedro 1,1. etc.

   Pero además de los evangelios, con anterioridad al citado Concilio, reconocen explícitamente a Cristo como Verdadero Dios, los siguientes autores: San Ignacio de Antioquia (35-107 d/C) en  Carta a los Efesios, San Justino (100-165 d/C) en  Diálogo con Trifón,  San Ireneo de Lyon (130-200 d/C) en   Contra los Herejes, San Clemente (190-240 d/C) en  Exhortación a los Griegos, Orígenes (185-254 d/C) en  Las doctrinas fundamentales.

   Dentro de las fuentes  no cristianas, la referencia más explícita es una carta de Plinio (el joven), gobernador de Bitinia, a Trajano escrita en el año 112, en la que pide instrucciones acerca de qué hacer con esta nueva secta que venera a Cristo como a un Dios.

   Por otra parte, considerando el Concilio de Nicea (mayo/junio del año 325), resulta inverosímil pensar que Constantino torciera el juicio de todo el Pueblo Cristiano, y de  los Padres Conciliares (muchos de los cuales habían sido perseguidos, encarcelados y torturados por sostener precisamente que Cristo es Dios) en un punto tan esencial a la fe. Y  el estrecho margen, al que refiere Brown, por el que fue aprobado el Credo,  fue en realidad 316 votos sobre un total de 318, algo así como el 99,37 %.

  • 2.  Jesús tuvo como compañera sexual a María Magdalena; sus hijos, portadores de su sangre, son el santo Grial, y fundadores de la dinastía Merovingia en Francia (y antepasados de la protagonista de la novela).

   Falso: no hay indicio alguno en los evangelios canónicos ni apócrifos, que permita sostener esto. Es sumamente improbable, que quien impuso a sus seguidores la necesidad de dejar todo, familia incluida, no  cumpliera, primero él mismo, esta difícil demanda. Ningún autor de los primeros siglos hace mención de mujer o hijos de Jesucristo.

   La fuente en la que se apoya esta afirmación del Código Da Vinci es un texto gnóstico tardío El Evangelio de Tomás, pero bajo una interpretación falsa y anacrónica, que pretende vincularlo a una preeminencia de lo sagrado-femenino y a ciertos ritos de fertilidad. Todo esto es incompatible con la filosofía gnóstica, pero lo que es peor,  es negado por versículos de ese mismo Evangelio apócrifo, que sugieren un explícito menosprecio de la materia, del cuerpo, de la generación por vía  biológica, y de la mujer: “porque cada mujer que se haga varón entrará en el reino de los cielos”[3].

   Por último, la primera mención del Santo Grial, palabra de origen incierto, no se encuentra en el cristianismo primitivo, sino que es una invención medieval relativa a la recuperación de los Lugares Santos  por  las Cruzadas. Este tema inspiró la famosa Ópera   Parsifal de  Wagner.   

  • 3.  Jesús y María Magdalena representan una dualidad divina femenino-masculina. Los primeros cristianos adoraban a “lo sagrado femenino”, adoración que se representa artísticamente en las Catedrales edificadas por los Templarios con su forma “que semeja los órganos femeninos” (sic). Adoración  que fue continuada por la orden secreta del Priorato de Sión, a la que perteneció Leonardo Da Vinci y que está simbólicamente representada en el cuadro La última cena..

   Falso: la dualidad divina, que alude a dos entidades o principios espirituales y no sexuales, es una invención gnóstica, absolutamente  incompatible desde el principio con el monoteísmo de los primeros los cristianos.

   Con respecto a la adoración de “la diosa” o lo sagrado-femenino por parte de los primeros cristianos, no existen fuentes que lo prueben.

   La forma rectangular de las Catedrales, lejos de la aventurada hipótesis de Brown, está tomada de los templos y  edificios públicos de los romanos, que no fueron precisamente muy feministas.

   Por otra parte, en el cuadro de Leonardo, no aparece el supuesto cáliz de Cristo, porque la imagen  retrata el texto de Juan en el que no se narra la institución de la Eucaristía, sino el momento en que Jesús dice: “uno de vosotros me va a traicionar”, y esto causa conmoción,  miradas y murmullo entre ellos. Es cierto, que la figura  cercana a Jesús tiene rasgos un poco suaves, (aspecto que comparten muchos otros  jóvenes dibujados por Leonardo),  pero ¿puede deducirse de esto que sea la Magdalena? ¿Y  si lo fuera, cuál de los apóstoles falta?.  

  • 4.  La Iglesia llevada por una tendencia machista, persiguió a los pacíficos adoradores de lo femenino, y destruyó 80 evangelios conservando sólo los cuatro que le resultaron funcionales.  

   Falso: Respecto de esta persecución de los adoradores cristianos de lo femenino, debe probarse primero que tal culto haya de hecho existido, en segundo lugar,  el dato de 80 evangelios se refiere sin dar una sola fuente verídica. Por el contrario, ya San Ireneo en el siglo II refiere a los cuatro evangelios, tal  como nosotros los conocemos. Es bueno recordar que hay muchas más copias, y  siglos más cercanas a su original, de los evangelios,  que de la mayoría de los textos clásicos de la Antigüedad.   

   Conclusión:  

   ¿Vale la pena leer el Código Da Vinci? Sí, si uno sabe lo que va a buscar, y no espera encontrarse con un buen libro.

   ¿Qué es un buen libro? Aquel  que se elige  con esmero, como a los  amigos dilectos, de los que se espera aprender algo, y de los que simplemente se aprende sin haberlo esperado. Criterios, los de siempre: libros que admitan múltiples relecturas, que susciten  resonancias de la verdad en el alma, libros cuya belleza de imágenes crea climas en nuestro interior, libros con cuyos personajes nos gustaría pasar  largo rato conversando. Todo esto, porque si bien el saber no ocupa lugar,  ocupa, sí, tiempo, y el tiempo no es oro, es vida. Libros valiosos cuyas frases llenas de sentido  calan hondo en el alma, y no libros vacuos,  porque la palabra sin verdad ni belleza es como un Verbo sin Dios, una realidad prostituída.

   Un hombre, a diferencia de la tesis de Feuerbach, no es lo que come, sino lo que ama, y eso depende de lo que conoce, de lo que piensa,  realidades ambas  que,  en mayor o menor medida, se  forman en la lectura.  

Mariano Asla


NOTAS
  • [1] Resulta interesante recordar la referencia que en la Apología de Sócrates, se hace de la comedia Las Nubes de Aristófanes, como uno de los factores que contribuye a dificultar la defensa de la verdad de los hechos.

  • [2] DALIN DAVID, The mith of Hitler’s Pope. Regnery Publishing inc. 2005.

  • [3] Evangelio de Tomás 1, 114.

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