El Autor
Roberto Campisi
Sus Obras
Momentos
Poesía S.A.
Visiones
Haga su Pedido
Contactos
Libro de Visita
Envíe su Obra
Añadir Sitio a Favoritos
Foros
Chat Cultural
Encuestas
Reflexiones
Cartas de Amor
Recomiende el Sito a Amigos
Concursos
Servicios
Recomendados
Traductor
Envíos de Postales
Cancionero
Información General
Librería Digital
Entretenimientos
Ir a Página Principal
ROBERTO CAMPISI
Le cuento sobre mi
HOLA, QUE TAL ...? Creo que lo más aconsejable en estos casos es presentarme ante el lector. Deseo que éste conozca primero al hombre, antes de enfrentarse al escritor, a sus visiones y a su particular modo de ver las cosas. Soy un taxista de la Ciudad de Buenos Aires que ha tomado la decisión de contarle a la gente aquello que ha visto, sentido y vivido en su cotidiano girar por las calles de esa gran aldea. Estos cuadernillos son el resultado de meses de trabajo, en el que volqué toda una experiencia de vida, recogida dentro y fuera del habitáculo de mi automóvil. En cada una de sus páginas encontrará la opinión de un ser anónimo, que tal vez lo represente a usted y a tantos otros como usted. No me considero un especialista en otra cosa que no sea la conducción de un auto de alquiler, junto al conocimiento del reglamento de tránsito y la ubicación de las calles con sus respectivos baches; sin embargo, pienso que a esta altura del partido, luego de cuarenta y tres años de caminos transitados, me asiste el derecho de hablar, describir, recordar, protestar y sacar mis propias conclusiones sobre lo que se me antoje. Quienes manejan un taxi, como lo hago yo, disponen de mucho tiempo para pensar, razonar, discernir, comparar y formar una opinión de aquellos temas que inciden sobre nosotros, que me pareció injusto no plasmarlo en hojas de papel para compartirlos con la gente, aunque alguien piense que uno no tiene la suficiente autoridad para hacerlo. Confieso que siempre tuve ganas de escribir, a pesar de mi falta de práctica y de mis errores ortográficos; quizás por lo que uno ha tenido adentro para compartir y debatir o por esa vocación que en esta etapa de mi vida fue creciendo con una intensidad enorme y que se tradujo en el deseo de contar historias, de escribir poemas, narrar cuentos y que por un motivo u otro, siempre ha quedado trunco. Lo cierto es que me he transformado, casi de inmediato, en un escritor o un escribiente, no lo sé; pero le aseguro que me gusta lo que hago, porque frente a una hoja en blanco y con una lapicera en la mano, me siento el hombre más libre del mundo. TODOS TENEMOS UNA HISTORIA Comienzo esta particular radiografía diciéndole que soy el menor de dos hijos varones de una familia de inmigrantes italianos, que promediando el siglo pasado se lanzaron a la aventura de conquistar América. Llegaron a esta bendita Argentina como tantos otros, con un cargamento de sueños, necesidades y nostalgias. Cada uno de ellos por su lado, se insertaron en una sociedad que años atrás había recibido a parte de la parentela, que transformada en avanzada, fue generando las condiciones sociales y laborales, para que otros de su misma sangre llegaran a estas tierras, escapándoles a la guerra. Doña Inmaculada y Don Fernando, si bien ya se habían conocido en Italia, fueron novios y se casaron aquí, por supuesto, presentación de paisanos mediante. Ellos vivieron en un conventillo que mis tíos habían comprado en el barrio de Parque Patricios; más precisamente en la calle Juan Carlos Gómez 60. Allí fue donde nací y viví durante veintitrés años, cobijado por dos frías piezas con pisos de madera, que cubrían un húmedo y mugriento sótano. En su pequeña cocina, que daba a un diminuto patio, sacié mi apetito y comencé a conocer la soledad. Fue allí donde mi madre me lavaba la cabeza en una viejo tacho de cinc y me bañaba en otro más grande, regado por la tibia agua de una cacerola que caía como una catarata sobre mi cabeza, empapando el vetusto piso de mosaico, ya gastado de tanto caminarlo. Recuerdo aquel baño emplazado en el medio del gran patio, que era usado por todos los inquilinos y que ostentaba un inodoro turco al que odiaba. La escupidera de losa que habitaba debajo de la cama, fue durante años mi salvación, aún en escatológicos momentos de necesidad, vividos en mi adolescencia. La casa albergaba a una pintoresca fauna de gente. Por su vieja puerta cancel pasaron obreros y borrachos, niños descalzos y mujeres abnegadas. Crecí y jugué en aquel pasillo, con sus canaletas y sus casillas de madera que dibujaban aquel paisaje, que veíamos hasta el cansancio en cada una de las viejas casonas del barrio. Junto a las sogas repletas de ropa tendida y al griterío de los chicos que aturdían las tardes de los sábados, di mis primeros pasos. Soy el segundo intento de mi madre por regalarle un hermano a su hijo, Antonio Gerardo, cuatro años mayor que yo, luego que perdiera un embarazo avanzado, producto de un susto, al incendiarse las instalaciones del Club Atlético Barracas Central, que daban al fondo de nuestra casa. Todo ha sido por ese entonces muy sacrificado para ellos. Mi viejo, que era sastre de la Marina y poseedor de un carácter muy fuerte, trabajaba en casa dieciocho horas por día. Al despertar, lo veía parado tras el mostrador y al acostarme, todavía estaba planchando o cociendo, escuchando la vieja radio a válvula, que lucía imponente en un rincón de la pieza, con su brillante armazón de madera. Recuerdo que se enojaba mucho conmigo cuando le maldecía su trabajo y le reprochaba esa esclavitud que aceptaba soportar, luego de tantas horas con una aguja en la mano, mientras su vista se hacía añicos. Pero mi padre nunca aflojaba, jamás lo hizo, ni aún cuando casi se muere víctima de una trombosis cerebral, que lo dejó sordo de un oído, en épocas en las que yo cursaba el colegio primario. Con su dedal y su hilo, acompañado por mi madre, que siempre le ayudaba a coser, logró educarnos, pagar nuestros estudios, el alimento de la casa y como si esto fuera poco, darnos su ejemplo de trabajo y honestidad. Mi mamá resultó ser diferente; ella siempre fue débil, aunque mostraba una fortaleza exterior poco creíble. Mujer de fácil llanto, una gran compañera de mi padre y un ser muy cariñoso con sus hijos. Nos daba los mimos que papá, tal vez por esa dureza que tuvieron aquellos europeos que vinieron de la guerra, siempre nos escatimó. La vieja nunca tuvo una opinión propia y se manejaba por lo que decía, hacía, sugería u ordenaba su marido, que como todo tano chapado a la antigua, era machista, pero protector y un gran custodio de los suyos. Lamentablemente no conocí a mis abuelos y quizás de ellos hubiese tenido esa cuota de afecto, diferente a la que te pueden dar tus progenitores y que un niño necesita. Siempre me sentí muy sobre protegido por ellos, casi asfixiado y esta suerte de martirio se proyectó a lo largo de los años, cuando ya de grande y siendo aún soltero, convivía en una casa paterna repleta de preguntas, permisos, justificativos, reproches y subestimación. No sé, pero a lo largo del tiempo me he dado cuenta que mis padres depositaron sobre mi hermano, mucha más expectativa y confianza, de la que han puesto en mí. En ocasiones me he sentido descalificado y poco reconocido, aunque en circunstancias muy particulares, mi madre resaltaba ante los demás, con un prefabricado orgullo, algunos atributos que yo poseía, pero que ella íntimamente no creía. Hasta mis veintitrés años vivimos con mis tíos en el viejo conventillo, que fue cambiando su forma a medida que se iba quedando sin inquilinos. Junto a Doña Cata, que era hermana de mi mamá y su marido, Don Pablo, que era zapatero y tenía un local que daba a la calle, conformamos la típica familia italiana. Si bien nos reuníamos todos juntos en la gran mesa sólo para festejar cumpleaños o jornadas especiales, como Navidad o el día de la madre, siempre estabamos unidos y pendientes los unos de los otros. Mis primos, María y Antonio, eran algo así como mis hermanos mayores y con ellos compartí toda mi infancia y mi adolescencia. Estoy en condiciones de afirmar que era un niño feliz, a pesar de mi soledad y de las limitaciones económicas por las que transitábamos; quizás me haya favorecido la desinformación que en ese entonces padecíamos. No teníamos televisión, no me generaban necesidades y desconocía por completo el estilo de vida de un chico rico. No me quitaba el sueño el hecho de que alguien tenga un juguete mejor que el de uno o que su padre cuente con más dinero que el mío y acceso a muchas otras cosas de las que he tenido o hayan poseído mis escasos amiguitos del barrio. Allá por el año 1983 mi casa en nada se parecía a aquel viejo aguantadero de laburantes y borrachos. Aunque seguíamos habitando las frías pieza de alto, con su húmedo sótano, en donde yacía el mostrador de mi padre y mi dura cama de una plaza, notábamos que nuestro estilo de vida era distinto El amplio patio, ya pintado y con macetas, cobijaban por ese entonces solamente a dos familias, la mía y la de mis tíos, que envejecían entre remiendos, pintores y albañiles. Ese era mi sitio, por allí transitaron mis años de colegial, con mi delantal blanco, presto para salir de la mano de mi madre rumbo al colegio Félix Fernando Bernasconi, que estaba muy cerca de casa, por cuanto el camino lo hacíamos caminando de ida y de vuelta. Allí también viví mis años de estudiante secundario, que cursé en el Fray Luis Beltran del barrio de Barracas, al que también acudía caminando, pero esta vez, para ahorrar los pocos centavos del viaje, que me permitían comprar algunos paquetes de figuritas. Esa vieja casa me vio vestido de colimba, fue testigo del llanto de mi madre, de las peleas con mi padre, de las riñas que yo tenía con mi hermano, de mi primer amor con una tal Teresa, de mi hipocondría y de tantas cosas más, como mi miedo a la oscuridad o los solitarios juegos en el patio, hablando en voz alta conmigo mismo. Cobijó además a mis amigos del barrio, en cumpleaños a pura pizza, regados con gaseosas que sólo en esas fechas adornaban mi mesa, en donde el vino común con soda era la bebida obligada para todos, incluso para los más jóvenes. Ya en el servicio militar conocí a la que fuera mi primera mujer, Nora; allí mi vida comienza a cambiar. Dejé de ser ingenuo e infantil, pero vestido con ese disfraz de irresponsable que no me he podido sacar hasta el día de hoy. Recuerdo que a mi madre nunca le gustó esa chica; ella quería otra cosa, pero a mi me agradaba, aunque pienso que no la llegué a querer lo suficiente. Toda nuestra relación se tiño de pasión y ésta se prolongó a lo largo de los ocho años que duró nuestro noviazgo, favorecido por la falta de experiencia que había tenido anteriormente con las mujeres y esa cosa que sentimos los hombres en el despertar de nuestra vida sexual, cuando tenemos al lado a alguien que alimenta nuestra imaginación. Tal vez el poco atractivo que tenía por ese entonces, la falta de recursos para la conquista o mi propia inseguridad, me aferraron a ella en una relación perpetua que se fue haciendo costumbre con el correr de los años. La inmadurez y la inconsciencia reinaron sobre nosotros en gran parte del noviazgo, a tal punto de no querer cortar nuestra relación porque ya habíamos comprado todo para el casamiento. Considerábamos por ese entones, un acto de locura dar marcha atrás, cuando faltaba muy poco para que llegue la fecha de nuestro enlace. A partir de allí veo que todo se sucede rápidamente. Cuando somos chicos observamos que nuestros dieciocho años tardan en llegar, pero cuando traspasamos esa edad, el tiempo pasa sin piedad sobre nuestras vidas. Lamentablemente no he podido, al día de hoy, cosechar demasiados amigos, tal vez por mi forma de ser individualista, mi egoísmo y mi desconfianza; tampoco he tenido muchos enemigos. Ya me había recibido de técnico mecánico, pero no tenía un trabajo fijo; por temporadas lo buscaba sin quererlo encontrar, porque estaba cómodo en la posición de mantenido de mis viejos. Por otra parte, hubo momentos que me la pasaba de changa en changa, estudiando por mi cuenta carreras que no me servían para nada y en ocasiones, perseguía objetivos irrealizables o emprendimientos sin ningún futuro. Nunca fui un tipo con buen gusto para vestir, ni tampoco tuve mucha plata para hacerlo. A lo largo de mi infancia y de la propia adolescencia, recibí permanentemente la ropa que dejaba de usar mi hermano, con la consiguiente crisis de personalidad que eso causaba en mi. Siempre estuve disconforme con mi look; cuando se usaba el pelo largo, yo lo usaba corto y viceversa. Nunca me caractericé por estar a la moda, odiaba ir a la peluquería y permanentemente desentonaba. De chico era orejón y mis amigos me cargaban; ese ataque se hizo más insoportable cuando cursaba el secundario, en épocas que debíamos estar impecables para gustar a las mujeres, lo que provocó en mí una gran dosis de inseguridad. Recuerdo que en los bailes planchaba y hasta una noche no me dejaron entrar a una disco, quizás por mi desastrosa combinación de colores. Tampoco tuve un gran éxito como deportista; de pibe me la pasaba jugando a la pelota en el Parque Ameghino, destacándome como arquero, pero cuando quería animarme a jugar arriba fui un verdadero desastre. Además poseía escasa capacidad aeróbica y me cansaba a poco de empezar a correr, a pesar de no haber fumado nunca. En un tiempo probé suerte en las divisiones inferiores de Barracas Central y sólo jugué como suplente una fría mañana de domingo, en la Ciudad de Berisso frente a Villa San Carlos. Ese día, entré en el segundo tiempo, perdíamos uno a cero y terminamos ganando dos a uno; recuerdo que corrí y corrí, pero la pelota nunca estuvo en mis pies. Finalmente, mi miedo al agua impidió que disfrute piletas en verano y de la propia piscina del colegio en épocas de estudio, tal vez por el trauma que guardo en mi subconsciente de aquella tarde en una quinta de Sarandí, cuando casi nos ahogamos junto a mi madre. De pibe tuve muy pocas novias; se puede decir que siempre salí con aquellas que me daban bola. Tal es así que las mujeres bonitas o las que me gustaban fueron de otros. He sido toda mi vida un romántico sin remedio, un hombre enamorado del amor, un ingenuo soñador que al salir con alguna señorita, hacía abstracción del sexo y de la pasión; todo en mí era platónico y me costaba excitarme con una dama al lado, tal vez por el miedo al rechazo, producto de mi baja auto estima. Mi debut sexual fue junto un compañero de la colimba en una casilla que funcionaba como prostíbulo en la isla Maciel; lugar que frecuentaban casi todos los adolescentes en esa época. Reincidí luego de haberlo visitado un par de años atrás, en donde después de pagarle a una agraciada mujer, mi pene no funcionó. Cuando finalizaba el ’83 nos mudamos, junto a mis tíos y por iniciativa de su hijo Antonio, a una casa más chica en Floresta, allá por Gualeguaychú y Juan B. Justo. A mis viejos le asignaron unas piezas construidas en la terraza, en donde nos moríamos de calor en verano y de frío en invierno; el nuevo asentamiento poseía un cuarto más chico para que mi padre ponga su mostrador y siga trabajando. Pero la vida suele pegarnos duro; a los treinta y ocho años fallece mi primo, dejando dos niños pequeños y un dolor por su ausencia, que al día de hoy no he podido asimilar. A partir de allí, la familia comienza a deshilacharse; mi prima María se junta con un hombre que empieza a sembrar odio y a separar a mi mamá de mi tía Cata, que durante años estuvieron unidas. La presión para que abandonáramos la casa era tan fuerte, como débil resultó ser la autoridad de mis tíos para defendernos. Cada día, cada semana, cada mes que pasaba, era un verdadero suplicio para mis viejos, que tuvieron que aguantar insultos y el desprecio de su propia sobrina, que para ese entonces había dado a luz a su hijo Cristian. A los veintiocho años al fin me caso con Nora, armando un matrimonio que duró un suspiro, tan sólo seis meses. Seis meses de dura convivencia en aquel departamento alquilado en el barrio de Boedo; seis meses que dieron paso a más de un año de juicios, que involucraron a ella obviamente y a mi propio abogado, que accionara contra mí por un tema de honorarios no abonados. Pero todo tiene una conclusión y en mi caso fue el divorcio vincular, junto al desenlace de un ciclo y de una pesadilla. Nuevamente recurrí a mis padres para que me acojan en su casa, pero esta vez con muchos muebles a cuestas, que mi tía, en un acto de generosidad suprema me dejó guardar. A partir de allí retomé mi soltería y comencé a hacer cosas que en mis ocho años de noviazgo no había hecho. Empecé a salir de noche, divertirme, tomar sol y hasta trabajar sin las presiones que tiene todo hombre casado, sabiendo que el sueldo que ganaba era todo para mí; en casa de mis padres nunca aporté un peso y ellos nunca me presionaron para que lo haga. Salí con muchas mujeres en un espacio corto de tiempo, las que conocía en bailes de solas y solos; sitios donde concurrían separadas o solteronas en busca de un buen candidato. Me sentía importante y todo un galán, porque a los treinta años ya las damas me aceptaban. No tenía orejas grandes y mi rostro poco atractivo, que en mi infancia fue motivo de discriminación por las niñas, resultaba interesante para aquellas señoritas que se debatían en la soledad de la noche. A eso hay que sumarle una verborragia, que con el correr del tiempo y de la práctica, iba jugando a mi favor, cuando lo que perseguía era la conquista. En un boliche llamado Algo para Recordar y en una de esas noches, conocí a mi segunda esposa, Liliana. Sin dudas resultó ser una bocanada de aire fresco en mi vida; una compañera que estuvo conmigo en todo momento, fundamentalmente en cuestiones que tuvieron que ver con aquellos problemas judiciales, que soporté al terminar mi primer matrimonio. Hija mayor de una familia de gallegos asentados en la ciudad de Morón y con una profunda convicción católica, peleó contra los suyos para que aceptaran mi condición de separado. A los dos años de habernos conocido nos juntamos; alquilamos un departamento en Floresta, muy cerca de la casa de mis padres y vivimos allí dos años, hasta que allá por el ’90 nació Matías, mi primer retoño. Nuevamente la desgracia nos invade; muere mi tío Pablo, al que tiempo atrás le habían amputado una pierna producto de su diabetes. El pobre falleció sin haber conocido a mi niño y siendo testigo de la decadencia de una familia, la que había apuntalado y defendido durante años.. Antes que venciera el alquiler de nuestro departamento, obtuvimos unos pesos, producto del retiro voluntario que mi esposa consiguiera del Banco Nación, lugar en el que había trabajado durante diez años. De esa forma pudimos tener nuestro propio techo; un dúplex maltrecho que tuve que acondicionar en cuatro meses, claro está, en Morón, cerca de la casa de mis suegros. A lo largo de doce años lo fuimos adaptándo a nuestro gusto, haciéndolo funcional. Pero la crisis provocó que las averías del confort que habíamos conseguido, no pudieran ser reparadas; las comodidades y lujos no lograron ser mantenidos, haciendo caer un estilo de vida que por una década hemos tratado de sostener. Es en esa casa donde nacieron mis dos hijas, Romina y Florencia,en el ’92 y en el 2000, respectivamente. Cuando llegamos al año 1993, mi hermano ayuda a mis padres para que viajen a Italia y de esta forma visiten a sus paisanos y parientes. La permanencia de ellos en Europa fue de un año; durante todo ese tiempo, le administraba sus asuntos, pagando impuestos y cobrando jubilaciones. Confieso que los he extrañado mucho, pero mi mujer y mis hijos actuaron de contención, llenándo mis días con compañía y afecto. Al llegar nuevamente a la Argentina, mi papá y mi mamá abandonan la conflictiva casa de Floresta y se mudan a un departamento, que los suegros de mi hermano tenían deshabitado en el barrio de Flores. Luego de un tiempo, esa vivienda fue comprada por Gerardo y cedida a mis viejos para que puedan vivir tranquilos y por primera vez en sus vidas, solos bajo un mismo techo, sin parientes a la vista. Mi situación laboral ha tenido vaivenes desde que ingresé a su mercado en el ’79, luego de terminar la conscripción. De las changas por dos mangos en boliches de medio pelo a empleos en empresas familiares, sin un futuro que me permitiera desarrollarme laboral y humanamente; pasando por proyectos personales que me insumieron años, dinero, expectativas y discusiones con mi mujer y los suyos. Lo cierto es que desde que me casé con Liliana, nunca pude mantener a mi familia. Una historia que es la de muchos padres de hogares argentinos, que sorprendidos por la desocupación, deben ser mantenidos por su esposa, sus viejos o sus suegros. En este sentido pongo el ejemplo de mi madre, que durante años viajó de Flores a Morón para cuidar a mis hijos, cargada con pesadas bolsas de comida, que con gran esfuerzo nos compraba, mientras mi señora y yo intentábamos ganarnos el mango. Sin dudas esta circunstancia que se prolongó por meses, me ha bajado la autoestima, llegándome a desesperar. Tuve que soportar las críticas de parientes, vecinos y amigos de mi cónyuge, que al verme llevando a los chicos al colegio, limpiando habitaciones, haciendo la comida y trámites de todo tipo, presionaron indirectamente para que me encuentre un trabajo mejor o salga de mi casa. En ocasiones me tildaron de vago, sin tener un real conocimiento que en mi hogar tuvimos que ejecutar un cambio de roles forzosamente, entre Liliana, que es contadora y yo, que la jugué de gerente de familia por mucho tiempo. Aturdido de consejos y opiniones, de observar o padecer las exitosas experiencias laborales de otros y de concurrir a terapias individuales y de pareja, decidí comprarme un taxi. No fue nada fácil ponerme a trabajar en algo por lo que no había estudiado; lo cierto es que luego de tres años de arduo trabajo, mi auto de alquiler no me dio más que gastos, al tiempo que las ganancias ni siquiera me permitieron pagar lo que el vehículo consumía. Un buen día, limpiando una pieza de mi casa, que en otra época sirvió de oficina, encuentro unas cursis poesías que había escrito cuando era niño y que mi madre había atesorado. No se porqué motivo las tenía guardadas, pero ciertamente fueron el detonante para que comenzara a escribir nuevamente. A partir de allí me entregué por completo a la escritura; primero poemas románticos, luego estrofas más comprometidas con la sociedad que me rodea. Al comienzo fueron escritos aislados, luego los fui ordenando, hasta llegar a juntar material para editar por lo menos dos libros. Escribía detenido en los semáforos, en las mesas de café, en los ratos libres y en aquellos momentos de paz que uno suele tener de tanto en tanto en su casa, cuando los niños duermen. Todos tenemos una historia y debemos asumirla, tratando de aprender de nuestros errores, con el sólo fin de ser mejores tipos día a día. Esta fué la mía, espero no haberlo aburrido.
Menú del Autor
Le cuento sobre mi ...?
Editorial
Corresponsalía
Proyectos
robertocampisi@yahoo.com.ar