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Roberto Campisi
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VISIONES
Mi País, que gran País
Una visión cruda de la Argentina de hoy, narrada con absoluta libertad y sin compromisos. Veamos algunos párrafos sobresalientes.
UN PAIS LLAMADO ARGENTINA La hinchada futbolera exclama con pasión, “si, si, señores, soy de Argentina.......si, si, señores, de corazón.”, mientras enarbola la celeste y blanca, que se mezcla con los colores del cielo, en una jornada marcada por el triunfo y el orgullo. Pues bien, yo también soy de Argentina o mejor dicho, soy argentino; aunque no sé si sentirme vanidoso o avergonzado por ello. Me pregunto si debo agradecerles a mis padres por parirme en este bendito suelo o pasarles factura por no haberme concebido en otras tierras, menos conflictivas que ésta. Lo cierto es que nací aquí y desde pequeño, tanto el colegio como los medios, me fueron vistiendo con un disfraz de patriotismo, que con el correr de los años me fue quedando chico. Entre himnos, banderas y escarapelas, fui creciendo, al tiempo que observaba las increíbles aventuras, desventuras y ejemplos de mis próceres, que sólo veía en el bronce y en las hojas de los libros de historia de un tal Ibáñez. Para mí la Argentina no fue sólo fútbol, trapos y camisetas; era desfile militar, mapa, tango, barrio y cuna. No resultó ser un nombre, sino un apellido; un galardón que ostentaba en mi pecho, sin haber ganado absolutamente nada. SIMPLEMENTE UN MAPA Recuerdo que cuando era estudiante, me costaba mucho dibujar el mapa de la Argentina, armar sus contornos e identificar sus provincias. Para mí sólo era una carta, simplemente una tarea; desconocía lo que había más allá del simple trazado, en su interior, en su proyección a lo humano. Cursando geografía aprendí algo más, pero no era suficiente; los conceptos se mezclaban y los tiempos también. De pronto un Indio Ona habitaba en mi mente y en mis necesidades de una buena nota, junto a la producción vitivinícola de la Provincia de Mendoza, la tabla del nueve o los bellos ojos de mi maestra. Mi tierra es un largo vientre en el que se posan llanuras, montañas, bosques y mares; todos ellos acariciados por los cuatros climas, de los que tanto nos enorgullecemos. Una costa fría y ventosa nos cobija en veranos de tobillos mojados, matizando tediosas tardes de vacaciones frente al mar, con mate, libros, voley, tejo, paleta, amores estivales, vengativos pensamientos hacia aquellos compañeros de trabajo que se quedaron o preocupaciones por lo que nos espera al volver. SUEÑOS DE SOCIEDAD No se porqué motivo no aceptamos a aquel que es diferente, tratándolo de destruir, en el peor de los casos. Pienso que no hay nada que moleste más a un argentino, que ver a un compatriota progresando frente a su casa o gozando de un estilo de vida distinto al de él. Creo que mucha gente no soporta ver la decadencia de aquel que habita del otro lado de la medianera, haciéndole asco a sus costumbres, a sus gustos y a su particular idioma. Relatos sobre héroes y villanos de acuerdo al cristal con que se lo mire, han invadido por décadas libros de texto, publicaciones y espacio en los medios. Por momentos el Che Guevara o Don Juan Manuel de Rosas eran los tipos más nefastos de todos los tiempos y de pronto, como por arte de magia, resultaron ser libertadores y restauradores, respectivamente. Iglesias, templos y actividades religiosas de todo tipo, que involucran a sacerdotes católicos, pastores evangelistas u obispos de la llamada iglesia electrónica, pululan en todo el país. Cada región, ciudad o barrio posee su virgen y su santo. Procesiones, caminatas, actos de fe y encuentros espirituales, llenan un año religioso, que tiene a la Navidad como fiesta de encuentro familiar y a Semana Santa, junto a Pascuas, como un feriado turístico. Los mitos y personajes milagreros no faltan; Gilda, Rodrigo, La Difunta Correa, La Madre María o el Gauchito Gil, también adornan las estampitas de los creyentes. Pero este país tiene un lado vulgar, berreta, sin excelencia, casi decadente; una verdadera cultura que como una nube de humo invade a gran parte de la sociedad. Una combinación siniestra que embrutece al pueblo y que se expande rápidamente, lo que hace que nos vaya a costar muchos años poder salir de este denigrante pozo. La ola de mediocridad invade a la música popular, a muchos programas de televisión y a sus personajes, al periodismo gráfico y a otros sectores. También en el diario vivir, he notado como la gente se deja llevar por idiomas, modismos y costumbres, que nacen de la falta de educación, de respeto y de principios. Sin dudas, un tema delicado y alarmante, que subestima valores, inteligencias y libertades. LA TIERRA BAJO SU ALFOMBRA La Argentina tiene miserias que esconde bajo su alfombra; hechos, situaciones, conductas y circunstancias que forman un gran lunar en nuestra sociedad. La segregación es una de ellas; el desprecio a determinados grupos étnicos o el maltrato y la indiferencia a los que tienen un color de piel distinto o capacidad física diferente, son puntos que todavía no han quedado resueltos. Es alarmante la ignorancia que poseemos sobre nuestra cultura indígena y todo lo que tiene que ver con los antepasados que habitaron estas tierras. También las disputas entre porteños y provincianos o las rivalidades regionales se convirtieron en las gotas que colmaron el vaso. Al mismo tiempo, somos víctimas de la violencia urbana, ya sea por la falta de controles, de vigilancia o por la poca rigidez de nuestras leyes, que terminan conduciéndonos a un abismo de impunidad. La carencia de seguridad jurídica, junto a la inestabilidad política y económica, nos están llevando a perder el sueño o a vivir en una eterna pesadilla. ORDENANDO EL DESORDEN La Argentina siempre ha contado con una administración deficiente en todos los ámbitos; ya sea en política, en economía o en aspectos que tienen que ver con la gestión de la justicia, fuimos convirtiéndonos en una Nación inestable, improvisada, corrupta y poco fiable. Políticamente, hemos basculado de partido en partido, de militares a civiles, de izquierda a derecha, pero manteniendo una constante falta de ética y de coherencia a lo largo de los años. Actores pocos creíbles, retóricamente inaguantables, traidores de principios, de plataformas y de votantes, han colmado el espectro en este país. El colaboracionismo, la obsecuencia, la falta de vocación de servicio y la insensibilidad, se asociaron a las excesivas ansias de poder, la manipulación, el pago de favores a cambio del voto, la incapacidad, el amiguismo y la falta de conducción. EL MUNDO EN SUS MANOS La Argentina nunca tuvo una política exterior constante y coherente. En ocasiones mirábamos con simpatía a la izquierda y en muchas otras, nuestras relaciones carnales con EEUU y las potencias del mundo occidental nos han hecho perder identidad como país, al extremo de hundirnos como sociedad. Las influencias y presiones del extranjero de parte de políticos, embajadores, empresas multinacionales, bancos, mercados e instituciones, forzaron a los gobiernos de turno a tomar posturas antagónicas, absurdas, poco serias y obsecuentes. A pesar de hacer bien los deberes, la opinión sobre nosotros fue cayendo, mientras nuestra imagen hacia el mundo se iba desdibujando. Desde su llegada a Ezeiza, nuestro trato hacia el turismo ha sido ventajero y aprovechador; el abuso del taxista o remisero se suma a las risas socarronas proyectadas a algún vistoso visitante. Una hospitalidad disfrazada que habita dentro de cada uno y que no pretende otra cosa que hacer alharaca por lo nuestro; fanfarronear, intentar quedar bien con el turista y dejar una buena imagen de puro marquetineros que somos, con un mensaje oculto muy claro que les dice, “quiéranos que somos buenos” .
robertocampisi@yahoo.com.ar