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Señor, pido la
palabra....
Tal vez usted se pregunte quien es este hombre para opinar
sobre cualquier tema o que autoridad tiene para hacerlo.
Quizás cuestione el valor que puede poseer para un lector la
opinión de un simple taxista.
De pronto, para un ciudadano común que se enfrenta a estos
cuadernillos, los resultados de la pintura social que propone
le puede provocar reacciones distintas, como la discrepancia o
la indiferencia, un tinte de rabia, odio o impotencia por
sentir tocado algún interés particular o su amor propio y
finalmente, puede marcar en su rostro una sonrisa cómplice,
sólo por el hecho de pensar igual a uno.
Lo que aquí expreso es mi forma de ver las cosas, mi manera
de interpretar a un mundo en permanente cambio y que nos tiene
en el mismo como víctimas o privilegiados. Esta visión puede
ser igual o distinta a la suya, pero no deja de ser válida.
Le
aclaro que mi taxi es mi mundo, es un atalaya donde observo lo
mejor y lo peor de nosotros, nuestras conductas y miedos, las
infamias, los sueños de la gente y tantas cosas más. Soy
testigo de una sociedad que nos contiene con sus manos
temblorosas, a punto de soltarnos en el abismo, que atenta
contra nosotros y hace añicos nuestros valores.
Se
imagina que no me puedo sentar frente a un volante sin gritar
lo que siento por lo que veo.
Asumo el riesgo de disentir con alguien, aunque sea a la
distancia, pero vale la pena intentarlo.
Señor, pido la palabra y creo que poseo el derecho de
hacerlo.
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