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Roberto Campisi
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VISIONES
Ciudad Grande, Infierno Inmenso
En este cuadernillo observaremos la realidad de la ciudad de Buenos Aires, sus personajes, sus grandezas y sus miserias.
LA REINA DEL PLATA Yo he nacido en la ciudad de Buenos Aires; una suerte de casa grande que fue mi cuna y mi andador, que ha sido mi patio de juegos en una infancia de privaciones y esa amante apasionada que dejara sobre mi piel las marcas de sus besos. Me crié pisando las adoquinadas calles, con sus pintorescos personajes que adornaban el diario vivir, junto a cómplices amigos en días de figuritas, rabonas, fútbol en la vereda y sueños tejidos en el umbral de la casa de un tal Don Paco. Por sus zaguanes fui descubriendo el amor, en épocas donde la irresponsabilidad y la despreocupación vestían mi frágil cuerpo. Esta es Buenos Aires, sólo restos de lo que fue, de una cultura que sobrevive a los codazos y que se trenza en dura batalla a otras culturas, que desde afuera o desde adentro pretenden aniquilarla. Una geografía de nichos manchados por inquilinos que ni siquiera se conocen, renegando de una historia ignorada y poco atendida. LA JUNGLA DE CEMENTO Los barrios son algo así como recipientes del orgullo de sus habitantes; una ciudad dentro de otra ciudad, con sus atractivos, sus defectos y sus características particulares. Pompeya, Boca y Boedo, marcan un suburbio arrabalero que se siente en cada esquina y en sus tradicionales conventillos, que sobreviven a los años, ahora con nuevos habitantes portando otros idiomas. El barrio Norte y su aristocrático andar, la elegancia parisina adornando las veredas y una soberbia tradicionalmente repugnante. Un mapa con decenas de nombres que bautizan sectores limitados por calles y que no dejan de ser nombres que dividen lo indivisible. Sus espacios verdes, que escasean en la periferia, pero que son regalados generosamente en aquellos sitios habitados por gente, con acceso a mucho más que a una simple plaza. Esto es Buenos Aires, un cuadro pintado por un demencial artista; aquel que resalta sus pintorescas flores que adornan miles de balcones y esos pequeños puestos de venta marcados en las esquinas, los que por pocos pesos regalan algo de luz para que convivamos dentro de tanta sombra. Sus animales siguen penando el mal trato de los amos, la falta de protección y el abandono, del que sólo se salvan aquellos especímenes que conviven con la pureza de su raza y el obsesivo cuidado de quienes los usan como objeto decorativo. Los comercios son, hoy por hoy, receptáculos de esperanza; en algunos casos hecha trizas por la coyuntura económica, la mala administración o el hecho de no conocer el paño por parte de sus propietarios. La aventura de formar algo propio fue por años el sueño de muchos argentinos, pero el país se encargó cuidadosamente de pisotear esas esperanzas. Las sociedades tradicionales y aquellas actividades ocasionales, estacionales y temporarias, como las canchas de padle, los vídeos clubes, remiseras, pollerías, peloteros infantiles, locutorios, solarium, los actuales ciber café con juegos en red, cadenas de peluquerías atendidas por aprendices y tantos negocios más, proponen nuevas frustraciones a plazo fijo, marcando el mapa de una sociedad de comercios vacíos, con sus empleados cruzados de brazos. LOS LOCOS DE BUENOS AIRES Con el correr de los años el habitante de la ciudad ha perdido su sonrisa. Las preocupaciones por lo económico, la falta de expectativas, de salud o la problemática laboral, lo ha convertido en un sujeto sin vida y con un corazón que late por latir. Somos un manojo de razas y creencias tiradas sobre las calles, por el cubilete de vaya a saber qué jugador empedernido. Por allí encontramos a individualistas, egoístas, irresponsables, corruptos, vagos, adictos, enfermos, perversos, pacatos, delincuentes, honestos y a un montón de tipos más que como estacas, se clavan en este bendito suelo cual crucifijos sin religión. Personajes pintados, esculpidos, descriptos en un libro, filmados, agredidos y ridiculizados por nosotros mismos; una fauna implacable que se esparce por todos los rincones, luciendo sus flamantes anteojeras. Describir a estos individuos llevaría hojas y hojas; yo apostaría a comprenderlos y a delinearlos en un contexto social perverso, en donde cada uno atiende su juego. TENDENCIAS SIN INTENDENCIA Sin dudas permanecemos esclavos de las modas; apuntamos a un estilo de vida que conforma nuestra jaula, algo así como una cárcel que nos segrega de nosotros mismos. Somos permeables y queremos probar absolutamente todo lo que se nos pone frente a los ojos. Palabras extranjeras dibujan nuevos servicios; delivery o express son los ejemplos que nos muestran que para ganar mercados, algunos comercios tienen que chupar medias o bajarse los pantalones, ante una clientela cada vez más exigente y cómoda. Las pizzas, empanadas y hamburguesas, el panchito y la cerveza, se están transformando en emblemáticas comidas urbanas, dejando relegado al asado y el vino, que se fueron mudando para el gran Buenos Aires. LA PIEDRA EN EL ZAPATO La lista de aberraciones, inconvenientes, dificultades y problemas es interminable, pero de pronto con sólo enumerar algunas, tendremos un panorama claro para los que habitamos aquí y las padecemos diariamente, o para aquellos que no tuvieron la suerte o la desgracia de visitarnos y que afortunadamente las desconocen. Si bien comparado con el Gran Buenos Aires, el problema no es tan grave, el tema de los baches es un inconveniente histórico. Calles prácticamente destruidas, con pozos insalvables, producto de inundaciones, del tránsito pesado y de trabajos en la vía pública mal hechos, junto con obras de empresas de servicios que quedaron inconclusas, se transforman en una pesadilla para los automovilistas. Y ni que hablar de los eternos adoquines o de las supervivientes vías del tranvía, que en algunas zonas valorizan propiedades, pero que resultan ser un inconveniente para el tren delantero de nuestros carros. A todo esto súmele la mala iluminación existente en algunas arterias y el estado deplorable de muchos árboles que se caen de cuajo ni bien sopla un poco de viento. La suciedad de la gente se observa en calles y veredas, las bolsas de basura depositadas a deshora, esquinas cargadas de residuos no recogidos y los servicios de recolección que dejan mucho que desear, en donde los sacos vuelan hacia el camión lanzados por los apurados muchachos, pegando en los bordes de la caja sin ingresar a su buche y desarmándose en el camino. Esos trabajadores que de pronto te los encuentras a cualquier hora del día y en cualquier lugar, taponando el tránsito, mientras continúan juntando bultos de puntuales comercios, edificios o empresas, que fueron abandonados impertinentemente en sus aceras. Esta es Buenos Aires, una ciudad grande, un inmenso infierno, que de chico soporto, sufro, padezco, con sus cambios de costumbres, de modalidades, de ordenanzas y de gente. Una ciudad anárquica que hace juego con el país; amada por unos y odiada por otros. No es solamente tango y obelisco, es mucho más y muchos menos; es un sol que se está apagando inexorablemente, en la medida que va creciendo en forma desordenada e indiferente.
robertocampisi@yahoo.com.ar