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La conjetura del
fuelle
(artículo de la revista Investigación y Ciencia - Septiembre 1998) |
Cualquier carpintero aficionado
que haya intentado construir una estantería sabe que los rectángulos no son rígidos. Si uno
se apoya en un ángulo de una estantería rectangular que no esté bien construida, la estantería se inclinará
hacia un lado, formando un paralelogramo, y lo más probable es que se venga abajo. Los triángulos, por
el contrario, son rígidos: no se puede cambiar su forma sin modificar la longitud de al menos uno de sus
lados. De hecho, el triángulo es el único polígono rígido. Una estantería
que tenga cualquier otra forma poligonal -rectangular, pentagonal, hexagonal, etc.- ha de ser reforzada de
alguna manera. Una posibilidad es añadir travesaños oblicuos, cuyo efecto
es dividir el polígono en una configuración de triángulos rígidos. Otra es adosarle un fondo plano,
lo cual nos lleva a la tercera dimensión, donde todo resulta mucho más interesante. El problema de la
rigidez de los poliedros ha tenido intrigados a los matemáticos durante casi
dos siglos. Los poliedros son cuerpos espaciales cerrados, limitados por un número finito de caras
poligonales que se cortan a lo largo de aristas rectilíneas. Hasta hace poco se
daba por supuesto que todo poliedro de caras triangulares tenía que ser rígido. Pero esa presunción ha
resultado falsa. Existen poliedros "flexibles", que pueden cambiar de forma
sin que se deforme ninguna de sus caras triangulares. Y un trío de matemáticos logró demostrar hace
justamente un año la conjetura del fuelle, postulada hace mucho tiempo, que
afirma que el volumen de un poliedro flexible ha de permanecer invariable mientras cambia de forma. La
demostración, inspirada en una fórmula de la Grecia clásica, ha abierto
un nuevo dominio de investigación matemática.
Quien haya practicado la papiroflexia sabe que es posible construir muchas figuras flexibles: pajaritos que
baten las alas, ranitas que estiran las ancas, y así por menudo. ¿No son
éstos, acaso, ejemplos de poliedros flexibles? La respuesta es negativa. Cuando la ranita mueve las patas o
la pajarita bate las alas, el papel se curva ligeramente. Lo mismo vale para un acordeón: el fuelle del
instrumento puede expandirse y contraerse porque las facetas del fuelle se doblan y se estiran. Pero las
caras de un poliedro flexible no se curvan absolutamente nada, ni siquiera
una millonésima de milímetro. Cuando un poliedro se flexiona, lo único que
puede cambiar son los ángulos en que se cortan las caras: es como si éstas tuvieran bisagras en las aristas.
Todo lo demás es perfectamente rígido. Este campo de estudio se remonta a 1813, cuando el matemático francés
Augustin Louis Cauchy demostró que un poliedro convexo -un poliedro que carezca de cavidades o
entrantes- no es flexible. Pero ¿qué ocurre si hay cavidades? Un ingeniero
francés, Raoul Bricard, descubrió que los poliedros no convexos podrían
realmente ser flexibles si se permitiera que sus caras pasasen unas a través
de otras. Es evidente que tal cosa es imposible para cualquier objeto real
del mundo físico. Uno puede hacerse una idea de las figuras de Bricard, empero, si se retiran las caras del
poliedro y se reemplazan las aristas por un armazón de varillas rígidas.
Robert Connelly, que en la actualidad es jefe del departamento de matemáticas de la Universidad Cornell,
modificó el poliedro no convexo de Bricard en los años setenta de modo tal que permaneciera flexible, pero
sin que sus caras tuvieran que pasar unas a través de otras. La construcción de Connelly fue simplificada por
Klaus Steffen, de la Universidad deDüsseldorf, quien descubrió un poliedro flexible de nueve vértices y
14 caras triangulares (véase la figura). El trabajo de construir un ejemplar de este poliedro con cartulina
fina y ver cómo se cimbrea es entretenido. Que se sepa, es el más sencillo de los posibles poliedros
flexibles, aunque sería muy difícil demostrar tal afirmación.
Los investigadores de estos
poliedros no tardaron en advertir que algunas caras se acercaban y otras se
separaban más al producirse la flexión. Parecía como si el volumen total de los poliedros no variase
durante su movimiento. Dennis Sullivan, de la Universidad de la Ciudad de Nueva York, verificó
experimentalmente esta hipótesis, para lo que perforó un diminuto agujero en un
poliedro flexible y llenó de humo el modelo. Al mover el poliedro así relleno, no exhaló humo por el
orificio. Este burdo experimento indicó -aunque, obviamente, no lo demostrase- que el volumen del modelo
permanecía constante. La proposición dio en ser conocida por "conjetura del fuelle" porque extrañaba que un
poliedro flexible no funciona como un fuelle, ya que éstos modifican su volumen y expulsan aire o lo
aspiran al cambiar de forma. La primera característica interesante de la conjetura del fuelle es que su
versión análoga en dos dimensiones es falsa. Cuando un polígono flexible, como es un rectángulo, se
distorsiona y forma un paralelogramo, disminuye el área que encierra. Está
claro que el espacio- tridimensional tiene un algo de insólito que hace imposibles los fuelles poligonales.
Pero ¿en qué consiste? Para resolver el misterio, Connelly y otros dos matemáticos -Idzbad
Sabitoy, de la Universidad del Estado en Moscú, y Anke Walz, de Corneli- centraron su atención en una
clásica fórmula del área de un triángulo. Algunos eruditos creen que tal
fórmula fue deducida por Arquímedes, pero normalmente es atribuida a Herón de Alejandría, que dejó una
demostración escrita.
Herón era un matemático griego que vivió entre
el año 100 a. de C. y el 100 d. de C. Su fórmula, que vemos en el recuadro superior, establece la relación
entre el área (x) de un triángulo ylas longitudes de los tres lados (a,b, c). Observemos que se trata de
una ecuación polinómica: sus términos son potencias enteras de x, a, b y C.
A Sabitov se le ocurrió una idea original: la posibilidad de que existiera una ecuación polinómica
similar para cualquier poliedro, una fórmula que relacionase el volumen del
cuerpo con las longitudes de sus aristas. Tal ecuación constituiría un
descubrimiento muy notable. Existen varias fórmulas muy conocidas para poliedros especiales, como los cubos
o los ortoedros, cuyo volumen es el producto de las longitudes de su largo,
ancho, y alto y otra, para los tetraedros, poliedros de cuatro caras triangulares, que se parece un poco a la
fórmula de Herón. Pero nadie había deducido jamás una fórmula general,
que permitiera obtener el volumen de un poliedro cualquiera. ¿Sería posible que a los matemáticos más
brillantes del pasado no se les hubiera ocurrido una idea tan maravillosa?
Parecía inverosímil. Supongamos, empero, que tal fórmula existiese. En tal caso, la conjetura
del fuelle tendría que ser verdadera, porque el volumen del poliedro dependería exclusivamente de las
longitudes de sus aristas. En la flexión del poliedro no varía la longitud de
sus aristas, por lo que el volumen tampoco podría variar. Esta clase de razonamiento presenta un problema,
sin embargo: una ecuación polinómica puede tener varias soluciones distintas, por lo que el volumen del
poliedro podría saltar de una solución a otra. Pero tal salto no puede acontecer en el mundo físico: si la
flexión se realiza gradualmente, el volumen no puede saltar bruscamente de un valor a otro. Por consiguiente,
ha de permanecer constante. Los matemáticos empezaron su demostración modificando la fórmula
del volumen de un tetraedro, que es parecida a la fórmula de Herón, aunque más compleja. Exactamente igual
que puede dividirse un poliedro en triángulos, se le puede descomponer en tetraedros. El volumen del
poliedro es la suma de los volúmenes de sus tetraedros componentes. Este método, por sí solo, no resuelve el
problema: desemboca en una fórmula en la que intervienen todas las aristas
de todas las piezas tetraédricas, muchas de las cuales no son aristas del
poliedro original. Lo que sí son, en cambio, es rectas diagonales que van
desde uno hasta otro vértice del poliedro, por lo que sus longitudes pueden variar durante la flexión. Los
matemáticos tuvieron que "dar un buen masaje" algebraico a la fórmula para poder librarse de las
componentes variables.El proceso fue complejo y poco elegante. En el caso de un octaedro,
cuerpo que posee ocho caras triangulares, el procedimiento de masaje acabó produciendo una ecuación
polinómica en la que el volumen aparecía elevado a la 16-ésima potencia. Otros poliedros más complejos
exigían potencias todavía mayores. No obstante, en 1996 Sabitov ideó un algoritmo para hallar una fórmula
del volumen de un poliedro cual-quiera. El equipo compuesto por Connelly, Sabitoy y Walz había
logrado simplificar mucho el algoritmo hacia 1997. Todavía no se comprende
plenamente la razón de que existan tales ecuaciones para todos los poliedros.
No hay nada equivalente en dos dimensiones, excepto la fórmula de Herón, que sólo es válida para triángulos. Connelly y Waiz creen saber
cómo demostrar una versión tetradimensional de la conjetura del fuelle, pero en el caso de cinco o más
dimensiones el problema está completamente abierto. Resulta fascinante que un experimento sencillode plegado de cartulina pueda
conducir hasta un descubrimiento matemático, maravilloso y totalmenteinesperado.
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Artículo extraído de la revista "Investigación y
Ciencia" (versión española de Scientific American) N°
264 de Septiembre de 1998.
Para ver los
artículos tal cual aparecen en la revista, hacé click sobre
las imágenes de acá abajo.
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