Son baños públicos herederos de las termas romanas. La mayoría
son muy humildes y económicos; otros, todo un lujo para sibaritas.
No solo sirven como lugar de
descanso, sino también de reunión social y política.
Quizá sin tanta sofisticación, e independientemente
de que las viviendas dispongan o no de confortables bañeras, los marroquíes
acuden todavía con gusto y de manera periódica al hammam.
No tanto los mas modernizados.
El origen de esta antigua costumbre popular seguramente
proviene de las recomendaciones que, en cuanto a la higiene y a las preceptivas
abluciones, el Islam supo siempre inculcar, ya que, según reza un hadith del Profeta: “la higiene es una manifestación de la
fe”
Así, limpiar y cuidar el cuerpo, además de ser una
practica placentera, también es un acto de fe, en el que el agua se convierte
en la manifestación generosa de lo creado y elemento purificador del cuerpo y
del alma.
Para el mundo islámico el agua es un don divino,
pero también significa la sabiduría profunda y la pureza, la bebida por
excelencia que apaga la sed del alma.
Por todo ello el hammam se
convierte en escenario obligatorio para los grandes eventos de la vida: el
nacimiento, la circuncisión y el matrimonio.
Los marroquíes están convencidos de que a los genios
(yenun) les gusta habitar donde hay abundante agua y,
por tanto, de que en los hammam hay genios que se
apoderan de quienes vienen a molestarles de modo insolente. Por ello, cuando
una recién casada, una parturienta o un recién nacido acuden a estos baños
públicos para cumplir con el ritual, se encienden velas y se gritan “yu-yus”, invocando el beneplácito
delos yen.
En Marruecos cada barrio tiene su hammam, que generalmente comparte fuego y caldera con un
horno anexo de pan. Hay días y horas reservados de manera alterna solo para
mujeres, o solo para hombres.
En algunas regiones o entre las familias mas tradicionales, el hammam, es
especialmente para las mujeres, una de sus distracciones favoritas y todo un
ritual generador de belleza y sensualidad que tiene sus propias normas.
Generalmente acuden en grupo, cargadas hasta los
topes de utensilios personales, con sus hijos pequeños y acompañadas
de alguna pariente o amiga. También los hombres se hacen acompañar, aunque, sin
duda, mas ligeros de equipaje.
En este sentido, el hammam
resulta el espacio adecuado para introducir a los niños en la educación sexual,
familiarizándose desde muy pequeños con el cuerpo humano, sin los tabúes que,
en general, se observan en otras religiones.
Al tiempo, es el lugar donde mejor se
desvanece cualquier desigualdad de índole social.
El hammam es un lugar en
el que los hombres, reunidos, se parecen todos, ya sean criados, ya sean
señores. El hombre se codea con gentes que no son sus amigos, y su enemigo
puede ser su compañero.
En las viejas medinas todavía se mantiene en
funcionamiento alguno de estos baños de arquitectura tradicional, revestido por
completo de zel-lig
(azulejos), con una fuente central de la que mana agua.
Los modernos son más sencillos, aunque algunos
quieren imitar los mismos rasgos artesanales. Están formados por tres salas
correlativas, que van sumergiendo al bañista de manera paulatina en diferentes
temperaturas ambientales, cada vez mas elevadas. En la ultima
de las estancias, una pequeña alberca recibe un chorro de agua en ebullición
junto a otro de agua fría, que hacen rebosar el nivel de la misma.
El truco, si es que lo hay, consiste en verter un
cubo de agua caliente sobre las diferentes partes del cuerpo hasta que se dilatan
los poros de la piel y, antes de aplicar cualquier tipo de gel
o jabón, restregarse bien con una esponja rasposa o una piedra pómez para
eliminar las toxinas muertas, mas bien “negras”. Los goterones de sudor
resbalan abundantes y a veces se hace necesario un poco de agua fría.
Unos a otros , los usuarios
del hammam se masajean y frotan la espalada hasta
casi irritar la epidermis, compitiendo en brío. Y es que a los marroquíes les
va la honra en ello. Todo siempre en un ambiente de recatado pudor, que en
principio no permite exhibirse mas allá de la
discreción.
Existe además un personal que asiste a los bañistas,
si estos lo desean, frotándoles o masajeándoles. Las tayabastes
a las mujeres; los kiyassas a los
hombres.
Las mujeres marroquíes, quienes para realzar sus
encantos naturales acostumbran a embadurnarse con extrañas pócimas y remedios
caseros, suelen hacer del hammam casi un salón de
belleza que a la vez les permite depilarse, desenredar el pelo y peinarse. Para
el lavado del cabello usan una arcilla jabonosa llamada ghasul,
diluida en agua de rosas y azahar, y para teñirlo y sanearlo, la tradicional henna, que después de llevar durante varias horas o incluso
varios días, repartida por la cabeza, a modo de pasta, acostumbran quitarse
durante su estancia en el hammam.
Los empleados y empleadas vierten agua de manera
constante sobre el suelo, en el que es fácil resbalar, con los restos de
ungüento y jabones . Los niños se rebelan entre gritos
y lloros, ante el enérgico fregado a que las madres los someten.
Los clientes parecen no tener nunca prisa por
terminar, y en ellos se advierte una cierta sensación de libertad que sin duda,
producen el espacio y la falta de temor a manchar o salpicar mas
allá de la bañera convencional.
En el fondo, se aprovecha la excusa de la higiene
personal para abandonarse a lo que supone un autentico placer relajante de
tensiones.
Antes de salir a la calle, los marroquíes, que son
extremadamente aprensivos con las corrientes de aire y los cambios de
temperatura, toman su tiempo para enfriarse en la sala de relajación. Las
mujeres envuelven entonces su cabeza con un fular –los hombres la suya con una
toalla- y se marchan a casa tan felices, despidiendo a su paso un especial olor
a limpio que distingue los días de cita con el hammam.
Como colofón de fiesta, una rica merienda que
generalmente se compone de huevos cocidos, almendras, dulces, zumos de fruta y
el insustituible te con hierbabuena.
Al regreso a casa, las mujeres mas
tradicionales, al igual que hacían las de antes, se emperifollan con sus
mejores caftanes y abalorios y, perfumadas y bien acicaladas, esperan
sugerentes la llegada del marido.
La magia de los tratamientos de belleza y el ritual
del hammam no sólo se debe a a la sensación de haber renacido, sino a la de haber sido
tú mismo el agente de ese renacimiento
RECOMENDACIONES PARA EL HAMMAM
Moralidad recatada: los hombres siempre
usarán el bañador. Las mujeres, generalmente. Nuestro consejo es que vayáis
siempre con un bañador discreto.
Los jueves por la noche suelen tener
connotaciones religiosas como preparación espiritual para el principal servicio
religioso de los viernes, y puede que no sea oportuna una visita de un no
musulmán.
No olvidéis llevar jabón, champú y
toallas.
Podéis comprar jabón de aceite de oliva
(sabon bildi) en las
tiendas de la medina. También allí podréis comprar guantes de franela y ghasul (champú).
Muchos marroquíes usan esterillas de
plástico para tumbarse en el suelo, no es mala idea llevar una, las venden por
todos lados y muy baratas.
Normas
de uso: no meter los pies en el cubo, no sentarse en los
cubos, utilizar los cuencos para echarse el agua, hablar en voz baja
Consejos: llevar ropa para cambiarte y esterilla para tumbarte en el
suelo si no quieres estar en contacto directo con el mismo. También te puedes
llevar piedras pómez para el masaje o manoplas. Lleva tu jabón personal