Tato: el cómico de la Nación
Hizo reír y pensar al país, con un humor político
premonitorio. Una muestra en el Centro Cultural Recoleta
rescata su singular trayectoria. Aquí, la evocación de
su figura y uno de sus monólogos, escritos para él por
Santiago Varela
Genio. Maestro. Un prócer. Actor cómico de la Nación.
Primer monologuista diplomado del país. Periodista de
primera. Gran columnista político.
Capocómico. Máximo exponente del humor político. Actor
de raza. Un hombre que ha hecho reír al pueblo. Gran
cronista de su época. Emblema de la cultura nacional.
Verdadero comunicador político... Son tantos los
títulos que han definido la figura de Tato Bores que
ensayar otros no le agregaría nada nuevo a su mito.
.
En todo caso, son esas y muchas más las definiciones que
han servido para justificar una excepcional muestra
retrospectiva, organizada por el Centro Cultural
Recoleta, que se abrirá al público el próximo 4 de
julio. Se trata de un intento por rescatar la vida y la
obra de ese hombre bajito y chinchudo que supo ganarse el
respeto que, por lo general, suele negársele a los
actores cómicos.
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Tato Bores, nacido Mauricio Tajmín Borensztein en un
inquilinato de la calle Tucumán y Carlos Pellegrini, el
27 de abril 1927, no fue un gracioso del montón, y tuvo
plena conciencia de eso. Desde que aterrizó en la
televisión, en 1957, para debutar con su primer programa
de humor político con libros de Juan Carlos Colombres
(Landrú), tuvo claro que su misión en esta vida no era
desaparecer con el fogonazo del chiste. Sobre esa
temprana convicción, construyó un personaje, ese
elegante caballero de frac y peluquín color caoba que
supo condensar la lucidez del crítico y la insolencia
del bufón para decir todo lo que nadie se atrevía a
decir sobre la Argentina y los argentinos.
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Se rodeó de los mejores libretistas y estuvo a la altura
de las circuntancias, innovando siempre la estética de
sus programas. Con lluvia de papelitos, sobre patines,
hablando por el teléfono negro conectado a Olivos o
comiendo fideos y tomando champagne, pasó más de 40
años aliviando a varias generaciones la difícil tarea
de digerir la realidad.
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No le faltó tela para cortar. Mientras él se afianzaba
como un intérprete del tiempo que le tocaba vivir,
pasaron por la Casa Rosada unos 16 presidentes y 37
ministros de Economía, y ninguno, o casi ninguno, se
salvó de su ironía, como tampoco los sindicalistas, los
empesarios y los mismos ciudadanos comunes que
coqueteaban con la dirigencia política.
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Si hoy escucháramos cualquiera de los dos mil monólogos
que pronunció de memoria, notaríamos que la canción es
la misma. Y en cierto modo, repasando la actualidad y
viendo cómo el país se nos va de las manos, parece
premonitorio aquel sketch donde Tato se convierte en el
arqueólogo Helmut Strassen, un alemán que en el año
2500 comienza a investigar cómo fue que desapareció la
Argentina de la faz de la Tierra. De pantalón corto y
con una palita en la mano, el científico encuentra unos
videos enterrados, y a partir de ellos trata de entender
por qué nunca nadie le prestó atención a ese humorista
llamado Tato Bores, que durante 30 años trató de
abrirles los ojos a sus compatriotas.
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Por todo eso, su recuerdo tiene la vigencia de las cosas
elementales. Representa la risa sana, la crítica
constructiva, la moral rectilínea, la intuición para
comprender el presente e imaginar el futuro, la opinión
responsable, el trabajo en equipo por encima de los
intereses individuales y, sobre todo, la coherencia.
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Pese a no tratarse de una fecha conmemorativa, esta
ambiciosa muestra audiovisual no podía ser más
oportuna. En este momento, es una figura que nos
sirve a todos explica Nora Hoschbaumm, autora del
proyecto y directora del centro cultural Recoleta.
Pone en su boca todo lo que nosotros sentimos, legitima
el pensamiento de un gran sector de la población.
Aprovechando además que tenemos mucho público joven,
nos interesa fundamentalmente la idea de resaltar su
figura como el modelo de un tipo talentoso que llegó a
ser famoso con transparencia, trabajo y coherencia.
Entendiéndolo como una personalidad que hizo de todo y
que, al mismo tiempo, supo generar otros talentos.
Además, con esto queremos abrir el juego e instalar la
idea de que los centros culturales no son un espacio para
eruditos, sino que allí toda la sociedad puede
encontrarse con sus ídolos. 
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Tato sin fin
.
Por tratarse de una figura emblemática proveniente del
mundo audiovisual y no del campo de las artes plásticas,
el abanico de lenguajes que ofrece la muestra es
inusualmente variado y atractivo para públicos muy
amplios. Prueba de eso es que en las instituciones
culturales más prestigiosas del mundo se le está dando
cada vez más importancia a esta clase de tributos a
grandes personalidades de otros ámbitos. Así lo
demuestran el éxito que tuvo la restrospectiva que el
año último organizó el centro George Pompidou de
París en honor al cineasta Alfred Hitchcock y, entre
otras, la megamuestra sobre la actriz Mae West, que hizo
el Museo de Arte Moderno de Nueva York.
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En este primer intento por unirse a esa tendencia, el
Recoleta promete un recorrido profundo y completo sobre
uno de los personajes más queridos del mundo del
espectáculo.
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Con la desinteresada colaboración de la familia (Berta,
Alejandro, Sebastián y Marina Borensztein), una
investigación a cargo de Carlos Ulanovksy y el montaje
artístico de Edgardo Gímenez, la exhibición plantea un
recorrido histórico y temático, a través de
fotografías, videos, instalaciones, proyecciones de
películas y programas de televisión, emisiones
radiales, debates y mesas redondas.
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Por otro lado, una vitrina exhibirá los objetos
icónicos que acompañaron los sktechs de Tato. Allí
estarán la famosa peluca con pelos eternamente parados
(la misma que usó durante toda su carrera), el frac (que
tampoco renovó, pese a la insistencia de su esposa), los
patines, los platos donde comió los fideos con tuco, la
hielera para el champagne, las copas, la calavera
shakesperiana, entre otros objetos que le pertenecieron.
Además, habrá una proyección permanente del monólogo
número 2000, y versiones agigantadas diseñadas
por Edgardo Giménez de los elementos que estarán
en la vitrina.
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Al término de esta emotiva excursión por los aspectos
más sobresalientes de su carrera,queda la convicción de
que el entrañable personaje de Tato logró vencer a la
muerte. Cada domingo, cuando su ausencia se agiganta en
la pantalla, todavía hay muchos que se preguntan
invariablemente, ¿qué hubiera dicho Tato sobre cual o
tal tema? Después de visitar estas huellas imborrables
de su memoria, tal vez obtengan una respuesta. Y, en
cualquier caso, coincidirán con los familiares del gran
cómico, cada vez que alguien, en la calle, les pregunta
con cariño cuándo vuelve Tato a la tele. Ellos siempre
responden: Tato nunca se fue.
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Texto Marina Gambier
.
¿Sabía usted que... 
.
... jamás Tato improvisó una sola línea? Todos sus
textos estaban escritos, y aquello que no figuraba en el
papel él se negaba a decirlo.
... Tato siempre confesó que después de cada programa
se quedaba afónico por un par de días?
... de todos los actores de las generaciones más
jóvenes el que más lo sedujo por sus condiciones fue
Alfredo Casero?
... después de haber estudiado más de dos mil extensos
monólogos en su vida, había ejercitado una memoria que
le permitía recordar con facilidad unas seis mil
palabras por programa?
... cuando sus hijos comenzaron a tener injerencia en sus
programas, Tato les advirtió que había un solo sketch
sobre el que no negociaría: la mesa con los fideos y el
invitado?
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(Textos de Carlos Ulanovsky)
Tomado de un artículo del Diario La Nación Line
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