Un signo de estos tiempos es que lo que no está en Google no existe.
Esta página –testimonio de mi adolescencia rockera y radial– viene entonces a cubrir un vacío en el seudoomniscio buscador que se alimenta de lo que le damos (aun sin saber).
Vez pasada, después de ver a Alfredo Rosso dando un curso sobre rock en el canal de la Municipalidad y al VJ anómalo Peter Capusotto, recordé a Julio Alberto Guichet, conductor de varios programas de radio que marcaron un hito y abrieron miles de cabezas, presentando cantidad de música de improbable acceso.
Lo busqué en Google y apenas hallé una ínfima referencia.
Guichet condujo “Gira Mágica y Misteriosa” en Radio Nacional, desde mediados de los 70 (finales del gobierno de Isabel) hasta los albores de la gestión menemista, cuando Julio Mahárbiz fue nombrado director de la emisora y borró de un plumazo todo lo que no fuera folklore ortodoxo y apolillado.
Simultáneamente, en 1987 condujo “Lote-Rock” en la FM de Radio Splendid, hasta que esta se transformó en FM Tango. En estos programas –sobre todo en “Lote-Rock”, donde lo descubrí– se podía escuchar rock en una epóca que parece prehistórica: no existían ni el MP3, ni los programas P2P, ni internet, ni los compacts… Apenas LPs importados, más o menos inconseguibles dependiendo del tipo de cambio, y una radio que cuando se trataba de rock, agobiaba con rituales de bananas y novias caídas en pozos ciegos.
Guichet pasaba a Jerry Lee Lewis, los Hollies, los Byrds, Cream, MC5, los Kinks, Frank Zappa, la movida de blues inglés de la segunda mitad de los 60, o incluso a los lavados Herman’s Hermits; a los Beatniks de Moris y Pajarito Zaguri, al primer Pink Floyd y, por supuesto, a los Beatles y a los Stones. Todo en orden cronológico, traduciendo letras y contextualizando la música con comentarios de cuanto ocurría aquí y en el exterior.
Y además pasaba los temas enteros, sin pisarlos, para grabar. Pet Sounds, de los Beach Boys, entero, para grabar; Blonde on Blonde, de Dylan, entero, para grabar; el primero de los Doors, entero, para grabar; el Álbum Blanco, Revolver, el primero del negro Hendrix, enteros, para grabar.
Fue más tarde cuando Rosso y Kleiman empezaron a musicalizar “Piso 93” o cuando en varias FM zonales melómanos entonces treintañeros compartían sus vinilos con oyentes que a veces tenían que hacer la parabólica humana para escuchar más o menos bien. (Como Lucas y Pablo, los “apóstoles del rock nacional”, que en FM Avellaneda pasaban, además de los clásicos García y Spinetta, Crucis, Espíritu y piratas de Memphis y los Redondos; o la fugaz FM Sur de Boedo, donde alguna vez escuché a los Stooges).
Luego lo encontré en la efímera primavera de la FM de Radio Municipal dirigida por Elisachev, compartiendo el aire con el exiliado Eduardo de la Puente (cuando la Rock&Pop cambió su programación para competir con la Z95) y Matías Pérez Andrade, entre otros.
Ya en los 90 llegaron los CDs y el 1 a 1, que permitieron revisitar el pasado musical con cierta profundidad. Desde entonces, solo una vez lo reencontré, en una FM de baja potencia que se escuchaba mal y duró poco.
No se trata esta página de solazarnos con la enumeración de grupos viejos (por lo demás, ya lo dijo Homero Simpson: el rock llegó a la perfección en 1974 con Grand Funk Railroad... ¿O fue en 1972 con Machinehead?); sino de rescatar la labor pionera de Guichet, quien despabiló muchos oídos presentando una parte entonces oculta de la historia del rock, que aún hoy es llamativo y grato hallar.
Si se trata del solaz que da la música, no obstante, en buena medida habrá que buscarlo por esos tiempos pletóricos de creatividad: es difícil encontrarlo ahora en el rock de estadios (de Live Earth al Pepsi Music), los tributos y homenajes, la pasada moda de los unpluggeds y la vigente de los grupos que vuelven sin razón, salvo el dinero y la morbosa estimulación de la nostalgia.