Vinos
argentinos
EL GRAN
CAMBIO
Texto
Fernando Vidal Buzzi
Fotos Gustavo Goñi / Archivo
La viña nos acompaña desde 1558, cuando el padre Juan Cidrón la trajo
desde España, vía Chile, y la plantó en Santiago del Estero, desde donde se
extendió a las provincias cuyanas. Su historia es más divertida de lo que
parece y muchas veces ronda la picaresca. Las discusiones entre los productores
cuyanos y los importadores porteños nacieron en el siglo XVII y se convirtieron
en un clásico. Los vericuetos del contrabando (entre provincias, con Chile, la
Colonia del Sacramento, los portugueses, los ingleses, los propios españoles),
con su secuela inevitable de corrupción, dan para varias novelas.
Todo
cambió cuando comenzaron a llegar los inmigrantes, que generaron a la vez la
industria –puesto que muchos habían cultivado la viña y elaborado vino en
sus tierras– y el mercado de consumo, ya que el vino integraba su dieta
cotidiana. Creció así la producción y con la llegada del ferrocarril a Cuyo,
a fines del siglo XIX, se solucionaron los problemas de transporte, porque las
carretas eran demasiado lentas y caras, sin contar con que tan desapacible viaje
conspiraba contra la calidad del vino.
Poco
a poco se acercaron, y sobre todo a partir de 1930 comenzaron a abundar los que
superaban el promedio. Sin embargo, los connaisseurs locales no tomaban más que
vinos franceses. La Segunda Guerra Mundial dio una mano a los locales, puesto
que se cortaron las exportaciones y hubo que tomar argentino, lo cual obligó a
la vez a mejorar aún más la calidad de los vinos.
Una
nueva imagen
El
mercado interno creció hasta la década de 1970, en la que se llegó a consumir
unos 95 litros anuales promedio por habitante. El consumo estaba constituido
aproximadamente por más del 85% de vino común y menos del 10% de vinos finos.
Pero
la Argentina todavía era un lugar del planeta confusamente conocido por el
resto, pegado a la Antártida, creador de una danza sensualmente pasional
llamada tango, poseedor de brillantes futbolistas y poco más. A medida que el
mundo se fue achicando gracias a los medios de comunicación, desde el avión
hasta el teléfono, nos acercamos al mundo. Más tarde se abrieron las puertas a
una situación que se consolidaba: la globalización, hoy tema discutido y
motivo de balances positivos y negativos, que de ambas cosas tiene.
A
todo esto el consumo de vino bajaba lentamente, con perjuicio para los vinos
comunes y alegría para los finos, porque de los 35 litros por habitante que
consumimos en 2000, el fino ya llega al 30% y avanzando a paso firme: se toma
menos, pero de mejor calidad. Esto no sólo aquí sino en todo el mundo,
circunstancia global que nos llevó a aventurarnos, con paso cada vez más
firme, a vender nuestros vinos en el exterior. Los volúmenes exportados pueden
variar de año en año por diversas razones, pero hay una tendencia firme y
significativa: cada vez logramos mejores precios. Por ejemplo, en el primer
cuatrimestre de 2001 vendimos 6% menos de litros, pero aumentamos 19% su precio.
Lo
cierto es que el potencial excepcional de los vinos argentinos fue ampliamente
reconocido en los últimos años. Los de la excelente vendimia de 1999 hicieron
que aumentara la fe en la región. Los tintos locales, en especial los malbecn
son los que más impresionaron. La Argentina es, definitivamente, una de las
regiones que más ha crecido en ventas en el Reino Unido (31%), terminando el año
pasado con un total de 12 millones de botellas vendidas. Pero como quinto
productor del mundo, y con un 90% de su producción aún colocada en el mercado
interno, es fácil advertir por qué algunos ahora dicen que nuestro país será
“la siguiente Australia”.
Sin
embargo recién empezamos. Queda mucho por hacer, empezando por algo tan simple
como ubicar el nombre “Argentina” en el imaginario colectivo del mundo, lo
cual demandaría políticas a largo plazo e inversiones importantes, tanto del
Estado como de los particulares.
Los
seducidos
Inversores
ha habido siempre, y la industria vitivinícola no es una excepción. En los últimos
diez o quince años hubo un agitado movimiento, tanto de inversiones primarias
como de compras, ventas y reventas de bodegas. En parte ello se debe a que la
Argentina es, de alguna manera, aún un territorio virgen en donde quedan
infinitas cosas por hacer o experimentar (sin ir más lejos, el fenómeno del
malbec como vino emblemático de nuestro país, junto con el torrontés, tiene
pocos años y fue impulsado por el reconocimiento logrado en el exterior).
Algunos
de estos inversores son argentinos. Por ejemplo, las bodegas López, Bianchi, La
Agrícola (Santa Julia), Leoncio Arizu (Luigi Bosca), Goyenechea, Humberto
Canale, Lagarde (del grupo Pescarmona), la Cooperativa La Riojana, Lávaque,
Tittarelli, Weinert entre otras: la mayoría de ellas todavía está en manos de
una misma familia desde su fundación, lo que habla de tradiciones que se
respetan.
Pero
hay otros que vinieron desde afuera. Incluso algunos llegaron por otras razones,
pero se toparon con algo diferente que despertó su imaginación y emoción, se
enamoraron del lugar y, hombres de negocios al fin, invirtieron en su sueño.
Vayan como ejemplo tres de ellos.
Desde
Austria
El
primero llegó a la Argentina por una invitación a cazar ciervos en San Martín
de los Andes. Esas montañas le sugirieron un aire de libertad y de paz
inigualables. Compró entonces una estancia, Mil Rosas, y durante varios años
vino silenciosamente a pasear, cazar, descansar.
Gernot
Langes-Swarovski (57) es miem- bro de una legendaria familia austríaca,
propietaria de una de las más prestigiosas empresas fabricantes de cristal del
mundo, en cuya dirección participa activamente. Además de su afición por la
caza y la vida natural, también es un enamorado del vino y cultivaba dos pequeños
viñedos, uno en el Tirol y otro en la isla Santa Cristina, cercana a Venecia,
ambos dentro de normas ecológicas estrictas.
En
Mil Rosas comenzó a conocer y apreciar los vinos argentinos y entonces generó
la idea de comprar personalmente una bodega: no cualquiera, sino una que
estuviera instalada en el medio de un viñedo, con gran vista sobre las montañas.
Se puso en campaña y finalmente encontró Norton, que adquirió en 1989.
Esta
bodega tiene una historia curiosa. Edmund James Palmer Norton era un ingeniero
inglés que trabajaba en la construcción del Ferrocarril Transandino a fines
del siglo XIX. Esta actividad lo obligaba a residir gran parte del tiempo en
Mendoza, donde conoció a una niña con quien se casó. Se instaló
definitivamente en Mendoza, plantó una viña y construyó una bodega. Además
encontró un “nicho de mercado” excelente y se convirtió en proveedor
exclusivo de los vinos de los ferrocarriles entonces británicos. Ya mediando el
siglo XX la empresa fue adquirida por la familia Santos, que finalmente la vendió
a Langes-Swarovski.
La
bodega estaba construida al borde de las viñas y su vista sobre la cordillera
es espléndida. Para disfrutarla mejor construyó un mirador en donde también
el visitante comparte el privilegio del paisaje y puede degustar sus vinos, que
hoy constituyen un nutrido catálogo y son líderes en la exportación de vinos
finos de la Argentina. Realizó una gran transformación y modernización de la
bodega (sin quitar su personalidad a la antigua construcción) y compró nuevas
e importantes fincas. Formó un excelente equipo de trabajo, comandado desde
1991 por su hijastro Michael Halstrick (37) que, con su mujer Angélica y sus
hijas Tania y Lara, constituyen ya una familia argentina.
Langes-Swarovski
no olvidó por cierto su ideología ecologista e hizo plantar en otra viña,
ubicada en Alto Agrelo, sesenta hectáreas ya certificadas como ecológicas, con
la intención de extender este método de cultivo, esta filosofía, a toda su viña.
Cada año viene a la bodega y recorre sus viñedos, por placer y también para
recoger hongos que crecen entre las viñas (luego los saltea en aceite de oliva
y los come acompañados con un sauvignon blanc de la cosecha del año).
De
Holanda
Minjdert
Pon (70) nació en Holanda. Su padre era un negociante en cuadros de reconocida
percepción artística. Probablemente heredó de él un espíritu emprendedor
gracias al que desarrolló diversas actividades. Tuvo éxito y se convirtió en
un gran vendedor de autos, pero también construyó marinas en Inglaterra y
Holanda, clubes de caza y diversos emprendimientos.
Amante
de la caza de palomas, llegó a la Argentina hace muchos años, invitado por un
amigo en cuya estancia de Entre Ríos se practicaba. Deslumbrado por el lugar
compra un campo y luego otro y otro, hasta fundar en 1992 Farming Salentein,
empresa dedicada a la agricultura, ganadería y lechería, con propiedades en
Entre Ríos, Corrientes y Buenos Aires.
Poco
más tarde nace Salentein Tourism (con instalaciones en Buenos Aires, Entre Ríos,
Mendoza y La Pampa, dedicada al turismo en contacto con la naturaleza) y
Salentein Fruit, en Río Negro y Mendoza, focalizada en la comercialización y
exportación de frutas, que cuenta con una moderna planta frigorífica y
empacadora en Mendoza.
Un
día conoce a Carlos Pulenta (53), ex presidente de Peñaflor y Trapiche,
y juntos desarrollan un proyecto en el Valle de Uco, en Mendoza: Bodegas
Salentein, basada en tres grandes fincas –El Portillo, La Pampa y San Pablo–
con una altura promedio de mil cien metros sobre el nivel del mar y una vista
imponente sobre la cordillera, cuyas nieves llegan a la viña misma. Construye
allí una bodega de original diseño, que exteriormente se integra con el
paisaje agreste, rodeada de un parque natural, reserva de la vegetación típica,
e internamente es un alarde de ingenio y personalidad. Sus vinos se presentaron
ya con las marcas “Salentein” y “Finca El Portillo”.
Pon
tiene dos casas en la Argentina, en donde reparte los cuatro o cinco meses
anuales que pasa en nuestro país. Considera que ha encontrado lugares
acogedores, con climas y paisajes diferentes, que lo satisfacen tanto que ya son
su segundo hogar.
De
Suiza, vía California
Un
hombre audaz, con imaginación y tenacidad. Donald Hess nació en Suiza; muy
joven heredó un castillo familiar, lo vendió y anduvo buscando una bodega. No
encontró por Europa nada que le interesara y zarpó para los Estados Unidos
buscando fuentes de aguas minerales. Tampoco encontró ninguna que lo
conformara, pero se topó con los vinos californianos y se sorprendió por su
relación precio-calidad. Y así llego a Mount Veeder, Napa Valley. Se enamoró
de sus colinas y compró una bodega. Lanzó su primer vino en 1987 y lo llamó
“Hess Collection”, nombre que une su apellido con su afición a coleccionar
arte contemporáneo.
Transformó
la bodega y montó un espacio para su pinacoteca. Sus vinos son dos cabernet
sauvignon y un chardonnay, basados en la filosofía de no alterar la naturaleza
ni del viñedo ni, en consecuencia, los simples procesos de elaboración.
Así
como encontró una tierra especial en Mount Veeder encontró otra en la
Argentina, en Cachi, Salta, nada menos que a 2.460 metros de altura (quizás el
viñedo más alto del mundo). Compró una gran extensión de tierra, pero inició
la experiencia en pocas hectáreas en donde plantó algunas vides para analizar
su aclimatación, su evolución, su crecimiento, y luego decidir. El trabajo se
realiza bajo los principios de la biodinámica, que une conceptos ecológicos
muy estrictos con los ritmos de los climas y de la fertilidad de la tierra. Ya
veremos qué vinos nos depara la audacia y personalidad de Hess.
Lo
bueno y lo malo
Uno
de los efectos de la globalización es el crecimiento de las empresas ya
grandes, la compra de empresas menores por mayores, la concentración en teórica
búsqueda de la mayor eficiencia.
Esta
intensa y compleja actividad trae como consecuencia la incorporación en la
industria vitivinícola –ya como accionistas, ya como gerentes en diversas áreas–
de nuevos jugadores provenientes de otras actividades económicas que aportan
experiencias e ideas nuevas, aunque difíciles de aplicar en una actividad que
tiene sus propios códigos y es bastante resistente a los cambios. Cuando se
encuentran puntos coincidentes, políticas consensuadas o maneras específicas
de aplicarlas generalmente funcionan, pero cuando se imponen nada más que por
principio suelen generar problemas, y graves.
Otra
consecuencia de este movimiento es el nacimiento de nuevas empresas, algunas
establecidas por los antiguos propietarios de las que se vendieron, otras
nacidas del gusto o afición de pequeños empresarios, profesionales o
comerciantes por instalar su propia bodega y elaborar su propio vino, secuela
indudable de una larga tradición de vino casero. Estas bodegas, generalmente
pequeñas, pueden lograr grandes éxitos o mantenerse en el anonimato pero, como
su mejor alternativa de supervivencia es la calidad, suelen producir vinos
buenos y muy buenos, en una o varias de sus líneas. Otros cometen el error de
lanzar demasiados y no ajustar la puntería sobre pocos.
Asimismo
la globalización ha producido un fenómeno interesante: al generalizarse el uso
de ciertos cepajes (cabernet sauvignon, merlot, chardonnay, sauvignon blanc, por
ejemplo) y métodos de vinificación, los vinos empiezan a parecerse entre sí
dentro de sus diversas franjas de precios, o sea que pierden personalidad. Esto
acaba aburriendo al consumidor. Felizmente se notan los frutos de una reacción,
consistente ya sea en buscar combinaciones originales de cepajes (por ejemplo,
en la Argentina, cabernet-bonarda, torrontés-chardonnay, malbec-merlot, semillón-chardonnay,
sangiovese-bonarda) o bien en experimentar con la posible varietalidad de
algunos que habían quedado en el olvido (caso bonarda, sangiovese, semillón,
entre nosotros).
Como
todo efecto es ahora mundial, lo mismo sucede tanto en los países europeos,
atados al terruño y las tradiciones, como en los del Nuevo Mundo,
desprejuiciados y más audaces. Es probable que esta búsqueda de nuevos cortes
no sea infinita, pero por el momento matiza el panorama.
Y
en eso estamos. Hoy por hoy, la relación precio-calidad pasó a ser un elemento
esencial de la decisión de compra, porque una simple comparación de dos
cabernets permitirá observar que entre uno de $ 5 y otro de $ 20 la diferencia
de valor no siempre está justificada por la de precio. Toda esta movida que
instaló a la Argentina en el mercado mundial de vinos también tiene una
consecuencia positiva en los consumidores, que poco a poco, casi sin darse
cuenta, se transforman en conocedores.
Los
dolores del dólar
¿De
qué manera afecta el alto valor internacional del dólar las exportaciones de
vinos en general? “El valor US$ moneda local tendería a promover las
exportaciones de vinos argentinos en la medida en que los costos internos se
mantuvieran estables. Las exportaciones de mis clientes y conocidos –dice el
consultor Aurelio Bujaldón– no se afectan sensiblemente, pues actúan por
contratos de medio y largo plazo ya acordados e independientes de las
fluctuaciones del dólar.”
Para
Marcelo Manghi, propietario de Finca Alma, “lo que más afecta a la industria
es el alto valor de los costos internos medidos en dólares. En nuestro caso no
es tan importante, porque el proyecto de empresa y estrategia comercial se
implementó con este escenario asumido como base de crecimiento”.
Según
Federico Boxaca, de Bodega Graffigna, “los mercados afectados son todos,
excepto aquellos del área dólar estadounidense”, mientras que Ernesto
Catena, de Bodegas Esmeralda, se muestra dubitativo: “Cuando el dólar estaba
bajo no teníamos un mercado interesante en el exterior. El caro nos permite
comprar buena tecnología. No lo veo como un factor importante para los vinos
caros”.
¿Qué
medidas han tomado para mantenerse competitivos? “Nuestra estrategia de
empresa –explica Manghi– se basa en una estructura muy ágil y eficiente.
Por eso podemos ofrecer vinos cuya calidad es reconocida como de mayor valor al
pagado.”
Respecto
del apoyo de las autoridades, en general coinciden en que hay algunas tímidas
alternativas de alivio a los costos internos. “Nosotros participamos aportando
fondos y esfuerzo personal –asegura Boxaca– para llevar adelante un programa
de Promoción de Exportaciones que mejora la oportunidad para los vinos
argentinos.”
“Si
bien cada empresa tiene su propia política, en conjunto organizamos viajes a
ferias y degustaciones en los mercados más importantes –acota Manghi–, para
que vean una industria unida. Si somos muchos, tendremos muchas botellas en las
góndolas, y así se crea la categoría de vinos argentinos por la variedad de
marcas, bodegas y calidades.”
Fuente:
ArgentineWines.Com
La
experiencia australiana
Las
bodegas australianas han llevado el marketing del vino al siglo XXI. El secreto
residiría en un enfoque corporativo del mercado: mientras la industria del vino
francesa se compone de centenares de pequeños chateaux, la australiana está
dominada por tres grandes compañías: BRL Hardy, Southcorp y Foster’s. Eso
permite a los australianos ofrecer un producto de calidad constante, confiable y
calificado.
Un
elemento principal en la estrategia de comercialización fueron sus etiquetas.
Australia se convirtió en pionera al presentar vinos calificados por variedades
de uvas antes que por origen. Estudios de mercado realizados también indicaron
que los consumidores británicos se sienten más cómodos con las marcas
escritas en inglés de los vinos australianos que con los nombres franceses.
Mientras
bajó el consumo a nivel mundial, Inglaterra es uno de los pocos mercados en
crecimiento: subió un 60% en los últimos diez años (20 litros anuales
promedio). Según Vinexpo, ninguno de los diez vinos top del mercado británico
se embotella en Francia. Los productores australianos capturaron siete de los
diez primeros lugares. También perdieron otros países tradicionales como
Italia, España y sobre todo Alemania, cuya participación en el mercado inglés
ha caído un 22% en los últimos cinco años.