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El Reloj

Por Pedro Pereira

 

 

 

Una bala nerviosa posaba en la escopeta, la mira de la misma observaba al condenado. De pronto, la orden esperada.

- ¡Fuego!

Lo que siguió fue un sonido seco y la pesada caída del ejecutado. Uno de los soldados se acercó al abatido por el plomo -era el experimentado soldado Brian Salinas-, sacó una pistola y -como acostumbraba- daría el ultimo disparo, el tiro de gracia.

Sumido en su agonía, el caído observó al soldado que se acercaba y exclamó con voz trémula:

- Cumpla con su deber y lárguese.

- ¡Cállese! -dijo a gran voz el armado, y añadió- No estaría en esa posición si fuera seguidor del rey.

El tiro de la pistola, era señal de que el ejecutado –finalmente- se había convertido en un cadáver más, en el campo de ejecución de los insurrectos. Alejándose del cuerpo, volvió la cabeza hacia atrás y observó un reloj de bolsillo que había caído al costado del finado. Salinas regresó, lo tomó y notó que –la máquina- estaba sujeta con una fina cadena dorada a la chaqueta del muerto. Agarro fuerte el reloj y de un tirón lo arrancó de su sitio. En ese momento, como si hubiera estirado el hilo de un juguete a cuerdas, la cabeza del ejecutado dio una violenta vuelta y abrió los ojos, tanto que, parecía que los globos oculares saldrían de su lugar. Aunque perdidos -esos grandes ojos- parecían observar con frialdad a su verdugo. Alarmado, Salinas pasó la palma de su mano derecha delante del rostro del cadáver, como tratando de probar una teoría que contradecía a la bala incrustada en el cráneo del difunto.

Como era de esperar, no consiguió ningún resultado positivo con su experimento. Se alejo con su botín y el cuerpo quedo en esa desagradable posición.

Han pasado varios años pero, no puedo evitar carcajear cuando recuerdo el rostro de Salinas, aquella noche cuando fui a buscar mi reloj.

 

 

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