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Mujer de Dios
Angela Vallece
miraba el Mediterráneo claro y tranquilo pero tenía los ojos
llenos de otro mar fiero y revuelto de olas gigantes, salvaje
como las tierras a las que castigaba casi en forma permanente.
Ella conocía muy bien esa tierra y ese mar. Estaba enferma,
sentada en un sillón apoyaba la cabeza sobre almohadones. La
habitación era clara y limpia de todo adorno, con excepción de
un crucifijo. Una ventana que daba al mar estaba abierta.
¿Acaso, en su larga ausencia, Niza se ha vuelto más calurosa? ¿O es el cuerpo que le reclama los aires fríos del sur? La toca le molesta, las faldas y las enaguas también.
Sin duda estoy vieja, además de enferma "se dijo para sí." La madre superiora ha tenido razón al impedirme volver a América.
Antes, el hábito jamás había sido una incomodidad, ni cuando cabalgaba por el desierto, caminaba con la nieve hasta las rodillas o remaba por los canales del Beagle. Es más, siempre había exigido a sus hermanas el cuidado de sus ropas y ella misma se había encargado de llevar hasta las misiones más alejadas las planchas y el almidón necesarios para que dejaran de usar los pañuelos en la cabeza a los que se veían obligadas.
Pero, ahora, con gusto se tiraría sobre su toca la jarra de limonada que una de las hermanas le había dejado para que se refresque.
Su mirada no había dejado de ser dura y penetrante. La sonrisa la dulcificaba, a veces, como ahora ese recuerdo: está llegando a la isla Dawson por primera vez, mujeres indias se zambullen en el mar helado para recibir el barco. En el desembarcadero de la misión están esperándola las dos jóvenes monjas que envió hace unos meses. Un pequeño cuarto de madera y ellas, al lado del fuego encendido. Sor Michetti, contándole todo lo que han hecho por los indios canoeros que están en la misión:
--Lo primero que les enseñé fue la palabra tapar, "coprisi" --se atropella al contar. --Me parro frente a las chozas y grito "coprisi" y cuando ellos contestan "ailá", yo sé que se han cubierto las desnudeces. Entonces entro. Son muy obedientes. Algunos han aprendido a usar el tenedor y casi todos rezan el Padre Nuestro. Lo más importante es que hemos logrado que algunos terratenientes nos traigan a los indios aquí, en lugar de matarlos.
Ahora navega sobre un mar agitado. A pesar de la oposición del capitán de la goleta, el padre Fagnano se ha propuesto desembarcala en Río Grande; su organismo no resiste más la movedura que provoca la tormenta. Al intentar bajar desde el barco a la canoa que la llevará a la playa, una ola inmensa la deja suspendida en el aire. Gracias a Dios y a varios marineros que pudieron rescatarla, finalmente llega a tierra. Pero no había terminado lo peor. Han desembarcado lejos de la Misión y en el penoso estado en que se encontraba tendría que caminar varios kilómetros en la nieve para llegar hasta La Candelaria.
El mar siempre le había hecho mal desde la primera vez que se embarcó para América. Tenía veintitrés años cuando la Reverenda Madre Mazzarello junto con Don Bosco la designaron directora de la primera misión que iría al sur de América. En 1879 se embarcó hacia América en el "Saboya", junto con otras cinco hermanas. El viaje fue atroz. Entonces no imaginó que su vida como misionera transcurriría prácticamente sobre el mar.
Imágenes desordenadas la salpican, sin permiso. De Punta Arenas, Río Grande, Puerto Stanley, Nuestra Señora del Carmen, Río Gallegos. Lugares por los que misionó en los últimos treinta y cuatro años. Inclina la cabeza como si algo le pesara. Las arrugas en la cara parecen tornarse heridas y la piel más transparente. Las manos buscan refugio en el rosario que cuelga de la cintura.
--Padre --dijo mirando hacia el crucifijo --¿acaso hemos hecho lo que pedías de nosotros?
Angela no se levantó de la cama. Sabía que estaba muriendo. A su lado un hombre, sentado, la escuchaba sin mirarla.
--Soñé con la hermana Virginia --dijo. --Cuando desperté me pareció verla, ahí justo donde está usted, pero parada, me miraba. Sólo miraba sin sonreír. Sor Virginia del Fiore, ¿la conoció? Murió allá en la isla Dawson. Tiempo después algunos de nuestros pobres indios, en su lecho de moribundos, dijeron que ella se les había presentado para confortarlos. La veían bella y sonriente. Cuando murió tan joven y con tanto sufrimiento, nuestros queridos indios se dieron cuenta de que, como ellos, nosotros también podíamos enfermar y morir. ¿Sabe cuántos de aquellos hijos de Dios murieron en un solo día? Tal vez, Sor Virginia no debió ser monja, sufría terriblemente y quería morir, no recuerdo haberla visto sonreír alguna vez. Torturaba su pobre cuerpo ya enfermo con innumerables castigos y se imponía, además, los trabajos más pesados. Todavía me parece escucharla: "mejor para mí, mejor para mí, iré más pronto al Paraíso". Ella nunca fue como nosotras y le costó ser aceptada. Creo que pensaba que todos la veíamos como a una pecadora y se apartaba, por lo que pasó en el barco que la llevaba a Uruguay. Fue duro el castigo de mandarla a la patagonia austral, ni siquiera le permitieron bajar del barco. Era apenas una niña. Sí, todas éramos muy jóvenes y no por ello pusimos en peligro nuestra castidad. Pero ¿por qué Dios no le señaló otro camino? No sé por qué vienen a mí estos pensamientos y por qué su recuerdo me trae esta desazón. Era tan distinta. Su origen noble, el mío humilde. Yo siempre quise ser monja. Trabajaba como costurera ahorrando cada moneda para poder profesar y cuando fui aceptada como novicia y más tarde elegida directora, sentí que Dios me miraba de una manera especial. Tal vez he cometido pecado de vanidad.
No recuerdo cuándo fue la primera vez que escuché hablar de los sueños del padre Don Bosco, pero al instante yo quise ser parte de quienes los hicieran realidad. Mucho antes de que yo naciera, él vio a sus hermanos llegar a tierras extrañas donde había hombres que vestían con pieles y cuando los misioneros se acercaban, ellos sonreían y juntos cantaban Load a María.
Nosotros, los misioneros, fuimos sus ojos, sus manos, sus piernas en aquellos lugares que él solo conoció a través de sus sueños. Cuando cruzamos el mar hacia América con la protección de la Virgen, las oraciones y nuestra juventud, nos sentíamos capaces de vencer cualquier dificultad. Ni siquiera sabíamos el castellano. Juana Borgna, que iba en la misión, nos lo empezó a enseñar durante aquel viaje en el "Saboya". Ella era argentina y tenía apenas diez y siete, las restantes monjas no tenían muchos más.
Tuvimos que esperar casi tres años para embarcarnos rumbo a la Patagonia. Durante ese tiempo misionamos en el Uruguay. Finalmente en el 80, Juana, la hermana Fina y yo, junto con el padre Fagnano, que iba como párroco, salimos en el "Santa Rosa" rumbo a Nuestra Señora del Carmen. Fuimos las primeras monjas en llegar a la Patagonia.
Mentiría si dijera que no tuve miedo, había escuchado tantas historias en el Uruguay. Las oraciones me ayudaban a alejarlo, pero ni lo más terrible que pude imaginar se comparó con algunas situaciones con las que nos tuvimos que enfrentar. Puedo decir que Dios sacó fuerzas en nosotras que no sabíamos que teníamos.
Me han contado que la obra de Juana Borgna está próspera allá en Mercedes, mejor dicho Viedma, nunca voy a acostumbrarme. No fue así cuando recién llegamos. No piense que fue por los indios, sino por los blancos. Los pobres ya habían sido vencidos cuando llegamos al Carmen, unos pocos resistían hacia el oeste y hacia el sur. Nada más triste que verlos llegar, con los soldados, casi desnudos como animales heridos. Y la gente gritándoles. No hay mayor indignidad que envalentonarse con los que sabemos débiles e indefensos.
¡Qué poco que sabía de la vida! Allá tuve que aprender de golpe. El Carmen era todavía pueblo pequeño, y Mercedes en la margen sur, era aún más pequeño, pero empezaban a crecer. Su gente era ruda y huraña. El Carmen durante más de cien años había sido poco más que una gran cárcel, pero por entonces empezaron a llegar gentes de todos lados: algunos de trabajo, pero muchos que querían comer de la carroña que dejaba la guerra.
Fuimos a vivir cerca del puerto, era una casita que los Lazaristas le traspasaron a los Salesianos cuando dejaron su misión. Ellos al igual que nosotros querían hacer escuelas donde indios y blancos pudieran convivir en forma pacífica. No sé bien por qué se fueron, pero fue cuando llegó nuestra oportunidad. Con el ímpetu que carateriza al padre Fagnano, en poco tiempo ya estaban los proyectos en marcha. Abrimos la escuela de niñas, que llamamos Santa María de las Indias. También abrimos la de los niños, un hospital, un hogar y empezó a construirse la iglesia. El padre Fagnano quería que fuera enorme, pero debió conformarse con menos. Aquellos primeros años fueron espinosos, el laicismo se contagiaba como una peste: un padre fue golpeado en una plaza luego de un duro sermón del padre Fagnano, nosotras también fuimos atacadas, por eso cambiamos el tradicional horario de la novena. Por las noches nos tiraban petardos. Hubo un tiempo que apenas si podíamos salir a la calle sin arriesgarnos a ser atacadas. Por entonces era gobernador el General Vintter, un hombre de estampa prusiana, que venía de hacer la campaña contra el indio. Al principio las relaciones habían sido buenas, pero de pronto empezaron a cambiar. Tal vez por los aires que llegaban del norte o tal vez por presiones de una logia masónica que se organizó en el Carmen. El fue quien echó al pobre padre Milanesio. Nuestra palabra apenas era escuchada, aunque todos fueran a Misa. A todo ese fervor anticlerical súmele los prejuicios contra los indios y contra los negros. Tuvimos que tener una "celadora de negras", además de darles un lugar para la oración donde los blancos no pudieran verlas. Como mandaba Don Bosco, nosotras trabajábamos y orábamos. Teníamos fe en la misión que Cristo nos había encomendado. Pero hubo un momento en que dudé. Sí, dudé de Dios. Fue cuando vi las paredes de nuestra iglesia manchadas de .
Pocos meses habían pasado desde nuestra llegada cuando entraron en el pueblo los despojos de una tribu rebelde, chusma le decían. Venían de caminar cientos de kilómetros por el desierto, desnudos, hambrientos. Serían unos cien, en su mayoría ancianos, mujeres, niños. Su destino lo desconocíamos, pero nos preparamos para acogerlos y llevarles la palabra de Dios. Nuestra Iglesia, cuyas paredes se estaban levantando, fue su prisión. ¡La casa de Dios convertida en prisión! Allí estuvieron, a la intemperie en el invierno, acechados por la curiosidad malsana de algunos. Nosotros llevábamos cuanto podíamos y tratábamos de enseñarles el Padre Nuestro. Al fin, al mes, llegó una orden: los adultos serían conducidos a Buenos Aires y los niños se quedarían en El Carmen para distribuirlos entre familias del lugar. Se suponía que era para educarlos, pero yo los he visto convertidos en verdaderos esclavos. ¡Qué poco pudimos hacer! Fue en aquel patético momento en que se llevababan a los niños, cuando una pobre madre, una pobre madre prefirió matar a su pequeño hijo antes que entregarlo. Lo golpeó con fuerza brutal contra las paredes de nuestra iglesia hasta matarlo. Ocurrió frente a nuestros propios ojos sin que pudiéramos hacer nada. Después de aquello no logré encontrar consuelo. Trabajaba y trabajaba para cansarme, no sé cuánto tiempo pasó. Rezaba y rogaba a Dios por la paz que mi alma necesitaba, pero El no me hablaba. Hasta que un día llegó a la Misión la pequeña Luisa Peña.
La trajo el padre Fagnano junto con otras niñas, del extremo sur, de la isla grande de Tierra del Fuego. Las había encontrado en un cabo llamado Peña --cerca de dónde ahora esta la Misión de la Candelaria, estaba al lado de sus padres muertos. Eran onas. No quise saber cómo ni quiénes los habían matado. Las pequeñas eran muy distintas a todas los indias que yo había conocido y Luisa, en particular, tenía una mirada que parecía cargada de sabiduría. Mientras aprendimos mutuamente a comunicarnos, empezamos a querernos. Ella era dulce y afectuosa, quería conocer todo y volver a su tierra para contárselo a los suyos. Pedía que yo fuera también. Yo sentí que Dios me estaba hablando a través de esa niña y fue cuando supe que me había perdonado.
Juntas vinimos a ver a Don Bosco, yo le enseñé un poco de italiano para que pudiera hablar con él y estábamos aquí mismo cuando nos enteramos de su muerte. También fuimos a ver al Papa. La hubiera visto subiendo las escaleras, preocupada por que no le pisaran su largo vestido blanco. Todavía estaba en Italia cuando me designaron para las misiones del extremo sur que estaba organizando el padre Fagnano. El tenía una idea que yo compartía: pensaba que la única manera de salvar a los pobres indios era alejándolos de los blancos. Así nació la misión en la isla Dawson. Muchos años antes que nosotros había llegado al canal de Beagle la misión del señor Bridges y aunque eran protestantes habían hecho buen trabajo con los indios canoeros de esa zona. Yo llegué a la tierra de los hielos allá por el 87, con Luisa. Regresó a su tierra conmigo, como quería. En el barco que nos llevaba la escuché cantar. Era una melodía que tenía una rara solemnidad. Pero a poco de llegar fue la voluntad de Dios llevársela de este mundo. Murió en mis brazos, sonriéndome.
Desde entonces casi por treinta años estuve allí, sobre el mar, en la nieve y en el bosque buscando a las pequeñas, como Luisa, para rescatarlas de aventureros y asesinos y llevarlas por el camino de Dios.
El padre Fagnano abrió los caminos. Incansable, luchó como un león para crear escuelas, iglesias, conseguir tierras y generar dinero para alimentar y vestir a nuestros indios; luchó también contra políticos incrédulos y también contra los codiciosos. Y nosotras a su lado.
Y ahora todo parece vano. Ya no hay indios. Los que no fueron asesinados murieron por enfermedades y también de tristeza. No cantan Load a María como en el sueño de Don Bosco. Padre, pido perdón porque he pecado.
(del libro "Mujeres en Tierra de Hombres" Editorial Sudamericana)
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