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Tras la ciudad de los Césares

 
 

Fue una leyenda o un sueño: allá en el sur se levantaba la mítica ciudad donde el oro y la plata abundaban como el pasto en las pampas o la nieve en las montañas. Y hacia allá se encaminaron los hombres de la cruz y de la espada. Sólo encontraron un clima muy duro y tribus indómitas. Nadie imaginó que la verdadera historia comenzaría gracias a la fertilidad de un valle.
Diversas parcialidades indígenas -puelches, picunches, vuriloches- integraban la "nación tehuelche", hegemónica en el actual territorio rionegrino hasta ser absorbida por los araucanos.

En pos de una leyenda : Puelches, picunches, vuriloches, etnias diferentes que algunos engloban dentro del llamado "complejo tehuelche", pero que, en su conjunto, eran descendientes de las antiguas tribus cazadoras de la Patagonia y que, bajo la presión de los araucanos que avanzaron desde Chile, se fueron fusionando. Ésta era la población que habitaba en el actual territorio rionegrino cuando, en 1520, le tocó ser a Hernando de Magallanes el primer europeo que recorrió sus costas. Tras él vinieron otros navegantes -españoles, portugueses, ingleses, holandeses-, algunos movidos por el afán de encontrar un paso hacia el Pacífico; muchos más, por la leyenda de la Ciudad de los Césares, universo de riquezas infinitas que los rumores volvían cada vez más grande y opulenta. Hasta el obispo de Placencia, Gutiérrez Vargas de Carvajal, organizó una expedición en busca de la mítica ciudad. Una tormenta frustró sus planes. Un contingente de sus hombres debió permanecer en tierra, y sus andanzas para regresar a la "civilización", transmitida por los indios a otros españoles -unos hombres blancos que marchaban curiosamente ataviados-, no hicieron más que acrecentar la leyenda.

En 1604, una expedición encabezada por Hernando Arias regresó a Buenos Aires tras haber llegado al río Negro. No habían encontrado más que un clima rigurosísimo y unos indígenas más temibles que el mismo clima.
Décadas más tarde, no tuvo mejor suerte el padre Nicolás Mascardi. En Castro, Chile, donde residía, la cautiva Huanguelé, hija de un cacique, le aseguró que en las inmediaciones del lago Nahuel Huapi se levantaba la soñada ciudad. Mascardi consiguió la libertad de Huanguelé y varios más de los suyos, con quienes en 1670 se largó a recorrer la región. Por cierto, no desaprovechó la ocasión para intentar la evangelización de los indios, y hasta fundó una misión, aunque nada de ello impidió que en 1673 muriese lanceado por los amigos de Huanguelé. El mismo trágico destino sufrieron varios sacerdotes más: en 1707, Philip van der Meeren fue envenenado por el cacique Tedihuén; en 1716, el padre José Guillelmo corrió la misma suerte en la toldería de Manquinuí, y, en 1717, entre las llamas que consumían a unas precarias construcciones de la Doctrina -así se llamaban los pueblos de indios convertidos-, perecía lanceado el padre Francisco Helguea.
Durante muchos años, los blancos no volvieron a recorrer la zona, ni aun soñando con la Ciudad de los Césares. Los españoles regresaron en 1779, pero por otros motivos. En Europa se habían difundido los textos del jesuita inglés Thomas Falkner, en los que señalaba la vulnerabilidad de la Corona española en el extremo austral de América. España se apresuró entonces a fortificar la desembocadura de los ríos patagónicos. El 22 de abril de 1779, Francisco de Biedma fundó una población sobre la margen derecha del río Negro y le dio el nombre de Mercedes.
Dos meses más tarde, una creciente lo obligó a trasladar el villorrio a la banda opuesta del río. Sin embargo, el poblamiento continuó en ambas orillas: eran los comienzos de la ciudad bonaerense de Carmen de Patagones y de la futura capital rionegrina.

La independencia: Después de la Revolución de Mayo, en 1815, el capitán Francisco Javier de Viana y el coronel Pedro Andrés García propusieron llevar la frontera con el indio hasta los ríos Diamante, Colorado y Negro. Las prioridades de la guerra independentista pospusieron sus planes.
En 1833, Juan Manuel de Rosas lanzó la llamada «Campaña del Desierto", secundado por Ruiz Huidobro y José Félix Aldao. Juan Facundo Quiroga fue nombrado general en jefe de la expedición, integrada por tres divisiones que debían arrollar a los indios en toda la llanura pampeana y en la región cordillerana. Diversos inconvenientes demoraron a Aldao, Huidobro y Quiroga, por lo cual Rosas quedó de hecho solo al frente de las tropas y los planes fueron cumplidos parcialmente. Cuando se hallaba a 18 km de Bahía Blanca, Rosas ordenó al general Pacheco que, con 600 hombres, avanzara hacia Choele Choel y se internase hasta los faldeos de la cordillera neuquina. El coronel Ramos avanzó hasta el río Colorado y el coronel Leandro Ibáñez, hasta el río Negro. Una serie de alianzas y pactos coronaron el éxito militar y aseguraron por un tiempo una precaria paz, sólo alterada por la incursión de los malones.

La campaña de Roca: Después de la batalla de Caseros, los indios incrementaron su hostilidad. En abril de 1879, bajo el mando de Julio Argentino Roca, 6.000 soldados agrupados en cuatro divisiones lanzaron una nueva ofensiva demoledora contra el indio, conocida como la "Conquista del Desierto".
El 10 de mayo, las tropas llegaron a orillas del río Colorado; doce días después pasaban por las estribaciones de la sierra de Pichi Mahuida y, en vísperas del 25 de mayo, acamparon frente a la isla Choele Choel. La ofensiva militar fue coronada por un triunfo arrollador: 13.000 indígenas fueron hechos prisioneros y más de 1.300 murieron en combate.
En 1880, por encargo de Benjamín Victorica, ministro de Guerra, el "Toro" Villegas, como era llamado por sus soldados y por los propios naturales, lanzó una nueva ofensiva contra los indios: partió de la isla de Choele Choel, donde estaba acantonado, y avanzó por el arroyo Valcheta, penetrando profundamente en territorio rionegrino. Un año más tarde, el «Toro" Villegas lanzó una nueva campaña contra las tribus cordilleranas. Un levantamiento indígena estalló en 1883 y el general Lorenzo Vintter se movilizó con sus tropas. La situación fue totalmente controlada en 1885. Fue en esos tiempos difíciles -exactamente, el 16 de octubre de 1884- cuando se creó el Territorio Nacional de Río Negro, con capital en Viedma, nombre que en 1878 ya había sustituido a la antigua denominación de Mercedes.
El 10 de diciembre de 1957, una ley sancionada por el Congreso convirtió al Territorio Nacional de Río Negro en provincia.

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