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Relato histórico inédito del Padre Lino D. Carvajal - Obra anotada por María Elene Ginobili de Tumminello
Había una vez.....
una mujer que nació aproximadamente en 1818 y se llamó
Francisca Nieves Rosa de Valenzuela. En plena adolescencia es
tomada cautiva por los indios Pincheiras en la Villa del Parral.
Durante doce años su vida transcurrió entre los Pehuenches, los
Moluches, los Pincunches, los Manzaneros, los Ranculches, los
Borogas y otros grupos pampeanos.
Francisca aprendió de la vida en las tolderías y aprendió
también a sobrevivir en ella. Como contestar, como hablar, como
transcurrir los días ante tantas crueldades presenciadas.
Recuerda el episodio en que someten a tormento a una compañera
de cautiverio, Ausnalhil, acusada de brindar datos a quienes
intentaban liberarlas. Cuenta también de la esperanza que las
sostenía cada vez que llegaban noticias acerca del rescate de
otras cautivas. Además, de manera increíble, relata el amanecer
en la pampa, el olor del pasto fresco, humedecido por el rocío
de la mañana.
Hay en ella una mezcla de terror en los recuerdos y de hermosa visión de la naturaleza que aprendió a conocer y traducir.
La liberación del grupo de cautivas, entre las que se encontraba Francisca, se produjo en forma inmediata al episodio que culminó con la muerte de Ausnalhil. El rescate estuvo a cargo de un grupo de soldados e indios dirigidos por el "Ñato Sosa", apodo del Teniente Coronel Francisco Sosa, oficial de Rosas en la Campaña al desierto.
Los soldados las conducen a Bahía Blanca, ciudad de la que ya tenían noticias. Para las cautivas pensar en llegar a la ciudad era atreverse a soñar con la vida nueva, con que todavía existía la posibilidad de un futuro para ellas.
Las recibe un caserío amparado por cañones donde fueron alojadas en los salones del fortín.
Las señoras del pueblo les brindaron ropa y jabones y comenzaron a transformar su aspecto entre llantos y risas. Luego, fue necesario identificarse, decir el lugar donde fueron tomadas cautivas y todos los datos que pudieran recordar. Cuando Francisca se identificó como una cristiana secuestrada en la Villa del Parral de Chile el soldado no tomó en serio su relato. A partir de ahí se encerró en llanto y en silencio y ante la ignorancia de su verdadero nombre, el que se negó a compartir, la llamaron Manuela. Desde ese día fue Manuela, el nombre la acompañó el resto de su vida.
Una señora del pueblo, Doña Mercedes llevó a Manuela a vivir con ella. Le brindó cariño, contención e influyó en ella, facilitando su adaptación y el renacer de sentimientos religiosos.
"Manuela" conoció al Sargento Juan Lucero, con quién se casa poco después y se trasladan al Fortín Pozos del Colorado. La vida comenzó a transcurrir serenamente, en familia.
Nacieron tres hijos: Máximo, Camilo y María. Los educaron en la fe cristiana. En este aspecto Lucero cumplió un rol muy importante inculcando en sus hijos y en Manuela profundos sentimientos religiosos. Era, justamente este, el tema de mayor preocupación para ellos. Estaban criando a sus hijos como "infieles" ante la imposibilidad de poder bautizarlos. En el fuerte no había sacerdotes. La única forma de poder concretar esta ilusión era viajar a Bahía Blanca o a Patagones.
La
oportunidad de viajar se dio cuando encargaron a Lucero para
buscar una carga de víveres destinados al fortín Colorado que
había llegado a Patagones por buque.
Manuela preparó, ilusionada, la ropa para todos. Lo hizo con
muchas dificultades, le faltaban dos meses para dar a luz otro
hijo. Cuando llegó el momento, partieron. Era el 10 de abril de
1843.
Sabían de
los riesgos del viaje. Los indios continuaban atacando a los
viajeros y Lucero con su preciosa carga tomaba todos los racaudos.
En el viaje observaba los pastos, los animales. Atendía a cada
ruido, escuchaba la tierra. Todo servía para su experiencia de
baqueano.
El viaje de ida se concretó sin problemas. Llegaron a Patagones,
nacieron mellizos y bautizaron a sus cinco hijos. Compraron telas
y enseres para la casa y prepararon con una felicidad renovada el
viaje de regreso.
No irían solos. Partieron tres carretas con una valiosa carga y un carro. Iban veinte hombres y la valiente Manuela con sus tres hijos más grandes y los dos niños recién nacidos.
Salieron de Patagones el 25 de mayo. A dos días de camino hubo extrañas señales que no pasaron desapercibidas para la experiencia de Lucero. Ante la incertidumbre salió a caballo en busca de mayores indicios. Lucero jamás volvió, pero horas después la polvareda que era pequeña en el horizonte, creció y los envolvió. Los indios los rodearon. Hubo inexperiencia de parte de los que quedaron a cargo del grupo? Hubo credulidad?. Lo cierto es que todo terminó trágicamente. Los pasajeros fueron asesinados, las carretas saqueadas. Los tres hijos mayores de Manuela fueron llevados, cautivos.
Una
historia de coincidencias en tiempos de lucha entre dos
civilizaciones diferentes, ante la tierra muda, expectante.
Manuela y sus mellizos se salvaron. Ella había escuchado que
atacarían Patagones. Entendía, aún, la lengua de los indios y
apoyada en la fe y la fuerza que su esposo le había inculcado,
caminó y caminó, apretando a sus hijos, silenciosos, aterrados.
Caminó vestida de blanco, fantasmal, entre cadáveres, primero,
entre matas y alimañas, después. Cuando llegó a Patagones, la
esposa de Lucero avisó del peligro, pero para ella la vida era
otra vez una mutilación. Ya no estaba cautiva, pero parte de su
ser, tres hijos, si lo estaban.
Reinició
la vida, organizando y vendiendo lo que había quedado de un
tiempo de paz y felicidad.
Hizo lo imposible por recuperar a sus hijos cautivos en manos de
los indios Salineros que pertenecían a los grupos de Calfucurá.
Pedían sesenta caballos y yeguas. Manuela ordenó que entregaran
los que ella disponía y con ayuda del gobierno rescató a sus
hijos varones, Máximo y Camilo. No pasó lo mismo con María.
Los indios no devolvían cautivas. Las educaban en su cultura y
las casaban con sus jóvenes. En efecto María fue posteriormente
la esposa del Cacique. Su madre no volvió a verla.
Tiempo
después y aunque parezca una historia que se repite, fueron
llevados, nuevamente cautivos, Máximo y Camilo.
Eran tiempos duros. La vida en el Sur de la Provincia de Buenos
Aires, en el medio de la pampa, en el límite del peligro corría
esos riesgos, que sin embargo las mujeres afrontaron con fuerza
de pioneras y alma de madres.
Máximo volvió y Camilo murió en el desierto. Los años transcurrieron y de los tres hijos que quedaron junto a Manuela nacieron los nietos que de alguna manera suavizaron sus años ancianos.
Cuando estaba próxima a los ochenta años, Manuela narra oralmente su historia, en muchos encuentros, con largas pausas, al sacerdote Carbajal que las registra por escrito. A pesar del tiempo transcurrido Manuela trata de poner detalles, de ser exacta, al menos en las cuestiones personales.
Finalmente, muere el 12 de Mayo de 1898 y con ella muere la esposa valiente, la cautiva "redimida", la madre generosa y nace la leyenda.
Su historia produce emoción, dolor, alegría. Fue una vida intensa que no ahorró sufrimientos. Es fácil imaginarla con su vestido blanco, corriendo hacia el pueblo para salvarlo y salvar a sus hijos pequeños, dando el máximo de su fuerza física y espiritual.
De mujeres como ella se nutrió la patria. Fueron tiempos de cautivos, de pueblos luchando por lo suyo y de otros pueblos naciendo. Hoy, son tiempos de recuperar la memoria.
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