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Don Anduelo

 
 

Cuando uno es chico, el universo se acomoda a lo que da seguridad, a lo conocido...

Por eso cuantas cuadras alrededor de mi casa, eran universo más que suficiente para mí. Sobre todo si esas pocas cuadras implicaban llegar justamente allí, a donde tenía prohibido ir sola: el muelle, el río, la costanera...

Ni hablar si de camino, el paso obligado era “lo de Anduelo”... Don Anduelo fue a lo largo de mi vida de niña distintos interrogantes.

A veces creía que era una especie de ogro arrepentido; otras pensaba que era un príncipe encantado por una bruja mala que lo confinó a cuidar animales para siempre... Vestido casi siempre con la misma ropa, su rancho en la calle Zambonini de Patagones es casi un paseo obligado para los pibes. Ningún maragato desconoce a Don Anduelo, mucho menos aquellos amigos de las carreras de caballos.

A los costados de su rancho, las “casitas” de los caballos que cuidaba, le daban al terreno, según mis ojos de niña, la imagen de las caballerizas que se veían en las películas.

Ir a “lo de Anduelo” era como ser propietaria de un pequeño zoológico: Desde la esquina se veían las gallinas y los pollitos paseando por la vereda.

Al acercarse, cinco o seis perros de todos los colores y tamaños (todos marca “baldío”) venían a saludarme; algunos moviendo la cola, otros ladrando.

Al costado de la puerta del rancho estaba colgado de un árbol la jaula del loro que repetía algunas malas palabras (cuando Don Anduelo andaba lejos, yo aprovechaba para tratar de enseñarle algunas nuevas). Al fondo del terreno estaban las conejeras, con conejos angora y de los comunes de todos los tamaños y colores.

Cortaba hinojo o llevaba zanahorias en los bolsillos para convidarles. Don Anduelo siempre estaba ahí. La mayoría de las veces dándole comida o agua a los animales; otras, sentado al sol en la puerta del rancho, tomando mate con “yerba secada al sol” según su decir.

No hablaba mucho, contestaba si le preguntaban algo y se limitaba a asentir con la cabeza cuando montones de pibes por día (como yo) le preguntábamos desde la calle si podíamos entrar a ver los bichos.

A varios años de mi época de niña sigo yendo a “lo de Anduelo”, ahora con mis hijos quienes corren los pollitos por el patio o le llevan pasto a los conejos.

Don Anduelo sigue en su rancho, custodiando el zoológico barrial, para alegría de los que vienen creciendo.

Rosa Valsecchi - Latapaweb

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