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María Bergandi de Casadei

 
 

La maestrita de la escuela de “El Dique”

Las vivencias de una maestra rural. Sus padres llegaron a Patagones en el año 1910. Cómo llegar a la escuela de ‘El Dique’. Las fiestas escolares y la nueva maestra de música. El reencuentro con sus alumnos. Un millón de recuerdos. Un reportaje exclusivo al amor y la ternura.

Simplemente María, una maestra rural: En muchos reportajes anteriores a isleños, quinteros y otros pobladores de la Viedma de antaño, se menciona con nostalgia a la escuela de ‘El Dique’ como verdadero mojón representativo de la importancia que asumían los establecimientos educativos rurales de ese ayer, no muy lejano en el tiempo. Pero quizá sí, bastante alejado de la valoración de hoy, en que muchas cosas de aquellas ya no se tienen en cuenta y que debido al progreso del transporte y las comunicaciones, diluyen su importancia.

La proximidad de el ‘Día del Maestro’ hizo de disparador para intentar la nota con indisimulada curiosidad.

-"¿Y si esta vez la protagonista de nuestro reportaje es una querida maestra de la escuela de ‘El Dique’ y de aquella época?".

La respuesta surge por sí misma y por propio peso.

-"¡Claro que sí! ¡Es justo lo que se necesita para el ‘Día del Maestro’!".

Entonces, nuestra búsqueda se centra en algo fundamental:

-"¿Quién puede ser ese protagonista que no sólo sea docente, sino que además guarde a esa escuelita en un lugar privilegiado de su corazón?"

Volvimos a leer aquellos reportajes a los isleños, a los quinteros y a otros pobladores de la Viedma de antes, y observamos que cuando mencionan a esa escuela, coinciden en nombrar a una misma docente. Por eso es que hoy nuestro reportaje tiene este nombre: María Bergandi de Casadei, y sus juveniles 84 años nos autorizan a este título: "María, la maestrita de la escuela de "El Dique".

En 1910 llegaron mis padres a Patagones: "Nací en Carmen de Patagones el día 20 de julio de 1918 y soy hija de Guido Bergandi y Severina Bergandi, quienes, a pesar de tener el mismo apellido, no eran parientes entre sí.

Ellos llegaron casados a Carmen de Patagones en el año 1910. Los dos eran oriundos de Mazzé Canavesse, de la zona de Piemonte de la Italia de sus raíces, un lugar privilegiado por la naturaleza en medio de hermosas montañas y en donde los italianos del norte, de muy buen capital y mejor pasar, construían sus espectaculares ‘castillos’ para pasar en ellos todo el invierno, atraídos por la nieve que lo cubría todo y convertía al verde paisaje en un manto blanco y apasionante.

Papá y mamá tuvieron su primer domicilio en Patagones en la calle Comodoro Rivadavia, entre Alsina y España, al lado de donde ahora está la ‘Escuela de Arte’.

En Carmen de Patagones nacimos sus cuatro hijos: María Juana, que murió cuando sólo tenía 4 añitos de edad; Gilda, fallecida a los 47; Armando, que vive aquí al lado, y yo, María, que en estos momentos trato de recordar datos y detalles para contárselos a usted. ¿Está bien así?

Mi padre trajo de Italia su oficio de ‘sastre’ y desde un principio lo desarrolló en este pueblo. Ya en el año 1922 instalaría su propio comercio del ramo en la calle Bynon al 100, el que con el correr de los años se convertiría en la clásica y tradicional ‘Sastrería de los Bergandi’, donde se han vestido por varias generaciones los elegantes hombres maragatos. De papá, entre otras cosas, tengo la linda imagen cuando en casa ¡exclusivamente para su familia!, nos deleitaba con sus interpretaciones en aquel acordeón ‘grandote’ de infinidad de botones, que él acariciaba con un gusto muy particular".

Nació maestra y siempre será maestra!: "Yo, desde siempre, supe que sería maestra". En las casi dos horas que duró la entrevista, nunca me dijo esa frase, pero lo intuí desde el comienzo. No lo dijo con palabras, pero me lo dijeron sus ojos, sus gestos y sus permanentes recuerdos de su paso por la docencia.

Y especialmente me lo decía con el corazón, cuando hablaba de sus lejanos alumnos, de sus colegas con las que compartió su noble profesión, lejanas colegas, y cuando me detalló cada rincón de cada escuela en la que trabajó. Por ello me convencí totalmente de que nació siendo maestra, lo fue siempre y será maestra durante toda su vida.

En una hoja anoté su currículum:

¡Había que ir a “El Dique”!: A medida que avanzaba nuestra charla, más me alegraba el haberla elegido para hacerle este reportaje, como una manera de homenajear a los maestros en su día. Le dije:

-"¡Cuénteme de la escuela de ‘El Dique’!

Dos ‘brasitas’ iluminaron sus ojos y su voz se hizo más clara, aún más de lo mucho que lo era hasta allí, y armó su respuesta:

-"Después de las lindas experiencias vividas como maestra tanto en Choele Choel como en Río Colorado, que guardo con respeto y cariño muy dentro mío, se me concede el pase a la Escuela Nº 55 de ‘El Dique’, en la zona rural de Viedma y ello me permite solucionar los temas de familia, por los que pedí ser trasladada a esta zona.

Con ansias enormes de darle todo mi amor a mi nueva escuela y a mis nuevos alumnos, el 15 de septiembre de 1945 me hice cargo, para mi suerte, del 5to. y 6to. grado del establecimiento.

A partir de allí, fueron casi 20 años de ir todos los días a ‘El Dique’ y le aseguro que ello siempre resultó una ‘fiesta’ para mi espíritu, y tanto fue así, que nunca quise pedir cambio a alguna escuela del pueblo. Y eso que ser maestra rural en aquellos tiempos resultaba muy complicado al no existir transporte de pasajeros interurbanos que corrieran con la frecuencia actual, ni tampoco había otras posibilidades de traslado desde Viedma hasta allí.

Salía todos los días de mi casa en Patagones alrededor de las diez de la mañana, almorzaba en el hotel maragato de Elio, mi esposo, y tomaba el ómnibus que me pasaba a Viedma, en donde abordaba otro vehículo particular, que junto a otras maestras y algunos alumnos nos acercaba generosamente a nuestra escuela de ‘El Dique’. Por la tarde el regreso tenía las mismas características y yo recién volvía a mi casa después de las 7 y media de la tarde. Así todos los días, pero ello no era un sacrificio, por el contrario, era una linda obligación. En ese tiempo, nuestra escuelita carecía de luz eléctrica y el agua era suministrada por un molino, que por supuesto, terminaba en un típico y gran tanque australiano".

Las fiestas escolares y la profesora de música:  "Resultaba maravilloso ver llegar a los chicos con sus guardapolvos blancos, algunos a caballo, otros en sulky y en bicicleta. También estaban los que venían a pie, y los menos, en camioneta, traídos por sus padres. Teníamos asimismo, alumnos que viajaban diariamente desde Viedma en un colectivo que hacía el recorrido hasta el ‘Puente Berreaute’ y que, finalizada la jornada, pasaba a recogerlos para devolverlos a Viedma y a sus hogares.

El portero vivía sobre el río, bastante alejado de la escuela, pero ¡siempre estaba! Incluso, durante las vacaciones, domingos o feriados. Sólo bastaba ‘tocar la campana’ y a los pocos minutos aparecía con su carrito tirado por un caballo.

Nuestra escuela era una ‘inmensa familia’ y resultaba muy difícil que surgieran problemas serios. Cuando algún alumno mostraba un comportamiento inadecuado, los padres se acercaban, pero para defender a la maestra. ¡Siempre primaba en ellos ese noble criterio! Era una disciplina distinta a la de hoy y las docentes podíamos actuar con autoridad, porque nos sentíamos apoyadas por todos. ¡Eramos respetadas y valoradas!

La falta de recursos no impedía que las ‘fiestas escolares’ fueran un verdadero acontecimiento social ya que los chicos, sus padres y el resto de los chacareros vecinos del lugar, se integraban comunitariamente al festejo. Las mamás traían tortas y las maestras preparábamos la famosa ‘cascarilla con leche’ y después del acto, nos juntábamos todos a disfrutar de esa jornada de alegría y amistad.

Los ‘números artísticos’ para esas fiestas se elaboraban con entusiasmo y además armábamos obras de teatro con la participación de la comunidad. Yo, como tenía buena voz, me encargaba de los ‘coros’, los que casi siempre fueron ‘a capella’, pero el día que se incorporó María Ester Vázquez de Linares, la escuela de ‘El Dique’ tuvo ¡por fin! su ‘maestra de música’. En mi casa había un armonio y lo llevé allá. Todo esto produciría una nueva y magnífica alternativa para los chicos y para la escuelita".

Reencontrarme con mis alumnos es una bendición de Dios: El entusiasmo de la maestra que el entrevistador tenía ante sí, se tornaba en algo realmente contagioso. ¿Tenía derecho a preguntarle sobre otros aspectos de su vida que no fueran los de su experiencia en su amada escuela de ‘El Dique? ¡Rotundamente no! Dejé que mi lapicera azul siguiera anotando sus tiernas reflexiones e incluso traté de poner mi máxima atención en escucharla. María, la maestrita de la historia de hoy, continuó diciendo:

-"Allá por los años ’50, sumamos una ‘vitrola’ a nuestro patrimonio musical y en un tiempo en que a ningún docente se le cruzaba siquiera por la cabeza enseñarles ‘un tango’ a sus alumnos, yo preparé con ‘el coro’ el tango 9 de Julio’ en una versión escolar. El destino quiso que el día del acto donde se cantaría el tango apareciera de visita un inspector (ahora se denomina supervisor), quien venía de Buenos Aires a inspeccionarnos en razón de que nuestra escuela pertenecía a la jurisdicción nacional.

Con bastante miedo, porque desconocía cuál sería la reacción de ese muy serio funcionario ante mi novedad tanguera, presenté a mis chicos, quienes lo cantaron a las mil maravillas.

El inspector quedó encantado y no sólo eso, sino que además me dejó un brillante informe en el libro de Actuación Profesional.

¿Le hablé de lo difícil que resultaba llegar a la escuela en aquellos años?

No había asfalto y tampoco existía el Idevi, de modo que entre Viedma, entonces un pequeño pueblo, y ‘El Dique’, se interponía un gran y desolado vacío.

En invierno resultaba casi imposible llegar. Yo, durante un largo período, tuve un ‘Topolino’. ¿Se acuerda de esos autitos? ¡Pobre, era tan chiquito que la mayoría de las veces me tenían que sacar del medio del barro!

Muchos rostros y muchos nombres vienen hoy a mi memoria: Lavezzo, Decandia, Otermin, Tordi, Manterola, Roth, Kedak, Fumarola, Lazzarini, Hermida, Nicolini, Velardinelli, Rousiot, Testore, Marchesotti, Lovera, Agostino, Ceccini, Pazos... y seguramente me olvido de otros en este momento. ¡Pero mi corazón nunca los olvidará!

Fueron tantos y tan buenos mis queridos alumnos, que cuando me cruzo con alguno de ellos en las calles de Viedma y Patagones, nos fundimos en un maravilloso sentimiento de amor mutuo.

Por haberme permitido ser ‘docente’ y por las experiencias que mi vocación me hizo vivir, ¡soy una agradecida permanente de Dios!".

Un millón de recuerdos...: "La relación con mis alumnos y sus familias era tan intensa que entre nosotros floreció un lazo de afecto muy grande. En una oportunidad, mi hija mayor fue atacada por una molesta y aguda ‘tos convulsa’ y una mamá del lugar me sugirió como remedio que la nena debía tomar leche de yegua.

En el mismo momento, otra madre que la escuchó, propuso que yo llevara a mi hija todos los días a su chacra, donde tenía una yegüita en condiciones de ser ordeñada. Así fue, y durante quince días llevé a mi hija que, previo paseo montada en el manso animal, bebía la leche recién ordeñada y finalmente, eso le trajo el buscado y esperado alivio.

Con toda mi alma y lejos de falsas modestias, creo firmemente que la vida de aquella gente que palpitaba con todo lo que acontecía en nuestra amada escuela Nº 55 ha quedado ligada a mis afectos más puros, como también pienso que yo he quedado en los suyos.

Hace unos años fui intervenida quirúgicamente en una clínica viedmense. En los mismos días, también estaba internado allí uno de mis ex alumnos, que era cuidado por su familia.

Cuando supieron que ‘la maestra de El Dique’ estaba internada, mi habitación se llenó de hombrones que por un rato, en torno a mi cama, volvieron a ser niños. ¿Se da cuenta? Yo ya no era la señora María Bergandi de Casadei, sino que volvía a ser ‘la maestra’. ¡Eso no tiene precio!

Hace poco, tocó timbre en la puerta de mi casa un señor mayor tan canoso como yo. Cuando le pregunté qué deseaba, me respondió:

-Yo soy Juan Manuel. Usted fue mi maestra. Le traje mi foto de ‘sexto grado’ para que se acuerde de cuál era yo".

Y me mostró una fotografía tan arrugada como mis recuerdos, pero tan viva como el cariño que nos teníamos con mis alumnos.

Mi reportaje exclusivo a "la maestrita de ‘El Dique’": ¡Cuántas vivencias que me contó doña María Bergandi de Casadei me quedan sin poderlas volcar en esta nota por falta de espacio! ¡Cómo me hubiese gustado poder explayarme sobre su historia de amor con Oscar Elio Casadei, el ‘maestro’ como ella, con quien se casara el 23 de enero de 1942 y que según lo decía Severina, la mamá de María, ¡forman una pareja de película!.

Qué lindo, sería que a este humilde reportero le quedara lugar para explicar con ‘lujo de detalles’ que de esa pareja de película nacieron tres hijos: María Cristina, Oscar Elio y Liliana Alicia. Y otro lugarcito más para hablar de sus nietos, los propios y los que adoptó el corazón de María, con igual e inmenso cariño, y que no quiere discriminar entre quiénes son unos y quiénes son otros, para ella ¡son todos iguales! Valeria, María Eugenia, Juan Ignacio, Laura, Analía, Daniela, a los que esta ‘abue’ los define simplemente así: ¡son hermosos!

María habló y habló sin parar de su escuela de ‘El Dique’, de las familias vecinas de aquel lugar y de sus chicos, porque para ella, sus ex alumnos siguen siendo eso, ¡sus chicos!

Este reportaje que hacemos todos los domingos, por ser éste el domingo previo al ‘Día del Maestro’, nos obligó a buscar al personaje en una maestra, ¡una maestra de aquellas!, para homenajear en ella a los que llevan consigo esa noble vocación de ‘enseñar y formar’.

Ella se llama María Bergandi de Casadei, es la propietaria de dulces, tiernos y florecientes 84 años y ella fue, es y será por siempre, pase lo que pase, María, la maestrita de la escuela de "El Dique". ¿Estamos de acuerdo?

Fuente: Victor J. Carlovich - Noticias de la Costa

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